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^-^^ 



ITALIA-ESPAÑA 




EX-LIBRIS 
M. A. BUCHANAN 



•N-,s 






íi^N^ 



»«4 




PRESENTED TO 

THE LIBRARY . 

BY 

PROFESSOR MILTON A. BUCHANAN 

OF THE 

DEPARTMENT OF ITALIAN AND SPANISH 

1906-1946 



iVjaSi 



•y*^ "ií*:^ 



9^^ 






serafín i JOAIJUÍN' ALVAREZ PINTERO 



LAS FLORES 



COMEDIA EX TRES ACTOS 



'O^^D 



.0/ í 



lv£ -A- 03 I^ I ID 

SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES 

Salón del PradO| 14, hotel 

1301 



N.Eabra Heru 



J^A.® JEMlvOíiKS 



Esta obra es propiedad de sus autores y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla 
en España ni en los países con los cuales so hayan 
celebrado ó se celebren en adelante tratados interna- 
cionales de propiedad literaria. 

Los autores se reservan el derecho de traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad 
de Autores Españoles son los encargados exclusivamente 
de conceder ó negar el permiso do representación y 
del cobro de los derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



l^e/afm V J=>a.7Ui'^ /RluQvc-z. Cluiv>kyt 
^^^ -r ; 1 



LAS FLORES 



COMEDIA EN TRES ACTOS 



DE 



SERAFÍN' T JOAIJüiS ÁLVARKZ QUINTERO 



Estrenada en el TEATRO DE LA COMEDIA el 4 de 
Diciembre de 1901 




MADRID 

«. TELASCO, tur., MARQCéS DE SAKTi AWA, 11 DÜP.' 

Teléfono a&mero 551 
• 90I 



.Cc^oA 



A LA SEÑORA 



J).^ Candelaria Quintero 

de j/J¡varez J{a zanas 

cyeta/íu u íoacjutH. 



La poesía no tiene dentro ni fuera, fondo ni super- 
ficie; toda es transparencia, luz increada y que penetra 
al través de todo... 

Clarín. 



REPARTO 



PERSONAJES 



ACTORES 



MARÍA JESÚS Sra. Rodeíouez. 

CONSUELO Pino. 

ROSA María Srta. Cátala. 

ÁNGELES Bremóx. 

CHARITO Sampedro. 

JULIANA Sra. García, 

SALUD (niña) Mariquita Santiago. 

UNA CHIQUILLA. . . Srta. Santiago (T.) 

VICENTA Muñoz. 

BERNARDO Sr. Morano. 

GABRIEL Talla vi. 

EL ABUELO Valles. 

JUAN ANTONIO xMendiou. hía. 

BARRENA Rubio. 

ROMÁN Mora. 

ROMANCILLO Mata 

MANUEL (niño) P^vquito Mora. 

UN MOZO DEL HUERTO. Mata. 






ACTO PRIMERO 



Huerto sevillano. A la derecha del actor el portalón de entrada, 
abierto en una tapia rematada por caprichosas almenillas. En iin- 
gulo recto con ella, la vivienda de la gente del huerto, que es de 
un solo piso, y á la cual cubre un tejadillo en declive hacia el 
centro de la escena. De esta vivienda se ven dos fachadas: iiim 
lateral, de frente al público, y otra principal, de frente á la iz- 
quierda del escenario, y que se prolonga hasta el tercer término. 
En la fachada de frente al público hay una. puerta y una ventana 
con reja, y entre ambas un poyete. Orlando la puerta, una enre- 
dadera de campanillas blancas y azules. Sobre el poyete un grupo 
de maceta; de geranios en flor. Las paredes todas, blancas como 
las campanillas, y todas con zócalo, azul como las campanillas 
también. En la fachada principal hay una puerta y dos ó tres 
ventanas sin reja, desiguales; y en los huecos, cubriendo material- 
mente la pared, las ramas de varios jazmines que se crían adhe- 
ridos al muro. Delante de la puerta que da frente al público, nn 
par de sillas bastas y muy viejas, y una mesa chica de pino. 

Por la izquierda del actor y por el fondo extiende el huerto 
su lozana verdura, que cruzan y dividen caprichosas veredas. Al- 
gunos melocotoneros y perales se yerguen sobre todo; forma la 
parte más compacta y brillante del forido un buen golpe de na- 
ranjos cuajados de azahar, y aquí y allí destácanse, cada cnal con 
sus galas mejores, la magnolia, la celinda, el granado, la adelfa, 
los rosales y las malvalocas. Las lindes de algunas veredas las se- 
ñalan y forman apretadas filas de macetas de reseda, geranios, 
verbenas, rosas y claveles 

Cubriendo el huerto todo, el cielo alegre y limpio de la pri- 
mavera. 

Es por la mañana. 



- iO - 



ESCENA PRIMERA 



El ABUELO y un MOZO del huerto; después una CHIQUILLA 



(El Abuelo sentado á la puerta del huerto, con sómbrete ancho y en. 

mangas de cnmisa. Es un Tíejo de ochenta años, muy colorado y 

con el pelo blanco como la nieve.) 



Mozo 



Chiq. 



Abuelo 

Chiq . 

Abuelo 

Chiq. 

Abuelo 
Chiq. 
Abuelo 
Chiq. 

Abuelo 

Chiq 

Abuelo 

Chiq. 

Abuelo 

Chiq. 



(cantando, dentro, hacia la izquierda.) 

A la fió de la violeta 
regüerta con er jazmín, 
(i eso me güele tu cuerpo 
cuando fe asercas á mi. 

(Criiznndo hacia la derecha del foro, por donde se va,, 
con una regadera llena de agna.) 

2'iene mi serrana 
la cara como una rosa 
cuando dispierta por la mañana- 

(Sale por la puerta principal de la casa y se encamina 
á la del huerto. Lleva la trenza suelta, y viste trajeci- 
11o de percal rosa y mantón claro do espuma, puesto^ 

en forma de chai.) Hasta er domingo, y que no 
farte. 

(Deteniéndola, al tiempo de irse.) ¿Ande VaS, chi- 

quiya? 

A mi casa. 

^,Y de ande vienes? 

De encargarle á su hija de usté dos ramo& 

pa un bautiso. 

¿Cómo le van á pené á la criatura? 

Anita Troncos© y Oliva. 

¿Te toca á tí argo? 

Sí, señó; si no peleo con mi novio será mi 

cuña. 

¿Y tú cómo te yamas? 

¿Yo? Isabé. 

¿Cuántos años tienes? 

J)ose 

¿Do-e? Te fartan tres. 

Por más que ya se pué desí que tengo tre- 

se. Los cumplo en Junio y estamos en 

Mayo... 



— 11 — 

Abuelo ;.Trese? Entonses no te fartan más que do» 
Chiq. Pero do« ¿pa qué? 

Abuelo Fa tené quinse, tonta. 

Chiq. ''Marchándose.) ¡Ay, er viejo! 

Abuelo ,Oye! 

Chiq. Estoy sorda. Pregunta usté más que la dor- 

trina. 
Abuelo (viéndola ir.) 

Capuyifo, capuyito, 
ya te vas gorvienJo rosa; 
ya íe va yegando er tiempo 
de desirle arguna cosa. 



ESCENA II 



El .\BUEL0 y MARÍA JESÚS, luego JULIA N.\. 



Abuelo 



M. Jesús 

Abuelo 
M. Jesús 
Abuelo 



M. Jesús 
Abuelo 

M. jEt^ÚS 

Abuelo 
M. Jesús 



Flores... toas son flores,.. La que no es jaz- 
mín es clavé; la que no es clavé es asusena; 
la que no es asuFena es rosa; la que no es 
rosa es campaniya.. Toas son flores... de 
ahí no hay quien me saque. 

(Sale María Jesús de la casa, por la puerta de frente aL 
público, con una cazuela de berza que y artir y arre- 
glar, y se sienta á ello. Es mujer de unos cincuenta y 
tantos años. Viste un traje de faena remendado y po- 
bre, pero limpio.) 

Diga usté, padre: ¿usté ha tomao un encar- 
go que ha venio hase poco? 
Yo no: lo tomó Consuelo. 
¿Pa dónde era? 

Me paese que era pa er convento de la En- 
carnasión... ó pa er convento der Socorro... 
ó pa er convento de... Güeno, pa un con- 
vento. 

Pa este de aquí abajo sería. 
Eso es, sí; pa este de aquí abajo. 
¿Y no ha venío nadie más? 
Juaniyo er de la Phisa, por jazmines. 
Ya podía paga lo que debe Juaniyo er dfr 
la Plasa. En comiendo eyos, que coma una 
ó no coma les tiene sin cuidao. 



í") 



Abuelo No te quejes, mujé; que nunca se ha vendió 
en este güerto más que ahora. 

M. Jesús Seña de que lo hay. 

Abuelo Como que cresen flores hasta en la arberca. 

M. Jesús Su tr¡ibajo les ha costao á mis hijas. 

Abuelo Y á ti también, no ersageiemos. Y no digo 
que á mí, porque no me gusta echarme pi- 
ropos. 

(Llega de la calle Juliana, comadre de María Jesús y 
mujer de sus años, en lo cual es en lo único que se 
parecen. Viste á lo popular, pero con cierto lujo y con 
mal gusto.) 

M. Jesús (contrariada al verla.) (¡Vaya! Ahora vamos á 

leñé visita diaria.) 
JuL. Dios guarde á ustedes. 

Abuelo V^enga usté con Dios. (Pausa. JuUana se abanica.) 

JuL. Media Seviya he correteao... 

M. Jesús (Pos no le digo que se siente.) (Nueva pausa.) 

JuL. ¿Qué hay por aquii' 

M.Jesús Lo de tos los díae^: mucha tranquilidá, mu- 
cho trabajo... y mu pocas ganas de conver- 
Fasión. (Y menos con lagartonas como tú.) 

JuL. Yo voy á halla mu poco. 

M. Jesús Yo no lo he dicho por usté. 

JuL. ¿Y las niñas? 

M. Jesús Por aya dentro andan. 

JuL. Les quería enseña un corte e blusa que le 

ha regalao su novio á nji Dolores... 

Abuelo (Riéndose ) (¡Su novio! ¡Pf...!) ¿Es de raso? 

JuL. Es de tea. 

M. Jesús Pos no lo deslíe usté, comadre. No nos va- 
yamos á enamoiá de la sea... Ya sabe usté 
(jue acá sernos pobres, y no podemos vestir- 
nos más que de perca. 

JuL. Comadre, no se eche usté por tierra, que yo 

no vengo á pedirle á usté dinero. 

M, jEbús Ya me hago cargo. Usté tiene to lo que ne- 
sesita. 

JuL. Grat-ias á Dios, hija de mi arma. Nos cayó 

la veta, comadre. En güeña hora lo diga, 
pero ni á mis hijas ni á mí nos farta na. 

Abuelo Eso cree usté, señora. 

JüL. Miste qué peina. Tómela usté en peso. 

M. Jesús ¿Yo, pa qué? 



— 13 - 



JüL. 

M. Jesús 
Jtl. 

M. Jesús 



Abuelo 
Jll. 

M. Jesús 

JOL. 



M. Jeíús 



JuL. 

M. Jesús 
JuL. 



¿No le gustaría á usté vérsela puesta á su 
Consueliyo? 

Se engaña usté en más e la mita, comadre. 
¿Es orguyo eso? 

Eso es comedida. Como pesa tanto, la que 
se la clava en er moño tiene que bajá la ca- 
besa pa er suelo, y á mi Consueliyo y á toas 
mis niñas siempre las verá rsté con la fren- 
te mu arta. 
(¡Arsi con PFa, repulía!) 

(Abanicándose, hecha una pólvora.) ¿babe USté lo^ 

que le digo, comadre? . 
Comadre, usté dirá 

Que habla usté mucho de la frente e las ni- 
ñas, y que de tanto mira pa er sielo se van 
á queá siegas, y que tiene usté toavía cua- 
tro mositas, y (jue en este mundo cae luega 
ensima to lo que se mormura, y que no es- 
raenesté fiirtarle á nadie pa sé ca una como- 
Dios la haya hecho... y que en esta pajolera 
casa estoy yo cogiendo un mar de estó- 
mago. 

(Dejando la cazuela y levantándose, pero sin perder .sn 

tranquilidad y aplomo.) Escuche usté, Comadre: 
de nueve hijos que he tenío, ocho han sk> 
mujeres. Una se me murió de sei.s años — 
¡pobresita mía! — angelitos ar sielo; dos se 
me han casao, y no saben sus maríos donde 
ponerlas, porque como son pobres no tienen 
en la casa oratorio; otra está en el Hospitá 
cuidando enfermos— le dio por ahí. Dios la 
bendiga; no es por farta e cara, que la tiene 
presiosa; — y tocante á las cuatro que me 
quean á la vera toavía, ni las malas lenguas 
der barrio — y no lo digo por usté — han podio 
desí de eyas ni esto. Miste que es poco... Pos 
ni esto. Pa que se me venga usté á mí con 
peinas de való y con cortesitos e blusa. 
Conosía la historia... 
Y me la sé ar dediyo, ¿no es verdá? 
Solo que siempre se caya usté, no sé si por 
orvío ó por convenensia, á la viuda de su 
hijo Migué, que mepaese que también está 
en la familia. 



— 44 — 

M. Jesús (con sentimiento.) En la familia está... no pueo 
negarlo... 

JuL. iJe! 

M. Jesús Pero no es de mi rama, no es de acá... no es 
der «Güerto e las Campaniyas.» Mi pobre 
liijo — que por no desmentí la casta era mu 
güeno y mu honrao, pa que usté lo sepa — 
la cogió e la ciye cornpadesio de su desgra- 
sia... y como había de salirle güeña... le sa- 
lió na n:ás que regula... Por eso se murió er 
pobresito... Y por eso mi Consueliyo, que es 
leche con asuca, quitó der lao e la mala ma- 
dre á las tres criaturitas que nasieron. ¿Quié 
usté que le diga argo máfe? Porque acá tene- 
mos contestasión pa to lo que usté nos pre- 
gunte. Acá no semos como otras que hay 
que tienen que tapa muchas picauras. 

JuL. La encuentro á usté mu fantesiosa esta ma- 

ñana. 

M, Jesús Pos estoy lo mismo que siempre. 



P:SCE\A III 

DICHOS, ANGKLES y CH.^RITO, JUAN ANTONIO y VICENTA 

^Ángeles y Charito salen por la pnerta principal do la casa, en traje 

<ie calle. Angeles vi.stc hábito del Señor y mantón negro. Charito 

traje claro de percal y mantÓJi blanco. Ambas lo llevan puesto á 

modo de chai.) 

M.Jesús ¿AndevaisV 

Ang. Güenos días, Juliana. 

€har. Güenos días. 

JuL. Vengan ustés con Dios. 

M. Jesús ¿Ande vais, niñasr' 

Char. Yo á compra un carrete y una jaula. 

Ang. y yo por una vela pa las tormentas. 

M. Jesús No tardaree, ¿eh? 

Ang. Descuide usté que venimos pronto. 

JuL. ¿Vais pa abajo? 

M. Jesús iS^o; van pa arriba. 

JuL. Le arvierto á usté que no me las voy á come. 

Ch,\r. No nos dejaríamos nosotras. 



— ib — 

Ang. Gaya tú... Hasta luego, madre. 

ChaR . Hasta luego, (ai ir á salir, llegan Juan Antonio y 

Vicenta, j se detienen saludándolos. A Juan Antonio 
se le advierte que es sacristán á tiro de cañón. Vicenta 
es una criada de la iglesia en que Juan Antonio pres- 
ta sus servicios. Trae una gran bandeja de mimbres 
para llevar flores.) 

— J. Ant. L^ paz de Dios sea en esta santa casa. 
Ang. ¡Juan Antonio! 

^ J. Ant. Hola, niñas. María Jesús... Abuelo... Ju- 
liana... 
Abuelo Güenos días, amigo. 
..3^ M. Jesús Pensando en usté estaba yo hase poco. 
^^ J. Ant. Yo estoy pensando en ustedes á todas 
horas. 
Char. Usté es mu fino. 

— J. Ant. Ya s:iltó la chica. ¿Adonde va por ahí esta 

parejita de lirios tempranos?... ¡Ali! (Dirigién- 
dose á Angeles, que lo turba visiblemente con sus 

ojos.) El padre Santiago está muy enfadado 
ron usted... está muy enfadado con usted .. 
Y también está muy enfatlado con usted el 
padre Santiago... ¡Oh! ¡qué cabeza! He que- 
rido decir... el padre Santiago... 

(María Jesús recoge la cazuela que antes sacó y se en- 
tra en la casa. A poco vuelve sin ella.) 

Ch.ar. Pos no sale usté der padre Santiago en toa 

la mañana. 
— .T. Ant. ¡Je! Qué mala es esta chica... (La mala es la 
otra, que me roba la N'í'iluntad.) 
Ang. üígale usté ar padre que ya iré yo por ayí... 

que ya verá como no me orvido... ¡Ah! V 
muchísimas grasias por el agua bendita. 

— J. Ant. Calle usted, por Dios... el agua bendita... 

;eso no vale nada! 
Ang. ¿Qué está usté disiendo? 

— J. Ant. ¡Je-ú?! ¡qué animal! b.1 Señor rae perdone .. 

Quise decir que es el agua bendita la que 
debe estar agradecida... por cuanto queusted 
va á mojar en ella sus... sus... ¡Atiza! ¡qué 
profanación! No sé por dónde ando... 

Char. Mira, vamonos ya, si no quieres que se con- 

dene Juan Antonio. 

Ang. Es verdá; que está desatina© esta mañana. 



- i6 — 

— J. Ant. Desatinasdo... Yaya, el '^eñoT las ascopañes... 

(¡Adiós! ¡ya empezaron á bailarme las 

esfs!...j 
Ano. Hasta luego. 

J. Ant. Hatas luesgo... (¡Jesús!) 
Char. ( Ar sacristán le gusta mi hermana más de 

la cuenta.) 
.^ J. Ant. (Si esa mujer se encierra en un claustro... yo 

me voy á un desierto.) 
M . jEStjs (viendo ir á sus hijas.) Míetelas, comadre; da 

gloria verlas á las dos. 
JüL. A toas las madres nos párese lo mismo. 

J. Ant. ¿Están mis flores, María Jesú>^? 
M . Jesús ¿Se le ha fartao á usté acá arguna vez? 
J . Ant ¡Nunca! Si no es eso... sino que tengo alguna 

prisilla... 

M . Jesús Pos vamos pa aya. (Encamínase con Juan Antonio 
y Vicenta hacia el segundo término de la izquierda, 
por donde se van ) 

■ J. Ani. Ya sabe usted lo que sucede... Anda, Vi- 
centa... Juan Antonio, lasacri-tía, Juan An- 
tonio, el altar, Juan Antonio, la'=t velas, Juan 
Antonio, los ramos, Juan Antonio, á tocar á 
misa... Y Juan Antonio no tiene más que 
un cuerpo. Pero los curas no se ponen en 
nada... Al fin curas... ¿Qué estoy diciendo, 
santo Dios? El Señor me perdone. 



ESCENA IV 



El ABUELO y JULIANA; después BARRENA 



JUL. 



Abuelo 

JuL. 

Abuelo 



(Estallando. Si es muda, revienta.) ¡PoS nO CStá mi 

comadre mu fastidiosa con sus niñasl ¡Jesús! 
¡No paese sino que no hay más niñas güeñas 
que las suyas! ¡Ave María!... ¡Este año, er 
premio á la virtú en los Juegos florales!... 
Y usté la reina de la fiesta. 
Otras habrá peores. 

No digo que no; eso es cuestión de gusto... 
Usté toavía está en güeña edá... y retocán- 
dose un poquiyo pué da er gorpe. ¿Por 



— 17 



JUL. 

Abuelo 

JuL. 

Abuelo 

JuL. 

Abuelo 

JUL. 



Abuelo 

JUL. 



Abuelo 



qué no se tapa usté la meya con un grano de 

arró? 

Porque así le hago más grasia á mi marío, 

Ah, pero ¿usté está en la "equivocasión de 

que le ha se grasia á su marío? 

Tanta grasia como mi marío me hase á mí. 

Es que Barrena es mu grasioso. 

¿Sí, verdá? No sabe é la que le espera por la 

úrtima grasia. 

Se lo figurará. Tiene fantesía... 

Dos días hase ya que no va por casa... ¡Er 

demonio er viejo!... Por supuesto, que no va 

ii sé ferpa. Lo vi á pone hecho un higo... 

(Aparece Barrena, que viene de la calle con la pesa- 
dumbre pintada en el rostro. Al principio no ve á Ju- 
liana; pero no bien ha avanzado dos pasos huerto 
adentro, repara en ella, se le ponen los pelos de punta, 
y al oir sus cariñosas palabras echa á correr y no lo 

alcanza un galgo.) Er se cree que adelanta argo 
con retarda el encuentro... y lo que hase es 
dá luga á que á mí me crezcan las uñas... 
(viendo á su marido.) ¡Granuja, ven acá! ¡A 
tiempo yegas! 
[En seguía! 

¡Sidoro! ¿Ve upté como juye? Er que juye, 
delito tiene... Pero no le vale... (Echando á 

correr y yéndose detrás de Barrena.) ¡Sidorol 

¡Grandísimo perro!... ¡Sidoro!... 

Sí, sí... Ni con artomovi cogen á Sidoro. 



ESCENA V 

El ABUELO, BERNARDO, CONSUELO, SALUD y MANUEL. MOZO 
del huerto, dentro. 



Mozo (cantando muy lejos.) 

¡Qué grandes fatigas! 
¡qué grande doló! 
¡qué punsaífas más lentas 
le dan A mi cnrasóv! 
BerN. (viene de la calle. Viste traje negro de americana y 

sombrero flexible.) BucnoS díaS, abucIo. 

Abuelo (Levantándose.) ¡Don Bernardo! 



— Ih 



Bern. No se mueva usted. 

Abuelo Si yevo sentao toa la mañana... ¿Cómo van 
esas murrias? 

Bkrn. Como siempre. ¿Y por aquí, qué tal? 

Abuelo Tos güenos; muchas grasias. 

Bern. a usted da gloria verlo. Me da usted envi- 

dia. Representa usted menos edad que yo. 

Abuelo Pos véngase usté á viví ar güerto con noso- 
tros, y yo me encargo de ponerlo á usté co- 
mo nuevo. Esto es una bendisián, señorito. 
Miste, yo me levanto con er só; me asomo á 
la ventana e mi cuarto, hago asín... (Respiran- 
6o fuerte.) y ya no me hase tarta er desayu- 
no. Los olores der güerto metiéndose tos 
juntos pecho alante, alimentan más que er 
pan de Árcala. 

(Riéndose.) Sí lo crco, SÍ... ¿Y María Jesús, 
por donde anda? 
En el escritorio la tiene usté. 
¿Cómo en el escritorio? 
Ahí en er cuartucho ese ande hasen los ra- 
mos. Le yamaraos asín, porque un día Chari- 
to les dijo a unos ingleses que era el escrito- 
rio... ¡Je! Y el escritorio se le ha queao. 

Pues voy al escritorio. (Encamínase hacia la iz- 
quierda, á tiempo que salen por la puerta principal de 
la casa Consuelo, Salud y Manuel, ante los cuales se 
detiene, Manuel y Salud son dos sobrinitos de Consue- 
lo, de cinco y seis años respectivamente. Consuelo vis- 
te un trajecillo claro de percal, tan traído y llevado 
como limpio. Los niños salen dispuestos para ir á la 
academia.) ¡Consuelo! 

CoNS. ¡Don Bernardo! ¡Dichosos los ojos! 

Bern. Calcula tú lo que dirán los míos. 

CoNS Los de usté ¿qué van á desí? 

Bern. ¿No te digo á tí que lo calcules? Mira qué 

buenos colores tienes. 
CoNs. De trajina con estos diabliyos. 

BekN. (Tomándoles la cara á los niños.) ¿Son malos? 

CoNS. Regulariyos son... (Los besa.) 

Bern. ¿Y la más pequeña? 

CüNS. ¿Luisita? En la cuna la tiene usté; ¿quié usté 

verla? No hase más que come y dormí. Pae- 

se un gusano e sea. 



Bern. 

Abuelo 

Bern. 

Abuelo 



Bern. 



— 19 



Berv. Vamos á ver: ¿cuál de los dos es el que se 

va á venir conmigo á mi ca=a? (a la niña.) 
¿Vas á ser tú? 

•Salud No. 

BkRV. (ai niño. 1 ¿Y tÚ? 

íSall'd Tampoco. 

Bern. Mujer, déjalo á él que conteste. 

CoNS. En seguía. Esta paese el eco: contesta siem- 
pre aunque no le pregunten. 

Bern. ¿Cómo te llamas? 

Salud ShIú. 

Bern. ¿Salud qué? 

Salud Salú Campo y Romero. 

CoNS. ¿Qué más se dise? Para serví á Dios... 

S\LUD Para serví á Dios y á usté. 

CoNS. (Besándola.) ¡Qué mouísíma eres, chiquiya! 

Bern. (ai niño.) ¿Y tú, cómo te llamas? 

SAt.uD Manué. 

BüRN. Ya está el eco. 

CoN3. Déjalo tú que él lo diga, Salú. 

Bérn. ¿Qué edad tiene esta? 

Salud Seis años. 

Bern, (ai niño.) ¿Y tú? 

Salud Sinco. 

Bern. ¡Nada! ¡no hay manera! ¿Quieres un perro 
grande? 

Man. Dámelo usté. 

Bern. (Rilándose.) ¡Toma, hombre, toma! 

CoNS. Ya habló, don Bernardo. 

Bern. El amigo no quiere gastar saliva en balde. 
Tú serás un gran hombre. 

Salud Dame usté á mí otro. 

Bern. Sí, mujer, ya lo creo. 

■€oNs. Niños, ¿qué se dise? 

Salud ) »* i 

TLC ( Muchas. grasias. 

CoNS. ¿No es verdá que paresen otras las criatu- 

ritas? 
Bern. Como que es otra la madre que tienen. (Las 

besa.) ¿Se sabe de la suya? 
CoNS. Más vale que no se sepa, don Bernardo. No 

hay quien la sujete: es una cabra. 
JVbuelo Conijue, ¿nos vamos á la escuela ó no nos 

vamos? 



20 — 



CONS. 

Abuelo 
CoNS. 

Abuelo 

CoNS. 



Abuelo 



CoNS. 

Bern. 



CoNS. 



Anda con a^üelito. Dame un beso, Salú.. 
Diime tú otro, Manué. Que seáis güenos. 
Vamos aya. 

(volviendo a besarlos.) Cuidaito con echarse 
manchas. Hasta luego, gloria. 
¡Déjalos ya, chiquiya! 

A vé si no me compráis chucherías con ese 
dinero. Salusita, no le dejes á Manué qu3 
compre chochos; que luego le hasen daño. 
Y tú no le respondas á doña Ana. Ea, dar- 
me otro beso. 

;Mujé, que no se van á Filipinas! ¡A la es- 
cuela ahora mismo! (Se va con Salud de una 
mano y Manuel de la otra. Consuelo se asoma á la 
puerta á verlos ir. En seguida vuelve á entrarse en el 
huerto, é interroga á Bernardo que está pensativo.) 

¿En qué piensa usté, don Bernardo'? 

[Si vieras cuántas veces me contó mi madre 

esta eSCenal... (consuelo hace un gesto de tristeza 
resignada.) Voy á ver á la tuya. (Entrase por el 
segundo término de la izquierda.) 

¡Pobre don Bernardo! 



-^ ESCENA Vi 

CONSUELO, ROMÁN y ROMANCILLO; luego MARÍA JE-ÚS, JUAN 
ANTONIO y VICENTA. ROSA MARÍA, dentro. 



Cqns. 



R. María 

CONS. 

R. María 
C0N8. 
R. María 
CoNS. 



(Después de echarles un vistazo y cortarles unas ra- 
mitas á varias macetas que hay en jirimer término.) 

¿Dónde estará mi herinanaV (Llamándola.) 
¡Kosa Maríal... ¡Rosa María!... 

(Dentro, muy hacia el fondo.) ¿Qué quiereS? 

¿Puérf vení? 

¡Ahora voy! 

¿Qué bases? 

¡Corta las rosas pa Fransisco! 

¡Ahí 

(Llegan de la calle Román y Romancillo, padre é hijo 
floreros de profesión. Usan sombrero ancho muy viejo 
y visten pobremente. El hijo trae dos macetas gran- 
des de latanias, descansando sobre el hombro iz- 
quierdo la una y sujeta con el brazo derecho la otra. 



Román 
Rom. 

CONS 

Román 
Rom. 

CoNS. 

Rojí. 
Román 



■C0N8. 
Rom. 
Román 

'CONS. 

Rom. 

CoNS 

Rom. 

Román 
CoNS. 

Román 

^RüM. 

Román 

Rom. 

Román 

R )M. 

Román 



CoNS. 

Román 

Rom. 
Cons. 
Rom . 



«Cons. 



El padre trae al brazo un canasto lleno de plantas pe- 
queñas. Hablan los dos con calma desesperante, hija 
de una pereza enervadora. Apenas llegan sueltan la 
carga y cada uno se deja caer en una silla.) 
Güenos días. 
Güenos días, 

Holii, güenos días... ¿Qué traemos? 
Na, zinc que pazábamos por aquí... 
¿Tiene usté una poquiya e agua? 

Sí. Sentarse. (Va.se ai interior.) 

¡Lo que pezan esins pajoleras/... 
Foz ¿y e:<tas? Kr hrazo tengo yo molió, (pau- 
sa. Sale Consuelo con una talla llena de agua, que se 
beben entre los dos.) 

¿Quién era er del agua? 

Yo: traiga usté. 

No te la bebas toa. 

Ivé por otra taya, si acaso. 

No es menesté. Tome usté, padre. 

¿Está fresca? 

Está fresca. 

Está fresca. Gracias. 

No las merese. (Entra un momento en la casa á 
dejar la talla.) 

Romanciyo. 

Qué. 

¿Quiés hace er favo de arrascarme en esta 

aleta? 

¿En cuá? 

En esta de este lao. 

l'ontra la ziya ze arrasca usté inejó. 

iQué flojo eres!... 

(Romancillo '!stá medio dormido y cabecea. El padre 

poco menos.) 

¿Paese que hay sueño? 

Este haragán... (sacudiéndolo perezosamente.) Ro- 

manciyo, a'^pabílate... 

Ef-to3' aspahilao... 

¿Se ha niadrugao mucho, RomanpÍ3'o? 

Desde las cuatro e la mañana estoy en pie. 

He tenío que di ar rio á corta unos juncos... 

(e1 padre aprovecha la ocasión para descabezar un 
sueño.) 

¿Argún encargo e ramos? 



22 



Rom. 

CONS. 

Rom. 

Román 
CoNS. 

Román 

CoNS. 

Román 



CONS. 

Román 



M. Jesús 

J, A NT. 
CONP. 

Román 
M. Jesús 

J. A NT. 

M. Jesús 
J. Ant. 
M. Jesús 

Román 

M. Jesús 

Román 

JVl. Jesús 

Román 

Rom. 

.Román 



Zí. Tres ocenas. Aluego pué que mande á 

mi herinaniya por zorapico. 

Güeno. Ya lo piyó er padre. 

Er pobre viejo... (Llamándolo.) Padre... padro... 

Mspabíleze usté, que nos vamos. 

Zi no estoy dormío... 

¡Josú! ¿pero es que les han pegao á ustés 

una palisa? 

(Levantándose con trabajo.) ¿Qué paliza, mujé?' 

Que en caza zemos este y yo zolos pa to. 
¿Pos no tiene usté diez hijos? 
Diez ó doce tengo, pero ninguno da un gor- 
pe en na. Este ez el único que ze mueve 
argo... Y tampoco ez un tranvía elértrico, no 
crea usté. Místelo ya dormío. 
¿Vendió usté las begonias aqueyas, Román? 
I>as vendí. A eza zeñora de la caye la La- 
guna... Y á don Julio le cambié las petunias 
por unos claveles de arco iris. 

(Salen por la izquierda y cruzan hacia la calle Juan 
Antonio y Vicenta. María Jesús los sigue. Vicenta lleva 
llena de flores la bandeja que traía.) 

Le da ueté muchafi memorias ar padre 

Justo. 

Muchas gracias. Buenos días, Consuelito. 

(íüenos días, Juan Antonio. 

Hola, María Jezús. 

Hola, Román. 

Vamos, Vicenta, que se nos ha hecho tarde. 

(Acompañándolos á la puerta.) Y dígale USté ar 

padre Santiago que ya irá Angeles por ayí... 
Sí, que vaya, que vaya... (Ks n:i alimento 

espiritual...) Hasta otro día. (Vase con Vicenta.) 
Con Dios, Juan Antonio, (vuelve hacia la iz- 
quierda, por donde se va.) 

¿Mucho trajín, María Jezús? 
Grasias á Dios no farta. ¿Y ustedes? 
Nos vamos defendiendo. 
Más vale así. (vase.) 

(Sacudiendo a su hijo otra vez.) RomauciyO... 

¿Qué quié usté, padre? 

Entra por ahí y coge una poquiya e biznaga. 

(consuelo oye el diálogo cruzada de brazos y muerta 
de risa.) 



— "1. 



Rom. (Leyantándose.) ¿Que coja Una poquiya e biz- 

naga? ¿Y pa qué quié usté la biznaga? 

Román rlQue pa qué quieo yo la biznaga? ¿Vas á 
hace los ramos zin biznaga, guazón? 

Rom. Pero ¿no hay en caza biznaga? 

Romas ¿Que hay en caza biznaga? • 

KoM. A mi me dijo madre que había biznaga. 

Román Miá no zeau cozas e tu madre, que tiene 
una azaura que... Yo creo que no hay biz- 
naga .. 

Rom . Yo creo que zí. . Amónos. 

CoNS. (Ay, grasias á Dios. ¡Qué apuro de hom- 

l)re8l) 

Rom . (Volviendo á cargar con las macetas.) De ]ierr0 pae- 

cen las condenas. 
Román (cogiendo su canasto.'; Quée usté con Dios, Con- 

zuelo. 
CoNS. V^ayan ustés con Dirs; y que descansen. 

Román Descanzo píe er cnepo, no ze figure usté, (a 

Romancillo, deteniéndolo un momento en la puerta.) 

¿Estás tu zeguro de que en caza hay biz- 
naga? 

Rom . ¿Otra vé, padre? Un pone que no haya biz- 

naga... 

CoNS. Viene Romansiyo por eya en un soplo, ¿no 

es verdá? 

Rom. ¡Pos claro! 

Román ¿Tú en un zoplo? ¿No estás viendo que ezo 
itíi pitorreo? ¡Ajolá haya biznaga! 

Rom. ¡Hay biznaga, padre, hay biznaga! 

R iMÁN Pa mi que no h ly biznaga, Romanciyo. 

Rom. Pa mí que zi hay biznaga, padre. (Esto última 

lo dicen ya fuera del huerto, y se supone que llegan á 
.su casa hablando de lo mismo y con la misma variedad 
de razones.) 



ESCENA VII 

CONSUELO y ROSA MARÍA 



CoNS. Vaya un pá. Y eso que son los dos más vi- 

voe e la casa. Los otros disen que pa come 
tienen que agarra la cuchara con las dos 
manos... 



— 24 — 

(Aparece Rosa jrarla en el fondo y baja hasta unirse 
á Consuelo, con el delantal lleno de rosas. Su vestido 
es análogo al de su hermana. Sobre la cabeza trae 
puesto un pañolillo suelto, muy echado á la frente.) 

R. María (pofocadísima,) ¡Jesús!... 

•C0N8. Chiquiya, cómo vienes... ¿Pica er só? 

R. María Achicharra, Paese que estamos en Agosto. 
Miá lo que me he hecho en esta mano. 

CoNs. Eso no es na. ¿Qué rosas has cogió? 

R.María Pimpinelas y de te. 

CoNs. ¿Quiere muchas ese? 

R. María Tres dosenas de ca una. ¿Ande está er ca- 
nasto? 

CoNS Ahí dentro. 

R. María Tráetelo. 

OoNS. Voy por é. (Éntrase en la casa por la puerta de fren- 

te al público. Rosa María vuelca en la mesilla las ro- 
sas que trae, y se pone sobre los hombros el pañuelo 
de la cabeza.) 



ESCENA VIH 

rosa MAKÍA y GABRIEL; luego CONSUELO; el ABUELO después; 
bernardo al final 



'GaB. (Es un mocito del pueblo, que se raza con el señorío. 

Viste pantalón claro, «guayabera» de seda cruda y 
sombrero de ala ancha gris. Usa espuelas y lleva siem- 
pre en la mano una varita. Sus primeras palabras las 
dice dirigiéndose á Rosa María desde la puerta del 

huerto.) (^Más vale yegá á tiempo que ronda 

un año.) ¿Hay permiso? 
R. María Pase usté. 
<jrAB. ¿Y perro, hay? 

R. Marív Está atao. (Éste es er de ayer tarde.) ¿Qué se 

le ofrese á usté? 
Gab. a este güerto le disen er «Güerto e las Cam- 

paniyas», ¿no es verdá? 
R. María Sí, señó; pero eso ya me lo preguntó usté 

ayer tarde. 
Gab. No me acordaba. ¿Ha visto usté qué mala 

memoria? 



— -l.n — 



R, María ¿Ha visto usté? ¿Se pué sabe lo que usté- 
tiuiere? 

<xAB. Ya lo creo. ¿Cómo les disen ustés á estas ro 

sitas blancas? 

R. María Pimpinelas. 

Gab. ¿Pimpi... qué? 

R. María Aqueyo. 

Oab No se enfade usté conmigo, hija. 

R. María ¿Quié usté acaba? 

<jrAB. ¿Tengo yo la curpa de sé tan torpe? 

R. María ¿Es usté mu torpe? ¡Qué lástima! 

Gab. Como que hasta ahora no me he dao cuen- 

ta de lo bonita que es usté. Miste si hase 
farta sé arrimao á la cola. 

R. María ¡Vaya!... (Tratando de irse.) 

Gab. (Deteniéndola.) Oiga usté, ¿es que no quié usté 

despacharme? 
R. María Ar contrario; lo que quiero es despacharlo á 

usté en seguía. 
Gab. Pos vi á darle á usté gusto. 

R. María Csté dirá. 
Gab. Yo nesefito un ramo e ñores. 

R. María ¿De qué flores? 

Gab. De toas. Ar capricho de usté lo dejo. 

R. María ¿Grande ó chico? 
Gab. Ar cf»pricho de usté. Es pa un arta que ten- 

go en mi casa... 
R. María ¿Pa un arta? 
Gab. Sí; me da por la Iglesia. Como no me quié 

nadie en este mundo... 
R. María ¡Vaya por Dios! ¿Y pa cuando nesesita usté 

er ramo ese? 
Gab. Yo me lo yevaría ahora mismo. 

R. María Ahora mismo va á sé difisi. 
Gab. ¿Por qué? 

K. María Porque no tenemos ñores cortas. 
Gab. ¿y esas? 

R. María Esas están vendías. 

Gab. Pos mande usté que corten más. . y mien- 

tras las cortan charlamos usté y yo de lo que 

se tersie. 

GONS. (saliendo con un canasto por donde se fué, á tiempo 

de oir esta última frase.) ¿Qué? ^qué eS CSO? 

R. María Er señó... 



— !26 — 

Gab. Güenos días. 

CoNS. Güenos días. 

R. María Er señó que quié un ramito e flores á la ca- 
rrera. 

Gab. No ersagere usté tanto: á la carrera no hase 

farta... Con que esté dentro e poco... Digo^ 
hí pué sé... 

CoNS. Sí, señó; ya lo creo que pué sé... Si de eso 

vivimos... de las flores... 

(llega el Abuelo de la calle.) 

Gab. ¿Está usté segura? ¿No serán las flores lafr 

(|ue vivan de verlas á ustés? 

CoNS. ¿Vñ qué nos vamos á mete en averiguarlo? 

Agüelo, vaya usté con er señó y córlele usté 
las flores que quiera pa hasé un ramito. 

Abuelo Vamos aya. 

Gab. Yo tenía gusto en que las hubiera escogió 

aquí esta joven. 

CoNS. Ksta joven no sabe de eso. 

Gab. Porque lo dise usté lo creo, pero paese men- 

tira. 

CoNS. Ahí tiene usté las cosas de este mundo. 

Abuelo ¿Viene usté ó no viene? 

Gab. Si, señó; ahora mismo. 

CoNS. Usté sabrá que en este güerto las flores son- 

caras... 

Gab. Ar revés. 

CoNS. ¿Cómo? 

Gab. Que las caras son ñores. 

CoNS, Grasias; es favo. 

vjAB. IliS la pura, (a Bernardo, con quien se cruza al ir 

huerto adentro.) Gütnos díuS, amigo. 

Bern. Hola. 

Gab. ¿Cómo estamos? 

Bern. Bien ¿y usted? 

Gab. Pa servirle. 

Bern. ¿Por ñores? 

Gab. Por flores. 

Bern. Hay donde escoger. Que u?ted siga bueno. 

Gab. Vaya usté con Dios, (internándose en el huerto- 

coíi el Abuelo.) ¡.Josú, qué güerto más bonitol 
¡Si esto es la gloria!... 



- 27 — 
ESCENA IX 

CONSUELO, ROSA MARÍA y BERNARDO 

(consuelo y Rosa Mariii se sieiUan junto á la mesilla y principian á 
contar flores y á separar unas de otras. Bernardo se les acerca.) 

í'ojns. ¿Quién es ese tipo, don Bernardo? 

Bern. Ni él mismo sabe á punto fijo quién es. 

R. Maiua ,Ay, qué grasia! 

CoNS. ¿Y cómo pué sé eso? Porque yo sé quié» 

soy. 

Bern. Alú verás tú. Es hombre que se mete hasta 

en los charcos. 

CoNS. Eso me ha querío párese á mí. 

R. Makiv í^i; no es corto e genio, no. Pero tiene ange. 

Bern. ^í que lo tiene: es un tipo de gracia. Y sue- 

le caer bien en todos lados. Y'"o lo he visto 
siempre donde quiera que ha habido una 
diverí-ión. En la feria de Córdoba, en la de 
Mairena, en el Rocío, en el encerradero del 
Empalme... Unas veces vende caballos, otras 
veces los compra... bulle en dos ó tres cofra- 
días... tiene un puesto de pájaros, cría gallos 
ingleses, cambia alhajas, juega... ¡qué sé yol 
Kn fin, un día que estaba conmigo en los 
Toro-', se tiró al redondel y pidió permiso- 
para dar el salto de la garrocha. 

CoNS. ¡Ay, qué mareo de hombre! Ahora me ex- 

plico que ni ¿r mismo sepa lo que es. No 
tendrá cabesa pa acordarse. 

R. Mari A Pos hija, asín me gu-ta á mí la gente. Esos 
hombres que no sirven más que pa una cosa 
son mu esaboríos. 

Bern. Tienes razón, chiquilla. Yo te buscaré en. 

Madrid un novio á tu gusto. 

CoNS. Pero ¿por fin se va usté á Madrí? 

Bern. Esta misma tarde. 

CoNs. ¿Tan pronto? 

Bern. ,Qué más da! 

Ji. María ¿Y por mucho tiempo? 

Bern. No lo sé... 



K. María ¡Ay. Madrl!... ¡Quién se fuera!... ¿Se atreve 

usté á yevíU'me en er baúV 
Bern. y en el coche. 

R. María lAjolál 
•CoNS. Las gan<ís que tiene epta chiquiya de vé á 

Madrí. Yo no sé qué se le ha figuri^o. 
Berv. ¿y tú, no tienes ganas? 

-CoNS. ¿Yo? ¿Pa qué? ¿Qué farta me base á mi 

Madrí? 
R. Marí^ Esta no tiene curiosidá por na. 
CoNS, y tú por to: sernos diferentes. 

(Bernardo las oye encantado.) 

R. María A mí lo que n)e pasa es que me gustaría 
salí arguna vé de estas cuatro paredes. Oye 
una habla de muchos sitios y de muchas 
cosas de por ahí fuera, y como to lo ha he- 
cho Dios. . le pica la curiosidá de verlo. Por- 
que mi hermana ha j^egao á creerse que en 
viendo er güerto ya no hay en er mundo 
más que vé. 

Como que me sobra to lo demás. ¿Tú te 
crees que en Ingalaterra iba yo á está más 
á gusto que apartando estas flores? 
Mu jé, también te has dio á acordá de una 
provinsia. . 

Con la que una tiene más rose, mujé. 
Fos ya ves tú; si los ingleses fueran tan me- 
tíos en sí como tú eres, ¿cuándo íbamos acá 
á vendé claveles á catorce reales? 
Güeno, pos que vengan eyos, pero yo me es- 
toy quieta. Y eyos vienen porque esto es 
mejó que lo suyo; que te coste á tí. Yo he 
oído desí que ayí no sale er só más que una 
vez al año, y que se va en seguía porque la 
gente se asusta dé. 

H. María líscuche usté, don Bernardo: ¿usté ha estao 
en China? 

Bern. Yo no, hija de mi alma. ¿Por qué me lo 

preguntas? 

OoNs. Vamos, tú, cáyate y no seas tonta. 

Jl. María Porque Consuelo dise que es verdá que hay 
Fi ansia, y que hay Ingalaterra... y que hay 
París... pero que se resiste á creé que haya 
China. 

(Bernardo suelta la carcajada.) 



OONS. 



R. María 

(-ON8. 

R. María 



CoNS. 



—^•29 - 

CüNS. ¿Ves tú? Ya se está riendo. Pos me resisto 

á creerlo, don Bernardo; no lo pueo reme- 
dia. Se me ha metió en la idea que es una 
tierra inventa na más que pa los abanicos. 

BtRN. Te advierto que yo también tengo mis'du- 

das. 

CoNS. Ya eso es chufla de usté. 

BííRN. Benditas sean ustedes que son capaces de 

distraerme y de alegrarme un rato. 

CoNS. Desimos tantus tonterías... 

Bkrn. Claro; y yo, como soy tonto, me río con 

• ellas... 

CoNS. ¿Tonto usté?... 

Bern. Tonto y medio. ¿No te parece á tí? 

CüN<. ¿A mí qué va á pareserme, don Bernardo? 

Bern. Esto me interesa. Vamos á ver: ¿qué opinas 

tú de mí, Consuelito? 

CoNs ¿Yo?... 

Bern. Sí, tú; dímelo. 

(*oNS. ¿Y á usté qué farta le hase?... 

Bern. Ahora me hace falta. 

CoNs. Pos no se lo digo á usté porque se va á pone 

mu ancho. 

Bern. ¡Vaya! Veo que tienes de mí mejor idea 

que yo. 

R. María Pero ¿usté no tiene güeña idea de su per- 
sona? 

Bern. Al contrario: muy mala. 

CoNS. ¿Por qué, don Bernardo? 

Bern. ¿Porqué ha de ser? Porque no sirvo para- 

nada, porque no hago cosa á derechas, por- 
que no tengo arranque... 

CoNS. Usté lo que tiene es la manía de no vé ma- 

lamente más que to lo su^'o. 

Bern. No es manía; es desgracia: es que me conoz- 

co. Créeme, Consuelito: me falta voluntad, 
me falta el entusiasmo que á mi edad se 
siente por las cosas .. Nada me atrae, nada 
despierta mi interés... Pico aquí, pico allá, de 
todo me canso á los dos días... Me vuela el 
espíritu dentro del cuerpo como una mari- 
posa, y este constante aletear créete que me 
cansa... que me rinde... 

R. María ¡Vaya por Dios! 



— 30 — 

"CoNS. A mi me párese que no se conose Uí=té tan 

bien como piensa. ¿Quié usté que yole diga 
lo que tiene? Pos una pena que no lo deja 
respira. Y yevándola ensima siempre y 
siempre á tos laos, ¿cómo quié usté que le 
3^ame la atensión ca de este mundo? 

Bern. Veo que discurres infinitamente mejor que 

mi médico. 

CoNS. ¿Por qu? lo dise u^^té? 

Bern, Porque mi médico, el muy simple, me acon- 

seja que cambie de postura... que me dis- 
traiga... que viaje... Tanto machaca* que me 
voy por no oirlo... Pero tú dices bien; lle- 
vando en el alma lo que llevo... ¿qué más 
da que recorra el mundo? Sobre que ahora 
mi único consuelo está cabalmente en re- 
crearme á todas horas en mi dolor .. en vivir 
del recuerdo de mi madre... en visitar los 
.sitios que más frecuentaba... en dar los pa- 
sos que ella hubiera dado... en venir á este 
huerto, donde no dejó de venir ni un solo 
día... 

OoNS. Ki uno solo, es verdá. 

R. María ¡Pobre doña Ro.>ario! Nos quería mucho. 

Bern. Las quería mucho á ustedes... y á las flores. 

Ya le he dicho á María Jesús que durante 
mi ausencia quiero que vaya una de ustedes 
todas las tardes á cuidar las que me ha de- 
jado. 

"CoNs. Yo iré. 

R. María Y yo. 

CoNS. Iremos un día una y otro día otra. ¿Usté 

gorverá pronto? 

Be<n. Creo que sí, que volveré en seguida, mal 

que pese á mi médico. 

OoNS. Ño, pos eso tampoco lo encuentro yo bien... 

Cuando don Juan lo manda... 

Bern. ¿Y qué sabe don Juan?... Con que, niñas, 

hasta la vuelta 

CoNS. ¿Se va usté ya? (Las dos se levantan.) 

Bern. Parí no pasarme aquí todo el día. 

CoNS. No le doy á usté la mano porque la tengo 

moja de las flores. 
Bern. Pues te la secas. 



— 31 — 

CoNS. Güeno... Ya está. Tome usté. 

Bern. Así rae gusta. Adiós, Rosa María. 

R. María Don Bernardo, vaya usté con Dios, 

€oNS. Que yeve usté felí viaje... y que se acuerde 

arguna vez de nosotras... 

Bern. Eso no me lo tienes que encargar. 

<JoNS. Por si acaso. 

Bern. No olvidar las flores de mi madre, ¿eh? 

CoNS. Usté sí que no tiene que encarga eso. 

Bern. Que haya salud. 

R. María Con Dios, señorito. 

■CoNS Con Dio=, don Bernardo. 

Bern. 'volviéndose un momento hacia ellas antes de irse.) 

Aquí empiezan... y aquí acaban mis despe- 
didas... ¡Qué solo estoy!... ¡qué solo! 



ESCENA X 

CONSUELO y ROSA MARÍA 

DoNS. Pobre?iyo don Bernardo... ¡Me da una pe- 

na dé! Miá que se ha quedao solo en er 
mmido... 

R. M.\RIA Verdá que sí. (Se sientan. Pausa, durante la cual 
terminan su faena.) 

<J JN3. Estas son tres dosenas cabales. Sobran estas 

pociis. 
R. María Pos aquí tengo yo otras tres. 
CoNs. Ar canasto las seis. 

R. María Ajajíi. 

(Quedan sobre la mesa varias flores.) 

CoNS. ¿Cuándo va á vení ese por eyas? 

R. María Dijo que ar medio día. 

CoNS. Eiitonses me las yevaré aya dentro ar fres- 

quito. (Encamínase hacia la puerta dj frente al pú- 
blico y se detiene á la frase de Rosa María.) 

R. Mafia ¿.\ que no sabes tú lo que le está hasiendo 

fíirta á don Bernardo? 
CoNs. ¿Krqué? 

R. María Casarse. 
CoNs. Hija, ave María; to lo arreglas tú con er 

casorio. 



32 — 



R. María A mí rae han dicho que le gusta la der que 

fué sosio de su padre. 
CoNS. ¿Milagritos?... Pos mira tú, no harían mala 

pareja. (Entrase en la casa.) 

R. María Ya se ve que no. 



ESCENA XI 



ROSA MARÍA, el ABUELO y GABRIEL 

GaB. (saliendo con el Abuelo por la izquierda. Trae en la. 

mano un buen ramo de rosas y claveles.) Usté ya eS 

amigo mío, y eso de la media caña va á sé 
al istante. 

Abuelo Güeno, sí; aquí ar lao... Pero que no se en- 
teren mis nietas. 

Gab. No hay pa qué... Pasemos de largo... Güenos 

días, joven. 

H. María Güenos días. 

Abuelo Güervo ahora mismo, ¿eh? (Mientras llegan á 

la puerta, Gabriel mira atentamente á Rosa María, la 
cual se hace la distriída fingiendo estar ocupada en. 
algo ) 

Gab. (Mas bonita es que la Virgen der Vaye.) 

(se va con el Abuelo.) 

R. María ¡Qué descarao es! Por poquito suerto la risa. 

Gab. (volviendo á entrar en el huerto, con sorpresa de 

hosa María, que instintivamente hace un movimiento 
como para marcharse.) No huya USlé de mí, que 

no hago daño. Mi^te: tengo capiya, tengo 
arta, tengo flores; hasta velas tengo: no me 
farta más que la imagen... 

R. María Pos eso, un escurtó. 

Gai.. Si viviera er de la Virgen de la Esperansa y 

la copiara á usté... 

R. María No querría... 

Gab. ¿Que no? ¿Pero usté ee ha figurao que era 

siego? 

R. María (interrumpiéndolo.) ¿Se quié usté cayá y no 
echarme más flores? 

Gab. Como me yevo unas poquitas de usté... 

R, María Pos conténtese usté con otras poquitas, no- 
sea usté tan rumboso. 



- 33 - 

Gab. No ]o pueo remedia: tengo er rumbo en la 

Bangre. 
R. María ¿Sí? 
Gab. 8i. Pa que usté se convensa: por ca beso que 

usté me dé le doy yo seis ó siete. 
R. María ¡Ay qué grasioso! 

Gab. (Tirándole de iiuiiroviso á los pies el ramo de flores, 

que se desbace por completo.) ¡Grasiosa UStél 

R. María (sobrecogida.) ¡Ayl 

Gab. Pisa usté y nasen flores. ¡Lo que vale er 

«Güerto e las Campaniyas!» 

H. María ¡Lo que charla usté, hijo de mi arma! 

Gab. ¡Lo que me gusta usté, reina e Mayo! 

K . María ¡Lo que pondera usté, rey de Abrí! 

Gab. Fonderasión de lo bonito, usté, Rosa.. 

María. 

R. María ¿Y quién le ha dicho á usté mi nombre? 

Gab. Yo que lo he asertao.Tenía que sé ese: Rosa, 

usté, y María, que es er nombre e la Virgen. 

R. María ^.Y qué más? 

Gab. Que á mí me pusieron Gabrié. 

R. María ¿Y á mí qué me importa? 

Gab. Me importa á mí que usté lo sepa. 

R. María ¿Y qué más? 

Gab. Aqueyo, como usté me dijo. 

R. María Pos aqueyo quié desí que se acabó er pa- 
lique. 

Gab. Pos se acabó. ¿Más obediente? Dios la ben- 

diga á usté, morena. 

R. María Grasias. 

Gab. No hay de qué. Güenos días. 

R. María Güenos días. (Tiene mucho ange.) 

G'B. (Pan comió.) (se va. Rosa María se interna en el 

huerto volviendo la cara ) 



FIN DEL ACTO PRIMERO 



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ACTO SEGUNDO 



La misma decoración <\e\ acto primero. 



ESCENA PRIMERA 

MARÍ\ JESÚS, CONSUELO, ROSA MARÍA, ANGELES, CHARITO 
BERNARDO y el ABUELO 

(Es día de fiesta. Los trajes de la familia del huerto dan de ello 
claro indicio. Madre é hijas, y el propio Abuelo, tienen puestos lo3 
trapitos de cristianar.— Aparecen sentados ante la puerta de frente al 
público, en compañía de Bernardo, el cual se ocupa en retratar á 
Charito en un pequeño álbum de dibujo. Bosa María, desviada un 
poco del grupo general, callada y cejijunta, manifiesta en su actitud 
que si algo le interesa en aquel momento no es precisamente la con- 
versación de su familia. Charito está de pie.) 

Bern. Charito, no te muevas. Estáte quieta. 

Char. ¿Más toavia? 

Ang. Paese que tiene asogue este demonio. 

Char. Ya sartó la beata. 

M. Jesús (Reprendiéndola.) ¡Schss! ¡Charito! 

Ang. Si no le rieran tanto las grasias... 

Char. Cáyateya. 

CoNS. La que tiene que cayarse eres tú, que te vas 

g:orviendo mu respondona. 

R. María (Si ér supiera er daño que me hase, no tar- 
darla.) 



— 36 - 

Char. Don Bernardo, ¿estoy bien? 

Bern. Hablando está?, muchacha. 

Abuelo Como que si estnviea cayá, no era eya. 

Char . Miá er viejo también: no pué con los carso- 

nes 3' tiene gana e chirigotas... 

M. Jeííis ¡Niña! 

Ang. a esta mona va á habé que yevarla á con- 

fesa. 

Char. ¿Con quién? ¿con er padre Justo? No, hija 

mía, que es mu preguntón... (sueltan la risa. 

todos.) 
Bern. A ver qué te parece. (Le da el album, que va co- 

rriendo de mano en mano.) 

Char. ¿Esta soy yo? Vamos, quítese usté de ahí. 

CoNS, Trae acá... ¡Ay, don Bernardo, no diga usté 

que esta es mi hermana! 

Ang . ¿Sabes tú á quién se da un aire? A la deman- 

dadera der Socorro. 

M . Jf.sú i Por Dios, don Bernardo, mi Charito es mu- 
cho mejó... 

Ch.\r . ¿Tengo yo esa narí tan larga? 

G')NS. Ni esa narí ni na. Usté dispense, don Ber- 

nardo. 

Bern. Que lo vea el abuelo, qite es el que entiende 

aquí. 

Ch.'iR. Místelo, agüelo. Diga usté la verdá. 

Abuelo La verdá es que te ha favoresío... 

M . Jesús ¡Al istante! 

Abuelo ¡Que te ha favoresío mu poco!... ¡Je, j( ! 

Beun. ¡Vaya! El fracaso ha sido completo. Yo que 

tenía mis ilusiones... Dame el album, Cha- 
rito. 

Char. Escuche usté: ¿y aqué libro de coplas que 

iba usté á traerme? 

Bern. ¿Cuál? 

Char. Digo, ya no se acuerda. Uno que me ofresió 

usté er mes pasao, antes de irse á Madrí... 

Bern. ¡Ah, sí, es verdad! Perdóname. Sobre mi 

mesa está hace un siglo. 

Char. ¡Pos ayí pné qufarse! 

Bern. Descuida, que mañana te lo traeré. Por cier- 

to que me han dicho esta tarde una copla 
que no conoces tú. 

M. Jesús Difisiliyo es eso, don Bernardo. 



— 37 — 

CoNs. Yo no comprendo cómo le caben tantas ea 

esa cabesa tan chica. 
Ang. Más valia que aprendiera otras cosas. 

€har. Sí; orasiones pa no condenarme, ¿verdá? 

Difame usté esa copla, don Bernardo. 
Bern. a ver si la acabas. 

Dices que no la quieres 
ni vas á verla... 
Chak. Pero la vereita 

no cría yerba. 
¡Vaya una vejé! 
Abuelo ¡Pero, señó, si eso lo cantaba mi agüelo... y 

le desían ya que era antiguo! 
J5ern. ^ ¿Sí"? Pues á ver esta otra: 

No quiero querer á nadie 
ni que me quieran á mí... 
Chxr. Quiero andar entre las flores, 

hoy aquí, mañana ayl... 
CoNS. ¡También es nueva! Está usté mu atrasao 

de notisias, don Bernardo. ¿A (jue no rema- 
tas esta, Charito? 

Tengo enfrente la fuente ^ 

de mi deíeo, 
tengo sé, veo el agua 
y no la bebo... 
Ch\r. Mv'a qué pena, 

tener sé, ver el agua 
y no deberla. 
M. Jesús ¿Lo ve usté, don Bernardo? 
11. María ¿Y ésta, Charito? 
Char. ¿Resoyaste ya? 

R. María Escucha: 

¡Quién fuera y yegara ahora 
donde tengo er pensamiento! 
Char. Er sitio no lo diré 

porque no lo sé de sierto. 
Bern. ¡Qué bonita! 

Char. Más bonita es esta. Escuche usté: 

Esta setTana está loca, 
loca que la van á ata... 
Abuelo Que lo que sueña de noche 

quiere que sarga verdá. 
Ang. ¡Mía el agüelo también! ¿A que digo yo una 

que ninguno sabe? 



— 35 — 

Char. ¿a que no? 

Ang. Si fueres á confesa 

desamínate primero... 
Char . Que covfesión sin desamen 

es leña para el infierno. 
Abuelo jEa! Apuesto cuarquier cosa á que ni Chari- 
to ni nadie me remata á mí esta: 

Un cuerno en una caye... 
Char. Se hayo un usía... 

CcNS. Y se quedó pensando 

de quien seria... 
Bern . Y hecho una pieza... 

Char. No quitaba las manos 

de su cabesa. 
Abuelo Cayao pa toa la tarde. Veo que la saben tos. 
Bern. No hay quien pueda con Charito. 

M. Jesús Como que si á mano viene las saca eya. 
Char. Tengo tantas en er sentío... 

Abuelo (ed voz baja.) Oye, sácale una á Rosa María, 
que está mu cayá. 

Char . (Después de pensar un momento ) 

Esperando á mi novio 
las horas paso... 
De tenerme la cara 
me duele er braso. 

(Todos se ríen.) 

R. Marí.í Veras tú, Charito, verás tú. (se levanta y se va 

al interior.) 

Char. A la ventana va á esperarlo. Le ha entrao 

fuerte. 
CoNS. Don Bernardo, ¿usté no ha visto á Charito 

remeda á Juan Antonio? 
Bern. ¿Al sacristán? 
CoNS. Verá usté qué bien lo remeda. 

Ang. No, no, mujé, que pué enterarse el hombre. 

M. J Esús ¿Qué ha de enterarse, tonta? 
Bern. Anda, Charito. 

Chak. (Yéndose á la puerta.) Su entrada es así: «.Bues- 

na tarde... (Todos se ríen, celebrando la fidelidad y 
la gracia de la copia.) María JeSÚS... Abuelo. . 

Consuelito... don Bernardo... Angeles... ¿T^s- 
do bueno por aquí?... Yo reventasdo... Aquel 
cura es un animal... ¡Huy! ¿qué he dicho? 
¡El Señor me perdone!» 



— 39 — 

M. Jesús Es que lo ha cogió to er demonio e la mu- 
chacha. 

CoNS. Es lo majó que imita. 

Abuelo Esta chiquiya va á sé cómica. 

Bern. Tiene mucho salero. 

Ang. No, pos no me gusta á mi que se burle de 

nadie. 



y- 



ESCENA II 

DICHOS y JUAN ANTONIO. 



Abuelo En nombrando al ruin de Roma... Ahí 

viene é. 
Ang. Gayarse por Dios. 

J. AnT. Suesna tarde... (La entrada, con la misma frase de 

Charito, es una explosión de risa que á duras penas 
logran contener. Durante todo el saludo de Juan Anto- 
nio sigue la misma disimulada diversión.) 

Abuelo Hola, Juan Antonio. 

J. Ant. María Jesús... Abuelo... Consuelito... Ange- 
les .. Charito... don Bernardo... (cada cual se 

escurre por donde puede, aguantando la risa.) ¿Por 
aquí tosdo bien? 
Abuelo Nos vamos defendiendo, (se va ai interior de la 

casa. María Jesús se va á la calle con su silla.) 

Ang. (iY usté, Juan Antonio? 

J. Ant. Reventasdo, hija. Me ha salido un cura que 
es un melón... ¡Huy! ¿qué he dicho? El Se- 
ñor me perdone. (Consuelito coge también su silla 
y se larga a la calle sin poder pronunciar palabra. Cha- 
rito se va al interior de la vivienda, y Bernardo se mete 
huerto adentro. Juan Antonio los mira irse un tanto 

sorprendido.) ¿Qué pasa? ¿Qué dispersión es 

esta? 
Ano. No sé... no sé... (Luego disen que yo me 

enfado...) 
J. Ant. Vamos, que han comprendido que tenemos 

i\ue hablar de nuestra capillita. 
Ang. Será eso. 



— 40 - 
ESCENA III 

ANGELES y JUAN ANTONIO 

— J. Ant. ¡Si viera usted qué monísimo está el Niño 

Jesús con el trajecito de majol 
Ang. ¿Lo ha visto doña Carmen? 

^«s J. Ant. ¡La primera! Y está encantada. Le llama el 
pastorcito. Al verlo se hizo lenguas de usted. 
Ang. Una, en su pobresa... ¿Usté se cree que pí 

yo fuera rica no iba á pone la capiya como 
un ascua e oro? 

— J. Ant. Ya lo está, ya lo está... 

Ano. Grasias á doña Carmen, que es tan güeña... 

^^ J. Ant. y á sus manos de usted, que hacen pri- 
mores... 
Ang. ¿Le he dicho á usté que doña Carmen corre 

con mi dote? 

•*«» J. Ant. (Con pena.) Sí. 

Ang. y con mi hábito... 

iw J. Ant. (Suspirando.) ¡Ay! (Pausa. El Abuelo y Charito, pasan 

d(. la casa á la calle riéndose de Angeles y Juan Anto- 
nio.) Escuche usted, Angelitos: ¿ha meditado 
usted bastante el paso que va á dar? 
Ang. Lo estoy pensando desde que nasí, con que 

ya usté ve... 
.^ J. Ant. ¡Ayl... 

Ang. Mire usté; mientras mis otras hermaniyas 

jugaban cuando chicas á los novios, Carlota 
y yo jugábamos como unas tontas á loa 
conventos. 
•— J. Ant. ¿Cuál es Carlota? 

Ang. La que está en el Hospitá e la Sangre. 

... J. Ant. Ah, sí. 

Ang. a mi una vez — tendría yo hasta sinco años 

ó seis — se me aparesió la Virgen de la Bs- 
peransa... y no fué en sueños, no, que estaba 
yo despierta como ahora. 
->, J. Ant. Es particular. 

Ang. Pos güeno, verá usté. Con la Virgen de la 

Macarena iba er San Juan de San Lorenso, 
que fué lo que me yamó la atensión... Y la 



— 41 - 

Virgen me dijo, dise: «Tú has nasío pa 
monja; pa resá por la gente mala...» Y San 
Jnan hiso que sí con la cabesa. Yo estaba 
como er marmo: aqueja noche no pegué 
los ojos de mieo... Me tuvo que yevá mi 
madre a su cama, se lo referí to, y desde en- 
tonse vengo reinando en lo der monjío... 
.^ J. Ani. ¡Ay!.. (Pone una carita de tonta, que me 
pierde...) 

Ang. Luego, ya usté sabe lo que á mí me gusta 

resá, y aprende orasiones, y di á las Iglesias, 
y vé las cofradías .. ¡Ay, las cofradías!... Las 
de madruga, sobre to, me dan un respeto y 
una cosa... Vamos, yo creo que á nadie le 
pasa lo que á mí, cuando una mujé ó un chi- 
<]UÍ3'0 se pone elante der Señó der Gran 
Podé á canta una saeta... Es un frío tan es- 
pesiá er que me entra... y un süensio tan 
grande por dentro de mí... Yo no sé expli- 
carlo .. digo la má de paparruchas .. 
.— . J. Ant. ¡Ay, Angeles! Tiene usted un alma sencilla 
y pura como el aroma de una flor... y tiene 
usted un cuerpo... 

Ang. ¡Juan Antonio! 

J. Ant. ¡Huy, qué diparaste! Perdón, asm(9a mía... 

>¡Malo! ¡Ya empezaron las eses!) De lo que 
yo quiero convencerá usted es de que Dios 
está en todo... y lo mismo se le sirve entre 
la cuastro parede fría de m convento, que 
ivegSiWáo plasto ó que cortando.^f^srís... ¿Por 
qué ha de exigirle á una juventud de rosa 
fresca, que se marchite, que se aje, que se 
consuma... sin sol y sin luz?. . (¡Estoy hecho 
un papelucho republicano!) 

Ang. ¡Juan Antonio! ¿qué dise usté? Un hombre 

consagrao á Dios y á la Iglesia... 

J. Ant Es cierto, sí; consagrado á Dios... Con poco 
sueldo, pero en fin, consagrado á Dios... 

Ang. ¡Pues lo va usté enmendando! 

,^. J. Ant. No .«é lo que me digo, Angele?... 

Ang. (Acercándosele mucho con solicitud y cariño.) PcrO 

¿(lué le susede á ustéy 
— ^ J. Ant. Nada... nada... el calor... los oervios... el ca- 
lor sobre todo... 



— 42 — 

Ang. ¿Quiere usté refrescarse? Vamonos ayí jun- 

to á la noria... 
.^ J. Ant. Vamos donde usted quiera. 

Ang. y de paso cogeremos unas flores pa doña 

Carmen... 
s, J. Ant. Bueno, sí... (Me siento pecador al lado 

suyo...) (Se encaminan los dos hacia el fondo y por 
allí se pierden.) 

Ang. Otra cosa que á mí me encanta, Juan An- 

tonio, es er sosiego que hay en los conven- 
tos... la tranquilidá... ¡Qué me gusta cuando 
yo entro en argunos y veo á las madres por 
entre las rejas apárese delante del arla 
como sombras blancas... sin sentí sus pa- 
sos!... ¿No es verdá que es bonito?... 
— J. Ant. (suspirando desesperado.) ¡Ay! (¡Pobrc Juan An- 
tonio!... ¡No es para tí esta mariposa!. .) 



ESCENA IV 

ROSA MARÍA, GABRIEL y CHA RITO 

R. María (saliendo de la casa por la puerta principal, antes que 
desapaiezcan del todo Juan Antonio y Angeles.) Ya 

viene alií. ISo me vera esta tarde la grasia. 

(Se sienta hacia la izquierda.) 
GaB. (Llega de la calle canturriando distraído.) 

Tus ojos y mis ojos 
se han enredao... 
Char. (siguiéndolo.) Gabrié... 

GaB. (Deteniéndose un instante.) Hola. ¿Qué quicrCS? 

Char. ¿Le pido parmiso á madre y nos vamos los 

tres á dá un paseo como el otro domingo? 
Gab. Por mí, desde luego. 

Char. Pos voy aya. (vuélvese á la caiie.) 

ESCENA V 

ROSA MARÍA y GABRIEL 

Gab. (Acercándose á Rosa María.) Dios te guarde, pa- 

loma. 
R. María Dios te guarde á tí, gavilán. 



_ 43 — 

Gab, ¿Corajito tenemos? ¿A tí te paese medio re- 

gula resibí á un hombre en día de fiesta con 
fsa cara? 

R. Mari.\ Pos no tengo otra. 

Gab. Ni farta que te hase: esa es otra cuestión. 

De nnás sabe la dueña de esa cara que pa 
Gahrió Moreno no hay ninguna más bonita 
en er mundo. 

R. María Pos la dueña de esta cara es la que yeva 
df'S horas esperándote. 

Gab. ¿t^OS horas? (sacando su reloj y mirándolo.) ¡Mar- 

dita sea mi suerte! ¿Parao otra vé? (Lo tira 
contra una silla con rabia.) 

R. M SRÍA ¿Qué liases, hombre? 

Gab. ¡Na; que mañana me compro uno de arena! 

(lo recoge y lo mira de nuevo.) ¡Ole! 3'a está an- 
dando. (Se lo guarda.) 

R. María (Riéndose, á pesar suyo.) [Eres Una fiera, Gabriel 

G^p. (Acercándosele mucho.) Ten cuidao no te comíi. 

R. María (Deteniéndolo.) Estate quieto. 

Gab. Pos déjame que me siente á la vera tuya. 

(Lo hace.) 

R. Makía [No te debía ni habla! 

Gab. Cántame, si quieres. 

R. María ¿Ande has estao? ¿De ande vienes ahora? 
¿No ves lo que sufro esperándote, malas en- 
trañas? ¡Ya lo creo que lo ves!... Lo que tie- 
ne que sabes cómo te quiero, y te gosas en 
haserme rabia. Estás tan seguro de mi ca- 
riño... 

Gab. Tan seguro como tú der mío. 

R. María Una mijiya más, ¿note párese? 

Gab. (Fijándose en ella.) ¿Has yorao? 

R. Makía Er caso no era pa reí. 

Gat;. ¡Benditos sean tus ojos, chiquiva! 

R. Mahía Te gusta que yore, ¿no es eso? 

Gab. Eso es: ¿á qi.é vi á negarlo? Soy así: las flo- 

res, con róelo, y las mujeres, con lágrimas. 

R. María ¡Gabriel 

Gab. ¿y á tí, cómo te gustan los hombres? 

R. Marív Más cabales que tú. 

Gab ¿Pos qué me farta á mí, morena? 

R. Marí.\ Ese coraje que á mí me hase yorá cuando 
no te veo. 



— 4i - 

Gab. Estás hablando de memoria. ¿Qué sabes tú 

de las perreras que yo me tomo en casa? 

R. María f!,Tú? Miente menos y quiere más. 

Gab. Las dos cosas son imposibles. 

R. María Toa la noche me la he yevao soñando con- 
tigo. 

Gab. y yo contigo. Es verdá que á mí no me 

haee farta que yegue la noche pa esc. ¿Qué 
has so nao tú? 

R. María Que querías á otra. 

Gab Las cosas e Ioí^ sueños. 

R María Y me entró una rabia, Gabrié, me entró un 
coraje y una pena, que rompí á yorá... y er 
fuego de las lágrimas en la cara me disper- 
tó, (üiee esto clavándole inconscientemente á Gabriel 
Lis uñas en un brazo.) 

Gab. Güeno, mujé, pero no aprietes tanto, que es 

mentira. 

R. María Y tú ¿qué has soñao? ¿Pué saberle? 

Gab. Que tú no querías á nadie más que á mí. 

R. María Esa es la verdá: yo lo que te pregunto es 
lo que has soñao. 

Gab. Pos eso: la verdá. Y luego, entre otras co- 

sas, soñé también que perdí el espejo, y no 
})odía afeitarme sin é; y tú me dijiste: «Pero, 
ven acá, pamplinoso: ¿tienes más que mi- 
rarte aquí?» Y me afeité mirándome en tus 
ojos. 

R. María ¡Qué payaso eres! 

Gab. ¿Crees tú que no pué sé? (Aproximando mucho 

su cara á la de ella.) Fíjate. 

R. María Gabrié, no te aserques. 

Gab. (cogiéndola por las manos.) SI 63 pa probá: míra- 

le tú en los míos. 

R. María -Suerta! 

Gab. ¡No quiero! 

R. María ¡Que hasta las flores ven! 

Gab. ¡Que vean! ¡Si no pueo remediarlo! ¡si me 

arrimo á tí porque tú tiras de mí sin darte 
( uenta!... Miá que hay aquí olores; miá que 
se esmaya uno respirándolos... Pos no son 
na pa mí: el olorsito de tu cuerpo es er que 
me emborracha, es er que manda en mis 
sentios. 



- ■^'' — 

R María ¡ jirasias á Dios (lue hoy me suena á verdá 
una cosa tii3'a! K\\ pensá muchas veses que 
no eres mío, mío der to, como estas carnes 
que tan bien te güelen, rae abraso de doló 
y de rabia, Gabrieliyo... Y cuando yegas tú 
y me dises lo que me has dicho ahora, y yo 

me lo creo, ha<^0 asín... (Aspiian<lo con delicia.) 

y me ensancho toa con un gusto... no sé có- 
mo explicarte... hago asín... amos, lo mismo 
que la tierra cuando ar medio día se suerta 
el agua e los canalij'op... 

(tab. y qué mala es la í-é, ¿verdá, Rosa María? 

R. María Mu mala, Gabrié, mu mala. ¿Por qué me lo 
preguntas? 

(•AB. (Abrazándola por la cintura.) Porque... (Sintiendo á 

("harito que en este momento llega de la calle y vol- 
viéndose á ella con naturalidad.) ^iQué eS esO, DOS 

vamos por fin á dá un paseo? 



ESCENA VI 

DICHO?, CHARITO, MARÍA JESÚs y BARRENA 

Chas . Nos vamos. Madre me ha dicho que con tá 

que vengamos pronto... 
R. María Pos arsa, yégate por los mantones. 

ChaR. Ya estoy aquí. (Entrase corriendo en la casa ) 

R. María ^Ves tú? Por poquito nos coge... 

Gab. Por poquito; pero no tengo yo la curpa. 

M.Jesús (ron Barrena.") Entre usté, Sidoro. 

Bar. Güeñas tardes. 

Gab. Güeñas tardes, amigo. 

M Jesús Cuidaito con apartarse der barrio, ¿eh? Y 

gorvé antes de que anochezca; no pase lo 

del otro día... 
R. María Descuide usté, madre. 

ChaR. (saliendo con los mantones.) Toma, Rosa Ma- 

ría. 

R. Mari \ Trae acá. 

Gab. Hasta luego. 

M Jesús Vayan con Dios. 

Gab. (a Rosa María ) Anda pa alante, clavé de tres 

beyotas .. (Se van los tres.) 



7< 



46 — 



ESCENA VII 



MARÍA JESÚ', BARRE.MA y el ABUELO; A poco JUAM ANTONIO 
y ANGELES 



M. Jesús Siéntese usté, Sidoro. 

Bar. Yame usté al agüelo también, que quieo 

que esté presente. 
M. Jesús ¿También el agüelo? ¡Josús y cuánta sere- 

monia! 
Bar. Es que er caso lo ersige, María Jesús. 

M. Jesús (oesde la puerta de ii calle.) ¡Padrel venga usté, 

que Barrena quié hablarnos, (ee sientan ios dos 

en primer término.) 

Abuelo (saliendo.) ¿Qué has dicho, hija? 

M. Jesús Que Barrena quié hablarnos. 

Bar. Señó Fernando, siéntese usté á la vera 

mía. 

Abuelo Con mucho gusto, amigo, (lo hace.) 

Bar, Vamos á lia un sigarro primero, que ar fin 

y ar cabojumoes usté, y jumo soy yo... y ju- 
mo es to esto. (Le da su petaca al Abuelo.) 

M, Jesús ¿Y yo, no soy jumo?... ¡Loque cavila usté, 

compadre! 
Bar. (^omadre, cavilasiones e la desgrasia. (caiian 

los tres, mientras él y el Abuelo lían y encienden un 
cigarrillo. Entre tanto, pasan por detrás de ellos hacia 
la calle Angeles y Juan Antonio Angeles va corrida y 
ruborosa, con los ojos bajos. Juan Antonio, más corri- 
do y apesadumbrado que ella, la sigue maquinalmente 
a alguna distancia.) 

Ang (Nunca lo esperé de Juan Antonio,.. ¡Vaya!... 

¡Sabiendo la vocasión que yo tengo!..,) 
J, Ant. (¡Por bruto!.., ¡Por bruto!... Sí, porque si el 

pellizco es en un brazo, no se enfada.) 



— 47 — 



ESCENA VIII 



MARÍA JKSÚS, el ABUELO y BARRENA 



M. jESÚá 

Bar. 



Abuelo 
Bar. 



M. Je?ú¿ 

ABnELO 

Bar 
Abuelo 
M. Jesús 
Bar. 
M. Jesús 
Abuelo 

Bar. 



M . Jesús 
Bar. 



Abuelo 
M. JesÚ: 



Güeno, compadre, usté dirá; que se viene la 

noche ensima. 

Comadre, es que tengo la boca seca... Miste: 

der di justo no pueo escupí, (intenta escupir 

inútilmente.) Na; que no pueo escupí. 

Pos fume listé na más, amigo Barrena. 

Se me han venío ensima toas las desgrasias 

juntas, comadre. Hase farta er pecho de un 

Barrena pa no pegarse un tiro en la sien. Mi 

apeyío deshonrao; mis hija?... que ya no 

hay déos pa señalarlas; mi mujé más mala 

ca día y más fea ca minuto... ¿Quié usté 

más? 

A mí me sobra to. 

Y á mí lo mismo. Corte u^té p'onde quiera. 
Eya estuvo aquí anoche, ¿verdá? 

Aquí estuvo. 

Pero me da er corasón que no güerve. 

¿Puso mi apeyío en reículo? 

Y er suyo también. 

Lo que no es verdá es que Juliana esté ca 
día más fea, amigo Sidoro. 
Agüelo, no se pitorree usté, que harta des- 
grasia tiene er que la ve á toas horas elante 
suya. ¡Mardita sea la hora en que uasíl... Pa 
tirarme ar río he estao esta tarde en er Puen 
te e Hierro con una piedra en ca borsiyo. 
Mi mujé y mis hijas van á presipitarme... 
¡Cuarquiea lo presipita á usté! 
El apeyío Barrena siempre ha podio mirar- 
se ar só, ustés lo saben, Güeno: pos yo soy 
Barrena. Mi mujé es Corra... Corra de los 
peores... Y mis niñas son Barrena y Corra; 
pero desgrasiamente de Barrena tienen mu 
poco. 

En eso estamos tos. 
Alante. 



Bar. 



M. Jesús 
Bar. 



Abuelo 
Bar. 



M. Jesús 



Bar. 



Miste, comadre; miste, agüelo; la vergüen- 
sa no está en casa e Barrena cuando Ba- 
rrena está en la caye. Y viseversa. Er di- 
nero ea mardito: un día yegó una perra 
mn jé á la oreja e la mía, le sopló er sonío de 
sien duros... y no fué mesté más. Ayi empe- 
só á perdé terreno la vergüensa en mi casa. 
A medía que se iba el honó, que es cosa 
mora, entraban por las puertas comodidaes 
fínicas. . Ar prinsipio — voy á desirlo to, — 
jasta er propio Barrena se hayaba á gusto, 
porque no se daba cabá cuenta de su des- 
grasia... Pero aluego vino la reflersión... y 
•ahora, comadre e mi vía, ahora, agüelo e mi 

arma... (Enterneciéndose y lloriqueando.) er pan 

que conao lo como mojao en lágria)as como 
los gorriones. 

(Levantándose decidida.) ¿PoS Sabc USté lo que 

le (ligo? 

Déjeme usté acaba. Mi casa está que no la 
conozco: ca día me jayo ar dispertarme un 
chisme nuevo... Mi mujé me trata á trompi- 
cones — es verdá que en eso no ha cambiao; 
— mis niñas me despresian y me pegan 
toas... hasta la más chica se atrevió ayé á 
levantarme la mano; la sea de que se visten 
me quema á mí las carnes na más e de ver- 
la; los alimentos que e3^as toman se me ja- 
sen á mi un núo como una piedra en la 
garganta; er lujo e mi mesa me pone colo- 
rao... me ofende... ¡yo no he visto en mi vja 
tanto queso junto!... Siento una sé, coma- 
dre, que me ajoga... 
Es natura; er queso píe mucha agna . 
¿Quié usté haserme er favo de no chuflarse 
ahora con las penas der prójimo? La sé que 
yo siento es de justisia, agüelo, de justisia... 
de pundonó... de limpiesa e sangre... ¡de to 
eso junto! ¿Me quién ustés desí qué es lo 
que jago yo pa apagarla? 
No pué sé más sensiyo, y á eso iba yo an- 
tes. Yo vivía en la crecDsia de que usté te- 
nía tan poca lacha como toa su gente. 
¡Comadre! 



— 49 — 

Abuelo Le arvierto á usté que en esa creensia vive 
er barrio entero. 

Bar. ¡Agüelo! 

M . Jesús Pero si es verdá que usté es un hombre hon 
rao, dos caminos tier e usté pa elegí: ó echa 
íi la cave ú la arrai-trá de su mu jé y á las re- 
tunantas de sus niñas, ó dirse usté solo á co- 
merse un cacho e pan duro aunque sea de- 
bajo de un paraguas. ¿Lo quié usté mns cla- 
roV Pos agua e mi noria, que es la más lim- 
pia que conozco. Y quéebe usté con Dios. 

(Vase á la calle. Barrena se queda linos momentos 
apabullado por el chaparrón. Aparece Bernardo por el 
fondo, copiando en su álbum do dibujo plantas y flo- 
res y variando con frecuencia de punto de Tista.) 



ESCENA IX 



EL ABUELO, BARRENA y CONSUELO. BERNARDO. 



Bar, ¿Ha visto usté qué rosiá?... Cuando uno viene 

buscando consuelo... ¡Na; que va á sé cota 
de lira piedras por la caye! 

Abuelo Ko se esanime usté, que en este mundo to 
se arregla, Sidoro. ¿Quié usté tomarse con- 
migo dos medias cañas e vino duro... y usté 
verá c(.mo sale una solusión? 

Bar. Lo que usté diga, agüelo, lo que usté diga... 

Abuelo (Llegándose á la puerta del huerto, y llamando ) 

¡Consueliyo! ¡Escucha ua momento! 

CoNS. ¿Qué hay? 

Abuelo ¿Ande está er vino duro? 

CoNs. ¿Er vino duro? Vengan ustés conmigo. (En- 

trase en la casa por la puerta de frente al público.) 

Abuelo Amos, Sidoro, lo tomaremos aya dentro. 

Bar. ¡Qué bien manda!... ¡qué agrao er suyo!... 

Bendito sea Dios... ¡Se le quién párese las 
mías!... 

Abuelo Miste, amigo Barrena: esta, y la otra, y la 
de má8 aya, y las de usté, y las der vesino, 
¡toas son floresl 

Bar, ¡Agüelo! 

Ab:;elo ¡Flores, flores toas! La que no es jasinto es 



— KU ~ 

alelí, la que no es alelí es geranio, la que no 
es geranio es mosqueta .. 

Bar. ¡Agüelo, por la Virgen der Carmen! 

Abuelo i5r (oque está en er j;u'dinero... en cuida er 
güerto mucho., en pone cristales en las ta- 
pias pa que no sartén los ladrones... en que 
haiga perro... 

Bap. Perro hay en casa; por ahí no va usté mala- 

mente; pero ni con la Biblia en la mano me 
})rneba usté A mí que mi señora es una fió. 

Abuelo Arto er carro: yo, al habla de mujeres, les 
yamo asín á las que están entre los quinse 
y los treinta años... Las demás, ya son otra 
cosa; á sabe: sorteronas, beatas, suegras, 
brujas... 

Bar. ^.Y á qué edá prinsipian á sé brujas, señó 

Fernando? 

Abuelo A la de su mujé de usté, ni año más ni año 
menos. 

Bar. ¡Me caso con la Torre el Oro!... Me ha jecho 

usté reí... ¡Y miste que tengo yo unas tripi- 
tas ahora!... 

Abuelo (i.Amos á remojarlas? 

Bar. Amos... (Entran en la casa riéndose.) 



ESCENA X 

BERNARDO y CONSUELO. 

(Bernardo se sienta de espaldas á la casa, y dibuja. Sale Consuelo 
por la puerta principal, y al ir hacia la calle, repara en él y se le 
acerca cautelosamente para ver lo que hace. Al cabo de \in rato suel- 
ta una carcajada, que saca de su abstracción á Bernardo.) 

Bern. ¡Hola! ¿Me estabas viendo? ;.De qué te ríes? 

CoNS. De lo en serio que ha tomao usté esto de la 

pintnra. 

Bern. ¿Te llama la atención?... 

CoNS. Pos ya se ve. Como que paese que va usté á 

seguí en eyo... y luego lo dejará usté á los 
ocho días. No va á sé la pintura más afortu- 
na que otras cosas... Usté no se debe casa. 

Bern. ¿Por qué? 



— 51 — 

<]0N8. Porque va usté á renegá de su señora á los 

tres meses e matrin-.onio. 

Bern. Kso le pasa á medio mundo. 

CoNS. ¡Don Bernardo, por Dios! .. 

Bern. Pero, en fin, no pienso guiarme de tu con- 

sejo, Consnelito... Me casaré... en cuanto 
tenga novia... y dinero. 

■CoNS. En lo de la novia no entro ni sargo; pero 

en lo der dinero no yeva Uáté rasón nin- 
guna. 

Bern. No es que necesite pedir limosna, mujer; 

¿pero adonde voy yo con uiui tienda medio 
arruinada y cuatro cuartos escasos que me 
dejó mi padre? 

"CoNS. !^i usté arrimase el hombro á la tienda... 

Bepn. Para arrimar el hombro tendría que nrii- 

marme yo; }' por no ver el mo-trador ni los 
libros de caja la regalo con dinero encima. 

CoNS. A vé, don Bernardo, á vé esa hoja... 

Bern. ¿Cuál? 

"CoNs. Esa que ha pasao. 

Bern. fpasando varias.) ¿Esta de las violetas? 

CoNS. N«>, no; la de antes. Esa. 

Bern. . ¿Te gusta? 

CoNS . JMucho. Es er rcsá de filo que hay junto .1 la 

tH|)ia, ¿verdá usté? 

Bern. El mismo. 

■CoNS. Está mu bien facao. 

Bern. ¿Ijo quieres? 

•CoNS. ¿Yo? ¿Y pa qué, si tengo ayí er ro8á? 

Bern Me has convencido... y le has dado una pu- 

ñalada á mi arte. 

CoNS. ¡ A V, Jesús! 

Bern. Siéntate; verás lo que he hecho hoy. 

CCNS , (obedeciéndolo.) VamOS á vé. (Se ríe.) La VCrdá 

es que j^o entiendo mucho de estas cosas. 
Bebn. ¿Que si entiendes?... ¿Conoces esto? 

CoNS. Esto es un pedaso der jazmín rea. También 

está mu propio. 
Bern. ¿Y esto, qué es? 

CoNS. La selinda. Y esto que está á la vera, er 

granao. 
Bern. Oye: ¿cómo se llama un rosal blanco que 

hay junto á la celinda? 



— 52 — 



CüNS. 

Bern. 

CONS. 
BtRN. 
CONS, 

Bekn 

CoNS. 

Bern. 

CONS. 



Bern. 
CoNS. 



Bern. 

Coks. 



Bern. 

CoNS. 



Bern. 

CüNB. 



Rofá de virgen. 
Al), de virgen. ¿Y este? 
Kse me quié párese er de cobre. 
Me asombra que los reconozcas aquí. 
Ten^o tanta costumbre de mirailos... 
¿( uál de los dos te gusta más, este ó el de- 
virgen? 

Los dos lo mismo. 
¿Y de tedas las flores, vamos á ver? 
Ca una por su cosa me gustan toas iguales. 
Desde que nasí estoy entre eyas... usté car- 
cule. . A toas las quiero Serrando los ojos^ 
por el oló las conozco á toas... Yo creo que 
ti me sacaran de aquí arguna vé, me moría. 
¿\í\ huerto ya es propiedad de ustedes, no? 
Si, señó; ar morí er señorito, va ya pa sinco 
años, se lo dejó á mi padie en agradesimien- 
to. Como mi padre fué moso e su casa toa 
la vía... 

¿Y les da á ustedes mucho que hacer? 
Sabe usté que como se base á gu-to, una no- 
lo nota. Er trajín mayó lo tenemos por la 
mañana. 
¿Sí? 

Si. ¿No ve usté que casi tos los floreros vie- 
nen mu temprano? Los de la Encarnasión^. 
sobre to, vienen ar té de día; y ya nosotras 
les tenemos preparas las flores. Mi madre y 
y yo nos levantamos toavía ccn estreyas... y 
ccmensamos á corta las blancas, que son Jas 
que mejó se ven á esas horas... Y luego„ 
poco á poco, cuando va yegando la luz der 
dia, se van distinguiendo los colores de las 
otras, y asín que las vemos las cortamos 
también. Es una faena mu bonita Ar prin- 
sipio mira una pa er sielo y no ve más que 
estreyas... y mira pa er güerto y casi no ve 
flores; pero apenas va viniendo la aurora, 
pasa ar revés: no quea ni una estreya aya 
arriba y apárese cuajao de flores to esto... 
Sí que será digno de verse. 
A mí me pasó una mañana una cosa que 
me tuvo preocupa to er día. . Figúrese usté- 
que ca vez que cortaba yo una fió, se iba. 



53 — 



Bern. 

■CONS. 

Bern. 



CONS, 



Rern. 

C'JNS. 

Bern, 

■CONS. 

Bern , 

CONS. 



una estreya... ¿No hay pa preocuparse, don 
Bernardo? 

Me encanta oírte, Consuelito. Sigue, sigue 
diciendo cosas. 

Eso es; pa luego divertirse usté conmigo. 
íSea para lo que sea... Escucha: ¿á lo que le 
temerán ustedes más que á un dolor es á las 
tormentas? 

Ay, no me hable usté de eso... Son una rui- 
na pa nosotros... Yo me pongo más triste... 
En er mes de Mayo pasao, pocos días des- 
pués de iríe usté de viaje, hubo aquí una 
espantosa... Yo no sé por qué me acordé ds 
usté mucho... Mi madre se yevó 3'orando 
toa la tarde; Angeles prinsipió á resáy á en- 
sendé veh\s, y Charito metió 1^ cabesa de- 
bajo de un corchón porque se asusta de los 
truenos. Rosa María no estaba en casa. Solo 
nos queamos viéndola el agüelo y yo, que 
somos más valientes. No sabe usté la pena 
y la angustia que á mí rae daba vé á toas 
mis flores, que no basen daño á nadie, aco- 
bardas con er viento que las sacudía y con 
el agua que caía mn inclina y mu fuerte... 
Paresía que les pegaban y las cistigaban por 
argo malo que habían hecho. L03 capuyitos 
se tronchaban enteros; las rosas grandea 
caían esbaratás; los claveles daban tos con- 
tra er suelo sin empegarse de las ram\s; los 
jazmines se queaban sin una fló... ¡Jesús, no 
quieo acordarme!... Cuando pasó la yuvia 
y nos asomamos aquí fuera á vé er daño he- 
cho, nos daba lástima pisa... Y luego, cuan- 
do salió er só, con er gotea de toas las hojas, 
me acuerdo yo que me paresió á mí como 
que er güerto entero estaba yorando. 
Algo hubiera dado yo por haberlo visto. 
No diga usté eso, que usté no tiene mala 
idea, 

Y lo que es lo otro no me quedo sin verlo. 
¿Qué es lo otro? 

La faena del amanecer. (Levantándose.) ¿Me 
dejas tú que venga mañana? 
Don Bernardo, usté no está en sus cabale.''. 

(Se levanta también.) 



— o4 — 

Bern. ¿Me dejas tú? 

CoNS. ¿V" á usté qué farta le hase mi permiso? 

¿No sabe usté que aquí pué vení cuando- 
quiera? 

Bern. Mira si lo Fé, que estoy notando que no sal- 

go del huerto en todo el día. 

CoNS. Ya se le pasará á usté el arrechucho. 

Bern. ¿A que no se me pasa? 

(JoNS. ¿A que sí? 

Bern. Oye, Consuelito, un favor que quiero pe- 

dirte. 

CoNS D'g'i' usté, que si está en mi mano... 

Bern. En tu mano está. ¿Por qué no me tuteas? 

CoNS (soltando la risa.) Cuaudo digo yo que usté es- 

tá barrenao... 

Bern. Pues á los locos seguirles la corriente. Tu- 

téame. 

CoNS. Pero ¿qué más tiene el usté que er tú pa el 

opresio? Y que á mí me iba á dá mucha 
vergüensa... 

Bern. Bueno, pues te hablo yo de usted desda 

íihora. 

CoNS. Eso sí que iba á está grasioso. 

Bern. ¿Me tuteas ó no me tuteas? 

CoNS. ¡áe va á enfada mi novio. 

Bekn. ¿Lo tienes ya? 

CoNs. Ya tengo hecha mi elersión. 

Be:<n. Por los clavos de Cristo, no vayas á cargar 

con un zopenco. 

C:n3. Duerma usté tranquilo, que no cargo. 

Bern . iOs verdad que tú eres persona de buen 

gusto, 

CoNS. I^igol 

Bekn. Con que hasta mañana, que vendré acoger 

flores. 

CoNS. ¿De verdá? 

Bern. De verdad. Y que vendré en carácter: pan- 

talón y blusa de dril... 

CoNS. Ay, ay, ay... 

Bern. Sombrero ancho... 

CoNS. ¡Josú! ¡.Josú! Va usté á párese uno de nos- 

otros. 

Bern. ¿Y qué cosa mejor? ¡Ah! Te advierto que 

llamaré con una piedra. ¡Puní ¡pun! 



— 55 — 

Coss. No será mene?té: yo estaré esperando. 

Bern . Pues hasta mañana, con estrellas. 

CoNs. ¿Y si está nublao por casualidá'? 

Bern. Te miraré á la cara y será lo mismo. Adiós. 

(consuelo suelta la carcajada. Bernardo se va.) 
CoNS. ÍEs mu güeno este don Bernardo... y mu 

simpático... La trata á una como si una fue- 
ra su iguá... Es mu güeno. . Lástima que 
tenga un venaie. A mí, to lo que me dist, 
no es que me haga gmsia, es que me da mu- 
cha alegría... (Yéndose huerto adentro y suspiran- 
do.) ¡Ay!... A esta media luz <le la tarde si 
que está esto honilO .. (Queda la escena sola. 
Pausa.) 



ESCENA XI 

JULIAXA y MARÍ.A JESÚ8 

(juliana llega de la calle hecha una furia. Viene agitadísima y abani- 
cándose á más y mejor. Tan pronto se sienta como se levanta, diri- 
giendo cuantas frases dice hacia la calle, para meter en curiosidad á 
los que desde allí la escuchan.) 

JuL. Aquí me cuelo... No quiero escándalos en la 

puerta... No quiero que luego digan que si 
fué, que si vino, que si una yeva y trae... 
¡Anda! Ya estás avia, fautesiosa... Me alegro, 
me alegro, me alegro, me alegro y me ale- 
gro... ¡Como me y amo -Juliana que me ale- 
gro!... En los arlares había que pone á las 
niñas... ¡Toma arlares!... No; si era agua ben- 
dita la de la arberca... (soltando una carcajada 
escandalosa.) ¡Ja, ja, ja!... ¡Qué rina me ha en- 
tran!... Este es er mundo, hija, este es er 

mundo... (Suspirando con las de Caín) ¡Ay! ¡tO 

cae ensima, to cae en.sima!... 

jI. jesús (saliendo de pronto y encarándose con ella.) PerO, 

oiga usté, comadre: ¿con p-^rmiso de quién 
entra usté en mi güerto? ¿Cuantas veses va 
á habé que echarla a usté |)a que no güerva 
más? ¿Quié usté desírmel''? ¿Quié usté tam- 
bién desirme qué baba es esa que está usté 



— 5b - 

portando? ¿Qiiié usté reventa de una vez, 
comadre e mis curpas? 

JuL. Sí, hija, sí; ¡pos no que no! Si vengo á tiro 

hecho... ¡Vaya!... ¿Conque las niñas en los 
altares?... 

M. Jesús Oiga usté... 

JuL. ¿Conque con la frente pa er sielo?... ¡.Ja, ja, 

ja!... 

M. Jesús Miste comadre; vayase usté de aquí .. 

Jui,. Me iré, me iré... cuando desembuche. 

M. Jesús Pos desembuche usté pronto — pa no verla 
más — y suerte usté to er veneno que traiga; 
pero mírese usté mucho antes e desí tanto 
asín de mis hijas. Mis hijas S3n sagras pa 
usté y pa to er mundo. 

JuL. j.Ja, ja, ja! Me da usté lástima... ¡Ahora soy 

yo la que está ensimal... 

M. Jesús ¿Acaba usté? 

JuL. Comadre de mi coríísón y de mis entrañas: 

¿sabe usté por casualidá en dónde está á es- 
tas horas Rosa María? 

M. Jesús Pos dando un paseo con Charito. 

J'JL. ¿^on Charito? 

M. Jesús Y con su novio. ¿Qué tiene usté que desí de 
eso? 

JüL. De eso, na; pero se conose que ha habió una 

buya y han perdió de vista á Charito... 

M. Jesús ¿A Charito? 

JuL. Sí; porque yo me los he encontrao mu jun- 

tos á los dos... solitos con sus pensamien- 
tos... y por una caye... ¡ay, qué caye!... 

M. Jesús ¡Mentira! 

JuL. (Con fruición.) I Yo! ¡yoI ¡yol j Yo los he visto! 

¡yo! ¡Con estos ojos! ¡con estos ojos! ¡Yo! ¡yo! 

M. Jesús ¡Mardita sea tu arma! ¡Vete ya e mi güerto, 
si no quiés que te ajogue ahora mismo! 
¡Quítate de mi vista pronto, mala mujé, 
mala flera!... ¡Qué más quisieas tú, sino 
que fuera verdá lo que estás inventando! 

JuL. ¡inventando... sí!... ¡Ya estamos iguales, ya 

estamos iguales!... 

M. Jesjs ¡Iguales! ¡Esa es tu pesaiya, condena! ¡esa 
es tu pesaiyal... Pero ¿sabes lo que te digo? 



Que los peores pensamientos e mis hijas los 
<juÍ!*iean las tuyas pa di con eyos á la Igle- 
sia! ¡Vete ya, bicho malo! ¡Fuera de aquí, 
que manchas! ¡Vete, que me paese qne veo 
ar demonio cuando te veo! ¡A la caye, al 
arroyo, ande debes está, marde?ía!... 
(ai escándalo acuden Angeles de la calle, el Abuelo y 
Barrena de la casa y Consuelo del interior del huerto.) 

ESC EX A XÍI 

DICHAS, A>ÍGELES, COXSUELO, el ABUELO y BARRENA. 

Ang. ¡Madre! ¿qué es eít)? 

CuNS. (i.Qné susede? ¡Juliana!. ¡Madre! 

M, Jesl's ¡Fuera, fuera de aT[UÍ! 

Abuelo ¿Qué pasa, hija? • 

Bak. ¡Adiós! ¡Nos caímos!... 

CoNs. ¿Qué pasa, D^adre? 

M. Jtsüs ¡A la caye esa mujé! ¡A la caj'e esta gente 
mala! 

Abuelo Pero ¿qué ha sío? 

M. JesÚí ¡a la cave! 

OoNS. Madre, déjela usté, que bastante tiene... 

JüL. ¡Bastante tengo, sí, bastante tengo!... ¡-la, ja, 

ja!... Toas tenemos lo mismo, hija, (a Barrena, 
dándole pellizcos y empellones.) ¡Arsi tU pa Casa, 

cobardón! Estas viendo que me insurtan y 
no me defiendes .. ¡Asín te parta un rayo!... 

B\R. Agüelo: ¡una camelia! 

JuL. ¡Arsa pa alante! 

Bar. Ya voy, mujé, ya voy... no arrempujes... 

JüL. ¡Quearse con Dios, familia e santas!... ¡Ja, 

_]a, ja!... (Vase babeando y riéndose con Barrena, á 
quien no deja de empujar.) 

ESCENA XIII 

MARÍA JESÚS, COÍíSÜELO, ANGELES y el ABUELO, luego 
CFARITO 

M. Jesús ¡Víbora!... 

CoNS. Pero ¿qué fué, madre? 

Anc. Madre, ¿qué ha snsedío?... 



— 58 — 

M, Jesús (sin atenderías, y mirando hacia la puerta del huerto» 
desahoga su ira contra Juliana.) ¡Más que vibora!... 

¿Te escuese la honra ajena, verdá? 
Abuelo Mujé, ¿quiés contarnosV... 
M. Jesú^ ¡Si no te dejo ni limpia con la lengua er 

suelo que eja pisal .. 
Abuelo Pero ¿te ha fartao? 
M. Jesu.t ¡Iguales! ¡iguales!... ¡Eso quisieas tú, saco e 

veneno!... 
CoNS. Madre, tranquilísese usté... 

Ang. ¡Por la virgen, madre! 

M.Jesús ¡Si el infierno lo han inventao pa tirarte á 

tí de cabesal .. 
Abuelo María Jesús, f)or Dios... 
M.Jesús ¡Malos lobos te coman! ¡Te farte la salú 

mientras vivas! ¡En t-agrao no te entierren,. 

por mala! ^volviéndose á los suyos y llorando.) 

¿Habéis visto lo que dise esa infame mujé"? 
CoNS. ¿Q'ié dise? 

M. Jesús ¡La mayó viyanía, hijas e mi sangre! 
Ang. ¿Cuá? 

(Llega en este momento Charito, demudada y trémula. 
Su presencia es una terrible revelación para María Je- 
sús, la cual da un grito de dolor y de espanto al verla 
sola.) 

Abuelo ¡Charito! 

M. Jesús ¡Charito! ¿Y tu hermana? ¿Y tu hermana» 

Charito?... 
Char. Madre, me he perdió de eya... 

M. Jesús (Con angustia y profundo dolor.) ¡Ay!... ¡ay!... 

Ch'IiR. No he podio encontrarla... 

M. JesÚs (Con arranque enérgico, yendo hacia la puerta.) ¡Yo 

la encontraré!... ¡Rosa Maria! ¡Rosa Murial 
Abuelo (conteniéndola.) ¿Ande vas, loca? 
CoNS. (lo mi.smo.) Madre, no es pa tanto... 

M. Jes-ús ¿Que no es pa tanto? ¿Qué s^ben ustedes? 

¡Dejarme q"e la bisque! ¡Dejarme, digo!... 

¡Rosa María! ¡Rosa María! (^Logra desasirse y se 
precipita hacia la caile llamando á su hija. Cae rápi- 
damente el telón.) 



FIN DEL ACTO SEGUNDO 



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>(\Q''<*\ 



g!^s%gs3:g:i3R?:ta:y:gjnÑ^^ 



ACTO TKRCERO 



La acción se desariolla en el mismo lugar que los actos primero j' se- 
gundo. Aunque desde entonces acá ha transcurrido más de un 
año, sólo se observan en el huerto variaciones leves. Es una no- 
che de verano, clara y serena. 



ESCENA PRIMERA 



BERNARDO y el ABUELO. MARÍA JESÚS 

(ei Abuelo está sentado cerca de la puerta del huerto Bernardo llega, 
de la calle.) 

Bkrn. Abuelo, buenas noches. 

Abuelo Dios te guarde, muchacho. ¿De ande vienes?" 

Bern. De dar una vuelta por ahí, buscando aire 

fresco. 

Abuelo ¿Y lo has encontrao? 

Bern. Ni en la misma orilla del río. Como aquí no- 

lo haya... 

Abuelo Siéntate. 

Bern. ¿Y Consuelo? 

AruELO Contándole cuentos á la gente menúa. 

Bern. ¿Eístá la otra con ella? 

Abuelo ¡Sí. 

Bern. ¿Más tranquila y á? 

Abuelo Argo, pero no mucho. 

(Bernardo saca un cigarrillo, le da al Abuelo otro y am- 



60 - 



t)i)s finnaii. Marín Jesús pasa en silencio de la puerta de 
su casa que está frente al público, á la calle.) 

Brrn. ¡Pobre .Vi ¡iría Jesús! Es otra mujer. Mentira 

parece que en un año... 

Abuelo En poco más de un año; cabá... Catorse me- 
ses biso antié que levantó er güelo la paloma. 

Bekn. y menos mal que ba vuelto al nido. 

Abuelo Porque tú la trajiste... 

Bern. No, no lo crea usted. Ella estaba dispuesta á 

venir. Si algo la detenía era el peso de la 
culpa, los remordimientos... Cuando yo la 
encontré la otra nocbe en la calle, la vi llena 
de vergüenza, temerosa... asustada... Quería 
entrar en el huerto y no se atrevía. Al Ha- 
marla yo por su nombre y conocer mi voz, 
pe quedó blanca, yerta... ¡Pobre criatura! 

Abuelo Pagando está de sobra su mala partía, no te 
pienses. Er día y la noche se los pasa yo- 
rando como una Mardalena: tiene las meji- 
yas escardas... Las miras más inosentes de 
nof-otros la liasen bajá la vista pa er suelo; 
los consuelos de sus hermanas le punsan 
como espinas á la pobre; una carisia que le 
haga su madre la deja hela, sin vía, sin 
respiro... 

Bern. Es claro; en estos primeros momentos... 

Pero deje usted que el tiempo ande, que ella 
se convenza de que aquí no se le guarda 
rencor, de que hasta su madre la perdona, y 
entonces... Como yo creo que está sincera- 
mente arrepentida... (ex Abuelo hace un gesto.) 
¿Usted no lo cree? 

Abuelo Que esté arrepentía sí lo creo; pero eso vale 
poco, mientras viva ese piyo que la engañó... 
Ahí está er peligro. 

Bern. Pues á mí me ha jurado que antes se sacará 

los ojos que volver á mirar á ese hombre. 

Abuelo Eso es como si un girasó te jurara no mira 
más que pa la tierra. Si está en su natura 
seguí ar só por donde quiea que vaya, ¿qué 
vale er juramento? 

Bern. Sin embargo... 

Abuelo No seas inosente, chiquiyo. Mira: tú has vis- 
to acá día por día, durante un año entero, 



— 61 — 

er doló contino de esa madre; tú la has vis- 
to yorá y más yorá yamando ásu hija, con 
una voz de pena honda que hasta L las flores 
lep daban repelucos... tú lo híis visto to y to 
lo sabes, poique tú con tu labia y con tu 
sentío eres el único que ha podio consolarla 
argunas veses... Pos güeno: Rosa Maria ha 
güerto y ha comprendió los sufrimientos e 
su madre; Rosa María la ha visto envejesía 
y esploniándose por curpa de eya; á tíosa 
María la han perdonao tos en esta casa, hasta 
Lusero, er perro, que la resibió con sartos de 
alegría y le lamió Jas manos... y sin embar- 
go, yo te apuesto á tí lo que quieras á que^ 
esa golondrina da mu pronto otro voletío. 

Bern. Más sabe usted que yo, pero estaba por 

apostarle lo contrario. ¿No es ella la prime- 
ra que al encontrarse sola, rodando por ahí, 
ha visto como único refugio su huerto? Este 
{¡mbiente de paz y de sosiego, esta atmós- 
fera de honradez, ¿cree usted, abuelo, que 
no han de poder nada eobre su corazón? 

Abuelo Sobre su corasón... y sobre su consiensia,. 
que es lo malo. Créeme tú á mí, chiquiyo; 
lo que hay que pedirle á la Virgen es que 
er charrán que la perdió no se le presente. 

Bern. ¿Sabe usted si anda por Sevilla? 

Abuelo Por Seviya anda: la otra tarde lo vi en er 
Duque. 

Bern. En ese caso... Hombre, ¿y si lo quitáramos 

tle en medio de alguna manera? 

Abuelo (viendo á Charlto, que sale por la izquierda del huer- 

to.) Gáyate, que viene Charito. 



y^ 



ESCENA II 



DICHOS y CHARITO; después ANGELES y JÜAX ANTONIO. AI 
final, MARÍA JESÚS 



Bern. Charito, buenas noches. 

Char. (con tristeza.) Güeuas noches, Bernardo. 

Bern. ¿Qué te pasa que traes esa carilla tan mus- 

tia? 



— 62 — 

<Jhar. Que vengo de enterra er jirguero. 

Bfrn. ;Cuál? ¿Periquito? 

<;!har. Er pobre Periquito. Se me ha muerto esta 

tfirde. 
Bern. ¡Vaya por Dios! ¿Y da qué se te ha muerto? 

•Char. De está en la jaula, digo yo que habrá sío. 

Como era tan rabioso.,. 
Abuelo Pos en dos días yevas tres entierros, mujé. 

(a Bernardo.) Er cauario de la raya ar lao 

también e.ipichó. 
Bern. ¿Tninhién? 

Char. Güeno, pero ese fué de anginas. 

(Llegan de la calle Angeles y Juan Antonio, ella roza- 
gante y alegre, él mustio y abatido. Cada uno trae en 
brazos una criaturita de pecho, exactamente iguales las 
dos. Huelgan en absoluto los comentarios.) 

«. J. Ant. Santas y buenas noches... Abuelo... Bernar- 
do... Charito... 

Bern. Buenas noches. 

Abuelo (Levantándose.) ¿Ustedes por aquí á estas 
horas? 

•Char. ¿Habéis visto á madre? 

Ang. Ahí en la puerta la hemos visto, sí. 

•Ohar. Sentarse un poco. 

Ang. Nos vamos á di de seguía, sino que pasába- 

mos por aquí y no quisimos pasa de largo. 

Abuelo (a Juan Antonio, cogiéndole el chiquillo y besándolo.) 
Dame tú acá este moso güeno. 

€hab. (a Angeles, lo mismo.) Dame tú á mí este rey 

der mundo. 

Ang. Cuidao con é. 

Bern. ¿Qué hay, Juan Antonio? ¿Cómo va esa sa- 

lud? 
,^ J. Ant. Medianamente. Diga mi mujer lo (jue quie- 
ra no estoy bueno. Se me va la cabeza... 
tengo el estómago perdido... las piernas me 
bailan... pero así, que me bailan... 

Bern. ¿Qué haces tú que no lo cuidas, mujer? Por- 

que él te tiene á tí de buen año. Mira qué 
colores: da gloria verte. 
-.^ J. Ant. Es que esta por poquito yerra la vocación: 
le ha sentado el matrimonio bastante mejor 
que le hubieran sentado las tocas. 

Ang. (En tono de cariñosa reconvención.) ¡.JuaU AütoniOl 



^ fiS — 
13eRN. (uiéndose, y pasándole una mano por la espalda con 

familiaridad.) ¡Ja, jfi, ja! ¡No le gusta que le 
(liga usted eso! 

J. AnT. (Dando un respingo.) ¡I'or los claVOS (le CristO, 

no me pase usted la mano por la espalda!. . 
— Y que ya ha emf)eza(lo otra vez con los 
antojitof*.,. ¿Se entera usted, abuelo? 

Arüklo ¡Muchacha! 

Ang. No le haga usté ciso á este charlatán. 

J. Ant. a mise me han puesto los pelo'í de punta. 
Sí; porque si da en la flor de traérmelos por 
colleras, como los paloir.os .. ¡apaga y vamo- 
nos! (Todos se ríen de la ocurrencia.) 

Ang. (kuVjDrosa.) Veiás tú cuando yeguemos á ca- 

sa, finvergonsón. (a. charito.) Oye, ¿y Rosa 
María? 

Char. Más sosegá estala pobresÍ3'a,¿verdá, agüelo? 

Abuelo Así, así anda... 

J. Ant. ¡Lástima de criatura! No Ee me cae déla 
imaginación un momento. 

Bkrn. ¿I.n llamo aquí. Angele.-? 

Ang. í^'í<; déjela usté. Yo vendré mañana de día 

más despasio. Tengo que echa con eya un 
])árrafo mu serio. 

J. Ant. Mira, miríi, no vayas tú á tomar ese tono 
de abadesa (lue empleas conmigo... Bas- 
tante tiene la pobrecita con lo que tiene. 

AsG. ¿Tú que sabes? Si eya es capaz de recogi- 

miento y güeña condurta, er Señó le perdo- 
nará su mala arsión. Dios fs mu güeno, 
pero una debe pone de su parte to lo que 
puea. 

J. Ant. Amén, (fe ríen todos.) 

Ang. Vaya, esta noche te ha dao la ventolera por 

abochornarn:e. Vamonos ya pa casa Trae 
acá mi niño, Charito. (Besándolo con efusión.) 
¡Santito e n:i sangre! 

J. Anj . Abuelo, déme usted á mí el mío. ¡Curita de 
mi corazón 1 

Ang. Escucha, Charito: ¿cuándo vas á di por 

ayí? 

Chak. Ave si voy mañana. 

Ang. Ya verás cómo he puerto la capiya. 

' J. An i . Está preciosa. 



- 64 — 

Ang. ¡y qué manto er que ha regalao doña Car- 

iDen!... Por supuesto, lo que yo he tenío que 
ti ajina ayi, Dios meló tome en cuenta. Los 
candelabros e plata de tos los artares, hasía 
más de un año que no veían la tisa; los do- 
jaos tos estaban cuajaitos de manchas e se- 
ra; á toas las imágenes las he tenío que 
lava con claras e güevo... En fin, aquejo 
ha cío no sosegá. Pos en la sacristía, tres 
cuartos e lo propio. Lo menos cuatro manos 
e cá he tenío que darles á las paredes... 
Había ayí unas pinturas medio borras der 
tiempo, y no he parao hasta dejarlo to blan- 
quito, blanquito, blanquito. 

Bern. ¡Ave María Purísima! ¡Buena la has hecho! 

Ang. ¿Que si la he hecho'? ¡Óuperió! Vaya usté por 

ayí y se queará con la boca abierta. Y V!i- 
monos nosotros. 

Abuelo Los acompaño á ustés hasta la esquina. 

ChAR. Mañana iré yo á verte, ¿eh? (Besa á su hermana 

y á los chiquillos.) 

Ang. Pos yévate unas flores pa aya; no se te 

orvíe. 
Char. Descuida. 

J. Ant. Con Dios, Bernardo. 
Bern. Vayan ustedes con Dios. 

J. Ant. (Estremeciéndose.) ¡Cuidadito con tocarme en 

la espalda! 
Bern. No tenga usted cuidado, hombre. 

(Se van el Abuelo, Angeles y Juan Antonio.) 

Char. Esta hermana mía, metía entre santcs y 

entre curas no se cambia por nadie. 

Bern. Y al otro ya no le bailan las eses. Ahora son 

las piernas las que le bailan. 

Char. Vente tu conmigo pa aya arriba, que tene- 

mos que habla los dos. 

Bern . ¿Sí? ¿Cosa grave? 

Char. No deja de tené gravedá, no te creas (se va 

con Bernardo por el fondo del huerto.) 

Bern. Pues di. 

Char. Aguárdate á que nos sentemos junto á la 

Mrberca, que es un sitio mu propio. 

(Queda la escena sola. Pasa María Jesús de la calle á la 
izquierda del huerto, sin decir palabra.) 



- 65 — 
ESCENA III 

CONSUELO y ROSA MARÍA 

\^Salen las dos, abrazadas por la cintura, por la puerta de la casa que 
da frente al ptiblico.) 

CoNS. Anda, sarte aquí, que ahí dentro ahógala 

caló. 

R. María Me da lo mismo: estoy que ni siento ni 
paezco. 

CoNS, Pos eso no vale. Es menesté que te so- 

siegues y que te animes. Güerve á sé la que 
eras. 

R. María ¡La que era!... 

CoNS. diéntate. 

R. María ^ obedeciéndola maquinalmente.) No te VayaS tÚ. 

CoNS. Tengo que acoítá á aqueyos demonios. 

R. María Déjalos un ratiyo más y quéate aquí conmi- 
go, (consuelo se sienta á su lado.) No sé por qué, 

me hayo á tu vera más á gusto que ar lao 
de nadie. Junto al agüelo, junto á Charito, 
junto á madre, estoy acorrala, temiendo 
argo que no sé lo que es... Junto á tí estoy 
tranquila. 

CoNS. Pos ya tú ves que acá tos sernos lo mismo y 

tos te queremos iguá, Rosa María. 

R. María ¡Qué se yol... Me mira madre de una mane- 
ra... Yo no sé cuándo me hase más daño: 
si cuando se aserca á mí y me da un beso, 
ó cuando la veo pasa por er güerto cayá 
como una sombra. 

CoNS. í'a la pobre ha sío un gorpe moitá; eso tú 

lo sabes... Pa tos nosotros lia sío una pena 
como ninguna; yo no te sé engaña... Pero 
eya y tos te hemos . perdonao, y ahora lo 
que queremos es que sea verdá que estás 
arrepentía... 

R. María |Qué güeña eres!... ¡Si vieras cuánto me he 
acordao de tí!... Ca vez que ese mal hombre 
hasía conmigo una felonía, nosé por qué eras 
tú la única de acá que se me representaba 

5 



— 66 — 

en er pensamiento. Un día yegó á pegarme; 
me amenasó con abandonarme pa siempre; 
huN'ó de la casa; me dejó sola... Y yo yoré y 
yoré, y mientras yoraba se me vino á la idea 
er despego con que tú lo resibiste la prime- 
ra vez que entró en er güerto; y me acordé 
también de aqueya tarde e toros en que me 
dijiste al oído: «llosa María, cuidao con ese 
hombre.» f^aese que te estoy 03'endo toavía: 
fueron tus palabras... Pero j^o estaba siega, 
siega... no vía na. 

CoNS, Si no fuera por eso, no tendrías perdón de 

Dios ni de nosotros. 

R María Créeme que estaba siega... La tarde e mi 
desgraeia fué lo mismo: hasta er pensa- 
miento se me segó. Perdí er sentío y la me- 
moria: ni me acordaba de tí, ni de madre, 
ni de ninguno... No vía más que á Gabrié; 
pa mí no había familia, ni mundo, ni na: 
Gabrié por dentro e mí; Gabrié por fuera; 
mi arma de Gabrié; de Gabrié mi cuerpo... 
Nunca he sabio lo que es no tené volunta 
hasta aqueya tarde Tú, como no has querío 
ñ ningún hombre, no pues comprendé esto, 

CoNS. Sí lo comprendo, sí; ¿no ves tú que yo estoy 

acostumbra á quererlo to de esa manera? 
¿En dónde hay na como fartarle á una mis- 
ma tiempo pa quererse, por tené repartió 
er corasón ar reo suya? 

R. María Lo malo es cuando se echa er cariño en tie- 
rra farsa, como á mí me ha pasao. ¡Miá que 
darle yo á ese lobo ladrón toa mi persona y 
tené való de abandonarme!.. ¡Quién me lo 
había e desí!... De aquí de Seviya nos fui- 
mos á Málaga y ayí vivimos una témpora 
tranquilos y contentos.. Lo único que á mí 
me punsaba como una saeta de cuando en 
cuando, era la idea de acá... «¿Qué pensa- 
ría mi madre? ¿cómo estaría?» Esto cuando 
yo me queaba sola. En cuanto lo tenía de- 
lante se me borraba to: ni madre, ni güer- 
to, ni flores, ni hermanas... Gabrié: su mira, 
sus carisias, sus dichos grasiosos... ¡Mardito 
sea sien veses er nombre que yeva! 



— 67 — 

CoNS. Vamos, mujé, no te atormentes más recor- 

dando cosas que 3'a no tienen remedio... 
Pasó, Dios sabrá por qué, y na vas á conse- 
guí con repetírtelo... 

R. María No me quites este consuelo, que en él está 
mi vía. Pensá en eyo, pensá, darle güertas en 
la cabesa, recordarlo siempre... Er viaje á 
Málaga; er sarto á Madrí; los primeros dijus- 
tos; la vez que me pegó — ¡paese que es ahora, 
según me duele! — su abandono infame; mi 
vía de luego... ¡Qué vergüensa, Dios mío, 
qué vergüensa! Vete, Consuelo, vete; déja- 
me, que mi rose mancha, y yo no quieo 
mancharte á tí... Tú eres pa mí como aqué 
rosa de virgen que yo cuidaba antes e mi 
caía... 

CoNS. ¿Te vas á eorvé loca, mujé?... ¡Er rosa de 

virgen!... Güerve á cuidarlo, rósate con é, 
que á é no se le ha de psgá na malo tuyo, y lo 
que á tí se te pegue de é tiene que sé güe- 
no. (Levantándose.) Y basta 6 yantina, que vas 
á ponerte mala y te vas á morí, y no vas á 
tené tiempo pa gosá de haberte arrepentío. 

K. María Mejó, si me muriera. Se acabó pa siempre 
la yerba mala: un año e luto... y er güerto 
como anteb. 

<DoNS. Mira, á vé si te cayas. Éntrate por ahí, que 

esa vista y esos olores te harán mucho bien... 

Anda, vete. (Rosa María se levanta.) Yo vendré 

á buscarte otra vez en cuanto acueste á los 
chiquetiyos; que estarán las pobres criatu- 
ritas cayéndose de sueño. Ño lo pienses 
más. Anda .. 

R. María Lo que tú quieras. 

CoNS . Dame un beso. Y te arvierto que esta conver- 

sasión se ha acabao. ¿Lo oyes? 

R. María Sí. 

CONS. Se ha acabao. (Éntrase en la casa ) 



- 68 



ESCENA IV 



ROSA MAlíIA 



(Después ele llorar un rato en silencio.) No pué Sé; 

no pué sé... No pueo viví á la vera e mi gente^ 
Seis días que yevo aquí me han paresío seis 
siglo?... Este cariño con que me pagan er má 
que he hecho, viene como á agranda mi 
curpa... No pué sé... no pué sé... ¡Me voy der 
«Güerto e las Campaniyas» pa siempre! 
Hasta los mismos árboles pienso que me 
señalan... y cuando er viento los sacude se 
me figura que hablan de mi caía... ¡Me voy,, 
me voy! Mi puesto ya no está aquí: aquí 
estorbo, aquí daño, aquí soy una planta 
mardita... Roaré, si es que roa es mi suerte... 

(Llora ) 



ESCENA V 

ROSA MARÍA y GABRIEL 

(Gabriel, cue viene de la calle, se acerca cauteloso á Rosa María y 
le habla con voz sorda Rosa María, vencidos el espanto, la sorpresa 
y el tirranque de odio que le produce la llegada de Gabriel, no es- 
cucha al fin sino la voz de su pasión primera, que surge viva al 
contemplarlo.) 

Gab. Negra, ¿por qué y oras? 

R. María ¡Gabriel 

Gab. ¡Negra mía! 

R. María ¡v^ete! ¿No te habías muerto? ¿No te habían 

matao, asesino, ladrón? ¡Vete! 

Gab. ¡Contigo! 

R. María ¡Conmigo! ¿Tienes való de hablarme? 

Gab. Porque no tengo való pa morirme solo. 



— 69 — 



R. María Yegas tarde pa que te crea: me has engañao 
mucho, gitano. ¡Vete, vete! ¡Tú eres mi per- 
(lisión! ;Vete! 

Cuando tú me mires como antes. 
¡Entonses nunca! 
^;Nunca? ¿Vas á sé tan crué"? 
Esa palabra en tus labios es un insurto. 
Pon tú la que quieras. 



<ÍAB. 

R. María 

Gab. 

R. María 

Gab. 

R. María 

Gab. 



¡Traisionero! ¿Ts gusta? 



Me gusta porque viene de ti; porque sale 
(le esa boca ensendía. 
R. María ¡Mentiroso! ¡farso! ¡Quítate de mi vista! ¡Dé- 
j ime! 

¿Y quién te va á u.irá como yo te miro? 
Pa engañarme, na más «que tú. 



Gab. 

R. María 

Gab. 



¿Siempre ha de sé lo mismo? Prueba á 

verlo. 
R. María Probé cuando hiso farla. 
Gab. ¿Es que no sabes perdona? Porque yo he 

aprendió á arrepentirme. (cogiéndole una mano.) 

Ven acá, gitana... 
R. María ;Suértamel 
Gab. No te empeñes: si ar fin ha de sé... ¡si hemos 

iiasío pa achicharrarnos los dos juntos! 
R. María ¡Suértame! 
•Gab. ¿Te lastima mi mano? 

R. María Me lastimas tú... ¡Suértame, te digo! 
Gab. (obedeciéndola.) Suértame tú á mí el arma, 

que me la tienes presa. 
R. María ¿Hasta ahora no lo ha estao? 
Gab. ¡Hasta ahora no lo he visto! Negra de mi 

vía, mora de mi arma, ¡mírame como antes! 
R. María (Resistiéndose sin resistirse.) ¡No quiero... DO 

quiero!... 
Gab. ¡Mírame! 

R. María ¿Pa qué? ¿Pa que dentro e un año vengas á 

dfcsirme lo mismo? 
Gab. No; ahora no. He nese&itao separarme de 

tí pa vé lo que te quiero. 
R. María Yo también he nesesitao que te separes, 

pa convenserme de que es mu poco. 
Gab. Es más de lo que piensas: por eso vengo. 

R María (Con dolor y esperanza: espontáneamente.) jAy, SI 

fuera verdal... 



- 70 - 

Gab. Lo es: no lo dudes, 

R. MA3t\ ;,Cómo no vi á dudarlo? 

Gab. Yo te juro que es tan verdá como tu cariño. 

R. María ¿Qué sabes tú de eso? 

Gab. Porque lo sé lo juro: tu car.'ño es lo ni.'i.-* 

sierto que conozco. ¿Te atreves tú á jurarme 
que no me quieres? Responde, morena. 
(viénrioia convencida.) Pero no, ¿pa qué? no res- 
pondas 

R María (rindiéndose al cabo.) ¡Gabrié! .. 

Gab. ¡Rosa María!... ¡arma de mi arma!. . ¿Lo e.''- 

tás viendo? 

R. María ¿F^a qué has venío? 

Gab. Pa yevarte conmigo otra vez y no dejarte- 

nunca. 

R. María ¿Nunca, Gabrit? 

Gab. ¡Nunca! 

R. María Si es pa eso, ahora es cuando quiero que la 
jures en cruz por mi cariño. 

Gab. ¡Jurao está! 

R María ¡Gabrié mío! ¡No me engañes, por Dios! 

Gab. ¡Por Dios que no te engaño! 

R. María ¡Si vas á dejarme otra vez, mátame primerot 

Gab. ¡Como mis besos no te maten!... 

R. María ¡Tus besos!... ¡Pensé que nunca más gorve- 
rían! 

Gab. Vamonos. 

R. María Vete tú. 

Gab. Sin tí, no. 

R. Marí.v Aguárdame serca: no sargamos juntos de 
aquí. 

Gab. ¿Pero vendrá?? 

R. María Detrás e ti siempre: ¡si es mi sino! 

Gab. ¿y tu gusto? 

R María ¡También! 

Gab. En la puerta e la Iglesia estoy. 

R María Aya iré yo. 

Gab. ¿Pronto? 

R. María ¿Me esperas tú y me lo preguntas, ingrato? 

Gab No tardes, paloma. 

R María Deecnida, gavilán. (Vase Gabriel rápidamente.) 

¡Con é... con é!... ¡A sufrí, á pena, á lo que 
sea... pero á la vera suya, ala vera suya! 
¡Madre, perdóname! «¡Güerto e las Campa- 



- 71 — 
niyas.» adiós pa siempre!... Mi mantón, mi 

mantón, y fuera de aquí (Entrase corriendo en 
la casa.) 



ESCENA VI 

MARÍA JESÚS y ROSA MARÍA 

(Aparece María Jesús por la izquierda del fondo y viene hacia la casa. 

Cuando va á entrar por la puerta de frente al público, sale Rosa María 

presurosa, acomodándose un mantoncillo negro sobre los hombros. 

1.a presencia de su madre la desconcierta y la detiene ) 

^,Ande vas, hija? 

(;Jegús¡) 

¿Ande vas ahora? 

A la caye. 

¿A la caye, á qué? 

A busca una cosa pa Consuelo. ¿Va usté á 

acostarse ya? 

Sí. Estoy rendía: no pueo con mi cuerpo. 

Pos hasta mañana. 

Si Dios quiere, (se besan con calor intenso de pena 

y de cariño. Rosa Mai-ía se va; María Jesús se queda 

parada viéndola irse.) ¡Qué pena de hija, DioS 

mío!... Rosa caía y mancha de barro, ya na- 
die pilé quererla pa su casa. ¡Qué pena de 
hija!... ¡Adentro, María Jesús, á yorá por 

eya!... (Entrase en la casa Queda la escena sola unos 
instantes ) 



ESCENA VII 



BERNARDO y CHARITO 

(Salen por la derecha del fondo y vienen hacia la casa, ante cuya 
puerta principal se detienen.) 

Bern, Ten mucho cuidado, Charito, que estas co- 

sas que empiezan por un capricho son lueg.v 
las más graves. 



M. 


Jesús 


R 


María 


M. 


Je«;ús 


R. 


María 


M. 


Jesús 


R 


María 


M. 


Jesús 


R. 


María 


M. 


Jesús 



- 72 



Char. 
Bern. 

Char. 
Bern. 



Char. 

Bern. 
Char. 



Bern. 
Char. 
Bern. 

Char. 



No me dará tan fuerte: descuida. 
Por si acaso, bueno es que recuerdes aquella 
copla que me enseñaste el otro día. 
Te he enseñao tantas... 
De cera son las puet tas 

de los amores; 
cuenta que á la salida 
ya son de bronce. 
Y que á la entrada 
suelen estar abiertas; 
después, cerradas. 
No se me orvidará la lersión. (Va á irse y Ber- 
nardo la detiene.) 

Oye otra cosa. 

Déjame ya, que son las onse 3^^ me estará es- 
perando. ¿Qué te párese? ¿le doy calabasas 
ó no? 

Eso, tú allá; no quiero responsabilidades... 
Güeno, lo pensaré de aquí á la ventana. 
Anda con Dios... Y á ver si creces, ahora 
que tienes novio. 

No, que le gusto así. Miá lo que me cantó 
la otra noche en una fíes-ta: 

¡ Vár gante Dios, qué dicha 
si yo ia logro: 

una mujé que apenas 
me yeqa al hombro! 
(Bernardo suelta la risa y ella .se mete corriendo en 
la casa.) 



ESCENA VIII 



BERNARDO. CONSUELO, dentro. 



Bern. También esta se va: ya está en camino.. 

Se van todas... cada una á su lugar, á su 
sitio... como estas de aquí, las que da la tie- 
rra, pero todas á alegrar la vida... (pausa. se 
sienta.) jQué herniosa noche, llena de miste- 
rio y de paz!... Calma profunda, hermana de 
la que voy sintiendo en mi espíritu; por eso 



— Ta- 
la comprendo tan bien... Todo repos.i... todo 
duernae... El temblor de las estrellas es el 
único movimiento visible... (En voz baja.) Da 
miedo alzar la voz... De cuando en cuando, 
se levanta un airecillo tan leve que ni siquie- 
ra sacude una hoja, pero que trae á mis sen- 
tidos olores frescos de jazmines y nardos... 
Seguramente que Consuelito, en su pinto- 
resco lenguaje, dirá de esos soplos que .son 
suspiros de la tierra. Y puede que tenga ra- 
zón, porque esa mujer habla siempre con la 
razón del sentimiento, que al fin y al cabo 
vale más que la otra. ¡Bendita sea mi ma- 
dre, que frecuentaba este huerto en vida; 
que me dejó esta herencia de cariño! Acaso 
sabía el bien que había de hacerme. Los 
aromas de este huerto se han metido en mi 
corazón poco á poco... y me han dado la 

vida... (Pausa. Oyese dentro de la vivienda, no inny 
lejos, la voz de Consuelo que canta dulcemente la 
nana. Bernardo la escucha con deleite.) 

Coks. Esta niña chiquita 

no tiene madre; 
la parió una gitana, 
la echó á la caye. 
La echó á la caye; 
esta niña chiquita 
no tiene madre. 
Bern. Es ella, durmiendo á Luisilla: ¡Qué encanto 

de muchachal Tiene llena toda su alma del 
sentimiento del hogar... (xueva pausa.) Vuel- 
ve otra vez á suspirar la tierra... y ahora más 
fuerte. ¡Qué hermosura de brisa!... 
El aire el huerto orea 
y ofrece mil olores al sentido; 
los árboles menea 
con un manso ruido, 
que del oro y del cetro pone olvido... 

(pale Consuelo.) 



74 - 



ESCENA IX 



CONSUELO y BERNARDO 



Bern. CoDSuelito, ¿quieres dormirme á mí? 

CoNS. ¡Bernardo! ¿Pero estás ahí toavía? 

Bern. Y no me voy. 

CoNS. ¿Qué bases tan solo? 

Bern. Esperar á que tú me acompañes. 

CoNS. Pos ahora no pueo. Voy á busca á mi her- 

mana. 

Bern. ¿A Rosa María? Déjala estar sola, mujer; lo 
mejor es eso. A ella le conviene la soledad^ 
y á mí que tú te quedes. Siéntate. 

CoNs. Vaya que sea. 

Bern. Pero aquí, á mi lado. 

CoNS. Ya eso es mucho ersigí. Pides más que un 

loro. 

Bern. ¿Me das esa flor? 

CoNS. ¿No digo? ¿Pa qué la quieres? 

Bern. Para tenerla. 

CoNS. Si no es más que pa eso, tómala. Yo la ha- 

bía reservao pa mi novio, pero en fin... 

Bern. ?,Te ha salido ya novio? 

CoNS. Ni me sale. No tengo yo grasia. 

Bern. ¿Qué flor es esta, tú? 

CoNS. Una diamela. 

Bern. ¿Una diamela? 

CoNs. ¿Extrañas er coló? Es que se ha criao junto 

á un clavé granate, se ha enamorao de é... y 
por eso ha tomao ese tinte. 

Bern. ¿También las flores so enamoran, ó son co- 
sas tuyas? 

CoNS. Forma te lo digo. Solo que yo no quiero 

amores más que de personas, y me yevé er 
clavé al otro lao der puerto... 

Bern. Eso es envidia, porque á tí no te ha salido 
novio. 

CoNS. Mejó. Hablemos de'otro asunto. ¿En qué es- 

tabas pensando cuando yo salí? 



- 7o - 

Bern. Kn tu persona. 

C'iNs ¡Rn rai persona tú!... 

Bern. En tí pensaba, Consuelito. ¿Acasc tú no 

piensas nunca en mí si no estoy presente? 

CoNS Ar contrario: más pienso en tí cuando no te 

veo. Porque cuando te veo, como te tengo 
elante, no tengo que pensá. 

Bern. Y cuando no me ves, ¿qué piensas? 

Co:ís. ¿Cómo voy yo á acordarme? De seguro que 

no es na malo. 

Bern. ¿Tan bien me quieres? 

CoNs. Más malamente quiero á otras personas, 

mira tú. ¿Te pasa á tí lo mismo? 

Bern. A mí lo que me pasa es que te quiero á tí 

como á ninguna. 

CoNS ^,De verdá, Bernardo? 

Bern. De verdad, Consuelo. 

CoNS ¿Tantos méritos tengo yo? 

Behn. Para mi, muchos. (Pausa) Y ahora ¿en qué 

piensa."-? 

CoNS. Kn lo que acabas e desirme. 

Bepn. ¿Te sorprende, quizás? 

CoNS Me ha sobrecogió, no te lo niego Y eso que 

hay tantas maneras de queré. . 

Bern. De querer un hombre á una mujer no hay 

más que una sola. 

CoNs. Míralo bien, que hay muchas. 

Bern . Según... 

CoNS. Pos según digo yo. 

Ber.-i. Si el cariño es de nmor, no debe haber más 

que una sola. ¿Y phora, me entiendes? 

CoNs. No me atrevo á entenderte, Bernardo... 

Bern. Yo haré que te atrevas, Consuelo. . Yo he ve- 

nido á tu huerto día por día, hora por hora á 
veces, atraído no í-ólo por el recuerdo de mi 
madre 3" por el encanto de estas flores y de 
estos frutos, sino también por el cariño que 
he hallado en ustedes, especialmente en tí, 
y que ha sido un alivio de mi soledad y de 
mis tristezas. . ¿Ettás temblando? ¿Qué te 
pasa? 

Cons. Na: f-igue tú. 

BiRv. Poquito á poco, á medida que este ambiente 

se me ha ido pegando al espíritu, hasta 



— 76" — 



CONS. 

Bern , 



OONS. 
ÜERN. 

€0N8. 

Bern. 

CONS. 



Bern. 

CONS. 



Bern. 

CoNS. 



Ber.v. 

CONS. 

Bern, 



CONS. 



transformarlo, todos esos afectos los he fun- 
dido yo sin darme cuenta en uno solo: en el 
tuyo... Tú eres para mí la encarnación de to- 
dos ellos; tú eres el huerto mismo... 
¿Kv güerto yo? 

»Sí: sus olores están en tu cuerpo, en tus ro 
pas; sus flores en tu cara; su cielo y su luz 
en tus ojos; su poesía en tu alma, Consueli- 
11o. Kstoy enamorado detí como el clavel de 
la diamela... Mi alma ha tomado ya el tinte 
de la tuya... ¿Me mandarás como al clavel 
á un rincón del huerto? 
En eso estoy pensando. 
Pero ¿me quieres? 
¿Nesesitas preguntármelo, torpe? 
¡Consuelo! 

Yo sí que yegué á creerme que me habías 
arrinconao tú á mí como si f uea un capricho 
de tantos tuyos. 
¿Por qué? 

Por lo que has tardao en desh'me una cosa 
(jue yevo dentro e mí como un farolito des- 
de er segundo día que nos hablamos. 
¡Y yo sin ver ese farolito! ¡Ciego! 
Mi sueño has sío tú, Bernardo; pero estába- 
mos tan lejos el uno del otro, que ocurtaba 
mi queré como un pecao pa que nadie me 
lo afeara. Ni mi madre, ni mis hermanas, ni 
mi agüelo han sabio adivinarla en mis con- 
versasiones: es la única cosa que ha vivió 
en mi corasón pa mí sólita. «Si esto pudie- 
ra sé... si ér se fijara en mi persona...» pen- 
saba yo casi toas las noches. Pero luego de- 
s'a: «¡Como que va á está pa ti, so tonta!» 
Pues ya ves: para la tonta estaba. 
¡Qué felisidál 

¡Felicidad la mía! ¡Ya no estoja sólo: ya ten- 
go compañera! ¿En dónde pondrás tú la 
mano, Consuelillo, que no sea para causar 
un bien?... Mi casa te está esperando sola y 
triste: ven allá: alégrala y llénala de vida. 
Tráemela aquí, como tú has venío... Más 
tasi es que tu casa quepa en er güerto, que 
no er güerto en tu casa. 



Bern. ¿Qué dices? 

CoNS. Ingrato, ¿ya quiés dcjá to esto? ¿Estás tú 

eeguro de qne me querrías lo mismo si no 
me vieras á toas horas entre mis flores? 
Aquí he nasío y aquí he de viví: si me sacas 
de aquí, me muero. Ar lao de mi madre, 
envejesía y q'.iehrantá; ar lao de mis her- 
manas, que nesesitan de nji sombra; ar lao 
de esas tres criaturitas que tengo á mi am- 
paro... ¡Ajolá ar morirme me enterraran 
también aquí, en un rincón, junto á los pá- 
jaros de Charito! 

Berm . ¡Bendita seas! No seré yo tan cruel que te 

arranque de lo que tanto quieres... y de lo 
que tanto quiero yo también, (pausa.) ¿Me 
das un beso? 

CoNS. ¿Te corre mucha prisa? 

Bern ¡Si supieras los que te he dado sin tocarte! 

CoNS. Pos vamos á seguí así otropoquiyo e tiempo. 

Bern. ¿Mucho? 

CoNS. Hasta qne yo quiera: ¿te párese? 

Bern. Tú mandas. 



ESCENA X 

DICHOS y el ABUELO 

(Llega de la calle el Abuelo, á tiempo de sorprender el íntimo 
coloquio.) 

Bern. ¡Abuelo, déme usted un abra2o! 

Abuelo (obedeciéndolo.) Ya está... ¿Se te ofrese otro? 

Bern. El otro déselo usted á Consuelillo. 

Abuelo .Mejó pa mí. ¿Queréis desirme ahora? .. 

CoNS. Pos blanco y migao... 

Aedelo ¡Ah, granujii! ¿Te quiés yevá la fló más fina 
de la casa? 

Bern. Abuelo, la flor aquí se queda; pero es mía. 

Abuelo Y yo me alegro. 

Bern. Y yo me voy, qu3 son las tantas y es pre- 

ciso dormir. 



— 7S — 

CoNS. ¿Dormí esta noche?... 

Bern. Para soñar contigo... 

CoNS. Si es pa eso... 

Abuelo ¿Pos pa qué ha e sé, so tonta? Vi á di se- 
rrando aqui. 

Bern. Aguarde usted, no me coja dentro. 

CoNS. ¿Te vas? 

Bern. Me voy, pero te llevo conmigo. 

CoNS. Y tú aquí te queas. 

Bern. ¿Me querrás siempre, di? 

CoNS. Cuando este güerto deje de dá flores, deja- 

ré de quererte. ¿Y tú? 

Bern. Lo que para tí son las flores de este huerto, 

serás tú para mí. Hasta mañana, Consuelo. 

CoNS. Bernardo, hasta mañana. 

J3ern. Abuelo, descansar. 

Abuelo Anda con Dios, mosquita muerta... 

Eern. Cierre usted en cuanto salga, porque si no 

me cuelo otra vez. (ros tros se ríen. Bernardo 
se va ) 



ESCENA ULTIMA 



CONSUELO y el ABUELO 



CoNS. 



Abuelo 

CoNS. 

. Abuelo 

CoNS. 

Abuelo 

CoNS. 

Abuelo 



Agüelo, déme usté á mi otro abraso; yo no 
sé si echarme á reí ó si echarme á yorá... 
¡Ay, qué contenta estoy! 
Er mosito vale er dinero, ¡per") güeña alha- 
ja se yeval No es por alabarte. 
¿Oye usté? 
¿Qué pasa? 
Luisiyayorando... 

Pos corre á consolarla, no nos dé música. 
Aya voy. ¡Pobresitos míos, que ya tienen 

padre también! (entrase en la casa corriendo.) 
(Después de cerrar el portalón.) Toas no habían de 

sé esgrasias y esaborisiones... Dios ha querío 
que lo mejó der güerto no se lo yeve una 
mala mano... Y ahora, á sortá er Lusero... y 

güeñas noches. (Desaparece por la derecha del fon- 



— 79 — 

do. Queda la escena sola. Oyese á Consuelo, como an- 
tes, cantar la nana, mientras baja muy lentamente el 
telón.) 

CoNS. A dormí va la rosa 

de los rosales; 
á dormí va mi niña 

porque ya es ¿arde. 

Porque ya es farde, 
á dormí va la rosa 

de los rosales. 



Nanita, nana, 

duérmete, luserito 

de la mañana. 



FIN DE LA COMEDIA 



Madrid, Agosto 19ül. 



044^^^* 



sie^u^t^' 




fi propósito de "£as flores,,*' 



Como no soy de los que al envejecer se aferran á la 
idea de que «cualquiera tiempo pasado fué mejor», lo 
cual si puede ser verdad para el individuo es mentira 
para la humanidad, me complazco viendo que tenemos 
hoy en España una brillante juventud literaria. Acaso 
íalte homogeneidad á sus gustos, unidad de miras á sus 
tendencia?; quizá no esté todo lo compacta que es pre- 
ciso para luchar contra lo que debe ser reformado ó 
destruido; pero son muchos los jóvenes de gran cultura, 
de criterio independiente, de espíritu moderno y que 
escriben muy bien: por ejemplo, Martínez Ruiz, Maez- 
tu, Baroja, AÍarquina, Bueno, Menéndez Pidal, Martínez 
Sierra, Palomero, Acebal, Carretero, Danvila, Bello y 
otros de que mi flaca memoria no se acuerda y para 
quienes el olvido no es ofensa; sin contar los de provin- 
cias que son muchos. Este elemento joven está repre- 
sentado en el teatro principalmente por Benavente y 
los Quintero, los cuales, aunque no alardeen de inno- 
vadores y revolucionarios, demuestran inspirarse en un 
sentido artístico que diñere notablemente del que hasta 
ahora ha dominado entre nosotros. 

Casi toda nuestra tradición dramática está fundada 
en la acción, en el interés de lo que pasa en la escena, 
no en cómo y por qué suceden las cosas, ni en la índole 
de quién es actor de ellas, sino en los hechos mismos. 
De aquí nacen errores literarios de orientación y proce- 



(*) Publicado en Los Lunes de El Itnparcial del día 9 de Diciembre 
de 190), y reproducido aquí por considerarlo muy oportuno y en 
extramo honroso para ellos los autores de esta comedia. 



— »+ — 

dimiento que como por herencia se trasmiten; de aquí 
el desordenado amor de autores y público á lo violento, 
anormal y extraordinario; de aquí que todavía se tole- 
ren y aplaudan esperpentos como La muerte civil y La 
Tosca. Benavente y los Quintero en la comedia, terreno 
para esto más favorable que el drama, procuran y con- 
siguen deleitar; no despertando aquel interés impa- 
ciente y nervioso, incapaz de razonar lo que ve, sino con 
la verdad misma reflejada por cada cual según su tem- 
peramento artístico: Benavente con la ironía, el sarcas- 
mo y la sátira; los Quintero con la poe^íía, el ingenio y 
la gracia; los tres supeditando, esclavizando la fantasía 
y la inventiva á la expresión sintética de los caracteres, 
al retrato de los tipos, á la pintura de las costumbres y 
del medio; haciendo, en una palabra, que la loca de la 
casa no malgaste en delirios la potencia que ha menes- 
ter para descubrir los elementos artísticos de que está 
llena la vida y que solo mediante la observación se 
aprovechan. Por dejar á la imaginación este papel se- 
cundario, se dice que lo que sucede en las obras de estos 
autores es poco ó casi nada; que allí no hay comedia: 
pero recordemos que también se llama comedia á lo que 
no es sincero, á lo que mañosamente se urde, á lo que 
fingidamente se maquina. Huyendo el exceso de arti- 
ficio, lo que buscan Benavente y los Quintero es la es- 
tructura sencilla, los hechos explicados por los senti- 
mientos, la educación, el medio y las costumbres; ni 
más ni menos encanto poético del que ofrece y brinda 
la existencia; porque mermarlo es pesimismo malsano 
y pretender aumentarlo empeño inútil. Esquivan cui- 
dadosamente eso que se llama el conflicto dramático, el 
enredo, la intriga, la situación culminante, el efecto 
escénico, los caracteres sostenidos (¡cuando en la reali- 
dad son tan complejos!); en suma, los elementos de 
sorpresa ó engaño y estímulos de la curiosidad que, á 
despecho de la verosimilitud, alcanzan su mnyor gra- 
do de funesta perfección en Sardou. Combatir aquella 
tendencia á lo sencillo y natural, que se muestra en La 
comida de las fieras, Lo cursi, Los Galeotes y Las flores, 
es favorecer el predominio de la dramática vieja, que 
nada tiene que ver con lo genuinamente clásico ni con 
lo romántico, dignos de respeto, y en la cual está con- 
denada á insufrible martirio la verdad. Rechazar come- 
dias porque en ellas lo que sucede sabe á poco, aunque 



— 85 - 

esté bien, es contribuir á. resucitar géneros que habrán 
producido ríos de oro, y volverán á producirlos, porque 
la credulidad humana es insaciable, pero que andan 
tan lejos del arte verdadero codqo las simplezas de Jor- 
ge Ohnet y las aventuras terroríficas de Ponson du Te- 
rraill lo están de las novelas de Balzac ó de Flaubert. 
No quiero, al citar censurando, traer á plaza nombres 
de autores españoles contemporáneos muertos ni vivos, 
para que no se me tache de irrespetuoso con los prime- 
ros ni de parcial contra los segundos; mas no huelga 
recordar que de cinco ó seis años á esta parte hemos 
asistido á las tentativas de resurrección de dramas y 
comedias pertenecientes al género aludido, que alboro- 
taron en tiempo de nuestros padres y con los cuales 
ahora se duermen nuestros hijo?. Al escucharlos senti- 
mos pasar por la imaginación y la meor oria una oleada 
de juventud y de recuerdos, pero nos persuadimos de 
que aquellos dramas y comedias h£n envejecido más 
que nosotros mismos: y en arte, lo que envejece no es 
bueno. 

Confundiendo, en mi humilde juicio, el arte con el 
artificio, se dice que en Las flores no hay comedia, y 
que si la hay, es mala Guardando respeto al parecer 
de los que af-í opinan, algunos amigos, á quienes consi- 
dero y estimo, procuraré demostrar que hay comedia, y 
que es buena. Creo que para ello basta recordar á gran- 
des rasgos el asunto, su desarrollo y sus formas de ex- 
presión. Ambiente, un huerto cuyos dueños, gente del 
pueblo, viven de la venta de ramos y plantas en Sevi- 
lla. (No creo que sea pecado literario c(;locar la acción 
en Andalucía, cuando hemos visto y aplaudido con jus 
ticia. La Dolores, en Aragón; La charra, en Castilla, y 
Tierra baja en Cataluña.) Personas, una madre viuda 
con cuatro hijas: Cbarito, niña dicharachera y bullicio- 
sa, hábilmente creada ó escogida para que con su ale- 
gría formen contraste los afectos más serios que embar- 
gan el ánimo de sus hermanas. Angeles, tipo dibuja- 
do en pocas escenas, pero más concluido, de muchacha 
que sinceramente ha creído tener vocación de monja: 
basta, sin embaí go, oir el entusiasmo con que habla de 
vestir al Niño Jesús para com))render (jue el amor ha 
de hacerla pronto madre. Rosa María, la mujer apasio- 
nada y sensual, confiada y ligera, á quien la hermosura 
es funesta, y que por ley fatal ha de perderse. Consue- 



- 86 — 

lo, reflexiva, bien equilibrada y tranquila; la que cuida 
como á hijos niños que no son suyos, perqué instintiva- 
mente desea como centro y trono de su existencia el 
hogar; la que va rindiendo el albedrío lentamente, ca"-i 
sin advertirlo, pero segura de que quien la solicita la 
merece. A estas tres mujeres, descartada la niña, co- 
rresponden otros tantos hombres; triple y varia repre- 
sentación del impulso, que es arbitro incontrastable de 
la vida: en ellos está personificado el amor, que como 
un efluvio misterioso, trayendo dulcedumbre á unos y 
á otros amargura, pasa sobre el huerto sevillano. Juan 
Antonio, el sacristán, que aunque tonto, sabe cautivar 
á la devota. Gabriel, el Tenorio de bajo vuelo, á quien 
en su desvarío se entrega Rosa María, porque la paeión, 
como Dios, ciega á los que quiere perder. Bernardo, bue- 
no por naturaleza, entristecido pasajeramente por un 
dolor intenso, soñador entre sentimental y alegre, espí- 
ritu gemelo, media naranja de Consuelo, que se ena- 
mora f-in darse cuenta. 

¿Qué acción enlaza estos personajes? Primero la con- 
veniente y necesaria para expresar su índole y su vida: 
escenas de trabajo, apartando flores ó recibiendo en- 
cargos, en las cuales surgen y se muestran los tempera- 
mentos y los caracteres; luego la estrictamente precisa 
para que anide la pasión en las almas y se enseñoree 
de ellas; diálogos de amor, unos breves, sobrios, entre 
Cándidos y picarescos, como los de Juan Antonio con 
Angeles; otros vehementes y ardorosos como los de 
Rosa María y Gabriel; otros reposados y castos, como 
los de Bernardo y Consuelo. La madre, admirablemen- 
te trazada, es enérgica y vigorosa, larga de lengua y 
casi de manos, mientras defiende el recato de sus hijas 
puesto en duda; después, cuando Rosa María se ha des- 
honrado, S3 la ve cruzar callada y abatida por los sen- 
deros del huerto, porque la que era su orgullo ha nece- 
sitado su perdón. Son figuras episódicas Barrena, el 
marido sufrido que en una sola escenase pinta de cuer- 
po entero, y su mujer Juliana, la comadre de malas 
hiJHS y peor sangre, que goza llevando al huerto la no- 
ticia de que Rosa María se ha escapado. Secundarios y 
creados sólo para dar idea del medio son también los 
dos vendedores ambulantes, padre é hijo, gandules y 
dormilones, que entran en el primer acto á buscar biz- 
naga. Refiriéndose á cómo están trazados, ea sólo uu 



— 87 — 

diálogo, decía, la noche del estreno mi respetado amigo 
y maestro don Federico Balart: «Estos Quintero escri- 
ben como pintaba Velázquez, á pincelada grande: los 
dos tíos qne tienen tan cerca la biznaga y por no ir á 
cogerla se exponen á volver de lejos á buscarla, son 
toda una raza: esa es Andalucía.» Finalmente, el pen- 
samiento de la obra está puesto en labios del abuelo 
que por sus años asiste plácido y tranquilo, sin espe- 
ranza ni temor, sin gozo ni pena, á cuanto sucede en 
torno suyo: «las mujeres — dice — son flores: el porvenir 
de cada una depende del jardinero, del hombre que la 
toca en suerte.» 

Con toda sinceridad declaro que una obra dramática 
donde tres parejas de enamorados, por distintos cami- 
nos, y según la diferente índole de atracción que los 
ha unido, llegan unas á la dicha, otras á la desgracia, 
no me parece comedia exenta de acción. Lo que no 
hay en Las flores es intriga ni enredo: allí no surge ca- 
lumnia, sustitución de persona, cambio de nombre, 
^MÍíí^ro g?<o, ni aventura; nada de eso que exagera ó 
falsea la representación de la vida ó la imita en lo vio- 
lento, anormal y extraordinario. Y si lo que en Las flo- 
res sucede y el modo de suceder me parece más que 
bastante para que pueda ser caliticada de preciosa co- 
media, aun es mayor á mis ojos su mérito en lo que se 
refiere á la forma. Las conversaciones son tan naturales, 
la gracia y ternura desplegadas tan propias de las bo- 
cas donde brotan, las interrupciones tan espontáneas y 
justificadas, que hay no momentos, sino largos espacios 
en que la ficción y el escenario desaparecen y se bo- 
rran ofuscados y vencidos por el soberano resplandor 
de la verdad. En los diálogos de amor, ya tiroteos de 
piropos y respuestas peculiares de aquella gente, ya ru- 
mor apagado de palabras que tienen miedo á enfriarse 
desde el labio al oído, cuando la pasión quiere abrir 
brecha en el alma, los personajes hablan f se lenguaje á 
la vez poético y bajo, natural y afectado, lleno de deli- 
cadezas instintivas, sembrado de hipérboles risibles, 
pero no ridiculas, en que palpita y estalla el genio de 
aquella región, donde hombres, mujeres, frutos y flo- 
res, todo, parece producto del ardor fecundo con que 
besa el sol á la tierra. No es, pues, extraño que allí un 
modesto tendero como Bernardo, sienta la poesía de 
una noche estrellada, y como retlejo de su estado de 



ánimo y de lo que le rodea, sienta venir á sus labios 
cuatro versos de Fray Luis de León. Menos poética es 
aquí la Naturaleza, y aquí han salido Hartzenbusch 
de un taller de ebanista y García Gutiérrez de un 
cuartel. 

Me he permitido hablar de esta obra porque está 
inspirada en el criterio dramático, en la escuela de na- 
turalidad y sencillez de que soy partidario y que veo 
en peligro; era para mí deber de conciencia; pero tiene 
defensor que hará por ella lo que yo no sé ni puedo ha- 
cer: el tiempo. 



Jacinto Octavio Picón, 



OBtJflS DE üOS MISIVIOS flÜTOtJES 



Esgrima y amor, juguete cómico. 

Belén, 12, principal, juguete cómico. 

Gilito, juguete cómico lírico. 

La media naranja, juguete cómico. 

El tío de la flauta, juguete cómico. 

El ojito derecho, entremés. {2.^ edición.) 

La reja, comedia en un acto. (2.^ edición.) 

La buena sombra, sainete en tres cuadros. (4.* edición.) 

El peregrino, zarzuela cómica en un acto. 

La vida intima, comedia en dos actos. {2.^ edición.) 

Los borrachos, sainete en cuatro cuadros. 

El chiquillo, entremés. (2.a edición.) 

Las casas de cartón, juguete cómico. 

El traje de luces, sainete en tres cuadros. 

El patio, comedia en dos actos. (2.* edición.) 

El motete, entremés con música. 

El estreno, zarzuela cómica en tres cuadros. 

Los Galeotes, comedia en cuatro actos. (2 a edición.) 

La pena, drama en dos cuadros. 

La azotea, comedia en un acto. 

El género ínjimo, pasillo con música. 

El nido, comedia en dos actos. 

Las /lores, comedia en tres actos. 



;/ 



SERAFÍN . JOAQUÍN ÁLVAREZ QUINTERO 



LOS PIROPOS 



ENTRElvlÉS 



■^-^^^'&^- 



SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES 
Salón del Prado, 14, hotel 



I^OS I>rROF»0» 



Esta obra es propledtid de sus autores y nadie po- 
(irá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla 
en España ni en los paises con los cuales so hayan 
c alebrado ó se celebren on adelante tratados interna- 
cionales de propiedad literaria. 

Los autores se reservan el derecho de traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad 
de Autores Españoles son los encargados exclusivamente 
de conceder ó negar el permiso de representación y 
del cobro de los derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



LOS PIROPOS 



ENXRENIES 



DB 



serafín i JOAQUÍN ALVAREZ (¡ÜINTERO 



Escrito exprofeso para Don Julián Romea y estrenado 
en el Teatro Lar a el 5 de Marzo de 1902 



■*- 



MADRID 

B. TCLASCO. IMP., UABQU1Í8 DB SANTA ANA, 11 DUP.* 
TeU/OHO número ¡fl 

10OS 



coieeiot^ iu4aiiaaÍLe-. é iuaeuiOiio 
cóui.euladó^ de lóJ jihojióJ auda- 
luceS, éuá éueuoó ainiaoJ u dt¿- 
eífLuiúá de ji^iiHe>iaá tehaJ 



REPARTO 



PERSONAJES 



ACTORES 



DOÑA REPOSO. Srta. Alba. 

UNA MORENA . Suáiíez. 

JULIA DoMUS. 

LOLA ZiUR. 

UNA MOCITA Quijada. 

UNA CHIQUILLA. Dkl Castillo . 

UNA DE TANTAS Rodríguez. 

UNA NIÑERA Romkro. 

MIGUEL Sr. R03IEA. 

ANTONIO Rodríguez. 

UN CHOCHE RO Santiago. 

QUINITO Barra YCOA. 

EL NIÑO DE LA TABERNA Suárez. 

Una rubia, un matrimonio, un niño y una niña que n» hablan: 
Srtas. Boned y Blanco; Sr. Pacheco; niños Girón y López. 






I,OS PIROPOS 



Un rincón de Sevilla. A la derecha del actor una taberna Uamada 
•Las Delicias viejas», cuya fiíchada principal da frente ni público 
y hace esquina á otra calle que se prolonga en dirección oblicua 
hasta el foro. A la izquierda una casa con ventana baja.— Fs de día. 



Al levantarse el telón aparecen MIGUEL y ANTONIO sentados ante 
una mesilla á la puerta de la tabernn, bebiéndose unas cañas de man- 
zanilla con acompañamiento de gambas, bocas, boquerones o lan- 
gostinos. 

MlG. (a una MOCITA preciosa que sale por la izquierda y 

que se va por la derecha.) Niña, DO le CantO á USté 

una saeta... porque ya ha pasao Semana 

Santa. 
Moc. Pos déjelo usté pa el año que viene. 

MiG. Pos acuérdese usté de vení por aquí á estas 

horas. 
Moc. (Yéndose.) Me Bchaté un núo. 

MiG. (a Antonio.) ¿Lo ve usté? No hemos hecho 

más que sentarnos y ya ha emoesao á pasa 

canela. Este rinconsito es una finca'. 
Akt. Me hase usté grasia, hombre. (Llamando.) 

¡Niño! 
MiG. lios domingos pasa por aquí toa Seviya: ni 

una mujé se escapa. 

Ant. (ai niño de la taberna, que sale. ) Tráete media 

dosenita más... y viseversa 



— 8 — 

Niño ¿Cómo ha dicho usté? 

A NT. Que te yeves estas vasías. 

MiG. Y que te den de camino unas rajitas de 

cuarquier cosa... To eso quié desí vise versa. 

(vase el Niño, y vuelve á salir á poco con lo pedido. 
A la ventana de la izquierda se asoma una RUBIA, bo- 
nita si las hay.) 

Ant. Está güeña esta mansaniya. 

MiG. Más güeña está la ventana de ayí enfrente. 

Ant. ¡Canasto! Es verdá. 

MlG. ¿Ha visto usté qué rubia? (Se levanta atraído 

por ella y se aproxima un poco á la ventana.) 

Ant. ¡Valiente pelo! Debe de sé carva de nasi- 

raiento la criatura. 

MlG. (Cantando.) 

¡Qué hermoso pelo tiene, 
carahí!... 

Ant. (Lo mismo.) 

¿Quién se lo peinará? 
Los DOS ¡Carahí urí, 

urí urá!... 
MiG. ¿Le sirvo á usté pa peine, serrana? 

An'í . ¿Se junta usté pretóleo? 

JMiG. ¿Me da usté un puñaito de pelo pa er bigote? 

Ant. Miste como se ríe... 

MiG. Como que les gusta esto má?.,. que er mem- 

briyo en la bersa. (ai ir á sentarse de nuevo, le 
sale al paso, por la derecha, una MORENA como un 
sol, vestida de rojo y con mantón negro, puesto en 
forma de chai. Casi casi tropieza con ella. Luego, an- 
dando hacia atrás, trata de impedirle que pase.) 

Ant. ¡Khl ¡cuidaol ¡Que va usté á pisa á esta ama- 

pola! 

Mic. Perdóneme usté, reina mía. Pero ¿en dón- 

de la iba á pisa, si no tiene más pie que er 
tacón? ¿Usté ha visto esto? 

Mor, ¡Vamos!... 

MiG, " (Dejándola pasar.) ¿Quién la carsa á usté: un fa- 
bricante e dedales? 

Mor . ¿Y á usté: un fabricante e baúles? 

MlG. Hija, no se burle u?té de la desgrasia. 

MüK. ¿No vi á burlarme, si yeva usté dos botas 

que paresen dos sacos e noche? 

MiG. Pos toavla me están chicas. 



— 9 — 

Mor. Pos hágase usté otras más grandes... )' vaya 

usté tocando un pito por las cayes estrechas. 
¡.Jesús con el hombre, que se pone cabesa 

pa abajo y está techao! (Vase por la izquierda ) 

Ant. |Ja, ja, ja! Se la ha ganao usté güeña. 

MlG. (Volviendo á sentarse á la mesa con Antonio.) ^SO 

ha estao mal rosión. (Beben.) 

Ant. ¿Pero qué será, que mientras más viejo va 

siendo uno, más lo gustan? 

MiG. Que tienen argo de rayo e só, y er só les 

gusta mucho á los viejos. ¿Usté no se ha fi 
jao en los claveles, cuando se están secando, 
que paese como que se estiran en la mata 
pa arrimarse un poquiyo ar só que da serca? 
Pos iguá nos pasa á los hombres. 

Ant. ¡Oiga usté; que yo no me estoy secando 

toavía! 

MiG. Ni es usté un clavé, presisamente. (se ríen ios 

dos. Por la derecha del foro salen DOÑA REPOSC, 
JULIA, LOLA y QUINITO, y se detienen en el primer 
térraiao de la izquierda, despidiéndose.) 

D.fi Rep. ¿Ustedes ze van por ahí, Quinito? 

QuiN Sí, señora; por aquí nos vamos. 

ÍjOla a casa ya. Mamá estará deshecha. 

D.ii Rep. ísozotras zeguimos para el centro. 

Mío. ¿Ha visto usté aquel ramo? 

Ant. Sí que es un ramo. Y er sietemesino es la 
caña. 

Mío. (Tcsiendo con guasa.) ¡^íjem! ¡Ejeml 

Ant. (lo mismo.) ¡Ejeml ¡Ejeml 

Qur-. (Volado.) (Verá usté aqueyos dos...) 

D.a Rep. Vamonos, niña, que están ayí dos tíos del 

pueblo y nos van á pone coloras. 
Lola Sí; que disen muchas barbaridades. 

Julia Ave María, qué suerte tienes tú; á mí nunca 

me disen barbaridades. 
Lola ¿Te párese chica la que te soltó la otra ma - 

ñaña aquel borracho? 
Julia ¡Ah! ¿pero aqueyo era una barbaridad? .. (se 

ríe, y con ella todos, de su candor.) 

J).a Rep. ¡Jozú! ¡JozúI Esta chiquiya es tonta de ca- 
pirote. 
QuiN. ¿Vamos, Lola? 

IjOLa Vamos cuando quieras. 



— 10 — 

QuiN. Doña Reposo, que usté siga bien. 

D.a UeP. Con Dios, QuinitO. (Se tesan las muchachas.) 

MiG. ¡Niñas, niñas, que eso es pan con pan! 

CiuiN. (volviéndose airado.) Verá USté... Verá US>té... 

D.a Rep. No ze comprometa usté, Quinito. Ya zabe- 
mos que zon mu grozeros. 

I /OLA Vente, vente y no hagas caso. 

D.a Rep. Hasta luego, ¿eb? iMuchas expreziones á to- 
dos... Mañaníi ó pazado iré yo por ayí con 

Julia... (Quinito y Lola se van por la izquierda. Doña 
Reposo desde la esquina los despide con el abanico. 
Julia, entre tanto, pasea distraída por delante de Mi 
guel y de Antonio, con las de Caín.) 

Julia (A ver si me disen algo; porque los niños de 

nuestra clase son de lo mas patoso...) 
MiG. ¡Bendiga Dios la aristocracia! 

Ant. ¡Quién tuviera la sangre de otro coló! 

MiG. Madamita, dígame usté: ¿pa qué se tapa 

usté la cara con un mosquitero: pa que no 

le crezcan más las pestañas? 
Ant. Hombre, por Dios, si eso es un veliyo que 

se ponen por mó del aire. 
AIíG. Pos mañana le pongo yo veliyo á un jazmíi» 

que tengo en mi patio. 
Julia (¡Ya quis-iera Quinito que se le ocurrieran 

estas cosas á él!) 

D.a Rep. (Dando una vuelta, sin ver á su hija.) Niña, ¿dón- 
de estás?... ¡Anda adelante, zimple! ¡Jozús, 
qué muchacha! (Bajo.) (¡Buenas indecentes 
habrás escucbao de ezos tíos curdas!.. ) 

MlG. (Levantándose y descubriéndose al paso de las dos.) 

Señora, ¿es usté la mamá de esta niña? 
D.a Rep. (con mal modo.) ¡Zí zeñó! ¿Por qué? 
MiG. Porque se párese er capuyo á la rosa. 

D.a Rep. (cambiando detono, esponjadísiraa ) ¡Ay, qué gra- 
cia de hombre! (La verdá es que á lo mejó 
tienen ocurrencias mu finas...) Buenas tar- 
des... (vase por la derecha con Julia, riéndose 
ambas.) 

iliG. Vayan ustés con Dios. 

Ant. Amigo, esta vez se le ba corrió á usté la ga- 

rrocha. 

M.c. Ya lo eé: pero ¿qué le iba á desí á esa señora: 

que paese un corchón liao pa la mudansa? 



— II — 

[Me gano un enemigo! Mientras que así... 

píe ya por mi salú toas las noches. 
Ant. liso es verdá. 

.MiG. Sobre que es mu cargante tomarla na más 

e por gusto con las mamas. Vamos á vé: si 

no fuera ]>or las mamá?, ¿de dónde iban á 

salí las niñas? 
Ant. ¡Gachó, convense usté á un serrojo! 

MlG. (Mirando de repente hacia la izquierda.) |AsÚCa! 

Hoy eetá la mañana, que se da un tiro er 

que no armuerse, 
Ant. ¿Por quéV 

MiG. Porque estas cosas debilitan y abren la gana. 

¡Miste que niñera viene ahí! 
Ant. ¡Sopla! 

MlG. Ef^O hago yo; sopla. (Sale por la izquierda una NI- 

ÑERA con un NIÑO de tres ó cuatro años, al cual, desde 
la esquina, le echa á rodar una pelota hacia la deie- 
cha del foro. El Niüo corre á cogerla y desaparece. De- 
trás de la Niñera vienen del brazo LOS PAPAS del re- 
toño, ron cara de pocos amigos.) 

NiÑ. Cógela, Restituto, cógela... 

MiG. Oiga upté, arma mín; si mi niñera hubiera 

sío como \ii^té, no sargo 3^) de la infansia ni 

á tres tirones. 
Ant. , Eajo á Miguel.) (¡Gaye usté, que se ha mos- 

queao er papá der niño!) (se van tras ei Niño, 

la Niñera y el Matrimonio.) 

MiG. Le hará tilín también la muchacha. 

Ant. ¿Cómo es posible, con la señora tan guapa 

que yeva ar braso? ¿No ha reparao usté? 

MiG. Sí señó; y no es ningún canasto vasío; pt-iO' 

eso ni quita ni pone.. ¿A usté no le gusta 
más que una mujé solaV 

.\nt. Hombre, una mnjé sola... sí me gusta. 

MiG. Que yo no digo sola con usté; sino sola na 

más. Porque á mí me susede que toas me 
yaman la atensión, pero por peasitos. 

Ant. Explique usté eso de los peasitos. 

MlG. Csté verá á lo que me refiero. A una le digo, 

es un supone: ¡vayan con Dios los ojos asu- 
les, recortaos de aya arriba! Porque los ojos 
¡ion los que me siegan. A otra le digo: ¡ole las 
narises grasiosas! ¡Eso no es una nariz; eso 



es nn suspiro! Porque la nariz es la que me 
parte. A otra: esa boquita paese un beso cui\- 
jao ¿Quié tené compañía ese beso? Porquií 
la boca es la que me china. A otra: ¿pué sa 
berse de qué tela es ese cachito de detrás de 
la oreja, serrana? Porque er condenao cachi- 
to es er que me base porvo. Y de ésta rre 
aturruya er deo meñique, y de aquéya el 
ange con que sarta los charcos, y de la otra 
la manera de anda, y de la otra la manera 
de estarse quieta... Pero toas así; por peasi- 
tos, por insinificansias, por cosas... ¡Señó, 
si yo he estao una vez pa tenderme en la 
vía cuando er tren yegaba, porque me des- 
presió vma sigarrera... que no era guapa, lo 
confieso, pero que tenía un diente de arriba 
eublevao, que era una perdisión!... Por mi 
salú que sí: soy capaz de jurarlo... ¡Místela' 

Ant. (Después de reírse.) ¡Cámara! Tiene usté más 

salías que un trole. 

MiG. A propósito de salías ¿De dónde habrá salió 

aqueya criatura? (^Se refiere á una CHIQUILLA de 
unos trece años, que aparece por la izquierda del foro.) 

Ant. ; También la inf ansia, hombre, también la 

infansia!... 
MiG. ¡Pos ya lo creo! 

Ani. ¿y esa, por qué detaye le gusta á usté? 

MiG. Esa por to: ¿no ve usté que eya entera es 

toavía un detaye? (Llamándola.) Ven acá, chi- 

quiya, ven acá. (La chiquilla lo mira con recelo ) 

Ven acá, no seas tonta... Si yo conozco mu- 
cho á tu padre: ¿no se yama l'epe? 

<'HrQ. Pepe se yama. 

Mío. (A^serté por chiripa. Y es que medio mundo 

se yama Pepe.) Toma una boca. 

Ant. ¿Le va usté á dá una boca con la que eya 

tiene tan bonita? 

(La Chiquilla se acerca á ellos.) 
MiG. ¿No e^ verdá que párese mentira que con 

tan poca edá le hayan cresío tanto los ojo-? 
Ant. Es que los ojos nasieron dos meses antes 

<iue eya: no tiene más remedio. 

1'h Q. ¿Sí, eh? (Retirándose hacia la izquierda.) [Vaya! 

MiG. Chiquiya, cuídate. Harme á mi caso y cuí- 

date. 



~ Í3 - 

Ant. ¿Hasia donde caerá tu casa dentro e sinco 

años? 
Chiq. ¿y pa qué lo quiere usté sabe, sise habrá, 

muerto ya pa entonsee? (Vase por la izquierda. 
Los dos se ríen. Sale por el mismo lado, y se cruza 
con la Chiquilla, á quien le echa una flor, un CHUCHE- 
RO, que se cae de viejo materialmente. Un chochero e& 
un vendedor de avellanas, cotufas y altramuces.) 

Cho. ¡Vivan los caramelos de la confituria! ¿Te 

qiiiés vení en er canasto como un durse? 
Mío. ¡Agüelo! 

•nnt. ¡Agüelo! 

MiG. ¡Agüelo, que usté ya no está f>a esns bromasí 

Cho. (Yendo hacia la derecha, muy despacito. ) ¿Lstés qué 

haben? Genio y figura... 
MiG. (Riéndose.) ;Ay, qué grasioso! 

Ant. (lo mismo.) ¡Dise que no sabemos!... 

MiG. ¡Adiós, don Migué de Manara!. . 

Cho. Reírse... rf irse . que ñ se pudiera averigua 

cómo anda ca uno... En estos negosios en 

gaña mucho la facha... Y á mí no me hau 

dao toa\ía la arsoluta... 
MiG. ¡Ole los hombres! 

Cho. ¡Ole!... (vase pregonando.) ¡Chochos! ¡Chochos 

Salaos! ¡Er chochero! (ios otros se ríen. Por la iz- 
quierda del foro ha aparecido mientras, de espaldas, una. 
MUJER de buena figura (una de tantas), con pañuelo de- 
talle y flores en el pelo. Mira hacia arriba, como si es- 
perase a alguien que debiera asomarse á un balcón, j 
MlG. (Fijándose en eUa y levantándose ) ¡UhavÓ! ¡Repiíre 

usté qué cuerpo! 
Ant. (i o mism:>.) ,OIe! En cuanto pase por aquí, me 

descubro. 
Mío. ¡y que no sabe recogerse la farda! 

Ant. ¿Oon qué la yeva prendía, con un broche e 

briyantes? 
MiG. Hombre, no; si es la mano... ¡Vaya una 

mu jé!... ¡Miste que si eya fuese una parme- 

ra de la Plasa Nueva y yo otra!... 
Ant. ¿Qué ocurría? 

MiG. ¡Qué iba á tené que dormirse er guarda! 

Ant. ¿y á quién esperará? Porque se eonose que 

espera á arguien. 

AIlG Vamos á meternos con eva. (Se acercan amba* 



~ u - 

á la Mujer, la ciml, á la primera frase que le dirigen, 
vuelve con mal modo la cara— que es de un feo de lo 
más subido,— hace un moliíu de disgristo y se va presu- 
rosa por la derecha.) 

Ant. Niña: usté no ha nasio pa espera; sino pa 

que la esperen. 

MlG. (ai verle la cara.) ¡JoSÚ! 

A NT. ¡Ave María Furisinja! 

Ei-LA ¡Mal ángel 

MiG. (Valiente castaña, cámara! (Gritándole.) [Hij.-i! 

jNose ponga usté nunca de frente donde 

bien la quieran! 
Ant. Compadre, yo no he visto na como eso. 

MiG. Yo en Caí nava, sí. 

Ant. Nos ha echao. 

xMiG. Sí, sí; vamonos á otra parte. (Toca las palmas y 

sale como por resorte el NIÑO do la taberna.) ¿Est;t- 

bas ahí debajo, gachó? Torna. 
Niño Grasias. (se va.) 

Ani. Tiraremos por ayí, no nos vayamos á en- 

contrá á esa fea. (Furioso ) ¿Pa qué habrá 

feas? 
MiG. ¿Ve usté? Ya eso no está bien dicho. Lo feo 

tiene que ersisti pa que lo bonito resarte. 

(De pronto, con explosión de júhilo y de entusiasmo, 
mirando á la izquierda.) ¡Ole! jAhora SÍ que Se 

acabó er carbón! ¡Viva lo bueno! ¡Quítese 

usté er sombrero y la chaqueta y liasta loé 

pantalones, si no ettá re?f riao! 
Ant. ¿Pero ha perdió usté la cabesa, señó? 

MiG. ¿Y se figura usté que no hay motivo? ¡Va 

usté á vé una cosa que no es de este mundo! 
Ant. ¿En dónde? 

MlG. (cogiendo en brazos y besando a una NIÑA de cuatro 

ó cinco años que sale á tiempo por la izquierda, y que 
os una preciosidad efectivamente.) ¡Aquí, SO gua- 

són! ¡l3iga usté que aponderol ¡Fíjese usté en 
eya.. y tire usté los ojos, que ya no van á 
servirle pa na! 

Ant. Pero ¿es de usté? 

MiG. Sí, señó. Mía y de mi señora. Ayí viene eya. 

Ant. (con gran asombro.) Pei'o ¿usté es casao? 

MiG. ¡áí señó! ¡Y hasta mi mujé me entusiasma! 

Ant. ¡y á mil 



— lo - 

MiG. ¿Cómo? 

A NT. I Y á mí la mía! 

MiG. (lo mismo «me Antonio.) ¡Ah! ¿de mo que iisté 

también está en er gremio"? 

Ant. ¡También! ¡Y que tengo ua pimpoyo de 

este arto, que lo echo á reñí con ese de usté 
en cuanto cumplan los quinse! 

MiG. ¡Se aserta er desafío! 

Ant. Pos que haya salú de aquí á entonses. 

MiG. Y que nos coja á los dos... chispa má- ó me- 

nos, como ahora. 

(ai público.) 

Yo no sé si aplaudirás, 
pero si poco te cuesta... 
que peraonen las demás, 
y dale un aplauso á ésta, 
que es la que me gusta má.-. 



FIM 



Madrid, Febrero l'J02 



Advertencia importante. — Las Empresas que pongan 
en escena este entremés pagarán por derechos de pro- 
piedad de cada representación, la mitad de los corres- 
pondientes á una pieza en un acto. 



OB^RS CE IiOS MISIVIOS flÜTOtíES 



Esgrima y amor, juguete cómico. 

Belén, 12, prÍ7icipal, juguete cómico. 

Giliío, juguete cómico lírico. 

La media naranja, juguete cómico. 

El fío de la /lauta, juguete cómico. 

El ojito derecho, entremés. (2.'^ edición.") 

La reja, comedia en un acto. {2.^ edición.) 

La buena sombra, sainete en tres cuadros. (4.»' edición.) 

El peregrino, zarzuela cómica en un acto. 

La vida intima, comedia en dos actos. (2.a edición ) 

Los borrachos, sainete en cuatro cuadros. 

E. I chiquillo, entremés, {■^t'^ edición.) 

Las casas de cartón, juguete cómico. 

FJ traje de luces, sainete en tres cuadros. 

El patio, comedia en dos actos. (2.*'^ edición.) 

El motete, entremés con música. 

El estreno, zarzuela cómica en tres cuadros. 

Los Galeotes, comedia en cuatro actos. (2 a edición.) 

La pena, drama en dos cuadros. 

La azotea, comedia en un acto. 

El género ínfimo, pasillo con música. 

El nido, comedia en dos actos. 

Las flores, comedia en tres actos. 

Los piropos, entremés. 



SEIIAFÍN I JOAIJUIN ÁLVAREZ IJUINTERO 



EL FLECHAZO 



ENTREMÉS 



-^^^ 




Is^ -A. ID I^ I ID 

bOCIKDAD DE AUTORES ESPAÑOLES 

Salón del Prado, 14, hotel 

1302 



K.Fahra Herrero 



JEír^ JF^XvEÍOMA^O 



Esta obra es propiedad de sus autores y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla 
en España ni en los paises con los cuales so hayan 
celebrado ó se celebren en adelante tratados interna- 
cionales de propiedad literaria. 

Los autores se reservan el derfcho de traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad 
de Autores Españoles son los encargados exclusivamente 
de conceder ó negar el permiso de representación y 
del cobro de los derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



EL FLFXHAZO 



E>íXRENIES 



DB 



serafín X JOAQUÍN ALVAREZ QUINTERO 



Estrenado en el TEATRO LARA el 12 de Marzo de 1902 



■*- 




MADRID 

«. TKLÁ8CO. IMP., MARQUltS DB SANTA AVA, 11 DOP.* 

TtU/oHO Húmero ¡Jt 

lf»U« 



cfl nieves Suárez 



Te dio el Seilor, lijidisiiiia criatura^ 
sin tasa, cortapisa ó regateo, 
rostro y talle reñidos con lo feo, 
talento, corazón, gracia y finura. 

Bríllas, á fuer de Nieves, en la altura, 
de quien te escucha y ve para recreo, 
y engendras, á medida del deseo, 
la alegría, el dolor ó la ternura. 

El drama, la comedia y el saínete 
vencen cuando contigo van del brazo, 
pues tu presencia al público somete. 

Flechazo das á todos, y no hay lazo, 
ni cepo, ni cadena que sujete 
la ajena voluntad como un flechazo. 



REPARTO 



PERSONAJES ACTORES 

MILAGRITOS Srta. Suárez. 

PEPE Sr. Santiago, 



.^^f^í^J^ 



II M II II II II II 'I II II .i II II II II II •! II II II ii ii II 'I II II II II II II II II II II iinf 



e;i, flechado 



Habitaeión de gente del pueblo bien acomodada, en Sevilla. Puerta 
á la izquierda del actor. Balcón al foro, que se supone que da al 
patio de la casa. Es de día. 



MILAGRITOS, después PEPE 

Mil. (saliendo.) ¡Jesús! ¡Quémareodeboda!...Está la 

casa entera en revolusión... ¡Ay!... Aquí que 
no hay nadie, aquí me escondo. Yo ya no 
bailo más, aunque me den cuerda, (se sienta 
fatigada.) ¡Lo que agrádese er cuerpo una sen- 
taita después de tanto movimiento!... Si es 
no para... Que beba usté esta caña, que tome 
usté este durse, que cante usté, que baile 
usté, que seguidiyas, que peteneras, que 
tango... ¡Jesús! No sé como tiene una cuerpo. 
Y luego sin conosé á la mita e la gente 
que ha venío... Los hombres que hay son 
casi ios más gansos... ¡Ciiidao que le han 
dicho ar novio unas cosas... que si una pu- 
diera enterarse, se ponía colora!... (se levanta 

y se asoma al balcón.) ¡Digo! ¡CÓmO está er patio! 

Párese un hormiguero. ¡Qué jaleo! ¡qué bu- 
ya!... Y hay quien se ha puesto ya de vino 
hasta loe bujeritos de las orejas. Como le 
den un empujón, se sale. 

Pepe (Liega á la habitación buscando refugio, como Mila- 

gritos. Al principio no la ve á ella, que sigue asomada 

al balcón.) ¡Compadre! ¡qué tabarra de boda!... 



Está la casa que paese una fonda en día de 
feria. Aquí que no hay gente, aquí me 
cuelo. Yo ya no hago más na, como no me 
hinotisen y me lo manden, (se sienta.) Estoy 
doblao. Señó, si es no para... Que beba usté, 
que toque usté, que cante usté... ¡Compa- 
dre! Y luego sin conosé á la mita e la gente 
que ha venío, que es lo más malo. Y miste 
que yo le doy conversasión á una puerta; 
pero, cámara, hay en er patio diez ó dose 
niñas que se la dan de cúrsilés, que no pueo 
resistirlas más tiempo. ¡Bendito sea Dios! 
iqué barata está la asaura!... Digo, ¿eh? ¡Er 
jerviero que hay armao!... (se levanta para ir ai 

balcón y al ver á Milagrítos se detiene.) ¡Hombrt! 

¿Qué es esto? No estaba yo solo. ¿Quién será 
esta mosita? La hermana der novio no es... 
Sea quien sea... está bien remata, porque 
Dios quiere. ¡Cuidao si tiene un cuerpo bo- 
nito!... Como la cara haga juego con é, y ha- 
ble... y no sea gangosa, ¡vaya canelal... (vuél- 
vese hacia dentro Milagritos. Pepe al verla de frente 

dice para sí:) (¡Pos la Cara hase juego!) Güeñas 
tardes. 

Mil. Güeñas tardes. 

Peí-k (¡y no es gangosa, cámara!) 

Mil. (¿Es el hermano e la novia éste?... Me pae- 

se que no.) (Se sienta á la derecha. Pepe la mira en- 
cantado, sin hablar. Ella lo mira dos ó tres veces, sor- 
prendida de que él se fije tanto. Pausa larga.) (Gáste- 
la no es tampoco.) 

Pepe (¡Compadre, qué completa es! ¡No se queó 

un detaye en er tintero! Hasta esa miji- 
ya e sombra en er labio de arriba entra en 

mis Cárculos.) (Se va hacia el otro lado á mirarla y 
da una vuelta completa en torno suyo. Milagritos no 
le quita ojo.) 

Mil. (¿Será retratista este hombre? (Nueva pausa.) 

Na: no chista. ¿A que no sabe desí más que 
«güeñas tardes?») 

Pepe (Por las cuatro caras... ¡plus urtra!) ¿Estorbo, 

morena?... 

Mil. Atolondra me tiene usté con la conversa- 

sión. 



— 9 — 

Pepe Hija mía, es que delante de usté se le corta 

el habla á un fonógrafo. 
Mil. ¿Asusto, quisáe? 

Pepe Como asusta la Girarda á los ingleses: ¡por 

presiosa! 

Mil. (señalándose picarescamente el ojo derecho con el dedo 

índice de la misma mano.) ¡Mírame CSte OJo! 

Pepe ¿Qué ha dicho usté? 

Mil. ¿También tardo de oído? ¡Pos vaya una gan- 

ga pa una vieja! 

Pepe ¿Eso es lo que me destina usté á mi? ¿Una 

vieja? 

Mil. Hombre, es usté mudo, es usté sordo... ¿Qué 

va usté á hasé con una mosita? 

Pepe ¿Usté no sabe que los sordo- mudos habla- 

mos con las manos? ¡Pos con las manos no.s 
entenderíamos la ínosita y yo! 

Mil. Miá qué picaro. 

Pepe (¡Vaya si tiene labia la chiquiya!) (Refiriéndose 

á una silla que hay cerca de la que ocupa Milagritos.) 

Diga usté, joven: ¿esta siya está arqui á, 
como la de Don Juan Tinoriof 

Mil. No señó. 

Pepe ¿Pueo sentarme? 

Mil. Eso, usté lo sabrá. 

Pepe (sentándose.) Pos mistc si lo sé. Y que me vov 

a yevá aquí hasta que anochezca, mirándola 
á usté fijo sin pestañea. 

Mil. Se le van á sarta á usté las lágrimas. 

Pepe Como no se me sarte er chaleco, de los la- 

tios... 

Mil. ¡Jesús! ¿pero qué yeva usté ahí? ¿Un aur- 

tomóvi? 

Pepe Un corasón que está deseando queré á al- 

guien... y que arguien lo quiera. 

Mil. ¿Tan sólito está usté en er mundo? 

Pepe Más solo estoy... y más aburrió que un ter- 

mómetro de barcón. 

Mil. Pos consuélese usté conmigo. 

Pepe ¿Usté no tiene padre, mi arma? 

Mil. Ño señó. 

Pepe ¿Ni madre? 

Mil. Ni madre tampoco. 

Pepí ¿Ni...? 



— ÍO — 
Mil. No señó. 

Pepe (creyendo que no lo ha entendido.) ¿Ni...? 

Mil. Ni, ni... ¿Cómo se van á, desí las cosas? (Es 

simpático.) 
Pepe (Eh simpática.) ¿Y no le da á usté mieo de 

viví tan sola? 
Mil. Desde ios sinco años vivo así... con que ya 

he tenío tiempo de acostumbrarme. ¿Y usté? 
Pepe Poco más ó menos, iguá. A los siete años 

no m3 queaba más familia que un herma- 

niyo chico. 
Mil. Una hermaniya chica tengo yo también... 

Miste por dónde nos paresemos. 
Pepe ¿Usté es sigarrera? 

Mil. No señó. Sigarrera fué mi madre. 

Pepe ¡Y la mía! 

Mil. Otra considensia. ¿Y usté, qué es? 

Pepe Tonelero. ¿Y usté'? 

Mil Yo estoy en la Cartuja. 

Pepe ¿Sí? ¡En cartujo vi yo á para como usté no 

me quiera! 
Mil. ¡Mírame este ojo! 

Pepe ¿Sabe usté que tiene guasa ese timito? ¡Mí- 

rame este ojo! Está bien. (Milagritos se ríe.) 

¿Cómo se yama usté, morena? 

Mil. Milagros. 

i*EPE ¡Huy, Milagros! Milagros hará usté con la 

cara. Yo me yamo Pepe. 

Mil. Cara de Pepe tiene usté. 

Pepe ¿Y sabe usté, Milagros, que por to esto que 

estamos disiendo, se me figura que de usté 
á mí se ha establesío ya ese cordelito doble 
que ponen los chiquiyos de barcón á bar- 
cón pa mandarse cosas? 

Mil. ¡Ave María, qué pronto! Yo no tengo na que 

mandarle á usté. 

Pepe Será porque quiera usté á otro afortunao. 

Mil. (con viveza.) Eso SÍ quc no. 

i'EPE o porque lo recuerde toavía. 

Mil. Menos. En cambio usté... sabe Dios las no- 

vias... 

Pepe Se equivoca usté, Milagritos: forma de ve- 

ras. 

Mil. ¿No ha querío usté á ninguna mujé? 



— II — 

Pepe A ninguna. (Se miran fijamente en silencio. El, de 

pronto, encaminándose hacia la puerta, dice:) AgUar- 

<ie usté, que creo qne reparan en nosotros. 
Mil. Sí, que hay gente pa to. 

(Pepe se acerca á la puerta y mira al interior. Milagros 
se vuelve de espaldas á él. Simultáneamente, él se quita, 
y se gTiarda con disimulo un dije con un retrato que 
lleva en la cadena del reló, y ella un imperdible cou 
otro retrato, que lleva en el pecho.) 
Pepe (volviendo junto á Milagritos, con naturalidad.) PoS 

ya le digo á usté: á ninguna. 

Mil. y yo á ninguno: ya le digo á usté. 

PepE ¿Y no cree usté que era cosa de varia de 

vía? 

Mil. ¿y quién se fía de ningún hombre? 

Pepe Hija, no tos los hombres son iguales; y á mí, 

aunque esté mar que yo lo diga, me han 
hecho de la masa de las frituras de papas, 
que ya sabe usté que te comen con asúca 
y están mu güeñas. 

Mil Si; pero, ¿y la asúca? 

Pepe ¡La a^^úca es usté, corasón! 

Mil. ¡Mírame este ojo! 

Pepe ¡Y dale! Lo que yo le miro á usté es toa la 

Cira, que si la ve Moriyo antes de morirse... 
lo deja pa otro día. ¡Bendita sea la hora en 
que me entré por esa puerta, serrana; porque 
esta tarde sale de aquí una de esas coi«as 
que luego dan envidia á to er mundo, y que 
agrádese DiosI 

Mil. (No es guapo, pero es limpio. Y, sobre to: 

me jase tipitín.) 

Pepe Contésteme usté argo: dígame usté siquie- 

ra, por su salú, que no le parezco yo ningún 
bicho. 

Mil. Hombre, si me paresiera usté un bicho, ya 

lo habría matao con er pie... 

Pepe Entiéndame usté bien, y no me venga con 

salías. ¿Le importo yo á usté arguna cosa? 

Mil. Pero, hijo mío, ¿cómo va usté á importarme 

ni tanto así, si no hase diez minutos...? (cor- 
tando de improviso la frase, y cogiendo por los extre- 
mos un pelo largo que lleva Pepe en una manga.) ¿De 

quién es este pelo? 



— 12 - 

Pepe ¿^"^ pelo? 

Mil. Este. 

Pfpe ]Camará! |qué vista tiene usté, Milagrítos!... 

Mil. y usté ¡qué cara pone! 

Pepe Porque me extraña que sea rubio pintao. No 

sé de quién es. 

Mil. Asi andan ustés siencpre... Pa que una les 

haga caso y se meta en quererlos... 

Pepe ¡Yo le juro á usté que e^e pelo no tiene na 

que vé con mi corasón ni con er cordelito 
de los barcones! ¡Que me parta un rayo si 
he querío nunca á ninguna mujé como á 
usté la quiero! Diez minutos hase na má^ 
que tuve la suerte de encontrarla, y me pac- 
se ya que nos conoseraos desde chicos. 

Mil. jOle! Eso ha salió de adentro. 

Pepe ¡Como to lo que le estoy disiendo á usté, 

gloria mía! Pa que usté se convenga de li 
verdá: miste mi cartera. Un retrato de mujé 
yevo: er de mi madre. 

Mil. Si, ¿eh? ¿A que no me deja usté que yo la 

registre? 

Pepe (Dándosela ) ¿A qUC SÍ? 

Mji . (Arrepentida do la proposición al ver tan decidido á 

Pepe.) Ya no la registro. 
Pepl Ahora soy yo er que quiere, ¡ea! 

Mil. (Riéndose.) Pos miste, varaos á entretenernos. 

Y cuidao que yo no soy curiosa, (se sientan. 

Milagritos principia á registrar la cartera de Pepe y va 
sacando de ella todo lo que .se nombra en el diálogo.) 

¿Qué es esto? 

Pepe ¿No lo ve usté? Un biyete e toros. De una 

corría en que estuvo er Bombita chico pa co- 
mérselo. Lo vi á pone en un marco. 

Mil. ¿Se dejará é? 

Pepe Si es ar biyete, niña. 

Mil. Esto es un désimo. ¿De cuándo? 

Pepe De la que se juega mañana. 

Mil. Pos que haya suerte. 

Pepe Dele usté un beso y toca. 

Mil (Besando el décimo.) Ya eStá. 

Pepe hJn la luna de mié nos gastamos er prpmio. 

Mil. ¡Ay, qué grasial En la luna de mié... — ¿Yeva 

usté aquí er siete de oros? 



- 18 — 

Pkpe Ya lo creo. Me lo encentré en la caye. Y eeo 

da güeña sombra. Creo que esta tarde no 

Uie pueo queja de la mía. (De repente, con te- 
mor y vergüenza.) ¡Déme usté ese papel 

Mir.. ¿Qué tiene? 

Pepe Que no quieo yo que usté lo mire. 

Mil ¡Vaya una confiansa!... 

Pepe J..e arvierto á usté que no es na malo. (¡Mar- 

dita sea!) 

Mil. Pos yo quiero verlo. 

Pkpe ¡No! 

Mil. (Devolviéndoselo todo.) Ah, güeno, hijo: no se 

enfade usté. Tome usté toas sus cosas. 

Pepe (sin tomar nada.) A CSC presio... mire usté er 

papelito sien veses. 

Mil. ¿Si ó no? 

Pepe ¡Que sí; que sí! 

Mil. (Desdobla el papel y lee.) «La confiaDsa mutua. 

Préstamos > 

Pepe La capa. 

Mil. (Riéndose.) ¡Vaya por Dios, y qué vergüensa 

le he hecho á usté pasa! 

Pepe Como estamos en verano... y es güeña pren- 

da... y yo no tengo ropero en condisiones... 
y ayí me la cuidan con mucho arcanfó... 
¿sabe usté? Por eso. Luego la saco er pri- 
mer día de frío... y no se me aserca un perro 
que no estornude. 

Mil. (Dándole la cartera y riéndose.) Tome USté, que pa 

broma ya basta. 

(Se levantan los dos.) 

Pepk ;.Está usté tonvensía de que yo no miento? 

Mil. Un poquiyo. 

Pkpe ¿Y no me dise usté na? 

Mil. Na. 

Pepe ¿Pero na, na? 

Mil Na, na. 

Pepe ¿Na, na, na? (Uilagritos suelta la risa. Pepe le dice 

remedándola y aprovechándose de la ocasión.) ¡Míra- 
me este ojo! (Se ríen ambos y se miran riéndose, sin 
poder reprimirse, con esa risa propia de los momentos 
de profunda alegría, algo infantil y candorosa.) Part- 

semos tontos. 
Mil. Pos usté no lo es. (sigue la risa.) Pero ¿de qué 

nos reímos? 



— i4 ~ 

Pepe ¿De qué va á sé? ¡De que nos queremos! 

Mil. ¿De que nos queremos? 

Pepe ¡Naturarmente! ¿No me quieres tú á mí? 

Mil. ¡Así; viva la franquesa: tú por tú! 

Pepe ¡No, que te voy á habla de usté! ¿No me 

quieres tú á mí? Porque lo que es yo á ti, te 
quiero más que á nadie. ¡Ea! ¡Se acabó! 

¡Vaya la última prueba! (Le enseña cl dije que 
se quitó de la cadena.) Mira. 

Mil. (con gran curiosidad.) ¿Quiéu es esta? 

Pepe Una novia que he tenío hasta esta tarde á 

las tres y cuarto. 

Mil. üJs feita, oye. Te lo digo porque ya pasó. 

Pepe ¿La has visto abajo tú? 

Mil. Sí: ¿no es una mu rubia mu rubia?... 

Pepe Con er pelo mu risao mu risao... 

Mil. La misma. Quiera Dios que no se me pre- 

sente nunca á la hora de come. Y aya va, 

COnfianSa por COnfiansa. (Lc enseña el imper- 
dible.) 

Pepe ¿Quién es este tío? 

Mil. Un novio que va á yevá la boleta á las ocho 

en punto. 

Pepe ¿Por mí? 

M-l. ¡Por tí! 

Pepe ¡Ole! Yo estaba ya de mi novia hasta la co- 

roniya. 

Mil. y yo de éste hasta er moño. 

Pepe Hate cargo que entré en relasiones con e3^a 

como cuando voy á pelarme: á la fuersa... y 
después de pensarlo mucho. 

Mil. Pos iguá me pasó á mi con é. Se empeñó en 

quererme, y le dije que sí, como quien dise: 
¡Vaya! Está yoviendo. No hay más remedio 
que quedarse en casa. 

Pepe Me paese que anda por abajo, como la otra. 

Mil. Por abajo anda. Por eso ando yo por aquí 

arriba. 

Pepe ¿Es uno también mu rubito... verdá? 

Mil. Mu rubito también; y con er pelo risao ri- 

sao; de un risao mu menúo... como esos ar- 
bolitos de madera de los juguetes. 

Pepe (Riéndose.) ¿Pos sabes una cosa? Que yo le vi 

á desí á mi novia que peleo con eya por- 
que tengo selos de ese hombre. 



— 15 — 

Mil. Superió. Y yo á mi novio que lo dejo por- 

que teneo selos de esa mujé. 

Pepe ¡A vé si se arreglan los dos! 

Mil. ¡y vaya una pareja rubia... y risa! Si tienen 

niños van á sé virutas. 

Pepe ¡Y nosotros á querernos! 

Mil, [A querernos! Ésto ha sío un flechaso. 

Pepe Y con flechaso es como salen bien las cosas 

der cariño. (Se acerca á ella como para besarla.) 

^,No es verdá? 
Mil. Quietesito, tú. 

Pepe Mujé, no hay trato forma que no se seye. 

Mil. Es que aqní no hay seyo. 

F*EPE (señalándose los labios.) Lo pOUgO yO. 

Mil. (señalándose los suyos.) Güeuo, pero yo no doy 

er lacre. 
Pepe Eso es hoy: ya hablaremos mañana. 

Mil. ^,Mañana?... ¡Mírame este ojo! 

(ai público.) 

Muchachitas casaderas: 
á los hombres no hagáis caso 
si andan con dudas y esperas... 
que pa que vengan de veras 
s'ha menester el flechaso. 



FIN 



Madrid, Marzo 1902. 



Advertencia importante. — Las Empresas que pongan 
en escena este entremés pagarán por derecnos de pro- 
piedad de cada representación, la mitad de los corres- 
pondientes á una pieza en un acto. 



OBlíflS DE IiOS mspS flÜTOl?ES 



Esgrima y amor, juguete cómico. 

Belén, 12, principal, juguete cómico, 

Gilito, juguete cómico-lírico. 

La media naranja, juguete cómico. 

Kl tío de la flauta, juguete cómico. 

El ojito derecho, entremés. (2.a edición.) 

La reja, comedia en un acto. (2.a edición.) 

La buena sombra, sainete en tres cuadros. (4 a edición.) 

El peregrino, zarzuela cómica en un acto. 

La vida íntima, comedia en dos actos. (2.a edición.) 

Los borrachos, sainete en cuatro cuadros. (2.a edición.) 

El chiquillo, entremés. (3.a edición.) 

Las casas de cartón, juguete cómico. 

El traje de luces, sainete en tres cuadros. 

El patio, comedia en dos actos. (2.» edición.) 

El motete, entremés con música. 

El estreno, zarzuela cómica en tres cuadros. 

Los Galeotes, comedia en cuatro actos. (2.a edición.) 

La pena, drama en dos cuadros. 

La azotea, comedia en un acto. 

El género ínfimo, pasillo con música. 

El nido, comedia en dos actos. 

Las flores, comedia en tres actos. 

Los piropos, entremés. 

El flechazo, entremés. 



SEIIAFÍN 1 JOAQUÍN ÁLVAREZ PSTERO 



EL ilWR EN EL TEHTBO 



CAPKICKO iJIKRARlO 



^. 



^-«i^^íH^' 



■4. 




2v¿E j^lDTlX^) 

SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES 

Salón del Prado, 14, hotel 



tf-íMraff,rrero 



EL AMOR EN EL TEATRO 



Esta obra es propiedad de sus autores y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla 
en España ni en los países con los cuales so hayan 
celebrado ó se celebren en adelante tratados interna- 
cionales de propiedad literaria. 

Los autores se reservan el derecho de traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad 
de Autores Españoles son los encargados exclusivamen- 
te de conceder ó negar el permiso de representación 
y del cobro de los derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca4a ley. 



El AMOR EN El TEATRO 



CAPRICHO LITERARIO 



EN CINCO CUADROS, PROLOGO Y EPÍLOGO 



SERAFÍN , JOAQUÍN ÁLVAREZ QUINTERO 



Estrenado en el TEATRO DE NOVEDADES de Barcelona 
el 26 de Junio de 1902 



* 




MADRID 

B. TELiSCO, IlfP., MARQUÉS DK SiNTl ANA, 11 OOP. 

Teléfono námero 661 



REPARTO 



PERSONAJES 



ACTORES 



1*R0L.0«0 Y EPII^OCiO 

ELAUTOE.. Br. Valles. 

CUADRO PKIMKKO 

DOÑA VIOLANTE Ska. Pino, 

INÉS Skta. Colorado. 

DON GAECÍA Sr. Mobano. 

OAEACOL Mendkiuchía. 

CUADRO ,%EOUNÍDO 

LEOCADIA Sra. Eodrígukz, 

PABLO Sr. Tallaví. 

CUADRO T£RCERO 

EEYES Sra. Pino. 

CÁELOS Sr. Morano. 

DON LINO Eunio. 

MANUEL LÓPKZ Alokso 

CUADRO CUARTO 

EOSA Srta. Cátala. 

EL PECAS Sr. Mora. 

CINTUEITA CHICO Mata. 

EL PULMONES Sepúlveda. 

TABEENEEO Gonzalvlz;. 

CUADRO QUIHíTO 

FILADELFA Srta. Bremón. 

BASILIA Sra. García. 

DON PANTALEÓN Sr. Eubio. 

AMANDINO Mendiguciiía. 

EL DOCTOE. LÓPEZ Alonso. 



Í^^A^Í^^iS!» 



EL AMOR EN EL TEATRO 



PROLOGO 

EL AUTOR 

Inmetliatamenlo detrás del telón aparece la embocadura de un teatro, 
con Irjosa cortina abierta por la mitad, que se pliega á los lados 
Kn la parte superior de la embocadura hay uu gran letrero que 
dice: Teatro nacional'. 

(Sale por la derecha el AUTOR, de americana y gabán de entretiem- 
po, se dirige al público y le dice de buenas á primeras lo que sigue:) 

Dueño y señor de ingenios y de actores: 
perdona si á tu vista me presento 
á implorar tu indulgencia y tus favores 
con todo el natural comedimiento. 
Es vieja tradición de los autores 
solicitarlos al final del cuento; 
pero yo, salvo error y salvo ripio, 
hallo mejor pedirlos al principio. 

No quieras ver en esta mi salida, 
que acaso te parezca extravagancia, 
ni ciega vanidad mal contenida, 
ni menos altivez ó petulancia. 
Soy humilde, como alma bien nacido, 
sé que ante ti se postra la arrogancia, 
. y si tengo este arranque extraordinario, 
es porque se me antoja necesario. 



— 8 — 

Voy un momento á departir contigo 
como Autor de la obrilla que se estrena, 
y en la que sólo á reflejar me obligo 
las fases del amor en nuestra escena. 
Tú me dirás de cómo lo consigo; 
yo te diré que mi intención es buena, 
y que no hay en los cuadros del conjunto 
más enlace que el fondo del asunto. 



En la comedia clásica, legado 
de Lope y Calderón, Tirso y Moreto, 
pinto el amor galante y exaltado, 
hondo al sentir y en el decir discreto. 
Y después que esa gloria del pasado 
evoco por deber y con respeto, 
al drama, á la comedia y al saínete 
salto sin más, y acabo en el juguete. 



Y en el drama, brutal hasta el espanto 
pinto el amor; frenético y salvaje; 
incapaz de flaquezas ante el llanto, 
incapaz de perdón ante el ultraje; 
en la comedia, con el dulce encanto 
de lo alegre y lo tierno en maridaje; 
en el saínete, cómico y chulesco, 
y en el juguete, candido y grotesco. 



Cinco invenciones de mi pobre vena, 
que pretende rendirle en su locura 
pleito homenaje á la española escena, 
en que el amor es principal figura. 
Vuelvo á decir que mi intención es buena; 
que acato tu sentencia, blanda ó dura; 
óyeme bien, puesto que á ti me entrego... 
y ya vendré por la respuesta luego. 

(Vase el hombre por la izquierda más muerto que 
vivo.) 



- 9 - 

CUADRO PRIMERO 

Teatro clásico. — Amor tiratio 

El letrero de la embocadura se trueca por arte de masía ó do birMlñr- 
loque, por el del titulo de este cuadro. La misma variación se vcri- 
ñcará en los sucesivos. 

Descórrese la cortina. ¥.1 escenario representa una calle de Madrid en 
el siglo XVII.— Telón corto.— Es de noche. 

ESCENA PRIMERA 

DON GARCÍA y CARACOL 

(Salen por la izquierda.) 

Car. ¿Qué te acontece, señor, 

que en toda ocasión te hallo, 

sin que yo sepa evitallo, 

tan triste y de tal humor? 

¿Dióte acaso algún dolor 

que asi envenena tus horas? 

¿Huyó la dama que adoras? 

¿Te hirió de nuevo CupidoV 

Dímelo, que estoy transido 

de no saber por qué lloras 
D. Gar Caracol, á preguntar 

me vienes el mal que paso, 

cuando ya repleto el vaso 

íbatelo yo á contar. 
Car ¿Pues á qué ha sido el callar 

hasta aquí? 
D. Gar. Porque pensaba 

que mientras mi mal callaba 

pudiera ser ilusión; 

y haciendo de él confesión 

por cierto lo confirmaba. 

Pero ya que sé que es cierto, 

porque vivir no me deja, 



— 10 — 

escucha lo que me aqueja 
y tuve tan encubierte. 
No he comenzado, y ya advierto 
que anduve torpe en callar, 
que quien tiene algún pesar 
halla su alivio en contallo; 
pues yo sólo de intentallo 
ya me comienzo á aliviar. 

Car. Hablan: e, pues. 

D. Gak. Quiso el cielo, 

que entre claros arreboles, 
un día el sol de los soles 
en gloria trocara el suelo. 

Car. ¿Es doña Sol tu desvelo? 

D. Gar. No, sino su hermana bella. 

Car. ¿Doña Estrella? 

D. Gar. ¿Quién á ella 

se compara, Caracol? 
Agora Estrella es el sol, 
y Sol es no más que estrella. 
Sol en cuya luz aleve 
abrásame el niño ciego; 
sol de apariencias de fuego 
pero de entrañas de nieve. 
Sol que hará mi vida breve, 
sol que en sombras me ha sumitlo, 
funesto sol, que ha traído 
á mi pecho el desencanto, 
á mis pupilas el llanto, 
la locura á mi sentido. 
No vive en él otra idea 
que cortejalla y servilla, 
interesalla y rendilla 
á este amor que la desea. 
También don Félix .=e emplea 
en conquistar sus anhelos; 
y esto aumenta mis desvelos 
y mi mal hace mayor, 
pues cuando muero de amor 
resucitan me los celos. 
En vano de sus rigores 
vencer quiero la porfía: 
á mi fuego es nieve fría, 
roca dura á mis clamores. 



- 11 - 

desdeñosa á mis favores, 

á mi constancia, inconstante, 

á mi humildad, arrogante, 

á mis finezas, esquiva, 

á mis súplicas, altiva, 

y á mi ternura, diamante. 
Car, ¿Amores y de los finos 

otra vez? Mira, señor, 

que no hay locura peor 

que andar por tales caminos. 

¿No ves que son desatinos? 

Si agora ese sol te daña, 

¿qué fué de Circe la huraña? 

¿qué de la rubia Azucena? 

¿qué de Leonor la morena? 

¿qué de Filis la castaña? 
D. Gar. ¡Ay, Caracol! Este daño 

vence á todos .. 
Car ¿No es chistosa 

condición"? ¿No es brava cosa 

que estés asi todo el año? 

Recuerda lances de antaño... 

D.a ViOL. (Dando voces dentro.) 

¡Favorl ¡Acudid! .. 
D. Gar . ¿Quién llama"? 

D.a VioL. ¡Valedme! 
Car. Voz es de dama. 

D. Gar . Pues mete mano al acero 

y vamos ya. 
Car. Tú primero. 

(¡Quién estuviera en la cama!) 

(Sacan las espadas y desaparecen por la derecha di-I 
actor. Oyese dentro poco después chocar de aceros en 
viva lucha.) 



ESCENA II 

DOÑA VIOLANTE, INÉS, DON GARCÍA y CARACOL 
(Sal«n por la derecha. Doña Violante é Inés con mantos.) 

D a Vioi,. Inés, muerta voy. 
D. Gar. Señora, 

id tranquila. 



— 12 - 

Car. Les hicimos 

correr. 

D.a VioL. ¡Por Dios que salimos 

de nuestra casa en mal hora! 

D. Gar . No diré yo que salí 

en mal hora de la mía, ^ 

puesto que amparar debía 
vuestra desventura aquí. 

D.a ViOL. Noble sois. 

Car. ¡Lo menos diez 

conté yo! 

D. Gar. Cállate, necio. 

D.a VioL. Herida con mi desprecio 
de un amante la altivez, 
por la fuerza y sin razón 
intentó ganar osado 
lo que sabe que de grado 
no le da mi corazón. 

(inés y Caracol hablan aparte) 

D. Gar Señora, aquese lamento 
de tal modo me interesa, 
que ya tengo el alma presa 
por vuestro divino acento. 
Que puesto que solo es tal 
que me cautiva, parece 
que contando cuitas crece 
su dulzura natural. 
Y así, excusad que atrevido 
viendo sin ver os alabe: 
porque si tal canta el ave, 
¿cómo no ha de ser el nido? 

D.^ V^iOL. ¿Quién no excusa que se atreva 
á alabar un caballero, 
que sello con el acero 
y con el discurso prueba? 

D. Gar Pues si me habéis excusado 
mi hablar de imaginación, 
¿por qué no dais ocasión 
á que enmudezca admirado? 
Hermosa en mi mente os veo: 
pruébeme la realidad 
que aventaja la verdad 
á lo que finge el deseo. 

D.a ViOL . Vida me dio vuestra espada; 



- 13 — 

mi pecho os muestra interés... 
¿Qué más pretendéis?... ¿Inés? 
Car. (No es de mármol la criada.) 

I). G.AR (Deteniendo á doña Violante.) 

Tened, oculta homicida: 

si vida mi espada os dio, 

¿qué mucho que habláudoos yo 

esté viviendo sin vida? 

Que me dejáis, reparad, 

el alma dese.operada; 

y lo que os di con mi espada 

con vuestros ojos me dad. 
D.a Vioi.. Ved que ocurriros pudiera 

que soñarais de tal suerte 

que el verme os diera la muerte 

antes que la vida os diera. 

Porque no ha}' cosa ignorada 

que en ilusión no miremos; 

y antes de vella, la vemos 

más perfeta y acabada. 
D. Gak. Realidades hay señora, 

que nunca el hombre imagina: 

¿quién, sin miralJo, adivina 

el cielo que os cubre agora? (señalando ai cielo.) 

Vuestras razones mi fuego 

avivan más, y me abraso. 

Decidme: ¿no fuera caso 

digno de asombro, que un ciego 

que soñara con mirar 

del sol el claro arrebol, 

no quisiera ver el sol 

por no dejar de soñar? 

Pues asi la suerte mía 

me pone ante vos, y os ruego 

que ya que veis que soy ciego 

me mostréis la luz del dia. 
D.a Vioi.. Digo que obligada estoy 

á súplica tan cortés... (Se descubre.) 

Car. Imita el ejemplo, Inés, 

que yo de palo no soy. (inés obedece.) 

D. Gar ¡Cielos! jqué he visto! 

Car. ¡Por Dios! 

¡qué ven mis ojos! 

D. Gar Señora, 

es vuestro rostro la aurora. 



— 14 - 



Car. 


¡Tu cara parecen dos! 


D. 


Gar. 


Aurora brillante y pura 
que excediendo á mis anhelos, 
viene á disipar los velos 
de mi triste noche oscura. 


D.í 


i V'lOL. 


¿Lloráis amores? 


D. 


Gar. 


En pos 
de ellos iba. 


D' 


* ViOL. 


¿Adonde? 


D. 


Gar 


Aquí. 


D.' 


1 VlOL. 


j Y hallasteis alivio? 


D. 


Gar. 


Sí. 


D.- 


a ViOL. 


¿Y quién os lo ha dado? 


D. 


Gar 


Vos. 


D. 


a ViOL, 


Franco sois. 


D. 


Gar. 


Amor me obliga. 


D. 


íl ViOL. 


Sois voluble. 


D. 


Gar. 


Amor lo quiere. 


D. 


a ViOL. 


Y atrevido. 


D. 


Gar 


Amor me hiere. 


D. 


a ViOL. 


Y tenaz 


D. 


Gar. 


Amor me hostiga. 


i). 


a ViOL. 


^Y á aaior tan voluble y franco 
y tan tenaz y atrevido, 
quién le dice que no ha ido 
la flecha al aire y no al blanco? 


D. 


Gar 


La ilusión que vos amáis 
le dice á mi corazón, 
que pues vos á mi ilusión 
en belleza aventajáis, 
si respondéis á mi empeño 
estimando mis amores, 
vencerán vuestros favores 
á los favores que sueño. 
(Proseguir no es discreción: 
Caracol sabrá quién es.) 


D 


.a.VlOL. 


(Ya tendrá noticia Inés 
de su clase y condición.) 










Vuestras finezas no olvido. 


I). 


Gar. 


Sin vos no vivo, señora. 


D. 


a ViOL. 


¿Inés? 


I). 


, Gar. 


¿Caracol? 


€ar. 


Agora. 






(A ver cómo me despido.) 



— 15 — 

Caracol de los más tiernos 
que hay entre los caracoles, 
juróte que con tus soles 
pronto asomarán mis cuernos. 

(únese Inés á doña Violante y Caracol á don (iarcía, 
y hablan aparte, bajo.) 

¿Viste nunca rostro y talle 
más hechiceros, Inés? 
Caracol, loco; >no ves 
que anda el Abril por la calle? 

(A >ion García.) 

Quedad con Dios, si os quedáis. 
Si os vais, señora, id con Dios, 
mas no olvidéis que con vos 
mi alma y mi vida os lleváis. 
¿Y me dejais ir sin miedo 
vuestra alma y vida llevando? 
Sí, porque vivo soñando 
que con las vuestras me quedo. 
Vano sois. 

Vos me obligáis. 

Y hablador. 

Vos lo queréis. 

Y agudo. 

Vos lo podéis. 

Y galán. 

Vos me enseñáis. 
Ven, Inés. 

Caracol, vamos. 

(a doña Violante.) 

(¡Loca estás!) 

/a Inés.) (¡Locura es poco!) 

(Se van hacia la izquierda.) 

¡Loco estoy 1 (Embózase y vase por la derecha.) 

(imitando oómicaracnte á su señor y j-éndose tras él.) 

¡Sí que estás loco! 
¿A que no nos acostamos? 



D.'' ViOI.. (ai público.) 

Si lo que acabas de ver 
ha llevado á tu memoria 
el recuerdo de una gloria 
de nuestras glorias de ayer, 



D. 


a VlOL 


D 


Gar 


D. 


a ViOL. 


D. 


Gar. 


D. 


ii ViOL. 


D. 


Gar. 


D. 


ít Vioi. . 


D. 


Gar 


D. 


a ViOL. 


D. 


Gar. 


D. 


a ViOI. . 


D. 


Gar 


D 


» Vior,. 


D. 


Gar 


D 


a ViOL. 


D. 


G.AR 


In 


F.S 


D. 


a ViOL. 


D 


Gar 


Cj 


IR. 



- i6 - 

quien lo supo componer 
para ofrecértelo aquí, 
ahora te pide por mi 
entre gozoso y turbado, 
honor para lo copiado 
é indulgencia para sí. 



CUADRO SEGUNDO 

El drama. — Amor que mata 

Habitación humilde en casa de Pablo, en la época presente. Ventana 
de antepecho á la derecha del actor. Puerta al foro. Chimenea do 
campana á la izquierda. Muebles pobres. Al lado de la puerta del 
foro una mesa de pino, y sobre ella un velón encendido que alum- 
bra débilmente la escena. 

ESCENA PRIMERA 

LEOCADIA 

(Aparece sentada junto á la chimenea, inquieta y pen- 
sativa. De pronto presta oído hacia la ventana.) ¿A 

ver?... Me pareció q\\e venía... Pero, no; 
siempre me anuncia su llegada cantando. 
Aún no tarda... Quiero verlo entrar... y lo 
temo, porque esta será la última noche. No 
puedo más... Estoy resuelta, (pausa.) ¡Hace 
frío! .. Esta leña no arde, no da calor... Tal 
vez sea que yo no puedo sentirlo, porque el 
frío de la conciencia no me deja. ¡Qué mala 
soy!... Pronto pasará el tren por ahí abajo, 
por el valle... En él irá mi pobre Pablo, en- 
cerrado en aquel infierno de máquina, guian- 
do la fiera, como él dice, y con el pensa- 
miento puesto en mí... ¡Qué mala soy!... ¡Ah, 
no! Esta será la última. Me pesa ya mucho 
la traición, y no quiero echar sobre ella más 
días de crimen. La última, la última. . ¿A 
ver?... Volvió á parecerme que cantaba .. 

No... Es el viento. (Quédase pensativa.) 



— 17 — 



KSCENA II 



LHOCADIA y PABI.O 



(Sale Pablo por la puerta del foro, sonriculu \ uaun». l)L-iif iii.->c luii- 
templando á Leocadia.) 



Pablo 

Lkoc 

Pablo 



I LOC. 

Pablo 

1 .EOC . 

Pablo 



! EOC. 

» Pablo 
Leoc. 



Pablo 

l.EOC 

Pablo 

Leoc 
I'abi.o 

Pkoc. 
Pabio 



Leoc 



(En lodo pensará, menos en que tiene tan 
cerca á su Pablo.) 

(¡Qué horror! ¡qué villanía! .. Mi Pablo no 
merece eftc.) 

(¿Pensará, en mi?... ¡Quién lo pudiera adivi- 
nar!... ¿Por qué no sonará el pení^^amiento de 

las mujeres?) (.Sc acerca á ella cautelosamente y la 

abraza.) 

(Con sorpresa y terror ) ¡Pablo! ¿tÚ? 

¡Yo, filma mía, yol 
iJesús! 

Tu Pablo, tu amo, tu rey., tu esclavo; el 
que sueña á todas horas contigo, el que no 
sabe estar sin tí... Pero ¿qué te pasa? ¿qué 
tienes?... Ah, vamos, el susto natural, la sor- 
presa de verme cuando me creerías en mi in- 
fierno... y á tantas leguas. . 
Claro; eso es... 
Un susto de alegría... 

Compréndelo... á estas horas... verte á estas 
horas .. (¡Dios mío! ¡haz que el otro no lle- 
gue!) 

Yo te explicaré... Pero no quiero que me 
riñas... 
¿Qué dices? 

Has dQ perdonarme de antemano... ¿Me 
perdonas? 

¿Yo... á tí? ¿Perdonarte... yo á tí? 
Sí; por el crimen de quererte mucho. Oye. 
¿Qné has hecho? 

Lo que me bullía en la cabeza y en el corazón 
hace tanto tiempo; lo que era mi pesadilla 
continua: dejar la odiosa plataforma del tren, 
á la que mi destino parecía querer esclavi- 
zarme. 
¿Eh? 



— l.S — 

Pablo Sí; lo he hecho: por fin lo he hecho y hecho 

estf^. 

Leoc ¿Te has vuelto loco, Pablo? 

Pablo Porque no he querido volverme loco lo he 

hecho. ¿Pero estás intranquila aún? 

T/Eoc No... no... 

1'ablo Figúrate: por la tortura de tu corazón juzga 

de la del mío.. ¿Qué sentías tú, tú que tanto 
me quieres, sin verme casi nunca, cuando el 
viento del valle te traía por esa ventana el 
silbido que daba mi máquina al pasar por 
aquí, como un lamento, como un quejido 
mío?... ¿Qué sentías al mirar que mi tren so 
alejaba indiferente á todo, bramando y ru- 
giendo, por ese árido camino que parece que 
no tiene fin? .. ¿No se te iba el alma con él? 
¿No hubieras querido tener alas para seguir 
su paso y hacerme compañía? Pues imagina 
mis sentimientos y mis ideas... Yo, que sin 
tí no vivo, encerrado en aquel horno á todas 
horas, tostándome el sol, abrasándome el 
aire, quemándome el fuego; y andar, y an- 
dar, y andar, y pasar por esa hondonada 
como un relámpago, y ver aquí arriba mi 
casa, mi cariño, y dejarlos antes con la vista 
que con el pensamiento; y andar, y más an- 
dar, ensordecido por el estrépito de la mar- 
* cha, solo, siempre solo, sin más esperanza 

que la de llegar á una estación para no verte, 
y salir de aquella para llegar á otra y no ver- 
te tampoco... ¿Crees tú que esto era vida? 

Leoc. Creo que eso es así como lo dices, pero ¿qué 

remedio? Ese era tu oficio. . es tu oficio .. 

Pablo Pues no lo quiero á tanta costa. Y el reme- 

dio yo se lo pondré. Soy joven, soy fuerte; 
en el pueblo hay fábricas: trabajaré, pero 
trabajaré contigo... Esa distancia entre nop- 
otros, esa separación forzosa de la vida del 
tren, no puedo soportarla más tiempo. ¿Tú 
no ves que cada minuto de carrera parece 
que me aparta un siglo de tí? 

Leoc. Lo veo, sí, lo veo todo... Si yo también deseo 

tenerte siempre al lado mío... ¡Ojalá no nos 
hubiéramos separado nunca! 



— 19 — 

Pablo ¡Cuánto me encanta oirte!... (i.a eo^e por la pin- 

tura y la lleva junto á la chimenea, ante la cual se sien- 
tan. ) Ven acá. . siéntate conmigo á la lumbr»-. 
Esto es calor... y no aquel fuego de la má- 
quina. ¿Por qué no te alegras? 

Leoc. ¡Kstoy esta noche tan tristel... No sé por qué, 

pero estoy muy triste. 

Pablo ¿Teniéndome á tu lado, Leocadia? .. Juntos 

túyyo, xicabe entre nosotros algún motivo de 
tristezíi? Te juro que no í-é cómo lie tardado 
tanto en decidirme. ¡Cuántas veces me he di- 
cho, llorando y sollozando solo: Dios mío, 
¿para qué llevo yo esta vida de esclavo, esta 
negra vida, si allá, en aquella altura, tengo 
lo que tienen muy pocos hombres: amor, y 

pan, y luz?... (Reparando en Leocadia, que en vano 
trata do contener el llanto que se agolpa a sus ojos.) 

Pero, qué, ¿lloras? Alma de mi alma, ¿por 

qué lloras? (Oyeso dentro, lejos, la siarnlonte copia, 
que canta un hombre que se va acercando á la casa ) 

Una moza que me quiere 
me quiere más que á su vida, 
y yo que también la quiero 
Ja quiero más que á la mía. 

l>EOC. (Dando un grito, apenas empieza la copla.) jAh! 

Pablo (.sobresaltado.) ¡Qué! 

Leoc. Nada... (¡Viene ahí!...; 

Pablo ¿Qué tienes, mujer? ¿Por qué te asustas?. . 

(Prestando atención al canto, y con extrañe/a.) 

¿Quién anda por estos sitios á estas horas?... 
Leoc Qué sé yo. ¿Como quieres que sepa yo?... 

Pablo ¿Pero tiemblas?... ¿pero no me mira;-?... 

Leoc ¡Pablo! 

Pablo (.Sacudiéndola.) ¡Leocadia! ¡Leocadia! ¿Qué es 

estí.?... ¿Acaso tú?... Hacia a^ui se acerca 

quien sea... ¿Qué es esto? ¡Habla! ¡habla! 
Leoc. Te digo que no sé... que no sé. . 

Pablo ¿No sabes? ¿Y sabes por qué tiemblas? 

Leoc Iré á ver... Déjame... 

Pablo ¡No! ¡Quieta aquí! ¡Si va á entrar el que 

cantaba, que entre! 
Leoc ¡Pablo de mi alma! 



— ?o — 

I^AIU.O (Receloso, sin dejar tle mirar á la puerta.) QuÍgI» 

aquí, quieta aquí... ¿Qué temes tú? ¿qué 
temes? 
Lkoc. ¡Perdón, Pablo! ¡Perdón!... (Desmayase.) 

Pablo (Apartándose de ella anonadado.) ¿Perdón?... ¿Me 

ha pedido perdón?... ¡Ah! ¡Dios mío!... ¡Dios 
mío!... Pero, no, no es verdad, si no puede 

ser, si no puedo creerlo... (Acercándosele.) 

¡Dime que no es verdad, Leocadia! ¡Dime 

que estoy fOñaml* ! (principia á oírse algo más 
cerca la copla de antes. Pablo al escucharla se estreme- 
ce.) ¡Ah!... No, no es sueño .. ¡Miserables!... 

(Va á lanzarse sobro Leocadia para ahogarla, y se con- 
tiene.) No, ahora no; luego, kiego, cuando 
pueda darse cuenta de que la mato. (Desde 

este momento, sugestionado y atraído por la voz que 
avanza cantando hacia la casa, se encamina maquinal- 
mente en dirección de la puerta del foro.) ¡Qué Uia- 
no viene y qué tranquilo!... (Buscándose inútil- 
mente un auna en la ropa) No traigo armaS... 

¿Para qué había de traerlas, si yo no venía 

aquí á matar á nadie? (Llora y se rehace súbita- 
mente.) ¡Miserable yo, más miserable que 
ellos, que estoy llorando!... (Pausa. Vuelve á oír- 
se la copla, rruy cerca ya. Apenas comenzada, vase 
Pablo arrebatado y resuelto por la puerta del foro. Poco- 
después córtase el canto bruscamente en el tercer verso 
de la copla. Nueva pausa. Se oye lejos el silbido de una 
locomotora Más tarde se supone que pasa por delante 
de la casa de Pablo, aunque á gran distancia. Al fin se 
pierde todo rumor en la lejanía. Cuando apenas se per- 
cibe ruido alguno, vuelve Pablo en ademán descom- 
puesto y feroz. Llégase a Leocadia, y sacudiéndola bru- 
talmente le grita:) ¡Leocadia! ¡Leocadia! ¡Des- 
pierta! '' 

l.EOC (Volviendo en sí.) ¿Qué?... ¿qué?... ¿Qué CS estO? 

Pacl<3 Soy yo, yo... ¿No me ves'^ Yo; Pablo, tu Pa- 

blo, como tú decías. (Respondiendo á una mirada 
de Leocadia.) No, uo; al otro uo lo busqucs; al 
otro no lo verás más: no lo busques. 

Leoc ¿Qué has hecho? 

Pablo Lo que había que hacer: matarlo. 

Leoc. ¿Matarlo? 

Pablo Matarlo, sí. ¿Qué menos? Salí loco, tem- 



- ^Jl - 

blando de dolor )' de rabia. Lo encontré en 
lo alto .ya... Caí sobre él como un tigre, me 
agarré á su cuello }• le ahogué la infame 
copla en la garganta... Se defendió de mi 
brutal acometida, se rehizo; era fuerte... Lu- 
chamos... Lucha desigual: yo llevaba conmi- 
go la razón, la venganza justa; él no llevaba 
más que el azoramiento de la sorpresa y 
del crimen... Por eso le he vencido. De 
pronto silbó el tren allá lejos... En susojos vi 
una idea espanto.sa, terrible .. El me la dio: 
la idea fué suya... Lo arrastré con esfuerzo 
supremo hasta el borde mismo de la mon- 
taña, y lo hice rodar por la pendiente. . 
Cayó al camino en el iromento en que lle- 
gaba el tren... el tren mío... y allí se quedó 
el miserable. 

Leoc. ¡Qué horror! 

Pablo ¿Horror dices? ¿Y yo, qué diré?... 

Leoc. ¡í*ablo! 

Paki.o Nada temas tú: á tí no te mato. Tú aquí, 

aquí: sola, siempre sola: á llorar lágrimas 
qu£ te abrasen los ojos y el alma, 3- que no 
te consuelen... Y yo abajo, otra vez al tren, 
al leal amigo á quien dejaba y que me ha 
sabido vengar; á la plataforma de hierro, á 
pasar muchas veces, rugiendo con él, respi- 
rando fuego, blasfemando, por encima de 
la mancha negra que deje la sangre de ese 
ladrón de mi ventura. Adiós, Leocadia. 

Leoc. ¡Perdcname! 

Pablo ¡Nunca: este aqpor mío, ó muere ó mata; 

pero no olvida ni perdona! ¡Adiós! (vase. 

Leocndia déjase caer on una silla sollozando.) 



— 22 — 

CUADRO TERCERO 

La comedia. — Amor poético 

Jardín frondoso eu casa de Reyes, en Granada, limitado al foro por 
una tapia con verja eu el centro. Hacia la izquierda del actor 
grande espesura. Sillas y bancos rústicos.— Es de noche.— Época 
presente. 

ESCENA PRIMERA 

MAKUEL y DON I.INO 
Man. (Yendo a la verja y llamando con cierto misterio.) 

¡Don Lino! ¡Don Lino!... ¡Venga ustél 

JJ. Lino (saliendo por la verja con gran lujo de precauciones ) 

¿Bstás solo'? 

iViAN. Más solo que un faro. 

D. Lino Entonces paso sin cuidado. ¿Y la viudita, 
tu señora'? 

Man. Muy pronto bajará al jardín. 

D. Lino Pues no perdamos tiempo. Oye. 

Man. Usté dirá. 

D. l.iNo Ya tú sabes que yo la enamoro hace dos 
meses, desde que riñó con el militar, y que, 
))or fortuna para mí, he sabido encontrarle 
las cosquillas. 

Man ¿Abí andamos? 

D, Lino Las cosquillas morales, se entiende. Favo- 
res de otra índole, sólo puedo enorgullecer- 
me de uno. 

Man. ¿Sí? 

D Lino 81. Una tarde estival, en el patio, le besé 
una mano... 

Man. ^,Y qué dijo eya? 

D. Lino Nada; porque estaba durmiendo la siesta... 

Man. ¡Tunante! 

D Lino Verás; verás qué plan he discurrido para 
rendirla esta misma noche. Ella es un espí- 
ritu delicado... poético... dulce... Yo la he 
visto mil veces arrobada con el piar de las 



- i3 - 

golondrinas y el trinar de los ruiseñores 
ocultos en las frondas... Pues bien: escucha. 

(sacu un tlautia y toca ) ¿Qué e.S eStO? 

Man. ¿Eso?... ¿Es U marcha rea? 

D. Lino ¡Hombre! ¡por Dios! Si te pregunto qué 

canto remeda... 
Man ¡Ab! 

J". i.lNO Es un ruiseñor... ¿no lo oyes? (Toca otra vez.) 

Man. ;Sí que es un ruiseñól (Lo mismo pué sé un 

ruiseñó que un perro pisao.) 

D. Lino Bueno, pues verás. Yo voy á internarme en 
la espesura, y cuando ella salga aquí, y se 
extasíe en la contemplación del cielo estre- 
llado, empezaré á tocar mi pitito... lejos 
primero, y acercándome poco á poco des- 
pués, como si viniera de rama en rama... 

Man Eso va A está presioso. 

D. Lino ¡Ya lo creo! La música predispone su espí- 
ritu al amor... ¡qué duda cabe! Y ese es el 
momento. 

Man. ¿Er momento pa qué? 

D. Lino Para que tú desde la azotea, arrojes á sus 
pies esta carta... como si cayera del cielo. 

(lo <la una carta.) 

Man. ^.Y cuándo tengo yo que tirarla? 

D. Lino En cuanto deje yo de tocar el pito. ¡No in- 
tprrurrpas al ruiseñor por nada del mundo! 
Man. Descuide usté. La señorita yega. 

D Lino Pues voy á esconderme allá lejos... (Entrase 

por la iz<iuierda hacia el fondo.) 

Man . V' aya usté con Dios... — ¿Estará loco er tío?... 

Pero, en fin, mientras pague, ahí rae las den 
toas. 



ESCENA ]I 

MANUEL y REYES. 
(.Sale Reyes por la derecha.) 

Man Contemplándola.) (|Miste que quererse yevá á 

ebta mujé esa carcomanía!...) 
Heves Manuel. 



— 24 - 



Man. 

Reyes 
Man. 

Reyes 
Man. 
Reyes 

Man 

Reyes 
Man. 
Keyes 

M AN 

Heves 
Man. 
Reyes 



Man. 



IkEYES 

Man. 



Señorita Reyes. 

¿Qué iba yo á preguntarte? 

Si se va er regimiento mañana, ¿no? 

No: no era eso. 

Pos 66 va, señorita. 

Va^'a con Dios (Se sienta. Pausa.^ 

(Acercándose á ella con misterio.) Anoclie paSÓ pOf 

aquí. 

¿El regimiento? 

Lo mejó der regimiento: er señorito Carlos. 

¿Y á mí qué...? 

No; na.., (Hace que se va. Reyes lo llama.) 

Oye; ¿á qué hora pasó? 
A estas horas, seria... 

Ya ves tú á mí qué.. (Deteiiien<lo á Manuel que 

se va de nuevo.) Escucha: ¿dices que á estas 
horas? 

(Aproximándose mucho á ella.) Sí, Señorita. Sobre 

poco más ó menos, á estas horas. Pasó dos 
veses: una pa arriba y otra pa abajo: las dos 
veses se asomó por la verja La última creí 
que quería grabarse los yerros en la cara. 
Después le dio á la casa seis güertas lo me- 
nos; y después, se conose que can sao de dar- 
le güertas al asunto, tiró caye arriba con una 
cara... ¡con una cara!... que á mí me dio mu 
cha lástima del asistente. 

(Rompiendo nerviosamente su abanico.) ijUCnO, SI, 

vete ya, majadero... 

(¡Destrosó el abanico!... ¡Está de un humó... 

como pa escucha ruiseñores!...) (Vase por la de- 
recha.) 



ESCENA III 



REYKS; después CARLOS 



Reyes ¡Dios mío! ¿pasara esta noche también?... ¿Se 

irá sin verme?... ¡Qué dos meses de separa- 
ción más horribles! ¿Para qué reñiríamos, 
queriéndonos? ¿Para qué tendrá orgullo el 
amor?... Si yo pudiera buscarlo como él bus- 
carme, creo que no hubiera esperado tan- 



— 25 — 

tO tiempo... (Aparece Carlos en el foro, y mira 
cauteloso hacia el interior del jardín.) ¿Quér Al- 
guien te ha detenido en la verja... ¿Será...? 
Tiemblo toda... No me atrevo á volver la 
cara... El corazón me está gritando que es 
él... 

VARL. (Abriendo la verja y penetrando en el jardín.) ¿Re- 

yesV 

ReYKS ¡Carlos! (Pansa. Se miran emocionados sin hablar. y 

Cari.. ¿Me esperabas? 

Revés Sí. 

Carl. Lo sabía. 

Reyes ¿Por qué? 

Carl. i^or lo teísmo que tú me esperabas. 

Reyes Me parecía imposible que te fueras sin ver- 

me. 

Carl. Y á mí que tú no quisieras verme antes de 

partir. 

Reyes Vendrá... vendrá... pensaba yo constante- 

mente 

Carí.. Iré... iré... pencaba yo. 

Reyes ¿Por qué no me habrá escrito? .. me decía. 

€arl. ¿Por qué no me escribirá?... me preguntaba. 

Reyes ¿Qué ha pasado entre nosotros para este ale- 

jamiento? 

Carl. ¿Qué disgusto hemos tenido para estar asi? 

Ueyes ¿No es una locura separarnos cuando con la 

imaginación estamos juntos? 

■Carl. ¿No es una puerilidad alejarnos cuando baj- 

una fuerza que nos une? 

Reyes Si no ocurrió nada serio... 

Carl. Si no sucedió nada grave... 

lÍEYEs Tonterías de enamorados... 

Carl. Niñerías del cariño... 

Reyes Y pasaba un día., y: «¡Novienel» 

Carl. Y pasaba una noche... y: «¡No me llama!» 

Reyes Y á todas horas: «¡Que venga! ¡que venga!» 

Carl. Y á cada instante: '•<¡Allá voy! ¡¡dlá voy!» 

Reyes Y viniste al fin. 

Cari. Y al fin he venido. 

Ueyes y aquí estás ya. 

Carl. Y aquí me tienes. 

lÍEVEs ¡Carlos mío! 

Carl. ¡Vida de mi alma! 



- 26 - 

(vi emiieziir este diálogo, Carlos y Reyes se hablarán á 
alguna distancia. Poco á poco é instintivamente irán 
aproximándose, y al decir las dos frases últimas se es- 
trecharán las manos con efusión.) 

Reyes (suspirando.) ¡A}'! ¡Qué traüquilidad... y qué 

íilegría! 
Carl. Es tan grande la que yo siento, que estoy 

por bendecir la hora en que reñimo?. 
lÍEYES Bueno; pero que no vuelva á ocurrir. 

Carl, Nunca más. Siéntate aquí, á mi lado, (se 

sientan.) 

Reyes ¡Ay! ¡Qué poco se parece esta paz á la in- 

quietud de antes!... Oye: ¿ce va tu regimien- 
to mañana? 

Carl. Sí; y yo con él. 

Reyes ¡Carlos! ¡No me lo diga?! 

Carl. No te apures; volveré muy pronto á Grana- 

da. Mi tío Sebastián me ha prometido arre- 
darlo así. 

Reyes ¡Qué simpático es tu tío Sebastián! 

(Don Lino cree llegado el momento de lanzarse, y prin- 
cipia á tocar su flautín allá lejos.) 

Carl. ¿A ver? ¿No oyes? 

Reyes ¿Qué? 

Carl. Escucha. 

Reyes Parece un ruiseñor. 

(.'arl. Un ruiseñor es. 

Reyes Cantará celebrando nuestras paces. Hasta 
<'se pájaro Fe alegra de ellas, (iiahian en vo/, 

baja. El canto del ruiseñor se oye mas cerca á cada 
instante, y á poco aparece don I ino por la espesura de 
la izquierda, radiante de dicha y tocando el flautín.) 



ESCENA IV 

DICHOS V DON LINO 



D. Lino 
Reyes 

J). 1 INO 



¿Estará por aquí? ¿Por qué no habrá llegado 
esta noche al cenador?... (sigue tocando.) 
El ruiseñor se acerca... 
(¡Ahí está!... ¡Y habla sola!... ¡Es un espíritu 
poético!... La luna... el follaje... el beso del 

aura. .) (vuelve á tocar.) 



— 27 — 
Carl. , Qukres que coja eee pájaro para tí? 

D. Lino i ¡Corcho!) (Se queda de una pieza y suspende el to- 

que.) 

Revés No; déjalo gozar de su libertad... 

Carl. ^;Te basta coa tenerme á mí preso? 

Reyeb Vle basta. 

Carl. ¡ Bendita seas! (lc besa una mano.) 

D. Lino (Tray:ando saliva.) ' Ese DO es el beso del aura, 
¡porra!) 

Carl. ,Qné contento va á ponerse mi tío Sebastián 

(3uando sepa estas paces! 

Reyes Como que por él te conocí... 

D. l.iNO (¡Mal tiro le dea al tío Sebastián!... (oe re- 
pente, aterrado.) jCorchol ¡que SÍ no sigo tocan- 
do va á echar efe la carta!.. ) (La emprende con 

el ílautin, y ya no deja de tocar sino para decir aprisa 
las frases que siguen.) 

Reve.s vi ira, mira cómo se anima el ruiseñor... 

Carl. ICstá tan contento como nosotros. 

D. Lino i ¡Más! ¡más contento! .. (pausa. Toca que toca.) 
^;Pero es que me voy á pasar así la noche 
•intera?) 

Reyes Te lo perdono todo, todo; hasta que tuvieras 

celos de aquel imbécil .. 

D. Lino (¿A. que están hablando de mí?) 

Carl. Eso no me lo perdono ni yo. ¡Mira que ce- 

los de don Lino!... 

D. Llno (¿No lo dije? ¿Cómo le avisaría 3^0 á Ma- 
nuel?) 

Heyes ¡El pobre! ('on aquellas patas, que parecen 

dos picos de rosca... 

D. Lino (Gozando.) (¡Ajajayl ¡qué golpes tienen estas 
andaluzas!) 

Carl. Y aquella calva de zapatero, verdaderamen- 

te ignominiosa y ruin... 

D. Lino (¡Adiós, Adoni.'^! ¡Nunca ha estado un pájaro 
más en ridículo!) 

Reyes Y luego, es una fatiga; porque yo no sé á lo 

que huele, pero no huele bien. 

D. Lino (olfateándose.) (¿Que no huelo bien?...) 

Cari.. Huele á automóvil, («e ríen.) 

D. Lino (sudando á chorros.) (¡Virgen de las Angustias! 
¡Eotoy sudando calamares! ¡Yo ya no puedo 

soplar más!...) (suspende el toque, j 



— 28 - 

Reyes ^iQuieres que demos una vuelta por el jar- 

dín? 
Carl. ¿Lo quieres tú? ¡Pues no me lo preguntes! 

D. Lino (¡Mira qué ternura!...) 

(Se levantan los dos y pa.scan, haciendo huir á don 
Lino constantemente.) 

Reyes ¿Y de veras crees que tu tío Sebastián lo- 

grará trasladarte aquí? 

Carl. Sí, tonta. ¿Qué no conseguirá mi tío Sebas- 

tián? 

P. Lino (¡Caray con el tío Sebastián!) 

Heyes ¿y te vas sin duda mañana mismo? 

Carl. Mañana muy temprano. Estaré esta noche 

contigo como Romeo con Julieta: hasta que 
al canto del ruiseñor suceda el de la alon- 
dra... 

D. I-iNo (¡Pues la alondra la va á hacer tu tío Sebas- 
tián!) (Reyes y Carlos se internan en el jardín por la 
izquierda, muy amartelados. Don Lino sale al primer 
término.) ¡Maldita sea mi suerte! (.Se acerca á la 
derecha y llama.) ¡IManUCl! .. ¡Manucll .. 



ESCENA ULTIMA 

DO.S LINO y MANUEL 
Man. (saliendo por la derecha ) ¡ Por VÍa C DÍ0S, don 

Lino de mis curpasl No me diga usté na, que 

to lo he visto... 
D Lino [Trae acá mi carta! 
Man. (Devolviéndosela.) Tome UPté. 

D. Lino Y quédate con Dios, (nace que se va y vuelve.) 
Man . ¡Señorito! 

D. Lino Perdona, hombre; me iba sin darte riada... 

Ahí tienes un duro. 

Man . (cogiéndolo y mirándolo ) EstS CS farSO, dou 

Lino. 
D. Lino Ya lo sé; pero tú lo puedes pasar mejor que 

yo. ¡Y comprenderás que después del rato 

que he llevado no es cosa de darte un duro 

bueno! 
Man . ¡ Ay, qué grasial 

(Se oyen dentro carcajadas de Reyes y Carlos.) 



- 21) ^ 

D. l.iNo ¡Aburl Aquellos se están riendo otra vez, 

probablemente de mi calva. 
.Man. Como que paese que se le ha subió á usté la 

barriga á la cabesa. (se ríe t^ambién.) 

ü. Lino ¿Ah, si? l^ Amenazándolo con el pito.) ¡VcráS tÚ 8Í 

te salto un ojo con el ruiseñor! ¡Pups hom- 
bre!... (Continúa la risa de los otros dentro y del cria- 
do fuera, y en medio de ella exclama don Lino avergon- 
zado.) ¡Vaya una aveuturita para contarla en 
el Carino! 

(ai público.) 

Ya que tan mal me tnit;i 

la suerte dura, 
no le contéie á nadie 

mi desventura. 
Y por vuestra reserva 

vaya un consejo: 
no se meta en amores 

quien se halle viejo; 
déjese de conquistas 

y no presuma 
quien el asma comparta 

con el reúma. 
Porque es amor un fruto 

sabroso y tierno, 
mas en la primavera, 

no en el invierno. 
Cuando hay salud y vida, 

sueños y flores, 
es cuando cantan siempre 

los ruiseñores. 

(Toca el pitito y vn<e ) 



- 30 - 



CUADRO CUARTO 



El saínete. 



Amor gracioso 



Telón corto de calle en los barrios Itajos de Madrid. A la derecha del 
actor una taberna. A la izquierda la casa de Rosa, con ventana liaja, 
cu cuya vidriera hay un letrero que dice: «Peinadora.»— Es de nu- 
che.— Época présenle. 



ESCENA PRIMERA 

KOS.\, el PECAS y el TABERNERO 

{e1 Tabernero está á la puerta de su tienda; Rosa sale por la izquier- 
■<la y entra eu su casa, y el Pecas, que la siffue, trata de detenerla.) 

Rosa ¡.Jesús, hijo! ¡Ave María!... ¡ICs usté más pe- 

sao que un kilo de churros! 

Pecas Pero escuche usté, prenda.., 

Rosa ¡No nne da la gana! 

Pecas ¡Maldita sea!... ¡Es cosa de morderse la nuez 

con las muelas del juicio! 

ESCENA 11 



EL PECAS y el TABERNFRO 

Taber. Hombre, Pecas, no te desesperes... y escú- 
chame 

Pecas (Acercándosele.) ¿Quc no ms desespere? No 

quisiera más sino que tú, en lugar de tienda 
de vinos, tuvieas botica; que ya me estabas 
dando un papeliyo de ácido de Prusia. 

Tab. ¿Ves tú? Te ocecas y no recapacitas. Esa 

mujer no le hace cara á nadie, y ha despre- 
ciao al hijo de la tendera, que es una pro- 
porción, y á Blas el de la huevería, que es 
otra proporción, y á un señorito que está 



- 31 — 

por eya que hace números, y al Cinturita 
Chico, que eso tú lo sabes, y á ti, y á to 
Dios; pero no es porque se le haya subió el 
humo á la cabeza, sino porque tiene un 
bombre. 

Prcas iQué va á tener un hombre! Me molestan 

las personas que razocinian con las patas de 
atrás, y tú eres una. Ven acá, galápago: si 
la Rosa tuviera un hombre, ¿no lo conoce- 
ríamos alguno en los dos meses que eya vive 
ahí? 

Tai!. ¡No, señor, tarugo de la caye del Barquiyol 

Porque ese gachó, que es uno á quien le di 
cen el Pulmones, yeva ya tres meses largos 
con la erisipela. 

Pecas ¿Quién es la Erisipela? 

Tab. ¡Viva la Asamblea de enseñanza! ¡Eres un 

baldosín iznorando! La erisipela no es nin- 
guna artista del Japonés, como tú te figuras 
sino un padecimiento de la sangre, de que 
Dios nos libre. 

Pkcas Pero bueno, volviendo á la Rosa: ¿á tí quién 

te ha contao tos esos infundios? 

Tah. ¡Pos eya misma! ¡Miá éste! .. 

Pecas ¿Cuándo? 

Tar. Ayer. Y te az vierto que está por ese hom- 

bre pereque loca de la cabeza. (Hacia ei inte- 
rior (lo la taberna.) ¡Va!... De modo quc mira 
bien lo que haces y donde te metes. (Entrase 

en la tienda.] 



ESCENA 111 

!:L pecas y KOSA 

Pecas ¡Que mire bien!... ¡que mire bien!... Como 

si el amor no fuera ciego... 

Ros.\ (Asomándose impaciente li su ventana.) Y CSC mnl- 

dito sin venir, Dios mío... ¿listará con la 
Pepa? ¡No quiero pensarlo! 

Pecas (Acercándose á hablarle.) ¿Se pUedc? 

Rosa ¿Otra vez? 



- 32 - 

Pecas Dígame usté, madre: ¿peina usté al seso 

masculino, ó al femenino nada más? 

IvOSA Dígame usté, padre: ¿usté cree que estas 

manos se han hecho pa peinar cerdas? 

Pecas Gracias por la flor. Lo preguntaba, al respe- 

tive de que si usté qui>!Íea peinarme á mí, 
yo me ofrecía á peinarla á usté con la mar 
de gusto 

liOSA ¿De veras? No iba usté á dar con mi peinao. 

Pecas ¿Que no, verdá? ¿Quié usté hacer la prueba? 

¿Quié usté ver cómo la abro yo la raya en 
medio á lo Merode, que la agrada á usté? 

Rosa ¿Quié usté ver cómo le abro yo la cabeza con 

un tiesto? 

Pecas ¿Pero es que usté y yo no vamos á querer 

nos nunca? 

llosA Sí; nos quedremos... cuando se le quiten á 

usté las pecas de la cara; que la tiene usté 
que paece un mitin de lentejas. 

Pecas (niénciose sin abrir la boca.) ¡Ay, un mitiul... Ha 

estao usté mu güeña; de verdá .. No suelto 
la risa, porque tengo el defezto de que se 
me sale la encía de arriba, y piié á usté no 
gustarle. 

Rosa Lo que no me gusta es tener centinelas en 

mi ventana; que no es garita. (;Miá que si 
viene el otro y lo ve!,..) Conque ahueque, 
ahueque... 

Pecas ¿Sabe usté que me está usté resultando con 

más orguyo que la horca de Don Rodrigo? 

Rosa ¡Jesús qué chinche! 

Pecas ¿Sabe usté que su despego de usté va á ma- 

tar al Pecas? i 

Rosa ¡Me alegraré! ¡Por mosca! (Retirase de la venta- 

na, cerrando las vidrieras violentamente.) 

Pecas ¡Adiós, papel insezticida!... ¡Mecachis en 

nueve!... Me tié más aburrió .. más aburrió... 
Vamos, ¡í=i hay pa hacer un rumbo, y man- 
darlo al Heraldo/... (Se encamina hacia la taberna, 
á tiempo que sale de ella Cinturita chico.) 



- 33 - 
ESCENA IV 

1:L pecas y CINTIRITA CHICO 

C'iN T. ¿Qué te sucede, Pecas? 

Pecas Lo de siempre Cintura: la Rosa, que se ha 

propuesto enterrarme vivo. 

CiNT. ¿La Rosa, eh? (con jaetaneia ) Te compadczgo. 

!¿í, porque con esas obleas que tienes en la 
cara, y esa encía de arriba que se íe sale 
cuando te ríes, que paece que te descompo- 
nes por piezas... vas mal. 

Pecas (.Metiéndose en lii taberna, mosqueado.) [AdiÓS, tÚI... 

¡Y vete al Museo de Reproduciones!... ¡Nos 
na fastidiao ese!... 



ESCENA V 

CINTURITA CHICO y ROSA 

CiNT. ¡Pobreciyo! Es de los que creen que las pren- 

das físicas pintan poco... Y hay que conve- 
nir en que si el moral es la salsa, el ñsico ed 
la tajá, bien comparao. 

Rosa (saliendo de su easa, y encaminándose hacia la izquier- 

da llena de inquietud.; ¿Pero es que me va á dar 
plantón ese hombre?... No., por aquí no vie- 
ne... (corre hacia la derecha.) Y to SC lo paSO me- 

nos que me engañe con otra... Ni por aquí 
tampoco... ;Yo me voy á morir de pena y de 
coraje!... 

(JlNT. (interpelándola, como liombre seguro de su fisico y de 

su moral, y ofreciéndole un caramelo.) ¿La gUStan 

á usté los caramelos de menta, joven? 
Rosa [No, señor! ¿Y á usté? 

CiNi . ¿A mí? ¿Cómo vi á f^ustarme á raí lo que á 

usté no la gusta? Los yevo pa osequiar. 
Rosa ¡Pos osequie usté á, su señora agüela! 

CiNT. Niña, niña; ¿qué es eso? ¿Usté ha reparao 

con quién habla? 



- 34 — 

Rosa ¡Digo! ¡Coü un lapiz-tinta! .. 

CiNT . ¿Por qué dice usté eso? 

Rosa Porque no pinta usté na, y se figura usté que 

pinta mucho. 

CiNT. Che, che, che. . 

Rosa ¡Che, che, chel ¡Que me deje usté en paz! 

CiNT. Pero, joven irieflesiva .. 

Rosa ¡Ay, qué Dios! ¡Que no quiero murgal 

CiNT. (¡Gachó qué humos! ¡Me río yo de Huelva!^ 

¿Es que por casolidá esiste en el mundo un 
hombre afortuna© que tiene el yavín de ese 
corazoncito? 

Rosa ¿Pa qué quié usté saberlo? 

Ctnt. Pa mandarle decir por una tarjeta postal 

modernista que se ponga bien con el Hace- 
dor. 

Rosa ¡Ay, qué gracia! ¡Eso sería un pueblo! Pos 

que le coste á usté que sí, que quiero á un 
hombre. Y le azvierto á usté que va á yegar 
de un momento á otro. . 

ClNT. (Volviendo la oíira hacia la taberna.) ¡Voy!... ¡Que 

no paran de yamarme de ahí dentro!... Cuan- 
do se persone ese afortnnao, déme usté una 
voz, 

Rosa ¿Pa qué? ¿Pa que se esconda usté en la 

cueva? 

CiNT. ¡En la cueva!... ¡en la cueva!... (Las mujeres 

tien esto: la he cogió en un mal cuarto de 
hora. Y ponga usté, además, que no he trai- 
do el pantalón tornasolao, que las ofusca.) 

( líntra.se en la taberna.) 



ESCENA VI 

ROS.A y EL PULM<)IsP:S 

Rosa ¡Le paece á usté, lo que son los hombres!... 

Vamos, si á la mujer que se mete en el que- 
rer como yo me he metió, la debjan estreyar 

contra una esquina... (De repente, loca de júbilo.) 

¡Ay! ¡ayí viene ya Paco! ¡Gracias, virgen de 
la Paloma!... Mala cara trae... ¡Sime habrá 
visto hablar con ese... No lo quiera Dios. 



— 35 — 

(Llega por la izquierda el Pulmones, que hay que ver- 
lo. Es más leo que correr con capa, y á fuer de cojo, 
lleva eu el diestro pie una bota de ocho dedos de 
suela. ) 
Pul. (Dándole galantomenle un empujón á Rosa, que se ha 

vuelto de espaldas á él, un si es no es atemorizada.) 

¿Qué haces tú en la puerta e la cave? 

Rosa Te esperaba .. 

Fll. ¿Sí, eh? Como yo te vuelva á pescar hablan- 

do con un hombre, vi á meterte dos codazos 

en les vacíos, que adiós el flato. (Pausa. Pasea 

con aire olímpico.) Escucha. ¿Tú quiés ir á la 

Verbena? 
Rosa Yo no. 

Ful. Pos vamos. Ya pues entrar por el mantón. 

Ros.\ Voy. (¡Mentira me parece que lo tengo al 

lao!) (Entrase en la casa, j 

Pul, (Gritando.) ¡A ver lo que tardas, tú!... 



ESCENA VII 

EL PULMONES, el PECA.S y CINTURITA CHICO. Después ROSA 

(k1 Pulmones saca y enciende un puro de á cuarta.) 

Pecas (saliendo de la taberna con Cinturita chico.) Te dlgO 

que tú y yo tenemos que resolver algo. 
CiNT. Y pase lo que pase. 

Pecas (Reparando en el Pulmones, que. está á la puerta de la 

casa de Bosa, y hablando bajo con Cinturita.) jGa- 

choli! ¿Te has fijao en aquél? 
•CiNT. No lo había oservao. ¿Qué hará ayí? ¡Miá que 

tié unas bromas el Creador! .. 
Pecas Caya, hombre: «Niños y militares, quince 

céntimos.» 
■CiNi . Si mello encuentro el Domingo antes de la 

corría, voy al hule. 
Pecas Y se viene con bota de aguas... 

Rosa (saliendo, eou mantón de Manila.) Cuaudo quic- 

ras. 
PuLM. Agárrate á mi brazo. 

Pecas (Asombrado y sin poder contenerse.) ¡Mecachis! 



~ 36 — 
CiNT. (lo mismo). ¡Anda la osa! 

PuLM. (Volviéndose hacia ellos con calma.) ¿Pasa algO? 

Tecas Pasaban unas vistas, ¿sabe usté? 

Í'ULM. ¿Eso de las vistas, va conmigo? 

IJosA Paco, no te corapronaetas. 

I'uLM. ¡Quítate, ó te espampano! 

CiNT. (Es amable.) 

Pecas Le diré á usté, amigo... (Acercándose ai Pulmo- 

nes.) Pero tenga usté cuidao no me pise... 

Rosa (¡Ay Dios!) 

J'uLM. ¿Va Uí-té á hacer cachota de un defezto de 

nacimiento? Porque lo que es del Pulmones 
no se pitorrea ningún hijo e Madri; y me- 
nos usté, que paece que le ha salpicao un 
coche la cara. 

Pecas (Yo busco pendencia con este tío.) 

Hosa Paco... 

l'uLM. ¡Que te cayes! 

C'iNT . (Estos se agarran.) 

Pecas Deftzto por defezto, mejor quiero el mío que 

no yevar una bota que paece la plancha de 
un pastre. 

PuLM. (Avanzando hacia él mientras razona.) Estoy SUSCri- 

to á las novelas de Ortega y Frías; he leído 
la Historia de España de Lafuente, y me 
bebo la feción de sucesos de los periódicos. 
Pos en ninguna de esas tres partes hay no- 
ticias de un estacazo como el que le voy á 
sacudir á usté ahora mismo. 
Pecas ¿A mí? 

PuLM. ¡A usté! (Levanta el garrote, el Pecas saca una navaja, 

Rosa sujeta á uno y Cinturita al otro, y al tumulto sale 
el Tabernero.) 



ESCENA ULTIMA 



dichos V el tabernero 



Rosa ¡Paco, por Dios! 

CiNT. ¡No te pierdas, Pecasl 

Pecas ¿Quiés dejarme? 

PuLM. ¿Quiéa soltarme tú? 



— 37 — 

Rosa ,Paco! 

CiNT. iPecafe! 

PuLM. jLe disuelvo la masa encefálica! 

Tab. Pero, ¿qué va á ser esto? ¡Pecas, echa tú pa 

un lao! ¡Rosa, yévate tú á ese hombre! 

PuLM. ¡Siempre hade salir gente! 

Pecas ¡Maldita sea! 

Rosa Vamos, tú; ¿quiés venirte? 

PuLM. Varaos, sí; me cargan los testigos oculares. 

Pecas (Aparte, con el Tabernero y Cinturita.) He vistO CO- 

sas asurdas en el mundo; pero, ¡miá que esa 
gachí queriendo á ese fenómeno!... 
Tab. ^:No te lo dije yo? ¡La mujer es el caos! (En- 

trase en la taberna eomo si no hubiera dicho nada.) 

€iNT. Yo lo que te aseguro á tí es que cou los des- 

aires me grezgo. 

PuLM. {M Pecas.) ¡Ya le diré yo á usté al oído quince 

palabras justas! 

Pecas ¡Pos prepare usté una peseta cinco, que 

cuesta un telegrama! Vente, (cinturita, (se 

van por la derecha los dos.) 

PuLM. Echa tú pa alante, Rosa. 

Rosa Dame tú el brazo, mi alma. 

PuLM. (Cadavérica la han puesto 

esta fecha y esta facha.j 

( \l público.) 

Y aquí termina el saínete, 
peí donad sus muchas faltas. 



CUADRO aUINTO 

El juguete cómico. — A?nor inocente 

Dormitorio en casa de don Pantaleón, en Madrid y en nuestros 
días. Una puerta al íoro y otia á la izquierda del actor. Balcón á 
la derecha. A la izquierda de la puerta del íoro una cama. A la 
derecha un baúl mundo. Lavabo, mesa de noche, sillas, etc., etc. 
Todo ello modesto. Es de día. 

ESCENA PRIMERA 

DON PANTALEÓN, FILADELFA y BASILIA 

D. Pan. (eu traje de calle. j Voy á salír otra vez, niña. 

Basilia, voy a salir otra vez (Encamínase al 

foro.) ¡Mucho ojo con lo que se hace! 

i^AS. Descuide usted, señor. 

FiL. Descuida, papá. 

D. Pan. (volviéndose desde la puerta.) ¡Ah! SÍ mientras 
estoy en la calle viene alj^uien preguntando 
por mi. á quien sea le dicen ustedes que no 
estoy en casa. ¡Todo hay que prevenirlo! (se 

va por el foro.) 

FiL. ¡Mira que entra y sale papá! 

Bas. Parece un termómetro de esos del fraile. 

ESCENA II 

FILADELFA, BASILIA y AMAND1N0 
Bas. '(conteniendo á Filadelfa, que de repente se va para el 

baúl como una bala.) Espcrc usted uu momen- 
to, señorita. 

FlL . (observando desde la puerta del foro.) Ya Se ha Ído. 

(corren las dos al baúl miudo y lo abren. Sale Aman- 
dino arrugado como un acordeón, y va desarrugándose 
poco a poco.) 



— 39 — 

Bas Salga usted, señorito. 

FiL. Sal sin temor, Amandino de mi alma. 

Aman. ¡Ay!... ¡ay!... Creí que me moiía dentro del 
baúl... Y, la verdad, morir junto á una cosa 
que he visto ahí, no me hubiera hecho gra- 
cia... 

Bas. Peor hubiera sido morir á manos del señor: 

porque si el eeñor lo pesca á usted, lo deja 
en el sitio. 

Aman . Tu papá es muy bruto. 

FiL. ¡Amandino, que es mi papá! 

Bas ¡Toma! \ú no fuera su papá de usted sería 

más bruto! 

Aman. Y yo no se lo diría tan claro... ¡Ay!... ¡ay!... 

FiL. ¿Te sientes mai? 

Aman. Muy mal... 

FiL. (cou mimo.) ¿Quieres que te haga algo? 

Aman. Gracias, amor mío. Lo que quiero es que 
Basilia me cosa el chaqué, que se me ha 
roto en el baúl con un clavo. 

Bas. Démelo usted acá. 

Aman. (Quitándoselo.) Me vas á ver en mangas de ca- 
misa... iQué vergüenza para los dos!... Tome 
usted, Basilia. 

(Suena la campanilla de la puerta dentro, y no cesa 
ha.sta que Busilia se va por el foro.) 

KiL. ¡Ay, Dios mío! ¡bise es papá! 

Bas ¡Ese es el señor! 

Aman. ¿Dónde me meto? 

FiL. ¡En el baúl! 

Aman. No, no, no; en el baúl de ninguna manera. 

Bas. ¡Ah, qué ideal ¡Kn la cama bien tapadito no 

lo ve! 

FiL. ¡Es verdad! 

Aman. ¡Pues á la camal 

FiL. ¡A la cama! 

Bas. Boca abajo es mejor. 

Aman. Boca abajo. 

Bas (Tapándolo bien.) ¡Al pelo! (a Fiíadeifa.) Guardc 

usted el chaqué, que yo voy á abrir, (vase por 

el foro. Filadelfa esconde el eliaquc en el tiaul mundo ) 

Fii.. ¡La Virgen esté con nosotros! 



— 40 — 
ESCENA III 

DICHOS y DON PAKTALEÓxV 

D. Pan. (por ei foro. Basiiia lo sigue.) ¿En dónde se ha- 
bían metido ustedes? ¡He echado abajo la 
campanilla! 

FiL. ¿Qué traes, papá? 

D. Pan. ¡Que por poco me muero en Ja escalera! 
¡Acabo de tener un gran disgusto con Al- 
mágrete!... ¡Desagradecido!... ¡Un hombre 
que me debe mil atenciones!... 

Bas. y mil peseta?. 

D. Pan. ¡Y mil pesetas! ¡Un hombre á quien yo he 
visto nacer dos veces! 

FiL. Papá, ¿qué estás diciendo? 

D. Pan. ¡Sí, señor, dos veces: una, cuando nació, y 
otra hoy, que por poco lo mato! ¡Brrrrr! 
¡Me va á dar una apoplegía fulminante!... 
¡Basiiia, suba usted ahora mismo y avísele 
al médico que vive en el cuarto! 

Bas. V^oy, voy, señor. (No doy dos reales por el 

novio de la señorita.) (Vase por el foro.) 

ESCENA IV 

DON PANTALEÓN y FILAUHLFA. AMANDINO oculto 

D, Pan. ¡Hiervo! ¡hiervo! ¡hiervo materialmente! 

FiL. ¡Jesús, papá! 

I). Pan. ¡Estoy congestionado! (na un palo en la cama.) 

FiL. ¡Ay! 

D. í'an. ¿Qué es eso? 

FiL. ííada, papá. 

D, Pan. Pnes si no es nada, ¿por qué gritas? (Da otro 

palo en la cama. Amaiidhio gime debajo j 

FiL. ¡Ay! 

D. Pan. ¿Otra vez? ¡Brrrrr! ¡Prepárame dos sina- 
pismos! 

FlL. Bueno, papá. (Pone sobre la mesa de noche dos 

sinapismos y dos vendas que saca del cajón.) 



— 44 — 

D. Pan, (^Disponiéndose a hacer lo que dice.) ¡JeSÚs! ¡qilé 

mal estoy! .. Voy á echarme un poco en la 

cama... 
FiL (¡Dios mío! ¡Lo prensa como un puro!) 

D, Kan. Pero mejor es que antes le ponga dos letras 

á nuestro doctor, porque este jovenzuelo de 

aquí arriba será probablemente un idiota. 

(vasc por la izquierda.) 



ESCENA V 



FILADELFA y AMANDINO, BASILIA y el DOCTOR 



FlL (Destapando un poco á su novio.) AmandinO míO... 

Aman. (incorporándose.) ¡Ay, qué dos palos me ha 

dado tu papá!... Es aún más bruto de lo que 
yo creía. 

FiL ;Por Dios, vete á la calle! 

Aman. No necesito que me lo supliques. 

Doctor (saliendo por el foro con Basiiia.) A vcr, á ver; 
¿dónde está el paciente? Buenas tardes. 

FiL (¡Cielos!) 

Aman. (¡Santo Dios!) 

Doctor (Encarándose con Amandino, que aún sigue en la 

cama.) ¿Qué cs cso, hombre, qué es eso? ¿Qué 

ie pasa á usted? 
Bas (¡Anda!) 

Aman No... si yo... si yo... 

FiL (Amandino, no me descubras. Piensa en mi 

honor.) 
Aman Yo... yo... yo. . 

Doctor (a Fiiadeifa.) (Balbucea: ¡no me gusta nada!) 
FiL (¡Con tal de que me guste á mí!...) 

Bas. (Vigilaré, no salga el señor y acabe con 

todos.) 
Doctor Vamos por partes: confiésese usted conmigo. 

¿Qué siente usted? 
Aman. Haber venido á esta casa hoy. 

Doctor ¿Eh? (Delira. ¡No me gusta! ¡no me gusta!...) 

Veamos el pulso. Hay algo de molimiento 

de huesos, ¿verdad? Como si le hubieran 

pegado á usted dos palos. 



— 42 — 

Am.an, ¡Lo mismo, sí señor! (¡Qué ojo tiene este 
hombre!) 

BaS. (Dando un srito.) jAy! 

Todos ¿Q»é? ¿quéV ¿qué ocurre? 

Bas. Nada, nada; creí que era otra cosa. 

FiL. Hija, por Dios... 

Doctor (a Amandino, con solemnidad.) (¿Sabe usted que 
no me gusta la criad»'/) 

Aman (¡No; ni á mí tampoco!) 

Doctor Bueno. Sentimos dolor de cabeza, ¿verdad? 

Aman. Sí, señor. (¡Que acabe y se vaya!) Sentimos 

dolor de cabeza. 

Doctor ¡Perfectamente!... Aquí, por fortuna, tene- 
mos el remedio más eficaz, (coge ios dos sina 
pismos de marras y los moja en el lavabo. J 

Aman. ¿Qué va usted á hacer? 

Doctor Ponerle á usted dos sinapismitos; sencilla- 
mente. ¿Eh? ¿Qué le parece á usted? 

FiL (Amandino, sacrifícate por mi honor.) 

Aman. Bien... me parece bien... 

Doctor Descubra usted las piernas. 

Aman. (obedeciéndolo.) Ahí las tiene usted. 

Doctor ¡Ole! Calzoncillos cortos. ¡Admirable! 

Bas. Yo le ayudaré á usted, señor Doctor. (¡Pobre 

señorito!) 

FiL (Entusiasmada.) (¡Ay, Basilla, qué piernas!) 

Bas. (Sí: ¡parecen banderillas!) 

Aman (^Este ladrón de médico me las paga á mí.) 

Doctor ¡Ajajá! Abajito los pantalones ahorita, dé 
usted un paseito por la alcobita... y resísta- 
los usted... su media horita. 

Aman. (;Está usted fresquitol) 

Doctor Si persiste el dolor de cabeza, que no per- 
sistirá, que le plantifiquen á usted otros dos 
en los brazos. 

Aman . No persistirá. 

Doctor Y hasta luego, ¿eh? (vase por ei foro.) 

FiL. Vaya usted con Dios. 

Bas. Adiós, señor Doctor. 



43 



ESCENA VI 



FILADELFA, AMANDDÍO, BASILIA y DOX PAXTALEÓX 



Aman. ¡Ea! ¡pronto! ¡pronto! ¡Mi chaqué, mi som- 
brero, y á la calle! 
FiL. ¡Quítate los sinapismos primero! 

Aman. ¡Puera de aquí me los quitaré! 
Bas. ¡Nos hemos salvado en una tabla! 

Fu.. (Ayudándole á Aniandino á pouerse el chaqué, mien- 

tras Rasilla saea el sombrero de la parte baja de la mesa 

(le noche. I Toma, toma... Anda, monín... 
Aman. ¡El sombrero! ¡el sombrero! 
FiL. ^.Dónde está el sombrero? 

Bas El sombrero, señorito. 

D. Pan fSaliendo por la izquierda.) ¿Qué pasa aqUÍ? 

Aman. / 

FiL. ^ í ¡Maldición!) 

Bas \ 

D. Pan. Buenas tardes. ¿Es usted el médico, por 
ventura? 

FiL Sí... sí... es el médico... el médico es... 

Bas El médico, sí señor, el médico... 

Aman. El médico... el médico... (¡Qué voy á hacer- 
le! ¡Se ha propuesto la Providencia darme»- 
el díalj 

D. Pan Siéntese usted, (se sientan ambos. Detrás quedan 

Basilia y Filadelfa consternadas.) 

Aman. (¡V'aya! ¡Me pondré en carácter!) ¿Qué tene- 
mos, señor? ¿Sentimos dolor de cabeza? 
(¡Huy! ¡ya empiezan á picarme éstos!) 

D. Pan. Le diré á usted: la cosa es larga de contar. 

Aman. (¡Pues me he lucido!... ¡Huy!...) (La inquietud 

que le producen los sinapi.smos aumenta por segundos, 
ha.sta que parece que va montado en bicicleta, según 
juega las pantorrilla.s.) 

1). Pan. Ayer me encontraba yo perfectamente... 
Aman. Y yo... ' ¡Huy!) 
D Pan. Pero hoy... 
Aman. ¡Hoy!.. 

D. Pan. Si, señor, hoy, noté al levantarme como que 
no tecía sueño... y es claro, dejé la cama. 



- 4t - 

Aman. (;Ay! ¡ayl...) 

FiL. (¡Pobrecito mío!) 

D. Pant . ¿Qué hace usted? 

Aman. Que gov muy nervioso... no se ocupe... 
(¡Huy!) - 

D. Pant, Poner pie en tierra y sentir deseos de al- 
morzar todo fué uno. 

Aman . (¡Lo ha tomado desde sus orígenes...! ¡Huy!... 
¿A que los voy á aguantar la media horita 
que quería el otro?) 

D. Pant. Almorcé como un bárbaro; usted me dis- 
pense... 

Aman. Está usted en su casa... (¡Ay!.. ) 

D. Pant. Me cayó pesadillo el almuerzo, y salí á la 
calle con ganas de pegarle á alguno. (¿Qué 
hace este hombre?) 

Aman. (¡Ay!) 

D. Pant. Volví á casa; torné á salir... y en esto, ¡zas! 
Almágrete. Me trabo de palabras con él, que 
tú, que yo... ¡pin! ¡pan! ¡puní... Un disgusta- 
zo. Se me carga la cabeza de resultas, y le 
pido á mi hija para ponérmelos dos sinapis- 
millos que tengo allí... 

Aman. (¡Ya no están allí!) 

D. Pant. Hero al fin y al cabo no me los puse... 

Aman. Lo siento en el alma... (¡Huy! ¡huy! ¡huy!...) 

D. Pant. Porque son muy malos ¿entiende usted? y 
ni siquiera pican. 

Aman, ¿Que no pican? ¡Dígamelo usted á mí, que 
los estoy aguantando hace diez minutos! 

D, Pant , ¿Cómo? 

Aman. ¡No puedo más! (Arrociuiáudose.) Perdón, caba- 
llero, 

FlL. (Arrodillándose también.) Perdón, papaíto. 

Bas. (lo mismo.) Perdónelos usted: se quieren con 

locura. 
D. Pant. ¿Eh? ¿Qué es esto? ¿Qué burla es esta? 
Aman. (¡Pin, pan, pun, tenemos!) 
D. Pant, ¡Lo mato! ¡lo mato! 
Aman. Caballero, óigame usted: me llamo Amandi- 

no,y tengo veinticinco mil duros de capital. 
D. Pan. ¡Hombre! ¡Levánteseustedenseguida!¿Quié- 

re usted tomar algo"? (.Se levantan todos.) 

FiL. ¿Nos perdonas, papá? 



- 4o — 

D. Pax. ¡Ya lo creo, hija mía! ¿Cómo he de contra- 
riar yo una pasión honrada? 
Aman. Es usted un santo Con esa noticia me ha 

desaparecido el picor de los sinapismos. 
D. Pan. Y á mí con la sorpresa el malestar. 
FiL. Y á mí con la alegría el miedo. 

Bas (Y á mí con todo las propinas.) 

Aman . (ai púbiü-o.) 

Público amable y señor: 

si el juguete te ha gustado, 

daré por bien empleado 

el ratito de picor. 



EPÍLOGO 

EL AUTOR otra vez 

(a la terminación del cuadro anterior se corre la cortina de la embo- 
cadura y en el sitio de los letreros vuelve á aparecer el de 'Tea- 
tro nacionab. Sale nuevamente el Autor y se dirige al pútlico 
como al principio.) 

Aquí de nuevo me tienes: 
te agrade la obrilla ó no 
debo declararte ahora 
que yo no soy el autor. 
En nombre de los autores 
verdaderos, que son dos, 
mentí al principio y expuse 
por mi boca su intención. 
Perdónanos el engaño 
y otórganos tu favor: 
para mí, lo piden ellos; 
para ellos, lo pido yo. 



FIN 



Madrid, Marzo loOii 



OBlíflS DE íiOS IWISIVIOS fll)TOl?ES 



Esgrima y amor, juguete cómico. 

Belén, 12, principal, juguete cómico. 

Güito, juguete cómico-lírico. 

La media naranja, juguete cómico. 

El tío de. laflriuta, juguete cómico. (2.* edición.) 

El ojito derecho, entremés. (2.a edición.) 

La reja, comedia en un acto. (3.a edición.) 

La buena sombra, sainete en tres cuadros. ;•).» edición.) 

El peregrino, zarzuela cómica en un acto. 

La vida inihna, comedia en dos actos. (2.» edición.) 

Los borrachos, sainete en cuatro cuadros. (2.a edición.) 

El chiquillo, entremés. (3.a edición.) 

Las casas de cartón, juguete cómico. 

El traje de luces, sainete en tres cuadros. 

El patio, comedia en dos actos. (2.» edición.) 

El motete, entremés con música. 

El estreno, zarzuela cómica en tres cuadros. 

Los Galeotes, comedia en cuatro aclos. (2.a edición.) 

La pena, drama en dos cuadros. 

La azotea, comedia en un acto. 

El género Ínfimo, pasillo con música. 

El nido, comedia en dos actos. 

Las flores, comedia en tres actos. 

Los piropos, entremés. 

El flechazo, entremés. 

El amor en el teatro, capricho literario en cinco cuadros, pró- 
logo y epílogo. 

Abanicos y panderetas ó ¡A Sevilla en el botijo! humorada sa- 
tírica en tres cuadron, con música. 



SERAFÍN V JOAQUÍN ÁLVAREZ QUINTERO 



ABANICOS Y PANDERETAS 



O 



¡H SEVILLR EH EL BOTIJO! 



HDMORiDA SATÍRICA EN TRES CUADROS 



con múfrica del muestro 



S^XJ^I^I^'T^Cy GHJS.^1 



'*^^^v 



•>»#<«?'< 




SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES 
Salón del Prado, 14, hotel 

1S02 



iV. Fahra Tierrero 



ABANICOS Y PANDERETAS 



Esta obra es propiedad de sus autores y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla 
en España ni en los paises con los cuales so hayan 
celebrado ó so celebren en adelante tratados interna- 
cionales de propiedad literaria. 

Los autores se reservan el dertcho do traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad 
de Autores Españoles soa los encargados exclusivamen- 
te de conceder ó negar el permiso de representación 
y del cobro de los derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



ABANICOS Y PANDERETAS 
ó 

JÁ SEVmA EN EL BOTIJO! 



flüi:oR.íD\ satírica is tris ccídros 

DE 

serafín t JOAQUÍN ALVAREZ (¡UISIERO 

con mtlsica del maestro 

RUPERTO CHAPÍ 



estrenada en el TEATRO DE AFOLO el 10 de Julio de 1002 



* 




MADRID 

>«. TKLiSCO, IMP., MARQÜI^.S DE 8AST1 XVI, 11 DCP.° 

Teléfono número 651 
1902 



REPARTO 



PERSONAJES ACTORES 

LOLA Seta. Pino. 

PEPA Gaecía. 

SEÑA BLASA Pra. Rodríguez. 

MATRUQUI Se. Carreras. 

GAMERO Simó-Raso. 

CORRUCO , Seta. Tabeenee. 

MANOLO Se. Ruksga. 

MOZO 1.0 RüizdeAeaxa. 

ídem 2.0 SOEIAKO. 

UN ZAGALÓN Picó. 

UN ESTUDIANTE De Fbancisco, 

EL OJALES MÁiQUEZ. 

LOLA Seta. Pixo. 

MANUELA.. Sea. Toeees. 

MATRUQUI Se. Caeeebas. 

CORRUCO Seta. Tabeeneb. 

CAIRELES Brú. 

DON RAMÓN Sr. Soler. 

BARTOLO Fernández. 

TÍO PINGAN DÍ Simó-Raso. 

UN INGLÉS Caeeión. 

DON CRISANTO Ramiro. 

Majas, majos y toreros 

LOLA Seta. Pino. 

MATRUQUI Se. Caeeeras. 

SEÑÓ JUAN Mesejo. 

ANTOxMO FeenAndez, 



..^^(,.?>> /^n. ^'^■- 



. ift II fi: li •í^ II ií: il ® li Sb II ■* II •* II 55 il ^ II S; II ■% II •* |i -9- 11 A || <K .1 íje || v 



CUADRO PRIMERO 



Sala de equipajes en la estación de un pueblo de la línea andaluza, 
cercano á Madrid. A la derecha del actor una puerta que comuni- 
ca con el andén. En el foro otra que da entrada al pueblo, por la 
que se ve el campo. A la derecha de ella una mesa cubierta con 
un paño blanco, donde vende una vieja vinos, agua, aguardiente, 
rosquillas, pin, tabaco, etc., etc. En la pared de la izquierda, cer- 
ca del foro, la ventanilla del despacho de billetes. Paralelo á esta 
j>ared un mostrador corto. Adosados al muro, en todos los huecos 
de la sala, bancos de madera. En las paredes carteles de anuncios 
de trenes y fiestas.— Es por la mañana. 



ESCENA PRIMERA 

MATRUQUr, CORRUCO y la SEÑA BLASA 

(Matruqui, sentado á la derecha; Corruco, paseando; la seña Blasa, 

sentada en una silla tras de la mesa en que vende sus mercancías. 

Sobre el mostrador un maletín y dos ó tres líos, de Matruqui.) 

SeSÁ B, Ya han dao la salida del otro pueblo: 3'a no 
tarda en venir. A lo más diez minutos. 

Mat. Diez ó veinte. El botijo se recrea mucho en 

el paisaje. 

Cor . ¿Va usté á Seviya? 

Mat. Sí, señor: á pasar la feria. Me han pondera- 

do tanto aquéllo que ya no puedo resiát'r la 
tentación. 

Cor. Aqu<^yo tiene ange. ¿Usté e3 er médico de 

aquí? 

Mat. No, señor; el secretario del Ayuntamiento. 

¿Vf usted va también á Sevilla? 



— 6 — 

Cor. Yo yegué anoche de Madri, Yo mato aquí- 

en las fiestas. 

Mat. Ah, vanaos. Seo;un eso es usted... 

Cor . Juan Osuna, Corruco; pa servirle. Estoy es- 

perando al otro mataó, Manuer Díaz, El 
Ojales, que debe vení en er botijo. 

Seña B. ¡Pues también son ganas de i)agar el billete- 
basta Sevilla para quedarse a^uí! 

Cor. ¡Qué ha de paga, señora! V^endrá de incór- 

nito. 

Mat. ;,Cómo de incógnito? 

Cor . Debajo de un asiento; como vine yo. 

Mat. ¡Hombre! ;.Y que tal se viaja? 

Cor. jAr pelo! ¡Si eno del eslipin es una tonteríaf.... 

Y que de aquí á Madri hay mu poco trecho. 
Yo vine en la gloria. Carcule usté que ar salí 
de Madri, un vinatero que iba en er coche 
metió su merienda debajo del asiento donde 
yo estaba. ¡No le digo á usté más! 

Mat. Ya me hago cargo. Vagón restaurant inclu- 

sive. 

C)R. Eso. 

Mat, Pues, hombre, yo creía que el toreo daba 

para algo más. 

Cor. Como no dé... Ar prinsipio na más e dijas- 

tos. To se lo comen los matacres de cartea 
¡Y cuidao que hase uno bonituras por (slos 
pueblos! Si lo vieran los revisteros de Ma- 
dri... 

Mat. Oiga usted: ¿y la cuadrilla viene tambiérs' 

ahora de incógnito? 

Cor . ¡Qué cosas tiene usté! ¿La cuadriya va á via- 

ja como er mataó?... La cuadriya vendrá? 
mañana en los topes. 

Mat. ¡Pues son ustedes una ganga para la Com- 

pañía! 

Cor. ¿Y qué se le va á hasé? Ya se gorverá Ja 

tortiya y nos impondremos á las empresas.. 

Max. Yo me alegraré mucho. 

Seña B. (a Matruqui.) ¿No esperaba usté al médico?^ 
Ahí llega á caballo. 

Mat. (Levantáudose.) Si; me dijo que vendría á des- 

pedirme. 

Cor. (íEs ese? ¡Lo que me hubiera á mi gustaa 
irme de este pueblo sin conosé ar médico.' 



ESCENA II 

DICHOS y GAMERO 

Gam. (Por el foro, hablando hacia dentro. En la mano trae 

un paquete de confitería.) Ten CUidaO COn la jaCÜ, 

niño. 

Mat. ¡Amigo Gamerol ¿Para qué se ha molestado 

usted? 

CxAM. ¿Quié usté Gayarse, hombre? ¿De manera 

que lo meto á usté po er paso pa que vaya á 
mi tierra, y no vi á salí á despedirlo? Tie- 
ne usté cosas e forastero. (Este señor doctor es 
un ejemplar completísimo de los andaluces de frases 
hechas que, nada más que por ser andaluces, se con- 
ceptúan jacarandosos, graciosos y simpáticos á más no 
poder y molestan al resto de la humanidad que no 
tiene tanto salero como ellos. Cuenta, además, entre 
las muchas suyas, la gracia de moler á golpecitos á su 

interlocutor.) ¡Ah! El encarguito der señor cu- 
ra, (lc entrega el paquete que trae.) 
Mat, Hombre, es verdad. Me lo anunció anoche 

y ya me sorprendía que no hubiese venido. 
Son rosquetes elaborados por él que les 

manda á unas monjas. (Deja el paquete encima 
del mostrador.) 

Gam . Estoy en el ajo. — Denos usté una copita, se- 

ña Blasa. 

Seña B. ¿De aguardiente, don Julio? 

Gam. ¿Pos de qué va á sé, de agua de Melisa? 

Seña B. ¿Fuerte ó flojo? 

Mat. a mí, flojo. 

Gam. (imponiéndose.) Ar señó, triple, y á mí, cuádru- 

ple. ¡Miste que di á Seviya y pedí aguar- 
dientito flojo!... 

Mat. Yo creo que no tiene nada que ver una cosa 

con otra. (Di^pouléndose á beber.) En fin, SCa lo 

que Dios quiera. 
Gam. (a Corruco) ¿Usté gusta, amigo? 

Cok. Grasias, señó dortó. (Apojado en el mostrador 

presta oido al diálogo de Camero y Matruqui.) 

Mat (Dejando media copa.) ¡Bah!... ¡Esto abrasa! 



Gam. Hombre, no sea usté damisela. Si es lame- 

dó. (Se echa al cuerpo su copa de un trago, y se le 
saltan las lágrimas y le entra hipo, á pesar de su an- 
dalucismo recalcitrante.) 

Max. ¿Lamedor, eh? ¿Quiere usted un poquito de 

agua? 

Gam . (Tomándolo á broma.) ¡GuaSOnSÍMlisI ¿Usté 88 

cree que he pasao un susto? Eche usté otras 
dos copas, seña Blasa. 

Max. Para mí no. 

Gam. (Despreciándolo.) Eche usté otras dos copas. — 

¡Cómo lo envidio á usté, camaraíta! ¡Cómo 
lo envidio á usté! 

Max, Pues ¡hala! Véngase usted conmigo. 

Gam ¡Ojalá! Pero no pué sé: tenemos corrías e to- 

ros estos días, y siempre hase uno farta. 

Cor. (Echándole á Gamero una mirada que es un poema.) 

(¡IMiá qué grasioso!) 
Max. Pues lo siento, hombre, porque así como así 

á mí no me agrada viajar solo. 
Gam. ¿Por qué, comparito? 

Max. Por la broma del sonambulismo, que usted 

me conoce. 
Gam. Es verdá. 

Max. Le aseguro á usted que en las fondas vivo 

en un ¡ay! Más de una vez me he levantado 

de la cama dormido como un tronco á ma- 
tar al fondista. Me da por los fondistas. 
Gam. ¿y se quié usté yevá á un amigo pa quitarle 

er gorpe ar fondista, guasón? ¡BJso sí que 

esta güeno! 
Max. ¡.Ja, ja, ja! (Beben.) 

Gam. Va usté á vé una tierra: ¡va usté á vé una 

tierral ¡Le digo yo á usté que va usté á vé 

una tierra! 
Max. Si ya lo he oído. 

•Gam. ¡Seviyiya e mi arma!... ¡Qué sielo!... Usté no 

ha visto sielo toavía. 
Max. Sí, señor; si he visto. 

■Gam. ¡Usté no ha visto sielo! ¡Y qué mujeres, oa- 

mará! Er chaleco se le va á cae á usté. Usté 

no ha visto mujeres. 
Max. ¡Dale! 

Oam. ¡Hasta pa la nariz usan pañuelos e Manila I 



— 9 — 

Y luego ¡eche usté flores! Una maseta aquí, 
y otra maseta aquí, y otra ncaseta aquí... 

(Señalándose la cabeza, el cuello y el pecho.) Y Ca 

peina de este tamaño. 

Mat. ¡Irán bien! 

Gam. ,.Bien? ¡La americana va á usté á caérselel 

Mat. Ya fee me ha caído el chaleco 

Gam. ¡Ysingrasia! Arrobas e sá, camaraita. En 

fin, usté bu e desírmelo. 

Mat . Ya lo creo. Y me beberé una caña á la salud 

de usted 

Gam. ¿Una caña? ¡Ni que fuera usté á pesca, 

arma mía! Ayí las cañas se toman por sien- 
tos. \L?.s jumeras que he cogió yo en aqueya 
Eritaña!... ¡Josú!... Usté no ha bebió vioo. 

Mat. En las comidas, sí. 

Gam. ¡Usté no ha bebió vino! Y menos er vino e 

mi tierra, que es er que toma Dios con las 
tasas e cardo. 

Mat. Mete u?ted en ganas á cualquiera, doctor. 

Gam. ¡Ay, cómo estará aqueyo, Dios mío! ¡Cómo 

estará aquej'o! ¡Cuánto asahá!... Ayí á ca 
paso se encuentra usté un naranjo. 

Mat. Como si fueran transeuntps, ¿eh? 

Gam. En serio: yo no he visto en ninguna parte 

más naranjas que hay en Seviya. 

Cor. (Este no ha toreao en Valensia.) 

Gam. Hay tar savia por debajo e la tierra, que las 

fuentes e las ca3'es no echan agua clara. 

Mat. Echarán agua de azahar. 

Gam. Chachipé. ¡y qué ambiente! ¡qué ambiente! 

¡qué Oló!... Hase usté así... (Respirando fuerte.) 

y se cae usté de es pardas e gusto. Porque 
usté no ha respirao toavia. 

Mat. Mire usted que tengo treinta y tres años. 

Gam . ¡Usté no ha respirao toavia! Va usté á gor- 

verse loco. Y no le digo á usté na, cuando 
pase por la caye las Sierpecs. ¡.Josú!... ¡La 
caye las Sierpes-!... ¡En la caye las Sierpes se 
le caen á usté los pantalones! 

Mat. Preferiría que me ocurriera en otro sitio me- 

nos céntrico. 

Gam. y quien dise la caye las Sierpes, dise toas 

las cayes. Porque mi tierra es un encanto 



— 10 — 

por donde quiera que se la mire. ¡Qué fami- 
liaridá!... ¡Qué rumbo!... ¡Ayí está to pagao! 

Mat. Eso lo celebro en el alma. 

Gam. Ayí tiene usté amigos antes e y egá. ¡Y qué 

costumbres! ¡A mi no se me orvía una no- 
che que fuimos ar Burrero Monpansié, señ6 
Manuer Domínguez y yo, y nos encontra- 
mos un pá de canónigos con sombrero an- 
cho!... E-^ta es la tierra; esta es la cosa. ¡Qué 
Burrero aqué! ¡Miste que es bonito pone en 
las mesas castañuelas pa yamá á los mososí 
¿Eh? 

Cor. (íSste gachó está soñando por vía.) 

Mat. Es bonito y alegre... y muy nuevo. Lo que 

no me explico es que siendo usted natural 
de aquella Jauja, se haya trasladado á este 
modestísimo pueblo de Madrid. 

Gam. Por la caló, camaraíta. No pueo con la caló e 

mi tierra. Argo había e tené. 

Mat. Sí que creo que aprieta de firme. 

Gam. ¿Que si aprieta? Usté... 

Mat. ¡Sí; yo no he sudado todavía. Adelante. 

Gam. Baste desirle á usté que el úrtimo verano 

que yo estuve ayí, que por eso me vine, se 
le acabaron los grados ar termómetro. 

Mat. ¡Qué barbaridad! 

Cor. Haberlo emparmao. 

Gam . No es ponderasión: ayí, en Agosto, hasta er 

Guadarquiví pasa hirviendo. Se mete usté 
diez minutos en el agua der río... 

Mat. ¡y salgo duro! 

Gam. No lo tome usté á broma. 

Mat. Afortunadamente, yo voy en primavera. 

¡Qué ganas tengo de llegar! 

Gam. Ya me pondrá usté una postalita con sus 

impresiones. 

Mat. Cuente usted con ella. 

(óyese dentro la bocina del guarda aguja.) 

Cor. Ahí me paese que viene er tren. 

Mat. ¿Sí? Pues cojamos el equipHJe. ¡Gracias á 

Dios que llega! 

(Corruco se sale al andén, y Malruqui va á recoger su 
maletín y sus líos, olvidándose del paquete del cura. 
Por la puerta del foro llega un Zagalón en busca de Ga- 
mero.) 



- 11 — 
ESCENA III 

DICHOS, menos CORRUCO; un ZAGALÓN 

(Óyese lejos el silbido del tren. Poco después vuelve á. 
sonar mas cerca, y á la terminación del diálogo entre 
Matruqui y la seña Blasa, se supone que llega á la esta- 
ción y para en ella.) 

Zag. ¡Don Julio! ¡Don Julio! 

Gam. ¿Qué hay? 

Zag. De parte de la señora boticaria que vaya 

usté en seguida, que el señor boticario está- 
coa jaqueca. 

Gam. Dile que voy á escape, (vase ei zagalón.) 

Mat. ¿Qué es eso? ¿ocurre algo? 

Gam . Ev boticario con una apoplegía. 

Mat. ¡Atiza! Pobre señor. 

Gam. Acaba de avisarme la mujé pa que vaya á 

echarle un capote. 

Mat. ¿Así lo ha dichc ella? 

Gam. Hombre, no. 

Mat. Pues no se detenga por mí. Ande, ande. 

Gam. (Despidiéndose.) Hasta procto, querjdo Matru- 

qui. Feliz viaje... divertirse mucho... cuidao- 
con mis paisanas... ya usté me entiende... y 
no se orvíe usté de la postalita. 

Mat. Antes me olvido de mi nombre. ¿Qué me 

manda usted para allá? 

Gam. (Desde la puerta del foro, volviéndose.) QuC le dé 

usté un peyizco á la Girarda... un beso al 
Ayuntamiento .. y un abraso á la Plasa 
Nueva. 

Mat. ¡E-50 es imposible! 

Gam. Pos no me contento con menos. ¡Cómo la 

envidio á, usté, camaraíta! ¡Cómo lo envidia 
á usté! ¡Seviyiya e mi arma, quién te vie- 
ra!... iJ>)SÚ! ¡Josú!... (Hacia dentro.) ¡Niño! ¡trae 

la jaca! (Desaparece, afortunadamente para todos.) 

Mat. Vamos fuera, que ya viene ahí el monstruo. 

Seña B. (Deteniendo en su carrera á Matruqui ) ¡Eh! ¡ehl 

Mat, ¿Es á mi? 

Seña B. tíí, señor. 



— 12 — 

Mat. ¿Qué pasa? 

Señ'Á B. Que aquí no ocurre como eu Sevilla: que 

aquí no hay na pagao 
Mat. Ah, vamos, las copas. Yo creí... Usted me 

perdone. ¿Cuánto es? 
Seña 8. Una peseta. 
Mat. ¡Comadre! Pocos peces asoman la cabeza, 

pero el que la asoma... Ahí tiene usted. 
Seña B. Gracias. Buen viaje. 

Mat. ¡Hasta la vuelta! (Echa á andar hacia el foro.) 

¡Diablos, que me iba al pueblo! Con la emo- 
ción no sé lo que hago... (Retrocede y vase can- 
tando por la puerta del andéu.) 

Sevilla de mi alma 
lo que te adoro... 
(Pausa. Algazara y bullicio en el andén.) 



ESCENA IV 

SEÑA BLASA, un ESTUDIANTE, dos MOZOS del pueblo, LOLA, 
PEPA y MANOLO, luego MATRUQÜI, al final CORRUCO y EL OJA- 
LES. Gran rapidez en toda esta escena. 

EST. (Por la puerta del andéu, muy aprisa. A la Seña Blasa.) 

¿Tiene usted tabaco? 
Seña B. ¿Qué se ofrece? 
EsT. Una de treinta. 

Seña B. Vaya. 

EsT. (Pagando ) Tome USted. (vase.) 

Mozo 1 . o (saliendo con el Mozo 2." y llegándose también á la 

mesilla.) A vé: dcuos usté dos copas de aguar- 
diente. 
Seña B. ..; Fuerte ó flojo? 

Mozo 1.0 Barato, (a su compañero, mientras les sirven.) 

¡Chavó, qué dos mujeres yevamos en er co- 
che! 
Mozo 2.0 Ahí vienen. 

Mozo 1.0 Es verdá. A vé si se quean en tierra. (Beben.) 
Mozo 2. o Señora, ¿qué nos ha dao usté aquí, bensi- 
na? 

Mozo 1.0 Esto es pórvora, cámara, (presentándole una 
mano con la palma hacia arriba, después de llevársela 



— 43 — 

á la boca) M¡ste la campaniya: me la ha 
arrancao. 

Me ZO 2 . o (Pagaudo.) Tenga usté los perros. (Se asoman por 
la puerta del foro al campo. Llegan I. ola, Pepa y Ma- 
nolo.) 

Pepa Aprisita, que er tren no espera. 

Lola For Dios, no se nos vaya á di. 

Man. Nos sobra tiempo; no aí^ustarse. (a la señá 

Biasa ) Eche usted dos vasitos de agua. 
Pepa ¡Ay, yo voy seca! ¡Miste que romperse er 

piporro!... 
Lola ;Pero, hija, si mi tío se sentó ensima de é! 

Cor. (Pasando con El Ojales, que viene en estado lastimoso, 

desde la puerta del andén á la del campo, por donde^ 

se van.) Ef ganao es grande, pero más gran- 
de es la jambre que tenemos. 
Oj\LES Hay que gorvé á Madii con tres ó cuatro 
orejas. 

MaT. (Azorado, con su maletín y sus líos.) ¡SantO Dios! 

¡He perdido los rosquetes del cura! .. (Da me- 
dia vuelta por la sala, y se dirige a la Señá Blasa.^ 
Señora, ¿ha visto usted...? 

Man. ]Matruqui! 

Mat. ¡Manolol 

Man . ¿Vas á Sevilla en el botijo? 

Mat. Si. ¿y tú? 

Man. También Estas amigas y yo vamos juntos^ 

Vente á nuestro coche. 

Mat. Con el alma y la vida. ¿Habrá sitio? 

Lola Y si no se hase un sitio pa usté. 

Mat. Muchas gracias. (¡Qué guapa es esta joven!) 

Lola En exprimiendo á un gordo que va ayí, ca- 

bemos ar pelo. 

Mat. ¡Qué ocurrencia! Quiere exprimir á un gor- 

do... 

Mezo 1 .o (ai pasar hacia el andén, á Lola y Pepa.) Anda pa 

aya, que aquí para mu poco tiempo. 
Mozo 2.0 No dormirse. 

Mat, ¿También van en el coche efos mozos? 

Lola También. Y'^ que cantan los dos que da 

gusto. 
Man. Quién habla de canta y es un canario, 'a u 

Señá Biasa.) ¿Qué le dcbo, señora? 
Señá B, Dos reales. 



— 44 — 

Lola ¿Dos reales dos vasos de agua? 

Pepa ¡Ave María Purísima! 

Lola Le arvierto á usté que los vasos los dejamos 

aquí. 

Man. Vaya, vaya, no es ocasión de discusiones. 

¡Al tren! 

Pepa Andando. 

LoL\ Andando. 

Mat. ¡Qué mujeres, Dios mío! ¡A Sevilla! ¡á Sevi- 

lla, que allí está to pagao! (Se van, suena dentro 
una campana y una voz que grita:) «¡SeñoreS Via- 
jeros, al tren!» 

■Seña B. Este debe de llevar más gente que el de Se- 
mana Santa (Se asoma á la puerta del andén y 

desaparece.) ¡Jesús, cuáuta Criatura!... Van co- 
mo boiregoF. 

(silba la máquina. Gran algazara dentro. Óyense con c'a- 
ridad varias voces, cada una de las cuales grita una de 

las frases que siguen: — ¡A ver SÍ arrancamos, 
que hay prisa! — ¡Cliiquiyo, corre! — ;,Será 
presiso arrempujá?— ¿Vamos cuesta arriba?— 
¡Pepe! ¡Pepe! ¡cuidao! — ¡Señó Jefe, toque 
usté er pito! — ¿Ande va ese ahora?— ¡Que 
baile er Jefe! — (varios á compás:) ¡Vamonos i 
¡vamonos! ¡vamonos!...) 

JVIaT. (Con la lengua fuera, sin maletín ni nada, despavo- 

rido.) ¡Los rosquetes del cura' ¿Dónde los he 

dejado yo? (^Viendo el paquete.) ¡Ay, allí es- 
tán! ¡Demonio de rosquetes! (suena la cam- 
panilla precursora de la marcha del tren. Matruqui 
se estremece. Corre, tropieza y se le desparraman los 
rosquetes por el suelo. Su consternación sube de punto. 
Los recoge el hombre más que aprisa, guardándoselos 
en el sombrero y en los bolsillos, mientras sigue 
dentro la gritería y el silbar del tren, y vase escapado 
temiendo perderlo para siempre.) ¿A que me que- 

do en tierra? ¡ll^spera un poco!... ¡Maldita 
sea mi estampa! ¡Se va!... ¡se va!... ¡Aguar- 
da, maquinií-ta'... ¡Se va! ¡\le quedo en tie- 
rra!... ¡me quedo en tierra!... (e1 tren arranca, 
óyese la bocina del guarda-aguja.) ¡Voy!... ¡VOy!... 
jMe quedo en tierra! (ai salir ai anden á galope, 
se gana una silba de los compañeros de botijo.— Cae el 
telón.) 



- 15 - 



Intermedio musical 

(e1 tren en marcha. Se supone que en el coche del bo- 
tijo en que va Matruqui, hombres y mujeres cantan 
diversos aires nacionales. Todas las coplas son acogidas 
con gritos de alegría y de entusiasmo.) 

— ¡Vamos, Loliya, que ya ha cantao hasta 

er fogonero! 

— ¡Que se está aburriendo la guitarra! 

— jOtra cophta! 

— ¡Gayarse! 

— Una mariposa blanca 
por mi barcón se ha metió: 
güeñas noticias me aguardan. 

— ¡Me alegro por usté! 

— Una mariposa negra 

por mi ventana se ha entrao: 

malas notisias nie esperan. 

— ¡Vaya por Dios! 
—Ole, ole! 

— ¡Viva Seviya! 

— La rubiía que adoro 
siempre me dise 

que aunque me sargan canas 
no me las pinte. 
— ¡Gáyate tú, asaura! 
— ¡Que oante eya! 
—¡.Ja, ja, ja! 

— Suspiriío de tu boca, 

chiquiya, quisiera ser, 

par-i salir de tu pecho 

sabiendo lo que hay en él. 
— ,01e, ole! 

— ¡Ay, quien fuera suspiro! 

— Me paso la vida hasiendo 

castiyitos en el aire, 

y hay una manita ocurta 

que viene y me los deshase. 
— ¡Déjate de penas, guasón! 
— ¡A vé si cantamos una cosita alegre; que 
éste nos ha puesto mu tristes! 
— ¡Y no esconder el vino! 



- d6 — 

— La confitera 
seña Frasquita 
vende suspiros 
de su boquita, 
y son tan buenos 
que el que los prueba le encarga 

una librita lo menos. 
— ¡Venga un trago! [Venga un trago! 
--Pero, ¿ande está la bota? 
— ¡La he escondido yo, porque llega un 
túnel! 

—¡Ja, ja, ja! 

— ¡Que cante ese del túnel! 
— ¡No me da la gana! 
—¡Ja, ja, ja! 

— Tengo novia matraca, 

soy de Seviya; 
eya me baila jota, 
yo seguidiyas. 
— ¡Bien por los cruces! 
— ¡Viva España! 
— ¡Vivan las mujeres! 

—¡Viva Lolilla! ¡En el tren se me van á caer 
los pantalones! 

— A tu cuerpo y á tu rostro 
felicito con el alma, 
á tu rostro por tu cuerpo 
y á tu cuerpo por tu cara. 
—¡Ole! 
—¡Ole! 

— ¡Las criaturas completas! 
— ¡Bendito sea Dios, que inventó el botijo! 
— A la orilla del Ebro 
te vi una tarde, 
y me dijo la Virgen 
que te mirase. 
— ¡Ole, Aragón! 
— ¡Hasta er botijo se anima! 
— ¡Si paese el exprés! 
— ¡Jota! [jota! ¡jota! 

— Estudiantes que estudiáis 
todo lo que el mundo encierra, 
decidme si hay en el mundo 
tierra como nuestra tierra. 



— li- 
óle! 

Viva el tren botijo! 
Viva España! 
Espelú... y, veinte minutos!. 



CUADRO SEGUNDO 



Alcoba de la casa de huéspedes de dou Ramón, eu Sevilla. Una puerta 
li la derecha y otra á la izquierda. Ku cada rincón una mesa de no- 
che. Junto á cada mesa de noche una cama. En la pared d^a dere- 
cha dos jaulas forradas y un zurrón. Apoyada en la mesa de no- 
che una escopeta. 



ESCENA PRIMERA 

DON CUISAXTO, MATRUQUI y BARTOLO, luego MANUELA, des- 
pués DON RAMÓX 

(La habitación á oscuras. Don Crisanto durmiendo como un bendito 
en la cama de la izquierda del actor, ajeno á todo lo que se le viene 
encima. Matruqui sale por la puerta de la derecha, seguido de Bartolo. 
Llega contento de la vida y con más manzanilla en el cuerpo de la que 
conviene á la seriedad del individuo. En su rostro y persona se ad- 
vierten las huellas indelebles de veintitantas horas en tren botijo. A la 
mano trac, aunque parezca mentira, los mismos bultos con que salió 
de la estación del pueblo.) 

MaT. (canturreando.) 

No estuvo pesa tu madre... 

Bart. (Imponiéndole silencio.) SchsSSS .. 

Mat. (.Sin hacerle caso.) 

No estuvo pesa tu madre... 
Barí. SchsFS... 

Mat. rlQ"c pasa, hombre? 

Barí . Que se caye usté; que hay uno durmiendo. 

(Antes de seguir adelante, conviene advertir que este 

S 



- 18 — 

Bartolo habla tan aprisa, tan Ijorrosamente y con voz 
tan hueca, que no se le entiende ni una palabra de lo 
quedice, Kslo que se suele llamarun andaluz «cerrado-. ) 

Mat. ¿(Jomo? 

Bart. Que hay uno durmiendo. 

Mat. ^,Eh? 

(Don Crisanto ronca como un ángel.) 

Bart. Schssss.... * 

Mat. Ah,vamos;tengc) compañero de habitación... 

Y, dígame usted; ¿no podría yo acomodar- 
rae golo? Porque soy sonámbulo... 

Bart. No hay más cuarto que este: zon días de 

mucha buya en la caza. 

Mat. (iQué dice usted? 

Bart. Que no hay más cuarto que éste. 

Mat . Pues, señor, no me entero de una palabra de 

lo que usted me dice. 

Bart. Pos hablo en espsñó. 

Mat . ¿Qué? 

Bart. Que hablo en españó. En Zeviya me entien- 

den. Yo no tengo la curpa de que los de 
Madrí no me entiendan. 

Mat. Ni agua, hijo. ¿Aquí en Sevilla todo el mun- 

do habla así? 

Bart. Zí, zeñó. 

Mat. ¿Que sí? Pues silo sé me traigo un intér- 

prete. 

Bart. Este tío tiene gana e guaza. Vi á yamá á Ma- 

nuela. 

Mat. ¿.Eh? 

Bart. (Desde la puerta de la derecha) ¡Manuela! ¡Ma- 

nuela! 

Max. Hola: llama usted al intérprete. Me alegro 

mucho... (ueíiexioiiaudo.) Pcsa... pcsa el víajc.. 
Estoy hecho polvo. 

JMaN. (Por la derecha, con cara muy risueña siempre.) ¿Me 

has yamao? 
Mat . (ai verla.) |01e! ¡Viva Sevilla!... Qué mala 

sombra tengo... 
Man. ¡ íVy, qué grasia! 

Bart. Entiéndete con er zeñó, que viene de broma. 

Man. ¿Qué se le ofrese á usté? 

Mat. Escúcheme usted, prenda: ¿no habría una 

alcoba sola para mí? 



— 19 — 

Man. ¡Ay, qué cosa más grasiosa! 

Mai Porque 8oy sonámbulo. . 

Man. ¡Ay, qué grasia! 

Mat. ¿De vera.s? ¿Eso tiene gracia en Sevilla? 

I Pues estoy en el mejor délos níundos po- 

sil)le?! 
Barí. (^incomodado ) Vamos, zeñó; ¿quíé usté acaba 

ya? 

Mat. ¿Qué ha dicho ese? 

Man. ¡Ay, qué cosa más grasiosa! ¡Me pregunta 

qué ha dicho!... 
Mat. ¡Como que no lo entiendo! 

Bart. Mira: yama al amo. 

Mat . ¿Que? 

Barí. ÍjO que á usté no le importa. 

Man. ¿Yarao al amo? 

Mat . Sí, mujer, sí; llama al amo. Es una idea feliz. 

¿Se le ha ocurrido á ese? Pues parece mentiría , 

Man. ¡ Ay, qué cosa más grasiosa! (Se asoma á la puer- 

ta de la izquierda y llama.) ¡DoU KamÓn! ¡Haga 

usté er favo de vení! 
Max. a ver si quiere Dios que nos entendamos. 

Así como así estoy deseando acostarme. El 
vinito claro empieza á dejarse sentir, (vol- 
viendo al canticio primero.) 

No estuvo pesa tu madre... 
B.^rt. Schsss... 

D. RaM. (Sale por la puerta de la izquierda. El buen señor tiene 
la desgracia de ser muy gangoso. Por su pelaje se adi- 
vina que su casa de huéspedes no es la Fonda de Ma- 
drid, ni mucho menos.) ¿Qué OCUTre? BueUOS 

días. 

Mat. Buenos días. ¿Es usted el dueño de este cas- 

tillo? 

D. Ram, Soy el amo de esta fonda, para servir á us- 
ted. 

M \t . < (Caramba! Parece que lo pisan al hablar.) (se 

ríe.) 

D. Ram. ¿De qué se ríe usted, caballero? 

Mat. De que esa no es su voz de usted: de que 

usted está de broma, por fuerza. 

D. Ram. ¡Oiga usted! 

Mat. . ¡Si sabré yo lo que es Sevilla! Todo el mun- 
do siempre de buen humor .. 



— iü — 

D. Ram. El que por lo visto lo trae demasiado bueno 
esusted. Dígameya lo que desea, porque aquí 
no estamos para perder el tiempo. 

MaT. dmitándolo sin darse cuenta.) Pcrfeftamente. (Ex- 

cusándose.) Usted perdone: ha sido sin querer. 
Mi deseo es el de tener una habitación sin 
compañía. 

D. Ram. Pues me es imposible complacerlo. Y aun 
esta cama la tiene usted gracia? á la reco- 
mendación que me trae y á la feliz casua- 
lidad de hallarse fuera el huésped que la 
ocupa de ordinario. Actualmente en Sevilla 
lio hay sitio para nadie. 

Max. (Eso no es una nariz: es el tubo de un órga- 

no.) Conforme. Ante razón tan poderosa, me 
callo como un muerto. Vayanse ustedes y 
me acostaré. También hubiera deseado un 
balcón á la calle, pero ¡qué diantrei me re- 
signo. 

Bart. [Pos no es usté mu ganguerol 

Max . (^on usted no hablo. ¿Qué ha dicho? 

D. Ram. Que ps usted muy ganguero. 

Max. y usted muy gangoso. 

Mav. [Ay, qué grasia! 

D. Ram. (a ios criados.) Vámonos, vamonos, que este 
señor viene alumbradillo. 

Max. ¿Cómo? 

D. Ram. Que usted descanse. 

Max. (Reparando cu la escopeta.) ¡Ah! ¡Oiga UStcd! 

D. R,M. Usted dirá. 

Max. Que se lleven aquella escopeta. 

D. R \M. La ha dejado ahí su dueño y no tengo para 

qué tocaría. 
Max. Pues peor para usted; porque hade saber 

que yo soy sonámbulo y me da por matar 

fondistas precisamente. 
D. Ra-m. (cuadrándosele y gritando.) ¡Caballero: aunque 

humilde y pobre, no consiento que nadie se 

burle de mi! ¡Y debiera usted guardarle más 

consideración á la persona que á mi lo reco 

miendal 

D. Cris. (Desportando, furioso, á los gritos.) ¿LeS parece á 

ustedes que es esta la mejor hora de discu- 
tir? ¡Estamos aviados! 



— 2< — 

Mat. (Después df silbar.) (Este 63 el único que habla 

claro en la casa.) 

D. Ram. Don Crisanto, perdone usted. 

D. Cris. ¡No hay perdón ni perdón! ¡Hay que no se 
puede pegar un ojo! 

D. R.AM. Vaya, vaya, cada mochuelo á su olivo. Des- 
cansar, caballero. 

Mat. Gracias. Y dentro de un par de horas que 

me llamen. 

D. Ram. Está muy bien, (st- va por la izquierda.) 

M\N. ¡Ay, qué coea má^ grasio.^a! 

Bart. a tí to te hace gracia; pa tí to es mu gracio- 

zo. Zi yo fuea el amo, ¡en zeguía ze iba á 
pitorrea de mí ningún viajero! (se van por la 

derecha los dos.) 



ESCENA II 

MATRUQII y DON CRISAXTO 
'' Matruqui, apenas se queda solo, suelta la risa.) 

Mat. Me río de la casa en que he venido á parar, 

que es una grillera... Y cuidado que no p^' 
cómo me quedan ganaa ni de reírme, per- 
qué entre el cansancio y el vinillo, estoy 
que no valgo dos reale.*"... Vamos á tumbar- 
nos un rato. (Mientras se ¡luita la americana, el cha- 
leco y los pantalones monologuea á sus anchas.) Df? 

Córdoba aquí lo hemos pasado bien... ¡Qué 
Lolilla, Dios mío!... Eso es gracia, y no la de 
Gamero... No, si todas las sevillanas son 
como Lolilla, lo de la gracia de la tierra es 
un hecho indudable... ¡Qué hermosa debe 
de ser Sevilla!... ¡Qué ganas tengo de dar 
una vueltecita por ahí!... La Giralda... el 
Puente... la Macarena... las mujeres... una 
maceta aquí, otra maceta aquí. . naranjos 
hasta en la mesa de noche .. ¡Ole, Sevilla!... 
Usted no ha respirado, Matruqui. (Riéndose.) 

¡Qué gracioso es Gamero! (So sienta en la cama 
y priui-ipia á quitarse las bolas ) 

íao estuvo pesa tu madre. . 



— 22 — 

Hombre, ¿cómo era aquella salidita de 
Lola?... (Qué bien la cogí!... Pero se me ha 

olvidado... (canturrea, tratanflo de recordar lo que 
dice.) 

Yo me encomendé... 
¡Ca! No era esto... 

Yo me encomendé... 
¡Ca! ¡Maldito sea mi oido!... (.Métese eu la cama 
y permanece sentado en ella.) 

Yo me encomendé... 
¡Ca! «Con Dios me acuesto, con Dios mo 
levanto...» 

Yo me encomendé... 
Ahora. 

Yo me encomendé... 
Por ahi, por ahí va. ¡Con qué gracia lo can- 
ta Lola! La caidita, la caidita sobre todo... 

Yo me encomendé, 
con las gr and e^fati guitas de la muerte, 

ar Señó der Gran Podé... 

¡Ole! ¡ole! Asi era, así era. (Entusiasmado con el 
triunfo, repite el estribillo en voz muy alta.) 

Yo me encomendé, 
con las grandes fatiguitas de la muerte, 
ar Señó der Gran Podé... 
D. Cris. (saltando, colérico.) ¡Caramba! Pero ¿estamos 
aquí ó en el café de Novedades?... ¡Caramba? 

(Matruqui, .<!in contestar ni jota, so hace un ovillo y se 
tapa hasta la cabeza.) 
MaT . (incorporándose y mirando á don Crisanto después de 

una pausa, é imitando á Manuela.) ¡Ay, qué COSa 
más graciosa! (vuelve á taparse y á poco dice.) Me 

da el corazón que mi compañero de alcoba 
no participa del buen humor proverbial de 

la raza andaluza. (Nueva pausa. E1 hombre .se va 
rindiendo al sueño.) LoS patioS .. los patioS... lOá 

toreros de fiesta... las majas... la navaja en 

la liga... (cantando otra vez, inconscientemente.) 

Yo me encomendé... 
jDemonio! Se me viene á la boca... Schsss... 
¡Lolilla! ¡Lolilla! Me alegraría soñar conti- 
go... ¡Ay! ¡Si me quisiera esa mujer!... (Qué- 
dase dormido. Don Crisanto, por no ser menos, duérme- 
se también. Roncan á dúo, alternativamente, por espa- 



— -23 — 

cío de unos instantes. De pronto cesan los ronquidos y 
principia el sueño de Matruqui. Música en la orquesta 
para contribuir á la ilusión. En la pared del foro ábrese 
un gran círculo luminoso, donde surge como por encanto 
una calle sevillana compuesta de retazos de aquí y de 
allá que quieren ser artísticos y que no lo son, y en la 
<inc hay una roin i\no «e vii'ni' abajo de flores.) 



ESCENA III 

MATKIQUI y DOX CRTSAXTO en sus respectivas camas, dormidos. 
En el fondo CAIRELES, luego LOLA. 

(Sale Caireles por la derecha, vestido de majo en día de gala: som 
brero oalañés, chaquetilla de terciopelo con alamares, pantalón corto 
bota abierta y manta jerezana al hombro. En la mano trae una gui 
tarra adornada con eintas de colores. Pasea la mirada por la escena. 
<*on cierto aire de perdonavidas, y al fin se detiene ante la reja de 
las flores, adopta la postura más artística que se le ocurre y principia 
á rasguear por lo fino para cantarse algo sin pérdida de tiempo.) 

MaT. (soñando, lo mismo ahora que en lo sucesivo.) [Hoill- 

brel ¡qué calle más bonita!... La clásica 
reja... Gamero tiene pintada una calle así 
en el país de un abanico. ¿Y quién será ese 
majo tan peripuesto? ¡Qué encanto de cos- 
tumbres! ¡Mira que si están durmiendo en 
la casa!... 

CaIR. (.\rrn7icáudose á cantar, sin saber si lo oyen ó no.) 

Serrana de mis sueños, 

gitana mía, 
por quien vivo penando 

de noche y día; 
luserito der sielo 

de la mañana, 
asoma entre las flores 

de esa ventana; 

que quiero verte 
aunque en tus ojos negros 

venga mi muerte. 



— 24 - 

Me encuentra la mañana 

siempre orohiando 

por mi tesoro: 
mi manta jeresana 

se está espintando 

con lo que yoro. 



Y de oí la triste queja 
con que lanso á tos los vientos mis cantares, 
mis pesares, 
mis hachares, 
van secándose en tu reja 
campaniyas, jazmineros y asahares. 



Serrana de mis sueños, 

gitana mía, 
estreyita der sielo 

de Andalusia, 

yo quiero verte 
aunque en tus negros ojos 

venga mi muerte. 

Mm. No has estado mal, mozo crúo. ¡Qué florido 

es el lenguaje de este pueblo! ¿Y quién ser¡i 
la gitana que lo trae tan á mal traer? (Asó- 
mase Lola á la reja con mantón do Manila, cosa indi- 
cadísima para salir á la reja, y con un diluvio de pei- 
nas en la cabeza, y de flores en la cabeza y en el pe- 
cho.) ¡Corcho! ¡Lolilla! ¿Quién te conoce con 
esos arreos? ¡Ay, qué vuelco me ha dado el 
corazón!... ¿Será novia de ese pinturitas de 
la manta?... No lo puedo creer... Estoy con 
el alma en un hilo .. 

Lola (a caireles, cantando, por supuesto.) 

¿A qué vienes, 

si conoses mis desdenes? 
Mat. ¡Ole tu madre! Ya lo sabia yo eso. 

Lola No me yores, 

que no quiero tus amores. 
Mat. ¡Como que está por mí! 



- 2o - 

Cair. Por la grasia de tu cara retrechera, 

por er garbo de tu cuerpo sandunguero, 
flamenquÍ3'a traisionera, 

yo te pío que me escuches ó me muero. 
Mat. Vas á perder el tiempo: tú verás. 

Lola Te he jurao, trianero, 

por la Virgen que en mi barrio se venera, 
que hay un hombre á quien yo quiero, 

que es un sueño que tú sueñes que te quiera. 
Mat. ^;No te lo dije, tonto? ¿Crees tú que todo se 

arregla con la manta y los alanoares? 



Cair. Aíe ha'í herío er garlochí, 

que de ducas está yeno; 

yo me muero sarmoñf; 

tus palabras son veneno. 
Mat ¿Qué ha dicho? ¿Que se muere sarmoñíf Ese 

ya ha perdido la cabeza. 
Lola Remediarlo no está en mí: 

no te canses, que yo vivo 

pa un m osito cayoquí 

que en mi amor está cautivo. 
Mat ¿Cómo cayoquí? ¡A. ver; explica esol 

Cair . ¡ Ay, qué ducas paso! 

¡ay, qué ducas sientol 
;ay, qué fatiguitas más negras 

me angustian er ppchol 

¡Qué doló míisjondo! 

¡qué doló más grande! 

Virgen de los Reyes, 
¿pa qué me la has puesto delante? 

Lola (ai mismo tiempo que Caireles canta lo anterior.) 

Vete y no nne mires, 

vete, mosogüeno, 
que tú encontrarás quien te quiera 

más que yo le quiero. 

Vete y no me yores, 

vete y no me cantes... 

Virgen de los Reyes, 
¿pa qué me lo has puesto delante? 



(Cesa lii iuii>^ÍL-a. ) 



— 26 — 

Mat ¡Cuidado que está terco y cargante ese niño! 

Cair. ¿Que 3'o me vaya? ¿que yo te deje? 

¿que no te yore? ¿que no te mire? 
¿que no te busque? ¿que no me queje? 
¿que no te cante? ¿que no suspire? 

Mat. ¡Sí, hombre, si! ¡que te largues ya de una 

vez! 

Cair. Píeme antes, flamenca mía, 

que yo te traiga pa tu cabeyo, 
pa tus jardines, pa tos artares, 
toitas ¡as flores de Andalucía, 
y pa tus brasos y pa tu cueyo 
toitas las perlas que hay en los mares, 
Píeme antes que pa tu frente 
te dé un hisero, Insero mío; 
píeme antes que junda er puente, 
que pare er viento, que seque er río... 
Mas no me pías, rosa temprana, 
gota e rosío de la mañana, 
que yo me vaya, que yo te deje, 
que no te yore, que no te mire, 
que no te busque, que no me queje, 
que no te cante, que no suspire... 

Mat. (imitando un cohete.) SsSSChsSSS... ¡puu! FuCgOS 

artificiales. No me la das, mocito. 

Lola Voy á desirte por vez postrera 

que cambie er rumbo de tus quereres, 
que yo aquí tengo quien bien rae quiera 
y no es mi curpa ei tú te mueres. 

Mat. ¡Ole! ¡muy bien dichol 

Lola Tengo quien traiga pami cabeyo, 

pa mis jardines, pa mis artares, 
toitas las flores de Andalucía, 
y pa mis brasos y pa mi cueyo 
toitas las perlas que hay en los mares. 
¡Déjame sola: vete y orvíal 

Max. Lolilla, ¡qué cursi te has puesto! ¡Tú no ha- 

blabas así en el trenl 

Cair . (como loco ya y echando el resto.) 

l'ues oye, gala de los verjeles, 
gloria y orguyo de la majesa, 
la que base encaje con sua pinreles, 
por la que er barrio se jinca y resa 
en cuanto suenan los cascabeles 



— 47 — 

de la jaquiya de su caleea; 

yo aquí te juro por los claveles 

que son corona de tuca besa, 

que ó deja menda de .«er Caireles, 

ó como pronto no me cameles 

la faca mía su hi:;toria empiesa. 
Max. ¡Menos! 

Lola Mira, mosito, rey de Triana: 

jarta me tienes con tu porfía: 

es tu gajesa pursi jonjana, 

como es jonjana tu valentía. 

Y aunque no fueran cosp tan vana, 

yo eiempre de eyas me burlaría, 

porque me sobra, por seviyana, 

quien me defienda de noche y día, 
Mat. (Marrando.) ¡Vera usted si voy yo á tener un 

disgusto! 
Cair. Lo dicho, dicho: lueao, á la tarde, 

veré á ese bravo. ( Matruqui silba.) 
Lola Tranquila espero, 

que sé que er moso no es un cobarde. 
Cair. ¡Tendrá memcria dertrianero! 

Lola Que Dios te adumbre. ^Retírase de la roja.) 

Cair . Que Dios te guarde. 

(Vase por la derecha con andar de hombre que cree 
que se come los niños crudos.) 

Mat. ¡Ea! Mire usted por donde me la puedo yo 

ganar, por tunante. ;.A que me abre ese 
bruto una raja, y vuelvo á mi pueblo hecho 
un buzón?... ¡Hola! Aquí parece que hay 
una juerguecita típica. Aquí me cuelo. 

(Desaparece repentinamente la calle y surge un paraje 
ideal, mitad patio, mitad azotea, todo lo caprichoso 
y falso que al pintor se le ocurra, teniendo en cuenta 
para componerlo la balumba de panderetas y abanicos 
que andan por esos mundos con semejante decoración 
y las demás mentiras que á propósito de Sevilla han 
escrito plumas y han pintado pinceles. Como elemen- 
tos indispensables citaremos aquí el eterno emparrado, 
los azulejos árabes donde quiera y la Giralda al fondo. 
Tenga ó no venga á cuento.) 



- 28 



ESCENA IV 

LOLA, ("ORRUCO, TÍO PINGANDÍ y un INGLÉS. MAJAS, MAJOS y 
TOREROS 

(Todcs (le fiesta: ellas, vestidas con faldas de colantes, unas con pa- 
ñolones de Manila, y otras con mantillas blancas y de madroños; 
ellos, los majos, con trajes análogos al de Caireles y los toreros con 
trajes de luces: no vendría mal un picador. El Inglés de chaqué lar- 
go, botines, patillas rubias y monoclo. El Tío Pingandí de chaquetilla 
corta, pantalón de campana y sombrero de catite.— Sin orden ni con- 
«•ierto, sobre mesas y sillas, pañuelos c'e Manila, capotes de toreros, 
guitarras con moñas enormes, castañuelas con cintas de colores, na- 
vajas, panderetas, cañeros, botellas de vino, etc., etc.) 

Mat. ¡Esto es un paraíso encantadol... Sevilla, Se- 

villa neta: un cuadro así tiene en una pande- 
reta Gamero... ¡Qué hermosa está mi Lola! 
Como baile le tiro un ojo. 

Cor. Pero, señores, ¿se ha conclnío la animasión? 

¡Ni que esto fuera un velatorio! 

Mat. i Anda! ¡si es Corruco! 

Inglés Mí querer oir cantar muy hondo al torea- 
dor. (Risas.) 

Mat. ¡Ole! ¡un inglés! ¡Pero qué típico es todo 

esto! 

Tío Pino. Cabayeros, soniche, y que haiga una mijiya 
e lacha. 

Mat. ¡Muy típico! ¡muy típico! 

Tío Pino. ¿No les paese á bus mersedes que pa darle 
gusto aquí ar mirlo, Corruco debía cantarse 
arguna cosa antes e dirse á la corría? 

Mat. ¡Es la ocasión más á propósito! 

Tío Pino. Porque yo sé que aquí el ingle'? es un aqui- 
rindoy de lo güeno, y que Corruco chanela de 
copliyas como de niulabá hureles. 

Mat. ¿En qué habla este hombre? 

Lola ¡Sí, sí, que cante Corruco! 

Varios ¡Mu bien! ¡mu bien! ¡Que cante! ¡qué cante! 

Cor. Pero ¿qué quién ustés que yo cante? 

Tío Pino . Arráncate por seguiriyas, aratoso. Mía una 
copla con ducas: 



— ¿9 - 

Mentía camelara 
lúe (licar, gachí, 
arjidi pando sata asjulistrahas 
pie tan bachurri. 
Mat. ¡Qué bonita es! 

Cor. Eso es mu triste, tío Pingandí. Coja usté 

la guitarra y acompáñeme usté un tanguito. 
Tío Pino. Mu á gusto. Y á vé si me siguen unas pal- 
mitas sordas. 

Inglés ¡Olel ¡ole! ¡ole! (eUos y ellas tocau las palma?, el 

tío Pinpandi rasguea con preteusiones y el Inglés en- 
loquece.) 

Cor. (cantando.) 

No me yores tú, mi gitana, 
no me yores tú, mi tesoro, 
que á la Plasa me voy tranquilo 
por que á mí no me coge er toro. 
'.Je verás gorvé mu contento 
á contarte á tí la corría; 
no me jores nrás, compañera, 
no me yores más, gloria mía. 



Cdro No le yores más, compañera, 

Mat. no le yores más por tu vía; 

lo verás gorvé mu contento 
á contarte á tí la corría. 



Cor. Torerito vine ar mundo, 

torerito moriré, 
torerito ha de quererme 
quien me tenga de queré. 



Coro Torerito vino ar mundo, 

torerito habrá de sé, 
torerito ha de quererlo 
quien lo tenga de queré. 



Cor. Yo nasí en un tendió 

de la Plasa de Utrera, 
y á los dos ó tres meses 
me dejé la coleta. 



- 30 — 

Me pegaba mi pare 
porque no iba á la escuela, 
pero yo me escapaba 
á herraeros y tientas. 



Torerito vine ar mundo, 
torerito moriré, 
torerito ha de quererme 
quien me tenga de queré. 



(>ORO 

Mat. 



Torerito vino ar mundo, 
torerito habrá de sé, 
torerito ha de quererlo 
quien lo tenga de queré. 



v^ORO ( Chocando caüas de manzanilla.) 

Choque usté, choque usté, 
choque usté, cho(|ne usté... 

(Corruco, mientrívs todos chocan las cañas, baila el 
hombre loco de alegría, sin duda olvidándose de los 
toros que tiene que matar. A la conclusión del baile- 
cito prorrumpen los presentes en oles y gritos de en- 
tusiasmo.) 

Coro ¡ Eso es tené coraje 

y eso es canta; 
ole la valentía 
y ole la sá! 
¡Un poquito de baile 
no viene má: 
con que mosas y mosos 
vamos aya! 

(Se destacan dos ó tres parejas dispuestas á todo.) 

Lola ¡Ole ¡ole! 

Mat. ¡Ahora baile! ¡Pues lo estoy p.nsnndo divi- 

namente! (Las parejas bailan. Al final hay ])almas, 
vivas y oles, que cesan al presentarle Caireles en el 
fondo.) 



- 31 — 
ESCENA V 

DICHOS y CAIRELES 



Cair. ¡Salú! 

V^ARiüs ¡Cairelesl 



Max. ¡Adiós mi dinerol Este viene por mí. Pues 

todo será que se me ahume el pescado... 

Cair. ¡Bien te diviertes, Lola! 

Lola ¿Traes ganas de pendencia, Caireles? 

Cair. Traigo ganas de conosé á ese guapo. 

Max. Gracias; favor que usted me hace. 

Cair. ¿Es acaso este torerito? 

Lola Caireles, no me comprometas. 

Cor. Este torerito, no es guapo... 

Max. ¡Mira que no va contigo, tonto! 

Cor. Pero si tú vienes á darle tormento á esta 

mujé, que á mí no me quiere, ni á ti tam- 
poco, por lo visto, tienes que habértelas con 
mi persona. 

Max . Corruco, no te conozco. 

Cair. ¡Sea con quien sea! ¡Si lo que yo nesesito es 

heberme la sangre de uno! 

Cor. (Cogieudo uua uavaja de las que hay por allí.) ¡PoS á 

vé si es la mía! 

Cair. (Abriendo su navaja.) ¡A VCrlo! (Alarma general: gri- 

tos de las mujeres y de los majos que separan á los 
contendientes. El Inglés se mete debajo de una mesa y 
el tío Pingindí debajo de otra. Es lo característico en 
casos tales. Lola se pone entre Caireles y Corruco para 
impedir una desgracia.) 

Max . (Durante la pendencia.) ¡M Uy típico! ¡muy típico! 

¡Yo no he visto nada má3 típico! 
Lola c;Quié8 no tené mala sangre, Caireles? ;,Y tú, 

Corruco, quiés no sé loco? Esto se ha acabao. 
Aquí tos somos amigos. A seguí la fiesta. 

,, Salen de debajo de las mesas el Inglé.s y eltioPingandí.) 

Cair. No te empeñes, Lola: la fiesta no sigue, por- 

que yo no quiero. ¡Te lo juro por tus sacáis! 
Max. (indignado.) ¡O SÍ sigue, ea! 

Cair. ¿Quién lo ha dicho? 

M.\X. ( Incorporándose, aunque siempre dormido. Xodos mi 



— 32 — 

rau con curiosidad hacia él.) ¡ Yo! ¿Qué tl'CS rába- 

uos es usted para impedir que aquí nos di- 
virtamos? 

Lola ¡Matruqui, no te comprometasi 

Mat. (Fuera de si.) ¡Déjame, que me lo voy á comer 

con manta y todo! 

Cair. ¿Es á mí? 

Mat. ¡a usted, mozo crúo/ ¡Me está usted moles- 

tando ya con tanta, jonjana, y ta,nto pinrel, y 
tanto camelar y tanto sacáis! ¿De dónde sa- 
cáis todo eso, hombre? 

Cair. ¿Es ese, Lola? 

Lola ¡Ese esl 

Cair. ¡Pos ya está aquí mi perdisiónl (Tira de la na- 

vaja y avanza un poco liaeia Matruqui. Gritos genera- 
les, que duran hasta que Matruqui despierta. Lola y Co- 
rruco detienen á Caireles, que forcejea con ellos.) 

Mat. [Y la mía! ¡A ver: la escopetal 

Cair, ¡Sortarme! ¡sortarme! 

Mat . (cogiendo la escopeta de marras y apuntándole á Caire- 

les.) ¡Soltarlo! ¡Ahora verás! (Dispara la escope- 
ta. A la detonación rómpese el encanto del sueño y des- 
aparece el cuadro del foro, quedando la habitación 
como al principio. Matruqui despierta alarmadísimo sin 
soltar la escopeta; don Crisanto se pone de pie en la 
cama con los pelos de punta; por la puerta de la izquier- 
da llega despavorido don Ramón y por la de la derecha 
Manuela y Bartolo.) 



ESCENA VI 

matruqui, don CRISANTO, DON RAMÓN, MANUELA 
y BARTOLO 

Mat. ¡Qué! ¡qué! ¿Qué he hecho? ¿qué he hecho? 

D. Cris. ¿Qué ha hecho usted? ¿Qué ha hecho us- 
ted, hombre? 

Mat. ;Soy sonámbulo! ¡Ha sido soñando! 

D. Kam. ¿Quién se ha suicidado en mi casa? 

Bart. ¿Qué ha pazao? ¿qué ha pazao? ¿qué ha 

pazao? 

Man. ¿Quiénha tiraoer tiro? 

Mat. ¡No asustarse! ¡ha sido soñando! 



- 33 — 

D. Cris. ¡Me han metido en la alcoba un loco! 

D. Ram. ¡Cálmese! ¡cálmesel 

Mat. ¡Ha sido soñando! ¡ha sido soñando! 

Bart. ¡Pero erzusto nos lo hemos yevao! 

D. Ram. ¡Ahora mismo se va usted á la calle! 

!VIat. ¡Soy sonámbulo! ¡Ha sido soñando! 

Man. ¡Ay, qué cosa más grasiosa! 

Mat. ¡Soy sonámbulo! ¡Ha sido soñando! (f:stas fra- 
ses casi <inmlt;iin'rts Ciw nipidanicnte el telón.) 



Intermedio musical 



(Apenas comenzado vuelve á levantarse el telón, para 
dejar al descubierto otro que representa una tarjeta 
postal con una vista de Sevilla, en la que hay escrito lo 

siguiente:) 

Simpático doctor: desde Sevilla, 
el país de lo alegre y de lo bello, 
entre un ¡viva! y un ¡ole! á voz en cuello 
le escribo esta postal con manzanilla. 
Y si he de darle mi impresión sencilla, 
le juro á usted, aunque se asombre de ello, 
que de cuanto me habló, de todo aquello, 
nada vi que no fuera en pesadilla. 
No Silbe usted ni el punto de una jota 
de lo que vale su Sevilla neta, 
tan lejos de la falsa que se explota... 
Conclusión de soneto y de tarjeta: 
que es usted andaluz de chirigota 
y que miente usted más que la Gaceta. 

Matruqui. 

Sevilla, Al)ril I'.iül'. 



34 — 



CUADRO TERCERO 



Habitación humilde en casa de Lola, eu Sevilla. 1 as paredes blancas. 
A la derecha del actor una puerta. A la izquierda otra. Al foro una 
ventana sin reja, que da á uu patinillo. Eu la ventana algunas ma- 
cetas con flores. Colocados con arreglo á las conveniencias escéni- 
cas, una máquina de coser, un tablero de modista, un costurero, 
una canastilla de labor, uu maniquí con una blusa puesta y varias 
sillas. Sobre la cómoda un fanal con una imagen de la Virgen y 
cuadritos con fotografías. 

En las paredes láminas de periódicos taurinos y carteles de 
corridas de toros. En un rincón una maceta de claveles y un ca- 
nasto cubierto con un lienzo cosido, y eu el rincón opuesto uu 
bastón. 

Es de día. 



ESCIiNA. PRIMERA 

ANTONIO y MATRIQI! 

AnT. (Aparece frente á la ventana en actitud de brindar un 

toro. Terminado el brindis, se encamina hacia la puerta 
de la izquierda como si fuera hacia el auimal, síh omitir 
detalle. Una vez cerca de la puerta, y colocado de es- 
paldas á la otra, hace como que despliega el trapo, y 
allí se despacha á su gusto toreando de muleta. Faena 
mejor no se ha visto nunca. Las palabras que siguen 
son para intercaladas en la faena.) ¡Ole! ¡Vayft UIl 

pase!... ¡Ju!... ¡Ole! ¡Ole! ¡Ole! 

MaT . (Llega triste y cejijunto por la puerta de la derecha, con 

el maletín de viaje y dos ó tres líos. Se detiene salu- 
dando en la misma puerta, y al reparar sorprendido en 
Antonio, lo deja hacer y lo observa lleno de admira- 
ción.) Buenas tardes. 

Ant. ¡Ole! 

Mat . Buenas tardes, amigo. 

Ant. ¡Ole! 



— 35 - 

Max. ¿Qué hace? 

Ant. ¡Déjalo! 

Mat. Ah, vamos; está matando un toro. 

Ant ¿Quiés dejarlo, guasón? 

Mat. Pero ¿quién le toca? 

Ant. ¡Olel |01el ¡Ole! ¡Dale una güerta! (Figura dar 

sela él mismo.) ¡GÜCnO eStá! (Principia como á 
igualarle la cabeza al bicho para entrar a matar.) 

Mat . Ahora va á ser ella. 

Ant. (imitando al piiblico, mientras se perfila.) ¡Nol ¡Do! 

¡nol ¡que está abiertol 
Mat. Ah, ¿también hace de público? ¡Pues se va 

á ganar una ovación! 

Ant. (Después de un i>ar de pases más.) ¡Ole! ¡Ahora! (Se 

perfila oira vez ) 

Mat . Estoy emocionado. ¿A que lo coge? ¡Y no es 

nadie perfilándose!... Va á echarse abajo la 
nariz, como el Cohibido. 

Ant. (Tirándose á matar ) ¡AJUUU!. . 

Mat. (Metido en situación.) ¡JuUUl... 

Añt. ¡No le toques!... ¡Déjalo! ¡Está muerto; no le 

toques! Sin puntiya. 
Mat. ¡Claro! Hubiera sido una tontería no acabar 

con él. 

Ant. (Hace como que saca la espada y se la da á un peón, 

y empieza á cosechar aplausos, á devolver sombre- 
ros y á dar gracias al público corriendo por la escena.) 

Toma. 
Mat. Está más loco que una yegua. A ver si asi 

me ve. ¡Ole! (Le tira el sombrero, que le 'da en los 
pies y lo asusta, volviéndolo á la realidad.) 

Ant ¿Qué es esto? 

Mat. No es el toro; soy yo. 

Ant. ¡Ah! Güeñas tardes. Estaba distraío. 

Mat. Ya, ya; si es que me ha entusiasmado la 

faena. 

Ant. Muchas grasias. Tenga usté su sombrero. 

Mat. Diga usted: ¿vive aquí una muchacha costu- 

rera que se llama Lola? 

Ant. Sí. señó. Y ya sé yo quién es usté. 

Mat. ¡Hombre! 

Ant. Usté es Matruqui. 

Mat. (¡Así, con confianza!; Matruqui soy; no lo 

puedo negar. 



— Sf) — 

Ant. Pos si Lola se yeva to er día con Matruqui 

pa arriba, Matruqui pa abajo... 

MaT . (Con el semljlante iluminado por la esperanza.) ¿Sí? 

Ant. Dise que es usté un tío de grasia. 

Max. ¿Un tío de gracia? ¡Ja, ja! ¿Usted es herma- 

no de ella? 

Ant, Si, señó. 

Mat. Por muchos años, 

An'J'. Por tres años na más. 

Mat. Ah ¿nada más? ¿Dentro de tres años ya no 

es usted hermano suyo? 

Ant. No, señó; quiero desí que le yevo tres años. 

Mat. Eso es otra cosa, ¿y será usted tan amable 

que la avise de que esto}' aquí? 

Ant. Sí, señó; á eya y á mi tío. 

Mat. a los dos. Vengo de despedida. 

Ani . (con desilusión.) (¡Vamos, hombre! Tanto habla 

de Matruqui, Matruqui y Matruqui, y ahora 
resurta que á Matruqui paese que lo han 

COmpraO de lanse.) (Vase por la puerta de la iz- 
quierda corriendo á lo torero. Este tipo habla y obra 
siempre toreando, y al remate de cada suerte saluda 
como los toreros al público.) 



ESCENA II 

MATRUQUI; después LOLA 

Mat. . (soltando nn suspiro profundo.) |Ay! [Me ausento 
de Sevilla!... ¡Qué tres días he papado!... 
¡Qué ferial ¡qué sueño! ¡qué paraíso!... ¡Y 
qué embusterísimo es Gamero! Por supues- 
to, que yo, en cuanto entré en Sevilla y vi 
que no estaba bailando el jefe de estación, 
dije para mí: «Aquel charlatán de Gamero 
me ha engañado.» ¡Y hay tantos Gameroí!... 
Como que aquí viene uno creyendo que los 
curas, en los entierros, cantan: 

El que muere y confiesa, 
cariño, 

no va al infierno. 
(se ríe.) Es lo mismo que lo de la navaja en 



- 37 — 

la liga. Yo en los tres días que he pasfldo 
aquí no he visto ninguna mujer con la na- 
vaja en la liga... Y luego dale conque «allí 
tratará usté mozos crúos... allí encontrará 
usté gente crúa...» Pero, ¿es que en alguna 
parte del mundo guisan á la gente?... Des- 
precio á üamero. 

Lola (Asomándose por la ventana.) ¡MatruqUlI 

Max. (Dando una vuelta, emoeionado.) ¿Ehr ¡ Lolal 

Lola Voy en seguida. Estoy tendiendo una po- 

quiya e ropa y acabo al istante. 

Mat. Tardecillo es; pero yo por usted soy capaz 

de perder la vuelta del botijo. 

Lola Descuide usté que no la perderá. No merez- 

co 3'o tanto. Hasta ahora. 

Max. Que no merece... que no merece... ¡Ay, Dios 

mío de mi alma! Ésa mujer me... me... Tie- 
ne una cosa que me... Vamos, que la veo... 

y se me caen los líos, (neja caer todos ios que 

trae.) lín el tren me volvió tarumba... y ayer, 
en la feria, cuando la encontré, me turbó 
el sentido su ;?reseHsm... [Caramba! ya digo yo 
presensia... ¡Como se me pega el aseniol 



ESCENA III 

MATRUQUI, LOLA, SEÑÓ JUAN y ANTONIO 
Lola (Por la puerta de la izquierda.) GrasiaS á DIoS 

que viene usté á favoresé mi casa, señó Ma- 
truqui. 

Mat. El favor es para mí, Lolita. (Pero esta mujer 

y el alcalde de mi pueblo, ¿son de la misma 
especie?) 

Lola Lo malo es que viene usté de entra y sá, 

porque viene de despedía. 

Mat. No estoy conforme. V^endré de entrn, pero 

de sá... Aquí la sá la tiene usted toda. 

Lola ¡Ay, Jesús, qué gorpe! Siéntese usté, por- 

que un gorpe así no pué resistirse á pie fir- 
me. (Mirándolo muy cerca, i 

Max. No puede resistirse, no... (Matruqui, Matru- 



— .-is — 

qui, que te vas á quedar en Sevilla ) (Deján- 
dose caer mientras habla, sin darse cuenta de lo que 
hace, en una silla sobre la que está la canastilla de la- 
bor de Lola.) ¡Ay!... 

Lola ¿Qué es eso? ¿un suspiro? 

Mat. No, señora: una aguja. 

Lola (soltando la risa.) ¡Vaya por Dios, qué mala 

suerte' Pero ¿dónde tiene usté los ojos, Ma- 

truqui? ¡Vaya por Dios! (Ponela canastilla sobre 
la cómoda.) 

Señó J. (Dentro.) ¿Se pué pasa? 
Lola Pase usté. 

Señó J. Pero ¿se pué pasa? 

Lola Que sí, tito, que pase usté; no sea usté chin- 

che. 

oEÑÓ J. (Saliendo por la puerta de la izquierda, un poquito 

alumbrado, en mangas de camisa y con un pantalón 
viejo lleno de cal y atado á la cintura con una cuerda. 
En la mano trae una escobilla de encalar sujeta al ex- 
tremo de una caña larga que deja apoyada en la pared 

cuando sale.) Güenas tardes. 

Max. Buenas tardes. 

Lola ¡Jesús, qué facha, tito! ¿Tiene usté való de 

presentarse asi delante e la gente? 

Señó J. Ya he preguntao dos veses si podia pasa. 
(a Matruqui.) Mistc: yo soy un hombre que ar 
vino le dise vino, y ar pan le dise vino tam- 
bién. ¡Y está to hablao entre nosotros! 

Mat. (Como que ya traes tu poquito de pan en el 

cuerpo.) 

(Sale Antonio con una botella de manzanilla y cuatro 
cañas, que pone sobre el costurero con el mismo movi- 
miento que si cambiara un par de banderillas. En segui- 
da se dedica al toreo, abstraído completamente.) 

Señó J, ¿Usté viene de despedía, no es verdá? 

Mat. Desgraciadamente, sí, señor. 

Lola Miá qué cara tan mustia ha puesto. Paese 

que le ha yovío. 

Mat. (Riéndose.) Esta mujer... 

Señó J. Pos como no es cosa de despedirnos gimien- 
do y yorando, á mí se me ha ocurrió orse- 
quíarlo á usté con unas cahitas. (Le da una 

llena.) 

Mat. Muchas gracias. 



- 3.j — 



Señó J. 

Mat. 
Señó J 

Mat. 

Lola 

Heñó J. 

Ant. 

Lola 

Mat. 



Lola 
Mat. 

Lola 
Mat. 



ÍjOLA 

Mat. 
Lola 
Mat. 
Ant. 
Mat. 
Señó J. 

Mat. 

Señó J. 

Mat. 
Lola 
Mat. 
Ant. 
Mat. 
Ant. 
Lola 
Ant. 
Lola 
Ant. 
Lola 

Ant. 

Seüó J. 



Porque dise er refrán: Cuando te vayas de 

Seviya, bebe vino y no descarrilas. 

No lo había oído nunca. 

JNi yo! (a Antonio.) Tú, Cayetano San, toaia 

una caña. Loliya, toma tú. 

¡Por Sevilla, señores! 



Por Seviya! 



¡No se vaya usté esta tarde, Matruqui! 
No me lo diga ueted, por Dios. ¡Qué tierra 
tienen ustedes! ¡Qué hermosura! ¡No se can- 
sa uno de ver cosas bonitas! 
¿Ha subió usté á la Girarda? 
¡En cuanto descansé del viaje! 
;.Ha visto usté la Fábrica e Tabacos? 
¡Ya lo creo! ¿Sabe usted lo que me dijo una 
cigarrera? «¡Ay, er señorito, que paese una 
vela pa las tormentas!» 
¡Qué güeno! ¿Y el Arcasa, lo ha visto usté? 
¡Digo! 

¿Y la Cátedra? 
¡Vaya! 

¿Y la Plasa e Toros? 
¡También! 

(Fuera do tono.) ¿Y ha tomao usté la mansa- 
niya de casa e la Viuda? 
No, señor; eso no. 

¿Que no? ¿Y se va usté de Seviya tan 
fresco? 

¡Por lo mismo! 

¿Y la Cartuja? ¿Ha estao usté en la Cartuja? 
No. 

¿Y en Tabla? 
Tampoco. 

¿No ha estao usté en Tabla? 
¿Y ha visto usté er Museo? 
¿Y er Sírculo taurino? 
¿Y nuestro Señó der Gran Podé? 
¿Y el en sierro? 

¿Y er corra der Conde? ¿Y er güerto e Ca- 
puchinos? 

¿Y la freiduría der iUnuto? 
;Y er chaíito der barrilón de Eritaña? 



— 40 - 

Mat. De todo he visto un poco... pero aprisa... 

Llevo en la cabeza un revoltijo de torres, de 
patios, de corrales, de caras bonitas, de di- 
chos graciosos, de pregones, de azoteae, de 
toros, de cañas, de iglesias, de huertos, de 
flores, de azulejos, de moros, de cristianos... 
¡qué sé yol ¡Vamos á bebemos otra caña! 
La última y me voy. 

Señó J. La úrtima no, pero vamos á eya. ¡Una caña 
no se despresia nunca! Porque dise er re- 
frán: Más vale caña en mano que bodega 
en fotografía. 

Mat. ¡Muy bien hablado, amigo! 

Señó J. ¡Choque usté! ¡Y er que no se quiea morí... 
que no nazca! (Beben.) 

Mat. ¡Me parece muy razonable! 

Lola Usté no lo querrá creé, pero lo veo á usté 

di con mucha pena. 

Mat. (¡Dios mío! ¿Se habrá enamorado esta sevi- 

llana de Matruqui?) 

Lola Y usté nos va á dispensa, pero acá, aunque 

sernos pobres, sernos agradesíos, y queremos 
que se yeve usté un recuerdito de nosotros .. 

Señó J. ¡Hombre, es verdA! 

Lola (presentándole la maceta de claveles y el canasto.) 

Mire usté: esta es la maseta que echa los 
claveles aqueyos que yo yevaba ayé; y estas 
son unas tortitas mu ricas de mi hermana 
la monja... 

Mat. ¿Cómo expresar lo que agradezco?... 

Señó J. (ofreciéndole el bastón.) Pos yo, más humirdc 
que nadie, también soy mu gustoso de or- 
sequiarlo. Este es un bastón que no tiene 
más mérito que er puño, costruído por mí. 
Y ha de tené usté en cuenta que yo no soy 
artífise: soy un pobre regente de imprenta 
despedío por curpa e la= erratas. Prinsipié 
labrando la cara der Bombita chico y me ha 
salió Romero Robledo. Otra errata. A usté 
le será iguá. 

Mat. No, señor; pero lo agradezco infinito. Lo 

que siento es que ustedes... Créanme: estoy 
conmovido... estoy nervioso... Me quedaría 
entre ustedes unos días más. 



— 41 — 

íSeñó J. ¿Pos tiene usté más que quearse? 

Lola ¡Quédese ustél 

Mat. No, no; no puedo... si es que no puedo... 

Lula Lo que no se puede es lo que no se quiere... 

Ant. Por la güerta der tren no lo haga usté, por- 

que yo se la vendo. 

Señó J. ¡Se quea, hombre, se quea! 

Mat. No... no... 

Señó J. ¡y esta misma tarde va usté á proba er 
mejó vino de Seviya! 

Lola ¡Digo! ¡Y mañana va usté á di ar bautiso de 

un sobriniyo mío! 

Ant. ¡Es verdá! ¡Y que es padrino er Guasa viva 

chico/ 

Lola ¡Ayi verá usté una fiesta con ángel 

Mat. Ay... ay... me van ustedes á perder... 

Señó J. ¡Ya está entregao! ¡ya está entregao! 

Ant. ¡Si se quea usté lo presento á Revertel 

Mat. Lola... (Una pregunta intencionadísima.) 

¿Me quedo. . ó no me quedo? 

Lola ¡Quédese usté, hombre, quédese usté! 

^LlT. ¡Señores! ¡me quedo! (Algazara general. Le quitau 

de las manos lo que le han dado.) 

Lola ¡Ole! ¡ole! ¡Viva Matruqui! 

Señó J. ¡Ya sabía yo que usté era un barbián! 

Ant. ¡Déme usté la güerta y la vendo ahora 

mismo! 
Mat. Vaya. ¡Quemé mis naves! 

AnT- Voy por mi gorra. (Vase i>or la puerta de la iz- 

quierda. El señó Juan prepara otras cañitas para cele- 
brar el fausto suceso.) 

Mat. (He hecho una locura: no me queda un 

céntimo... Voy atener que empeñar el dien- 
te orificado...) 

Señó J. (Dándole su cañii ¡i cada cual.) Lo dise er refrán: 
Si desistes de un viaje, bebe vino y... Güe- 

no, bebe vino. (Se oye dentro un >ilbido fuerte y 

jirolongado. I 

Lola A vé... Gayarse... 

Mat. ¿Qué pasa? 

Señó J. ¿Qué es eso? 

Loi.A Gayarse... (vuelve á oírse ii silbido.) ¡El es! ¡Ma- 

uoliyo, tito! ¡Manoliyo que ha güerto! (vase 

corriendo luoii <li' alegría por la puerta de la izquierda.) 



— 42 - 

Max . ¿Cómo? 

Señó J. ¡Coeas e mujeres! ¡Er novio que estaba fue- 
ra, y ha venío! 
Mat. (Palideciendo.) ¿El iiovio de quiénV 

Señó J. ¡Er novio e Lolal (a Matruqul se Ic cae la caña.) 

Si están las cosas mu adelantas... Se casa- 
rán este verano. 

MaT. (Sujetando por la americana á Antonio, que sale pOr la 

izquierda como una exhalación, decidido á vender la 

vuelta ) |Ehl ¡Ven acal 

Ant. ;Qué quié usté? 

Max. ¡La vuelta 1 

Anx. jLa güerta está vendía! 

Max. ¿Ya? 

Anx. ¡En cuanto yegue á la eetasión y la ofrezca! 

Max. Ah, no; no llegues: me tengo que ir. Dáme- 

la, dámela. 

Señó J. ¿Cómo es eso? ¿Se arrepiente usté? 

Max. ^ Recogiendo maquinalmente su maletín y sus líos, la 

maceta, el canasto y el bastón y aun algo que no le 

pertenece.) Sí, señor: lo siento en el alma. Me 
he acordado de que no tengo dinero... ycomo 
resulta que aquí no está to pagao, como yo 
creía.. 

Señó J. ¡Por dinero no lo haga usté! Tú, yama á 
Lola. ¡Lola! 

Anx. ¡Lola! 

Max. Nada, nada.. .Me voy... no la llamen ustedes... 

Seño J. Amigo, me ha dejao usté como cuajao. Paese 
que no he bebió más que agua. ¡Lola! 

Lola (saliendo.) ¿Qué hay? 

Señó J. Ya lo ves: que se va este hombre. 

Lola ¿Pos no estaba usté en quearse, Matruqui? 

Max. Donde estaba era en Babia. 

Lola ¡Ay, cuánto lo siento! 

Max. Nos veremos muy pronto, Lola. Vendré á 

bautizarle á usted el primer retoño... 

Lola Se aserta. 

Max. y procuraré quedar como padrino á la altu- 

ra del Guasa viva chico. 

Anx. ¡Ca! 

Señó J . (Levantando una caña.) Pos ahora mc acucrdo 
de un refrán que dise: Si arguien se va de 
regreso... 



— -43 — 

Max. Toma vino y tente tieso. 

Señó J. Usté lo ha rematao. 

MaT. (ai ).iil)lk-o.) 

Kn la mano el equipaje, 
de Sevilla el alma llena, 
trocada por una buena 
la mala impresión que traje, 
aunque con pena y coraje 
por culpa de una morena, 
dejo aquí coraje y pena 
si me dices: ¡Buen viaje! 



FIN 



Maílrid, Junio, 1902. 



OBRAS DE ItOS ]VIIS]yiOS AUTORES 



Esgrima y amor, juguete cómico. 

Belén, 12, principal, juguete cómico. 

Güito, juguete cómico-lírico. 

La media naranja, juguete cómico. 

El tío de la flauta, juguete cómico. (2.* edición.) 

El ojito derecho, entremés. (2.a edición.) 

La reja, comedia en un acto. (3.» edición.) 

La buena sombra, sainete en tres cuadros. (5.a edición.) 

El peregrino, zarzuela cómica en un acto. 

La vida íntima, comedia en dos actos. (2.a edición.) 

Los borrachos, sainete en cuatro cuadros. (2.a edición.) 

El chiquillo, entremés. (3.a edición.) 

Las casas de cartón, juguete cómico. 

El traje de luces, sainete en tres cuadros. 

El patio, comedia en dos actos. (2.* edición.) 

El motete, entremés con música. 

El estreno, zarzuela cómica en tres cuadros. 

Los Galeotes, comedia en cuatro actos. (2.a edición.) 

La pena, drama en dos cuadros. 

La azotea, comedia en un acto. 

El género ínfimo, pasillo con música. 

El nido, comedia en dos actos. 

Las flores, comedia en tres actos. 

Los piropos, entremés. 

El flechazo, entremés. 

El amor en el teatro, capricho literario en cinco cuadros, pró- 
logo y epílogo. 

Abanicos y panderetas ó ¡A Sevilla en el botijo! humorada sa- 
tírica en tres cuadros, con música. 



SERAFÍN í JOAQUÍN ÁLVAREZ ÍÜINTERO 



La dicha ajena 



COPwIEDI A 



EN TRES ACTOS Y UN PROI.OGO 



*«^' 

,4*^ 

•» 






SEGUNDA EDICIÓN ^^, 



X'" 



1? 



'«^^^^^ 



SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES 
NúAex d« Balboa, 12 



I^A. OICHA. AJBI^A. 



Esta obra es propiedad de sas autores, y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla en 
España ni en los países con los caales se hayan cele- 
brado, ó se celebren en adelante, tratados internacio- 
nales de propiedad literaria. 

Los autores se reservan el derecho de traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad de 
Autores Españoles son los encargados exclusivamente 
de conceder ó negar el permiso de representación y 
del cobro de los derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



Droits de représentation, de traduction et de repro- 
duction reserves pour tous les pays, y compris la Sné- 
de, la Norvége et la Hollando. 



LA DICHA AJENA 

COMKDIA. 

EN TRES ACTOS Y VS PRÓI.OGO 



serafín i joaíüín álvarez pntero 



Estrenada en el TEATRO DE LA COMEDIA el 4 de 
Noviembre de 1902 



SEGUNDA EDICIÓN 



MADRID 

«. JthkBOO, IMF., M ABQüia DI BÁVTA ÁVA, U OUP.* 

Teléfono número 661 
1907 



A LA MEMORIA 

DEL IXSICíXE CRÍTICO 

Leopoldo Slá^ {Clhtír\) 

aUE MURIÓ LUCHANDO POR LA BELLEZA, 
LA VERDAD Y LA JUSTICIA 

y.<yj CJyLutoteJ. 



REPARTO 



PERSONAJES 



ACTORES 



GRACIA LATORRE Sba, Piko. 

MANOLITA. Rodríguez. 

SALVADORA Domínguez. 

JULIA Seta. Mantilla. 

CARMEN Santiago. 

PAULA SÁNCHEZ. 

GONZALO VEGA Se. Moeano 

JOSÉ RAMÓN Tal^aví. 

DON FAUSTINO VallÉ3 

SOLANO Rubio. 

BERRUGÜETE Mkndiguchí A. 

COLMILLO Mata. 

POZO LÓPEZ Alonso. 

DON MELCHOR Moea. 

LOBO ) 

„ . x.,,^^,.-,.^^ \ Rubio. 

SARMIENTO ) 

BAUTISTA Sepúlveda. 

MOLERO Sala. 

JUAN Moea. 

DOMÍNGUEZ Huertas. 

GORDILLO Cayüela 

DANIEL Castro. 



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PRÓI^OGO 



Cuarto de estudio de Gonzalo Vega en su casa de Guadalema. Puer- 
ta al foro y otra á la derecha del actor. Una mesa á la izquierda, 
varios estantes y muchos libros. Nada de bustos ni de estatuas 
simbólicas. 

Es de noche. Sobre la mesa un quinqué encendido y uu libro 
abierto. 



ESCENA PRIMERA 

JOSÉ RAMÓN y PAULA 



J. Ram. 



Paula 



J. Ram . 

Paula 
J. Ram 
Paula 
J. Ram. 

Paula 



Sale por la puerta del foro, echa un vistazo al cuarto, 
y al ver que está solo asómase á la misma puerta y 
habla hacia dentro. Oye, tú, muchacha; que 
aquí no hay nadie. 

Dentro. ¿No está el scñorito? Sale, Pues es- 
taba hace dos segundos. Ya ve usted: la luz 
encenoida y el libro abierto. 
Sí, 8Í. Avísale. 

¿Y quién le digo que quiere verle? 
Dile que yo. 
Pero ¿quién es usted? 

Un anaigo suyo. El que menos espera. Dí- 
selo tú asi. 

Bueno. Vase por la puerta de la derecha. 



— 8 



J. Ram, 



GONZ. 

J. Ram, 

GoNZ. 

J. Ram , 
GoNz. 



J. Ram, 
GoNz. 



J. Ram, 

GoNZ. 



J. Ram. 

GoNZ. 

J. Ram. 



ESCENA II 

JOSÉ RAMÓN y GONZALO 

Es hombre de unos treinta y tres años, de mirada al 
suelo, cabello oscuro y abundante, y bigote rojizo. En 
el pelo de encima de la frente tiene un mechón blanco. 
Viste con cierto desaliño de buen gusto. Mientras Gon- 
zalo viene, se dedica á observar el cuarto, que por cier- 
to tiene bien poco que observar. Hojeando el libro 
abierto que hay sobre la mesa, dice: Este todavía 

estudia... ¡Pobrecillo! Siempre tuvo la cabe- 
za llena de muñecos. 

Saliendo por la puerta de la derecha. ¿Quién 66? 

Yo mismo. 

Alegremcute sorprendido. ¡Muchacho! ¿TÚ pOf 

estas tier^aí^? 

Así parece. Se abrazan. 

Tenía razón mi criada: el que monos podía 

yo esperar. ¿Sabes que te encuentro muy 

cambiadoV 

Como que lo estoy: por dentro y por fuera. 

Tú también has cambiado mucho. 

Por fuera nada más. Va para cinco años 

que no nos vemos, Joselillo. Siéntate. ¡Caray 

qué sorpresa más grata! 

Se sientan los dos. Gonzalo es un mozo de pocos menos 
años que José Ramón, de fisonomía inteligente y vigo- 
rosa, expresión franca y finos ademanes. En su manera 
de vestir, modesta y sencilla, revela ingénita distinción. 

¿Y tus padres, Gonzalo? 
Más buenos que nunca. En la casa de junto 
están. ¿Y tú? ¿tienes familia? ¿qué te has 
hecho? ¿á qué vienes á Guadalema? ¡ llene- 
mos conversación para dos horas! ¿Ejerces? 
¡No que no! De chupatintas, que es el para- 
dero de todos nosotros. 
¿Cómo de chupatintas? 
Lo que oyes. Vengo á Guadalema, á esta in- 
signe capital de provincia, en clase de rue- 
da de la administración. Soy funcionario 
público. 



— y 



GoNZ. ¿Ab, si? Puefc ¿y la carrera? ¿Qué se hizo de 

aquel busto de Hipócrates? 

J. Ram. Lo tiré por el balcón una mañana, en lugar 
de tirarme yo, que hubiera sido lo derecho. 

GoNz. ¡Pero, hombre! 

J. Ram. Me costó mucho convencerme de mi inuti- 
lidad, pero al fin y al cabo me convencí de 
que no sirvo para nada. Por eso pedí un 
destino del Gobierno. 

GoNZ. ¡Caramba! ¡qué pronto te has rendido! 

J. Ram . .;Pronto dices? ¿No oyes qu3 me costó mucho 
trabajo adquirir la conciencia de mi de;^- 
graciaV... Sí, hijo sí; tarde ya, llej^ué á per- 
suadirme de que no tenía vocación de mé- 
dico, ni aptitudes, ni entusiasmo por la ca- 
rrera, ni afición a curar á nadie, sino mas 
bien á todo lo contrario. 

GoNZ. ¡Muchacho! ¡Eres otro! 

J. Ram. Como ser, boy el mismo; sino que un ven- 
dabal me ha vuelto del revés. 

GoNZ. Pero ¿qué co>as te han pasado? Cuenta. 

J. Ran; . Mira; en Madrid... Bueno, te advierto que a 
tí te hablo como á nadie; te enseño mi alma, 
ue no está para enseñársela á todo el mun- 
o. I Y á fe que necesitaba de este desahogo! 
En Madrid, cuando terminamos la carrera y 
tú te viniste con tus padres, me dio la ven- 
tolt ra por establecerme en un barrio paia 
probar fortuna. 

GoNZ. íSí; recuerdo que me lo decías en la única 

carta que me has escrito. 

J. Ram . Pues toma nota: á medida que yo ejercía la 
sagrada ciencia se iba el bariio quedando 
solo. Habla con amargura, y como recreándose iróni- 
camente en ridiculizar su historia desgraciada. 

GoNz. ¡Bah! No te creo. 

J. Kam. Es el evangelio lo que digo. Tengo sobre mi 
alma la desaparición violenta de unos cuan- 
tos prójimos, entre ellos un cuñado mío. 
Bueno, ese bien muerto está. Si no lo mato 
yo, me mata él a mí á desazones, conque 
¡bendita sea la ciencia! Excuso decirte que 
con tales triunfos acabaron por no llamarme 
ni en Carnaval á titulo de broma. 



— 10 — 



GONZ. 

J. Ram. 



GoNZ. 

J. Ram 



GONZ. 

.1. Ram, 



GONZ. 

J. Ram . 

GoNZ. 

J. Ram 



GoNZ. 

J. Ram, 

GoNZ. 



¡Qné cosas tienes! 

Salté á otro barrio, como á Francia don Luis 
Mejía; corrí la misma suerte... y A la deses- 
perada ya, por no pegarme un tiro, me aga- 
rré á la titular de Terriza del Campo. 
No conozco ese pueblo. 
Pues es cosa fantástica. El alcalde vende 
uvas por la calle y el juez tiras b'>rdadas y 
botones. Al maestro de escuela lo colgaron 
de nn árbol por inútil, y al cura lo colgarán 
en breve. Y así todo. El que está en la gloria 
es el médico. 
¿Sí, eh? 

Mil realitos de titular y poco más ó menos 
de igualas. Bien es verdad que casi siempre 
le p.4gan á uno en cebollas... 
¿En cebollas, cbico? 
Es la riqueza del país. 
¿Durarías muy poco en esa Jauja'? 
Naturalmente. Entre otras razones, porque 
me era imponible la competencia con un sa- 
ludador á quien le llamaban el tío Pelusa. 
Desesperado me volví á Madrid y mandé la 
carrera á los demonios. Busqué trabajo, no 
lo encontré en seis meses, sufrí mucho... y 
en resolución di con mis huesos en el escri- 
torio lóbrego y antipático de una gran casa 
de comercio. Yo nunca he sido n)uy alegre, 
pero allí acabó de ponérseme el alma cclor 
de ceniza. Una mañana me levanté con la 
bilis más revuelta que de ordinario y en un 
altercado le dije á mi jefe que era un tiralí- 
neas. Lo tomó á mal y me echó á la calle. 
No lo sentí. A los pocos días, un diputado 
amigo mío, en pago de cierto favor que le 
hice en mis buenos tiempos de doctor — le 
maté á un prestamista, — me empleó con 
seis mil reales en Hacienda. Dos años des- 
pués me ascendió... y aquí me tienes. 
Cierto que es bien amarga tu vida. ¡Y cuán- 
to deben de doler esos desengaños!... 
Duelen, duelen; y dejan mala levadura. 
Oye, me has hablado de un cuñado tuyo, 
¿verdad? 



— 11 — 

J. Raim. Sí. 

GoNZ. ¿Te casaste, pues? 

J. Ram. y ya estoy viudo. 

GoNZ. ^;Yiudo ya? 

J. Ram. Una nueva razón para hacerme adorar la 

vida. Si no fuera por... Extendiendo una mano 
en ademán de señalar la estatura de un niño. 

GoNz. ¿Qué? 

J. KaM. Insistiendo en el mismo ademán. Por... 

GoNz. ¿Tienes hijos? 

J. Ram. Una niña. Preciosa. Ya vendrás á verla una 
tarde. La llamo Nela. A su madre la llama- 
ba lo minmo. Es... Vamos, es preciosa. Vale 
la pena de vivir por tenerla al lado. 

GoNZ. Alguna luz había de quedarte, hombre. 

J. Ram Es el linico pedazo de cielo que veo desde 
mi calabozo, silencio. ¿En qué piensas? 

GoNZ. En lo doloroso de tu historia. 

.J. Ram. ¿'^e parece á la tuya? 

GoNz. En nada; pero temo que algún día pueda 

parecérsele. 

J. Ram. ¿Qué te haces ahora? 

GoNz. Estudiar mucho... y soñar más. 

J, R.íNT. Ya ves en lo que paran los sueño?. 

GoNZ. No siempre, no siempre... Sin embargo... 

J. Ram. Me ha costado trabajo dar contigo: en Gua- 
dalema no te conoce nadie. ¿Cómo es eso, 
Gonzalo? 

GoNz. ¿A quién has preguntado por mí? 

J. Ram. En el Casino pedí noticias á unos pocos. 

GoNZ. Yo no voy al Casino. Apenas salgo de estas 

cuatro paredes. 

J. Ram. Entonces me explico que no te conozcan. 
¿No tienes aquí amigo ninguno? 

GoNz. Casi ninguno. Ninguno, mejor dicho. ¡Bien 

venido seas tú! 

J. Ram. Pero, hombre, es extraño... 

GoNZ. Es lo más natural; y cuenta que yo también 

te hablo á ti como á nadie. Mi padre, tú lo 
sabes, ha sido herrero en Guadalema. Come- 
tió ese tremendo delito: ¡ser herrtro, ya ves! 
Dale que le das al yunque y al martillo, en 
este caso sin metáfora, consiguió reunir unos 
cuartejos, dejó su negocio, y soñó que su 



— 12 . - 

hijo fuese señorito de carrera. Como no co- 
nocía má& trabajos ni más sudores que los de 
su herrería, de esos quiso librarme, y supo 
hacerlo. Yo no sé si Dios se lo pagará; creo 
que si; pero por si Dios no se lo paga, yo, su 
hijo, se lo pienso pagar. ¿Qué dices? 

J. Ram. Nada. Tú siempre en las estrellas. 

GoNZ. A ver si me va mejor á mí en las estrellas 

que á tí en el mundo. 

J. Ram. a ver. 

GoNZ En el hierro que batió mi padre y en la ropa 

que yo visto ahora tienes la explicación de 
mi falta de amigos. Los muchachos con 
quienes jugué y entre quienes crecí, todos 
están en talleres y fábricas: no han cambia- 
do de medio ambiente. A mí me llaman en- 
tre burlas y veras «el señorito». Sus costum- 
bres, sus gustos, por ley natural, distan mu- 
cho de ser los míos: no puedo reunirme con 
ellos. Los otros, los que se parecen á mi en 
la ropa, esos me llaman, como para que no 
me act^rque á saludarlos, «el hijo de Vega el 
herrero». 

J. Ram. Es verdad; así te nombró en el Casino quien 
me dijo donde vivías. 

GoNZ. Ya lo ves. Así me llaman todos, y así quiero 

yo que me llamen siempre Pero tiimbién as- 
piro á que cuando pase por la calle Vega el 
herrero se diga alguna vez: «ese es el padre 
de Gonzalo». 

J. Ram. Con esfuerzo, con voz apagada, como si temiese reci- 

bir una respuesta afirmativa. Según eSO, ¿trabajas 

de firme? 

GoNz. Lo mismo que si estuviera en la herrería. 

J. Ram. ¿En la carrera, por supuesto? 

GoNZ. Per supuesto. 

J. Ram. ¿y consigues algo? 

GoNZ. Hombre, hasta ahora... No te creas, ya em- 

piezo, ya empiezo... Y no me falta la fortu- 
na. El otro día, por casualidad, di en casa de 
un obrero que tenía una chiquilla muy gra- 
ve, casi desahuciada, y ¡qué demonio! tuve la 
suerte de sacarla á flote. 

J, Ram. Sí que fué suerte. 



— 13 — 



GONZ. 



J. R*M. 
GoNZ. 



J. Ram. 

GONZ. 



J. Ram. 

GoNZ. 



¿No te digo? Pues ha ceñido la especie por 
la vecindad, y rae he creado ciertas simpa- 
tías... Poquito á poco... 
¿Sigue dándote el naipe por los chiquillos? 
jAh, sí! F*or esa vereda tan bonita van mis 
ideales. Encuentro yo que la misión del mé- 
dico, que siempre se me figura grande y no- 
ble, cuando se trata de chiquillos lleva ade- 
más consigo un perfume de poe.PÍii, una au- 
reola de delicadeza y de cariño, que advierto 
que tienen correspondencia y eco dentro de 
mi alma. Es la vocación; no me cabe du- 
da... Los hombres, las mujeres, te hablan de 
sus padecimientos, de sus heridns, de sus 
males: en los niños tienes que adivinarlos... 
Y esta condición de adivino del dolor infan- 
til, me parece cosa tan sublior.e. tan alta, 
que creo que es un beso que da Dios en la 
frente de algunos hombres. ¡Si fuera yo uno 
de ellos!... 

Inquieto y nervioso, pero esforzándose en aparecer 

tranquilo. Te remontas, tú; veo que te remon- 
tas. 

¿Y quién no, hablando de esto? Hay que 
comprender todo lo que significan los ni- 
ños, cuánto vale el germen que en si llevan, 
para apreciar su vida justamente. Al fin y 
al cabo, cuando muere un hombre, joven ó 
viejo, realidad ó esperanza, alguna huella 
queda de su paso: se sabe lo que ha sido; se 
vislumbra lo que pudo ser... Pero ¿quién 
sabe lo que mueie cuando muere un niño?... 
En fin, muchacho, veo que te estoy marti- 
rizando con mis ilusiones y mi charla... Lo 
comprendo: tú vienes ya de vuelta, como 
Don Quijote cuando se retiraba á hacer vida 
de pastor en su aldea, rendidos el cuerpo y 
el alma, y yo estoy ahora ensillando á Ro- 
cinante, probando la celada de encaje, pre- 
parando la lanza y la rodela, y señando con 
Dulcinea del Toboso y el gigante Caracu- 
liambro. ¿Qué te parece? 
Que dices bien, se levanta. 
¿Te vas? 



— 14 — 

J. Ram. Sí; me he detenido mucho. Me esperan. 

GoNz. Pero ¿nos hemos de reunir? 

J. Ram. ¡Ya lo creo! 

GoNz. ¡Mira que te he visto entrar con mucha 

alegría! 

J. Ram. Pues cuando yo he venido á buscarte... 

GoNz. Seremos los amigos de Madrid. 

J. Ram. Que se han juntado en Guadalema. se abra- 
zan. Adiós. 

GoNz. ¿Vendrás mañana? ¿Dónde vives tú? 

J. Ram. Aún no tengo paradero fi]o. Yo vendré. 
Además, quiero conocer á tus padres. 

GoNZ. Y yo á tu chiquilla. 

J. Ram. ¡Ah; ya verásl... Adiós. No te muevas. 

GoNZ. ¡Pero, hombre! 

J. Ram, No quiero que te muevas. 

GoNz. Si vas á enfadarte... 

J. Ram. Me enfado, sí. 

GoNZ. Pues adiós. ¿Hasta mañana? 

J. Ram, Hasta mañana. Encamüiáadose hacia el foro, 

(¡Iluso! ¡Lo que te va á doler la caida!) 

GoNZ. Eneamináudose hacia la puerta de la derecha, (¡Ya 

tengo un amigo en Guadalema!) 

J. Ram, Volviéndose desde la puerta. AdiÓS, 

G0í>'Z. Lo mismo. AdiÓS. 



FIN DEL PRÓLOGO 



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UULJlJLJlJLlURJUUUIJ-«JlJUILIVJUBJU>JLIllU^f^^ 



ACTO prime;ro 



Sala de tertulia en la planta baja del Casino de Guadalema, con ba- 
laustrada al foro que da á una plaza de la ciudad. A la derectia 
del actor la puerta de eutrada á la sala. A la izquierda una puer- 
ta de arco que conduce al interior del Casino. En las paredes 
•panneaux» al óleo que representan diferentes vistas de España. 
Convenientemente colocados, sillones, butacas y mecedoras. En 
tomo de la sala divanes adosados á la pared. Aqnl y allá velador- 
citos y mesas volantes. En el exterior, delante de la balaustrada 
del foro, sillas y veladores de hierro, protegidos por un toldo 
grande. Es de dia y en el mes de Mayo. 



ESCENA PRIMERA 

JOSÉ RAMÓN, COLMILLO y MOLERO; luego BAUTISTA, qae 
entra y sale durante todo el acto. 

José Ramón, sentado á la izquierda del foro, ante ana mesita. A su 
lado en una silla tiene un periódico. Colmillo lee *E1 Alambique* 
sentado á la izquierda, en primer término, y Molero le tiace compañLii 
mientras limpia una boquilla de ámbar con paternal cariño. Cuando 
concluye de limpiarla saca otra de espuma de mar, y asi sucesiva- 
mente. No hace otra cosa el hombre.— Colmillo es un ente vulgar, 
con cara de bilis, bigote mordido, ojeras profundas y traje de un ba- 
zar de ropas hechas. Alguna que otra vez se le ven las cintas de los 
calzoncillos. Tiene el feo vicio de morderse las uñas, sobre todo 
cnaudo le desagrada lo q\ie oye, que es, por lo menos, siempre que 



— 16 — 

se habla bien de alguien.— Melero es un señorito rico do provincia, 
vago como él solo y un tanto cursi, é pesar de sus pujos de figurín. 

Mol . Está bueno el día: corre un fresco muy agra- 

dable. 

CoLM. No está malo, no. 

Mol. Son cerca de las tres. ¿Vamonos dando un 

paseo hasta los Alamillos? 

CoLM. ¡Ojalá pudiera! 

Mol. ¿Tiene usted que volver al Instituto? 

CoL^'. No; pero tengo que ir á casa de Marenco, á 

repasarle la asignatura al niño mayor, que 
es bastante arrimado á la cola. Bien es ver- 
dad que allá se le van todos los de la clase. 
Porque yo no he visto tarugos como los es- 
tudiantes de Guadalema. Usted dispense. 

Mol. No hay de qué: yo no estudio nada. 

CoLM. El otro día se descolgó uno de ellos dicién- 

dome que la vía láctea está en Galicia; por- 
que él había leído en el texto que es el ca- 
mino de Santiago. 

Mol. ¿y está en Galicia, efectivamente? 

CoLM. Después de mirarlo con indignación. Si. ¡NicoláS 

Copérnicol 
Mol. ¿Cómo? 

CoLM. Nada: leía... 

Sale Bautista por la derecha arrastrando los pies, con 
un servicio de te para José Ramón.— Bautista es un 
mozo viejo del Casino que apenas puede con la librea. 
Habla con vocecita atiplada y suave. 

J. Ram. ¿Viene ya hecho, Bautista? 

Baut. Sí, señor; he estado esperando, por lo mis- 

mo. Le sirve el te. ¿Quiere usted unas gotitas 
de anisado? 

J. Ram. No; no quiero nada. 

Baut. Fues hace buen estómago con el te. 

J. Ram. Sí; pero á mí no me gusta. 

Baut. Entonces?... El gusto es lo primero. Hace como 

que se va y no se va: el hombre quiere pegar la hebra 
y no sabe por donde tomar la embocadura. V amoS... 

que no lo puede usted negar, señorito... 
J. Ram. ¿Qué? 
Baut. La satisfacción... la alegría que por dentro 

le anda... 



— 17 - 

J. Ram. ¿a miV 

tíhVT. Es claro; como usted ha sido su amigo inse- 

parable... y le quiere tan bien... 
J. Ram . ¿Qué dice usted, hombre? 
Baut. De don Gonzalo hablo. 

J. Ram. Ah, vamos. Lo de todos los días. Lo escucha 

conteniendo su mal humor. 

Baut. ¡Mire usted que ha sido subir como la espu- 

ma!. . En dos años, una eminencia, como 
dicen... 

J. Ram. Sí, eí... 

Baut. Yo lo quiero... lo mismo que si fuera mi 

hijo... ¿No ve usted que el padre y yo fui 
mos uña y carne?... Peleamos juntos cuando 
la República... Pero mire usted lo que tie- 
nen las cosas: el señorito me da mucho res- 
peto... más que si fuera otro... Algunas ve- 
ces, cuando lo veo, me acuerdo de su padre 
y se me ssiltan Jas lágrimas... La vejez, ¿no 
es verdad? ¿Quiere usted más azúcar? 

J. Ram. No; tengo bastante. 

B\UT. ¿Y el anisado, no se decide usted? Unas go- 

titas... 

J. Ram. No, señor, no. 

Baut. Antes, así que él empezó á curar y á hacer- 

se famoso, aquí en el Casino era la comidi- 
lla de todo el mundo... «¡El hijo de Vega el 
herrero! ¿Ha visto usted? Dicen que vale 
tanto... Que si ha salvado al niño de Tal, y 
al niño de Cual... ¡Suerte, suerte...» En un 
principio no querían creer que valia ni á 
tres tirones... Esto ha sido la bola de nieve... 
Poquito á poco... poquito á poco... Pero lo 
que yo pienso para mí... 

J. Ram. y para mí también, 

B.\ut. Cuando tanto dicen y hablan de él, será que 

lo vale, ¿no es verdad?... ¿no es verdad que 
sí?... 

J. Ram. ¡Ah, es claro! 

Baut. ¿A que de mí no dicen nada, ni de usted 

tampoco? 

J. Ram. ¿Eh? 

Baut. La bomba gorda fueron los discursos que 

echó este invierno pasado en Madrid. ¡Ma- 



- 18 — 

drid! ¡Madrid! Eso snena, ¡Y qué disputas 
aquí, madre santa! ¡qué peloteras! Hasta pa- 
los ha habido. . Bien que no le cuento á us- 
ted nada nuevo... «Que si presumido, que si 
tonto, que si más le valiera seguir en la he- 
rrería...» Ya ve usted qué pasión de hom- 
bres... El señor Solano le defiende mucho al 
señorito... ¿verdad? Es buena persona... A 
mí me gusta ver cómo acorrala las más ve- 
ces á los murmuradores... ¡Qué frescas les 
dice!... Usted también gozará mucho en oír- 
le, ¿no? Como usted es el único amigo que 
don Gonzalo tiene... Amigo, amigo, lo que 
se dice amigo, ¿usted me comprende? 

J. Ram. De sobra, hombre. 

Baut. Qué, ¿le molesto quizás con mi charla? Us- 

ted perdone, señorito. ¿Es que le duele la 
cabeza? Si tomara café en lugar de te... ¿Y 
las gotas, las gotas...? 

J. Ram . Ya le he dicho que no me gustan. 

Baut. Hace poco pasó por ahí... sigue habiándoie 

bajo. 



ESCENA II 

DICHOS y DON MELCHOR 

Este don Melchor es uu señor gordo que tiene algo de urraca. Sale 
por la izquierda, momentos antes de coucluir la escena anterior, con 
cuatro ó seis periódicos en la mano y dos ó tres debajo del brazo. Va 
de aquí para allá recogiendo codiciosamente los que encuentra en 
mesas y butacas, sin atreverse con el que ve junto á José Ramón, y 
al fin se sienta sobre todos en una mecedora de la derecha, y se dis- 
pone a leer uno de ellos. Apenas se ha sentado llama á Bautista. 

D. MeL. Bautista, haga el favor. Bautista, embebido en su 
charla, no se entera. ¡BautlSta! 

J. Ram. ¿No oye usted que le llaman? 

Baut. Ah; no había oído, a don Melchor. Mándeme 

usted. 
.1. Ram. (¡Gracias á Dios!... ¡Qué monserga de viejo!) 
D, Mel. ¡A ver si e.se de arriba ha terminado ya con 

el Blanco y Negro y La Ilustración! 



— Iflf — 



Baut. Voy. Me dejan solo; estoy }'o para lodo... 

D. Mkl Sí, 8Í. 

Baut. El uno á almorzar, el otro á ver á la novia... 

D. Mhl. Ya, ya lo sé. 

B\UT. Y el pobre Bautista... Retirase por la izquierda 

hablando entre dientes. 

D. Mkl. Hojeando una revista ilustrada. El Mundo BU los 
dedos... «Ventajas del frío sobre el calor...» 
«¿Conviene dormir siesta?...» «Receta con- 
tra el hipo...» «Los mosquitos ¿sudan?...» 
«¿Quién fué un rey que entró á caballo un 
martes á las tres y veinte en una ciudad es- 
pañola, fumando en pipa?...» «El adulterio 
en las pulseas...» «La nieta del lodo: conti- 
nuación.» Hoy viene para relamerse de gus- 
to. Se dispone á saborearlo todo gota á gota. 

Soltando la carcajada. ¡Qué barbaridad! ¡Este 
Pozo es mefistofélico! 
Pero ¿usted lee todavía El Alambique? 
Sí, señor; y me divierto en grande. Molerá, 
oiga usted. Oigan ustedes esto. Lee «Se dice 
que la señora de Bufete...» Bufete es el De- 
legado de Hacienda. 

El Delegado de Hacienda se llama Bufo. 
Ya lo sé; pero Pozo le pone Rufete para em- 
bozar la pulla. Volviendo á leer. «Se dice que 
la señora dts Rufete tiene cara de pocos ami- 
gos. ¿De pocos amigos? ¡Como que no tiene 

más que uno!» suelta otra vez la carcajada. Mele- 
ro le secunda. 

D. Mel. Indignado. ¡Hombrc! ¡hombre! ¡eso no debe 
tolerarse! 

€oLM. ¡Kl Delegado tolera lo otro!... 

D. Mel. ¡Y vaya una manera de embozar la alusión, 
amigo!... ;Si la llega á dejar á cuerpo!... Yo 
no sé cómo en Guadalema se consiente... 

CoLM. ¡Es que donde más y donde menos hay ropa 

sucia! 

O. Mkl. ¡Alto allá! ¡que ese trasto de Pozo la ha to- 
mado con mi notaría, y en mi notaría nos 
vestimos á diario de limpio! 

CoLM. Don Melchor, que yo no lo he dicho por 

tanto. 

O. Mel. ítem: en todos los números de su papel se 



CoLM. 

D. Mel. 

OOLM. 



D. Mel 

OOLM. 



— 20 - 

dedica á poner en solfa la oda que me pre- 
miaron en los Juegos florales; y ya quisiera 
él saber saludar un endecasilal)o mío. ítem: 
en el número del martes último, tuvo la 
avilantez de decirme con todas sus letras 
que como piei\so. 

Mol. ¿Que cómo piensa usted? 

D. Mel. No, señor; ¡que como pienso! colmillo y Moiero. 
ríen á carcajadas. ¡Ríanse, rííini^e ustedes!... 
Cuando diga que el auxiliar de la cátedra 
de Geografía de nuestro Instituto acepta 
habanos, y aves de corral, y hasta dinero 
para aprobar á los alumnos... 

CoLM. ¡Oiga usted! ¡oiga usted! ¡es que eso no es 

verdad! 

D. Mel. Ah, pero ¿usted cree que es verdad que yo 
como pienso? 

CoLM. ¡Tampoco! 

Mol. Don Melchor, esas cosas le ocurren á usted 

por ser exceeivamente puritano. Mire usted: 
á papá le ha llamado Pozo en El Alambique, 
ilustre moralista, gran patricio, glóbulo rojo 
de la sociedad de Guadalema... ¡eche usted 
flores! 

D. Mel. ¡También le costó lo que usted no querrá 
decirnos! 

Mol. ¿Dinero? ¡Ca! ¡Un poco de embuchado de 

Salamanca, y un chaqué de trencillas que á 
mí se me había quedado estrecho! 

Colmillo se ríe. 

D. Mel. ¿Le parece á usted?... ¡Vamos, si dan ga- 
nas...! /,Y han de estar las reputaciones,..? 

Viendo un rayo de luz y viniéndose á las buenas de 

pronto. Escuche usted, Molero: ¿usted cree 
que con una docena de calcetines que yo 
no uso porque me están cortos, me dejaría 
en paz la oda? 

Mol. Qué sé yo... qué sé yo... La oda es muy lar- 

ga... 

D. Mel. Ah, no; pues los calcetines son cortos. 

Mol. Pruebe usted, á ver. 

BaUí . A don Melchor, dándole los periódicos que nombra. 

La Ilustración y el Blanco y Negro. 
D. Mel. Gracias, Bautista. Aiza una pierna y ios coiocaí 
sobre los otros. 



~ 21 — 



Baut. 

D. Mel. 
Baut. 

D. Mel, 



Baut. 
D. Mel. 



Mol. 
Baut. 
Mol. 
Baut. 

Mol. 
Baut. 



No las merece. ¿Ha terminado usted ya con 
el Heraldo de Madrid? 
¿Quién lo pide? 
El señor .Vlaiiteca. 

¡El señor Manteca! ¿Para qué querrá el He- 
raldo el señor Manteca? Dígale usted que 
no trae nada de lo í-uyo. 
Como me lo ha pedido... 
¡Qué pesados ee ponen algunos! Creen que 
los periódicos vienen aquí para ellos nada 
mar... Alza otra vez la pierna, cuenta cuatro perió- 
dicos sin mirarlos, y saca el qu« hace cinco, qut es 
el 'Heraldo» precisamente. Tome USted. 

Bautista. 
Señor. 

Tráeme una cajetilla. De los míos, ¿eh? 
En seguida voy. Me dejan solo; esto}' yo 
para lo Jo... 
Ya, ya... 

El uno que la novia, el otro que el almuer- 
zo... V el pobre Bautista es el burro de car- 
ga... Vase refunfuñando por la puerta de la izquierda. 



ESCENA III 

DICHOS y BERRUGUETE 



BeR. Asomándose desde el exterior á la balaustrada del 

foro. Señores, muy buenas tardes. 
D. Mel. Buenastardes. 
Ber. ^.Esta Gonzalo Vega? 

CoLM. No, señor; ni falta. 

Ber. ¿No tstá, eh?... Bueno, pues... En ese caso... 

¿Pero no saben ustedes la novedad? 
CoLM. Ni ganas; no, señor. 

Ber. Ah, ¿ni ganas?... Tue* por mí... Desahogando 

sn contrariedad. ¡Ningún trabajo cuesta ser 

amable! ¡Digo yo!... Vaya, abur. vase hacia la 

derecha. Este Berru^ete es un buenazo, con un cora- 
zón como una sandia y una cabeza como una aceituna. 
Viste modestlsimamente, yes de los que se dejan la bar- 
ba, que no tienen, por ahorrarse td dinero del afeitado. 



— 22 — 



ESCENA IV 



UlCHOS menos BERRUGÜKTE; al final SOLANO, dentro 



COLM. 

Moi. 

CoLM. 



Mol. 

CüLM. 



Mol. 

COLM. 

Mol. 

CoLM. 
MíjL. 

COLM. 

Mol. 

CoLM. 



Mol. 

CoLM. 

Mol. 
J. Kam. 

COLM. 



Me carga ese hortera. 

JSo es hortera. Está empleado en el escrito- 
rio de los sobrinos de Carranza. 
Tanto monta. Es un tío dulzón, lame lame^ 
antipático... adulando siempre al tal Gonza- 
lo Vega... También á eee le echa El Alambi- 
que una flor. 

Ese sí que me carga á mí. 
Ese nos carga á todc^s. 

José Ramón, apenas oye lo de 'El Alambiquea, se le- 
vanta haciéndose el distraído y va poco á poco accrctin- 
dose á Colmillo y Molero hasta que coge «El Alambi- 
que» y lee lo que le Interesa. Sale Bautista por la iz- 
quierda y se va á la calle. Óyese dentro el cascabeleo 
de uu coche que pasa á distancia. Molero se asoma á la 
balaustrada y mira hacia la izquierda como para verlo. 

Hombre, el coche de la Fonda Nueva. 
¿Viene alguien? 
tíi; un par de señoras. 
Gente del teatro, será. 
No; si la compañía del Principal empezó 
anoche. 
¿Estuvo usted? 

Un ratillo. No me gustó la obra. Como no 
habla gente... 

Ah, ¿no había gente? ¡Me alegro! Y es que 
el público está encünallado, envilecido; todo 
el mundo se va al asqueroso barracón zar- 
zuelero. 

¿Y usted por qué no fué al Principal? 
Porque me distraigo más en ese inmundo 
barracón. Allí paso la noche. 
A José Ramón. ¿Qué hay, amigo? 
Muchas cosas: cansancio, mal humor, pere- 
za... muchas cosas. 
Tiene usted mala cara. 
Pues hoy es lo mejor que tengo, se apartn y 

pasea. 



— 23 — 

CoLM. En voz baja, á Moiero. Me revienta este tío, con 

esa eterna ^ose de hombre desengañado del 
mundo. 

Mol. Debe de estar enfermo, ¿no cree usted? 

Don Melchor repara en José Ramón, que pasca; mira 
hacia el sitio donde antes estaba, ve el periódico que 
dejó, y en el acto se levanta, va por él, lo dobla y lo 
prensa con los demás. 

Soi. Gritando dentro. ¡Después de todo, á mí me 

tocas tú las nances, y me las toca este, y me 
las toca el cabildo, y el ayuntamiento, y 
Giiaclalema entera! ¡Se acabó! 

D. Mel ¿Qué es eso? 

J. Ram. Kl cojo, que se conoce que ha perdido. 

Mol. Pues habrá que oirle. 

J. Ram. Cuando pierde es gracioso de veras. 

UoLM. Sí; pero se pone muy pesado. 

ESCENA V 

DICHOS y SOLANO; después DOMÍNGUFZ y GORDILLO 

feOL. Sale por la puerta de la izquierda y se sienta en una do 

las butacas del primer téimino, ante un velador, enfren 
te de Moiero y Colmillo. Es cojo de la pierna derecha 
y hombre de unos cincuenta años de edad, de frente 
ancha y noble, abundante cabello, barba revuelta, ojos 
cargados de carne y cara encendida. Anda con ayuda 
de una muleta que se coloca debajo del brazo. Viste con 
mucho desaliño, pero con limpieza. Si nO Se metie- 
ra uno á discutir con mulos de noria... Bue- 
nas tardes, señores. 

J. Ram. Parece que ha fermentado el mosto, amigo 
Solano... 

Sol. Hombre, estoy rabiando por oirte decir algo 

con sentido común. No se te ocurren más 
que sandeces. 

Todos se ríen. 

J. Ram. y qué, ¿se han dado ases? 

Sol. ¡Se han dado jorobas! 

J. Ram. Yo en cuanto vi subir al tío de las patillas 
negras dije para mí: Solano pierde hoy. 

Sol Calla, hombre; ¡si le voy á cortar el pescue- 

zo! Os advierto que iba como los ángeles. 



— 24 - 



COLM. 

Sol. 
Mol. 



Sol. 
Mol. 
Sol. 



J. Ram. 
Oolm. 
Mol. 
J. Ram. 

CoLM. 

Sol, 

CjOLM. 

D. Mei,. 
Mo... 
D. Mek. 



DoM. 
Mol. 
GoR. 

COLM . 



Sol. 



Dos golpes más, y desbanco. Pero ¡joroba! 
desde que entró ese licenciado de presidio, 
me vino la negra. ¡Un día Jo matol En se- 
rio. ¡Bautista! 

Si se hubiera usted quedado aquí con nos- 
otros... 

¿Para qué; para oirte despellejar á medio 
mundo, sin gracia ninguna, y ver á ese otro 
limpia que limpia pipas? 
[Como que mis pipas no valen nada!... Quí- 
tese usted el polvo de lo.s ojos y mire esta. 
Se levanta y le da la que está limpiando. 
Domínguez y Gordillo salen por la izquierda y se sien- 
tan á charlar ante uno de los veladores de la plaza. 
Domínguez es grueso y Gordillo flaco. 

Pues no me llama la atención... ¡Bautista! 
Atisbe usted por ese cristalito verdp. 

Ah, vamos... Mirando por el cristalito. ¿Hola? 

Este es otro cantar. Donde hay mérito yo 
lo reconozco. ¡Qué poca vergüenza debe de 
tener esta ninfa! 

La boquilla va pasando de mano en mano. 

A ver... No es mala per.sona, caballeros. 
¿Me hace usted el favor? 
Cuidado, no se caiga. 

Esa debe usted llevarla mañana al Institu- 
to para enseñársela á los niños. 
Los niños saben más que yo. 
No es difícil. 

¿Y para mí que estas pornografías no tie- 
nen gracia? 
¿Me permite usted? 
Sí, señor. 

¡Hombre! ¡hombre! ¡hombre! ¡Qué posturi- 
ta!... Se da cierto aire. . (;Que vas á vender- 
te, Melchor!) 

Desde el fondo. ¿Se puede ver, señores? 
Con mucho gusto. 
¡Venga! ¡venga! 

Mientras Molero les enseña la boquilla á los otros. 

Es imbécil este Molero. 

bale por la derecha Bautista, y le entrega á Molero el 
tabaco que trae para él. 

Bautista, ven acá. 



— 26 — 

Baüt. En seguida, señor Solano. Aquí tiene usted, 

señor Molero. 
Mol. Quédate con la vuelta. 

Baut. orracias, señor Molero. a solano. Usted dirá, 

señor Solano. Me dejan sol: ; estoy yo para 

todo... ¿Una copita? 
Sol. Vas á traerme de ese alto licor celestial que 

tomo yo los días ^ue pierdo. 
Baut. Je, je... Se conoce que pierde usted todos los 

diaf?... Je, je, je. . Vase por la derecha. 

CoLM. Me molesta que los criados se tomen con- 

fianzas; pero tií'ne razón. No sé cómo ni para 
qué bebe usted tanto. 

J. Ram. Hace bien; ojalá pudiera yo imitarle. Beber 
es olvidar lo malo. 

Sol. Beber es recordar lo bueuo. Pero yo, si bebo, 

no es por eso tampoco; es por amor á la hu- 
manidad. ¡Que conste! 

CoLM. ¡No entiendo esa fanfarronada! 

Sol. ¡Porque has nacido con una quesera sobie 

los hombros! 

CoLM. ün poco picado. Tampoco entiendo por qué me 

habla usted siempre de tú. 

Sol. ¡Toma! ¡Porque le hablo de tú á todo el mun- 

do! Cogiendo una botella de cognac que le trae Bau- 
tista, el cual, después de servirle una copa, se detiene 
como embelesado oyéndolo hablar. JlíSCUchar para 
que te expliques lo generoso de mi bebida : 
entre el raciaao de uva cuajado ya, y la lle- 
gada de esta botella al Calino, hay el traba- 
jo de miles y railes de hombres. En el cam- 
po, los vendimiadores que cortan el racimo 
de la vid; en el lagar, la gente que pisa la 
uva y todo el personal de bodegas; eso, por 
dentro. Por fuera, obreros de las fabricas de 
cristal, de papel, de alambre, de lacre y de 
corcho... En la etiqueta nada más tienes que 
trabajan dibujantes, litógrafos é impreso- 
res... Cada industria general arrastra consi- 
go un ejército de industrias auxiliares, 
¿comprendes? Para tirar esta etiqueta en la 
imprenta hacen falta cajetines de madera, 
letras de plomo, máquinas de acero, tintas 
de colores... Las tintas vienen de París ó de 



— 26 — 

Roma; las letras y las máquinas de Berlín 
ó de Londres... Barcos y trenes en movi- 
miento que cruzan los mares y las tierras... 
fogoneros y maquinistas que trabajan... ma- 
rinos que viven... casas de comercio en tra- 
jín incesante... cartas que van y vienen... el 
teléíjrafo vibrando á todas horas... ¡Qué sé 
yo á la gente que le doy de comer con cada 
co»)ita que me bebo!... se bebe «na. 

Todos se ríen. Domínguez y Gordillo se levantan y se 
van hacia la derecha como para entrar en el Casino. 

J. Ram ¿y hoy se siente usted muy filántropo? 
tíoL Como nunca. Bautista, despídete de la bo- 

tella, que he perdido mucho. 

BaUT. Yéndose por la derecha riéndose. Está bien, eSta 

bien. 

CoLM. ¿De manera que vamos á tener discurso á 

t<do chorro? 

Sol. Mientras hablo yo callas tú, y eso van ga- 

nando los señore?. 

DOM. Saliendo con Gordillo por la puerta de la derecha, y 

pasando hacia la de la izquierda, muy abstraídos ambos 
en su conversación. No, no, no; por trcs tablas 
no hay carambola. Fíjeí^e usted, ¿eh? Picu 
alto; mucho efecto, ¿eh? cojo media bolita 
nada más, tomo el recodo, ¿eh? evito el retru- 
que, ¿eh? ¿eh? y carambola segura y no me 

vendo, ¿eh? ¿eh? ¿eh? ¿eh? Desfiparecen por la 
indicada puerta, decididos á comprobar la verdad prác 
tica de tan admirable teoría. 
D. MeL. Reparando en una margen del «Blanco y Negro» 

(¡Oiga! ¿qué han puesto aquí?) Lee. «Ya se 
sabe quien se lleva el Blanco y Negro >^ Hace 
un gesto de alarma y dice. ¿Por dónde me habrán 
visto? ¡Por el agujero del Uavín es imposi- 
ble!...) 

ESCENA VI 

DICHOS y BERRUGUETE 
Ber. Asomándose por el foro otra vez. ¿No ha venido 

Gonzalo todavía? 
CoLM. ¡Y dale! 



__ «»• __^ 



Moh. No; no ha venido. 

13er. ¡Pero, hombre!... ¿El tiene costumbre de pa- 

sar por aquí á estas horas, verdad? 

J. Ram. Sí; generalmente viene y se queda un rato. 

Bek. ¡Caramba!... Bueno, pues... hasta hiego. 

Sol. Adiós. 

CoLM. ¡Y que lo encuentre?, hijo mío! ¡Está sin 

sombra! 



ESCENA VII 

DICHOS, menos BERRDGÜETE; Inego POZO 

Pasa Bautista de derecha á izquierda con un juego de bolas para Do- 
mínguez y Gordillo. Poco después óyese de vez en cuando el chocar 
de las bolas con fuerza.— Bautista vuélvese á la portería. 

J. Ram . Puede que tenga algún chiquillo malo. 

CoLM. ¡Eso es; y aquí ya no se llama para curar á 

nadie más que al niño bonito, al joven de 
moda! ¡Y á don Alejo, que es una lumbrera 
de la medicina, así, una lumbrera, se le 
limpia el pesebre! 

D. Mel. ¿El pesebre y es una lumbrera, señor Col- 
millo? 

Pozo Presentándose oportunamente para atizar el fuego co- 

menzado. Cabalier.^s, desde la calle se oyen 
las voces: ¿de quién se saca leña? 

(^CLM. Hola, Pozo. 

Sol. Hola, Pocilga. ¿Qué tal va ese Alambique? 

¿Cuando te ahorcan? 

Pozo ¿A mi? Eso quisieran muchos. Don Mel- 

chor, no me mire usted con esos ojos: 3'a 
sabe usted que se le aprecia, aunque otra 
cosa escriba en El Alambique. ¡El picaro gar- 
banzo obliga! 

D. Mel. con risa de conejo. ¡.Je! Fijándose en los bajos de 

Pozo. (Tiene más pie que yo.) 

Caracterizan al tal Pozo unos lentes rotos que con fre- 
cneucia se asegura, bigotillo de pelusa de pichón, pin- 
tas rojas en las narices y dos ó tres calvitas en la cabeza. 
Se rie y uo se le ve nada blacco. En el cogote, entran- 



28 — 



Pozo 



Sol. 

COLM. 

Mol. 



CoLM. 
Mol. 
J. Kam 



CoLM. 

Sol. 



CoLM. 

Sol. 
Mol. 



Pozo 

CoLM. 

D. Mel. 
Pozo 

Mol. 

COLM. 



do, á la derecha, lleva un parche negro. Viste con cada 
prenda de un terno distinto. 

Frotándose las manos con satisfacción y sentándose 
en una mecedora al lado de Colmillo y Molero. Con 
que á ver, á ver: ¿qué cristiano estaba en el 
circor 

¡Y que no ha entrado mala fiera! 
¿Cuál había de ser, hombre? ;E1 de siempre! 
[El fenómeno de Guadalema! 
¡Enpantárame yo! Pero, señores, antes se 
hablaba aquí de toro-, de mujeres, de jue- 
go, de líos, de política .. ¡Ahora no se habla 
más que del pollo ese! 
¡Tiene usted más razón que el Papa! 
Siguen las firmas. 

Con oculto deseo de que se enrede la discusión sobre 

Gonzalo. Pues, hombre, usted ha empezado, 
Colmillo. Se conoce que le preocupa á us- 
ted más que á nadie. 

¿A mí? ¡Me hace usted gracia! ¿S03' yo ma- 
tasanos por ventura? 

Eso no. ¿Qué tiene que ver que no lo seas? 
Aquí está Pozo, que á esa tiple del barra- 
cón le envddia el sueldo y las cenas que le 
da el empresario. ¡Y me parece que Pozo no 
es tiple! Para vosotros la cuestión es envi- 
diar alg >. 
Díjolo Blas. 

Lo digo yo, que soy pariente suyo, sigue be- 
biendo y caldeándose el cuerpo y el espíritu. 
Pues yo no me meto en averiguar si el tal 
Gonzalo Vega tiene ó no tiene pesquis: papá 
dice que sí. Lo que sostengo es que es un 
cursi. No hay más que ver cómo se pone las 
corbatas. 
I Está soplado! 
¡Es un globo de vanidad! 
¡Duro, duro! 

Luego, va á la peluquería, y él sus tijeras, 
él sus peines... ¡Señor, que no tenemos tiñal 
¡Es una damisela! 

¡Es un Don Nadie! Encarándose con él, como si 

estuviera presente. ¡Pei'o venga usted acá: si 
yo no he perdido la memorial ¡si todavía 



— 29 — 

existen en mi casa unas tenazas de cocina 
que su padre de usted me ha compuesto á 
mi por cuatro perras! 

Pozo ¡Ni más ni menos! saca una cajita de pildoras y, 

se traga una, bebiendo agua después. 

Sol. ¡Joroba! ¿Vais á hacer astillas también de lo 

que más honra al muchacho? ¿No piensas 
tú lo misino, José Kamón? 

J. Ram. Claro que sí. Estoy callado por prudencia. 

Sol. ¡Pretendiendo afear su origen ponderáis más 

su mérito! ¡Le veis subir, y queréis derri- 
barlo echándole encima todo el hierro que 
moldeó su padre! ;Joroba! ¡qué buen alma 
tenéis! 

CoLM. ¡Poco á poco, que aquí no nos ofu&ca usted 

con fU palabrería! ¿Qué ha hecho e«e mozo 
de particular? ¡Porque parece que se trata 
de un superhombre, según usted se expresa! 

Pozo O de un hombre super, como digo yo en El 

Alambique con mucha gracia. 

J. Ram. Terciando en la disputa con fingida imparcialidad 
para concluir por echar leña al fuego. Vaya, vaya, 

se apasionan ustedes... Yo soy más impar- 
cial... la amistad que me une á Gonzalo no 
me ciega... Reconozcamos que no será un 
ser del otro mundo, pero que vale... vale... 
¿O es que vamos todos á pensar como esos 
que dicen que sus consultas en Madrid son 
coía fantástica... viajes de ida y vuelta que 
él hace para alucinarnos? 

CoLM. Rabioso. ¡Y lo SOu! 

Pozo ¡Lo que es á casa del Duque de Peñafiel, no 

ha ido! ¡Me consta! 
Sol. y este se cartea con la Duquesa; conque no 

hables más. 
J. Ram . ¿Vamos á dar crédito también á quienes 

afirman que sus artículos y sus folletos los 

copia de revistas inglesas? 
CoLM. ¡Y los copia! 

Sol. Con la agravante de que tú no sabes inglés. 

Pozo ¡Pero si ya no hay nada de eso! ¡Lo que hay 

es un tío suyo, por parte de madre, que le 

escribe todo lo que publica! 
CoLM. ¡Lo mismo me da! 



— 30 ~ 



Sol. 
Pozo 

COLM. 

Sol. 

COLM. 



Sol. 

CoLM. 

Sol. 



J. Ram. 

Pozo 
Sol. 



J. Ram. 
D. Mel. 

Mol. 



¿Y quién le cura los chicos, joroba? ¿Algún 
tío por parte de padre? 
¡Los chicos que no se le mueren, que son los 
menos, se curan solos! ¿Dónde se ha visto 
que las naturalezas vírgenes necesiten de 
raeringotes? 

¡Es poco chistosa la pretensión de declarar- 
se médico de la infancial 
¡Joroba! 

¡Claro está! ¡Porque un día le sacó una espi- 
na del gañote al hijo más bruto del animal 
del cacique ¡cataplum! médico de niños! 
¡Si me saca la espina á mí ¡zas! médico de 
catedráticos! ¡Vaya usted á hacer gárgaras, 
hombre! 

Si te hubiera sacado la espina á ti no sería 
médico precisamente. 
¿Cómo? 

¡Joroba, qué trabajo os cuesta reconocer el 
mérito ajeno, sobre todo fí es planta que 
arraiga y crece á vuestro alrededor! Ya sé 
yo, ya sé yo que no es plato de gusto ir por 
la carretera pasito á paso con las alforjas 
á la espalda, y ver que al lado nuestro pasa 
el ferrocarril como una centella, tragándose 
kilómetros... Escuece, molesta, hace malas 
tripas, lo sé. Pero por mucho que escueza y 
que moleste, ¿hemos de comenzar á tirarle 
piedras como cafres?... 

Pozo mete mano á una cajita de pastillas, se echa una 
á la boca y chupa y rechupa mientras habla. 

Lo encuentro á usted hoy más orador que 
nunca. 

Es que el cognac inspira mucho. 
No lo dudes. A mí también me envidias eso: 
que puedo beber y tú no. '^^orao estás podri- 
do, tienes que contentarte con tomar á pasto 
menjurjes y potingues. ¡Y pensar que la sa- 
lud es lo mejor que tienes!... ¡iVIira, mira si 
me inspira el cognac! 

Lo aplauden todos entre bromas y veras. 
Bravo! 
Admirable! 
Magnifico! 



— 31 — 

Pozo ¡Aplauso de uñas! 

CoiM. ¡Otros con menos motivo están en jaula! 

Oae en medio de la escena una bola de billar, qne se 
supone que ha saltado de la mesa en que juegan Do- 
mínguez y Gordillo. 



ESCENA Vni 

DICHOS y DOMÍNGUEZ 

Pozo ¡Hombre! ¡hombre! 

CoLM. ¡Canario! 

Sol. ¿Estamos seguros? 

OOM. í^aliendo en mangas de camisa por la bola. ¡Ha 

sido! ¡ha sido! — Ustedes dispensen, caballe- 
ros. — ¡Ha sido! ¡ha sido! Vase -piropeado, por la 
reunión. 

Pozo ¡Para otra vez más temple' 



ESCENA IX 

DICHOS, menos DOMÍNGUEZ; GONZALO, luego BERRUGUKTE 
GONZ. Por la puerta de la derecha. SeñoreS, buenaS 

tardes. 
D. Mel. Buenas tardes. 
J. Ram . Hola. 
Mol. Felices. 

Pozo y Colmillo granen á manera de saludo. 

Sol. Celebro que vengas, porque nos entretenía- 

mos en hablar mal de tí. 

GoNZ. Eso es bueno. Que dure mucho. ¿Pero ya 

está usted entregado al cognac? 

Soi . ¿Tú crees que á esta gente se la puede sopor- 

tar con agua sola? 

GoNZ. ¿Tienes que hacer, José Ramón? 

J. Ram. Nada. 

GoNZ. ¿Quieres que charlemos un rato por ahí? 

J.Ram. Vamos á donde digas. ¿Hay algo de parti- 
cular? 

GoNz. Un asunto de que quiero enterarte. 



— 32 — 

BeR. Asomándose otra vez por la balaustrada, loco de júbi- 

lo al ver á su amigo. ]Gonzalo! ¡Gonzalo! 
GoNZ. ¡Adiós, Evaristo! 

BeR. No, no; si voy á entrar, sin saber lo que hace 

intenta saltar por la balaustrada para llegar más pron- 
to. Espera; espera. Desaparece, y á poco sale por 
la puerta de la derecha. 

J. Ram. ¿Qué le ocurre á ese chico? 
GoNZ. ¡Qué sé yo! 

CoLM. ¡Es la tercera vez que le da el mismo ata- 

que! 

Pozo saca una cajita de farmacia con papelillos, echa el 
contenido de uno de ellos en un vaso do agua y lo deja 
sobre una mesita esperando que se disuelva. 
BeR. /balanzándose á Gonzalo y abrazándolo con efusión^ 

¡Ven acá! ¡V'en acá, grande hombre! digan 
lo que quieran... ¡Ven acá! ¡Sublime, subli- 
me, sublime! 

Go^z. Sueltan: e... no seas niño. 

Ber Lo sé todo: me lo ha dicho tu madre. ¡Es tu 

coronamiento, Gonzalo! ¡Tu coronamientol 

GoNZ. Vamos, déjame. 

Pozo ¿Le ha tocado á usted la lotería? 

CoLM. ¿Pues no está llorando ese tonto? 

Ber, Me afecto, me afecto... 

Sol. ¡a ver, á ver; que se aclare la incógnita; que 

se explique!... 

D. Mf.l. ¡Que se rompa el misterio, Gonzalo! 

GoNZ. Ni misterio ni incógnita, señores, a José Ra- 

món. Es lo que yo iba á referirte, ¿sabes? 

Sol. ¡Pues yo también me quiero enterar! 

D. Mel. ¡y yo! ¿Qué es ello? 

GoNZ. Se io diré á ustedes. Después de todo, ma- 

ñana ha de hacerse público en El Defensor... 

J. Ram. Por lo visto es cosa muy buena para tí. 

GoNZ. Sentándose. Se trata de la realización de un 

proyecto míe, de que ya he hablado en otras 
ocasiones y en varias partes, 

Sol. ¿La fundación del Asilo, quizás? 

GoNZ. Cabalmente. Unos sentados y otros de pie, le oyen 

todos con interés muy vivo, que en' cada cual reconoce 
una causa distinta, Bcrruguete sigue con los suyos el 
movimiento de los labios de Gonzalo. Este habla con 
entusiasmo grande, pero con mucha sencillez y modes- 



— 33 — 

tia. Es un dolor lo que está pasando en Gua- 
dalema; y puesto que lo veo y sé que no es 
imposible remediarlo, mi deber es señalar 
el mal y ayudar con todas mis fuerzas, si no 
á cortarlo de raíz, á aliviarlo un poco. Bien 
miradas las cosas, de ninguna manera me- 
• jor puedo yo pagarle á Guadalema lo que ya 
le debo. 

COLM . A Pozo, en voz baja. Exordio. 

GoNZ. Ustedes saben que en Guadalema, el pueblo 

vive del trabajo fuera de casa. Hombres y 
mujeres se van al ser de día á las fábricas de 
los arrabales y no vuelven á la ciudad hasta 
anochecido. Las pobres obreras tienen que 
dejar á sus hijos, ó solos en sus casas, que 
por desdicha no son palacios, ó en medio del 
arroyo, que no suele ser escuela de buenas 
costumbres. Llevarlos consigo es mucho 
peor todavía: el aire impuro de los talleres, 
la atmósfera malsana que se respira en casi 
todos ellos, aniquila y mata á infinidad de 
hombres, cuanto y más a los niñoí^. Pues ahí 
está la razón del Asilo que quiero fundar en 
Guadalema, á imitación de tantos otros como 
hay, más que en España, fuera ue ella. Esto 
es: un refugio donde puedan las madres de- 
jar á sus hijos al marchar al trabajo y reco- 
gerlos al volver. 

Ber. Secándose los ojos. Me afecto, me afecto... 

^. Ram. Como el que fundó la reina Victoria en Ma- 
drid, para las lavanderas. 

GoNz. Justo. Y á semejanza de muchos que exis- 

ten en el extranjero, donde los Gobiernos y 
las gentes se preocupan de la protección de 
la infancia pobre bastante más que aquí. 
Dígalo si no la ley Roussel de los franceses, 
documento admirable y hermoso que debié- 
ramos imitar los españoles, si aquí se imita- 
ra de Francia algo más que los figurines y 
los vicios. Y cuenta que no soy sospechoso 
hablando mal de mi país. 

CoLM . A Pozo, bajo. Pedante. 

GoNZ. Ese que he indicado es el objeto fundamen- 

tal del Asilo; pero además ha de tener otro 



— 34 — 

que no le cede en importancia. Corno quecl:i 
en Guadalema tanto chiquillo huérfano, ó 
con padres inútiles, que es igual, en el Asilo 
encontrarán abrigo y amparo, y allí se les 
criará y educará, enseñándoles un oficio ó 
un arte, hasta que puedan por sí solos ga- 
narse la vida ó atender á la de los suyos. 
Claro es que este Asilo, una vez fundado, lo 
costearán por de pronto las familias ricas de 
Guadalema; pero después, en los mismos 
trabajas que en él se hagan para aprendizaje 
de la gente menuda, podrá buscarse la base 
de su sostenimiento. ,jQué les parece á us- 
tedes? 

Mol. Cogiéndole á Gonzalo la boquilla en que fuma, y que 

le ha traído preocupadísimo desde que la vio. ¿Es de 

espuma de mar? 

GoNZ. ¿Cómo?... ¡(iué sé yo, hombre! — ¿Qué dices 
tú del proyecto, José Ramón? 

J. Ram. Que es una hermosa idea. 

GoNz. ¿Y usted, Solano? ¿Y ustedes, señores? 

Sol. ¿Qué hemos de decir? No hay más respuesta 

que darte un abrazo mu}' fuerte. ¡V^en acá, 
que soy cojo! 

D. Mel. Es usted todo un hombre. 

€oLM. Pero, bueno; y á mí se me ocurre preguntar, 

amigo Vega... 

Pozo Con seguridad lo mismo que á mí 

CüLM. ¿Quién levanta ese Asilo? Porque no se trata 

de ningún castillo de naipes... 

Pozo Ahí va, ahí va... Las teorías son todas subli- 

mes; pero yo repito lo que Colmillo: ¿quién 
levanta eso? 

GoNz. Guadalema entera: á lo menos tal es mi as- 

piración. A mí me gustaría que fuese obra 
del esfuerzo de todos; del sentimiento colec- 
tivo de la caridad: que no quedara un veci- 
no en Guadalema, por pobre que fuese, que 
no tuviera en el Asilo su puñado de tierra. 

Ber. ¡Muy bien dicho! Como que este se iba á ca- 

llar. 

GoNz. Excuso advertir que para estimular ese sen- 

timiento se organizaran ñf stas de todas cla- 
ses: funciones de teatro, carreras de cintas, 
corridas de toros... 



— 35 — 

Mol. Ese detalle me parece muy bien. 

OoNZ Rifas benéficas, un Álbum de dibujos, otro 

de poesías... 

D. Mel. ¡Mucho! ¡mucho! Yo tengo un soneto á la 
Caridad, que ofrezco desde ahora. 

<jrONZ. En fin, mañana verán ustedes el plan com- 

pleto que publico en El Defensor. Segarra 
me ha ofrecido su periódico lleno de entu- 
siasmo. *A todos pido ayuda; de todos la espe- 
ro. Yo no quiero ser más que uno de tantos. 

■CoLM. (¡Lo que eres!) 

Pozo Con las de Caín. Esa modestia le honra á us- 

ted. 

•GoNZ. Gracias. Mi afán no es otro que echar algu- 

na luz sobre la vida de los niños pobres; 
no sólo por un impulso de mi corazón, sino 
por un deber de patriotismo. Cuidar de los 
niños es fortalecer la esperanza de nuestro 
pueblo. 

J. IIam . Es cierto, Gonzalo: aquí me tienes para todo. 
Quiero yo ser quien tome la mayor parte en 

tu victoria. Se abrazan y continúan hablando bajo. 
Ber Me afecto, me afecto... Se afecta y se echa al 

cuerpo, creyendo que es agua pura, la mitad de la me- 
dicina de Pozo. 

Sol. Levantando una copa. ¡Señorcs, vaya por el 

Asilo! ¡A ver si entre todos los guadalenses 
cuajamos una generación libre de Colmillos 
y Pozos! 

Kisas generales, sin exclusión de los interesados. 
Ber. Paladeando, con cara de susto. ¿Qué demonches 

tiene este agua? 

Pozo Pero ¿se la ha bebido usted? ¡Si es una me- 

dicina mía! 

Ber. ¡Habérmelo advertido, hombre! Nuevas risas. 

Continúa paladeando lleno de aprensión.— Oyese en el 
billar un tacazo muy fuerte, y por la misma puerta que 
antes salen dos bolas: una que rueda veloz hacia la 
puerta de la derecha, como si fuera perseguida, y se 
supone que llega hasta la calle, y otra que cae enraedio 
de la escena. Domínguez corre detrás de la primera 
con la emoción de una buena jugada, y Gordillo coge 
la segunda entre la algazara general. 



— 36 — 
ESCENA X 

DICHOS, DOMÍNGUEZ y GORDILLO 

Sol. ¡Joroba! ¿otra vez? 

CoLM. ¡Esos van á matar á uno! 

DoM. ¡Ha sido! ¡ha sido!... ¡Es imposible tirar 

fuerte! ;Yo no he visto bandas peores! Des- 
aparece detrás de la bola y se le ve salir á la plaza por 
ella. 

GoR. Dispensar, caballeros. 

Pozo ¡No ganamos para sustos, compadre! 

CoLM. ¿Por qué no se llevan ustedes la mefa en- 

medio de la plaza? 
GoK. Dispensar... Ese Domínguez es tan bruto... 

Dispensar... vase. 

DoM, Volviendo con la bola y entrándose en el billar a se- 

guir sus triMnfos. ¡Oiga ustcd! ¡que sigo yo ti- 
rando! ¡que ha sido!... 

ESCENA XI 

DICHOS menos DOMÍNGUEZ y GORDILLO; GRACIA LATORRE 
y JULIA, que pasan por la plaza 

Mol . Mirando hacia la derecha del fondo y acercándose á 

la balaustrada. ¡Caballero^, allí SÍ que viene 
una moza. . á la que yo le levantaba un 
Asilo! 

D. Mel. ¿Quién es? 

CoLM. ¿Quién es? 

lodos miran hacia el mismo sitio y algunos se acercan 
también á la balaustrada. 

Mol. Gracia Latorre. 

Gonzalo se estremece. 

Ber. Como que es lo más 'selecto que hay en 

Guadalema. 

D. Mel. viéndola venir. ¡Qué dcscnvuelta es y qué gra- 
ciosa! 



— 37 — 

CoLM. Claro: con quince millones, todo es gracia y 

desenvoltura. Pero eso se llama de otra ma- 
nera en casiellano. 

iiOHZ. A José Ramón. VámOUOS, tÚ. 

J. RaM. ¿Qué te ocurre? siguen hablando bajo: Gonzalo 
cada vez más nervioso. 

Pozo Lo que es yo, á la tal Gracia Latorre la ten- 

go aquí. Señalándose la nuez. 

Sol. ¡Pues ya está aviada! 

Gracia Latorre, acompañada de su doncella Julia, pasa 
de derecha á izquierda por la plaza. Al saludo olímpi- 
co de Molero, que todos secundan, cada cual á su es- 
tilo, contesta ella saludando cou la mano familiar- 
mente. 



ESCENA XII 

DICHOS, menos GRACIA LATORKE y JULIA 

Mol. JSo me digan ustedes que no: ¡es una mujer 

de un pedazo! 

Ber ¡Un cromo ingle?! 

D. Mei . ¡Lástima que tenga esas genialidades! 

JSoL, Ello es que en GuadaJema es la que pre- 

ocupa. 

Pozo ¡Y sin ínfulas que me gasta la niña! 

CoLM. ¡Le da calabazas al obispo! 

Sol. ¿Por qué no te diriges tú á ella, á ver? 

OoLM. ¡Apañado va el que la tome en serio y pe 

ayunte! 

Pozo t'irarea el toque de clarín de la Plaza de Toros. 

Ber. ¡Hombre! ¡bombrel No sea usted atroz. Re- 

pare usted que en una dama. 

CoLM. ¡Vuelta la burra al trigo! ¡Y dale con la 

dama! ¡y torna á la dama! ¡y joroba, como 
dice ese, con la dama! ¡Es una dama porque 
tiene quince millone?; pero no hace nada por 
parecerlo! ¡A mí me indignan ciertas hipo- 
cresías imbéciles! ¡Ni esa niña se trata coa 
la moral, ni es más que una histérica ridi- 
cula que acabará por escaparse con un cual- 
quiera! 



— 38 — 



GONZ. 

COLM. 
GONZ. 



COLM. 
GONZ. 



CoLM . 



GoNZ . 



CoLM. 

GoNZ 

J. Ram 



Estallando al flu, alteradísimo. ¿No COnoce USted 

otro lenguaje para hablar de una señorita? 

Sorprendido y turbado. No, señor. 

Pues de hoy más, mientras no lo aprenda, 

cuando pase esa que ha pasado se calla uf- 

ted en pretenda mía. 

¿Eh? 

Si la quiere usted ofender sin que yo lo sepa, 

le basta solo con mirarla, a José Ramón. Vente» 

José Ramón lo sigue. 

Con la pildora atragantada PerO, oiga, oiga: ¿6* 

usted su novio, su padre, su hermano, su 
abuelo?... 

Soy un caballero, y eso basta. Busque us- 
ted la palabra en el Diccionario. Vamo- 
nos, tú. 

¡Eh! ¡eh! ¡Poco á poco! 
Lo dicho. Anda, José Ramón. 

Señores, buenas tardes, a Gonzalo, marchándo- 
se con él. Chico, pero yo no sabía... 



ESCENA XIII 

ElCHO?, monos GONZALO y JOSÉ RAMÓN; después DOMÍN- 
GUEZ, GORDILLO y BAUTISTA 



CoiM. 



Mol. 
Pozo 



GOLM. 

£er. 



Desahogando su cólera. ¡Vaya! ¡Ahf)ra resulta 
ese de los de rocín antiguo, adarga flaca. 
y galgo en el corredor! ¡Le habrá puesto lo» 
puntos á los millones de la prójima!... 
¡Pues lo que es esa jugada no le sale! 
¡Ni la majadería del At^ilo tampoco! ¡Asilitos 
á mi!... ¡Sí!... ¡Esfuerzos colectivos!... ¡Si!... 
¡Suscrición popular!... ¡Si!... Ya voy. ¡Yo te 
lo contaré en El Alambique! ¡Todavía nos 
acordamos acá de las últimas inundaciones, 
señor redentor!... ¡Echó gabán de pieles la 
comisión en masa! 

¡Pues está claro! ¡Si en el fondo de tanta lá- 
grima sensible y de tanto discurso necio no 
hay más que un chanchullo indecente! 
¡Eh, eh, eh! ¡Por esa no paso! 



— sy -' 

Sol ¡Ni yo tampoco, rejoroba! ¡Os he dejado ha- 

blar hasta a lUÍ, porque esperaba cpe de-aho- 
go! ¡Pero ya basta, joroba, va baslal ¡Me voy, 
me voy por no romperos el alma con la mu- 
leta! A los gritos que da, hablando más fuerte y más 
descompuesto a cada paso, acuden y se paran á uirlo 
Domínguez y Gordillo por la izquierda, con sendos ta 
eos, y Bautista por la derecha. ¡Ks natural qUe asi 
pensélí! Encarándose con Colmillo, ¡lú, COmo 
has conseguido tu puerto porque tienen una 
tía muy guapa que bb tiñe el pelo de rubio...! 

CoLM. ¡Oiga usied! 

Sol. ¡Sí, hombre, sí; si lo sabemos todos: si yo 

mig^mo voy á publicar un folleto tobre la in- 
fluencia de las ti»8 en la enseñanza!... ¡E-tá 
muy bien que así discurras: en cualquier 
acto humano ves siempre un negocio, vn en 
juague, alguna miseria! a pozo. ¡lú, como 
piensas con trabuco y escribes con ganzúa... 
Pozo se ríe. no puedes ver más que la lucha 
ruin y grosera por un cacho de pan y oiro 
de chorizo!... ¡La culpa la tiene ¡joroba! 
quien os habla a vosí)tros de caridad, de ab- 
negación, de desinterés, de amor á los niños,. 
de cualquier cauna grande y generosa!... 
¡Vosotros, detrás de cada sueño, no veis más 
que un cochino duro en calderilla! ¡Pues 
mira tú ¡joroba! que si todos los hombres ¡jo- 
roba! fuesen de vutstra altura ¡joroba! en- 
tonces sí que estábamos todos jorobados! ¡Y 
me voy, me voy ya, joroba! ¡No quiero mal- 
gastar mi saliva, que vale más i\ue todos 

vosotros!... Encamínase á trancos hacia la puerta 
de la derecha, por donde se va gritando lo que si- 
gue. Luego se le ve pasar hacia la izquierda por la 
plaza, gesticulando como un insensato. ¡Lon esta 

gente pierde uno la calma, y la educación, y 
la paciencia, y la salud, y el decoro, y la dig 
nidad, y el estómago, y el dinero, y hasta la 
idea de la especie humana!... ¡Joroba! ¡joro- 
ba! ¡joroba!... 

Mientras desaparece diciendo esto último, con las pal- 
mas y las cucharillas los nnos y con los tacos los del 
billar, le hacen una ovación entre risas y gritos. 



~ 40 — 

Ber. ¡Muy bien! ¡muy bien! ¡Yo estoy con usted, 

señor Solano! 
CoLM. ¡Bravo! ¡bravo! ¡Al Congreso con ese honi- 

bre! 
Pozo ¡A la casa de fieras! 

Mol. ¡Hoy la ha pillado mayor que nunca! 

D. Mel ¡Es mucho Solano! 
DoM. ¡Bravo! ¡bravísimo! 

GoKD. ¡Muy bien! ¡muy bien! 

CoLM. ¡Bravo! ¡bravo! ¡bravo! 

Bautista, que no toma parte en la algazara, recoge el 
servicio de cognac y contempla filosóficamente el bajóu 
que ha dado la botella. 



FIN DEL ACTO PRIMERO 






ACTO sí;gundo 



Salón de planta baja en <»1 caserón de los Latorres, «n Guadalenia. 
Puertas grandes á derecha é izquierda. Galería de cristales al foro, 
que com tínica con el jardín. Muebles de mimbre. 
Es por la mañana y en el mes de Setiembre. 



ESCENA PRIMERA 

MANOLITA, DON FAUSTINO, SALVADORA y JUAN 



Manolita y don Fatistino sentados en el primer término de la izquier- 
da, y Salvadora y Juan en el último de la derecha.— Manolita es una 
señora muy guapa, casada y con prole, pero que se conserva como 
una rosa Aunque tiene muy buenos ojos, ve poco y los entorna con 
cierta gracia al mirar. En extremo expresiva y nerviosa, su cara es 
una sucesión de gestos, y con las manos va pintando á lo vivo todo 
cuanto dice. Persuadida de que lo hace muy bien, tiene la monomanía 
de imitar á las» personas de quienes habla. Viste con elegancia que 
alarma á su marido. 

Don Faustino es un señor de presencia noble y simpática: barba y 
cabellos Illancos y abundantes, primorosamente cuidados; cejas po- 
bladas; mirada entre grave y socarrona; manos muy Anas. Su hablar 
es reposado 7 zumbón. No sale de su casa y viste prendas amplias y 
cómodas, de telas ricas y elegantes. No fuma. 

Salvadora y Juan son dos servidores antiguos de la casa, jubila- 
dos ya. Están de visita y visten el traje propio de la gente del pue- 
blo eu casos tales. 



— 42 — 

Man. Don Faustino, yo me voy ámarciiar. Estoy 

volaila. 

D. Faus. Señora, no sea usted cruel: ¿va utted á pri- 
varme tan pronto de la contemplación de 
sus hechizos? 

Man. En el pecado llevo la penitencia: me privo 

yo de la contemplación de los de usted... 

D. Faus. No esperaba esa flor. Me ha sacado usted los 
colore?... 

Man. Bueno, pues le dice usted á Gracia que yo 

volveré luego. Tengo muchíí-imo que hacer. 
Ella estará con sus pobres, ¿verdad'? Sí, poi- 
que es sábado... ¡Ay!... El Asilo y las fiestas 
del Asilo me van á sacar el tol de la cabeza. 

D. Faus. Y á mi hija también, por las trazas. 

Man. y á todo el qne tenga sangre en las venas. 

Usted, como es un comodón redomado y ni 
á tres tirones sale de su concha... 

D. Fals. Ni á tres tirones: como que en mi concha 
no veo más que aquello que me agrada — 
por t jemplo, usted — y en la calle puedo ver 
mucho que me moleste. 

Man. Ya, ya. 

D . Faus. Un ángulo me basta entre mis lares, 

un libro y una amiga... 

Man. Un amigo, me parece que dice el verso. 

D. Fau?. Sí, pero yo prefiero una amiga; y que perdo- 
ne el clásico. Además, y no es esto pesimis- 
mo imprudente, creo qne en ei-a cuestión 
del Asilo van ustedes todos á salir con las 
manos en la cabeza. 

Man, No se lo diga usted á nadie: yo voy pensan- 

do igual que usted. Y me voy cansando dt; 
tanto ir y venir pidiendo limosnas y favo- 
res, y de tantas malas caras como veo, y de 
tantas groserías como escucho. ¡Jesú^! 

Ü. Fau?. Es muy triste; pero ya verá usted el desen- 
lace. 

Man. El propio Gonzalo, cuya epidermis es muy 

fina, está ya amargadísimo, y lleno de asco, 
y tentado de echarlo todo á rodar. 

I). Fau?. a propósito: una pregunta que quiero ha- 
cerle á usted hace tiempo. 

Man. De prisita, de piisita... 



— 43 — 

D. Fals. ¿Usted cree que el entusiasmo de mi hija 
Gracia por la fundación de ese Asilo es pura 
y exclusivamente fruto natural de sus sen- 
timientos generosos? 

Man . Pues ¿qué otra cosa puede ser? 

D. Fau-. ¡Manolita, por Dioí-! Es la primera vez en 
su vida que ha estado usted torpe. 

Man . Es que estoy hablando con un hombre muy 

listo. 

D. Faüs. También es verdad. Vamos á ver si me 
Comprende usted ahora. Suponiendo que el 
iniciador de ese proyecto, en vez de se- 
Gonzalo Vega fuese... ¿quién le diré yo a 
usted?. . fuese Berruguele, ¿usted cree que 
mi hija?... 

Man. Ni una palabra más: es cierto. Me había 

marchado á las Batuecas. ¿Y le pesa á usted 
tanto entusiasmo, don Faustino? 

D. Fals. ¿A mi? Le aseguro á usted que no puedo 
verlo con más simpatía. 

Man. Ni yo. Estamos de acuerdo. 

D. Faus. Usted y yo siempre. 

Man. Siempre: es verdad. 

D. Fals. Sólo hay una cosa en que diferimos bas- 
tante. 

M \N . ¿Cuál es, que no caigo? 

D. Faus. Que usted adora á su marido y yo lo odio á 
mueite. 

Man. ¡Jesús! ¡Pobre Sarmienio! En fin, me voy. 

No lo digo más. Poniéndose de pie y dejando sobre 
cualquier mueble un envoltorio que tiene en la mano. 

Ahí queda esa cinta de la de Lu(jue. La dejo 
aquí para que no la curioseen Doña Dejicen- 
da y su hija. 

I). Faus. ¿Va usted ahora allá? 

Man. Los malos tragos pasarlos pronto. ¡Ayl Le 

temo á esa señora más que á un retrato al 
óleo, que salga bien ó salga mal hay que 
colocarlo en la hala. La e^toy viendo: me 
recibirá calándose los impertinentes... Aho- 
ra usa impertinentes. «¿Usted en nii casa?. . 
¡Tanto bueno! Siéntese usted en el;jM», que 
estará más cómoda...» Porque dice eXpuv. Y 
en seguida saldrá la niña, con aquella cara 



— 44 — 

de ciruela mondada y aquella voz de gárga- 
ras de inalvavi&co: «Hola, Manolita, ¿cómo 
está usted?...» 

JuaN Soltando la risa desentonadamentc, sin poder repri 

mirse. [Ja, ja, Jal 

Salv. Calla, hombre. 

D. Faus. Aquellos sa ríen. 

Man. La galería siempre está de mi parte. 

D. Fau?. y las butacas y los palcos, señora. ¡Mal fin 
tenga Sarmiento! 

Man. Vamos, hombre, deje usted á Sarmiento. Y 

no me acompañe usted, que sé el camino y 
no me llevo nada. 

D. Faus. Señora, ¡por los clavos de Cristo! ¡Si lo que 
siento yo es que no suenen aquí para des- 
pedirla á usted á gusto mío, 
las cajas y las trompetas, 
los pájaros y las fuentes!... 
3e van riéndose por la puerta de la derecha. A su 
paso, Salvadora y Juan se levantan, y vuelven á sen- 
tarse cuando se quedan solos. 



ESCENA II 

SALVADORA y JUAN; luego DON FAUSTINO 
Juan soltando la risa, como antes. ¡Ja, ja, ja! 

Salv. ¡Pero, Juanl 

Juan ¡Na me digas, mujer! Es lo grande, que 

mientras más en vesita se está, más ri.-a 
dan las cosas. ¡Ja, ja, ja! Ríe largo rato. 

Salv. ¡Calla; no seas pollino! 

Juan ¡Mia que remeda bien á to el mundo la se- 

ñorita! Y á mí el que me hace gracia es el 
señor: tan respetoso y tan fino él, y se di- 
vierte con su sombra. Cuanto más viejo, 
más burlón. 

Salv. Calla, hombre. 

Juan Mujer, paeces boba: ¿qué vamos á hacer 

aquí los dos callaos? 

D. Faus. volviendo por donde so marchó. Salvadora y Juan se 
levantan al verlo. QuletecitOB, quletecitOS... Soy 



— 45 — 

yo tolo. Viendo que no se sientan. VamOS, DO 

estéis de pie. 

Juan Con permiso del señor. Se sientan de nuevo 

Pausa. Don Faustino pasea. 

D. Fais. ¿y no sabéis para qué os ha llamado mi 
hija? 

Juan Levantándose otra vez, como Salvadora. Na nOS ha 

dicho; pero es la que yo pienso: por fuerza 
tiene que ser pa alguna cosa. 

D. Fal's. Pues has puesto el dedo en la llaga. Pero 

no os levantéis. Toma á sentarse el matrimonio. 

¿Habéis entrado'por el jardín? 

Salv. Con permiso del señor; sí, señor. 

Juan La señorita nos mandó pasar. No puede con- 

tinuar hablando sentado y se levanta. Salvadora lo 
imita, como siempre. Ella CStaba allí COn SUS 

pobres; como tos los sábados... ¡Me acordé 
más de la señora! 

Salv. ¡Pobrecita! ¡Lo mismo los trataba! 

Juan Es toa ella, toa ella... Me dio gusto mirarla 

ahora, á la entra del jardín... Conforme le 
daba el sol, ella tan guapa y tan lucía en 
medio e tatito pobre, paecía un cuadro. 

Salv. Como la señora: igual que la señora, que en 

gloria esté. Si este me dijo, dice... 

Juan [^e dije, digo: se me ha figurao que ahora es 

antee, y que voy yo pa la cochera á engan- 
char el tiro de muías... ¿Se acuerda el seño- 
rito de la Pinturera y la Mañosaf 

D. Favs. ¡Ya lo creo! 

Juan Pues ha caído agua desde entonces. 

D. Faus y nieve. Mira como estaraos tú y yo. 

Salv. Bajo á su marido. Cállate, Juan, que se ha 

afetao. Se callan y tornan á sentarse. 
Don Faustino pasea. Pausa. 
D. FaUí. Viendo venir á Gracia por el jardín. Ahí tenéis ya 

á mi hija. 

Salvadora y Juan se levantan. 



46 — 



ESCENA III 

DICHOS y GRACIA 

Llega del jardín, por el foro. Es de belleza fresca y juvenil. Su 
atractivo mayor es la lozanía. Su cara es una rosa de te, que mantie- 
ne y lleva dignamente su cuerpo, flexible y lleno de salud. J;e mi- 
rada inquieta, dulce casi siempre, á ratos imperiosa, brilla en ella 
la espontaneidad de los sentimientos. Sus ademanes son muy des- 
envueltos y graciosos, pero muy femeninos. Viste un traje ligero de 
mañana, y trae un bolso en el que suenan algunas monedas, y uua 
sombrilla roja que cierra al llegar. 



Gracia Hola. ¿Qué es eso? ¿se ha ido Manolita? 

D. FaUS. feí. Gracia muestra contrariedad golpeando el suelo 

con el piececito. Pero no te alteres; me ha di- 
cho que volverá muy pronto. Ahí ha deíado 
e?o. 

Gracia Alguna cinta para las carreras. 

D. Faus. Justo. 

Gracia Abriendo el envoltorio y viendo la cinta. PueS eS 

muy mona. Mira, papá, mira qué primor: 
de Mariquita Luque. 
D. Faus. ¡Qué bieij pinta el profesor de esta mucha- 
cha!... 

Gracia De todo has de reirte. Mientras envuelve la cin- 

ta de nuevo, dirigiéndose á los criados con familiari- 
dad. ¿Qué hay, abuelos, qué hay? ¿Por qué 
estáis de pie? 

D. Faus. Porque no pueden hablar sentados. Ya lo 
verás. 

Juan ¡El señor!... 

Gracia Tú les causas mucho respeto. Vaya, acercaos 
á mí, que tenemos que tratar de cosa muy 
grave. Sentados, por supue.sto. 

Juan y Salvadora obedecen. 

Juan Con su permiso, señorita... 

Forman los tres un grupo á la izquierda. Don Fausti- 
no los mira desde la derecha. 

Gracia a juau y salvadora. Vamos á ver; yo tengo un 
capricho. 



— 47 — 

D. Faus. fTú nn capricho, hija mía? ¡Qué cosa más 
extraordinaria! 

Gracia Papá, no empieces. Sé que desde anteano- 
che sois abuelos... 

•luAN Desde anteanoche á las diez y cinco. 

D. Faus. ¿Sí? ¿Qué novedad es esa? No sabía una pa- 
labra. ¿Y es niño ó niña lo que ha venido al 
mundo? 

Juan Niño; con permiso del señor. 

D. FAUt. No, no; yo no entro ni .«algo. 

Gracía ¿y la madre está bien? 

Salv. a Dios gracias. Y la criatura como un án- 

gel. 

Juan Mujer, no te ciegues. 

S^LV. ¡Vaya! A este le ha dao por decir que es feo. 

Juan ¡Y lo es! ¡Hué que se arregle en el desarrollo, 

como yo, pero trabajiilo va á costarle! 

Gracia Bueno, y ¿cuándo pensáis bautizarlo? Por- 
que ahí entro yo. 

Juan ¿Que entra usté? 

Gracia 8í: quiero ser la madrina. 

Salvadora y Juan si miran asombrados y ruborosos, y 
se ponen inconscientemente de jiie. 

Juan ¿La madrina?... 

Salv. ¿ÜHté la madrina?... 

Juan ¿ fú oyes esto?... 

Gracia Pero no os levantéis, que no hace falta. 

Juan De rodillas debíamos ponernos, señorita, se 

sientan. 

Salv. ¡Talmente su madre!... 

Juan jMia el arrastrao del chico, tan feo y to, la 

suerte que tiene! 

Salv. Pues el padrino iba á ser este, pero ya... 

Gracia Ninguno mejor: no hay que pensar en otro. 

Juan Riéndose mucho. ¡Ja, ja, ja! 

(tkacia ¿De qué se ríe? 

Juan ¡Ja, ja, ja! 

Salv. ¿De qué te ríes, hombre? 

Juan De que voy á necesitar un castorín. 

Se ríen tolos. 

Salv. Sí que tendrás que ponerte majo. 

Gracia No; despilfarros no. No te comures nada. 
D. Faus. Pues á mí lo del castorín me parece preciso: 
indiscutible. 



- 4fif — 



Juan 
Gracia 



D. Faus. 

8 a LV. 
Gkacia 



D. Faüs. 
Salv. 

CtUACIa 

Juan 

Salv. 

Juan 
Gracia 

Juan 
D. Faup. 
Juan 

Salv. 
Juan 



Salv. 
Juan 

Gracia 
D. Faus. 



¡El señor!... 

Mira, con que vaya yo de mantón, estamos 
al cabo de la calle. Es una idea. ¿Verdad, 
papá, que es una idea? 
¡Hija de mi alma! ¿Tú quieres salir en plie- 
gos de aleluyas? 

¡La señorita de mantón!... ¡Ah!... 
Nada, nada: cosa resuelta. Soy madrina de 
vuestro nieto y voy al bautizo de mantón. 
¡Y que tengo yo uno de espuma que es un 

andrajo! Acercándose á don Faustino. S], papá, 
pí; aunque tú no quieras, que sí quieres. 
En Guadalema la gente se aburre mucho y 
hay que procurar entretenerla dándole que 
decir. 

Si lo haces con ese fin alto y caritativo, esta- 
mos de acuerdo. 

¡Ah! ¡Cómo se va á poner aquella hija cuan- 
do lo sepa!... 

Ea, pues andad á decírselo. Ahora viene 
bien el levantarse. 

Si es que estamos los dos como embalsa- 
maos... Anda, Salvadora, se levantan. 
Lloriqueando. Lo que mcnos podíamos espe- 
rar era este alegrón... 
Lo mismo. Esta, como es mujer, se afeta. 
Vaya, vaya, que no quiero lloros. 
Señorito, con Dios. Con Dios, señorita. 
Id con Dios. 

Encaminándose con Salvadora hacia el foro, por donde 
se van, echando bendiciones y diciendo las últimas fra- 
ses. Que el Señor le pague á usté esta bue- 
na obra, señorita. 

Y que la Virgen le dé mucha salú, pa bien 
de los pobres, señorita. 

Y que vea usté á su papá con mil años, he- 
cho una momia... y usté lo saque al sol, se- 
ñorita. 

Y que aquí no haiga penas nunca. 

Y que si ha de haberlas, Dios me las man- 
de á mí. 

¡Pobre gente! Lo que agradecen ellos... 
Como locos van. Pero ¿por qué no me ha- 
bías dicho.. ? 



— 49 — 

Gracia ¡Si se me ha ocurrido esta noche, papá! No 
he podido pegar los ojos á cueDta de la idea. 

Mirando hacia la puerta de la derecha. Ah, Gon- 
zalo. Dile que me espere; que no se vaya sin 
hablarme. Vuelvo en seguida. Cogc su bolso 

y su sombrilla y se va por la puerta de la izquierda. 

D. Faus. Se me figura que no tendré yo que decirle 
nada. 



ESCENA IV 



DON FAUSTINO y GONZALO 



GONZ. 

D. Faus 

( rONZ, 

D. Faus . 



Govz. 
D. Faus. 

GoNZ. 

D. Faus. 



GoNZ. 

D. Faus. 



GONZ. 



Saliendo. Don Faustino, muv buenos días. 
Hola, dnctorcillo. ¿Qué tal? 
Viviendo. ¿Y Gracia? 

Conmigo estaba aquí. Al sentirlo á usted, 
me encargó que no se marchara sin hablar- 
le. Y se marchó ella. 
¿Y usted, ei«tá más fuerte? 
Si, señor; muchísimo más fuerte. Esos sellos 
que me ha recetado usted son maravillosos. 
^.Lo ve usted, incrédulo? 
En fin, no le digo á usted más: yo no he 
tomado todavía ninguno, y solamente de en- 
viar por ellos á la botica, me siento mejor. 
[Si serán eficaces! 
¡Veamos! 

¿Qué le sucede á usted? Esa cara no está 
normal. A cuenta del Asilo, como si lo viera. 

Se sientan los dos. 

A cuenta del Asilo, es cierto. Hace poco 
más de tres meses que se hizo pública la 
idea, y ya me pesa á mi como si hiciera un 
año. No me agradezca usted la visita. Ven- 
go aquí, porque no siendo en mi casa, con 
mis padres, en ninguna más que en la de 
usted puedo hablar francamente. La con- 
fianza con que aquí se me recibe, el apoyo 
que u.stedes me prestan, son un descanso, 
un alivio de mis mortificaciones de estos 
diae. 



— 60 — 

D. Faüs. ¡Ay, amigo mío! Es que usted ha peleado 
mucho con los libros, y muy poquito con 
los hombres. Y si á los libros se les vence 
gozando, á los hombres no se les vence sino 
sufriendo. Empieza usted ahora. Usted ha 
subido mucho y muy aprisa, y eso, que es 
un mérito en cualquier parte, en Guadale- 
ma es un delito. Además, hay otra circuns- 
tancia... Verá usted: un ejemplo: á un es- 
cultor, mientras no hace más que amonto- 
nar l)arro eobre barro y arañar en él con ios 
palillos, persiguiendo la forma bella, se le 
deja hacer, acaso se le admira, pero no se le 
envidia aún. No se le envidia ha-ta que de- 
bajo de aquella corteza tcsca descubre la es- 
tatua, que luego cuaja el bronce perpetua- 
mente. Pues mírese usted en ese espejo. 
8u carrera rápida y gloriosa, sus libros, sus 
triunfos de Madrid, todo lo que usted es y 
vale quedará como consolidado en ese edifi- 
cio que pretende usted levantar con el auxi- 
lio de sus paisanos... Y eso, amigo mío, es 
mandar la estatua de barro á la fundición 
en hombros de todos: y créalo usted: se re- 
sistirán á llevarla, y si la llevan, procurarán 
tirarla al suelo en el camino. Conque pa- 
ciencia... valor... y adelante. Dios dirá. 

GoNZ. Valor no me falta, ya lo sabe usted; pero 

temo mucho á la asfixia. 

D. Fau.s ¿Tan pesada va siendo ya la atmósfera? 

GoNZ. Dos días más, y me dará vergüenza salir á 

la calle. 

D, Faus. ¡Hombre, por Dios! Tampoco sea usted vi- 
sionario. 

GoNZ. Le juro á usted que á ninguna parte voy ya 

tranquilo: sin que nada me digan, todo lo 
escucho; sin que nada me enseñen, todo lo 
veo. En unos, hostilidad inexplicable; indi- 
ferencia en otros; en algunos torpes ideas 
dignas del presidio. De esto no me he dado 
cuenta hasta hoy: hay quien se figura que 
el plan del Asilo es una inspiración egoísta. 
Más claro: que en el fondo de mi proyecto 
generoso lo que late es un negocio vulgar. 



— 61 — 



D. Faus. 

■GONZ. 

D. Faus 



D. Faus. Mire usted, Gonzalo: en la vida de todo 
hombre que va á f-tr alí^o en este mundo, 
hay un momento decisivo, solemne: aquel 
en que ee siente fortificado por la concien- 
cia clara de su propio valer, y seguro y sa- 
tisfecho de pí mismo, trueca la mortifica- 
ción en lástima, y en vez de odiar, compa- 
dece. Usted ya no cumple con su deber si 
deja que la envidia le robe un solo minuto 
de labor. 

■GoNZ. Pero ¿'^ómo puede ser envidia esto que me 

rodea? ¡Es inconcebible! ¡es absurdo! Envi- 
dia ¿de qué? Envidia ^,por qué? Antes yo, 
como todos los hambres, trabajé para mi, 
para los inios: en lo que quiero hacer ahora 
trabajo sólo para los demás, pava loá que no 
conozco, para los que nacieron más pobres, 
más débiles que yo. ¿Que rae envidian aquí? 
¿Le parece á usted poco todo eso? ¿ser ca- 
paz de pensar y de hacer todo eso? 
Muy poco me parece: casi nada. 
Sobre que ya le he dicho á usted lo que eso 
significa. V es que la envidia, que sin duda 
es pasión univeri^al, aquí, en España, es ade- 
más un juego entretenido. ¡Y qué noble jue- 
go!... ¿Quién no lo sabe? Gustamos mucho 
de elevar á un hombre con gran algazara, 
para luego tirarle de los pies y que caiga de 
golpe y se estrelle. Claro está que en muchos 
casos el hombre no cae. Quiebras del juego. 
No soy tan pesimista como usted. A veces 
lo ruin, lo villano, parece mucho porque 
mucho alborota. 
¿Ah, sí? ¡Pues apliqúese usted el cuento, 

amigo! Se levanta. 

No; si ahora hablaba en términos generales... 
En términos generales acaso tenga usted ra- 
zón. Si bien ¡re mira, de nada debe juzgarse 
de una manera absoluta y sin distingos. 
¿Sabe usted lo que decía un amigo mío — 
ya se ha muerto el pobre — á quien mortifi- 
caba atrozmente la frase de Avala califican- 
do la envidia de vicio nacional? 

GONZ. No, señor. ¿Qué decía? Se levauta también. 



GoNZ. 



D. Faus. 

GoNZ. 

D. Faus. 



— 62 — 

D. Paus. Decía — tal vez con fundamento — que en la 
pro[)ia bandera se encuentra la verdad del 
caso. Una franja amarilla y dos encarna- 
das: envidia y vergüenza. Esto es: que por 
muchosque sean los envidiosos, son el doble 
de ellos los que se ponen colorados de pen- 
sar que una cosa tan fea puede ser al mis- 
mo tiempo tan española. 

GoNZ. Su amigo de usted estaba en lo firme. Así 

pienso yo, y así he pensado siempre. Pero 
¡ay! no puedo menos de llorar que aquella 
aspiración en que puse lo mejor de mi 
alma, me haL'a ver tantísima miseria y me 
cueste la primer arruga de la frentr. 

D. Faus. Es muy deplorable. Y nos estamos ponien- 
do demasiado serios, y esto no va conmigo. 
Crea usted, y doblemos la hoja, que si no 
hubiera algo cierto y positivo detrás de e?a 
arruga, no se le habría formado á usted. 
Es más: se pasaría usted la vida con la fren- 
te tirante y hueca como un tambor. Con- 
que usted dirá qué es lo que prf fiere. Y por 
si no teníamos bastante Asilo ya, ahí viene 
Gracia, que nos va á colmar las medidas. 

GoNZ. Sí que lo ha tomado con un calor... Dios se 

lo pague. 

D. Faus. Cuéntemelo usted á mí. La otra noche, al 
salir del teatro, vio á un chiquitín acurruca- 
do eri el hueco de una puerta: ese golfillo a 
quien le dicen Pilili... Bueno, pues lo dio 
muchísima lástima, lo cogió, lo lió en su 
capa, lo metió en el coche y aquí durmió. 
Por la mañana levantó el vuelo con la prime- 
ra luz, y hasta otra. ¿Qué le parece á ustedV 

GoNZ. Que oyendo eso se olvida uno de lo demás. 



ESCENA V 



DICHOS y GRACIA; luego JULIA 
Gracia saliendo por la puerta de la izquierda. ÜSted Va ¿í 

tener la culfa de que yo pierda el poco seso- 
que Dios me ha dado. Buenos dias. 



— 63 — 

GoNZ. Buenos días. ¿Por qué dice usted eso, Gra- 
cia? 

Gracia Demasiado lo sabe usted. 

D. Faus. Ahí lo tienes: vencido en la batalla. 

GoNz. Vencido, no. 

I>. Fau;. Herido y maltrecho: es igual. 

Gracia ¡Usted también!... ¡Vaya unos hombres! Esta 
mañana entuvo aquí Berruguete, desalenta- 
do ya... y no hace veinte días que hemos 
puesto ujaiios a la obra. José Bamón, su 
amigo de usted, me escribe tamb'fn lleno 
de du<ias, de dei-coiiHanza, que quiere ver- 
me, que quieie que lialdemos... ¡él, que pa- 
recía que iba á levantar en j)e8o á Guadale- 
ma!... Y á última hora se nos presenta el 
h^roe todo mustio y llorón... iSlire usted 
qué cara. . Le dan ustedes demasiada im- 
portancia á la gente. 

GoNz. ¡Pero si en este caso dependemos de ella! 

Gracia A pesar de eso: usted no oiga ni vea más 
que loque convenga á su propósito, que es 
bueno. Lo demás que se lu lleve el aire. 

GoNZ . ¡Ojala pudiera yo taparme los oídoá y cerrar 

los ojos!... 

Julia Asomándose á la puerta de la deiecha. SeflOr. 

1). Faus. ¿Qué ha> ? 

Julia Él señor Lobo pregunta por usted. 

1). Faus. ¿Lobo? 

<jrONz. ¡Cristo! ¡El Director de la compañía del 

Principal! Me voy por el jardín á toda prisa. 

D. Faus. ¿P«-ro es una fiera, en efecto? 

GüNZ. ¡Ks pesadísimo! Me trae frito á consultas. 

í). Faus. ¿Está malo? 

GoNZ. [Qué ha de estar malo! No sabe qué come- 

dia poner la noche dd la función benéfica, 
y donde me ve me atrapa y me dobla. 

Gracia Pues que pase y lo resolvemos entre todos. 
Mire usted que el apuro... 

D. Fals. Sí, sí, que pase. 8u deber de usted es cirio. 
A Julia. Que pase ese señor. 

GoNZ. ¡Ya verán ustedes qué mosca! 

Gracia Pues como actor no trabaja mal. Anoche ló 
aplaudían mucho siempre que se iba. 



64 — 



ESCENA VI 

GRACIA, DON FAUSTINO, GONZALO y LOBO. Al final JULIA 
y BERRUGUETE 

Lobo Desde la puerta de la derecha. ¿Hay permisO? 

D. Faus. Adelante, caballero. 

Lobo Muy buenos días. ¿Tengo el gueto de hablar 

con el señor... Se le olvida el apellido de pronto, y 
quiere ayudar á la memoria tocando las castañuelas 
con los dedos, con el Señor...? 
D. Faus. salvándolo con una palabra. ¿Latorre? 

Lobo Latorre; justamente... Y no traía otra cosa 

en la cabeza. 
D. Faus. Servidor de usted. 
L jbo Obligadísimc. Yo soy... 

D. Faus. Ya lo sé. Presentando. Mí hija Gracia. 
Lobo Señorita... 

D. Faus. Don Gonzalo Vega, autor del proyecto de 

Asilo... 
Lobo El señor y ya nos conocíamos yo. (¡Huy!...) 

Se dan la mano. 

D. Faus. ¿Ah, sí? No sabía... Siéntese usted, señor de 

Lobo. 

Lobo Muchas gracias. 

D. Faus. Siéntese, haga el favor 

Lobo Si estoy cansado de estar de pie... 

D. Faus. Pues por eso mismo. 

Lobo Je... 

Se sientan todos. La preocupación de Lobo durante la 
visita es demostrar soltura y distinción , cosa que^ 
dificulta más de lo que parece el traje de chaqué que 
se ha puesto. Un tiempo fué elegante, pero las modas 
cambian mucho. 
1). Faus. viendo que no habla nadie. Scñor de Lobo... 

Lobo Mándeme usted. 

D. Faus. Considero muy honrada mi casa con la visi- 
ta de tan ilustre actor, y sólo espero saber 
en qué puedo servirle. 

Lobo creyendo que don Faustino le habla en serio. Gra- 

cias por la lisonja... qué más quisiera yo 
que ser ilustre... 



— 66 — 

Gracia ¿Es cierto que h»in surgido diñcultades para 
el<-gir la obra que ha de ponerse en Ja fun- 
ción de calidad? 

Lobo Muy cierto, señorita. Y á fin de orillarlas 

de la mejor manera posible, me envía aquí 
el Peñor don José Ramón... Vuelta a las casta- 
ñuelas Don José Ramón... 

Gracia Can asco. 

Lobo Carraí^co. No traía otra cosa en la cabeza. 

Mi deseo excuso decir que es complacer á 
todo el mundo. Cabalmente me j'a^<3 de te- 
ner una gran compañía, con un repertorio, 
aunc)Ue me esté mal el decirlo, impepinable. 

D. Faus. ¡Hombre! Y con repertorio de tan hermosa 
condición, ¿qué género de obstáculos se pre- 
senta? 

Lobo Señor, yo me debo al público... yo me debo 

al fibono... ¡yo no puedo hablar! 

GoNZ. Entonces ¿á qué ha venido usted? 

D. Faus Le advierto á usted que aquí se puede ex- 
presar con toda llaneza. Por fortuna nos ha- 
llamos lil)res de preocupaciones de cierta 
clase, de hipocresías... 

LüBO Ahí le duele, ahí le duele. 

D. Faus. Se L) dig'. así para que se haga cargo de la 
cara en que e?tá. 

Lobo Entendido. Hablaré con sinceridad absolu- 

ta. Yo vivo del público, pero esto no quita 
que azvierta sus errores y sus dibilidades. La 
• sociedad de Guadalema, mejor dicho, el abo- 
no, es de una mogigatería irritante, ridicu- 
la. Apenas ve un dejo de moutarde en la 
frase, ya está pun, pun, con los bastones. El 
viernes último menearon á mi señora. 

GoNZ. Es muy de sentir; pero no es de eso de lo 

que aquí se trata, señor Lobo. 

Gracia ¿Por qué motivo se desistió de representar 
El ángel de la guarda, (quiere u^ted decirme? 

Lobo Se la tildó de antirreligiosa. Como sale un 

corita joven que torea en una becerrada... 

Gracia ¿Y Las niñas del día, esa comedia tan agra- 
dable? 

Lobo ¡Arrea, manco! Dicen de ella que es verde. 

Y es una obra que pueden ver los ciegos. A 



66 — 



Gracia 
D. Faus. 
Lobo 
D. Faus. 

Lobo 



D. Faus. 
Lobo 

GONZ. 

Lobo 

D. Faus. 
Gracia 

Lobo 
Gracia 
Lobo 
D. Faus. 
Gracia 



Lobo 
Gracia 



Lobo 



8U solo anuncio me escribió una carta cierta 
señora que se jaía de muy finolis — y cuida- 
do que yo sé de ella miis de cuatro co- 
sitas fuertes — advirtiéndome que si no Ja 
retiraba del cartel saldría de Guadalema 
excoiDulgado. 
]Qué ridiculez! 

¿Quién es ella, puede saberse? 
Perdone usted, señor... 

Con toda libertad: si no ha de salir de nos- 
otros. 
Pues es una dama... Bajando de repente la voz y 

con gran misterio, que hace tiempo vendía 
bacalao, y ahora arrastra coche. 
A Gonzalo. ¡Ah, sí! 8u tía de usted. 

Poniéndose de pie y con el corazón en la boca. 

¿Cómo? 

Riéndose. No, señor; no es mi tía. Se reíiere á 
doña Blasa Rute, don Faustino. 
Como después de representar seis actos de tragedia. 
Sí; á doña Blasa me retíero. 
Perdone usted. Me he trascordado yo. 
Papá, qué cosas tienes. Siéntese usted, señor 
de Liobo. 
Gracias... 
Siéntese usted. 

Muchar gracias... si estoy mejor sentado... 
Razón de más... 

Pues mire usted, se me ocurre una cosa: 
puesto que tan bien conoce usted el espíritu 
de la sociedad de Guadalema... 
Es favor. 

Nadie mas indicado que usted para elegir 
la obra que haya de representarse esa no- 
che. Si acierta con el gusto de todos, mejor 
para todos; si tiene la desgracia de no acer- 
tar, peor para los que no vayan al teatro. 
Como usted comprende, aquí no se trata de 
mendigar una limosna, sino simplemente 
de estimular la caridad. 
Señorita... yo agradezco ese honor con toda 
mi alma... Procuraré corresponder á él... 
cosa que no es tan fácil, porque las señoras 
de Guadalema no se asustan de nada en el 



— 67 — 

barraconcito por secciones y se asustan de 
todo en el Principal. Pero, en fin, cada uno 
tiene sn alma en su armario. Uespues de 
todo yo no debía meterme... Me debo al abo- 
no... rae debo á la masa... me deboá los crí- 
ticos... me debo al gobernador... me debo al 
alcalde... me debo al clero... 

D. Faus. ¡Basta, basta; que me al)ruma esa falta de 
indcftendencia! 

Lobo Levantándose. Bien; ya me marcho. 

D. Faus. No es eso. 

Lobo Comprendido. Posdata. El señor don José 

Ramón... castañuelas otra vez. Don José Ra- 
món... 

Gracia ('ar rasco. 

Lobo Carrasco. Me encargó manifestar á ustedes 

que hay devuelta mucha localidad; que á 
quien se le manda palco pide butacas, y 
mee. Creo que son innumerables los descon- 
tentos. Además, parece que el impresí)r ha 
tirado ya dos programas de gratis, y dice el 
hombre que no tira ninguno mfís mientras 
no se le jure que no ha de variarse el espec- 
táculo. Tiene razón de sobra, ¿eh? esto es 
apa'-te. ^o también me debo al impresor. 
Y si Ui-tedcH no me mandan nada... 

D. Faus. Mil gracias: usted es quien hi de mandar, 
señor de... imita á Lobo tocando las c.istaüuelas 
con los dedos, como si se hubiera olvidado del apelli- 
do ó como si quisiera ver si el propio l.uho recuerda 
el suyo. 

Lobo Lobo. 

D. Faus. Lobo. Y no tenía otra co.sa en la cabeza. 
Yo me complazco sobremanera en haberle 
conocí Jo personalmente. Esta es su casa, y 
estas que estrecha usted unas manos que 
nunca se cansarán de aplaudirle. Toca un 

timbre, y á poco aparece Julia por la pnerta de la de- 
recha. 

Lobo Rttconocidisimo, señor. Señorita... 

Gracia Adiós. 

Lobo Señor don Gonzalo, beso á usted la suya. 

GoNz. Adiós, amigo. 

D. Faus. a Juua. Acompaña á este caballero. Fijan- 



— 68 — 
dose en Lobo, que busca algo con la vista junto á la 

puerta. ¿Qué busca usted? 
Lobo volviendo en si. ¡Ah, Caramba! Buscaba le 

chapen u y lo tengo en la mano. Como en las 
comedias lo dejamos siempre en una silla 
que hay para eso en la puerta del foro... 

Servidor, a Berruguete, que llega cuando él va á 
marcharse, üsted. 
BeR. Dentro. Usted. 

Lobo Usted. 

Ber. Saliendo. Gracias. 

IjObo Buenas noches. 

Se saludan doblando el cuerpo con mucha seriedad y 
se va Lobo para siempre. Gracia y su padre sueltan la 
carcajada. 



ESCENA VII 



GRAOIA, DON FAUSTINO. GONZALO y BERRUGUETE 



Ber. 
D. Faus. 
Gracia 
D. Fau?. 

GONZ. 

Ber. 

GoNZ. 

Gracia 
Ber. 



GONZ 

Ber. 



GoNZ. 

D. Faus. 



Buenos días. 

¡Es ideal ese señor de Lobo! 
¡Qué elegante y qué suelto! ¿eh? 
¡Y ciué memoria para los apellidos! 
Nervioso é irritado. ¿Pero tienen ustedes hu- 
mor de bromas todavía? 

Viendo que nadie le hace caso. ¿Se puede ha- 

blarV 

¡8i ha de ser de las fiestas, no! 
.¿Hay algo, Berruguete? 
¿Que si hay? indignadísimo. ¡Hay para irse, 
no ya de Guadalema, sino del globo! Oigan 
ustedes: oye tú. Por supuesto, a estas fechas 
me he pegado con dos: uno en el café y otro 
en el Casino. Y á la salida me aguarda el 
tercero. 
¡Acaba! 

Gordas y frescas. Vengo del teatro. Prime- 
ro: hay devuelto un carro de localidades. 
Los que han recibido palcos quieren buta- 
cas, los que butacas palcos... 
¡Eso ya lo sabemos de memoria! 
Nos lo ha contado Taima. 



— 69 — 

Beb. ¿Taima? ¿Taima? No conozco á Taima. Se- 

^undo. También es muy gracioso, y esto no 
lo paben uttedep. El impresor, como ya ha 
tirado dos prospectos... 

D. Faus. Dejadlo que siga, y que termine. 

GoNZ. No, señor; que no siga. Lo sabemos también. 

Ber. Ah, ¿lo saben ustedes? Bueno, pues, tercero. 

Va á romper á hablar y se para. ¿Lo Saben US- 

tedes? 

D. Faus. Hasta ahora, no. 

Ber. Don Claudio ha recibido un anónimo. 

Gracia ¿Un anónimo? 

D. Fauí-. ¿Quién es don Claudio? 

Ber. Férez Villamil. El que daba el solar para 

el edificio. Es el único rasgo de despren- 
dimiento que ha tenido desde que nació. 
Y cuenta que daba el S( lar porque no iba 
á servirle para nada. Pero, amigo, llega el 
anónimo — el anónimo lo han visto estos, 
— se le dice que una compañía inglesa 
trata de comprárselo para montar allí no sé 
qué diantres, y el hombre, como es tan ci- 
catero, en la duda, se abstiene. ¡Y no hay 
solari Ya creo que empieza con que si fué, 
que si vino, que si patatín, que si patatán, 
que si e^to, que si lo otro. 

Gracia ¿Les parece á ustedes? Pero ¿de qué cabeza 
habrá salido esa picardía? 

GoNZ. ¡Eí-a infamia! 

Ber. Infamia: tú le has dado el nombre. Cono- 

ciendo á don Claudio... 

Gracia Será preciso convencerle... 

GoNZ ¡De nada! El quequiera estar á nuestro lado, 

que venga solo. ¡A nadie debemos obligar! 

D. Fau^. Opino enteramente como u-ted. 

GoNZ ¡Me repugna quien da la limosna renegando 

del pobre que !a pide! 

Ber. ¡Medrados quedamos! 



- 60 — 

ESCENA VIII 

DICHOS y MANOLITA 

Man. Llegando repentinamente por el jardín, sofocada y 

nerviosa. Aqui estoy yo otra vez. La comi- 
sión en ma-ia. Me alegro. 

Gracia Sólo faltabas tú, hija mía. 

Man. Bueno, pues si le pego á alguno que me dis- 

pense, por<íue traigo los nervios de punta. 

GoNZ ¿81? Hafíta luego. ¡Yo no puedo más! 

Man. No, no, no, no, Gonzdo: a usted lo necesito. 

Inquieta y hecha un torbellino se levanta y se sienta 

según le conviene. ¡La (]ue hay armada, Vir- 
gen mía! Si en lugar de un ^í^silo se le ocu- 
rre á usted levantar un reñidero de g.dlos ó 
una |)laza de toros, nos hubiéramos evitado 
tanto berrencí)in. Por supuesto, que aquí 
Imy alguien que mete cizaña. No n)e cabe 
duda. Si, porque en un principio todo el 
mundo estaba conforme, todo el mundo en- 
cantado, Gonzalo por aiíuí, Gonzalo por allá, 
que si la caridad, que si la de.'^gracia, que si 
la miseria, que si el al[)andono... y ahora to- 
das son dificultades }- retraimientos y caras 
largas... Con que áteme usted ese mosquito 
por los bigotes. 

D. Fal's. ¿Vio usted á Lolita y á su madre? 

Man. a Lolitii, no: á su madre, sí. «La niña estaba 

con anginas.» A ver si le cambia la voz. 
Doña Deficencia salió á recibirme con un 
matine cerveza clara y una falda gaseosa 
de limón, que yo dije: «¡Ay, qué ponche! 
;qué ponche! Me bebo á esta señora.» Pues 
bueno, hubo que oiría: «Manolita, jior Dios; 
usted me pide un imposíbile. ¿Cómo voy yo 
a consentir que mi hija quede para plato de 
segunda mesa?» «Pero, señora, ¿qué plato, 
ni qué mesa, ni qué...?» «Ah, sí, si; sé que 
S3 ha contado primero que con Lola ccjIi 
la señorita de Latorre.» Esto con mucho 
retintín, ¿sabes? porque, hija de mi alma. 



— el- 
la niña y la mamá te tienen una envidia 
atroz. Vo no sé por qué. Digo, sí lo sé; 
pero bueno... Salgo de allí como una pól- 
vora, y al sulárrae en la berlina, ¡zasl Pe- 
pito Cueto, á caballo y con impermeable. 
Te prevengo que no hay una nube. Lo 
sacará para que no fe le pique. Me puso 
la cabeza así. «Usted comprenderá que 
fi mi novia no preside yo ni mato el be- 
cerro ni corro cintan... Usted coiuprenderá 
que á mí el Asilo me tiene sin cuidado... 
Usted comprenderá...» Yo no comprendí 
nada: me metí en el coche de repente y le 
dije á Ramón: «¡Atropéllalo!» Y si no se le 
asusta la jaca lo coge por la nuez, que es lo 
más «aliente que tiene. ¡Hala! De allí á casa 
de Juste. La señora no estaba. Lo sentí, por- 
que llevaba hipo. Me recibió el esposo. No lo 
puedo aguantar: las personas que me ha- 
blan sin mirarme me sacan de quicio. «Yo 
siento en el alma que se haya usted moles- 
tado... pero estoy resuelto á no ccntribuir... 
Se ha impreso un programa de las fiestas... se 
han dado nombres propios... y han puesto á 
mi señora debajo déla de Orejón... y mi seño- 
ra no puede estar debajo de la de Orejón...» 
Y á todo esto con los ojos en el techo y en 
las paredes. Me dieron unas ganas de coger- 
le la cabeza y decirle: Haciéndolo con Berru- 

gnete. «¡Hombre, míreme usted! ¡míreme 
usted!» Ay, usted perdone, Evaristo. 

Ber. No hay de qué, señora. 

Man. Por si no tenía bastante con el yerno salió á 

plaza la suegra: la andaluza. Mamarracho 
igual no conozco. Está más calva cada día. 
Ya no le quedan más que cuatro pelos muy 
tirantes y una maraña arriba que parece un 
nido. En seguida ss fué do la lengua: «Mala 
cauza defiende Ur^té, Manolita: en ezo del 
Azilo eze, ni hay formaliá, ni hay ganas de 
complace á las familias, ni ze zaben hace 
las cozas con finura. ¡Ay. mi Chipiona de 
mi arma!» Y por ahí adelante empezó la 
buena señora á despotricar, y me dijo algu- 



— 62 — 



GONZ. 

Man. 

Gracia 
Man. 



GoNZ. 

Gracia 
D. Faus. 

GoNZ. 



Ber. 
D. Faus, 



GoNZ. 



Gracia 

GONZ. 

Gracia 
GoNz. 



ñas cosas tan inconvenientes y de tan mal 
gusto, que si no llego á mirar que estaba en 
su casa le arranco el nido de un tirón. 

Fuera de sí. ¿Qué (Üjo? 

Lo que á unted no le importa: ya le contes- 
té yo cuatro frescas. 
¡Gente más ruin! 

Bueno, pues en casa de Rubio, tres cuartos 
de lo propio; y Polita Velasco se larga el 
viernes á Madrid y escurre Ja persona; y 
acabo de descararme con Adulfo Tello, que 
me soltó una grosería creyéndose que ha- 
blaba con su mujer... Y qué sé yo, qué sé 
yo, porque todo se vuelven chismes, y dis- 
gustos, y enredos, y excusas, y embustes, 
y piques, y enfados, y hágame usted el fa- 
vor, y no me da la gana... ¡ün horror, hija 
mía! ¡Media Guadalema, si no toda, que se 
nos pone enfrente, como si quisiéramos pren 
der fuego á la iglesia ó volar la plaza lie 
toros! 

¡Basta ya! ¡basta ya, Manolita! Le suplico á 
usted que se calle. 
¡Por Dios, Gonzalo! 

¿A qué viene exaltarse de esa manera? 
Dispensen ustedes: no sé reprimir mi-^ arre- 
batos. Cuando oigo ciertas cosas me dan ga- 
nas de hacer un hoyo en la tierra, meterme 
en él y no volver á salir en la vida. 
¡Como que te iba yo á dejar! 
Usted creyó que todo marcharía lo mismo 
que una seda, y se encuentra con una soga 
burda y áspera que destroza las manos. 
Yo lo que digo es que seda ó soga ó diablos 
encendidos — vuelvo á rogar que me perdo- 
nen — se acabó todo ya. 
No, Gonzalo. 
Sí, Gracia. 

¡Qué poco vale usted! 

Muy poco, es cierto. Por encima de esas 
miserias con que quieren ahogar una buena 
obra, debiera yo poner la alegría de los po- 
bres en cuyo beneficio quiss hacerla. ¡Infe- 
lices, que acortan su vida por nosotros! Pero 



— 63 — 

no sé, no puedo; no respondo de mí si sigue 
esta lucha. Pretendí que el esfuerzo de todos 
realizara lo que estimo un bien para los po- 
bres, y en lugar del auxilio generoso encuen- 
tro la vauida<i más hueca, la en vi lia más 
baja, la frivolidad más desesperante... y las 
suposiciones que más pueden herirme. 

D. Faus. Está usted excitadisimo, Gonzalo. Cambie- 
mos la tocata. 

Gracia Sí, sí. 

GOiNz. No; á costa de este sueño mío, que me ha 

hecho llorar creyéndolo cercano, no quiero 
yo que nadie se luzca. No nació en mi para 
ser estímulo de la vanidad de los necios. 
Quien se quiera lucir á la vista de todos, que 
alce en la Plaza una cucaña y que trepe has- 
ta arr¡l)a lleno de cintajos de colores. 

Man. Algo daría yo por ver subir á la suegra de 

Juste. 

Berruguete y don Faustiuo se ríen. Gracia se aparta y 
se abstrae. 

D. Faus. Ha estado usted muv 0|>ortuna, Manolita. 
Gonzalo, venga usted conmigo. Yo me llevo 
á este loco á darle cuatro palos en mi sala de 
anuas, para volverlo á la realidad.. Ya que 
hoy ha recibido algunos por dentro, que los 
reciba también por fuera. Ande usted. 

GoNz . Vamos donde usted guste. 

Ber. ¡Coichol 

D. Faus. ¿Qué pasa? 

Ber. ¡Lis doce ya! ¡A mí me van á echar á la ca- 

lle! ¡Todavía no he parecido por mi oficina! 

Man. Ni yo por mi casa. Y Sarniiento me dijo que 

no almorzaba hasta que fuese yo. ¡Y tene- 
mos arroz á la valenciana y estarcí pasado!... 
¡Jesú:-! ¡Jesús! ¡Cualquiera lo oye! Hasta lue- 
go, ¿eh? 

Ber. Hasta luego. 

D. Faus. Vayan con Dios. 

GoNZ. Adiós, Manolita. Adiós, Evaristo. 

Manolita va á irse por la pnerta de la derecha y Be- 
rruguete por el foro. A mitad de camino cambian de 
parecer y ella se marcha por el jardín y por la derecha 
Berruguete. 



— 64 — 



Man. 
Ber. 
Man. 
D. Faus, 

GONZ. 



Gracia 



Por aquí me coge más cerca. 

Y á mi por aquí. 

Rigodón, rigodón... 

Ande usted: vamos allá dentro. 

Yéndose por la puerta de la Izquierda con don Faus- 
tino, después de mirar atentamente á Gracia, que sigue 
abstraída. ¿Qué piensa? 
Como resumiendo sus reflexiones y con los ojos fijos 

en el suelo. ¿Cuál es vuestra fuerza, insensa- 
tos, si no podéis secarle ni la inteligencia ni 

el corazón?... Pausa. 



ESCENA IX 

GKACIA y JOSÉ RAMÓN 

Gracia Andando maquinalmente por la escena. Ks incom- 

prensible ío que sucede... incomprensible... 
Cada día nuevas dificultades.., ridiculas to- 
'das.. ;Ij0 que debe de sufrir Gonzalo!... La 
gente es mala, sin saberlo... 

tí. KaM , Llega por el jardín. Se dirige á Gracia, que no le ve 

llegar. Gracia. 
Gracia ¡Ah! .José Kamón. So dan la mano. 
J. Ram. (Ttiecibió usted la carta mía? 
Gracia La recibí. Siéntese usted. 
J. Ram. ;,K'stá usted mala? 
Gracia No. Inquieta, nerviosa... Allá dentro está 

Gonzalo: ¿quiere usted que lo llame? 
J. Ram. Prefiero hablar con usted primeramente. 
Gracia ¿Alguna buena novedad? José Ramón la mira 

como sorprendido do la pregunta y luego niega con la 

cabeza. ¿Ninguna? 

J. Ram, Ninguna. 

Gracia Hable usted, entonces. 

J. Ram. Como sé lo que en esta casa se estima y se 
protege á Gonzalo, venía á ver á usted y á 
su padre para que cambiásemos impresio- 
nes... sobre algo muy triste... muy amargo... 
pero, á mi modo de ver, inevitable ya. 

Gracia Avisaré á mi padre ahora mismo. 

J. Ram. Déjelo usted. Así como así, no me pesa ha- 
llarla á usted sola. Acaso sea mejor para 
todos. 



- 65 — 



Gracia 
J.Ram. 
Gracia 

J. Ram . 



Gracia 
J. Ram. 

Gracia 
J. Ram. 

Gracia 
J. Ram. 



Gracia 
J. Ram. 



Gracia 
J. Ram. 

Gracia 



J. Ram . 



Me pone usted en cuidado, José Ramón. 
Pues nada le voy á decir que usted no sepa, 
¿Y es ello? ¿Querrá usted creer que estoy 
temblando? 

Yo también: pero yo de lo que tiemblo es 
de ira. Vamos á ver, Gracia; con ruda fran- 
queza, como á mí me gusta hablar siempre: 
¿cree usted que los que de veras queremos 
á Gonzalo debemos permitir que siga ade- 
lante en esta aventura desdichada? 
¿Por qué no? ¿Tanto le asustan á usted los 
obstáculos? 

Los obstáculos, no: lo que significan. Veo á 
la gente en una actitud, que hace muy poco 
airosa la de Gonzalo. 
¿Qué? 

Sí. La bumillación para quien pide es indu- 
dable si ha de ser regateada la limosna. 
¿Y no será honrosa esa humillación, ya que 
usted le ha dado ese nombre, si el fin se 
realiza? 

Es que dudo... no dudo, digo mal; es que 
creo que no se realiza. Siempre me pareció 
locura, muy propia de Gonzalo, que ve la 
vida color de oro, querer hacer una obra 
buena contando con la gente. 
¿Tan mal concepto tiene usted de ella? 
El peor. ¿Hay nada más indiferente, más 
egoísta... ó más malo? i^a conozco bien. 
Como vivo desde niño en una soledad dolo- 
rosa, y he necesitado tanto de la gente para 
vivir, fié muy bien de lo que es capaz. Don- 
de haya gente, lance usted una mala idea, 
una calumnia, verá qué pronto agarra. Yo 
respondo de ello. 

¿Es que quizás se dice de Gonzalo?... 
Lo que se dice, no quiera usted saberlo. Lo 
que be hace, usted lo ve... 
Entonces, José Ramón — y ahora invoco yo 
aquella tranqueza de que usted hablaba, — 
si usted fuera el autor de los proyectos de 
Gonzalo, ¿qué haría? 

Haría... lo que quiero que Gonzalo haga. 
Pero antes de aconsejárselo á él, deseaba yo 



— 66 — 

saber si usted creía prudente y atinado mi 
conpejo. 

<jrRACiA Sí lo creo... pero es tan triste desistir. . 

J. Ram. ¿y qué hemos de hacerle nosotros? 

Gracia Si hubiera una solución decorosa .. un me- 
dio de continuar dignamente... 

J. Ram. ¿Cuál, Gracia? Eso es imposible... 

Gracia Imposible... imposible... 

J. Ram . l^igo, a mí se me figura que dignamente... 

Guacia Dignamente... claro... 

Pausa. José Ramón observa á Gracia, cuyo rostro se 
ilumina y alegra de improviso. Desde ahora sigue ha- 
blando con él estimulada por una idea fija que se graba 
en su mente. 

J. Ram. ;,Qué piensa usted? 

Gracia Que sí... que dignamente no es posible... 
¿verdad? 

J. Ram. Ese es mi tema. 

Gracia Sí, sí, que desista... El estaba ya en ello. 

J. Ram. ¿El? 

Gracia Sí, sí... Se conoce que también ha adver- 
tido... 

J, R^M. ¿Le ha dicho á usted algo? 

Gracia Lo mismo, lo mismo que usted... 

J. Ram. ¿Lo mismo que yo? 

Gracia No en balde son ustedes tan amigos... Yo no 
le hice caso... creí que serían sus vehemen- 
cias... Pero es lo mejor, no cabe duda... 

J. Ram. ¿,Lo cree usted sinceramente? 

Gracia No lo diría, si no. Nada, nada, es cosa re- 
suelta. Dril Asilo no se hable más. 

J. Ram. Pero ¿se alegra usted? 

Gracia Cuando se toma el mejor partido en las co- 
sas, siempre hay motivo de alegría. 

J. Ram. Gonzalo va ganando con ello. 

Gracu Va ganando, sí... Ha tenido usted una ins- 
piración. 

J. Ram. Como conozco el mundo... 

Gracia Claro. 

J. Ram. Seguir adelante sería prolongar el suplicio. 

Gracia ¿Qué habla usted de seguir adelante? Ya 
no, ya no... ¿Usted también se ríe? 

J. Ram. Me alegra que esté usted tan convencida. 

Gracia Y á mí me alegra estarlo. ¡Qué locura! Pero 
¿cómo no había visto yo...? 



— 67 — 

J. Ram. .:Qué? 

<.tracia Esto; lo que la gente es... lo que usted me 
ilioe... José Ramón, usted es un gran amigo 
de Gonzalo. ¡Cuánto me complace que haya 
usted venido! De veías, de veras. 

J. Ram. (¿Se burla esta mujer de mí?) 



ESCENA X 



DICHOS y GONZALO 



vtONZ. Saliendo por la puerta de la izquierda, para despedirse. 

Gracia... Hola, .José Ramón: ¿tú aquí? 

J. Ram. Hola, Gonzalo: aquí me tienes. 

Gracia Por poco sorprende usted nuestra conspira- 
ción. 

<jrONz. Pero ¿conspiraban ustedes? 

J. Ram. y en f tivor tuyo. 

Ítonz. a ver, á ver... 

Gracia Sencillimente, que hemos resuelto que de- 
sista usted de sus quimeras humanitarias. 

(tonz. ¿''or fin me da usted la razón? 

Gracia P -r fin. He necesitado que venga su amigo 
de usted para convencerme. 

OoNZ. ¡Cuánto me alegro yo de las dos cosasl 

J. Ram. Con todo, si quieres que por algún otro ca- 
mino intentemos... 

GoNZ. Después de mirarlo muy fijamente, de uu modo extra- 

ño. No. 

.f. Ram. Como tú quieras. 

Gracia No. 

J. Ram. Yh sabe usted lo que le he dicho. Ese es mi 
criterio. Vente, Gonzalo, y charlaremos has- 
ta apunu el tema. 

Gracia Permita usted que se quede aquí unos mi- 
nutos. Tengo que hablarle yo. 

.1. RaM. Ah, bueno 

OoNZ ¿Usted, Gracia? 

Gracia Sí. 

J. Ram. Despidiéndose. Pues, amiga mía... 

Gracia Mire usted que no es puñalada de picaro... 

J. Rvm. No importa. Luego nos veremos. Yo, de to- 
das maneras, iba á marcharme ya. 



— 68 



Gracia 



J. Ram . 



GONZ. 

J. Ram, 



Adiós, entonces. No quiero detenerlo. Y crea 
usted que si hay oportunidades en la vida^ 
ninaiina tan feliz como su visita de hoy. Me 
alegro de ella como de pocas cosas. 

Sin entenderla. Por DioS... HaSta luegO, mU- 

chacho. Nada te digo, ¿eh? Ya sabes quien 
soy yo. 

Mirándolo como antes. Sí: ya lo sé. 

Adiós, Gracia. A su padre de usted mis res- 
petos. Vase por el foro descompuesto por la insisten- 
te mirada de Gonzalo. 



ESCENA XI 

gracia y GONZALO 



GoNZ. 

Gracia 

GoNZ. 

Gracía 

GoNZ. 

Gracia 

GONZ. 

Gracia 



GoNZ. 

Gracia 



Go^z. 
Gracia 

GONZ. 

Gracia 



Como desechando una mala idea. No puede Ser» 

no puede ser... 
¿Qué, Gonzalo? 

Tanta miseria me ha hecho pensar el ma- 
vor disparate del mundo. ¿Quién lo evita? 
Déjese usted de pensar disparates, y óigame 
á mí. 

Impaciente me tiene la curiosidad. 
Ello es una cosa que ha de saber usted pri- 
mero que nadie... 
¿Sí? 

Tal como ha nacido en mi pensamiento 
quiero yo que pase al de usted: sin que na- 
die la modifique ni aun para mejrrarla. Es 
idea raía, completamente mía: se cae ha 
ocurrido hace un momento y estoy rabian- 
do por decírsela á usted. 
Y yo poríjue usted me la diga. 
Bueno, pues... No; vamos por partes. ¡Ay, 
qué angustia, tener que empezar siempre 
por el principio! Contésteme usted á e&to. 
Hable usted, Gracia. 

Supongo que da usted por definitivamente 
fracasado... 

Ah, pero ¿es sobre lo mismo? 
Conteste usted. 



69 — 



(jrONZ. 



<ÍRAC!A 



(lOUZ. 

<}racia 



<JiONZ. 

Gracia 



GONZ. 



Gracia 

GONZ. 

Gracia 



¡Y qué remedio queda! No quiere esto decir 
que yo detiista en absoluto de mi empeño: 
¡eso no! ¡Ya lo realizaré algún día!. . ¡Lo que 
rechazo desde luego, es el auxilio que me 
regatean los que no son capaces de enten- 
derme! Esta misma tarde pienso decirlo á 
quien me quiera oir. Aquí fué Troya... Lod 
amigos que estaban á mi lado, machos ó 
poc )S, lo sentirán conmigo, con Uftedes; los 
que me ayudaban por compromiso respira- 
rán á gusto, cono quien se libra da una 
carga enojosa; los indiferentes se encogerán 
de hombros, y los que se alegran del fraca- 
so... esos... bastante tienen con su alegría. 
Muy bien, Gonzalo. Me ei)canta que hable 
UPted de ese modo. Y ahora me iüC;i á mí. 
No se entristezca usted mucho todavía, ni 
llore por imposible y desbaí atado su inten- 
to... Los niños pobres de Guadalema, de 
quienes nadie se ha preocupado aquí hasta 
que ha hal)ido un Gonzalo Vega que piense 
en ellos, tendrán amparo y protección. 
¿Qué dice usted? 

Efsta idea, que no lleva en mi pensamiento 
más que unos minutos de vida, se conoce 
que es antigua en mí, por las raices con que 
ahora la nc>to y por el tesón con que estoy 
decidida á defenderla. El Asilo se levantará, 
y si me apuran nmcho, dará en el cielo con 
la cruz de su torre. 
¿Cómo? ¿Usted?... 

Al i fortuna es gi ande; si no tanto como quie- 
re la leyenda, todo lo que á mi me conviene 
ahora. ¿Cree usted que estará mal empleada 
una parte de ella en costear las obras del 
Asilo? 

Por Dios, Gracia, eso es un sueño de usted... 
Hermoso, pero sueño... No se puede pensar 
sólo con el corazón. ¿Imagina usted que yo 
debo aceptar.. ? Piense usted en la gente que 
nos rodea... 

Pero si lo hago para no pensar en la gente... 
¿No le asusta á usted lo que dirían? 
A otra mujer, tal vez. A mi no. Estoy acos- 



— 70 — 



Gracia 



GONZ. 

Gracia 



GoNz. 



tnmbrada á hacer mi voluntad, desi recian- 
do el parecer ajeno. Usted lo sabe. 

GoNz Me aturde usted, Gracia. Admiro esa gran- 

deza de <^ue no soy capaz. A mi una sola 
mirada del prójimo me hiere en lo mfts vivo. 
Pero aunque así no fuera, yo no debo con- 
sentir que arrostre usted el despecho de 
todo?. 

Si UHted no tiene nada que consentir, cria- 
tura. !Si es que yo, que voy á edificar una 
ca-ita, lo llamo y le digo: usted que entiende 
de esto, Gonzalo: ¿me quiere ayudar? 
¿Y con su padre, ha consultado usted? 
¿Cuándo? ¿No oye usted que esto es una im- 
provisación? Ademá?^, á mi padre jamás le 
consulto yo para nada bueno; y como, (^ue 
yo eepH, no hago nada malo... pues, ahí verá 
usted, no le consulto para nada. 
Es usted singular... Conmueve usted, con lo 
que dice, los que yo consideraba ^ólidos ci- 
mientos de mi carácter. Fuera, fuera temo- 
res pueriles, aprensiones de niño ujiraado... 
Venza lo que debe vencer. Aquí está mi pe- 
cho, dispuesto á recibir todas las heridas, 
pero abierto á la compasión y á la gratitud... 
Gracia, amiga ideal, haga usteu lo que 
quiera: ¿quien soy yo para torcer su albe 
drío si me hallo desconcertado y confuso 
ante usted, y lo que débilmente rechaza mi 
pensamiento estremece mi corazón hasta 
hacerme llorar?... 

Gracia Usted siempre agrandando las cosas... 

GoNZ. No, Gracia: perdóneme usted este arranque 

de sinceridad y de noble egoísmo, ya que 
estamos hablando íntimamente. Utted no 
ssLhe lo que pasa por mí, y nadie con más 
derecho que usted á saberlo Soy un niño: 
las lágrimas no me dejan hablar... Yo no 
vivo con mi presente sólo: á la realidad de 
mi presente llevo siempre ligada como una 
reliquia la idea de mi pasado. Y créame us- 
ted: en este momento, mi orgullo se estre- 
mece al ver que el hijo de Vega el herrero^ 
cuya ambición es insensata, llega adonde 



— 71 — 

quiere conducido por la mano de una mujer 
ilustre, noble, buena... y hermosa. 

Gracia Calle ustad, calle usted... 

GoNZ No puedo. Me parece (^ue me hallaba en una 

caverna OFCura, tenebrosa, buscando en vano 
la salida, un resquicio de luz para oiientar 
me, y de pronto, allá lejos, en una revuelta 
ignorada, he descubierto un punto lumino- 
so; he corrido hacia él frenético de alegría, 
le he visto agrandarse, agrandarse... y al fin 
he Pálido al campo libre, á los montes, al 
cielo, al 9o\, y he respirado con avaricia el 
aire puro... 

Gracia ¡Gonzalo! 

GoNZ El empleo de mi vida ha sido soñar, entre 

las páginas de mis libros están mis sueños 
de gloria y de amor, como si fueran flores 
disecadas... Pero, con tonar tanto, nunca 
imaginé que los obreros de mañana, los ar- 
tífices, los hijos del trabajo, los niños de 
hoy, pudieran bendecir nuestros nombres 
juntos... 

Gracia Nuestros nombres juntos... 

GoNZ. Sí ¿Llora usted, Gracia? 

Gracia ¿No lo ve usted? 

GoNZ. Esas lágrimas son para mí un premio ines- 

timable. 

Gracia No son más que el rocío de las flores de sus 
libros de usted... 

GoNZ Gracia, ¿qué quiere usted decirmeV 

Gracia Déjeme usted, Gonzalo... 

GoNz. ¿Por qué tiembla usted?... ¿Por qué tiemblo 

yo?... 

Gracia Los dos temblamos por lo mismo. 

GoNZ ¿Serás tú verdad también, delirio de mi 

vida?... Gracia asiente deliradamente con la cabeza^ 
Con ansia amorosa ¿Sí? 
Gracia Casl sin voz y sin palnbra. Sí. 



nN DEL ACTO SEGUNDO 



Til II M '' H ' 'I II ' 'I II •! !i ¡! I lili II -MI II " M II ||~.l ^1 i| II K II II 



ACTO TERCERO 



La misma decoracióu del acto segundo. Es por la tarde y en el mes 
de Octubre. 



ESCENA PRIMERA 

DON FAUSTINO y BERRUGUETB 

Don Faustino sentado, con un periódico en la mano. Berruguete sale 

por la puerta de la derecha, sin sombrero, pero con una preocnpa- 

ción en la cabeza. 

D. Faus ¿Quién era? 

Ber. Nadie. Efectivamente, no habían llamado. 

D. Fauf . ¿Lo ve usted? 

Ber. Ks que hoy tengo j'O motivos para creer que 

llaman á lodas horas. 

D. Fai s. Claro: como no ha ido usted á la fiesta... 

Ber. No es eso, no... 

D. Faus. ¿Por qué se ha quedado usted, cuando han 
ido todos? 

Ber. Porque para algo me ha hecho usted se- 

cretario suj'o, dispensándome un altísimo 
honor. 

D Faus. El honor es para mí, señor de Berruguete. 
Además, si le quitaron á usted su empleo 
por faltas de que tenia la culpa mi hija ms^s 
que usted, lo menos que yo podía hacer es 
lo que he hecho. 



— 74 — 

Ber. Pues ya se ha comentado por ahí de muy 

mala manera. . y ya hay quien dice que 
saqué mí tajada... y ya... En fin, quede esto 
aquí. A su tiempo se sabrán las cosas. 

D. Faus. No haga usted caso de ciiismen ni de habli- 
llas. Usted es un hombre superior. 

Ber ¿y usted, por qué no ha ido'? 

L), Fau3. Foi varias razones... Como nunca salgo de 
mi casa, al hacer una excepción el día de 
hoy, hubiera parecido que me movía la va- 
nidad ó que quería compartir con mi hija 
lo que, en rigor, corresponde á ella sola. 
Además, la calle me aturde; la mucha gen- 
te me marea .. 

Ber. Ya: eso sí. ¿Va usted á acabar de leer el ar- 

tículo ese? 

D. Faup. Sí; ya queda poco. 

Ber Tero es lo más bonito. El señor Segarra 

pone la pluma que da gusto. 

D. Faus. Leyendo. «Volvemos á decirlo otra vez: so- 
len;ne es el día de hoy en la historia de 
Guadalema, y habrá repique general de ale- 
gría en los corazones de todos los buenos. 

Cuando una idea generosa, de ida á un 
hijo ilustre de esta ciudad, fracasaba por mo- 
tivo.'-' tan complejos como poco situ páticos, 
una voluntad de acero, puesta al servicdo de 
un corazón de oro, ha sabido y podido reali- 
zar por sí sola lo que entre todos no logró 
realizarse. 

La señorita de Latorre, Gracia Latorre, 
como familiarmente la llamamos en Gua- 
dalema, al colocar hoy la primera piedra 
de ese Asilo para los niños pobres, al echar 
los cimientos de obra tan admirable, con 
liberalidad y largueza que la enaltecen, ha 
pensado sin duda con el poeta: 

Dios, qne da su follaje al bosque umbrío 

y al alba su arrebol, 
pa^'a templarnos el calor y el frío 
no cuenta, no, las gotas del rocío 
ni los rayos del sol. » 

Ber, Me afecto, me afecto... 

D. Faus. «OrguUosa debe estar de su arranque subli- 



me: tiene el premio más alto en su pro- 
pia acción. Cuando ese Asilo, que hoy prin- 
cipia á ser una realidad, lo sea completa- 
mente, las niadres de Guadnleraa á cuyos 
hijos sirva de refugio y amparo, bendeci- 
rán á Gracia Latoire; y cuamlo, rendidas 
por el sueño, caigan bajo el p so del tra- 
bajo del día, el postrer pensamiento de to- 
das será para ella, bien asi como el últi- 
mo rayo del sol á la tarde es para la cum- 
bre más elevada y hermosa. ¿Qué mejor 
premio?» 

Ber. ¡Anda! ¡que les va á sentar bien á Lolita 

Sanjuán y á su madre! 

D. Faüs. Amigo Berruguete: no se alegre usted nun- 
ca del bien de nadie porque haga rabiar a) 
vecino. 

Ber Pero ¿usted sabe cómo está esa familia, se- 

ñor?... Digo, esa familia y muchas. Crea us- 
ted que la noticia del rasgo de Gracia cayó 
como una bomba. Ha sido un mes de no 
descansar las tijeras. ¡Que se fastidien! 

Don Faustino pasea. Berruguete, de pronto, principia é. 
dar al aire cortes y reveses, como si se estuviera ba 
tiendo á sable. 

D. Fauí . Advirtiéndolo. ¿Qué hace usted? 

Ber. Nada, no... nada .. ¡Picaros nervios!... ¿De 

manera que le ha gustado á nsied el ar- 
ticulo de El Defensorf 

D. Fau?. Sí; mucho. 

Ber. Ese Segarra vale, ¿verdad? 

D. Fau=. Yo le tengo en gran estimación. Enr.pobre- 
cido en su periódico, defendiendo sus ideas 
siempre con el mismo entusiasmo, y eso 
que ya, por \iejo, sabe que no ha de verlas 
realizadas, ni un soio momento ha perdido 
ni su fe, ni su dignidad. 

Ber. De esos cocos, pocos. 

D. Faus. No tan pocos, ilustre Berruguete. Hay mu- 
chos hombres de valer, modestos y oscuros, 
como cohibidos y asustados ante el triunfar 
escandaloso de los enanos que chillan para 
que se les vea. 

Pansa. Don Faustino continúa paseando. Bcrrugnetc 



— 76 — 

lucha entre su impulso de dar tajos y mandobles y la 
presencia de don Faustino. 

Ber. Tardan, tardan los de la fiesta... 

D. Faus. Esas ceremonias son siempre largas. Em- 
piezan los discursos... quieren hablar todos... 

Ber. Ah, io que es yo, si llego á ir, hablo. Y ha- 

blo para hacer sangre, sc tira á fondo sin poder 

coutcnerse. 

D. Faus. Criatura, ¿está usted loco? 

Ber. Perdóneme usted... Es que me sucede una 

cosa... Ya saldrá, ya saldrá... Mira su reloj. 
(¡Huy!) Con su permiso me voy a llegar en 
un soplo á la Cervecería... Cosa de dos se- 
gundos... 

D. Faus. Lo que usted quiera: yo no le necesito. 

Ber. Gracias. Vengo al instante... vase poria puerta 

de la derecha, dando sablazos. 

D. Faus. Si que debe de ocurrirle algo anormal... oyen- 
do charloteo por el jardín. Ya está aquí mi gente. 

El charloteo no deja de oirse hasta la aparición de 
Gracia y Manolita, las cuales se supone que están des- 
pidiendo a otras señoras. 



ESCENA II 

J)ON rAUSTINO, JULIA, CARMEN y DANIEL 

Carmen y Daniel son, como Julia, criados de la casa. Vienen por el 
jardín, de la fiesta, con los trapitos de cristianar. 

D. Faus, ¡Hola! ¡hola! Pensé que no volvía ninguno. 

Julia ¡Ay, señorito! 

D. Faus. ¿Qué tal ha estado aquelloV 

Julia ¡Ay, señoiitol 

Car. ¡Lo que nos hemos acordado de usted! 

Dan. Ha habido tres discursos. 

•Julia ¡Y qué apreturas! ¿Verdad, tú? 

C*k. |Ah, qué apretuiasl 

Dan. [Qué gentío! Gente pobre, la mayor parte. 

Julia Y señorío también. 

Car. \Y qué de palmas! \y qué de vivas! 

Dan. Tres discursos he contado yo. 

D. Faus. ¿Y la señorita, está ahí? 



— 77 - 

Julia Ahí está despidiéndose de unas señoras. 

D. Faus. ¿y Diego y Roque? 
Dan. Detrás de nosotros venían 

D. Faus. Bueno, bueno; pues andad á vuestros que- 
haceres. 
Julia Vamos, tú. 

Car. Vamos. Se van las dos por la puerta de la izquierda. 

Dan. Habrá que leer los papeles mañana. El cojo 

ha estado bueno de verdad, so va por la puerta 

de la derecha. 



ESCENA III 

DON FAUSTINO, SALVADORA y JUAN, luego SARMIENTO, después 
gracia y MANOLITA 

Todos por el jardín, como los criados. 

Juan Tenga usted muy buenas tardes, don Faus- 

tino. 

D. Faus. ¿Qu<^ es eso? ¿También vosotros venís de 
allá? 

Juan ¡No que no! 

Salv. Nosotros los primeros. 

Juan Que sea rara bien, señorito, como tiene que 

ser. ¡Qué cosa más manifica! 

Salv. De eso se ve mu poco. 

Juan A esta creí que tenia qtie llevármela. Se le 

encogió el corazón cuando principiaron las 
mujeres á darle vivas á la señorita, y en na 
estuvo que se me privare. 

Salv. Me entró un ahogo... 

Juan ¡Qné cosa más manifica, señor!... 

SaR. Emocionadisimo y atolondrado. ¡Solemne! ¡30- 

lemne! Esta es la palabra. ¡Déme usted un 
abrazo! 

D. Faus. ¡Querido Sarmiento! 

Sar, ¡Solemne! ¡solemne! ¡Una honra para todos! 

Tiene usted una hija que yo quisiera que 
fuese mía. 

D. Faus. Muchas gracias. Digo lo mismo de su seño- 
ra de nsted. 



— 78 — 

Sar ¡íío, no! ¡Manolita ha ayudado; pero no, no!... 

¡Qué acto! ¡qué fiesta! ¡Solemne! ¡solemne! 

Este señor parece que tiene la cabeza de papel, según 
lo poco que le pesa y lo que la mueve. Hablando jadea 
frecuentemente como perro cansado. Viene de levita y 
con botón en la solapa. 

D. FaUs. Aquí está mi heroína. 

Gracia ¡Ay, gracias á Dios! ¡Papá! se abrazan. 

Man. jSe ha perdido usted, por comodón, la ale- 

jaría más grande de su vida! 

D. Faus. La más grande la tengo ahora. 

Gracía Has debido ir, papá. Te hubiera gustado. 

D. Kaus. Ya sabes que prefiero las cosas contadas por 
tu boca á vistas por mis ojos. 

MxN. ¡Qué fiesta, don Faustino! ¡qué espectáculo! 

Sar. ¡Verdaderamente solemne! 

Gracia separándose de su padre. Abuelos, me han dicho 
que traéis una comisión. 

•luAN Sí, señorita... 

Gracia r-Qué es ello? Veamos. 

•Juan c^ue esta noche en los barrios hay hogue- 

ras... y pólvora... y baile... y Jaleo... y como 
saben tos que yo tengo aquí algún meti- 
miento, y esta también, nos dijeron, dicen: 
«¡A ver si la señorita Gracia quiere ir... aun- 
que no sea más que á pasar por la calles! 
¡que nos daría mucha satisfaciónde verla!...» 

Gracia iré. 

Man. Iremos. 

Sar. Iremos, iremos. 

Juan Dios se lo premie á usté, señorita. Anda, tú, 

vamos á decirlo noí^otros. 

Salv. i Lo contentos que van tos á ponerse! 

Juan De aquí á la noche hago yo un arco á la 

puerta e casa pa que pase la señorita por de- 
bajo. 

Salv. ¡Ah! 

Juan ¡Y en lo alto le voy á poner la estampa e la 

República! 

Se ríen todos. Salvadora y Juan se retiran, riéndose 
también. 



— 79 — 



ESCENA IV 



GRVCIA, MANOLITA, DON FAUSTINO y SARMIENTO 



Gracia 
Sar. 
D. Faus. 



Man. 
Gracia 



Man. 



Sar. 
Man. 



No tienes idea de lo contentísima que ven- 
go, papá. 

Con razón, don Faustino; porque ha sido 
una cosa... ¡solemne! 

Pero bien, bien; necesito detalles, pormeno- 
res... se sienta. Explíquenm-í ustedes en qué 
ha consistido esa solemnidad de qué habla 
Sarmiento. 

Yo tenüo una excitación, una alegría... 
Mira, papá: estaba el campo que daba glo- 
ria verlo. El día, hermoso: por todas partes 
no halúa más que sol. Mucha gente, ¿sabes? 
muchísima gente. Sobre ti «do mujeres del 
pueblo. De seguro que en Guadalema no se 
ha quedado una sin ir. Y, qué sé yo, á mí 
me parecía que to las llevaban niños en los 
brazos. Cuando llegué en el coche me reci- 
bi»-ron con palmas y vívhs, abriéndome 
pa'ío. No se me olvidará ese momento. Al 
bajar, algunas me beí>aron el vestido. Los 
hombres tiraban las gorras por el aire... Yo 
quería hablar y no podia; quería sonreír y 
se me saltaban las lágrima^... Como ahora, 
lo mismo que ahora... Oye: un muchacho 
obrero me dijo: «Señorita, cou seis como 
usted... se acababan los mitins.» siéntase jun- 
to á don Faustino. 

El elemento oficial no ha faltado, ¿eh? No 
podemos qut^jarnos de íhs autoridades... 
Humos tenido música del Ayuntamiento, 
cohetes, discurso del Gobernador... 
¿Ha hablado el Gobernador? 
Si, honr. bre: ¿no lo oiste? Pero más valía que 
se hubiera callado. ¡Qué |)remiosito y qué 
torpe estuvo! imitándolo. € Verdaderamente, 
señores... hem... verdaderamente... hem... 
hem.. verdaderamente...» Verdaderamente 
no daba pie con bola. Y á todo esto con los 



— so- 
piés así: lo mismo que la sota de oros, se 

sienta también. 

Gracia El que dijo poco, pero bueno, fué Segaría, 
tu amigo. 

D. Faus : Ese tiene mucho talento. 

Sar. ¡Oh! ¡Ese estuvo... estuvo solemne! ¿Cuál es 

Segarra? 

Man. El de El Defensor; el viejecito aquel del ca- 

bello blanco... ¿no lo conoces? 

Sar. Ah, sí. No me acuerdo, pero ya sé quién es. 

Gracia Habló seguido, seguro, sin equivocarse, 
como si en vez de hablar leyera lo que iba 
diciendo en el horizonte. Sin un grito, sin 
un desplante, sereno... importándole poco 
que lo aplaudieran. Al final, dijo... «Estos 
ijiños de hoy, para quienes en breve se al- 
zará en este sitio un techo y un hogar, á 
cuyo fuego debemos echar todos algún tron- 
co de leña, serán mañana los hombres que 
muevan nuestros talleres, los que levanten 
nuestras casas, los que cultiven nuestros 
campos, los que formen y mueran en el 
montón anónimo del ejército... Y á trueque 
de tanto como ellos van á darnos, ¿qué mu- 
cho que nosotros les regaleiros con un poco 
de salud, que es paz y alegría?» El lo dijo 
mucho mejor y con más palabras, pero fué 
una cosa así, ¿verdad, Manolita? 

D. Faus. ¿,Y GonzJilo, no habló? 

Sar. ¡Sí, hombre, si! 

Man. ¡No, hombre, no! ¿Cuándo habló Gonzalo? 

Sar, Será que me distraje yo. 

Gracia El muy tonto no quiso: ¡me dio una rabia! 
Y cuidado que se lo pidieron. Fero si pare- 
cía que iban á ajusticiarlo... 

Man. Otro que también estuvo muy oportuno fué 

el último orador... 

Gracia Ah, sí... 

Man. Calla: no digas quién es. A ver si tu padre 

lo conoce. 

D. Fals. Con seguridad. 

Man. Imitando á Solano. «¡Torobal...» 

D. Faus. Basta: no siga usted adelante. 

Man. «¡.Joroba! ¡Aquí no se trata como á niños 



~ 81 — 



!). Faus. 

Gracia 

Sar. 



Man. 
D. Faus. 
Man. 



más que á los hijos de los grande?, de los 
(jue pueden; á los que ventios en los paseos, 
limpitos y adornados, corriendo detrás de 
las mariposas con los buclecitos rubins suel- 
tos al aire! ¡Niños son eso», ya lo sé! ¡Pero 
¡joroba! también son niños los que venden 
papeles y décimos de la lotería; los que se 
ponen delante de la tropa con palos y cañas; 
los que nos piden limosnas por las calles y 
á quienes apartamos á empellones como bi- 
chos molestos; los que nacen enclenques, ra- 
quíticos, deformes; los que viven explotados 
por padres postizos; los que no tienen pan 
que llevarse á la boca; los que mueren sin 
madres que los cuiden y les den calorl.. 
¡Esos también son niños, joroba! ¡Y mien- 
tras sean niños hay que cuidarlos y aten- 
derlos igual que á los de bucles rubios que 
corren detrás de las mariposas de colores, 
que tiempo habrá, cuando lleguen á hom- 
bres, de que andemos todos á la greña! ¡Mil... 
y no sé cuántas jorobas!.. » 
Lo aplaudirían á rabiar. 
Una locura. 

Pues yo no me enteré bien, porque estaba 
un poco distraído, pero en un acto tan so- 
lemne como el de hoy, sobraban las jorobas. 
Si es que iba el pobre un poquillo bebido. 
Ah, pero ¿bebe Solano? 
¡No! 



ESCENA V 



DICHOS y BKRRUGÜETE 

JoER. Por la puerta de la derecha, con el sombrero puesto, 

excitadísimo y lleno de alegría ¡Toda júbilo es 

hoy la gran Toledo! ¡Üeme un abrazo cada 

uno! 
Gracia ¿Qué ocurre? 
Man. ¿Que hay? 

Ber. [Acta! ¡acta! 

D. Faus. ¿Cómo acta? 



— 82 — 



Ber. 

Gracia 
Man. 
Sar. 
D. FAUf . 
Her. 

Gracia 
Ber. 



Sar. 
Uer. 



D. Faus. 



Sacando un pliego escrito del bolsillo. Aquí está. 

Por poco tengo un duelo. 
¿Un duelo? 
¿üstedf' 
¿Usted? 

Mrf lo había figurado. 

8í, señores, yo: yo mismo. Evaristo Berru- 
guete y Diz. 
¡Pero, Evaristo!... 

Anoche, anoche fué la cosa... Entre parénte- 
sis: acabo de encontrar á Gonzalo: ya sé que 
la fiesta ha sido conmovedora, lucidísima... 
¡Solemnel 

Lo que yo me alegro no hay para qué decir- 
lo: soy de los leales. Bueno, pues á lo que 
iba: mi cuestión, como digo, fué anoche. Con 
Colmillo, el del Instituto. 8e discutía si el 
Casino debía colgarse ó no con motivo de la 
fiesta de hoy. Nos trabamos de palabras, nos 
insultamos... ¡pin! ¡pan! dos puñetazos... pa- 
drinos en seguida. Los míos, Gordillo y Suli- 
rez; los suyos, Molero y Domínguez. Aquí 
está el acta. ¡Honrosísima para mi! Oigan 

ustedes. Principia á leer y á cada paso murmura ó 
gruñe las palabras escritas que él no considera del todo 
interesantes Los murmullos y gruñidos se indican con 

puntos suspensivos. «En la cludad de Guadale- 

raa, á 4 de Octubre reunidos los señores 

don Francisco. ... }' don Gaspar en repre- 
sentación de don lívari'^to y don An- 
drés.. .. y don Antonio en representación 

de don Arturo.. .. para tratar de una cuestión 
habida entre sus representados en la no- 
che después de discutir largamente, am- 
bas representaciones no tuvieron reparo en 
convenir que.. .. en un momento de arrebato, 

y habiendo sido la acción simultánea un 

puñetazo por cabeza dan por satisfacto- 
riamente zanjada la cuestión, y se com- 
placen en declarar perfectos caballeros. Y 

para que conste, extienden la presente en 

el día de la fecha. Las cuatro firmas » 

¡Honrosísima! Venga usted á mis brazos. 
Tengo un secretario que no me lo merezco. 



— 83 — 

Ber. Gracias, don Faustino. 

\\k\. EnnorabuenH. 

Oracia Muy bien, Evaristo: pero no ha debido us- 
ted meterse... 

Ber. ¡Era mi deber! Para las ocasiones Fon los 

amigo?. Todas las grandes obras de la hu- 
manidad han costado sangre de inocentes. 

D. Faus. Todas, menos e>ta. 

Sar. ¿y ba 8Ídoá sable? 

Ber. ¿(Jomo á pable? 

Man. Pero, .Sarmiento, ¿no te enteras de que no 

se ha batido? 

8a R. Perdona, mujer; me distraje un poco. 

Ber. Pues ahora, don Faustino, «juisiera yo obte- 

ner de usted una nueva gracia. 

D. Faus. C ncedida: á un hombre tan digno no pue- 
do yo negarle un favor. 

Ber. Se trata de celebrar el lance con una comi- 

da en La Bomba. 

D. Faus. Ni una tallaba más: corra usted, que ya 
tarda. 

Ber. Muchísima^ gracias, señor mío. 

.Sar. Nos iremos juntos. Lo llevo á usted en co- 

che y todo. 

Ber, Yo voy al Casino primero. 

iSar. Adonde sea. 

(jBACiA ¿Pero luego vendrá usted á comer? 

8ar, ¿Pero no hemos comido ya? 

Man. ¡Por Dios, Sarmiento, tienes la cabeza á las 

once! 

Sar. Dices bien, hija... Hasta luego; no me des- 

jiido. ¿Vamos? 

Ber. Vamos. Se encaminan hacia el íoro. 

•Sar. Retrocediendo. ¡Ah! 

íMan. ¿Qué (juieresV 

Sar. Nu; nada... Luego lo diré. ¿Vamos? 

Ber. Vamos. Vacl ven a eucamlaarse hacia el foro. ¡Ah! 

<ÍRACIA ¿Qué? 

Ber. Si acaso vinieran... Por más que no... Bue- 

no, yo se lo prevendré al portero. ¿Vamos? 
Sar Vamos. 

Ber. Yendo hacia la derecha. I'or aqUÍ llegamos más 

pronto. 
Sar. Pues vamoK por aquí. 



— 84 — . 

Man . [Pero si el coche está en la verja, SarmientíjT 

Sar. ¡También es verdad! Por aqui. 

Bek. Por aquí. Se marchan por el foro. 

Sar. a Berrugtiete, mientras se alejan. ¡Ya le digO á 

usted; ha sido una fiesta solemne! 

Man. ¡Jesús, qué horabrel Me ataca los nervios 

¡Nunca se da cuenta de lo que hace! Y er> 
todo es así. 

(tracia ¡Pobrecillo Evaristo! No dejo de pensar en 
su aventura... 

D. Faüs. ¡a qué extremos lo lleva la amistad!... Por- 
que si no lo arreglan se rompe la crisma 
con el otro. 

Gracia ¡Vaya! 

Man. Después de mirar hacia la derecha, bajo é Gracia. Ahí 

tienes á Gonzalo. — Don Faustino, ¿usted 
será tan amable que me acompañe á dar 
una vueltecita por el jardín? Tenemos que 
hablar. 

D. Faus. Con mil amores, señora mía. Ya sabe usted 
quién es mi flaco en este mundo. 

Man. ¡Guasón! 

D. Faus ¿Vienes tú, Gracia? 

Man. No; Gracia no quiero yo que se entere de 

eso. 

D. Faus. Perfectamente. Ya sé yo entonces de lo que 
vamos á tratar. 

Man. Puede que se equivoque usted. 

D. Faus. Veremos. Mi brazo, Manolita. 

Man. Don Faustino, mi brazo 

D. Faus. Yendo hacia el jardín, por donde se retiran. Cada 

día lamento más no haber nacido medio si- 
glo después. 



ESCENA VI 

gracia y GONZALO 



Gracia a Gonzalo, que sale por la derecha. ¡GoDZalo! Ya 

era hora. 
GoNZ. ¡Gracia! Perdóname. 

Gracia /.Estás contento? 
GoNZ. Te ofendería si no lo estuviera. 



— 86 — 



XtRACIA 
<Í0NZ. 

<JRACI\ 
( rONZ . 
<rRACIA 
OüNZ. 



Gracia 



OONZ. 

Gracia 

OoNZ. 
Gracia 

GONZ. 

Gracia 

GONZ. 

Gracia 

GoNZ. 



Gracia 



GoNz. 



Gracia 

GoNZ. 

Gracia 



¿Y tus padres? 

No los ha}' más felices. Otra ri^zón para que 
yo esté contento. ¿Y el tuyo? 
Me adora, y basta. Al jardín se lo ha lleva- 
do Manolita. Nuestra aaiiga le estará con- 
tando... lo que él Síibe de más... se sientan. 
¿Cree? tú?... ¿Y á mí que me gustaba este 
misterio de nuestro cariño?.. Me asusta pen- 
sar lo que dirán de mí cuando ^e s^^pa. 
¡Vuelta á los tf^mores de la opinión! Apren- 
de á despieciarla, tonto. Lo que pienses tú 
de tí mismo, eso es lo que debe imp rtarte. 
Ahora sólo me impoita lo i]ue pienses tú. 
A tu lado no soy el que soy. El mundo de 
torios se acaba para mí fuindo te hablo, 
cuando te veo, porque tú eres mi mundo, 
mi sueño, mi musa, mi ideal, mi reina pro- 
tectora... 

Y sin embargo, digas lo que diga^, te acuer- 
das del mundo de los demás y tienes penas 
esta tarde. ¿Es cierto? 
Sí. Pero tus ojos las disipan. 
Pero las tienes. ¿Cuáles son? ¿Qué puede 
amargar tu alegría? 
La tristeza que engendra, Gracia. 
¿A quién? 
A muchos. 

A los que nacieron ruines y miserables. 
Es que ellos no hubieran querido nacer así. 
¿Los disculpas? 

Los disculpo... y los compadezco. Pero me 
nublan la alegría. Siento á veces tener sa- 
tisfacciones y glorias, porqué sé que para 
muchos son rabia y dolor. 
Pues, hijo, yo no voy tan allá: acepto las 
cosas como las hallo. Los que rabien y se 
duelan de lo de esta tarde, no son dignos de 
lástima. 

Hay en ello un hecho, Gracia de mi vida, 
que me tiene fuera de mí. ¿Viste á José 
Ramón? 

No lo vi: no estaba, 
l'udo estar y no verlo tú. 
No estaba. 



GONZ, 



Gracia 

GoNZ. 

Gracia 
GoNz . 
Gracia 

GüNZ. 



Gracia 
GoNz. 



Gracia 

GoNZ. 



Gracía 
GoNz. 

Gracia 



¡Hombre más extraño!... Yo no quiero que 
sea verdad epta f-ospecha que roe está (^ue- 
rnando el corazón como un hierro encen- 
dido... 

¿Dudas de su lealtad? 
A pesar mío, dudo. 
¿Hace mucho o.ue no haV)las con él? 
Desde que le salvé á Nela. 
¿A su hija? 

Sí. ¿No te he dicho?... Con tanto hablar de 
tantas cosas... Estuvo muy grave. Sin saber 
yo por qué, llamó para que la viera á don 
Alejo... Y la niña se moiía, se moría. . y 
hasta entonces no acudió á mí. 
¡Cosa más singular! 

Es misterioso y raro como dio solo. Desala- 
do corrí á la casa... Figúrate: yo sabía que 
Nelita era su único cariño. Le reñí dura- 
mente. El no supo excusaree: parecía idiota: 
no me decía más que: «¡Sálvala!.. .¡sálvala!...» 
Fué preciso operar como único remedio: la 
niña se ahogaba... se ahogaba por instan- 
tes... Se llevaba las mantcitas crispadas al 
cuello, como si quisiera arrancarse el dogal 
angustioso que la oprimía... Practiqué la 
operación felizmente.,. A todo rae ayudó 
José Ramón con frialdad y tírmeza de esta- 
tua... Pero cuando "\»ió que el aire entraba al 
fin en los pulmones de su Nela, que su carita 
se animaba, que su color violáceo se extin- 
guía, que abría los divinos ojos y lo miraba 
con ansia de vivir, José Ramón rompió á 
llorar como un loco y se puso á besarme las 
manos, manchadas aún con sangre de su 
hija. 

¡Qué doloi! 

Seguí yendo á la casa hasta que dejé á la 
niña fuera de peligro. El me recil)ía siem- 
pre tembloroso, febril... casi mudo. Después 
de esto, ni él me ha buscado como de cos- 
tumbre, ni yo lo he visto por ninguna parte. 
Es increíble. 

Únicamente lo explica mi sospecha... y por 
eso me duele tanto. 
Pensativa. Es verdad. 



— 87 — 

ESCENA VII 

DICHOS y DANIEL 
Dan. Por la puerta de la derecha. SPñOfitO. 

GoNZ. ¿Qué hay? 

Dan. El señorito José Ramón pregunta por usted. 

(jONZ. Con gran sorpresa, levantándose. ¿Bh? ¿Pero eStá 

ahí? 

Dan. Sí, señor. 

CtOnz. ¿Kstá usted seguro de que es él? 

Dan. ¡¡Seguro! Me ha dicho que haga usted el fa- 

vor de salir, que tiene que hablarle. 

GüNZ. ¡Casualidad mayor! 

Gracia ¿Qué te querrá? Lo mejor es que entre. 

GoNZ. ¡Si, sí., i'ígale usted que entre. 

Vase Daniel. 

Gracia Te dejo con él. 

GoNZ. Si... Me ha sobrecogido... Sea para lo que 

sea, me alegro de que me busque esta 

tarde. 
Gracia Alia veremos para lo que es. Hasta luego. 
Gosz. Hasta luego. 

Vase Oracia por la puerta de la izquierda, mirando á 
Gonzalo. 



EbCENA VIII 

GONZALO y JOSÉ RAMÓN 

Gonzalo mira hacia la puerta por donde José Ramón ha de salir. 
Este tarda un poco. 

J. Ram. Gonzalo, Dios te guarde. 

GoNZ. Bien venido seas, José Ramón. Hubiese yo 

seiítido que no me vieras en el día de hoy. 

J. Ram Yo no habría podido pasar sin verte. Vengo 
de tu casa: me dijo tu madre que aquí te 
encontraría... Tengo que hablar contigo. 

GoNz. Habíame. 

J. Ram Aquí no. Vamonos al campo: los dos solos... 

GoNZ. Ahora es imposible. Más tarde... á la noche... 



— se — 

J. Ram. No: ahora. ¡No espero ni un segundo másl 

GoNZ. Pues habla: ¿para qué hemos de movernos 

de aquí? E-tamos solos. 

J. Ram ¿No me oirá nadie? 

GoNZ. Descuida. 

J. Ram. Pues bien: oye tú. Decidido estaba á esca- 
parme de Giiadalema como un ladrón; á es- 
conder mi vergüenza y mi desgracia en el 
último rinrón del mundo. Pero ni escapar- 
me he podido: hay una fuerza superior alas 
mías que aquí me ata, que me acerca á tí, 
que me impide ser dueño de mi volun- 
tad... 

GoNz . No te entiendo, José Ramón... ¿Qué dices? 

¿Qué quieres? 

J. Ram Confesar. 

GoNZ. ¿Confesar... qué? 

J. Ram Lo que soy... lo que he hecho contigo. 

GoNZ. ^:Tú?... 

J. Ram. No puedo más; tenme lástima. Desde que 
Cfiyó enfermita mi Nela sostengo una bata- 
lla interior que me destroza... Nunca creí 
que resintiese tanto un cuerpo miserable... 

A un movimiento de Gonzalo. Óyeme: UO me di- 
gas nada hasta oirme... Habla con anhelo, entre 
febril y avergonzado, con ansia de librarse pronto del 

peso que le oprime. Cronzalo, tú UO sabes qué 
cosa es la envidia ni á qué extremos lleva. 
Corazón en que arraiga, corazón podrido... 
Tan ambiciosa es que no quiere que ningún 
otro sentimiento la estorbe... A mí me los 
aniquiló lodos, menos el amor á mi hija, 
por ser ajeno á ella.. No presumía que al- 
guna vez este amor pudiera convertirse en 
su enemigo y la venciera 3' la delatara... Yo 
he sido, yo, tu amigo, tu hermano, quien te 
hizo tropezar y caer en el camino de tu em- 
presa noble y grande... Yo he sido, sólo yo: 
no los culpes á todos; no culpes á ninguno... 
Cúlpalos por indiferentes, por frivolos, por 
necios, pero por enemigos no. He sido yo, yo 
sólo, quien socavó los cimientos del edificio 
que ya empezaba á levantarse para gloria 
tuya. Removí las pasioncillas ruines, las mi- 



— 89 — 

serias, el fango, poco ó ncucho, que lievamos 
dentro... ¿Quién no tiene una llaga de la que 
salta sangre con sólo un sopl'»?... Logré mi 
empeño destruí tu obra: triunl'é; vencí... ¡Im- 
bécil! ¡Triunfo ridículo; vict<»ria necia!... ¡La 
envidia no destruj'e nada más que el cuerpo 
ruin que la lleva dentro!... Tu fracaso... 
óyeme, Gonzalo, óyeme bien... tu fracaso 
me produjo una alegría insensata... feroz... 

GoNz . Calla: no sigas. 

.J. Ram. Déjame hablar, que cada palabra es una 
saeta que tengo clavada en el pecho, y me 
las vov sacando una a una. Tu frac^iso u)e 
llenó de júbilo: era la primera vez en la vida 
que dominaba yo, que imnonía mi volun- 
tad, que vencía. Trabajo me costó no salir 
por las calles riendo á carcaj 'das. ¿Has visto 
alguna vez alegría más triste? con ironía. Pero 
como en el mu u do no ha3' dicba c «mpleta, 
sin duda para que no la sabor- ara a gasto, 
mi Nelilla enfermó. No quieras pen^ar el 
espanto que se apoderó de mi >dma: te juro 
que después de aquello no liay en lo hu- 
mano nada que rae estremezca. Llamarte 
era imposible, y sin embarg > yo sentía que 
iú podías salvar á mi tesoro... ¡Tremenda 
pelea entre mi conciencia y mi corazón!... 
Tremenda... pero breve. La niña enferma... 
moribunda... venció al padre cuandose creía 
más fuerte y poderoso... ¡Pobre José Ra- 
món!... 

GoNZ. Basta ya, basta ya. 

J. Ram. No basta: me quedan saetas todavía. El ta- 
lento y la ciencia que yo te envidiaba, aque- 
llo que me hizo atentar contra tí... aquello 
que yo hubiera querido arrel)atarte, me de- 
volvió lo único que sentiría que me quita- 
ran: mi Nela. ¿Imaginas castigo mayor? No 
trabes tú, no sabe nadie lo que es mi Nela 
para mí. La de sus ojos es la única luz que 
entra en mi alma, que alumbra mi casa v 
mi vida; su infantil charloteo, la única mú- 
sica que halaga mis oídos; sus mentiras, sus 
cuentos, sus historias, lo único que en el 



— 90 — 

mundo me interesa; las de sus manilas sua- 
ves las únicas caricias que tengo... Ella me 
riñe, me canta, me pega, me divierte, me 
arrulla... For las noches no duerme si yo no 
voy á asustarle el miedo: por las mañanas 
va á besarme h la cama y me despierta 
como un rayo de &o!... Mira todo lo que me 
has devuelto tú en pago de lo que yo te 
hice. Perdóname. 

Silencio. 

GoNZ. Qaien así siente... y sufre... y confiesa, bien 

merece que se olvide su culpa y se le perdo- 
ne... Hacer bien acaso sea más fácil que 
hacer mal, arrepentirse y confesarlo. 

J. Ram. Dios te lo pague. ¡Quién pudiera borrar los 
hechos!... 

GoNz . Abrazándolo. No hay manera de borrarlos más 

que asi. 

J. Kam. Ni aun así se borran. Ese Asilo de niños, 
cuya primera piedra se ha puesto hoy, será 
para mí perpetuamente una acusación y 
una burla. 

GoNZ. Pero será también un consuelo. 

■J. Ram. Verdad, callan un instante. ¿Y Gracia? 

GoNZ. Coi migo hablaba cuando llegaste tú. 

J. Ram. Dime: ¿es cierto lo que se murmura por 
Guad alema? 

GoNz. ¿Qué se murmura? 

J. Ram. Que la quieres. 

GoNz. Es cierto. 

J. Ram. ¡Qué hermosa es tu vida!... ¡qué envidiable! 
¡Cuántas veces me acuerdo, pensando en 
ella, de la primera conversación que tuvi- 
mos cuando yo vine á Guadalema! ¿Te 
acuerdas tú? 

GoNZ. Mucho. 

J. Ram . «I El hijo de Vega el herrero!» ¡Ya le llaman 
á tu padre «el padre de Gonzalo!» ¡Qué or- 
gullo para tí!... ¿Por qué no he tenido yo 
nunca nada de esto? ¿Tú sabes respon- 
derme? 

GoNz. Yo no. 

Sale Gracia por la puerta de la izquierda. 



- 91 — 



ESCENA IX 



DICHOS y GRACIA 



J. Ram. 
Gracia 

(jONZ. 

Graciv 

GONZ. 

J. Ram. 

GoNz. 

Gracia 

GoNZ. 

J. Ram. 



Gracia 
GoNZ. 
J. Ram. 
Gracia 
J. Ram . 



Gracia 

GoNZ. 

J. Ram. 

GoNZ. 

Gracia 
J. Ram. 



¡Gracia! 

Dichosos los ojos... 
Ya pareció. 

Aquí hablamos hecho comidilla de usted. 
Tiene disculpa. Perdónalo tú como yo, por- 
que tiene disculpa. 

Mi Neta... mi niña. . ¿sabe ustedV... ha esta- 
do enfermita... muy grave... Gracias á este... 
Y atendiéndola con mil cuidados primero... 
y distrayéndola después... no ha podido .. 
Nada mas natural. 

Casi casi es la niña quien le ha hecho venir 
á buscarme. 

Cierto, cierto... con emoción vivísima. Gonzalo 
sabe ya lo que mi Neia puede conmigo... El 
me ha perdonado... ¿Usted también me per- 
dona, Gracia? 

También: es claro... Una niña, una hija, 
manda imperiosamente. 
Los niños nos gobiernan ahora: á nosotros, 
á tí... 

¡Y cuánto mejor gobiernan que los hom- 
bres! 

Como que los hombres mejores son los que 
tienen algo de niños. 

Verdad, Gracia, verdad. Siempre que vengo 
aquí, me voy contento. ¡Pero qué diferentes 
alegrías, aquélla... y la de hoy!. . Adiós, Gra- 
cia: adiós, Gonzalo. 
¿Se va usted? 
¿Te vas? 

A buscar á mi Neis: mi dicha. Los dejo á 
ustedes con la suya. 

Adiós. 

Adiós. (|Lejo8 de aquí: muy lejos!...) vase por 

la puerta de la derecha, taciturno y sombrío. 



— 92 — 



ESCENA ULTIMA 



GRACIA y GONZALO, MANOLITA y DON FAUSTINO 



Gracia con amargura. ¿Acertaste? 

GoNZ. Por desdicha, aceité. Yo no he sentido nun- 

ca tristeza más grande... Sólo me a'ivia de 
ella la confesión de mi pobre amigo: esta 
conquista hecha y3or la fuerza del dolor y del 
bien. Quizás no era malo, y su vida lo arras- 
tró á serio La de su hija creo que lo sal- 
vará... 

Gracia No lo dudes: la Nela te devuelve á tu amigo. 

GoNz. Siempre salen de tu boca palabras de con- 

suelo para mi. Olvidetiaos estas batallas pa- 
sajeras y hablemos de nosotros. Mírame, que 
quiero olvidar... 

Gracia Todo me lleva á ser feliz esta tarde. 

GoNz. Ocultemos nuestro cariño, Gracia; escondá- 

moslo en nuestros corazones; que nadie lo 
vea, que nadie lo conozca^ para que nadie 
lo pueda manchar. 

Gracia No temas, Gonzalo: contra este castillo ideal 
que hemos levantado para vivir nosotros, 
nada valen los hombres. 

GoNZ. Pero lo envidiarán también. 

Gracia ¿Y qué importa? El que sepa envidiar esta 
ventura, la merece. 

D. FaUS. Saliendo del jardín con Manolita, muy graves los dos. 

Amigo don Gonzalo. 
GoNz. ¿Don Faustino? 

D. Faus. Acabo de saber por esta señora una cosa que 

ciertamente no esperaba, y que, á decir loda 

la verdad... viendo la turbación de Gonzalo corta 
la broma y se echa á reír. ¡VamoS, hombre, nO 

ponga usted esa cara tan seria! ¡Es la prime- 
ra broma de suegro! ¡Abráceme usted! 

Manolita y Gracia se ríen. 

GoNZ Abrazando á don Faustino, pero protestando contra la 

broma. ¡Don Faustino, por Dios, que me ha 
dejado usted sin gota de sangre! 

Gracia Papá, parece que tienes quince años. 



— 93 — 

D. Fau-;. ¿Pero para qué se callaban ustedes esto, que 
ya sabíamos de memoiia Manolita y yo? 

Man. El desenlace de la comedia acaso se les an- 

toje á ustedes vulgar y sencillo; pero no hay 
que darle vueltas: no tiene otro. 

Gracia Esabsolutamente denuestro gusto. ¿Verdad. 
Gonzalo? 

GoNz. Verdad. 

I). Faus. Vo le encuentro un solo defecto: que se veía 
venir. 

GoNZ. Pues no será porque haya faltado quien qui- 

siera torcer el curso de la corriente que á él 
nos llevaba. Pero sin duda lo que debe ser, 
es, más tarde ó más temprano, a Gracia. Ale- 
grémonos con nuestra dicha, que ha naci- 
do... de querer hacer la de los demás. 



FIN DE LA COMEDIA 



Madrid, Setiembre, 190:; 



OBRBS DE liOS IVIISIVIOS AUTORES 



Esjerlina y amor, jngnete cómico. (2.* edición.) 

Belén, 13, principal, jug-aete cómico. (2.* edición.) 

*rlllto,j aguóte cómico-lirico. Música del maestro Osnna, (2.* edición.) 

I^a media naranja, juguete cómico. (2.* edición.) 

£1 tfo «le la flauta, juguete cómico. (3.* edición.) 

El oiit4» derecho, entremés. (3.* edición.) 

lia reja, comedia en un acto. f4.* edición.) 

l,a buena sombra, sainete en tres cuadros, con música del maes- 
tro Brull. (.6.* edición ) 

El perejfrino, zarzuela cómica en un acto. Música del maestro 
Gómez Zarzuela. (2.* edición.) 

íéH vida Intima, comedia en dos actos. (3.* edición.) 

XtOS borrachos, sainete en cuatro cuadros, con música del maes- 
tro Giménez. (2.* edición.) 

El chi«iuillo, entremés. (6.* edición.) 

£.as casas de cartón, jubete cómico. (2.* edición.) 

El traje de luces, sainete en tres cuadros, con música de los 
maestros Caballero y Hermoso. 

El patio, comedia en dos actos. (4.' edición.) 

El motete, pasillo con música del maestro José Serrano. (2.* edi- 
ción.) 

El estreno, zarzuela cómica en tres cuadros, con música del maes- 
tro Chapí. 

liON <waleotes, comedia en cuatro actos. (3." edición.) Traducida al 
italiano con el titulo de I Galeoti por Giuseppe Paolo Pacchierotti. 

litt pena, drama en dos cuadros. (2.» edición.) Traducida al italiano 
con el mismo titulo por Giuseppe Paolo Pacchierotti. 

Ija azotea, comedia en un acto. 

El K^nero ínfimo, pasillo con música de los maestros Valverde 
(hijo) y Barrera. 

El nido, comedia en dos actos. (2.* edición.) Traducida al catalán coa 
el titulo do Un niií por Joaquín María de Nadtll. 

Ijas flores, comedia en tres actos. (,2." edición.) Traducida al italiano 
con el título de / fiori por Giuseppe Paolo Pacchierotti. 

Eos piropos, entremés. 

£1 flecliaz<». entremés. (2.* edición.^ 

£1 amor en el teatro, capricho literario en cinco cuadros, pro 
logo y ej)ilop;o. 

Abanicos y panderetas tf ¡4 Sevilla en el botijo! humoradi» 
satírica en tres cuadros, con música del maestro Chapi. 



láfk dicha ajena, comedia on tros actos y un prólogo. (2.* edición.) 
Traducida al alemán con el título de Das fremde Gliick por .J. Gusta- 
vo Rulide. 

Pepita Reyes, comedia en dos actos. (2." edición). 

I.>os meritorios, pasillo. 

lia zahori, entremés. 

lia reina mora, saínete en tres cuadros, con música del maestro 
José Serrano. (2." edición.) 

Zarag'atas, saínete en dos cuadros. 

lia za)srala, comedia en cuatro actos. 

lia ca.sa de Carcfa, comedia en tres actos. 

lia contrata, apropósito. 

El amor «|ue pusa, comedia en dos actos. Traducida al italiano 
con el título de Vamore che passa por Gíuseppe Paoio Pacchiorotti. 

El mal de amores, saínete con música del maestro José Serrano. 

El nuevo servidor, humorada. 

Majíiana de sol, paso de comedia. Traducido al alemán con el títu- 
lo do Ein sonniger Morgen por Mary v. Haken. 

Fea y con gracia, pasillo con música del maestro Turína. 

lid aventura de los graleotes, adaptación escénica de un capi- 
tulo del Quijote. 

Lia musa loca, comedia en tres actos. 

lia pitanza, entremés. 

£1 amor en solfa, capricho literario en cuatro cuadros y un pró- 
logo, con música de los maestros Chapí y Serrano. 

lios chorros del oro, entremés. 

Morritos, entremés. 

/Imor á oscuras, paso de comedia. 

lia mala sombra, saínete con música del maestro José Serrano. 

El ^enio aleare, comedia en tres actos. 

El niiio prodigio, comedia en dos actos. 

Nanita, nana... entremés con música del maestro José Serrano. 

lia zancadilla, entremés. 

lia bella liucerito, entremés con música del maestro Saco del 
Valle. 

lia patria chica, zarzuela en un acto, con miísica del maestro 
Chapí. 



Pompas y honores, capricho literario en verso por El diablo co- 

juelo. 
JLa madreclta, novela publicada en El cttento semanal. 



SEIIAFÍN y JOAÍUIN ÁLVAREZ QÜINTlíllO 



Pepiía Revés 



COMEDIA EN DOS ACTOS 



it«j^ 



S A. 



SEaÜNDA EDICIÓN 




SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÍÍOLES 
NúAez d« Balboa, 12 

i©oe 



I*KF»1TA. J«E>"^Je{SI 



Esta obra es propiedad de sus autores, y nadie po- 
drá,, sin su permiso, reimprimirla ni representarla 
en España ni en los países con los cuales se hayan 
celebrado ó se celebren en adelante tratados intema- 
oionitles de propiedad literaria. 

lios autores se reservan el derecho de traducción. 

Los connisionados y representantes de la Sociedad 
de Autores Españoles son los ciii»iargados exclusivamente 
de conceder ó negar el permiso de representación 
del cobro de los derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



PEPITA REYES 



COMEDIA EN DOS ACTOS 



serafín y JOAQUÍN ÁLVAREZ QUINTERO 



Estrenada eu el TEATRO DE LARA el 30 de Enero de 190;í 



SEGUNDA EDICIÓN 



MADRID 

€1. Velasoo, impresor, Marqaés de Santa Ana, 11 

TeícfoHO niimero ¡>1>1 

IBOB 



^QÓicaíoria 



La noche del estreno de Pepita Reyes fué 
aniversario de otro estreno, inolvidable para nos- 
otros; el de Esgrima y Amor, nuestro primer 
ensayo dramático. Quin:e años hizo el )0 de 
Enero. La chiquillería del Instituto de Sevilla fué 
casi todo nuestro público; el éxito de la obra ca- 
lmoso, franco, grande, indiscutible. Aquellos mu- 
chachos que hicieron punto de honrilla estudiantil 
que triunfase nuestra primera tentativa escénica, 
son ya hombres que desparramó la fortuna por el 
mundo entero... Donde quiera que se hallen, ricos 
ó pobres, dichosos ó desgraciados, alegres ó tristes, 
vaya hasta ellos nuestro saludo cariñoso; y á los 
que cayeron ya heridos por la muerte, quizás por 
ser los que más valían, consagremos en esta pági- 
na un recuerdo, como homenaje de nuestro cora- 
zón á tanto noble anhelo desvanecido y á tanta 
esperanza malograda . . . 

De ninguna manera mejor que asi podemos ce- 
lebrar el éxito de esta comedia. 



REPARTO 



PERSONAJES 



ACTORES 



PEPITA REY Kfe Sbta. Domus. 

MORRITOS Sba. Rüiz. 

SEBASTIANA . : Vai.vkede. 

GREGORIA Seta. Alba. 

CLARITA Rodríguez (M.) 

PETRA Castillo. 

NICASIO Sb. RODBIGUKZ. 

VÍCTOR Calle. 

DON LOLO Romea. 

PEDROSA.... SANTiáGO. 

EL MARQUÉS Montenkgeo. 

TET.í:RITA Santiago. 

EL CALLAO Pérez. 

JOLITO Bakeaycoa. 

MESA.... Pacheco. 

PEREGRÍN Cantalapiedea. 

UN MOZO DE CAtÉ Zoerilla. 

UN JOVENZUELO ... Maní. 

UN SEÑORITO Baebeeo. 

UN VECINO Alemán. 

Una tiple, su criada y varios cómicos 



^f^ - . .^¿^tit^-l^gl^.- 



lOi y ift II Hft II Hfe II ^ II a I] ■^H» II » I! ^ ii^ii :^ II Hfe II H^i II -ft iijgs :i jft ina I 



ACTO PRIMERO 



luterior de una portería, en Madrid. Al fondo, la puerta que comu- 
nica con la escalera. A la derecha del actor otra, tapada con ana 
cortina, que conduce á las habitaciones de la portería. A uno y 
otro lado de la puerta del foro una cómoda y una máquina de 
coser; casi en el centro de la escena una camilla, y colocados sin 
orden alguno un maniquí de mujer cou una blusa puesta, un cos- 
turero y varias sillas desiguales. Todo ello modesto, tirando á po- 
bre. Sobre la cómoda, amén de algunos platos y cubiertos, varios 
cachivaches de adorno, uno ó dos cepillos, y un fanal que res- 
guarda del polvo cierto trabajo artístico hecho con almejas y ca- 
racoles. En Ifis paredes un hormiguero de cuadros pequeñitos, 
con fotografías de toda la parentela y marcos de caña ó de junco. 
De ninguna manirá debe faltar el retrato de un Guardia civil. 
Estera de pleita. 

Es por la mañana y en el mes de Octubre. 

ESCfclNA PRIMERA 

MORRITOS y un JíVENZüELO 

Morritos, sentada junto á la camilla, monda patatas y lee el folletín 
de un periódico. Es una chiquilla como de quince años, y de chise 
tan pobre que sirve de criada á los porteros. Su expresión es de 
susto constante: las palizas diarias de su madre y su afíción voraz á 
los folletines han grabado en su rostro el espanto y la alarma. Tiene 
siempre muy abiertos los ojos, como en expectativa de algún suceso 
desagradable. Habla con la pronunciación fuerte y recortada de 
algunas hijas de Madrid. 

Mor. Leyendo con cierta dlflcultod el folletín. «Reinó 

lufígu en toda la estancia un silencio pro- 



_ 8 — 

, fundo. Sólo se oía el chisporroteo de la leña 
en la chimenea, el tictac acompasado del 
reloj y el ruido de algún vehículo que pa- 
saba por los balcones. Dourpin paseaba me- 
ditabundo con los brazos cruzarlos y las 
manos metidas en los bolsillos » ¡Qué boni- 
to es este folletín! «Esperaba que hablase la 
Marquesa, que parecía sumida en gran aba- 
timiento. En el fondo de la pieza, Rodin 
acariciaba el puño del revólver. Algo trági- 
co iba á pasar allí.» Oye pasos dentro y suspende 
la lectura inmediatamente, consagrándose por entero á 
las patatas. 

JOV. Asomándose por la puerta del foro, un si es no es tur- 

bado. Buenos días. 

Mor. Buenos días. 

Jov. Diga usted: ¿vive aquí una tal doña Irene ..? 

Mo < . Segundo derecha; sí, señor. 

Jov. Gracias, vase. 

MoK. Mo hay de qué darla?. ¡Je.-ús qué susto! Creí 

que era el señor Nicasio. ¡ Femprano em- 
piezan hoy las visitas de doña Irene! Pasee 

un médico. Enfrascándose de nuevo en la lectura. 

« — Y bien, Dourpin — dijo al cabo la Mar- 
quesa de Roquefoul:— Juráis no realizar 
vuestro propósito? 

— ¡Ah, señora Marquesa! Eso es imposi- 
ble—contestó Dourpin dando vueltas alre- 
dedor de las paredes. 

— ¡Sois un miserable aventurero! — replicó 
lii Marquesa. — -Ya veo que no amáis á la se- 
ñorita Guillaume. 

Dourpin se llevó una mano ala frente, se 
apretó el corazón con la otra y con la otra 
señaló al cielo. Después se puso lívido. 

Rotlin, á cuyos labios asomaba la sonrisa 
de la cólera, seguía acariciando el puño del 
revólver. ¿Cuáles serian los propósitos de 
aquel hombre infame?... De repente, en la 
pieza inmediata...» ¡\ndá! Siempre se aca- 
ba á lo meior. Se queda una con la curiosi- 
dá... ¡Este tío Rodin es mu perro! Veremos 
mañana la que hace. ¡Qué malitas tripas 
que tiene! 



— 9 — 

ESCENA II 

MORRITOS y PEPITA; al final NICA810 

Pepita viene de la calle, con un lío de costura que deja al llegar. 
Viste humildemente, y trae puestas capa larga y toquilla. Es madri- 
leña, de tipo flno. Con sombrero parecería una señorita; con mantón, 
una chula. Se queda en modista y no vamos perdiendo nada. 

Pep. a un movimiento de Morritos. Soy yo. 

Mok . Hola. ¿Ya estás de vuelta? ¿Qué te pasa que 

vienes tan acelera? 

Pep. Que esto no es vida. Se sienta con cansando y 

tristeza. ¿Y mí padre? 

Mor. Pues calcúlalo: ahí enfrente tomando unas 

tintas. Tienes un padre que es el rey de las 
tintas. 

Pep. ^.V los chicos? 

Mor. Tamhién te lo pues calcular: jugando en el 

arroyo, como siempre. Salen pa la escuela, 
pero UD van nunca. 

Pep. ¿y mi tío don Lolo? 

Mor. Ese anda de paseo, por variar. No quié más 

que sol: paece un gato. 

Pep. ¡Vaya una familia, Morritof^! Sacrifiqúese 

usté y mátese usté á tral)aiar, descuidando 
lo suyo... 

Mor. La tonta eres tú .. 

Pep. Pero ¿ jué quieres que le haga? Si no miro 

yo por mi gente, si me echo el alma á la es- 
palda, como todos, ¡á ver! Mis hermanos son 
chicos para el trahajo; mi padre .. es mi pa- 
dre... ¿Cómo voy yo á decirle ni esto? Mi tío 
don Lolo, no hay que contar con él: en su 
vida ha hecho más que lo que hace ahora... 
Ponte tú en mi caso, y dirae si no arrima- 
rlas el hombro como yo 
Mor . ¿Te pagó la blusa la Indalecia? 

PhP. Ni me la paga. Esa es otra: para cobrar, al- 

gunas veces, es menester el juez de guardia. 
Por supuesto, que no me he venido sin plan- 
tarla dos frescae. Yo tengo mucho' aguante, 



— 10 — 

pero cuando me llega la hora... Lo mejor 
que la he dicho es que el día que le dise- 
quen á su marido la cabeza, me pase recao, 
para ir á verlo. 

Mor. ¡Anda! 

Pep. ¡Pues claro está! Si no puede, que no presu- 

ma. Y si quiere presumir, que pague. He- 
cha un pingo voy j'o, y valgo como siete mi- 
llones más que ella. 

Mor. y lo que tiés que valer toavía. Deja tú que 

entres en el teatro. 

Pep. ¡El teatro... el teatro!... Si no fuera por esa 

ilusión... Pero ¡ay! Morritos, cada vez se la 
van llevando má^s lejos.. 

Mor. Eso lo dices hoy, porque estás de mal tem- 

ple. Tú veras cómo llega el día. ¿No llegó pa 
mí el de salir afuera de mi casa? Y aquello 
sí que era un presidio, Pepita; más que lo es 
el tuyo Mi padrt... bueno, el marido de mi 
madre — no el de ahora; el del año pasao — 
borracho siempre, siempre regañando, la 
pegaba ca paliza á mi madre, que... Mi ma- 
dre, pa de¡rahogar la furia, me agarraba á 
mí y me pegaba ca paliza, que... Y yo, po- 
bre de mí, cogía al gato y le pegaba ca pa- 
liza, que... Un folletín. Y así to el sanio día. 
Y á,la noche, las paces, que era lo que me 
daba más rabia. Kn fin, lú lo ves: yo me 
acuerdo que cuando mi madre me trajo 
aquí pa que aprendiera —no hace un año 
toavia — pesaba yo catorce kilos y una llave: 
y ahora, míram.e, hasta colores voy eclumdo. 

Pep. Animándose y animando ¡i Morritos. PueS deja tU 

que vayas al teatro á llevarme la ropa. ¿Eh, 
MorritoH? 

Mor. jAh!... ¡Mira que eso!... 

Pep. Estaré yo en mi cuarto, ¿sabe!-? como una 

reina... En un cuarto con mucha luz y mu- 
chos espejos... Así he visto yo á más de cua- 
tro... Y vengan autores, y venga el en)pre- 
sario, y vengan periodistas, y todos pen- 
dientes de tí, y todos á decirte cosas... Y yo, 
en esto, que te mando al escenario y te digo: 
Morritos, ves á ver en qué escena están. Y 



- u 

tú que vas y que lo ves, y yo que me des- 
pido deprisa, y que salgo á cantar, y me 
aplauden, y me regalan ramos de los pros- 
cenios, y me suben el sueldo tos les meses... 
y á retratarme tos los días. 

Mor . Ño me lo digas, que me vuelvo loca. Y yo 

te ayudaré á vestir. 

Pep. ¡Claro! Y rae hablarás de usté delinte de la 

gente. 

Mor. ¿De usté, verdá? ¿Y te echaré tos los olores? 

Pep. ¿Qué olores? 

Mor. ¡Anda! ¡Pues así que no huelen bien las del 

teatro! 

Pep. ;,'rú has ido al escenario alguna vez? 

Mor. Una tarde — ¿no te lo he dicho nunca? — fui 

ci«n una vecina, lavandera también como 
mi madre, que tenía do? hijas en el coro. 
¡l.,o que yo me pude reir! JuntfS en un cuar- 
to había lo menos seis mujeres. Llegaron de 
pronto, toas aceleras, y de moros i;ue esta- 
ban vestías, se disfrazaron de niñeras y se 
fueron corriendo, que no se las veían los 
pies. Fué un paso de rii^a. 

Pep. ¡Ay! Si Dios quisiera, Morritrs, si Dios qui- 

siera... 

Mor. Dios quedrá; no seas tonta. ¿Tu maestro no 

está en llevarte? 

Pep. 8ueña con eso; me aprecia mucho. Pero no 

hace más que decirme que tenga calma; 
que todo se andará... Y la caima que él tit- 
ne me consume á mí. 

Mor . Eso es que quiere darte una sorpresa. 

Pep. ¡Ojalá fuera hoy! Yo no he nacido para por- 

tera, Morritos; ni para coser la ropa de na- 
die, ¿e me vienen encima estas cuatro pa- 
redes. Me tira el teatro de una forma, que 
pueño con él... de noche... de día... ¡Mira tú 
que püsar de aquí al escenario! ¡V'amo^!... 
iqué disloquel... Allí no hay más que ale- 
gría, y lujo, y flores, y dinero, y aplausos... 
y mimos... cosas que te ayudan á vivir á 
gusto; uiientras que aquí... aquí ya ves tú 
lo que hay... 

Mor. Bacalao con patatas tos los días. 



— 12 — 

Pep. Cuando pienso en esto, Morritoí=, no rae da 

máfi pena que una 

Mok ¿Cuála? 

Pep. Que sé que me va á costar un disgusto. 

Mok . ¿( uálo? 

Pep. El de Víctor; mi novio. 

Mor. ¿Porque te lleva la contraria? 

Pep. Por eso: porque no quiere que sea del tea- 

tro. Cada vez que hablamos del particular 
se pone por las nubes. Así es que he deter- 
minao de no tocar la cuestión hasta que no 
haya más remedio. Ya cambiará «le parecer. 
Esto del teatro es como el jugar á la lotería, 
que lo critica mucha gente. Pero luego, sí 
te toca el gordo: «chica, has estao buena.» 

Mor y es la verdá. 

Pep. Víctor es muy celopo. No sé qué se le figura 

á él de que salga yo á que todos me vean. 

Mok . Pues le plantas, y en paz, en último caso. 

Pep. ¡Plantarle! Eso se dice así muy fácil. Mh 

quiere con ceguera. Si llega el día, yo le con- 
venceré. 

Moi- . Ysi no se convence, no seas tonta; le plantas. 

Pep . 8í se convence, sí... Me costará llorarle y que 

me llore, pero como media el cariño... En 
mediando el cariño, échate tú á pedir impo- 
sil)les. 

Mor. Eso paece de un drama. 

Pep. Pues ya tú ves que no es mentira. Luego 

dirán... 
MüK. ¿A tí no te gustan lofe dramas? 

Pep. a njí no. 

MüP . A mí sí. Como recordando escenas que ella ha pre- 

senciado. «¡Ah! ¡tú! ¡Madre mía! ¡Hijo míol 

¡Traidor!» Da una cuchillada en la cazuela y clava 

una patata. Está uua con el alma en la boca 
toa la noche 

Pep Mira qué gusto. 

Mor . El Don Juan Tenorio no le pierdo yo ningún 

año. Y despué.? sueño siempre con las ef ta- 
túas... ¡Qué cosa! 

Nuestros padres de ^consumos» 
nuestras bodas acordaron 



porque los cielos €ajuntaron» 
los destinos de los dos... 

Llega Nicaslo por el foro, á tiempo de oír los cuatro 
versos. 

Nic. Morritos, que te la vas á ganar: que en mi 

casa no quiero yo novelerías. 



ESCENA m 

DICHOS; después QBEGORIA 

Mor. Hablaba con la Pepita, señor Nicasio. 

Nic. Con la Pepita ó sin la Pepita, la cuestión es 

hablar. 
Pep. Tampoco va á reventar la chica, padre... 

Siéntase á coser á 1a máquina. Morritos le hoce gestos 
y le saca la lengua á Nicasio cuando este no la ve. 

Nic. Pué que reviente yo antes que ella. ¡Maldi- 

ta sea lal... Tengo una pata al mút?... No 
vuelvo á coger las cartas en la mano. 

Este señor Nicasio, aunque indigno, es padre de Pepita 
Verlo á él, y pensar que á quien sale Pepita es á su 
madre, todo es uno. Viste pantalón de pana y chaque- 
tón, pañuelo de seda al cuello, y gorra. 

Pep. Hasta mañana si Dios quiere. 

Nic. Bueno: ese particular no es de tu distrito 

A Morritos. ¿Ha vcuido alguien"? 
Mor. Un joven na más, preguntando por doña 

Irene, 
Nic. ¿Otro? ¡Mecachis en la doña Irene! Hoy es 

el segundo que pregunta. ¡Qué escándalo! 

Voy á quejarme al azministraiior, pa que la 

eche á la calle. Paco el sereno me ha dicho 

que por la noche es una n meria. ¡Y esta es 

una casa decente, hombre! 

Dentro, hacia la izquierda, óyese á Gregoria gritar 
disputando con otra mujer. Morritos se estremece. 

Mon. ¡Anda! ¡Mi madre! Fluge que trabaja con mucha 

actividad, muerta de miedo. 

GrEG. Mientras Mcasio y Pepita dicen lo que sigue. ¡So bo- 

rracha! ¡So ladrona! ¡Yo no la he dao á usté 
pie pa que se tome esas confianzas;! ¿En qué 



— 14 — 

asqneroeo bodegón hemos comido juntas? 
¡Qu:tese usté de delante, que la ppcupo! ¡8i 
no tiene usté una mala morra, lía sinver- 
güenza! . 

Nic. Tana bien tu madre se trai un dicionario por 

las mañanas... 

Pep. Mándala callar. 

JNic. Desde la puerta del foio. ¡Eh! [Seña Gregoría! 

¡que no hay pa qué escandalizar de e^a ma- 
nera! ¡A ver si nos echamos un punto en la 
boca! 

vrREG . Dentro todavía, pero avanssaudo hacia la puerta del 

foro. ¡La muy marrana!., ¡la muy tía!... ¡la 

muy!... Asomándose á la puerta, con dos talegos 
grandes de ropa. Hola, Nicasio. 

Nic. ¿Sabe usté que gasta usté un lenguaje como 

pa impresionar un cilindro? 
Greg . ¡Mientra» qae no la arranque el moño á la 

tía tarasca!... ¡Siempre me ha de poner el 

cesto de los pifnientoá pa que tropiece! — 

¿Y esa, cómo se porta? 

Morritos tiembla, con los ojos más espantados que de 
costumbre. 

Nic. Así, por lo irediano. 

Greg. ¿Sí, eh? ¡Deje usté que la mate! 

Nic. Deteniéndola. Ni que lo sucñe usté: lo uno es 

lo uno, y lo otro es lo otro. 
Pep. Como que no se porta mal la chica. Tú 

también... 
Grig. ¡Ñola tenga usté lástima, Nicasio; que es 

mu perra; que es mu atravesá; que es mu 

judía!. . jlVIiá si te agarrara ahora mismo!... 

A Morritos, de miedo, se le caen unas cuantas patatas, 

que recoge aterrada. 

Nic. Usté á SU avío, seña Gregoria; que la chica 

corre de mi cuenta. 
Greg. jA ver si me la esbarata usté de un golpe! 

¡Maldita sea la hora que vine al mundo!. . 

¡Entre tos van á acabar conmigo!... sigue su 

camino hacia la derecha, gruñendo siempre, hasta que 
á poco se la oye gritar otra vez en la escalera de la 
casa. 

Pep. ¡Ave María, qué fiera de mujer! 

Nic . Vaya unos concetOÉ: pa una madre. 



— 16 - 

Mor. ¡Anda! Pues aquí hace visitas do cumplido. 

En casa es donde se expresa sin arrodeos. 
Nic. ¿Qué es eso? ¿Vuelta al escándalo? Desde la 

puerta, como antes. ¡Pero, Gregoria!... 

MOK . Marchándose por ¡a puerta de la derecha con sus pa- 

tatas y su folletín. Se mete la mañana en agua. 
Y to esto va á parar en que se sube el vino. 

Manifestando su temor de zurra probable. 

Pep. Déjala, padre; ya se callará. Lo peor algunas 

veces es decirla nada... 
Nic. Mujer, es que esta es una casa decente. 



ESCENA IV 

PEPITA, NICASIO y uu SEÑORITO 
PéP. Cantando á media voz mientras cose. 

Si las mujeres mandasen 

en vez de mandar los hombres... 

Nic. ¿De dónde es eso, tú? 

Pep . De Gigantes y Cabezudos. 

N:c. Ah, sí; es verdá. Aquella que vimos con el 

vale que nos mandó don Ramiro, tu maes- 
tro. 

Pep. La misma; sí, señor. 

Sen. Asomándose á la puerta del foro. BuenOS días. 

Nic. Buenos días. 

Sen Diga usted: ¿una tal doña Irene...? 

Nic. ¡El tercero! 

Sen Gracias. 

Nic. ¡Oiga! 

Sen ¿Qué hay? 

Nic. Que el tercero es usté: que ella vive segun- 

do derecha. 

SeS ¡Ah! Vase. 

Nic. ¡Te digo que me quejo! De hoy no pasa qu« 

le hable á don Lucas. Porque e.sta es una 
casa decente, y no está bien... Y que luego 
el carbonero, que es un sátiro, se me viene á 
mí con epigramas... 



f'EP. 



— 36 — 

Rematando la copla empezada, mientras habla su pa' 
dre. 



Nic. 



...Serían balsas de aceite 
los pueblos y las naciones... 

Para sí. Digo, SÍ afina... El día que esta chi- 
ca debute.,. 



ESCENA V 



PEPITA, NICASIO y PEDROSA. 

feORC. Por el foro. Felicps. 

Nic. Dios guarde á usté. 

Troro. ¿Vive aquí...? 

NlC. Sin dejarlo acabar. SegUodo derecha. 

Pedro. ¿l'ómü? Si me han dicho que es en la por- 
tería... 
I*EP. ¿í'or quién pregunta usté? 

Pedro. Por la señorita... Leyendo eu nn volante que trae 

en la mano. Pepita Reyes. 
Nic. Servidora. Esta es. 

Pep. f'ara lo que usté guste mandar. 

Pedro. Gracias: por muchos años. 
Nic. Pase u-té. 

Pedro. Gracia-... gracias... Pasa el hombre, que es el avi- 

sador de un teatro y que se cae de viejo. Trae puesto 
un hongo que no ha sido siiyo hasta ahora, y una 
capa que es suya hace cuarenta años. VengO COn 

este volante del Teatro Nuevo... 
Pep. ;.Del Teatro Nuevo? 

Pedrc. y de parte del maestro Benítf z. 
Pep. ¿De don Ramiro? ¿Me hace usté el favor? 

Coge el volante y lee. A las tres, libro y música 

de Los fuegos artificiales. Loca de alegría. Papá, 

¿tú oyes? 

NlC. Leyendo también el volante. No comprendo. 

¿Qué e.s? 

Pep . . ¡^"ues que me llaman á ensayarl Digo yo. 

Nic. Pero, ¿á ensayar qué, chica? 

Pep. ¡Lo que sea! ¿A mí qué más me da? ai avi- 

sador. ¿No es verdá usté que es eso? 



— 17 — 



Pedro. 

Pep. 

Nic. 

Pedro. 



Nic. 
Pep. 



Pedro. 



Pep. 
Nic. 
Pedro. 



Pep. 

Nic. 
Pep. 
Pedro. 



Cabalito: eso es. 

¿Lo ves tú, padre? ¡Dame un abrazo! 
iToma los que quieras, hija uiíh! se abrazan 
rebosando júbilo, Usté; píéntese usté, si gusta. 

Obedeciendo, y como si la satisfacción de hija y paire 

fuera cosa propia. Vaya SÍ gu8to... Y yo les ex- 
plicaré á ustedí-s lo que hay. 
Si, hombre, si: despoje usté la incónita. 
¡Ay, yo estoy que salto! a su padre. ¿Querrás 
creer que la Moi ritos y yo hablamos antes 
de una sorpresa así? 

Pues verán untedes: en esta zarzuela de Los 
fuegos artificiales — que será un alboroto ó he 
perdido yo los papeles, y le advierto á us- 
ted que á mí me han salido los dieotes eu 
el teatro, — en esta zarzuela, como digo... 
Saca una cajita de rapé y toma üu polvo. Espera el 
estornudo haciendo gestos, y no viene. Vaya; nO 
quiere romper, vuelta á ios gestos naturales. 

Nada, que tengo que mirar al so!; porque si 
se me queda dentro me duele la cabeza 

Asómase á la puerta dpl foro, mira hacia la izquierda 
y estornuda dos veces, causando el asombro mudo de 
Nicasio y Pepita. En seguida vuelve á sentarse. 

¡lesún! 

De salú sirva. 

Gracias. — Pues en Los fuegos artificiales hay 
un terceto de Luces de bengala, preci( so: se 
repetirá la noche del estreno: lo verán uste- 
des. Il>an á cantarlo laSorianilo, la Rabadi- 
lla y Mariquita Conde; pero Mariquita Con- 
de se va á provincias — ahora sale con esas : 
le va á pesar: no es <]ue yo me alegre, pero 
le va á pesar. — Que quién la sustituye, que 
á quién le echamos mano... que dónde hay 
una niña bonitH... que el maestro Benitez 
pensó en usted. Esia es la historia; ni más 
ni menos. 

¡Ay, qué gusto! ¿Y usté sabe cómo me tengo 
que vestir? 

De luz de bengala, ¿no has oido? 
Ya, ya: pero ¿cómo es el traj^ ? 
Hágase usted cargo: una luz... mientras 
menos sombras, mejor. ¡Je, je, je! 

2 



IS 



Pep. 

Nic. 
Pedro. 



Nic. 
Pedro. 



Pep. 



Pedro. 
Pep. 

Pedro. 



Nic. 
Pedro. 



Eso sí que lo siento, 

;.Ahora te vas á andar con tiqnis-miquis? 
Mire usted, joven: en el teatro, como en to- 
das partes, la que tiene vergüenza, tiene ver- 
güenza. Créame usted á mí, que he echado 
los dientes viendo representar comedias. 
Pero que ni mA ni menos. 
Además, de las niujeres del teatro se habla 
mucho y se murmura mucho... y no hay de 
qué. De más de un señorito sé yo que se las 
echa de sultán y no cata ni esto. ¿Ve usted 
lo que se dice de la Ral)adilla... que i-i fué... 
que si vino?... ¡Pues no es verdad! Pongo la 
cabeza. Es una muchacha modelo. A costa 
suya vive un familión. ¿Ve usted lo que se 
dice de la Castrito... que si tiene ó no tiene 
que ver con ese matador que está de moda, 
y que si patatín, que si patatán?... ¡Pues no 
es verdad tampoco! ¡Qué más quisiera ella! 
Pero si no necesita usté convencerme de eso: 
¿á mí qué me importa lo que el día de ma- 
ñana puedan decir de mí, con tal que yo 
tenga mi conciencia lo mismito que ahora? 
Ese es el tcque. 

Nadie está libre de una mala lengua; ya 
lo pé. 

Pero bueno es qne vaya usted prevenida. A 
mí me saca de tino esta cuestión: no puedo 
remediarlo. Calculen ustedes que todas las 
mujeres de mi familia han comido y comen 
del teatro. 

Si pa iní que es el coro lo que más malea. 
¡Otro error I Las pobres coristas son unas in 
felices casi todas... Hay mucho Tenorio de 
boquilla... ¿A cuántos no se les dice algunas 
veces: Hola, hola, ¿conque Fuhinita y us. 
ted?... y ellos sonríen con cierta malicia, 
como si fuera cosa de clavo pasado?... ¡Pues 
ni agua, señor! A mí mismo, ¿no me dan 
bromas con la Martínez? ¡Pues tam}íoco hay 
nada! ¡Lo puedo jurar por lo más sagrado!... 
Conozco bien el terreno que piso. ¿No ve 
usted que á mi se me han picado los dien- 
tes entre bastidores? Sin ir más lejos, y por 



— 19 — 

lo que hablábamos del coro de señoras: tres 
nietas coristas tengo yo: bueno, pnes dos de 
ellas, solieras del todo las tiene usted; y la 
mayor, Felisa, que está en estado interesan- 
te, ,1o ehtk por la iglesia! ¡Pues no faltaba 
más! Se miente mucho, se miente mucho. . 
Claro que algo hay... Ct)ma digo una cosa 
digo otra... Lo que cuentan de Antoñila Gó- 
mez, por ejemplo: ¡es verdad! Yo no los h^* 
visto, pero es verdad. Lo mismo de la Julia 
Rivas, que ya se ha hecho público: ¡también 
es verdad! ¡Y el oiarido lo sabe! ¡No, si le 
digo á usteti que y» no tengo pelos en la 
lengua! Pero no me to^ue usted á la Costa, 
ni me toque u-ttd á la Martínez, ni me to- 
que usted á la Castrito, ni me toque usted á 
la Rabadilla. 

NiC. No, no; ya entendemos. Y le azvierto á usté 

que yo por mi chica no paso susto. La sale 
mu de adentro el per honra. 

Pedro. Lo celebro en el alma. Levantándose. ¿De ma- 
nera que les he traído á ustedes una buena 
noticia? 

Pep. La mejor que podía usté traerno?. 

Nic. ¡Ah, pa esta! .. Es una afición qne se la 

come. No sé cómo no se ha puerto a bailar. 

Pedk . Pues, hija, yo allí soy el último mono: el 
avisador, y está dicho en una palabra. . Per«» 
si para algo uje necesita. . Ya ve Ui-ted: á lo 
menos sabré aconsejarla... A mi se me han 
caído los dientes en el escenario... Conqu»i 
hasta luego, ¿ehV Servidor de ustedes. Hasta 

luego. Toma otro polvlto, vuelve laego á los visajes 
de antes y .se va estornudando. 

Nk:. Vaya ".isté con Dios, 

Pep. y muchísimas gracias 

Pedro. No 'as merece. Es mi obligación. . Que .sea 
para bien me alegraré, que sí será, porque 
tiene usted muy bonita figura... Ya la estoy 
viendo en el cartel del estreno: « Bengala 1.», 
Señorita Keyes.t Je, je, je... Vaya, vaya, ce- 
lebraré que la aplaudan mucho... Retírase.^ 

PfcP. Desde ia puerta ¡.VÍuchas gracias! 

Nic. ¡Y mande usté lo que se le ocurríi! 



- 20 — 

Pep. ¡Hasta luegol 

Nic. ¡Y ya sabe usté dónde tiene una portería! 

Pkp. ¡y unos amigos! 

Nic. ¿Te parece bien que lo llame y le dé este 

puroV 
Pkp. Ya no; después en el teatro, se apartan de la 

puerta. 



ESCENA VI 

PEPITA y NICASIO; luego MORRITOS 

^ÍC. Abrazando á Pepita, con toda la emoción de que es 

capaz. ¡Pues ven acá tú, hija de mi alma; 
que le proporcionas á tu padre la Síitisfación 
más gian<le que ha tenido desde que tu ma- 
dre se murió! 

Pep. ¡Ay, padre! ¿Se acabará esta vida? 

Nic. ¡Pues qué duda coge! ¡Miá esta!... ¡Y á ver! 

¡á ver qué dice ahora el tarugo de tu novio! 

Pfp. Eso sí que no es de tu distrito. 

Nic. iáí que lo es; aunque tú no lo creas. Porque 

á mí me costa la oposición que te hace... y 
en cuanto á eso... 

Pkp. En cuanto á eso, déjame tú á mí que lo arre- 

gle, y no me des el día. ¡Más contenta estoy! 
¡más contenta!... ¡Ahora mismo se lo voy á 
decir á la Morritos, y á la tía Sebastiana, y 
á la seña Gertrudis, y á todo el nmndo! 

Nic. Calma, calma, calma: no nos aturrullemos. 

''p.p. ¡Morritos! 

Nic. 'iu no pues ir al teatro de esa forma. 

Pep. Es verdad. 

Nic. Ni yo de la manera que estoy. ¡Morritos! 

Mor. Saliendo alarmadísima, con un soplillo chamuscado en 

la mano y con cada ojo como una onza. ¿Qué pasar 

¿He hecho algo? 

Nic. Ño, mujer. Esta, con los folletines y la ma- 

dre, siempre está asusta. 

í'ep. ¡La gran noticia, chica! 

Mor. ¿Si? 

Nic. Ahí la tienes, de tiple. 

Mor. ¿Si? 



— -¿1 — 

Ffif . Voy al teatro esta tarde: me llaman para iin 

papel en un » obra nueva. 

Mor . ¿Sí? ¿Ves tú lo que hablábamos? ¿No te dije 

yo que ib:i á salir pronto? Señor Nicaeio, 
¿me deja usté que la acompañe yo? 

Nic. ¿Y quién se queda en la portería? 

Müp . Se queda usté. 

Nic ¿Y'^''' ¿El padre de la eminencia? ¡Kstaría 

bonito! 

MoK . ¡Mecachis! Pero miá tú como to lo que s • 

piensa resulta después. A mí me pasa mu- 
cho. El otro día pensé yo que ú salía me iba 
á coger un eiétrico... 

Pep . Chica, ¿y te cogió? 

MoK . No; porque no salí... Pero si llego á saiir, 

qué sé yo lo que hubiera pasao. 
Se ríeu los tres. Morritos se abraza á Pepita llena de 
alegría, tira el soplillo por alto y rompe á bailar. Pe- 
pita canta. 

Pep. Me dijiste que era fea, 

me pusiste una corona... 

Nic. Che, che, che: que vamos á perder la sesera. 

Formalidaz. Y no contradecirme, Morrito.-. 

MoK . Mande usté. 

Nic. Toma mi reló: te vas y lo empeñüs. ¿Sabes 

ir? 

Pep. ¿a la casa de préstamos? ¡Dormida! 

MoK. ¡Anda! Me pone usté en la puerta e la calle, 

me utopia usté... y como si llevara trole. 

Nic. Bueno, pues me sacas á mí el pantalón rn- 

yao; ese que hace aguas... Y á esta la sacas... 
¿Qué te saca á lí? 

Pep. a mi me sacas la blusa grana y la falda ba- 

jera. ¿Darán bastant^i por el reló? 

MoH. Y sobia. Dan seis duros, por ser pa mí. 

Nic. Pues entonces te trais una docena de paste- 

les. Y to sobre la marcha. Yo voy a afeitar- 
me, á tomar un vermú y á refrciiarle la 
noticia por los morros al señor Vitoriano. 
Hasta ahora, vase. 



— 22 — 

ESCENA VII 

PEPITA, MORRITOS y GREtíORU 

Mor. Dame las papeletas, tú. 

i'sP. Mientras busca las papeletas en la cómoda. Chica, 

estoy que no veo. sacando un puñado de papele- 
tas y repasándolas. ¿Le {)areCe á Uí^té? ¡Esto 68 

mudarle á la casa de préstamos!... 
Mor. ¡Anda! Como que hasta el gato disecao le 

tenemos allí. 
Pep. Colcha... Sábanas... Tenedor... Cuchara,.. 

Traje de niño... Gabán saco... ¿Qué gabán 

es este? 
Mor . Uno de don Lolo. 

l^EP. ¿Cuál? 

Mor. Uno amarillo al sol y verde á la sombra 

¿No te acuerdan? Está en tres reales. 
Pep. Pues no sera prenda de vestir. 

Dentro, hacia la derecha, óyese como antes pelear á 
Gregoria, que se va acercando 

.Mor. [Mi madre que baja! ¡Dame las papeletas 

pronto! 

I'fp. Pantalón... Esta es una. 

^loR. ¡Anda á prisa, mujer! 

Pkp. Si no doy con ellas .. Gemplos. . Cuchara... 

i^'alda de seda... Blusa... Estas son las otras. 
Ahí tienes. 

Mor. Trai acá. Va á salir, á tiempo que se presenta Grego- 

ria en la puerta del foro. ¡Mccachisl 

G'<EG. Dejando en ol suelo un talego de ropa que trae, y que 

luego al marcharse recoge. ¿Adonde VaS tÚ? 

Mor. a un recao de la Pepita. Me ti anda la Pe- 

pita. 

GreG. Cogiéndola por un brazo, sacudiéndola y dándole gol- 

pes y pellizcos. ¡Te manda la Pepita!... ¡te 
manda la Pepita!... 

Pep. Sí, sí, Gregoria, yo la mando. Déjela usté. 

ViOR. ¡Ay! 

Greg. ¡Que la deje!... ¡que la deje!. . ¡Si la voy á 

matar de un golpe! ¡Si ya sé yo que 'te tira 
la calle! ¡Si níe has salió mu ca'.l- jera!... 



— 23 - 

Mor. ¡Ay! ¡ay! 

Pep. ¿Lh quiere usté soltar? 

Greg ¡No quiero! ¡no me <ia la gana! ¡Pa eso es mi 

hija!... Morritos se escapa: su madre corre tras ella 

por la escena. ¡Anda pa alante, golfa! ¡anda 
]ia alante! ¡Si no paro hasta hacerte peazos! 
Pep, ¡Pero Gregoria! 

Greg. Yéudose detrás de Morritos, que va aterrada, sin dejar 

de pegarle. ¡Si te tengo de madurar como una 
breva! ¡Anda pa alante! ¡No te me escapns, 
grandísima arrastra! ¡no te me escapas! 

Pep. Mirándolas ir desde la puerta del foro. DigO, ¿eh? 

¿Y no hay jtislicia que la dé garrote á e?a 
madre? De repente, muy sorprendida. ¡Calla! ¿Es 
V'íctor aquel? ¡Si que es Víctor! ¿A qué ven- 
drá á estas horas? ¡Yo que no lo esperaba 
hasta la noche!... ¿Le digo lo del teatro ó no 
se lo digo?... Se lo debo decir... ¿Si habrá sa 
bido algo y viene por e=o? 

Llega Víctor, contento como unas castañuelas. Viste 
con modestia y siu aliño alguno. Pertenece á esa clase 
social que es como el puente eutre la clase media y el 
pueblo. 



ESCENA VIII 



PEPITA y VlCTOR 

Víctor ¿No me esperabas, eh? 

Pep. ¿Qué vií^ita es estH? 

VÍCTOR Pues que me dijo don Joaquín: ¿quiere usté 
venir conmigo ji verla nueva CiSaV Y fui 
con él. Y así que la vimos, le dije yo: ¿usté 
no tiene más que ver, es verdad? Pues yo 
tengo que ver otra cosa que está aquí muy 
cerca. Con permiso. 

Pep. Bueno, homl)re, bueno. Cómo te gusta sor- 

prenderme. Siéntate. 

VÍCTOR No quiero. ¿Ya me estás mandando? 

Pep. ¡Toma! ¿Quién te va á mandar á tí sico 

yo? 

VÍCTOR En eso dices bien. 

Pep, Óyeme, Víctor: ¿y qué tal es la casa nueva? 



— 24 — 

VÍCTOR Un palacio, chica, un palacio No hay en 
lispaña litografía con mejores talleres. Pero 
no sabes lo más bueno. 

Pep. Tú dirás. 

VÍCTOR Que don Joaquín está conmigo á qué quie- 
res boca, y que pa mí ()ue esta Navidad me 
sube el sueldo. Y como me suba el sueldo 
don Joaquín... 

Pep. ¿Vas á echar coche? 

VÍCTOR Coche, no. f'ero tú y yo el año que viene 
somo-í tres. 

Php. f-íiempre se exagera. 

VÍCTOR Al tiempo. 

Pef . Nadie se alegrará más que yo. 

Víctor E-te cura. 

Pep. ¡Vamos! ¡Ni que lo piení^es! Tú no me quie- 

res á mí lo que yo te quiero. Eso que te 
coste. 

Víctor Te quiero máp... y lo digo menos que tú. 

Pep. Yo Jo digo cuando hace falta. 

Víctor ¿Y hace falta ahora? 

Pep. No te creas que está mal traído. ¿Ves lo pa- 

cíficos que hablamos? Pues quizás que den- 
tro de cinco minutos haya cambiao el aire. 

Víctor ¿A que no? Aunque me llames Liocambole. 

Fijándose en el volante del teatro, que está sobre la 
camilla, y cogiéndolo con naturalidad. ¿Qué CS estO? 

Pep. Si antes lo digo antes lo reparas. Por ahí va 

el agua al molino. 

VÍCTOR Leyendo. «Teatro Nuevo .. Ensayos...» A ver, 
á ver, explica, tú; que con estas cosas no se 
juega. Volviendo á leer. «Señorita Pepita Re- 
yes...» ¿Quieres hablar? 

Pep. Ya te has puesto serio. ¿Qué te dije? 

VÍCTOR Vamos, habla. 

Pep. Pues eso: que tenía que llegar algún día, y 

ya llegó. 

VÍCTOR ¿Cómo? 

Pep. Ni más ni menos: que á las tres y media me 

llaman al ensayo esta tarde. Ahí verás. 

VÍCTOR ¿ Tú quieres que riñamos? 

Pep. Yo no. ¿Y tú? 

VÍCTOR ¿Pero es que te entra por un oído y te sale por 
el otro lo que te he predicao tantas veces? 



— 25 — 

Pep. Ponte en la razón, y comprende que mi por- 

venir está en el teatro. 

VÍCTOR Tu porvenir e.-tá en mi c;isa. 

Pep. En tu casa y en el teatro. ¿Por qué no ha de 

ser en las dos partes? 

VÍCTOR Porque yo no quiero. 

Pep. ¿Ves como íbamos á reñir? Y eso que no té 

he llamao Rocambole. 

Víctor No lo eches á broma, que es peor. 

Pep, ¿Se te fígura á tí que lo echo á bronia? 

VÍCTOR ¡Culdao que estás ciega c(»n el teatro! ¿De 
cuándo acá vienes preparándome este gol- 
pe, niña? 

Pkp. Ha sido una casualidad. 

Víctor ¡Sí! 

Pep. Por la gloria de mi madre, que no lo espe- 

raba. ¡Pero lo estaba deseando! De antiguo 
io sabes. 

Víctor Y tú también que no me gusta. 

Pep. Un capricho tuyo. 

VíciOR Caprichoó razón, no vas al ensayo esta tarde. 

PfcP. Sí voy, sí. No des vueltas á eso. 

VíciOR ¿Que vas? 

Pep. y debuto muy pronto. 

Víctor ¿ l'an poco valoro para ti? 

PüP. Lo que vales, si no lo sabes, tú lo verás. 

Víctor No será mucho cuando me contrarías. 

Pep. Puede que en eso esté la gracia. ¡Mira que 

sería chusco que yo tirase por la ventana tu 
porvenir y el mío, y mi afición de toda la 
vida, y la tranquilidad de mi gente, porque 
á tí se te haya puesto entre ceja y ceja! 

Víctor ¡Tu gente!... ¡tu gente!... Ahí está el daño. 
¡Que no sean gandules! ¡que trabajen! ¡que 
no quieran vivir á la sopa boba, á costa de 
la niña! 

Pep. Esa es mi cuenta, ¿sabes? 

VlciOR Y como tú eres mía, es mi cuenta también. 

Pep. Pero, Víctor, siempre has de ver las cosas 

por lo más malo. 

Víctor No las veo más que como son. 

Pep. Sólo que al revés que todo el mundo. Claro: 

como en las piedras de la litografía dibujas 
al revés... 



— 26 - 

VÍCTOR Dibujo al revés, precisamente pa que salga 
al derecho. 

Pep. Es que no me convences. Echa aparte la 

ojeriza que tú le tengas á mi gente, y dime 
qué mal hay en que yo siga mi inclinación 
y me haga del teatro. ¡Si me tira desde asi! 

VÍCTOR Desde así te tiro yo también, y á mí no me 
da la gana de que tú diviertas á nadie. ¡!íe 
acabó! ¿Lo quieres más claro? 

PíP. ¡Bueno, pues se acabó! ¿Lo quieres más cla- 

ro tú también? 

VÍCTOR Mira que ahora me voy, y si sé que vas al 
ensayo esta tarde, no vuelvo. 

Pep. Ni que vuelvas ni que no vuelvas, yo voy 

al ensayo. 

VícTüK ¿Te pones asi? 

Pep, Como no atiendes á razones... 

Víctor .Mira que no vuelvo. 

Pep. Allá tú. 

Víctor Adiós, Pepa. 

Pep. Adiós, Víctor. 

Víctor Yéndose. (No va; pero como vaya, no vuel- 
vo.) 

Pep. Con seguridad. Vuelve. 

ESCENA IX 



pepita y DON LOLO; al final NIC ASIÓ 

Pep. Esta tormenta sabía yo que tenía que des- 

cargar. Ya pasará la nube; ya se convencerá 
de que está alucinao cuando me vea subir y 
subir... Porque yo subo... Se convencerá; y 
8Í no se convence... Sí; sí se convencerá... 
Pausa. Suspira, y como para distraer sus pensamien- 
tos, recoge y ordena la costura con cierto desdén, y 
pone después la mesa para el almuerzo. Por el foro 
aparece el ya citado don Lolo, que requiere punto y 
aparte. 

Es bastante viejo, pero retocado y con pretensiones. 
Viste de americana y hongo, y usa piel al cuello y pu- 
ños de goma. La ropa la llera transparente de puro 
raída y cepillada. El hongo es prehistórico. Las botas 
muy viejas, pero brillantes como espejos. Al brazo trae 



un gabán de entretiempo, mostranlo la única parte 
del forro que no está rota. Viene haciendo molinetes 
con el bastón, y cantando un trozo de una zarzuela 
de su tiempo. 

D. Loi.o Tranquila está la tenta, 

no se oye ni un mosquito... 

PtP. Eso 68 lo que tiene la venta; lo tranquila 

que está... 

I). LoLO H )la, pitusa. ¡Qué día, chica, qué día!... 
Este otoño de Madrid es una primavera an- 
daluza. Bueno; hoy se conoce que allá arri- 
ba están de gaudeamus y el sol ha tomado 
unas copas; sí, porque nunca lo he visto más 
alegre. Quítase el hongo, la piel y los puños de goma, 
y los cuelga de distintos clavos que hay en la pared, 
i.uego se dedica á cepillarse de arriba abajo mientras 
habla con Pepita, que recoge la costura y pone la mesa. 
¡Qué falta me e.-tá haciendo un sombreio!... 
Este pobre ya no puede con más café. 

P-p. Anoche viniste cuando clareaba, don Lolo. 

D. LoL') No tanto, sobrina: me recogí, tarde, pero no 
tanto. Estuve en el Real, viendo salir al pú- 
blico. Era función de gala, y yo no podía 
perder eso. ¡Chica, qué mujeres! ¡qué lujo! 
Me trans}ioilé á mis bueno- tiempos. Salu- 
dé á la Infanta; pero me parece que no me 
vio. 

Pep. Don Lolo, tú siempre estás hablando de tus 

buenos tiempos, y á mí me da el corazón 
que son las ganas. Mientes lo que puedes. 

D. Loi.o f;Por lo de la Infanta lo dices? Pues no eches 
en saco roto que me estima y que rae ha 
concedi<lo varias audiencias. Pronto serán 
sus días, y no seré yo quien deje de firmar 
en el Albnm. 

Pep. Sí; porque si nota la falta se va á picar. 

¿Ecüaste al correo la carta que te di? 

\). Lolo No, chica; no he estado de humor. Y he ])a- 
sado por veintitiés estancos lo menos. Pero 
basta que lleven en sí las coí-aa sombra de 
obligación, para que n)¡ libre voluntad las 
rechace. Soy el soberano de mí mismo. 



— 28 — 

Pep. Lo que eres un soberano vago. En tu vida 

has hecho más que pasearte, Don Lolo. Mi 
tía Remedios siempre lo decía: ese no mori- 
rá de la cabeza. 

D. Lolo Es que mi mujer era muy guasona, como 
bujsna andaluzn. Pero ya trabajo, ya. ¿8e te 
figura poco trabajo el de vivir? Pues añade 
á ese, el de vivir sin dos pesetas. 

Pep. ¿'Xdónde has ido esta mañana? 

D. Lolo ¡Uh!... No me he dado punto de reposo. He 
visto la p.'trada en Palacio, que me gusta 
mucho; he oido media misa en San Fran- 
cisco el Grande; y en Las Calalravas el res- 
to; he vif-to entarugar lacalle del Barquillo — 
jqiié mal lo hacen! — he visto regar la del 
(Saúco, hoy Prim — por cierto que lo enchar- 
can todo y voy á tener que comprarme unos 
chanclos de goma; — he mediado en Recole- 
tos en una dis[>uta entre un golfo y un guar- 
dia — tenía razón el golfo; — he visto pasar 
por el Prado el batallón de Cazadores de 

Madrid... Tararea marchando con cierta marcialiiiad 

cualquier paso doble. Ta ta chin, ta ta ta chin 
na... Y por último, he visto una boda de e?as 
de café popular, en la que la novia era más 
fea que el novio; como siempre... ¡Con que 
si te parece que he perdido la mañana!. ., 

Cantando. 

¡Qué hermosa es la vida 
que el cielo nos dio!... 

Pep. Don Lolo, estás más loco que un cohete. 

D. Lolo ¡Ah! Otra cosa que he visto: me dejaba en el 
tintero lo principal. He visto á tu novio ca- 
lle arriba, corriendo como perseguido y con 
cara. Jeroche. 

Pep. Salía de aquí. 

D. Lglo ;.Hola? ¿Es que ha habido borrasca? 

Pep. Un poco. Para no aburrirnos. 

D. LolO No hagas caso. Es ley del amor. El sol se 
pone, paja volver con cara risueña al otn» 
día... Te advierto que el sol y yo nos tu- 
teamos. 



— 2;» ~ 

Pep. No; f-i lo fie Víctor de hoy no tiene funda- 

mento... 

D. LoLo ¡Es que aunque lo tuviera! ¿Quién se apura 
por un amor á tu edad y con ese palmito? 

Cantando otra vez. 

Tan, tan, niña, á tu puerta 
llamando amor está. . 

Pep. y que es una sinrazón lo que le ha puesto 

así. Estoy aquí como una boba y todavía no 
te lo he dicho. 

D. Í>CL0 ¿Qué es ello? 

Pep. ¡i^)ca cosa! Que he tenido un aviso del tea- 

tro, y que e^ta tarde ensayo por primera vez. 

D. LoLO ¡Chicíi! ¡chica! ¡Has debido recilúrme con 
esa nueva! ¡Déjame que te estrnj*-! La abra- 
za. ¿Kn dónde está el sinvergüenza de tu 
padrt? 

^IC. Presentándose oportunamente, con una botella de anis 

escarchado en la mano. ¿Ha vcnido ya el sin- 
vergüenza de don Lolo? 



ESCENA X 

DICHOS; luego MORRITOS 

D. Loí.o ¡Ven acá, chico, ven acá! ¡Acaba esta de 
darme la aran noticia! se abrazan. 

Nic. ¿Y qué dices tú? 

D. Lolo ¡Que estamos de buenas! 

Kic. Pues lo mejor de to es lo sin pensar de la 

cosa. 

D. Lolo ¿Qué traes ahí? 

Nic. Anís escarchao. Un oseqnio de mi compadre 

Orosio El honjbre se ha alegrao de corazón. 

D. Lolo Recreándose en la botella. ¡Es buenol ¡eS bueno! 

Nic. ¿Orosio? Un alma e Dios. 

D. Loi o Digo el anís. 

Nic. El anís es mejor que Orosio. siguen hablando 

bajo. 
Mor. Por el foro, con dos ó tres líos y una bandejita de 



— 30 — 

cañón con pasteles envuelta en un papel. AqUÍ es- 
toy ya. 

Pep. ¿liO traes todo? 

WoK. Todo. Verás la cuenta; á real por duro. E' 

pantalón estaba en Febrero. Febrero uno 
Marzo dos... 

Pkp. Ven, ven allá dentro, que habrá que poner 

al airo las tres cosas, ¿tísto qué es? 

M )R. Los pasteles. 

Pfc.p. ¿Una docena? 

Mdr. Relamiéndose todavía. Vienen once na más... 

P'irque se me ha perdido uno en la calle. 

Pei'. ¿y te relames, ehV 

Mor. Como es un pa.stel lo que se me ha perdido . 

ca vez que me acuerdo... 

Pep. Buena pieza estás tú. Anda, anda... 

Nic. Pero ¿se almuerza ó qué? 

Pep. Ahora mismo. Podéis sentaros. Entrase por la 

puerta de la derecha. Morritos va á seguirla y se detie- 
ne un instante. 

Mor. Señor Nicasio... así que se concluya el anís, 

me da u-té la botella con el azúcar, ¿sabe 
usté? porque yo la echo agua... y sale otia 
botella... Más flojo, pero otra botella. 

Nic. Está bien, mujer, está bien... 

D. LoLO ¿Y cuando se acabe la segunda? 

Mor. Se tira el casco; porque entonces ya no que- 

da más que el arbolito. 

Pfp. ¡Morritos! ¿vienes? 

Mor. ¡Voy! Entrase por la misma puerta que Pepita. 



ESCENA XI 

NICASIO, DON LOLO y PETRA 

D. LoLO Chico, ¿sabes que si la Pepita pega es un gol- 
pe de suerte? 

Nic. ¿La Pepita? La Pepita es una mina. Si á mí 

me lo ha dicho el maestro: la Pepita á la 
vuelta e dos años, es tiple de dié duros. El 
maestro, de ti para mi, pué que venga bus- 
cando otra cosa... ¿tú me comprendes?... 

D. LoLO Lo eterno; sí... La bestia humana. 



— 31 -- 

Nic. La bestia; eso es. Pero lo que yo le digo á la 

chica: déjate tú querer, que aquí eftoy yo 
con el ojo abierto y la estaca en la mano. 

D. LoLo ¡Admirable! Es todo un programa. Descor- 
cha el anis. 

Nic. Toma un puro pa luego. 

D. LoLO Dios te dé muchos. 

Nic. No, si yo no fumo más que papel. 

D. LoLO ¡Pues por eso! Verás tú este... i^aca del bolsillo 

un fagín de un cigarro habano y se lo pone al que Ni- 
casio le acaba de dar, mientras este destapa la botella. 

¿Eh? ¡Cualquiera dice que es el misujo! D- 
ilusiones vive el hombre... 

PeTR.\ Asomándose a la puerta del foro. Es la criada más 

bonita del barrio ¿Me hace usté el favor de mi 
llave, señor Nicasio? 
Nic. ¿Dónde la ha puesto la Pepita, sabes tú? 

Petra Entrando, y eogióndola de la pared, donde está colga- 

da de un clavo. Ksla es. 

D. LoLo Galante. ¿La Cambia usted por la de mi co- 
razón, ilustre fregona? 

Petra La de su corazón de usté no le sirve á mi 

puerta. 

D. LoLo ^iQuién se lo ha dicho á usted? 

Pk: ra Poique es de otro sistema más antiguo. 

I>. LoLO Antiguo y todo, la llevo á ust d á cenará 
la Bombilla cuando se l¡i antoje. 

Peí k.\ ¿Sí, eh? Pos esta tarde. Las co-as en caliente. 

D, L'>L') Convenido. A las tres y media tiene u-t'^d 
á Ih puerta un carruaje con dos caballo?. 
Elija usted pelo. 

Peira Prefiero un automóvil. Anda más y m^te 

más ruido. Ahur, señor Nicasio. Cuide usié 
á su cuñao, que no está bueno, vase. 

Nic. Adiós, chica. 

D. Loi.O Gritándole desde la puerta. '¡Su nOVio de USted 

va á vivir muy poco! 

Peik\ Gritando también, dentro. ¡Ya irá al entierro de 

usté, ya! 

Nic ¡Pero cuidao, don Lolo, que eres fantasmón! 

D. í-OLo Genio y figura. . El t?ol y las mujeres, chi- 
co... No hay más. Digo, si: el anís. Echó- 
me una COpita. Beben ambos, á tiempo que llega 
Sebastiana. 



— 32 — 

ESCENA XII 

NICASIO, DON LOLO y SEBASTIANA 
Seb. Por el foro, loca de alegría. ¿Ande está? ¿ando 

está eza muchacha, que le vi á dá un bezo? 
¡Ya quizo Dios! ¡ya quizo Dios! 

Esta Sebastiana es una andaluza que tuvo buen Abril, 
pero que está en Noviembre. Viste con i>obreza; trae 
una toquilla nada flamante y un mantón de estos que 
llaman las chulas «alfombraos». 

Nic. ¡Hola, Bastiaiía! 

D. LoLo Dios te guarde. 

ÍSeb. a Nicasio. Por zupuesto, eres er bigardón de 

de máá zuerte que he conozío... ¿Ande está 

mi zobrina? 
Nic. ¿Pero te han dicho la novedaz que hay? 

Seb. Orozio er de la tienda. Vengo loca, loca... 

No behérzelo to: darme una copita. se la dan 

y bebe mientras sigue el diálogo. ¿TÚ Zilbes lo que 

es conzegui en un Madri debuta en un tea- 
tro? ¿Vú zabes laz ardabas que zon precizas? 
— Es bueno este aguardiente, oye. 

Nic. ¿Quieres agua? 

Seb. No: no me gusta mezcla.— Pos zí, hijo, zl: 

me ha fartao poco pa ecliarme á yorá de 
alegría... Porque Pepita va ayi, y azi que la 
vean, y azi que la oigan, con eza voz tan re- 
precioza que tiene, ¡cinco duros e zuerdo, 
hombrel ¡Me corto la cabeza zi no ze los dan! 
¡Ay, Jezús, Jezús! ¡qué farta nos estaba ha- 
ciendo á tos un gorpecito e fortuna como 
estel... Porque mia que yevamos una cru- 
jía... 

D. LoLo ¿Y tu chico? 

Seb. No me hablen, don Lolo: fritito está el hijo 

e mi zangre; dezesperao. Aqueyo no es caza. 
Bardomero y zu mujé, como nos tienen re- 
cogíos poco menos que de limosn.M, abuzan, 
¿zabes? Y to ze güerven indirertas... y mo- 



— 33 — 

tes... y puyas... y mole... y mole... y mole... 
y ni mi niño ni yo zomos café en grano. 

D. LoLO Con aplomo que indigna. ¿Y por qué no traba- 
ja tu uiñoV Vaiiios á ver. 

Seb. l-^ipo, Xicazio; ¿te paece? Miá er que habla; 

y trabaja menos que un cuadro. Ze le va á 
dormí to er cuerpo de no hace na. 

Nic. ¡Pero qué desahogo tienes, don Lolo! Eres 

el primer cívico. 

D. Lolo Ah, pero ¿es que vosotros creéis que yo no 
hago nada? 

Seb. No haces más que hurto. — Lo que le paza 

á mi pobrt^cito Jozé es que ez un chiquiyo, 
y está en la edá de divettirze. Zeñó, zi tiene 
veinticinco años, ¿qué le vamos á pedí á la 
criatura? ¿No digo hieií? ¿No es razonable lo 
que digu? Pos vele tú con esto á Bardomero. 
Él otro día ze liaron de palabras y en na 
estuvo que acabaran á gorpes. ¿Y to por qué? 
Porque ar pobrecito e mi vía le gu^ta recoger- 
ze por las mañanas cazi toas las noches. 
Zeñó, ¡zi está en la edá!... Zi no la corre aho- 
ra, ¿cuándo la va á corre? Pero eze Bardo- 
mero ez atroz. Ze le ha cuadrao, y le ha di- 
cho: En mi caza, er que no haya venío á la 
una, ze quea en la caye. Y en la caye ze 
quea toas las noches el hijo e mi arma. Ya 
ves tú qué dijusto pa una madre. Y zin 
capa, porque la empeñó el otro día. 

Nic. Baldomcro ha sido siempre un reacionario. 

¡¿EB. Veiás, verás tú... Zi esto es comenzá y no 

acaba... — Dame otra copita, que no me ha 
zentao malamente. 

Nic. Sirviéndola, ¿l'aece que te aplicas? 

Seb. No, pos no me entuziasma tan durce. Me 

gusta más er de Chinchón. 

D. Lolo ¡K1 de Chinchónl ¡el de Chinchón! ¡El que 
se presente! 

Seb. Déjame zeguí. Er domingo... er domingo 

hubo toros... Bueno, lo que hizo mi Jozé no 
estuvo bien hecho: á mí la pazión de madre 
no me ciega. Er pobrecito cogió una cucha- 
ra y la vendió, pa di á la corría... Zeñó, ¡zi 
tiene veinticinco años! Excuzo referirte la 



— Se- 
que ze armó á cuenta e la cuchara... La gen- 
te no ze pone en las cozas, ¿zabes? Como er 
tema que traen los dos, la mujé y er marío, 
porque ar chiquiyo le hace gracia la cocine- 
ra, y á la cocinera— no es pazión de madre 
— le hace gracia er chiquiyo... ¿Qué mal hay 
en esto, vamos á vé? Pos antinoche me pu- 
zieron la cabeza azi h cuenta de que dicen 
que lo cogieron dándole un abrazo. Zeñó, 
|zi está en la edá! Pero, na; ze empeñan en 
no verlo. Yo quiziera que Dios les diera es- 
tas luces que á mí me ha dao, pa mira las 
cozas como zon y no apazionarze. ¿No es 
verdá, Nicazio? ¿Don Lolo, no es verdá? 

Nic. Ni que df^cir tiene. Te sobra la razón por la 

raya del pelo. Pero, déjate estar, que el mun- 
do da muchas vueltas, y basta que tú seas 
la única hermana que vive de mi pobrecita 
mujer que esté en gloria y de la de este, pa 
que yo, ei prospero con esto de la chica, te 
dé un repaso. 

Seb. ¡Ay, Nicazio, hijo, qué bueno has zío ziem- 

pre pa mí! 

Nic. Te vendrás á vivir á casa, y serás quien la 

lleve al teatro, y quien la acompañe á toas 
horas. Porque pa eso sois que ni pintas las 
mujeres. 

Seb. y á vé zi conzeguimos que mi pobrecito 

Jozé meta la cabeza en arguna parte. 

Nic. En la taquilla. 

D. Lolo Yo pu^^de que me asigne un cargo honorífi- 
co: vigilar el coro. 

Nic. Don Lolo siempre matándose á trabajar. 

D. Lolo Adiós, tú. Este no se ve la joroba. 

Seb. No me hables de jorobas por tu zalú, que 

un jorobao quié empapela ahora á mi po- 
brecito Jozé. Le firmó un documento por 
zacarle unas pezetiyas pa zus gastos, y no 
ha podio devorverle na; y er tío mal arma, 
que con zombreroy to paece una rinconera, 
lo ha amenazao con meterlo prezo. ¿Te pae- 
ce á tí, qué trago pa una madre? 

D. Lolo ¡Déjalo que lo prendan, mujer! 

Seb. ¡Don Lolo! 



— 85 ^ 

D. LoLo ¡Si está en la edad! 

Pep . Cantando, dentro. 

Yo no tengo ofisio; 
naide me enseñó... 

Nic. ¡Callar! [La Pepita cantando!... 

Skb. Ez lina alondra. 

D. LüLO ¿De dónde es eso? 
Nlc. Calla. 

La oyen en silencio, y como siguiendo el canto con 

gestos y ademanes. 

Peí'. . .Vivo cantando como golondrina, 

como ruiseñó... 
Darme un ochavito, 
tengan caria, 
que hoy no he prohao ni gotita e agua 
ni cachito e pan... 

Casi con la última frase del canto sale Pepita. 



ESCENA XIII 

DICHOS, PEPITA; luego MORRITOS y un VECINO 

Nic. ¡Una mina! ¡una naina! 

Seb . ¡Hija de mi zangre! ¡ven acá! ¡que te coma 

á bezos! 
Pep. ¡Hola, lía! 

^EB ¡Hija de mi corazón, qué garganta tienes! 

¡Dios te bendiga! Afligiéndose y contagiándolos á 

todos. ¡Ay, lo que disfrutaría contigo mi pn- 
brecita hermana! ¡No lo quiero penzá... no 
lo quiero penzá! Tenía delirio por zu hija... 
— Nicazio, échame ahí un deíto... Nicasio obe- 
dece. ¡Ay, Jezús! ¡qué roñozo! Me haz echao 
er meñique. 
Nic. ¡Como no es de Chinchón, que es el que te 

agrada!... 

Mor. Saliendo con una cazuela humeante llena de patatas 

con bacalao, que pone en medio de la mesa, iil al- 
muerzo. 



— 36 — 

Nic. Ea, pues á almorzar, á almorzar, que hoy 

es día de satisfaciones pa tos. 
Í^KP. ^.Uí"té ha almorzado, tlaV 

Seb. Zí, hija, zí; muchas gracias. 

Se sientnn en torno de la camilla Pepita, Morritos, Ni- 
casio y Don Lolo. Sebastiana se sienta aparte. 

Nic. ¿Hay café? 

JPep. Anoche sobró. 

Mor. Sí, pero lo ha gastao don Lolo esta mañana 

en darle á su sombrero, que va á coger una 

enritación. 

Todos se ríen. 

Pep. Como que el sombrero es lo único de sus 

tiempos que le queda á don Lolo. 

Vuelven á reírse. Sebastiana se levanta celebrándole 
la gracia á Pepita, y la achucha y la besa. 

Seb. ¡Hija de mi vía, qué gracia tiene! ¡Es mu 

chula, mu chula! — Don Lolo, porme ahí 
unas gotiyaspa enjuaga la copa. 

D . Lolo Obedeciéndola y cantando. 

Mirad cómo chispea 
la espuma del licor... 

Pep. Efo también es del tiempo del hongo. 

Nuevas risas de todos los presentes, que en tal momento 
no se cambian por nadie. 
V EC. Pasando por el foro, de derecha á izquierda. BuenaS 

tardes. 
Nic. ¡Buenas tardes! Gritando. ¿Usté gusta, ami- 

go? 

VeC. Desde dentro, gritando también. ¡GraciaS; que 

aproveche! 
Nic. ¿Trajiste los pasteles, Morritos? 

Mor. Relamiéndose de nuevo. DicZ hc traído, SÍ, SC- 

ñor. 
Nic. Pues á almorzar ahora en santa paz... que un 

día es un día... y hoy hay que estar conten- 
tos... y luego al teatro... y Dios dirá... y viva 
la Pepa... y vamos alante... y alegrémonos 
de haber nacido... porque á eSo estamos... y 
detrás del domingo sigue el lunes... y el que 
venga detrás que arree... y así es el mundo... 
y no hemos de perfecionarlo nosotros... y 



— 37 — 

no digo máp... que bastante he dicho... y 
vamos viviendo... y ole, morena... 

Comen todos. Sebastiana se relame y pide otra copa. 
Durante las elocuentísimas palabras do Kicasio va ca- 
yendo muy lentamente el telón, de suerte que pronan* 
cíe las últimas á telón corrido. 



FIN DEL ACTO PRIMERO 






ACTO SEGUNDO 



Interior del cuarto de Pepita Reyes en un teatro de Madrid. Al foro, 
la puerta de entrada. A la izquierda del actor una puerta pequeña 
que conduce al cuartito ropero. Ambas tienen cortinas. A la dere- 
cha un tocador grande, oon espejo. A uno y otro lado del tocador 
esterillas con retratos de autores, actores y actrices. Las paredes y 
el techo cubiertos de tela plegada. Sillas, butacas y un sofá de 
tapicería. Un par de sillitas volantes. Alfombra. En el techo un 
globo de luz. 

Es de noche y en el mes de Noviembre. 



ESCENA PRIMERA 

PEPITA. SEBASTIANA, NICA8IO, MESA y un MOZO de café. 

Pepita oculta en el cuarto ropero, vistiéndose; Sebastiana dormita 
sentada en un rincón, á la izquierda, y Nicasio, también sentado, 
toma café de un servicio que tiene ante si en una silla. 

Ha pasado un año del acto primero al segundo. Kicasio y Sebas 
tiana se han elegantizado, en lo que cabe. Nicasio usa hongo, que 
no se quita ni para dormir, y se riza el bigote. 

Mesa Gritando dentro, lejos. ¡Se ha empezado! 

Nic. ¿Sabes que está mu bien el artículo este? 

Alude á un semanario ilustrado que lee. 
PeP. Dentro. ¿Sí? 

Nic. Hace toa la historia de tu carrera. Lo llama 

cUq año de truQfos.> 



— 40 ~ 
Mesa volviendo á gritar, algo más cerca que antes. ¡Se ha 

empezado! 
Nic. ¿Q lieres que te lo lea? 

Pep. Bueno. 

Mesa Eu la puerta del cuarto de Pepita. Pepita, que ha 

empezado. 
Nic. Ya pstá, hombre, ya está. ¿Qué prisa tiene 

esta? 
Pep. Ove una cosa. 

Mesx ¿Es á mi? 

Pep. Asomando la cara por entre las cortinas del ropero. 

¿Se repite el dúo? 
Mesa Y el coro de la jota del segundo cuadro. Te 

sobra tiempo para todo. 
Pep. [Digo! Hasta el tercero .. Retírase. 

NlC . A Mesa, que va á irse. ¿QuicrCS Café? 

Mesa Lo que quiero es el puro que me debes. 

Nic. Vendrá, vendrá; no llores por tan poca cosa. 

Mesa En tono confidencial. ¿Te has entera'.? La Ri- 

veía y Jacinto de n.onos. 
Nic. ¿Lo estás viendo? ¿Qué te dije yo? ¡Si tengo 

una vista!., vase Mesa, riéndose. Bastiaua, ¿te 

apetece café? 

SeB. Abriendo un ojo. ¿Hay gotaS? 

Nic. Si. 

Seb. Pues dame las gotas. 

Nic. Obedeciéndola. Mira que cFto es petróleo Gal. 

Seb. Zi es pa las muelas, hombre, se bebe las gotas 

de un trago y vuelve á dormitar. 

Pep. ¿Lees ef^o ó no lo lees? 

NlC. Ahora voy. Escucha. Disponiéndose á leer en el 

semanario ilustrado. Tu retrato UO ha Salido 

bien: tiene aquí una motita en un muslo 
que no me agrada. 

Pep. Eso es del grabao. 

Nic. Ya lo sé. Atiende, tú. Leyendo. «Un año de 

trunfos.» Este es el rétulo. «Pocas artistas en 
España han hecho una carrera tan rápida y 
brillante como la de nuestra simpática pai- 
sana Pepita Reyes. Y es que ninguna como 
ella reúne á los atrativosde una figura gentil 
y bonita, y deun rostro picaresco y lindo, una 
flesibilidá de talento nada común y una voz 
que la envidiarían los ruiseñores.» Da las 



- 41 — • 

gracias. «Entre la hechicera Bengala del tan- 
go de Los fuegos artificiales, y la gitanilla del 
reciente estreno de Mala puñalá te den, hay 
una no interrumpida serie de vitoriHS. Toda- 
vía recordamos los ama., los «ma... — aquí 
hay una palabra con otra letra que no gé lo 
que es — los amateurs — cuando cambian así 
de letra me echo á temblar — la creación az- 
mirable de este verano, y cómo dijo aquella 
célebre frase de La Mari-Rosa...-» ai mozo do 
café, que asoma eii la puerta del cuarto y que se va eu 
seguida. Vutlvete luego por el servicio, que 
no he terminao. 

Pep. ¿Cómo? 

Nir. No esa tí. Oye. 

Mozo Volviendo á asomarse. ¿Quiere USté algO? 

Nic. No es á tí. 

Pep. ¿Q'»é dices? 

Nic. ¡Ualel ¡que no es á ti! Escucha, 

Mozo Mándeme usté. 

Nic. Pero ¿no te enteras que no es á tí? 

Mozo Ah, bueno; creía... se va. 

Pep. Asomando la cara otra vez. Papá, ¿qué SUCede? 

Nic. El mozo que se pensó que lo llamaba. Un 

qui por quo. 
Pep . tíigue leyendo cfo. se retira. 



ESCENA II 

PEPITA, SEBASTIANA y NICA8I0 



Nic. Leyendo. «...Y cómo dijo aquella célebre frn- 

86 de La Mari-Rosa: — ¡Ay, José de mi arma! 
Ar presiyo que vayas, ar presiyo te seguiré.» 

Pepita suelta una carcalada. ¿De qUé te ríei*? No 

me llama Dios por este camino, ¿verdá? 
€ Nosotros, desde las colunas de nuestro se- 
manario, tenemos la satist'ación de enviarle 
á la bellísima atriz, á la adorable Pepita, 
nuestro aplauso incondicional y calmoso y 
nuestra enhorabuena más entusiasta.» Creo 



— 42 — 

que no pues quejarte. Es un bombo dispa- 
ra tao. 

Pep. Es muy fino ese chico, Y estoy quedando 

mal con él. Ahora mismo le voy á dedicar 
el retrato que me ha pedido, y á escribir lae 
declaraciones íntimas para el periódico. 

Nic. No está mal pensao; por si viene estd noche. 

Yo no he querido tampoco que se lo firma- 
ras hasta ver si él soltaba prenda. Hay que 
tener malicia Pausa. 

Pep. Oye, papá: ¿tú has cogido una carta que ha- 

bía en Contaduría para mi? 

Nic. Turbado. ¿Guándo? ¿Quíén te lo ha dicho? 

Pkp. El avisador. 

Nic. (Voy á tener que romperle una pata.) 

Pep. Me dijo hasta que venia de Zarngoza. 

Nic. ¡Ah, vamos! Esa^ son bromas de la Pérez. 

(Jomo se ha sabido en el teatro que tuviste 
un novio... y que regañás^teis .. y que él se 
fué á Zaragoza. . y to el escándalo que se ar- 
mó... Ni má ni menos. 

Pep. No deja de chocarme; porque ya son dos 

veces... 

Nic. Hasta que tenga que cuadrarme yo. Le hace 

gestos de inteligencia á Sebastiana, que por un milagro 
no está dormida. 

Pep. Cierra la puerta. 

NlC. Obedeciéndola. Ya está. 

Pep. Saliendo en justillo y enaguas, v con un mantón de 

lana celeste puesto en forma de chai. En la mano trae 
un retrato suyo, tintero, pluma y carpeta, y un par de 
números de un periódico ilustrado. Deja el tintero so- 
bre el tocador, se sienta, y apoyándose la carpeta en las 
rodillas se dispone á escribir. Si en este ratO no 

hngo esto, nunca lo voy á hacer. 
Nic. Miá no te costipes. 

Pep. No. 

8eb. ¿Por qué no te vistes der to? 

^'ep. Espero á la Morritos, que se dejó los zapatos 

en casa. 
Séb. ¡También Morritos!... vuelve á dormitar. 

Nic. ¿Qi^ié le vas á poner á ese en el retrato? 

Pep. Cállate ahora. ¡Maldita sea!... Ya me cayó 

un borrón. 



~ 43 — 

Nic. No te apures: tráilo. Esto se quita así. coge 

el retrato, lame el borrón y se lo devuelve á su hija. 

Ahí lo tien*ís. 
Pep. Papá, ¿qué has hecho? 

Nic. ¿Se conoce algo? ¡Pues entonces! 

Pep. Después de escribir eu la fotografía. Mira lo que 

le digo: «Al distinguido escritor don Ma- 
nuel l^iaño: recuerdo de su agradecida ami- 
ga Pepita Reyes.» 

Nic. Está l>ien. 

I'ep. Esto de las declaraciones íntimas sí que es 

azarante. 

Nic. Yo te ditaré: tú verás qué pronto se des- 

pacha. 

Pep. De uno ie los números del periódico ilustrado saca 

una hoja con varias preguntas impresas al margen, 
cuyas respuestas ta escribiendo ella. < Flor qUd 

pretiero.» 

Nic. Eso, allá tú. 

Hep. El clavel. 

Nic. A mí me gusta más el nardo. 

Pep. a mí no. «At)imal que prefiero.» 

Nic. Se me está ocurriendo un epigrama. 

Pep. Dímelo. 

Nic. En sólo pa hombres. 

Pep. ¡Bah! Escribiendo. El perro chiquitín. «Co- 

lor que prefiero.» El celeste. 

Nic. ¡El rosa! 

Pep. ¡Papá, pí prefiero el celeste! «Manjar que 

más me agrada.» 

Nic. ^; .Manjar, tú? 

Pep. Manjar es algo de comer. 

Nic. Entonceá bacalao á la vizcaína. 

Pep. ¡No!... 

Seb. Entre sueños. Pon blzcochos borrachos. 

Pep. Eso no e.-^tá mal. « Mi poeta predilecto.» 

Nic. Epprunceda; no tiene duda. «La desespera- 

ción» y «El arrepentimiento» poruña perra 
grande. 

Pep. Tomándolo de una hoja igual, pero llena ya, que 

viene en el otro número del periódico. Zorrilla. 

Nic. Bueno; ella tú. 

Pep. «.Mi pintor predilecto.» 

Nic. Allá tú, allá tú. 



- 44 — 

Pep. Murillo. 

Nic. Allá tú. 

Pep. Lo estoy copiando de la hoja de la Felisa, 

que se la habrá puesto el Marqués. 

Nic. ¡Ah, vamosl 

Pep. «Hecho histórico que más admiro.» 

Nic. Daoiz y Velarde. 

Pep. Eso es, Daoiz y Velarde. «Personaje históri- 

co que más admiro.» 

Nic. Daoiz y Velarde. 

Pep. ^/Fambién, papá? 

Nic . Y si no pon al Teniente Ruiz. 

Pep. Ese pone Felisa. 

Nic. ¿Estás viendo? 

Pep. «País en que desearía vivir.» 

Seb. ¡En Chinchón! 

Pep. En Madrid, tía. En Madrid. «Lo que consti- 

tuiría mi desgracia.» 

NlC. Suspendiendo un trago de café para contestar en el 

acto. ¡Que Fe me muriera mi papá! 

Pep. ¿Lo pongo? 

Nic. ¡Pues claro! ¡Me parece que mayor desgra- 

cia!... 

Pep. «Cómo quisiera morirme.» 

Nic. Suspendiendo otro trago. ¡Y dale con la mucrtel 

Di que de ninguna de las maneras. 

Pep. De ninguna de las maneras. Y San Se-aca- 

bó. Ahora la firma... y listo. 



ESCENA III 

DICHOS y MOKRITOS 

MoK . Viene jadeante. Se ha adecentado mucho en su nuevo 

cargo de doncella de Pepita, y ha crecido cosa de un 
par de dedos. En la mano trae uno» zapalitos de raso. 

¡Ya estoy aquí! 

Nic. ¿Y qué horas son estas? 

Mor. fceñor Nicasio, es que vi á mi madre por la 

acera de enfrente, y epcapé á correr, y he 
tenido que dar un arrodeo á toa la Plaza de 
la Cebada. Pero en la Puerta del Sol no son 
más que las once. 



— 45 — 

Nic. Bueno, bueno. A vestir áeeta antes que sea 

más tarde. Me voy al ecenario un poco. vase. 
Pep. Saca el vestido, anda. ¿Sabes cuál es? 

Mor. ¡Pues tendría que ver que no lo supiera! En 

tra en el cuartito ropero y sale á poco con el traje de 
Pepita y uta mantilla blanca. £1 traje es de maja de 
principios del siglo pasado. 

Pep. Trae tamltiéu la mantilla de blondas. 

Mor. Dentro ¿Y la peineta? 

Pep. J>a peineta está aquí. 

Mor. Oye. 

Pep. ¿Qué? 

Mor . Saliendo. En el cuarto de la Ramos hay dul- 

ces y fiesta. 

Pep. Pues ¿qué pasa? 

Mor . Que son hoy í^us días. A mí me han dao una 

yema y una copa de anís. ¡Más rico!.. 

Seb. Como movida por resorte.- No me he acordao yo 

«Je felicitarla. Voy á yegarme en un momen- 
to. Zi; poique es de lo más decentito que 
hay en er teatro. . Zi ocurre argo ya zabes 
dónde estoy, se va. 



ESCENA IV 

pepita y MORRITOS; al final NICASIO 

Apenas desaparece Sebastiana cierra Morritos la puer- 
ta del cuarto y principia á hablar sin ton ni son, y 
como con prisa de soltar todo lo que le bulle en e 
cuerpo. 

Mor . He dicho eso del anís pa que se fuera. ¡La 

noticia que te traigo, chica!... 

Ptp. ¿A mi? ¿De qué? 

Mor . Te vas á quedar con tanta boca abierta. Ví- 

tor está en Madrid. 

Pep. ¿Víctor? 

Mor. Como lo oyes. Me le he encontrao... he ha- 

blao con él... me ha dicho que te ha escrito 
tres cartas desde Zaragoza... 

Pep. ¿Tres cartas? 

Mor. Que ya no sufre más... que lleva un año de 

martirio... que quiere verte... que viene á ha- 



— 46 — 

cer las pacesi... que se tiene que casar conti- 
go por encima del señor Nicasio, de tu tía 
Sebastiana, de don Lolo y de todo el mun- 
do... Está más guapo... le ha- creció el bigo- 
te... yo le encuentro más hombre que se 
fué... Se hartó de hacerme preguntas... por 
eso he tardao... Me metió en un café de la 
calle de Toledo... y allí venga hablar... y qué 
vas á tomiar, Morritos... y (]ue tú no te acuer- 
das de él, lo cual que yo le dije que se equi- 
vocaba... y que ha pasao mu malitas no- 
ches por ti, lo cual que debe de í^er verdá, 
porque trai ojeras... y que no le has contes- 
tao á 8US cartas, lo cual que yo le juré que 
tú no las has recebíu... y que le han contao 
que tienes novio, lo cual que yo volví á ju- 
rarle que es mentira... Y aluego salimos .. 
porque se hacía mu tarde... y en na estuvo 
que me pillara un elétrico, lo cual que me 
asustó... y él no me hizo caso... y vuelta á lo 
mismo... y dale con su tema... y que te quie- 
re... y llegamos á la Puerta del Sol... y por 
poco me pilla otro elétricn... y que lo has 
olvidao.. y que te quiere... y que eres una 
mala mujer... y que te quiere... y que va A 
matar á tu padre... y que te quiete .. y que 
ha visto á don Lolo en automóvil... y que se 
ha indinao... y que va á mátalo también... 
y que te quiere... y que te quiere... y que te 
quiere... Y sobre to... me encargó mucho... 
que no te dijera una palabra de na de esto... 

Pep. ¡Ay Morritos! Mira, mira cómo me he que- 

dao. 

Mor. Chica, estás yerta y toa temblando e frío. 

¿Quiés que te vií-ta? 

Pep. ¿Dices que me ha escrito tres cartas? 

Mor. Tres. Desde Zaragoza. ¿Quiés que te vista? 

Pep. ¡Las mismas que ha cogido mi padre!... Se- 

guro. 

Mor . ¿Quiés que te vista? 

Pep. Seguro. Pero ¿por qué harán esas cosas con- 

migo? Va á venir á verme, ¿es verdad? 

MoK . Anda, que estás como la nieve. 

Pep. ¿Verdad que va á venir? 



— 47 — 

Mor . De ese particular no hemos hablao. 

Pep Morritos, no me engañes. 

Mor. Pero tú calcula: te escribe tres cartas y alue- 

go se planta en Madrí pa hacer las paces... 
¡conque no vendrá á ver á la Cibeles! 

Pep. Suspirando y dejándose caer en el sofá. ¡Av!... ¡gra- 

cias á Üios! Déjame que me desahogue, Mo- 
rritos. 

Mor . ¿Vas á llorar ahora? 

Pep. Llorando de alegría. Si las lágrimas sc me sa- 

len, ¿que le voy á hacer? Te advierto que 
desde esta mañana estoy en que me tiene 
que pasMT algo muy bueno... 

Mor. ¿Por qué? 

Pep. ¡Qué sé yo! ¿Quién explica esas cosas? Pero 

¿ves tú? Ya empieza. Hay días que se le 
vanta una como si llevara cascabeles per 
dentro... ¿Con que ahora dice que me quie- 
re?. . ¡Vaya una novedad!... ¿Con que con el 
cariño lejos se pasan malas noches?... ¡Y á 
quién se lo cuenta!... ¿Con que por fin he 
podido yo máx que su orgullito?... ¡.\nda! ]y 
decía que no! Si yo lo pabia de memoria; si 
no es ningún asombro lo que ocurre; si las 
mujeres, en eí*to de esperar, tenemos mucho 
más aguante que los hombre.«... Míralo... ¿no 
lo ves? Yo aquí quieta, callada, en mi sitio, 
en mi puesto, pensando en él por la maña- 
na, por la nocbe, pero sin darle cuenta á na- 
die; todo en mi interior. ¿Que hay fuego por 
dentro? ¡f ues á cerrar puertas y ventanas y 
á achicharrarse una sólita! ¿Quién me lo ha 
conocido?... El, en caml)io, se encastilló en 
su tema; peleamos por él; por él nos separa- 
mos; se marchó á Zaragoza... y en Zaragoza 
habrá hecho locuras, se habrá arrancao los 
pelos, habrá tirao piedras por la calle ante.-* 
que ceder... ¡Si le conozco bien á ese! ¡Pero 
no le ha valido! Ya se lo diré yo: para aca- 
bar asi, como tenía que ser, ¡bien hemos po 
dido ahorrarnos un año de penas! 

Mor. Chica, estoy congela. Tiés más razón que la 

dotrina. Pero no es hora de ponerse triste. 

Pep. ¿Triste yo? ¡Ha bío un desahogo! ¡Puen si 



— 48 — 

estoy más contenta!... ¡más contenta, Morri- 
tos!... ¿Por quién crees tú que yo me cam- 
biaría? 

Mor. ¡Toma! Hasta ver en qué para to, por nadie. 

Pep. En lo que para yo lo sé... Óyeme una cosa. 

Mor. No te oigo na si no te vistes. 

Pep. ]Y es verdad, chica! Ya no me acordaba. 

Anda, pronto; date prisa; no se haga tarde... 

Coge la falda. Morritos la auxilia. Pensando las 
dos más en lo que hablan que en lo que hacen, pónese 
Pepita el vestido de maja y los zapatos en lo que res- 
ta de la escena. Y escúchame lo que iba á de- 
cirte. 

Mor. ¿Qué? 

Pep. Te metió en un café para hablar de mí, ¿no 

es verdad? porque en la calle se le hacía 
que tú no te enterabas. 

Mou. Si. 

Pep. ¿y qué más? 

Mor. Pues que él tomó cerveza, lo cual que me 

chocó, porque estamos en el ivierno. 

Pep. ¿y qué fué lo primero que te dijo?... 

Mor. Ya no me acuerdo yo. 

Pep. Atiende á otra cosa. 

Mor. Mujer, que así no hay forma de vestirte. 

Pep. ¿Estará esta noche en el teatro? 

Mor. Pué ser. 

Pep. No me lo di^as. Mira que como yo salga y 

él esté, no veo más cara que la suya. 

Mor. Mejor pa tí. ¿Qué tenemos con eso? 

Pep. Que á ver si me aturrullo. 

Mor. ¿y qué si te atorrullas? 

Pep. ]Que me la eano! 

Mor. ¿Que te la ganas tú? ¡Con las simpatías que 

tienes en el público!... Vamos, ¿te quiés 
callar? 

Pep. Eso de las simpatías ha de agradarle á él, 

por más que diga .. 

Mor. ¡Se le caira la baba! 

Pep. ¡Ojalá que me aplaudan mucho! 

Mor. ¡Ves y díñelo al de la clá! 

Pep. Ya sé lo habrá dicho mi padre. Y lo que es 

como Víctor esté, las sevillanas del final se 

las dedico. Rompe á bailar, tarareando unas segui- 
dillas. 



— 49 — 

Mor. ¡Chica, te aseguro que asi!... Pepita se rü. 

diéntate y te ponuré lo.=! zapatos; á ver si 

pnras. 
Pep, Pero, ¿tú sabes? ¡Si estoy bailando por fuera 

y por dentro!... continúa tarareando las seguidillas 
y moviendo los pies. 

Mor. ¿Quiés estarte quieta? 

Pep. No. A ver qué haces tú. 

Mor. Callarme y seguir. ¡La pacencia (ine es me- 

nester para ser doncella de una tiple! se ríen 

las dos. 

NlC. Presentándose de improviso y cerrando misteriosamen- 

te la puerta. Con gozo satánico y en voz baja. Lh. es- 
tán arrimando un zumbi á la Pérez, que me 
río yo. ¡Toma eminencias! ¡Esas í-on las ti- 
ples de dié dures! Voy á ver si la meten den- 
tro. Retliase presuroso y ufano. 

Mor. Mh alegro; por fatitesiosa. 

Pep. La peineta y la maiitilla me las pongo yo. 



ESCENA V 

PEPITA, M0RRIT08, CLARITA y DON LOLO; al final el MARQUÉS 

D. LOLO Retocado y hasta elegante, y con el bigote y el pelo 
teñidos de azul, aunque él se figura que de negro. 

Chica, un favor tengo que pedirte. No m • 
lo niegues, porque es cuestión de faldas. 
Entra, Clarita. 

ClaR. Saliendo vestida de charra. AdiÓS, tÚ: buenaS no- 

chei-. 
PfeP. Hola: ¿qué hay? 

D. LoLO Esta verterá perlas por mí. 
Clí»r. Cállate, cur^i. Verás tú, mujer. Tenemos to- 

dns el primer disgusto. 
Pep. ¿y eso? 

Clak Figúrate que han despedido á la Julia. 

Pep. ¿a la Julia? ¿Por qué? 

Clar. Dicen que por fea. Ya ves tú: con seis clii- 

cos que tiene... y el marido que no imce na. 
D. LoLO ¡Lo eterno! ¡Las ahajas y el zángano! ¡Lo 

eterno! ¡Nihil novum sub solé!... 



— 50 — 



Clar. 

D. LoLO 

Pep. 

Clar. 



Pep. 
Clar. 

Mor. 

Pep. 

Clar. 
D. LoLO 

Mor. 

Pep. 
D. LoLo 
Clar. 



D. LoLO 
Marq. 
D. LoLO 
Marq. 
D. LoLO 

Marq. 
D. LoLO 



¿Te quiés callar, golfo? 
^.Así me tratas, reina? 
Bueno: ¿y tú qué querías? 
Pues que le hablaras á la Empresa. Ya sa- 
bes que pidiéndoselo tú, lo hace de coro- 
nilla. 

Pues sí que le hablaré. ¡Vaya! ¡Pobre Julial 
Como si al nacer eligiéramos cara. 
Es lo que digo yo, Y como si en el coro no 
hubiera más que Venus. Sacándome á mí, 
sacando á mi hermana, y sacando á mi pri- 
ma.., ¡á ver lo que queda! ¡Fenómenos! 
(La procesión de los jorobaos sale de noche,) 
Di á la Julia que eso está arreglao: que co- 
rre de mi cuenta. 

Chica, muchas gracias. ¡El alegrón que la 
voy á dar! 

Sobrina, hago mías esas nuevas perlas, Ycui- 
dado que yo intervengo en este asunto por 
mi Dios y mi dama: no por convicción. Yo 
siempre he pensado que lo feo no debe vivir. 
¿Y qué hace u.'-té que no se muere? se ríen 

todos. 

Ahora has e.'^tao bien. 

¡Morritos! ¡Morritos! 

i.a verdá es que tienes poco que agradecerle 

á Dios. Me voy, chica, no me echen multa. 

Y gracias ¿eh? muchísimas gracias. (¡Cómo 

se está estropeando la Pepita!) Vase. 

Don Lolo va á marcharse tras ella, pero se detiene sa- 
ludando al Marqués, que llega 'á tiempo. Ambos extre- 
man la amabilidad, 
¡Mi querido Mar<íués! 
¿Como va, Don Lolo? 
¡Muy bien: para servirle! 
¡Lo celebro mucho!,,. ¡Jeeeeee!... 
¡.Jeeeeee! (¡A mí no me ganas tú á sonrisa!) 
¡Hasta luego! 
¡Adiós! 

Alejándose, cantando. 

Yo soy en la corte de España 
el caballero, 
más pendenciero 
y enredador... 



— 61 — 



ESCENA VI 

PEPITA, MORRITOS y el MARQUÉS; luego TELERTTA, PEREQRÍN. 

y el CALLAO; después JÜLITO y NICASIO, al final MESA, — El MOZO 

del café, que sale uq momento y se va. 

El Marqués es uno de estos señores guapos que les gustan á algu- 
nas mujeres y les molestan á todos los hombres. Lleva impresa en 
el rostro una sonrisa empalagosa y exagerada, que él tiene por el 
•colmo del encanto y la cortesía y que no es sino el sello de su im- 
becilidad Se rasca sin reparo alguno, cruza las piernas según le 
-conviene, se coge los pies á cada paso y se tumba donde quiern á 
su antojo, todo ello con extraordinaria elegancia. El Telerita es nu 
novillero de moda, sin más luces que las de los brillantes que lleva. 
Peregrln un señorito hueco que lo acompaña siempre. El Callao un 
picador de la cuadrilla de Telerita que se pasa la vida justificando el 
mote que le han puesto. Jnlito, por último, un gomosín de diez y 
seis años, harto ya de la miserable existencia. 

MaRQ. Contemplando á Pepita, que aún se acicala ante el to- 

cador. ¡Kncantadoral ¡sig"8tiva! , monísima! 

Pe?. Mirándolo por el espejo. Usté siempre tan fino 

y tan amable, señor Marqué-^. 

MoB. (Lo que es que paece que se va á rajar 

cuando se ríe.) 

Pkp. Un millón de gracias por las violetas. 

Makq. ¿Quiere utted callar, ó reñimos? Esc no vale 
nada... 

Pep. Píira mí, mucho. 

Marq. Me han dicho que hace usted el papelito de 
la Corales en esta obra. 

Pkp. Sí, señor. Como se ha pue">to mala... 

.Marq. ¿Q"é tieíie? 

Pkp. KI marido. ¿Le parece A usté jioco? 

M\RQ, ¡Hola! ¡hola! Trancazo, romo si dijéramos. 
¡Bien, hombre, bien! ¡Mire usted ei es un 
peligr») el casarse! 

Pkp. No crea usté, que él tampoco va mal ser- 

vil lo. 

Marq. ¡Pepita! 

Pe?. ! )onde las daif las toman. 

Marq. En efecto: dice usted bien. Yo, en realidad. 



— 52 — 

siempre he creído que el hombre lleva las 
de perder en el matrimonio. ¡Por eso no aie 
caíio! 

Pep. üo se caf-a usté, porque no ha encontrado 

todavía quien le haga tilín. 

Maeq . ¡Tilín!... ¡tilín!... ¡No tendría que salir de ebte 
cuarto! 

Pep. ¿De veras? 

Marq. Pero crea usted que lo malo no es el tilín... 
tilín... sino el tolón... tolón... ¿Usted me 
com prendí e'? 

Pep Riéndose. ¡De f-obra! 

Marq. ¿8e ríe u^^ted? A todas las mujeres le« cae 

muy en gracia ese chiste. Lo he observado. 

Pep. Pues, sin embargo, y diga usté lo que quie- 

ra, la que pierde cuando se casa es una. 

Marq. No, querida Pepita, no... A ustedes les va 
sienjpre mejor que á nosotros... La prueba 
ebtá en Ihs estadísticas... ¡Se casan muchas 
más mujeres que hombre.^!... 

Pep. ¿Sí? suelta la carcajada. ¡Todos los días apren- 

de una algol 

Mozo Buenas noches. 

Pep. Buenas noches. 

Mozo Con permiso. Coge el servicio de café y se lo lleva. 

Pep. Adiós. 

Maro. ¡Vaya, vaya, vaya con Pepita! 

Mor. Reparando en el Marqués, que se coge una bola con 

las dos manos. (¡A ndál ¡Quié meterse los pies 
en los bolsillos!) 

Tei. Á la puerta del cuarto. Le acompañan Peregri;i y el 

Callao. ¿Z^^ pué pazá? 

Pep. ¡Adelante, Manolo! 

Tel ¿Zigue usté bien, Pepita? 

Pep. Bien, ¿y usté? 

Pere. ,l<qiué tal, Pepita? 

Pep. Perfer-ta mente: muchas gracias. 

Callao Dios guarde á usté, Pepita. Este caiiao estrecha 

la mano de los demás como si estuviera apretando la 
garrocha. Todo personaje á quien salude debe hacerlo 
notar. 

Tel. Zeñó Marqués. . 

Marq. ¿Cómo va?... • 

Peke. ¡Señor Marqués... 



- 53 — 

Makq. ¿Cómo va? 

<Jali.a<) Zeñó Marqués.. 

Marq. ¿Cómo va? 

Mor. (Le-i hace á tos lo mismo.) Vase. 

Pep. ¡Siéntense ustedes. Se sientan todos. Pansa. 

Tel. Gikno; zi es que estaban ustedes hablando 

de argo lezervao, zigan u-tedes. 

P¿p . íSi q ue hablábamos en secret' >, ¿verdad, Mar- 

qué*? 

Makq ; viucho! 

Pep. Tralábamos de un particular que les va á 

h:icer á ustedes la mar de gracia. 

I'eke. ¡Je! 

Tel Venga, venga... 

I E?. Sepan ustedes que me caso. 

¡'•íL. No zerá ezo verdá. 

PüRt. ¡Je! 

^ 1 ARQ ¡Í5Í señor; se casa conmigo! 

CaLL o Riéndose groseramente. ¡Ju, JU, ju! 

Makq. ¿Qué? 

Callao Me ha jeclio usté gracia. 

Tel f,'le quiés cayá, Cayao? Kste bárbaro no za- 

be más que pica toros. — ¿Couque cazarze?... 
Güeno esta, hombre, güe.io está... 

Marq. ¡Para mí no puede estir mas bueno! 

i EL. ¡Cazarze Pepita!... ¡cazarze Pepita!... 

Pep. ¡Sí, señor! ¿Qué hay? 

Tel. ¡Mifte que cuando le diga á usté er cura: es- 

pozo te dov, y no Ziervo!... Rísrs generales. 

Marq. ¡Hombre! ¡hombre! ¡no! ¡E-< |)reci.'^amente al 

revés! 
Tel. Güeno; ¿qué más tiene? Ziervo te doy, y no 

es pozo... ' 

Marq. ¡Magnífico! ¡magnífico! 
Callao ¡Ju, ju, jn! Me ha jeoho gracia oste. 

JULITO Con Nicasio. Buenas noches, saludando á todos, 

Pepita... Manolo... Peregrín... Francisco... 

Marqués... 
Marq. ¿Cómo va? 
Nic. ¡Hola, señor Marqués! 

Marq. ¿Cómo va? 
Nic. A los demíis, ya los he visto á todo». Qnédase 

á la puerta de> cuarto. 

Marq. ¿De dónde se viene, pollito? 



— 64 -~ 

JuLiTO Del Real. 

Marq. ¿Qué dan hoy? 

JuLiTO Walkyria. Una lata. Esta música alerrana 

{•erA sublime, portentosa; pero es una lata. 

Marq. ¿Sabe usted lo que darán mañana, pnra el 
segundo turno? 

Jolito Lohengrw. Otra lata. 

Tel. a prorózito de latas, zeñó Marqués... Que 

zea enhorabuena. 

Marq. ¿A propós to de lata^? 

Fep. Ab, sí; es verdad; que ayer en el Congresa 

batió Uí-té el cobre. 

Tel. Como que le dieron la oreja. 

Pere. ¡Jel 

Nic. Sí que estuvo usté la mar de oportuno. 

Marq. ^.'o... no... lo de ayer no vale la pena... Fué 
una fscaramuza... no dije más que cuatro- 
tonterías .. 

Pep. ¿Nada más? 

Marq. Nada más... Cuatro gansadas... cuatro vacie- 
dades... poca cosa... 

Pfp, Ya sería algo más; sino que Ufté es muy 

modesto. 

Tel. Diga usté que zí; yo he leído que er minis- 

tro ze jartó de pincha en güezo y que tuvie- 
ron que cacarle los manzf)». 

JüLiTo ¡Ese ministro es un latero! 

Callao ¡Ju, jn, ju! 

Tel ¡Cayao! 

Callao Me ha jecho gracia er niño este. 

Pere. ¡Je! 

Por el foro pasan una Tiple y su Criada. La Tiple 
viste un traje andaluz y va cubierta con un chai de 
estambre. 

Nic. A Pepita, al verlas. Oye, tú: ya acabó el segun- 

do cuadro. Ahí va la Gómez. 
Pep. ¿Sí? Con permiso de ustedes. Se levanta y va 

ante el tocador á darse las últimas pinceladas. Llega 
Morritos. 

JuLiTü ¿Sustituye Pepita á la Corales? 

Nic. Sí, señor. Y con tres ensayos, que eso no lo 

hace aquí más que esta. 
JüLiTo ¡Qué lata es la obral Estoy deseando que la 

quiten. 



— 65 — 

Marq, Pollo, pues yo encuentro que en epfe género 
de revistas, es de lo más agradable que t^e 
ha escrito. No tiene sentido común, pero 
eso p;'ra mí es lo de menos... 

Nic. ¡El coro de las cuarenta y nueve provincias 

es precioso! 

Pep. y este per.«onaje que hago \'o, que repre- 

senta á España, dice unos versos muy bo- 
nitos. 

Jolito ¡Calle u^ted, por Dios! 

Marq. Y usted los recitará á maravilla. Claro está 

que no se trata de La vida es sueño, señor; 
¡pero Lope de Vega no ha habido más que 
uno!. . 

Nic. Uno na más. 

TeL. a Pepita, que se da brillo en los labios con un lápiz 

rojo. Oiga usté, Pepita: ¿me deja usté que 

me junte con ezo en los labios? 
Pep. ¿y si se me pega la manera de habhir que 

usté tiene? 
Tel. ¿Es fea, quizá? 

Pep. Imitándolo. A mí no me dijusta, ¿zabe usté? 

pero no me zirve pa la ecena. (Risas.) 
Tel. ¡Jozú! 

Pep. i Jozú i suelta la carcajada. 

Tel. ¿('uándo ze va usté á canzá de zé gracioza? 

Marq. A Pepita le ocurre algo saticí'actorio; no me 

caf)e duda. 
Pep. ¿Por qué? 

Marq. Porque la encuentro á usté esta noche más 

jovial y expansiva que de ordinario. 

Mor. Remedándolo exageradamente. (¡Caramba, hom- 

bre!) 

Pep. Sí que es verdad: estoy contenta, y como no 

tengo por qué hacer disimulo... Además, la 
compañía de ustedes... 

Marq. ¡Huy! ¡Iiuy ¡Imy! ¡hiiy! Eso llega un poco 

tarde, Pepita. Nícrsío arrea de pronto, mirando 
hacia la pared de la derecha. ¿Qué pasa? 

Nic. Aquí al lao, hombre; que se gastan unas 

conversaciones que no puén ser... se asoma á 
la puerta y grita. ¡Higinio! ¡Dile á tu mujer que 
baje la voz; que aquí hay señoras! 

Marq. ¡Que le diga que hay caballeros también. 



— 66 — 



porque del vocabulario de la Gómez pode- 
mos asustarnos todos! 

Nic. Adulando. ¡Señor Marqués, eso ya... eso yR me 

resulta mnguhiolento! 

Marq. a Pepita. Pídale usted á la Empresa que la 
cambie de cuarto 

Pep. Si este es el mejor. Y de vecindad allá se 

van todos. 

Callao coma siempre. ¡Ju, ju, ju! 

Tel. ¿De qué te ríes? 

Callao Me ha jecho gracia Peregrín, que no ha 

abierto el pico en toa la noche. Risas gene- 
rales. 

PeRK Azorado. ¡Je! 

Mesa Asomándose á la puerta del cuarto. A eSCena, Pe- 

pita. 

Pep. Vaya, con permiso. 

Marq, Este Mesa es un criminal: se la lleva á usted 
siempre. 

Pep. Ustedes se quedan en su cuarto, señores. 

.Marq . ¡Oh, no. no, no! ¡ Vamow á batir palmas! ¡Esta 
noche es casi un debut! 

Tel. Zí, zí; vamonos ar público. 

Callao Vamonos. 

Tei . Luego vcrveremos tos á decirle á usté ¡ole! 

Marq . ¡Ole! ¡ole! ¡Me adhiero al ole! 

Jumo Hasta después, Pepita. 

Pef. Adiós á todos. Alorritos, anda. 

Mor . Vamos. Vase con Pepita, llevándose su mantón de 

estambre. 

MAhQ. Hasta ahora, Nicasio. 

Nic. Adiós, señor Marqués: adiós, señores. 

CALL^O Dándole á Peregrin un golpe en la espalda. ¡.Arza pa 

alante, zozo! 
Pere ¡Je! 

Marq. a juiito, ai marcharse. (Me molesta este ganso 

de Telerita.) 

JULITO Al Marqués. (Es UU latero.) 

Tel. Al Callao, al irse también. (Me jace er Marqués 

la misma gracia que er zegundo avizo.) 



— 67 — 
ESCENA VII 

NICASIO, DON LOLO y SEBASTIANA 

Nic. El Marqués y Telerita se las train... l'ero 

aquí estoy yo con el ojo abierto. Me voy al 
ecenario. 

D. LOLO Detenién lolo, en la misma puerta. QuietO aqUÍ. 

Nic. I'ues, ¿qué pas.i? 

D. LoLO Quieto aquí. Ya le he dicho á Sebastiana 

que venga también. 

Nic. ¿Ocurre algún aquel? 

D. LoLO Espera. 

Nic. Me pones en cuidao, don Lolo. 

Seb. Llegando. Aquí me tienes. ¿Qué querías? 

D. LoLO Después de cerrar la puerta del cuarto. S^ntííOS, 

que hay tela cortada. 

Seb. ¿No zerá una mojiganga tuya, Don Lolo? 

D. Lolo 8entaots, digo. ¿Me visteis alguna vez moji- 
ganguero? 

Seb. Vaya que zea. se sientan ios tres. 

D. Lolo Cuando sepáis la novedad, os vais á levan- 
tar de un salto. 

Nic. ¿Entonces pa qué has querío que nos sen- 

temos? 

Seb. Me da er corazón, don Lolo, que tú haz estao 

en er cuarto de la Ramos y haz empin lo 
un poquito. 

I). Lolo Quien ha estado en el cua'-to de la Ramos, 
y ha empinado más de la cuenta, has sido 
tú. Lo qvie yo tengo que deciros es más se- 
rio que todo eso. 

Nic . ¡Pues acaba yai 

L. Lolo Rotrón falta sólo: 

Rotrón esfá aquí. 

Nic, Tratando de irse. ¿Pero se te figura á tí qtie 

estoy yo pa romances? 
1). Lolo Oye. ¿ Tú no sabes quién es Rotrón en el 

caso presente? Pues es Víctor. 
Nic. ¿Víctor? 



Seb. ¿Víctor? 

D. LoLO Víctor. Está en Madrid: le han visto esta 
mañana y me lo han dicho á mí esta no- 
che. Seiuacióu. 

Nic. Don Lolo, ni que me hubieras dao un pas- 

tel de hojaldre, me sienta peor. 

Seb. Eze no viene más que á enreda la tiuita. 

Nic. Ni má ni menos. Y si no, ya habéis leído las 

cartas suyas que yo he intercetao. Toas con 
el mismo cuento: que la chica se retire del 
teatro y que se quié casar con ella. ¡Que se 
quié casar!... ¡Como no se case con la maja 
6 Goya que está frente á la Casa e fieras!... 

Pasea como loco. 

Seb. Dices mu bien, Nicazio. Primero es la obli- 

gación que la devoción. 

Nic. ¡Vamos, quita! ¡Si na más pensarlo rae da 

náuseasl 

Seb. ¡Miá tú deja er teatro! ¡con la f^rtnna que 

eya principia zu carrera!... ¡con er delirio 
que tiene er público por la muchacha, que 
zale y ze ia quién come!... ¿No zería un 
doló? ¿Qué dices tú, don LoloV 

D. LoLü ¿Qué he de decir? Que dehemos oponernos 
á que una vida que pertenece al Arte... ¡al 
Arte!... ¡como quien no dice nadal .'-e sacri- 
fique y se encierre en el prosaico hogar Pro- 
saico, si: hay que tener el valor deconfesarlo. 

Nic. Choca ahí, don Lolo. Esa es la fija. 

D. Lolo cantando. 

Esa es la ñja; 
bebamos más... 

Nic. ¡Calla ahora! 

Seb. y luego, Nicazio, que aquí es precizo ha- 

blarlo to... La pobrecita e mi arma — que azi 
Dios la bendiga como yo lo dezeo — es la 
Providencia e la familia. 

Nic. ¡Pues ahí está, hdmbre, ahí está! ¿Vamos á 

volver tos á la vida de antes porque á ese 
estúpido de Víctor se le antoje? ¿Qué iba á 
ser de mí... que ya no tengo costumbre de 
trabn jar? ¿Qué iba á ser de los dos inocentes 



- 50 - 

chicoF, que empiezan á vivir ahori.? ¿Que 
iba á ser de lialdomero y de su gente, que 
están á expensas nuestras desde la desgra- 
cia que len pasó? 

Sbb. ¿Qi'é iba á zé de esta pobre vieja y de mi 

pobiecito Jozé, que no zabe ganarlo? ¡Hijo 
de uii arúiül ¡Tres días hace que no lo veol 
("ouiO ahora tiene más dineiiyo... 

D. LoLt) Bien, bien, bien: todo eso es m'iy humano, 
muy cierto y muy triste. Pero no vf^le lo que 
vale en el aire una pelusilla, ante una tít^u- 
ra que se le arranca al Arte. ¡Señdres, es que 
hay que ver de?pa' io lo que es el Arte! 

Nic. ¡Que sí, homl)re, que sí! Y además, y efta 

es otra cuestión: á la vuelta de un año que 
hace que riñeron, ¿sabe ese presumido si se 
acuerda mi hija del santo de su nombre? 

StB. ¡Qué ze ha de acoidá! Engoloziná eya con 

zu teatn», no pien¿a más que en las parnias 
der público, y en ponerze bonita, y en que 
le echen muchos gemelos. ¡Zi yo también 
he tenío veinte años! 

Nic. ¡Na, hombre, na: que como vuelva Víctor á 

las andadas y me huigue muclio á mí, de 
un estacazo le abro la sesera! ¡Y se ba ter- 
minao!. Volviendo á pasearse aguadísimo. ¡Pues 
no faltaba más! ¡Maldito sea el mundo! ;Si 
ya me estaba yo temiendo alguna de estas! 

Seh Hoiiibre, Nicazio, tampoco te pongas tii azi; 

que paeces un perro que ha visto á un lacero. 

D. icio la Luz, hija del ¡Sol, es lo primero que hace 
falta en todas las cuestiones. 

Nic . La luz, hija del sol, y una estaca, hija de 

una bastonería. Y'^ nosce le ipsum. 



ESCENA VUI 

DICHOS y M0RRIT03 
Mor . Con cara de espanto, al rer á la familia allí. ¿PerO 

qué hacen uslés aquí los ires? 
Nic. ¿Pues qué sucede"? 

Seb. ¿Qué hay? 



— GO — 

Mor. ¡Que están aplaudiendo á la Pepita que es 

una ovación! ¡que es un delirio! 

Nic. Í^Jgo, ¿eh? 

Seb. ¡Como que ze las come á toas! 

D. LoLO ¡No tenemos vergüenza! ¡Vanaos á presen- 
ciar su triunfo! 

Mor. Ella no hace más que* mirar pa las cajas... 

buscándolos á ustedes... To el mundo está 
asombrao... el autor está loco... el impresa- 
rio la ha dao un beso... 

Nic. ,;Vestn? 

Spb. ¿Ves tú? 

D. LoLO ¿Ves tú? 

Nic. «orriendofli escenario. ¡La voy á estrujar de un 

a I ¡razo! 
Seb. Lo mismo. ¡Zobriniya de mi arma! 

D. Loi-O Lo mismo. Lo que yo digo: ¡el Arte; él Arte!.. 

Se van los tres hacia la izquierda. 



ESCENA IX 

MORRITOS y VÍCTOR; luego PEPITA 

Mor. ¡Jesús! ¡Virgen déla Paloma! ¡Me quedé sin 

sangre en las venas cuando los vide aquí 

reunió.*"! Asómase á la puerta del cuarto, mira pii- 
mero hacia la izquierda; poco después mira hacia la 
derecha y llama con la mano. Quiera DÍjS que 

no tarde la Pepita. 

VÍCTOR Penetrando en el cuarto con misterio. Trae capa. 

Morrito-, ¿estás sola? 

Mor . Sola, con un miedo que no es pa muchas 

veces. 

VÍCTOR No te apures, que nada te pasará. ¿Y Pe- 
pita? 

Mor. Va á salir de ecena mu pronto. 

VícTwR ¿Y vendrá en seguida? 

Mor. Yo la he dicho que tengo una carta tuya 

que darla: que busque algún pretexto pa 
venir sola. 

VÍCTOR Dios te lo pague. Antes de verme cara á cara 
con cualquiera de su familia, quiero hablar 



— 61 — 

con tila diez minutos. Oye una cosa, ¿lú 
la lias dicho qne me has eiicontrao? 

Mor. Se me salió: no pude contenernie. 

VÍCTOK Ya me lo figuraba. 

Mor. Lo que no la he dicho es que ibas á venir 

esta noche, |.a sorpréndela. Pero me voy á 
tíanar el {primer leguño. 

VÍCTOK No, no; descuida. 

Mor. Tú verás como sí. Pv)r supuesto, que si me 

regíiña... 

VÍCTOR Dime, dime: ¿y es verdá que está contenta 
en el teatro? 

Mor. ¿No lo tiene que estar? Tú figúrate: son to.s 

a mirála; tos á regalóla; tos á pondérala.. 
El impresario, los autores, los abonaos... 
Tiene los prt-tfiídientes a.-í... Pero ella, ¡qu« 
si quieres! riay noche que se pone este cuar- 
to, que me tenyo yo que salir pa que no re- 
bose. Y gente de posibles, no creas tú. Aquí 
viene uu Maiqués, que no hace más que 
entrar y ya está tendió, p rque es mu ele- 
gante, que bebe los vientos por ella. La man- 
da ñores tos los días... Aqui viene un tore- 
ro, que trai brillantes hasta en el rie'o de 
la boca— no es ponderación — y que la ha 
regalao un traje de luces y un capote... Esta 
el tío chitiao... Aquí viene un viejo mn rico, 
calvo desde mita e la espalda, que la ha di- 
cho que quiere ca8Hr^e con ella... ¡Y qué 
sé yo cuántos más, porque no acabaría de 
contarte!... Es claro que tos de mírame y 
no me toques, ^teb? Ella no consiente ni 
esto... A uno de los autores de más cnrtel, 
que se le escurrió una noche la mano, fue- 
ron pocas las que le dijo. Yo me -alegré la 
mar. Porque te azvierto que es el primer 
desahogao pa pellizcála á una. . Un tío quo 
cierra los ojo.'-, y conoce al liizto á toas las 
coristas... 

VíciOK No sé, no entiendo cómo ha podido acos- 
tumbrarse... 

MüK. Hombre, lo que se llama tener, también 

tiene sus murrias. Algunos días me dice 
mu alegre: iMorritos, vamos ai ciisayol Pero 



— 62 — 

Otros días me dice mu triste: ¡Morritos, va- 
mos al ensayo! El teatro es así. Que la re- 
parten un papel bonito: ¡aquella noche no 
cena, de contenta que está! Que la reparten 
uno feo: ;no quieas oíla de incomoda que 
Fe te pone!... ¡Ahí me paece que viene ya! 

Víctor ¿Si? 

Mor. Vítor, por Dios; miá que si me regaña... 

VÍCTOR No te regaña, tonta. 

Mor. Bueno, pero defiéndeme tú. 

Víctor No pases cuidao. 

Llega Pepita presurosa. Al entrar en el cuarto no ve á 
Víctor, que está á la izquierda del foro. Sólo ve á Mo- 
rritos, que está á la derecha, hacia el primer término, y 
que se le hinca de rodillas con las manos cruzadas. 

PtíP. ¡Monitoir! ¿Qué haces? ¿Qué haces, chi- 

quilla? 
Mor. Tú mira pa atrás. 

PeP. Obedeciéndola. ¿Qué? [Víctor! 

Víctor ¡Pepa! Se abrazan > emocionadísimos y silenciosos. 

Morritos se levanta, da en torno de ellos una vuelta 
mirándolos sin pestañear, y se vn con paso trágico por 
el foro, cerrando la puerta tras de si. 



ESCENA X 

PP:PITA y VÍCTOR 



Pkp. nejándose caer en el sofá. Habla tÚ... SÍ pue- 

des... que yo no pue<<o hablar en un rato. 

Víctor sentándose junto á Pepita. ¡Qué cosaf<! Un año 
separao de tí., en Zaragoza ayer... y hoy 
abrazándote... ¡Qué cosas!... ¡Y cómo te abra- 
zo! Vestida como nunca te vi... como no hu- 
l)iera querido verte... ¡Desagradecida! 

Pkp. ¿y me lo dices tú, que te fuiste? 

Víctor Yo, que vuelvo. ¿Te alegras de mi vuelta? 

>^EP. Si es la alegría la que no me dejaba hablar. 

Víctor ¡Mentirosa! 

Pep. Ya sabes tú que no. 

Víctor Oye. 

Pep. Qué. 

Víctor ¿Mis cartas no han llegao á ti? 



— 63 — 

I'ep. Ni falta que llegaran tampoco. ¿Has recibi- 

do tú cartas niias? 

VÍCTOR ¿Pero las haP escrito? 

Pep. No. Por eso lo digo: ¡á ver qué falta han he- 

cho! Cuando una per.-ona vive en el ánimo 
de otra, que se quite la escritura, que está 
de más. 

VÍCTOR Me da gusto oirte .. y me da rabia, 

Pep. ¿Rabia... por qué? 

\ ÍCTOR Pnrque uie hace daño este cuarto... esta 
ropa... ¡La destrozaría de mejor gana que lo 
digo! 

Pkp. Vamos, hombre, suéltame; que aún tengo 

que volver á escena. 

VÍCTOR ¡A e cena! ¡á escena! ¡Maldita sea!... ¡Qué po- 
quito va á durar e.«o! se levanta. 

Pep. Con sorpresa, qne procura disimular ¿CÓlllO? 

VÍCT3R Ya que lograste tu capricho, que á estas 
horas se ha conveitido en obligación, ¿no 
razonas de otra m tunera? ¿No te da pena de 
tí misma, al salir ahí fuera á divertir á la 
líente? ¿Te puede á tí gustar este oficio? 

Pep. Levantándose también. Pero, cscuc ha: ¿vuelvcs 

á ei-to? ¿Signes con tu ceguera, Víctoi? ¿Crees 
tú que yo cambio mi vivir de ahora por mi 
vivir de antes? Ni <íue lo pienses un minuto. 
Ante.*, de todo carecía, meros de tí: «hora, 
todo lo tengo: me faltabas tú, y aquí estás 
ya... ¿Qué más jiuedo querer? 

VícroR ¿Pero tú crees que vas á ser mía y á seguir 
tral)ajando en la esceni? 

Pep. ¿Pero tú te figuras que en esta vida no hay 

decoro? Víctor calla. Entonces, ¿para qué has 
venido? 

V^ ÍCTOR ¡Pepa! ¿qué dices? 

1'ep. (Jue para qué has venido, sin haber mudao 

de parecer. 

VÍCTOR Yo pensé que tú mudarías. 

Pep. Si el que se equivoca eres tú, que discurres 

como los chicos de la tscuela. ¿Iba yo á de- 
jar un cariño como el tuyo por utia aventu- 
ra de un año? No me hítgas tan loca. Estaba 
muy honda en mí la afición á esta vida; era 
muy grande la necesidad que yo tenía de 



— . 64 — 

ella, por todos estilos, para esperar que al- 
gún día pndiera arrepentirme.¿Lo oyes, Vín 
tor? I'or todos estilos. Tú eres par;i mí lo 
primero del mundo — ni que lo creas ñique 
do; — pero por desgracia, no eres lo único á 
que )'() tengo que atender. Detrás de mi tra- 
bajo hay mucha gente: mis hermanos,- mi 
padre., mucha g^nte. 
VÍCTOR Eso: mucha gente... que encontró ya la ma- 
nera agradable de vivir; la postura cómoda 
paia tutnbar.-e al sol. Y todo ell'> í^ costa de 
tu salud y de tu vida. ¿Cómo quieres que 
consienta yo esto? ¿Cómo no he de tratar de 
sacarte de aquí, obligándote con todo el peso 
de mi cariño, mientras me lo tengas? 

Í'eP. Suspirando y sentándose de nuevo. ¡Qué triste eS 

volver á empezar! 
Víctor No seas niña: vente conmigo. Oeja el teatro; 
deja esta vida, que me repugna á mí... y por 
algo es... 

PeP. Después de un silencio, con resolución. Mira, Víc- 

tor: ¿á qué cansarnos? Mala ó buena, te re- 
pugne ó no, en ella tengo que seguir. 

VÍCTOR ¿"orqué? 

Pep. No me hagas repetirlo: debo seguir en ell.', 

y nada más. 

VÍCTOR Molesto. Cuidado no engrias á tu gusto po- 
niéndole esa pantalla del deber. 

P¿p. ¡Vava, hombre! Eso es nuevo. Has venido 

también á ofenderme. 

Víctor No llores. Perdona. 

Pep. ¿Pero por qué me pides á mí el sacrificio dt* 

mi gente y de todo lo mío, y no sacrifi.-as tu 
preocupación, que vale mucho menosV Me 
harás pensar que ese cariño que me tienes 
no es tan grande como yo creía. 

VÍCTOR ¡Qué pronto rae has devuelto la < fensa! 

PiiP. Per lona tú también. 

VÍCTOR Ello es que mientras más hablamos, peor. 
Tú le llamas preocupación á lo que yo le 
llamo dignidad, y yo le llamo capricho á lo 
que tú le llamas deber. Ahí lo tienes todo: 
no hay para qué darle más vueltas. La con- 
secuencia, es clara... 



— 65 ~ 



Pep. 


¿Y cuál 68? 


VÍCTOR 


Que yo me voy ahora como hace un año... 




y que no vuelvo más. 


Pep. 


¡Eso no! 


Víctor 


Eso sí. 


Pep. 


¡No digas eso, Víctor! 


VÍCTOR 


¿Qué importa que lo diga, si vamos á tener- 




lo que hacer? 




ESCENA XI 




DICHOS y MESA 


Mes\ 


Despavorido. ¡Pepita! ¡á escena! ¡Que pensé 




que estabas allí! ¡que estás haciendo falta! 


Pep. 


Asustadísima. ¡Es Veidad! 


Mesa 


¡Pronto! 


Pep. 


A Víctor. Espérame aquí. 


Víctor 


¿Para qué? 


Pep. 


Espérame. 


Víctor 


No. 


Pkp. 


¡Pues no salgo á escena! 


Mesx 


¡Pepita, que me comprometes! 


Pep. 


Espérame, Víctor. 


VÍCTOR 


Te digo que no; que me voy. 


Pep. 


¡Pues i.o salgo! 


Mesa 


¡Por Dios, Pepita! 


Pep. 


¿Me esperas ó no? 


Víctor 


Vete; sí... te espero. 


Mksa 


¡Vamos ya! 


Pep. 


¡Vamos! 


Mesa 


¡A escape! Se Tan ios dos corriendo. 




ESCENA Xil 




VÍCTOR y NICASIO 



Víctor Tomando su sombrero y su capa, dispuesto á marchar- 

se. Es la primera vez que la engaño: ¿para 
qué esperarla? Sería inútil. 

Nic. Irritado y descompuesto. ¿Quién era? ¿quién'?... 

¡Ah, eres tú! 

5 



— 66 — 

VÍCTOR Yo soy: ¿no lo ve usté? 

Nic. Es que me lo había figurao. ¿A qué has ve- 

nido aquí? 

VÍCTOR A todo, naenos á verle á usté. 

Nic. Pues mira tú como ea verdá que el hombre 

propone y Dios dispone. Víctor... 

Víctor Señor Nicasio... 

Nic. Hombre... eso de señor Nicasio no me sue- 

na. Eso era de antes. El señor Nicasio ha 
fallecido. 

Víctor No será verdá. 

Nic. El padre de la Pepita Reyes se llama de 

otro modo. 

VíciOR Ah. . ^;Don Nicasio? 

Nic. Por áM. 

VÍCTOR Pues oiga usté, don Nicasio... ó don Rába- 
no — qne le sienta á usté el Don como á un 
santo Cristo dos pistolas: — por Pepita he ve- 
nido... y me voy 8Ín ella. 

Nic. ¡Toma! ¡qué remedio! 

Víci HR No quiero turbarle á usté las digestiones. 

Nic. Gracias, chico. Ya te consolarás. 

VÍCTOR Mucho antes que usté si me la llevara. Y 
no por el cariño que usté la tenga, sino por 
lo que le conviene. 

Nic. Eso es meterte en mi moral, y no te dejo. 

VÍCTOR ¡Su moral de usté! Explotar á la chica: no 
hay otra. 

Nic. [A ver si callas, Víctor! 

VÍCTOR ¡No me sale de adentro el callar! 

Ntc. ¿Vasa darme un escándalo en el teatro? 

Víctor Si á usté le escuecen las verdades y se albo- 
rota, sí, señor. ¡El don Nicasio de chanfai- 
nas este! 

Nic Mira, Víctor: esto te lo digo yo á tí de hom- 

bre á hombre: si me quiés buscar, búscame 
en otro lao. 

VÍCTOR ¿Y para qué tengo yo que buscarlo á usté en 
parte ninguna? Por desgracia le he visto 
aquí, 

Nic. Ea, pues vete ya, si tanto te pesa. 

Víctor Sí. señor: ya me voy. Quede usté con Dios... 
¡A engordar, á vivir, á pasarlo á gusto, que 
para eso tiene usté una hija que se lo gane! 



— 67 — 

Nic. ¡Ele! Pa eso na más. Hasta ahora no lo has 

dicho. Y si te pica, ráscate. 

V/CTOR íso me pica, no; me duele, me hace daño, 
que en vez de llevármela yo, que quería tra- 
bajar para ella, se quede ella aquí, á traba- 
J!»r para usté y para sn tropa. 

Nic. Vuelvo á decirte que pa eso es mi hija. 

Víctor Ni p-íra eso fs su hija de usté, ni usté es su 
padre para eso. ¡Ahur! Y el día que se le 
ocurra á usté reventar, póngame dos letras, 
que me dará la satisfacción más grande del 

mundo. jAbur! Vase de estampía por la derecha. 
NlC. Cuando ya se ha ido Víctor, y como reprimiendo el 

coraie. ¡Ay... 8Í no hubiera fallecido el señor 
Nicasio!... ¡íiC vale que soy el padre de la 
Pepita Reyes... y que estoy en su camarijiol 



ESCENA ULTIMA 

NICASIO, DON LOLO y SEBASTIANA; luego P3PITA; después el 

MARQUÉS, TELERITA, el CALLAO, JOLITO y PEREGRIN. Al final 

MOR RITOS 



D. LoLO 
NlC. 

D. LoLO 
Nic. 
D. LoLo 



Nic. 
D. LoLü 



Nic. 
Seb. 



D. Loto 

Nic. 



Chico, ¿qué ha sido eso? 

Nada; niñerías. 

¿Pasó? 

A Dios gracias. 

¡Pues entonces! .. Te advierto que la Pepita 

ha dado esta noche un paso de gigante. ¡Qué 

ovación chico! 

¿Digo, eh? ¡Pa que venga ese cursi!.. ¡Va- 



mos! 

El padre de la Corales tiene una cara así; 
media vara justa. Está el tío que echa café. 
¡Me alegro! 

Llegando, loca de alegría. ¡Tres veceS ze ha le- 

vantao ya er telón ar fina de la obra! ¡Ze la 
están comiendo loz abonaos! ¡ze la están co- 
miendo! 

¡Es que ha hecho la última escena de un 
modo, que ha habido que verla despacio! 
¡Como que la chica tié madera, hombre; y 
quitarla de esto es ud crimen! 



^ 68 — 

Seb. Un crimen, zí, zeñó. 

Nic. ¡Aunque le digan á uno lo que le digan! 

Seb. Aquí viene, aquí viene ya... 

Nic. ¡Hija de mi alma! 

Antes de aparecer Pepita, óyese deutro rumor de fe 
licitaciones. Por el pasillo pasan varias figuras de có- 
micos y cómicas vestidos con diversos trajes de carác- 
ter regional. Todos van comentando el triunfo de Pe 
pita. 

ORB» Kn la misma puerta del cuarto, besando á su sobrina 

y achucbándoia. ¡Hija de mÍ3 zueños, ven acá! 
I Ven acá tú, pimpoyo! ¡alegría de la caza! 
¡gloria! 

Pep. Jesús... por Dios... se han vuelto locos todos... 

Nic. ¡Déjamela á mí, mujer, que tengo más dere- 

cho que tú! ¡Aquí están los brazos de tu pa- 
dre! 

Pep. Entra al fin en el cuarto, y al ir á abrazar á su padre 

se detiene notando la falta de Víctor. ¿Y Víctor? 

Nic. ¿Víctor? 

Pep. Víctor, sí. 

Nic. Se fué. 

Pep. ¿Se fué? ¿Pero no vuelve? 

Nic. No. 

Pep. ¿Lp has obligado tú? 

Nic. No. El estaba ya en irse. Y yo, viéndole así... 

le abrí el camino. Esto se ha terminao, ¿lo 
oyes? Buena cara á to el mundo, toas las 
monerías que tú quieras, pero aquí novios 
no, porque tiras el porvenir por la ventana. 

Y no hablemos más. Pepita va á romper á llorar. 
Su padre la ataja reconviniéndola, al oir que se acerca 

gente hacia el cuarto. ¡Eso es: ponte á Uorar 
ahora que vienen los amigos! 

D. LOLO Cantando. 

¡Adelante, caballeros, 
entren todos de rondón!... 

Eu este momento aparece en la puerta del cuarto el 
Marqués. Pepita, al oir su enhorabuena, convierte de 
improviso de triste en alegre la expresión de su ros- 
tro, y se esfuerza en atender con sonrisas alectuosas 
á todos los que van llegando. 



— 69 — 

Marq. jBravo! ¡bravo! ¡bravo! ¡Admirable, Pepita! 
¡Un encanto! 

Pep. Muchas gracias, Marqués... muchísimas gra- 

cias... 

Seb. Ha tstao pa chiyarla, ¿verdá? 

Tel ¡Venga uf-té acá, paloma! ¡Jozú! ¡qué dislo- 

que! ¡La lie aplaudió á usté hasta jacé ee- 

puma con las manos! Risas generales. 

Pep. Gracias... gracias... 

Marq. ¡Espuma con las manos! ¡Qué atrocidad! 

TkL Lo que usté quiziera ez un gorpe azi pa er 

CongrezO una tarde. Nuevas risas. 

Callao ¡Choque usté: en to lo arto! 

Pep. Aluchisimas gracias. . 

Pere. Muy bien, Pepita. 

Pep. Gracias, muchas gracias... 

JuLiTo Te has metido en el bolsillo á la Corales. 

Pep. Calla, por Dios. .. 

Marq. ¡Ha estado portentosa! ¡exquisita! 

Tel. ¿Que zi ha estao? ¡Jozú! 

Pere. Ha estado inimitable. 

JuLiTo Ha estado mouisima. 

Callao Ha estao güeña, ha estao güeña. 

Marq. Ha puesto el mingo como vulgarmente se 

dice. 
Pep. Por Dios. . por Dios... no exageren ustedes... 

Y lo que siento es que tengo que vestirme 

para la última... 
Marq. Ya nos echa la ingrata... 
Tel. ¿Quiere usté que yo me quede y le ayudo? 

Pep. Muchas gracias, se ofendería la Morritos. 

Tel, Ya le daría yo una propiniya... 

Pep. No... no... muchas gracias... Señores., lo 

siento en el alma... 
Marq. Nada, nada; nos vamos ya... 
Tel. Vamonos, vamonos. 

Nic. Sí, que se le hace tarde.. Pero vuelvan lue- 

go. Bar^tiann, llégate por la Morrito?. 
Seb. ¿Ande estará eza loca? vase. 

Marq. Despidiéndose. Adiós... Repito mis plácemes. 

Le auguro á usted muchas noches como 

esta en el teatro... 
Pep. Muchas como esta... Gracias... gracias... 

Marq. ¡Está emocionadilla! 



— 70 — 

Tel. Hasta luego, y que zea enhoragüena. 

Pep. Gracias... 

Callao Que zea enhoragüena. 

Pep. Gracias... 

Pere. Que conste que me alegro uQUcho. 

Pep. Gracias... gracias... 

JuLiTO. Siguen las firmas... 

Pep. Muchas gracias... 

Nic. Hasta luego. 

D. LoLO Hasta luego. 

Se van todos comentando el triunfo animadamente. 
El Marqués, desde la misma puerta del cuarto, se vuel- 
ve hacia Pepita, y la aplaude una vez más dándose gol- 
pecitos con los guantes en una mano y dirigiéndole la 
más expresiva de sus sonrisas. 
Pep, Casi sin voz, por la emoción que siente. GraciaS... 

muchas gracias... ai quedarse sola, estalla el lian 
to contenido, y llorando se deja caer en una butaca. 
Pausa. Llega presurosamente Morritos, con la cara ale- 
gre y satisfecha. Al ver á Pepita llorando se sobrecoge 
y cambia de expresión, y abre los ojos más que nunca. 

Mor. En voz baja ¡Ahí... Está llorando... ¡Ah'... 

Acercándose á ella con solicitud y cariño, y abrazán- 
dola luego. Pepita... Pepita .. cae rápidamente el 
telón. 



FIN DE LA COMEDIA 



Madrid, Diciembre, 1902. 



OBRAS DE LOS IfllSMOS flÜTOl?ES 



Esgrima y amor, jagaete cómico. (2/ edición.) 

Belén, 13, principal, juguete cómico. (2.* edición.) 

(>lllto,ja<faete cómico-lírico. Música del maestro Osuna. (2.* edición.) 

I^a media naranja, juguete cómico. (2." edición.) 

El tío de la llanta, juguete cómico. (2.* edición.) 

El ojito derecho, entremés. (3.' edición.) 

I<a reja, comedia en un acto. (4.* edición.) 

lia buena sombra, sainete en tres cuadros, con música del maes- 
tro Brall. (6.* edición ) 

£1 peregrino, zarzuela cómica en un acto. Música del maestro 
Gómez Zarzuela. 

I<a vida Intima, comedia en dos actos. (3.* edición.) 

Kios borrachos, sainete en cuatro cuadros, con música del maes- 
tro Giménez. (2.' edición.) 

El chtqnlllo, entremés. (6.* edición.) 

lias casas de carttfn, juguete cómico. 

El traje de luces, sainete en tres cuadros, con música de los 
maestros Caballero y Hermoso. 

El patio, comedia en dos actos. (3.* edición.) 

£1 motete, pasillo con música del maestro José Serrano. (2.* edi- 
ción.) 

El estreno, zarzuela cómica en tres cuadros, con música del maes- 
tro Chapi. 

liOS Galeotes, comedia en cuatro actos. (8.* edición.) Traducida al 
italiano con el titulo de I Oaleoti por Giuseppe Paolo Pacchierotti. 

Ija pena, drama en dos cuadros. (2.* edición.) Traducida al italiano 
con el mismo titulo por Giuseppe Faolo FacohierottL 

lia azotea, comedia en un acto. 

El icénero Ínfimo, pasillo con música de los maestros Yalyerde 
(hijo) y Barrera. 

El nido, comedia en dos actos. (2.* edición.) Traducida al catalán con 
el titulo de Un niu por Joaquín Maria de Nadal. 

lias flores, comedia en tres actos. (2.* edición.) Traducida al italiano 
con el titulo de / fiori por Giuseppe Paolo Pacchierotti. 

liOs piropos, entremés. 

El flechazo, entremés. (2." edición.^ 

£1 amor en el teatro, capricho literario en cinco cuadros, pró- 
logo y epilogo. 

Abanicos y panderetas ó ¡A Sevilla en el botlfo! humorada 
satírica en tres cuadros, con música del maestro Chapi. 



Kia dicha ajena, comedia en tres actos y un prólogo. Traducida al 
alemán con el titulo de Das fremde Olück por J. Gustavo Bohde. 

Pepita Reyes, comedia en dos actos. (2.' edición). 

Lios meritorios, pasillo. 

I<a zahori, entremés. 

lia reina mora, saínete en tres cuadros, con música del maestro 
José Serrano. (2.* edición.) 

Zarag'atas, saínete en dos cuadros. 

L<a zag'ala, comedia en cuatro actos. 

L<a casa «le García, comedia on tres actos. 

I^a contrata, apropósito. 

El amor que pasa, comedia en dos actos. Traducida al italiano 
con el titulo de Vamore che passa por Giuseppe Paolo Pacchiorotti. 

El mal de amores, saínete con música del maestro José Serrano. 

El nuevo servidor, humorada. 

Mañana de sol, paso de comedia. Traducido al alemán con el titu- 
lo do Ein sonniger Morgen por Mary v. Haken. 

Fea y con ¡apracia, pasillo con música del maestro Turina. 

lia aventura de los graleotes, adaptación escénica de un capi- 
tulo del Quijote. 

Kia musa loca, comedia en tres actos. 

lia pitanza, entremés. 

El amor en solfa, capricho literario en cuatro cuadros y un pró- 
logo, con música do los maestros Chapí y Serrano. 

liOS chorros del oro, entremés. 

Morritos, entremés. 

Amor á, oscuras, paso de comedia. 

Lia mala sombra, saínete con mtísica del maestro Serrano. 

El niiño pro<lig:io, comedia en dos actos. 



LOS MERITORIOS 

3lfC 



Esta obra es propiedad desús autores, y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla 
en España ni en los países con los cuales se hayan 
celebrado ó se celebren en adelante tratados intema- 
cionales de propiedad literaria. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad 
de Autores Españoles son los encargados exclusivamen- 
te de conceder ó negar el permiso de representación 
y del cobro de los derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



LOS MERITORIOS 



PASILLO 



SERAFÍN y JOAQUÍN ÁLVAREZ (jUINTERO 



Escrito exprofeso para María Guerrero y Fernando Díaz de 

Mendoza, y estrenado en el TEATRO ESPAÑOL el 2 de Abril 
de 1903 



^ 



MADRID 

«. TKMSOO, lUr., MÁRqVf.a DK SANTA A.HJ , 1! t.vP.' 

Teléfono número 661 
1903 



REPARTO 



PERSONAJES 



ACTORES 



ANGELITA Ska. Guekeebo. 

DOÑA JUSTA Srta. Cancio. 

LA DAMA Colorado. 

RIBETE Sr. Díaz de Mendoza (F.) 

DON CARLOS.. Caksí. 

EL GALÁN.... Perrín(A.) 

EL TRAIDOR Díaz de Mendoza (M.) 

EL TRASPUNTE Güerekbo. 

EL AVISADOR Gil. 

Actrices y actores 



11 II II II II II H II II II II ti II II II 11 Til II II I) II i| II II II II II II II II II II II li II 



I,OS MERITORIOS 



Escenario de un teatro durante las horas de los ensayos 

ESCENA PRIMERA 

TODOS LOS PERSONAJES 

Al levantarse el telón está acabando el ensayo de un drama terrible. 
Don Carlos, el director de escena, aparece en primer término, de es- 
paldas al público. "El Traidor yace tendido en el suelo cuau largo es. 
El galán sostiene á la Dama en sus brazos, no se sabe si muerta ó 
desmayada. Dos Actrices y dos Actores, qne intervienen también en 
la obra, contemplan la escena horrorizados. Los demás personajes 
forman varios grupos sentados hacia el fondo 

CtALÁN (a grito herido, como para advertir al jefe de la 'cla- 

que» que ha llegado su hora.) «•Julia! ¡.Julia mía! 

»¡Mi bien perdido! ¡ÜPgpierta y míralo con 
»espantados ojos! ¡Ahí lo tienes!» (señalando ai 
Traidor, que no pía.) «¡Ya SUS brazos de serpien- 
»te no se enroscarán á tu cuello de cisne; ya 
>su voz de fiera envenenada, no mentirá en 
»tu oído promesas de criminal amor!* (oiri 

Riéndose al cadáver, que es claro que no está para vo- 
ces.) «¡Tú!., ¡miserable! ¿No la querías? ¡f'ue8 
»ven por ella!» (a la Dama.) «¡Tú!... ¡adorable 
perjura! ¿No lo amabas? ¡Pues vé á buscarlo!» 



- 6 ~ 



I). Car. 
Galán 
D. Car 
Dama 

Trai. 

1). Car 
Trai . 
Galán 
Dama 



Trasp 
D. Car 
Trasp. 
Uno 

Varios 
D. Car. 
Varios 
Otros 

Galán 
D. Car. 
Dama 
D. Car. 
Trai. 
Trasp. 
D. Car. 
Trasp 
D. Car 



( A rrepintiéndose eu seguida ) «¡PerO HO, nO, 110^ 

»iio; no vayas, que hasta de la misma muerte 

»SÍentO Celoal» (Fncarandose con los que le que- 
dan.) «¡Y vosotros, venenosos reptiles, cana- 
»lla asalariada, mirad vuestra obra, contem- 
»plad vuestro crimen, y ved si podéis, con 
»el fango de vuestros corazones infames, 
» ahogar la voz de vuestras podridas; con- 
» ciencias!» 
Cuadro. ¡Muy bien! 
¿Es eso? 

¡Muy bien! ¡muy bien! 
(volviendo en si.) ] Ay, Jesús! Me cansa esta 
obra. 

(incorporándose primero y levantándose después.) 

¿Vamos á repetirlo? 
No. Hoy ha salido mejor que nunca. 
¡Como que no ha venido el autor! 
A mí el autor me desconcierta. 
Es tan nervioso... Yo en chanto le veo arran- 
car las pajas de la silla, y comérselas, ya no 
doy pie con bola. 
¿Se ensaya más, don Carlos? 
No; esta tarde no. Pueden marcharse todos. 
(a los del fondo.) Señorcs, 110 se ensa3'a más. 
Vaya, buenas tardes. 
Buenas tardes. 
Adiós. 
Hasta mañana. 

Hasta luego. (Poco á poco se van retirando ellos y 
y ellas, á excepción de Ang-elita, Doña Justa y Ribete,) 

¿Quiere usted algo, don Carlos? 
Nada; muchas gracias. 
Hasta la noche, don Carlos. 
Adió."; hasta la noche. 
Buenas tardes. 
Don Carlos, oiga usted. 
¿Qué hay? 

Los meritorios nuevos ¿se esperan? 
¡Caramba! es verdad. Que se esperen, sí; que 
llagan el favor, (ai apuntador ) Quédate tú un 
instante, y ahora pasaremos la esceiiita. Voy 
á contaduría, que me llama el pintor por te- 
léfono. (Se va.) 



7 — 



Trasp. (a Ribete.) El Beñor director, que ahora vie- 
ne, (a Angelita, que está con doüa Justa.) El Señor 

director, que tengan ustedes la bondad de 

esperarse. (Se va también.) 



ESCENA II 

ANGELITA, DOÑA JfSTA y RIBETE 

Doña Justa y Angelita vi.steu disimulando su pobreza. Ribete, á pesar 
suyo, no la puede disimular. No obstante, se pasea con cierta arrogan- 
lia. Angelita, por el contrario, muéstrase apocada y humilde Su ha- 
blar es candoroso y tímido. Se sienta de nuevo con doña Justa en el 
primer término de la izquierda. Pausa. Angelita observa á Ribete y 
Ribete á Angelita 

lilB. (Rompiendo el silencio, deseoso de entrar en palique.) 

¡Pues señor, bien! Más pasó Jesucristo por 
nosotros. 

Ang. (Bajo á doña Justa.) Mamá, 686 Caballero quiere 

entablar conversación. 

D.a Jus. (lo mismo á .vngciita.) Bucno, hija; pues que la 
entable. 

Ano. íío se atreve... A ver si á ti se te ocurre el 

modo... 

IJ.a Jus ¡Ya lo creo! Verás tú. (auo ¡i Ribete ) Diga 
usted, joven, ¿le parece á usted que hable- 
mos de otra cosa? 

Ang. ¡Mamá, por Dios! ¡Qué ocurrencias tienes! 

No le haga usted caso á mi mamá, caba- 
llero... 

Ru;. . Ah, ¿esta señora es su mamá? 

D ¡i Jus. Servidora de usted. 

KiB. Por muchos años. ¿Y su papá, está bueno? 

D." Jus. No tiene papá la pobrecita. Mi marido mu- 
rió el noventa. 

RiB. Por muchos años. 

Ang Usted calcule... 

RiB ¿Es usted actriz? 

Ang Tras de eso voy. ¿Y usted, es actor? 

RiB. Más ()ue muchos que cobran ocho duros. No 

86 lo diga usted á nadie. 

Ang Pierda usted cuidado. 



D.a Jus. Esta tiene una afición horrible. 
RiB. ¿Horrible, señora? 

Ano. (Expresiiuclose con mucha calma.) Puede USted 

creerlo, si, señor. A mí que no me hablen 
de diversiones, ni de novios, ni de trajes, 
¿sabe usted? no se me importa nada... pero 
lo que es el teatro... el teatro me vuelve loca, 
es una cosa que me vuelve loca... 

RiB. Igual me pasa á mí, señorita. Yo podría vi- 

vir sin comer, sin fumar, siu dormir... sin 
rascarme; pero sin representar comedias, ¡de 
ningún modo! 

Ang. Lo peor del caso, ¿sabe usted? es que aquí 

todo se logra por influencias, por recomen- 
daciones... y yo, desgraciadamente, no tengo 
quien me empuje. 

RiB. Ni yo tampoco. Veo que nuestra situación 

es muy parecida. Por algo me ha sido usted 
tan simpática y tan agradable. 

Ang. (Ruborosa.) ¿Sí?... (Va á hablar y no le sale. En vis- 

ta de ello le pide auxilio á doña Justa.) (Mamá, Con- 
téstale tú, que á mí no se me ocurre nada.) 

D.a Jus. (a Angeiita.) (Pues hija, hace falta que te va- 
yas soltando.) 

RiB . Es horrible, señorita, es horrible. Nuestro 

camino está lleno de zarzas. Doce años llevo 
de meritorio ¿Querrá usted creer que no he 
hecho más que anunciar la sopa? 

Ang. ¿Le parece á usted? ¡Hasta dónde estará us- 

ted de sopa! 

RiB. ¡Hasta aquí! Por eso me he salido del otro 

corral: á ver si en éste me luce 'más el pelo. 

Ang. ' Luego quieren que descuellen los merito- 

rios.., Con papeles así.. 

RiB. Es lo que yo digo, señorita. No hay ocasión 

de lucirse; no hay carne... no se puede hacer 
detalle ninguno... no hay dónde pellizcar, en 
una palabra. ¡Porque no se va á echar mano 
de un gesto trágico para anunciar la sopa! 

Ang. a no ser que la sopa esté envenenada. 

RiB. ¿Usted también lleva mucho tiempo...? 

Ang, Mucho, sí señor, mucho. Pero nunca he 

trabajado más que en casa. 

RiB. Ya. 



— 9 — 

AxG. Así... en un teatro formal, como éste, voy á 

salir ahora por primera vez. Es ' decir, si 
sirvo... 

RiB. ¿Según eso, toma usted parte en la obra 

nueva? 

Ano . Si sirvo, sí señor. 

RiB ¡Ah, caramba! Pues creo que vamos á ha- 

cer algo juntos. 

Ang . Me alegraré.. Si sirvo... 

RiB . A mí me parece que sí. No lo tome usted á 

lisonja... Sn figura de usted es elegante, es- 
belta... distinguida... 

AxG- , ¡Por Dios!... 

RiB. Su rostro es hermoso... expresivo... Tiene 

usted dos ojos como dos c« jas de betún, ha- 
blando mal y prouto... 

An3. Calle usted... calle usted... 

RiB. Su voz es dulce... poética... suave... Xo pa- 

rece que habla usted, sino que gorjea, se- 
ñorita... 

AxG . Muy turbada y sin saber por dónde salir, apela á doña 

.íusta, como antes ) ¡Mamá, mamá! (viendo que 
doña Justa duerme al parecer.) ¡Ay, mamá Se ha 

dormido!... 
D a Jus (¡Claro!) 

RiB. (contemplando con cierto embeleso á An?elita, un 

poco lejos de ella.) (¡Sí que es interesante la 
meritoria!; 
Ang . (Me subyuga este joven... ¡Le cosería el bo- 

tón aquel que.«e le está cayendo') 



ESCENA III 

DICHOS y DON CARLOS 

Jj. Car. (.Saliendo i ¡Esta flor le faltaba al ramo! 

RiB. ¿Ocjrre algo, señor Director? 

D. Car. Un ttat-torno grandísimo: el decorado no 
está listo mañana, y no podemos estrenar 
hasta el sábado. A la Empresa le va á sen- 
tar muy bien la noticia. 

Ang . ¿Si, verdad? 

D. Car. No tiene usted i lei. 



- to — 

RiB Pues de estas cosas veréis 

si en esta casa os quedáis 
lo menos seis por semana. 

D, Car . Sí, señor, sí. Habla usted como un libro. 
¿Conque usted, señorita, es la meritoria que 
rae recomienda Pacheco, y usted, joven, el 
meritorio que me recomienda Campillo? 

Ang . (Lovantáucioso ) Servidora de usted. 

RiB. Lo mismo digo, hidalgo. 

D. Car. Mil gracias. 

Ang. y esta señora que está aquí dormida es mi 

mamá. 

D. Car. Tanto gusto. (Dona justa rouca.) Pu^s verán 
ustedes lo que tienen que hacer. Es muy 
poquita cosa. 

RiB, Le advierto á usted, señor Director, que á 

mi el señor traspunte me entregó el papel 
que se me ha repartido... y ya me lo sé de 

memoria. (Dice esto mo.strando el papel.) 

D. Car, ¡Admirable! 

Ang. Pues en el mismo caso me encuentro yo. 

(Mostrando el sujo.) Me lo dió el traspuntc al 

llegar, y también me lo sé ya como el Padre 

nuestro. 
D. Car. Mejor que mejor. Habrán visto ustedes que 

no tiene la cosa dificultad ninguna, (ai apun 

tador.) Dame el segundo acto. (e1 apuntador 
obedece y él hojea el manuscrito buscando ht escena de 

los meritorios.) Pues sin embargo de ser tan 
fácil, ayer me hicieron perder la educación 
dos parejas de meritorios, que no podían 
con ello. 

RiB. ¡Claro! Se meten aquí sin afición, sin condi- 

ciones... 

D. Car Les explicaré á ustedes la situación en que 
loman parle. Háganse cargo. La escena pasa 
en un salón aristocrático de Madrid. Pare- 
jas de damas y galanes van de aquí para 
allá, en animada charla, y ustedes, que re- 
presentan una de las parejas, se quedan un 
momento solos, completamente solos, y lo 
aprovechan para dar^e un abrazo y para in- 
sinuarse el amor de que están poseídos. 

RiB. Me gusta la cosa. 



— 11 — 

Ang. y á mí 

í). Car Esa es la situación. Oigan ustedes cómo 
quisiera yo que se dijese la escenita. (Leese- 

ñalaudo á Ribete y á Angelita simultáneamente, para 
indicar el personaje que habla.) — «¡Solos! — ¿lísta- 

»inos solos? ¡Ah! (A ella se le cae el abani- 
»co. El se agacha á cogerlo, se lo entrega y 
»le oprime una mano.) — ¡El abanico! — ¡Por 
»Dios, que pueden vernos! — ¿Y qué impor- 
»ta? Entre usted y yo late ya una corriente 
» misteriosa de simpatía, que nos acerca, 
»que nos une... (La abraza ^ — ¿Qué hace us- 
»ted? — ¡Perdón! — ¡Ah! — ¡Silencio!» Y aquí 
termina el diálogo. V^uelven á salir las otras 
parejas y ellos vuelven á pasear entre todos 
como si tal cosa. 

ÜiB. Entendido. 

Ang. Ale agrada mucho mi papel... Yo nunca 

1 pensé que me dieran uno tan largo... 

Rin. Ni yo tampoco: lo confieso. Hay carne, hay 

cosas... hay donde pellizcar. 

D. Car (Devolviéndole el ejemplar al apuntador.) Pues Va- 

mOS á pasarlo. Ten ahí. i^Se sienta de espaldas al 

público.) Da la palabra, (a Ribete.) Usted. «¡So- 
los!» 

RlB. * (como si fuera á matar á Anpreliía.^ «,Solos!» 

D, Car No; permítame usted: más dulzura. ¿No se 
ha enterado usted de la situación? 

RiB. Ferfectísimamente. 

D. Car ¡Pues entonces!... Debe usted expresar la 
alegría de verse solo con ella. 

RiB. Entendido. (Fritándose las manos de jtibilo y dan- 

do un gallo j «¡Solos!» ¿Es Eíi? 

D. Car. (Comprendiendo que no se las ve con Zacconi.) Ade- 
lante, (a Angelita ) Usted: «¿E.stamo8 solos?» 

Ang. (Con voz imperceptible y sin expresión.) «¿EstamOS 

solos?» 
D. Car. Más ahito: un poco más altito. 

Ano. (Más bajo y muy turbada.) «¿EstamoS SoloS?» 

D. Car Perdone usted: he dicho que más alto. 

Ang. (ílás bajo aún y a punto de echarse á llorar.) «¿Es- 

tamos solosl' » 

D. Car No se corte usted: si para esto se ensaya. 
Grite usted sin ningún reparo. 



— 42 — 

AnG. (Gritando mucho.) «¿EstamOB SOloS?» 

D. Car ¡Asi va á venir gente! 

RiB, Claro es. No se ha entonado todavía. 

D. Car. Bueno; sigamos. Ya se entonará. (Son listos 

los dos, á Dios gracias ) Y deja usted caer el 

abanico. 

AnG. (Echándolo por alto.) «¡Ah!» 

D. Car. No, hija mía: dejarlo caer; no tirarlo como 
una pelota. 

KlB. (cogiendo el abanico y dándoselo.) Tome USted. 

Ang. Gracias. 

D. Car. Vamos á hacerlo. Con naturalidad; como si 
le pasara á usted en la calle. 

Ang. (soltando el abanico lo mismo que s:' suelta un pája- 

ro ) «¡Ah!» 

(Amoscándose por segundos.) ¡Bueiio! ¡Adelante! 
(Con entonación ridiculamente dramática.) «¡ejI aba- 
nico!» 

¿Qué es eso, hombre de Dios? 

¿No estamos en un drama? 

I Y qué tiene que ver! 

(a Angeiita.) (¡Este director está anticuado.) 

Dígalo usted sin darle importancia... con 

absoluta sencillez... un poco emocionado, á 

lo sumo. 

(Frío como la nieve.) «El abanicO.» 

(Más quemado que las ánimas.) Muy bien; mUJ 

bien. Ahí va usted á sacar un aplauso. 
Ya, ya lo he visto yo. 

(Pues Dios te conserve la vista.) Le oprime 
usted una mano al darle el abanico, y ella 
exclama: ('¡Por Dios! ¡que pueden vernos!» 

Ang. (Repitiendo la fra.se con voz tan apagada que no se la 

oye ) «jPor Dios! ¡que pueden vernos!» 
D. Car Dígalo usted, 
Ang. Ya lo he dicho. 

D. Car Hija, pues no nos hemos enterado. 
Ang. Es que me corto... ¿sabe usted?... me corto. 

RiB . Sí, sí; sfi corta. No tiene costumbre, como yo. 

(A Angeiita.) (Es un Carcamal. EstA anticuado.) 
D. Car Pues hay que soltarse un poquito. 
Ang. Eso me dice mi mamá. 

D. Car Vamos á terminar la escena. Usted: «¿Y 

qué importa...?» 



D. 


Car, 


Rii 


- 


D. 


Car 


RiB. 


D. 


Car 


Rii 


5. 


D. 


Car 


RiB. 


D 


Car, 


Rii 




D. 


Car 



— i'¿ — 

RiB . (Declamando á la altura de su reputación, mientras don 

Carlos se muerde un pufio.) í¿Y qué importa? En- 

>tre usted y yo late ya una corriente miste- 
>rio8a de simpatía, que nos acerca, que nos 

»Une...» 'Toma carrera y le da un achuchóu tremendo 
en lugar de un abrazo. Don Carlos protesta; pero ellos 
continúan abrazados hasta fiuc termina la discusión.) 

D. Car. ¡No! ¡no! ¡no! ¡No puedo pasar por ese abra- 
zo! ¡No se trata de estrujarla, señor! Más 
cortesía... más delicadeza... ¡A?í no se abra- 
za á ninguna señorita! 

Ang. (¡5Í que está anticuado.) 

RiB. Le diré á usted: esto del abrazo tengo yo 

que estudiarlo en casa... Lo ensayaré con la 
patrona. Me gusta el momento: hay carne, 
hay carne... me parece que hay donde pe- 
llizcar... 

Ang. Yo creo que sí; que hay donde pellizcar. 

D. Car Acabemos. Usted, señorita: «¿Qué hace us- 
ted?» 

Islilla muy bajo y él muy alto ) 

Ang. «¿Qué hace usted?» 

RiB. «¡Perdón!» 

Ang. «¡Ah!» 

RiB. «¡Silencio!» (cogiendo á Angelita del brazo.) Y 

ahora el paseíto entre las parejas. 

D. Car. ¡Imposible! ¡imposible! Procuren ustedes en- 
trar en la situación, sentir un poco, ver el 
valor de cada frase... Eso de gritar: «¡Silen- 
cio!» como quien grita: «¡Fuego!» es un ab- 
surdo. 

RiB. (Animal.) 

D. Car. Lo pasaremos otra vez. A ver si se enteran 
ustedes. 



ESCENA IV 

DICHOS y EL AVISADOR 

Avis. Señor don Carlos. 

D. Car. ¿Qué hay? 

Avis. L)e parte de la Empresa, que suba usted á la 

Dirección. 



D. Car ¡Adiós mi dinero! Ya empezó Cristo á pade- 
cer. Di que voy en seguida. 

A VIS. Está bien, (vase.) 

D. Car. Aguarden u&tedes un minuto. Por más que 
mejor será dejarlo... ¡-"ero no, no, no; repeti- 
remos la escenita... ¡Qué se le va á hacerl 
Paciencia. Yo vuelvo á escape. (Yéndose tras ci 
Avisador ) (¡Pues señor, vaya dos alhajas! ¡Te- 
nemos aquí á la Guerrero y á Mendoza! ¿Y 
que esta gente se dedique al teatro?) 



ESCENA V 

ANGELITA, RIBETE y DOÑA JUSTA, después DON CARLOS 
RiB . (Desahogando su cólera.) ¿Qué le parCCe á USted 

ese avefría? 

Ang. (Afligida.) A mí me parece que yo no sirvo. 

RiB. ¡El que no sirve es él! 

Ano. Ni yo tampoco: yo no sirvo... 

RiB. Pero ¿va usted á hacerle caso á un señor 

que pide, en el primer ensayo de una esce- 
na, cuando aún no se domina la frase, que 
se matice ya? 

Ang. Yo no sirvo... no sirvo... ¡Mamá, yo no sirvo! 

(Doña .Justa ronca otra vez.) 

RiB. Por Dios, señorita, no llore usted... y cuenta 

que se pone usted preciosa llorando... 

Ang. Gracias... usted es muy bueno conmigo, se- 

ñor de... 

RiB. Ribete. 

Ang. Señor de Ribete, usted es muy bueno., pero 

yo no sirvo... El Director me ha arrancado 
las ilusiones. ¡Y qué triste es esto!... ¡Desife- 
tir de la vida del arte! ¡No escuchar nunca 
la música divina de los aplausos!... 

RiB iCalle usted por Dios... señorita! 

Ang. Angelita es mi nombre. 

RiB. i Angelita! ¡No mentiría si le dijera á usted 

que lo había adivinado! Calle usted; no se 
aflija, no llore... Ese Director es un zopenco. 

Ang . No, no, no le dé usted vueltas... yo no sirvo... 

yo tengo que renunciar á los aplausos... ¡Y 



— 15 — 

si viera usted cuántos me han sonado en el 
alma, sin haber oido ninguno de nadie! ¿Le 
han aplaudido á usted alguna vez... amigo 
Ribete? 

RiB. Augelita... en honor de la verdad, porque 

yo á usted no puedo mentirle, le diré que 
sólo una vez me han aplaudido. 

Ang. ¿En qué obra? 

RiB. En El Trovador. 

Ano. ¿Kn El Trovador? 

RiB. Salí á decir que por indisposición del señor 

Gutiérrez se encargaba de su papel el señor 
Martínez. El público odiaba á Gutiérrez, y 
me aplaudió á rabiar. 

Ang Ya, vamos... El Trovador es un drama que 

me seduce... ¡Es tan delicado.., tan lindo! .. 
Ilusiones etigañosas, 
livianas como el placer, 
no aumentéis mi padecer... 
¡sois por mi mal tan hermosas] 
Es particular... Ahora recito... y no me corto. 

RiB. Angelita, amiga... improvisada, usted siente 

el arte... y j'o también. 

Ang . Yo lo que siento es que no sirvo. 

RiB. ¡Error de errores!... ¡í-i acaba usted de decir 

una redondilla que ha cruzado el aire como 
una pompa de jabón! Convénzase usted: nos 
hallamos atraídos y ligados el uno al otro 
por el propio dolor, por el mismo deseo... 
Estoy elocuente... Aunque somos hogueras 
distintas, acaso las llamas de estas hogueras 
alguna vez se junten en el aire... ¿Qué le ha 
parecido á usted la metáfora? 

Ang. Ay, muy linda; muy linda... 

RiB. Bueno, pues no es mía. Es de un drama que 

se estrenó anoche... A usted no le puedo 

mentir. (Lo voga una mano.) 

Ang. ¿Qué hace usted, Ribete? 

RiB. No tema usted nada. Su mamá duerme 

como un sereno: el apuntador se ha conta- 
giado y duerme también. Estamos comple- 
tamente solos... 

Ang. ¿Sí? 

(Eu este momento aparece por el fondo don (.'arlos, el 



- 16 — 

cual, figurándose que ensayan la escena de antes, avan- 
za hasta ellos sin que le sientan ni le vean, y haciendo 
gestos de aprobación y de sorpresa ) 

RiB. «¡Solos! 

AnG. «¿Estamos solos? (Se Ic cae el abanico.) ¡Ah! 

RlB . » El abanico. (Lo coge, y ai devolvérselo le estrecha 

una mano.) 

Ang. »¡Por DiosI ¡que pueden vernos! 

RiB. »;Y qué importa? Entre usted y yo late ya 

»una corriente misteriosa de simpatía, que 
»nos acerca, que nos une... (La abraza.) 

Ang. »(iQué hace usted? 

iviB. » ¡Perdón' 

Ang. »iAh! 

RiB. » ¡Silencio!» 

D. Car. (Entusiasmado ) ¡Así, así justamente! ¡Esa es 
la verdad! ¡Ese es el arte! ¡Esa es la escena! 
¡Muy bien, muy bien, muy bien! ¡Gracias á 
Dios que hay dos meritorios que saben ha- 
cer las copas! 

(Angelita y Ribete se quedan atónitos.) 

RiB . (a Angelita ) (¡Se ha creído que ensayábamos!) 

Ang. (a Ribete.) (¡Y era la representación!) 

D. Car. * ¿Vamos á ti jarla? ¿Quieren ustedes? 

Ang. Sí, señor; si, señor .. ¡Puetj no faltaba más! 

RiB. Lo que usted mande, señor Director. 

Ang. (Batiendo palmas.) ¡Ay, qué alegría! Resulta que 

sirvo. . que sirvo... 
D. Car. (ai apuntador.) ¡TÚ! ¿Qué haces, hombre? Da 

la palabra de esta escena Vamos á ver. 

(Ribete y Angelita la ensayan peor que nunca, entera- 
mente desconcertados y sin tino alguno. Don Carlos 
manifiesta creciente asombro y trata de interrumpirlos 
á cada palabra, pero ellos no le atienden.) 

RiB. «¡Solos!» 

D. Car. ¿Eh? 

Ang. «¿Estamos solos? ¡ Ah!» (Tira el abanico.) 

RiB. «El abanico.» (Lo coge y se lo da.) 

D. Car. ¡Pero oiga! 
Ang. «¡Por Dios, que pueden vernos!» 

RiB. «¿Y qué importa?...» 

D. Car. jAy, ay, ay! 

RiB. «Entre usted y yo late ya una corriente mis- 

teriosa de simpatía...» 



- n - 

I). Car. |Ay, ay, ay! 

RiB. «Que nos acerca, que nos une...» (La abraza.) 

Ano. «(jQué hace ustedy» 

Rii!. «¡Perdón!» 

D. Car. ¡Por María Santísima! 

Ang. «¡Ah'» 

HiB. «¡Silencio!» Y ahora el paseíto. 

D. Car ¡Ba-sta, basta ya! ¡No es posible seguir ade- 
lante! ¡O ustedes pretenden burlarse de mis 
canas ó yo no me explico este cambio! 

RiB. ¿Burlarnos dice ustedV 

D.'i JUS. (Despertándose, j ¿Qué OCUrre? 

D. Car. y si lo otro fué una chiripa, y no saben us- 
tedes representar más que así, ya puede us- 
ted, joven, dedicarse á pegar carteles, y us- 
ted, señorita, á las labores propias de su 

sexo! (Kmpieza á ponerse el gabán que tiene en una 
silla inmediata. El apuntador sale de la coneba y 
se va ) 

RiB. ¡Eh, eh, señor mío! 

D.:i Jus. ¡Oiga usted, caballero! ¡A mi niña no se la 
trata así! 

D. Car, (cogiendo su sombrero y su bastón, dispuesto á mar- 

charse.) Como señorita merece todos mis res- 
petos y estoy á sus pies; pero como actriz es 
de lo peorcito que he visto en mi vida. 
¡Abur! 

RiB ■ ¡Vaya usted enhoramala! 

D.íi Jus, (Yéndose detrás de don Carlos en son de guerra.) 

¡Oiga usted, oiga usted! 

D. Car. ¡No tengo nada que oir, señora! 

Ano. ¡Mamá! ¡mamá! 

D.a J US. ¡Le dará usted explicaciones de esas insolen- 
cias á un cuñado mío que está en consumos 
y á un primo que tengo en la escolta real! 

(Desaparece siguiendo á don Carlos.) 



ESCENA ULTIMA 

AXGÉLITA y lÜBETE 

Ang . ¡Mamá, por Dios!... 

RiB, Déjela usted, Angelita... Bien está que se 

desahogue... Es una madre herida en lo que 
más quiere. 

AxG. Ay> Ribete; no siivo... no sirvo... 

RiB. Eso el público es quien lo ha de decir. A 

mi se me está ocurriendo una idea tan 
grande, que me parece como que miro el 
mar. Esto también es del drama de anoche. 

Ang , ¿Y cuál es esa idea? 

RiB. Volar con nuestro propio impulso; desafiar 

al sol, como las águilas... 

Anc . ¿Eao será del drama también? 

RiR. También. Probar nuestro arranque, medir 

las fuerzas que tenemos... En una palabra: 
formar. 

Ano. . ríFormar qué? 

KiB. Compañía. 

Ase. ¿Usted y yo? 

Rn;, Sí, señora. ¿Cómo es su apellido? 

A>'G. Recuelo. 

RiB. Precioso. Compañía Recuelo-Ribete. Juga- 

mos bien. Lista por orden alfabético, para 
no herir susceptibilidades. Carteles en todas 
las esquinas donde se prohiba fijar carteles... 

AxG. ¡Usted sueña! 

Ruí. ¿Y qué importa, Angelita? Soñar es vivir. 

¡Soñemos! /.No quiere usted soñar conmigo? 

Ang, No sé si podré. 

RiB. Me refiero al sueño del arte; al sueño de la 

gloria... Mire usted, Angelita: estamos en la 
noche de nuestro debut. 

Ang. ¿Ya? 

Ru; . Ya. El teatro está lleno de bote en bote. Nos 

aplauden con verdadero frenesí... Somos los 
reyes: el escenario es nuestro. Acabamos de 
bordar una escena que ha estremecido el co- 
razón del público. Usted se ha vuelto loca... 



- 19 - 

Ang El que se ha vuelto loco es usted. 

l;ii!. Pinto la situación, Anjielita... Sígame usted 

á donde la lleve. Soñemos. Usted se ha vuel- 
to loca y hace mutis. Un mutis de aplauso 
seguro. Lanza usted una carcajada histéri- 
ca, se suelta el pelo... y se va riéndose. Va- 
yase usted. 

A NG . (indicando torpemente el -muUs. ) | Ja, ja, ja! ¿Así? 

KiB . Más loca. 

Ang. ¡Ja, ja, ja! 

RiB. ¡Bravo! ¡bravo! ¡Sublime! ¡Todas las manos 

se juntan para aplaudir! Es una ovación 
delirante. Yo, que estoy en escena moribun- 
do, me levanto y voy por usted. (Angelita su- 
gestionada por Ribete y Ribete en alas de su calurosa 
fantasía, ejecutan cómicamente cuanto el va diciendo ) 

Y saludamos con sonrisa respetuosa... 
AxG. ¿Asi? 

RiB Así. 

Rrp, . Yo la señalo á usted y usted á mí, con la mo- 

destia de (juien nunca cree que se merece 
los aplausos. 

Ano. ¿Así? 

Rtb. Así. Y usted se retira, intento yo seguir ha- 

blando y no me dejan: quieren más salu- 
dos, más gloria... La noche para nosotros es 
inolvidable... La saco á usted de nuevo, la 
adelanto hasta la misma l)ateria... y yo me 
repliego humildemente... La ovación enton- 
ces es ensordecedora... Saludamos los dos 
como abrumados por tanta dicha... Usted 
tira besitos á los palcos... Y á las butacas... 

Y á la galería, que eso siempre es simpáti- 
co... \^ á los señores del sexteto, que aplau- 
den mucho... ¡Bravo, Angelita, bravo! ¡Muy 
bien! ¡muy bien! ¡El porvenir es nuestro! 
¡Sabemos saludar admirablemente! 

Ang. ¿y cree usted que hallaremos ocasión para 

demostrarlo? 

Rin. ¿Quién lo dudaV Nuestro encuentro tiene 

que ser fecundo. Con la compañía Rfcuelo- 
Ribete les ha salido un grano á muchas 
compañías. Formémotly, pues. 

Ang. Bueno, bueno.,. .Me es usted tan simpático 



— 2(» — 

que no acierto á negarle nada. Cuente us- 
ted conmigo... y encargúese de formar lo 
que quiera. 

(ai público.) 

Ya has visto los comienzos de nuestra historia: 
perdón si nuestros planes son irrisorios... 
Mas para de este ensayo guardar memoria, 
en pago de sus puros sueños de gloria, 
que escuchen tus aplausos los meritorios.,. 
Es gracia que te pide la meritoria. 



FIN 



Madrkl, Marzo ]f»Or,. 



OBlíflS DE ÜOS MISPS RÜTOlíES 



Eagrima y amor, juguete cómico. 

Belén, 12, principal, juguete cómico. 

Gilito, juguete cómico-lírico. (2.a edición.) 

La media naranja, juguete cómico. (2.* edición.) 

El lio de lafiaiiia, juguete cómico. (2.* edición.) 

El ojito derecho, entremés. (2.a edición.) 

La reja, comedia en un acto. (3.a edición.) 

La buena sombra, saínete en- tres cuadros. (5.a edición.) 

El peregrino, zarzuela cómica en un acto. 

La vida íntima, comedia en dos actos. (2.a edición.) 

Los borrachos, saínete en cuatro cuadros. (2.a edición.) 

El chiquillo, entremés. (3.a edición.) 

Las casas de cartón, juguete cómico. 

El traje de luces, saínete en tres cuadros. 

El patio, comedia en dos actos. (2.a edición.) 

El motete, entremés con música. 

El estreno, zarzuela cómica en tres cuadros. 

Los Galeotes, comedia en cuatro actos. (2.a edición.) 

La pena, drama en dos cuadros. 

La azotea, comedia en un acto. 

El género ínfimo, pasillo con música. 

El nido, comedia en dos actos. 

Las fiares, come-lía en tres actos. 

Los piropos, entremés. 

El ficchazo, entremés. 

El amor en el teatro, capricho literario en cinco cuadros, pró- 
logo y epílogo. 

Abanicos y panderetas ó ¡A Sevilla en el botijo! humorada sa- 
tírica en tres cuadros, con música. 

La dicha ajena, comedia en tres actos y un prólogo. 

Pepita Reyes, comedia en dos actos. 

Los meritorios, pasillo. 



M^A. ^AMO£«f 



Esta obra es propiedad de sus autores, y nadie p<- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarU 
en España ni en los países con los cuales se hayan 
celebrado ó se celebren en adelante tratados interns- 
ciunales de propiedad literaria. 

Los autores se reservan el derecho de traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad 
de Autores Españoles son los encargados exclusivamente 
de conceder ó negar el permiso de representación y 
del cobro de los derechos de propiedad. 

Qneda hecho el depósito que marca la ley. 



LA ZAHORI 



ENTREMÉS 



SERAFÍN I JOApiS ÁLV\REZ ()UITOR9 



Estrenado en el TEA.TRO ODEON de Buenos Aires el ó de 
Setiembre de 1903 



-*- 




MADRID 

a rtLASOO, IMP., MARQÜliS DC SANTA aHA, 11 (VuP. 

Teléfono número 551 
1003 



A SVESTROS QUERIDOS AMiaOS 

J/íaiilde T^odrígue^ 

y José J^ubio 



en teétítuOHió de aduiitaciou u 



y^óé CLÍuioieó. 



RKPARTO 



PERSONAJES ACTORES 

MICAELA Sra. Rodríguez. 

jUANICO Sr. Rubio. 

Varios mozos 



--sd5í»,.^*á5t*^ 



.-rfí'Sb» 



"*rir¥iTW¡í&iiift¡h«íiíWir^ II ,■« II <í> iiiftiHMWii«nn«iK«]r«nr5n 



LA ZAHORÍ 



Covacha en donde vive Micaela. A la derecha del actor una puerte- 
cilla, cerrada con cerrojo y tranca, á pesar de ser el único hueco 
por donde entran el aire y la luz A la izquierda del foro un agu- 
jero grande que comunica con otra habitación de la covacha. No 
hay más muebles que una mesa pequeña y dos ó tres sillas, muy 
viejas. Colgadas junto á la puerta dos herraduras rotas. En la pa- 
red una ristra de ajos. Es de noche. 

(ai levantarse el telón está la escena sola. Un momento después se 
oyen dos golpes fuertes en la puerta. A poco se repiten, y entonces 
sale por el agujero del foro Micaela, con un candil en la mano Es 
una gitana como de unos cincuenta años de edad, desgreñada y rota.) 

Micaela ¿Quién será que tanta priesa trae? (uégase á 

la puerta y pregunta.) ¿Quién 68? 
JUANICO ("Dentro, gritando, muy á lo paleto.) ¡A la paz 6 

Dios! 
^[ICAEl.A ¡Bendito sea, y no nos eeampare nunca! 

¿Quién es? 
J'jANico Gente e paz. 
Micaela ¿Qué gente? 
JuANico Un lionibie. 
Micaela ¿Na más? 
JuANico ¿Le paece á usté poco? 
Micaela S'ha menesté dá más señales pa entra en 

mi cueva. 
.luANico ¿No basta zé perzona e bien? 
Micaela No basta. ¿Esa persona viene pola? 
JiJANico Con una pezaumbre. 



Micaela 

JUANICO 

Micaela 

JUANICO 

Micaela 

JüANICO 

Micaela 

JUANICO 

Micaela 



JüANICO 

Micaela 

JuANICO 

Micaela 

JüANICO 

Micaela 



JüANICO 

Micaela 



Juanicd 



Micaela 

JüANICO 

Micaela 

JüANICO 

Micaela 

JüANICO 



Micaela 



¿Y qué quiere? 

Remedio pa eya. 

¿Y quién la guía á este sitio? 

El anzia de zortarla pronto. 

(Va á abrir y se detiene ) ¿TraeS dineroS? 

No zoy la Caza e la Monea, pero árganos 
traigo. 

(Franqueáudole la puerta á Juanico.) Pasa. 

Dios guarde á usté. 

(cerrando la puerta.) Er te gUÍe. 
(juanico es un mozo trabajador del campo andaluz. 
Viene de sombrero ancho, zamarra al hombro, faja y 
zahones. Su hablar es torpe, oscuro y despacioso.) 

Comadre, ¿zabe usté que pregunta usté más 
que er padrón de los perros? 
¿Eres perrero tú? 

No; pero esta tarde ze lo he vieto yená á mi 
zeñorito. 

¿Quién es tu señorito? 
Don Pedro Molina. El amo de Mazarquiví, 
er cortijo más zonao der pueblo. 
[Ah, ya... Molina! De los Molinas de Morón. 
¡Ese sí que tiene jparn^.'... ¡Mardesío! En su 
casa se esaynnan con onsas e oro... 
¿Quién le ha dicho á usté ezo? 
¡Yo que losé!... ¡Condenao! Unos tanto y 
otros tan poco... iMía tú yo, que pa que se 
junten en mi oya más e tres garbansos... 
tengo que toca un pito... Y si echo carne 
arguna vé, se as^usta la 05'a... 
Azina ez este mundo. Lo mesmo paza con 
los pezares. Hay quien vive riyéndoze desde 
que dispierta... y hay quien no ze ríe ni 
aunque ze vaya á retrata. 
Jerío vienes. 
Jerío. 
¿De qué? 

De mar de amores. 
¿Qué eres tú? 

Yegüerizo de Mazarquiví. U.-^té pué que co- 
nociera á mi padre. Zeñó Cristóba er de la 
Fuente. 

Sí que lo conosí; bien dises... Dios lo tenga 
en su gloria. ¡Qué hombre aqué tan cabá y 



9 - 



JUANICO 

Micaela 

JUANICO 

Micaela 



JüANICO 

Micaela 

JUANICO 

Micaela 



JUANlCO 

Micaela 

JuANICO 

Micaela 

JUANlCO 

Micaela 



JüANlCO 



Micaela 

JüANICO 

Micaela 



JüANICO 

Micaela 



tan esente! De güeno que era, en er pueblo 

le yamaban Asma. 

Azuca... ezo es... 

Ea, pos siéntate ya, Terrón. 

(Dejándose caer con abatimiento en una silla, y suspi- 
rando.) ¡Ayl 

No suspires; que ninguna niujé vale er sus- 
piro de un hombre honrao. Te lo digo yo... 
que he sío mujé ya jase tiempo. Dame la 
mano. 
¿La mano? 

Sí. Pero esa no; la otra. 
¿Tiene que zé la izquierda? 

La izquierda. (Toma la mano de Juanico y la con- 
templa atentamente por la palma. Juanico muestra 

asombro y miudo.) ¡Ay, creatura!... ¡Qué de co- 
sas te van á pasa en este mundo .. si no te 
mueres antes! 
¿Malas ó güeñas? 

Hay de to. Déjame que te mire á los ojos. 
¿,A loz ojos? ¿Pa qué? 
Eso es cuenta mía. 
Yeva usté razón. 

(¡Prübesitol Es más infelí que una estera.) 
¿a, anda ya; esahoga tu pecho tribular. 
Hate cuenta que estás elante er cura. 
Mejó zerá que me jaga otra cuenta; porque 
ar cura, zi á mano viene... ya ze zabe que lo 
tiene uno que engaña... Argunaa cozas no 
ze les puen decí á los curas... 
¿Por qué? 

¡Porque no zaben de ezo! 
¿No, verdá? Pos descansa en mí; que yo sé 
de eso. De eso y de to, pero de eso mi sensia 
es un posü. Echa fuera to lo que te jiere, 
que no te fartará la melesina. Toito er que 
viene aquí se va consolao... Jasta condeses 
y marqueses han pasao esa puerta... Y una 
señora mu señora estuvo anoche, enseláder 
marío, y yo lo jise vé en un vaso de agua 
que er señorito no estaba donde eya se creía, 
sino en otro sitio peo. 
¿Peo pa eya? 
Peo pa é. Estaba en er Casino, ¿sabes? (imi- 



- 10 



JlJANICU 

Micaela 

JUANICO 



Micaela 

JUANICO 

Micaela 

JUANICO 

Micaela 

JüANICü 

Micaela 

JüANICO 



Micaela 



TUANICO 

Micaela 

JUANICO 



Micaela 

JUANlCO 



tando la acción de jugar al monte.) Pero COmO l;i 

señora no traía más aqué que la mordeura 
de los seles, se fué eeponjá de orgnyo. 
líscuche usté, gitana... 
Micaela me yamo. La Sajorí por otro nom- 
bre. 

Foz escuche usté, Zajorí; yo quieo vé lo 
que está jaciendo á estaz horas mi Merce- 
des. 

(Muy asombrada.) ¡Chiquiyo! 

,,Qué? 

(con malicia.) ¿TÚ sabcs lo que píes?. . 
Yo... 

Vamos á vé, ¿quién es tu Mersedes? 
La que me ha puesto azina; que me vi á gor- 
vé tábiro. 

Es verdá; que tienes coló de serote. Si te ve 
un sapatero, te roba. 

Como que no zoy conoció. Ar pilón der cor- 
tijo me miré la cara esta mañana, y penzé 
que era otro. Gracias á que pazo el aperaó y 
me dijo: «Juanico, güenos días», me di 
cuenta de que era yo er que pintaba el agua. 

(Afligiéndose y haciendo pucheros.) Yo he perdío 

la alegría de mi genio; yo no como bocao á 
gusto; yo er vino no lo cato; yo no jago na 
de lo que jacen tos loz hombres: jasta er ta- 
baco me zabe malamente... 
¿Pero qué es eso? ¿Vas á yorácomo una crea- 
tura? Jale fuerte, hombre, que to se arregla 
en esta vía. Echa tabaco. 
No tengo ganas e fuma. 
Si es pa mí. 

Ezo ez otra COZa. Tome usté. (Le da una petaca 
que lleva en la faja. Micaela hace nn cigarrillo á estilo 
campesino, lo enciende en el candil y fuma, oprimién- 
dolo y arqueándolo mucho.) 

Cuéntame; esa mujé, ¿es bonita? 
Bonita no es na; pintores no la pintaran... 
¿Ha visto usté arguna vé la primera amapo- 
la que zale entre er trigo? Poz eza. (señalando 

con el dedo pulgar de la mano la yema del índice.) 

La carita ez azina... la cintura ez azina... lan 
rcanos zon azina... azina zon los pies... 



- 11 — 

Micaela ¡Ay.vargame Dios!...Teha8 enamoiaode una 

cuña. 
JuANico f.üna cuña? Pos zeiz arrobas peza; pa que ze 

vaj'a usté enterando. 
Micaela ¿Quién había e desirlo?... ¡Miá la gachí!... Ya 

sé yo dónde yeva las carnes. 

JüANICO ^ Metiendo mano a un bolsillo de la zamarra.) Aguar- 
de usté: va ustéá verla ahora mesmo. 

.Micaela ^;La traes ahí? 

.JuANico Traigo una pintura que me ha jechn er chi- 
(juichanca der cortijo, que tiene mucha idea. 

(Saca del bolsillo un papelito doblado en cuatro partes 
y se lo enseña á Micaela.) Místela 

Micaela (cogiendo ei papel y mirándolo.) ]Ay, qué prepio- 

sa! .. ¡Qué presiosa!... 
JüANICO Zi la está usté viendo ar revés... 

Micaela Ka Verdá, hijo mío... (Después de volver el papel.) 

¡Ay, qué presiosísima! 

JUANICO (Señnlaudo un punto en el dibujo.) EstC ez el OJO. 

Micaela (¡No va pa Moriyo er chiquichanca; mar tiro 
le den!) Ten ahí. (Le devuelve ei papel.) Bien 
luerese la niña que penes por eya, 

JüANICO Y bien que peno... 

Micaela Ya lo .sé... ¿qué vas á contarme? ya lo sé... 
¡Como que quiere á otro! 

Jüanicc a otro quiere. ¿\ usté quién ze lo ha dicho? 

Micaela Naide. Yo sé toas las cosas, por sajorí que 
Foy. Y miá tú que pa fíjarse en quien se ha 
fijao, no valía la pena de jaserte á tí esta 
t'saborisión. 

JüANICO JCzo es lo que yo digo... Toavía zi me dejara 
por un mozo cabá... ;pero miste que dejarme 
por Patas cortas! ¡Un hombre que zentao 
tiene más estatura que de pie!... 

Micaela A naide curpes más qu3 á ti. Castigo der 
.«ielo es to lo que te pasa. ¿Por qué plantaste 
tú á la otru, ja-pa e molino}' 

JüANICO (i kno de perplejidad.) ¿A quiéu? ¿A María Pepa? 

Micaela A María Pepa, t-í... 

JcANico Pero, ¿tiimbién lo zabe usté? 

.Micaela ¿Per qué la plantaste, velioso? 

JuANico Pa er queré no hay leyes... Viene y ze va zin 
pedí permizo... como er zó... 

Micaela ¡Si hubieras acudió á mí desde er prensipio, 



12 - 



JUANICO 

Micaela 

JuANICO 

Micaela 

JjANlCO 



Micaela 



JuANICO 

Micaela 



Juan ICO 
Micaela 



JUANICO 

Micaela 

JuANlCO 

Micaela 

JUANICO 

Micaela 



JUANICO 

Micaela 

JUANICO 



yo te hubiera ajcriao pesánmbiep. Pero < s 

tiempo toavía... siempre que jagas to lo que 

yo te mande. 

To lo jaré. ¿Me quedrá MercedesV 

Te quedrá. 

¿Pero dejará á Patas cortas? 

Y á Patas largas. 

(Con explosión de alegría infantil.) i Ay, JozÚ! jjozúl 

¿qué me está usié diciendo? ¡Zi no lia de 
zali, vale más que me ezengañe usté de im 
gorpe! 

tín tu sino está e?critc: te quedrá Mersedes: 
piedras ha de tira por tí; sus casaréis un do- 
mingo e Mayo, y tendréis dos hijos, d^*K- 
pués de esperarlos seis años y tres días: ( 1 
uno te jará felí cantando misa; el otro te 
acarreará muchos sinsabores porque quedrá 
meterse á verdugo. 
(con espanto.) ¡Zeñora! 

¡A verdugo! Yo no invento na. A Patas cor- 
tas, er dJa de tu casamiento lo cogerá er ca- 
rro e la carne por las roiyas... 

(Riéndose brutalmente.) ¡Ju, jtl, ju! 

Y las manchas e sangre se quearán en las 
piedras, sin que na baste pa borrarlas, jüshi 
que nazca er primero de tus chorreles. 

(Asombrado.) ¿ZÍ"? 

Como lo oyes. 
Me deja usté parao. 
Dame una peseta. 
(lUna pezeta? Tome usté. 
Te pío dinero luyo, porque er mío no vale. 
Con esta monea vi yo á compra ungüento 
de firmesa, porvos de ensueño, fló de ternu- 
ra y simiente de güeña dicha; con to rebu- 
jao y jervío en un dedá de agua salobre, vi 
á jasé un caramelo; te lo vi á dá á tí, y er 
día que tú consigas que eya na más se lo 
yeve á los labios, por la noche bajará á la 
ventana. 
¿Zí? 

iSí. Pero tú has de jurarme pasa de largo sin 
mirarla siquiera. 
¿Por qué? 



13 - 



Migarla 

JüANICO 
MiCAEL X 
JuANICO 

Micaela 



JuANlCO 

Micaela 

JüANICO 

Micaela 

JüANICO 

Micaela 

JüANICO 

Micaela 

JüANICO 
\flCAELA 
JüANICO 

Micaela 

Ji'ANICO 

Micaela 

JüANICO 



Micaela 



JüANICO 

aIicaela 



Porque si la miras, ya pues contá que la has 
perdió pa siempre. 

(Aterrado.) ¡JoZÚ! 

Escucha otra coea. 
Usté dirá. 

I Dándole un clavo que saca del cajón de la mesa.) 

roma este clavo. Esta noche, ar tiempo de 
acostarte, jases una cruz cou é á la cabesera 
e tu cama; lo clavas en medio e la cruz, y das 
tres martiyasos seguios, disiendo: ¡Merse- 
des!... (Mersedes!... ¡Mersedes!... A la tersera 
vé, er clavo te responderá mu lastimero: 
«¿Qué te he jecho yo pa que asín me mar- 
trates?...» Eutonses lú te acuestas sin cai- 
dao, y te duermes tranquilo. 
¡En zeguía! ¡Uomo diga ezo er clavo, no pego 
yo un ojo en toa la noche 1 
Aguarda, y déjame acaba. Si er clavo no 
contesta.... 

¿Le cuergo er zombrero?... 
¡No! Te sales ája cave... 
¡Ah!... 

Te vas á casa de Mersedes... 
¡Ah!... 

Y en er mismo poyete de su puerta, jases 
otra cruz con saliva. 
¿Otra cruz? 
Sí. 

¿Y me va usté a dá también otro clavo? 
Sí. 

¿Pu que lo clave en er poyete? 
Sí. 

( Cambiando repentiniimetate de voz, de acento, de pro- 
nunciación y de ademanes.) PerO, VainOS á vé, 86- 

ñora: ¿tengo yo cara de sé tan bruto? 

í Desconcertada.) ¿Eh? 

(Oyense dentro, hacia la pnerta, risas escandalosas de 
varios mozos qne se supone que acompañaban á Jua- 
nico.) 

Que si tengo yo cara de sé tan bruto. 
Ah, ladrón! Te has estao burlando de esta 
(jrobe mujé, ¿no es verdá? ¿Y visnes con 
pandiya, cacho e valiente? (xuevas risas dentro.) 
¡ Mía como se ríen de la grasia! 



— 14 — 



JUANICO 

Micaela 

JüANICO 



Micaela 
Mozo l.<) 
Micaela 



JUANICO 

Micaela 

JüANICO 



Micaela 
Mozo l.o 
Micaela 



JüANICO 

Micaela 

JüANICO 

Micaela 

JüANICO 

Micaela 



¡Señora, como que trae usté infernao á to er 
pueblo con sus embustes, y ha güerto usté 
tonto ar chiquÍ3'o del aperaó! [No hay un 
vesino que no ande ya jasiendo cruses por 
toas partes! 

¡Asín te jagan una en la barriga con una 
navaja de afeita, condeuaol ¡Vete ya e mi 
casa, malas ideas! 

¡Si venimos á COrgarla á usté! (Abre la puerta y 
aparecen algunos mozos, riéndose. Uno de ellos, el 
mozo 1 °, encanijado y chiquitín.) 

¿A mí? 
¡Por bruja! 

¡Mía el otro, que paese que lo han echao ar 
mundo por compromiso! (se ríen todos.) ¡Lar- 
garse ya, cuadriya e bandoleros, si no que- 
réis que sus jaga yo mar de ojo! 
¿Sí, eh? ¡Pos degüérvame usté mi peseta! 
¡No te jará daño, creminá! ¡Antes me sacas 

la edá que tengo! (Nuevas risas.) 

Pero, infelí, ¿te iba yo á dá una pe?eta güe- 
ña? ¡Si esa no la toman ni con un duro en 
sima! 

¡Ah, pajolero f ¿Con que es farsa? 
¡Más que tú! 

¡Gáyate ya, pitraco; que un gato que te ve? 
te va á toma por revortiyo! ¡Gáyate y no ha- 
bles más! ¡Fuera, fuera e mi casa tos, que la 
eshonráis! 

¡Anda y que te afusilen, y aprende otra vez 
á tené más vista! 

¡Grandísimo Júas, si eres un cómico; si se la 
das á tu misma mare! 

¡Vamonos! ¡vamonos! (Se marchan todos y se ale- 
jan riéndose á más y mejor de la gitana.) 

¡Ca uno se gana la vía como puede! ¿Gomo 
se la ganaba tu padre, cacho e ladrón, que 
farsificaba hasta el agua? 

( Desde dentro ya.) ¡PerO SÍ tampOCO SOy yO hijO 

der señó Cristóbal 

¡Ni de naide! ¡Si tú eres del Hespisio, arras- 
trao! ¡Vete ya, cunero!... ¡Viruelas te sargan 
jasta en er blanco de los ojos! ¡Vete yal... 
¡armenaque antiguo!... ¡coliya e probé!... 



15 



Uicón sin bota!... ¡En manos e la justisia te 
veas... y te toque un fiscá ponderativo!. . 

Cierra la imerta y se dirige al público.) 

Yo he nasío sajorí, 

y calo en er pensamiento 

y leo en lo porvení, 

y tengo er presentimiento 

de que me vais k aplaudí. 



KIN 



Madrid. Marzo, l'.'O:) 



Advertencia importantea Las empresas que pon- 
gan en escena este diálogo, pagarán por derechos de propie- 
dad de cada representación la mitad de les correspondientes 
á una pieza en un acto. 



OBURS DE ÜOS MISMOS AUTORES 



Esgrima y amor, juguete cómico. 

Belén, 12, principal, juguete cómico. 

Gilito, juguete cómico-lírico. (2.a edición.) 

La media naranja, juguete cómico. (2." edición.) 

El tío de lafl'iuta, juguete cómico. (2." edición.) 

El ojito derecho, entremés. (2.a edición.) 

La reja, comedia en un acto. (3.a edición ) 

La buena sombra, sainete en tres cuadros (ó a edición.) 

El peregrino, zarzuela cómica en un acto. 

/.a vida íntima, comedia en dos actos. (2.a edición.) 

Los borra' hos, sainete en cuatro cuadros. (2.a edición.) 

El chiquillo, entremés. (3.a edición.) 

Las casas de cartón, juguete cómico. 

El traje de luces, sainete en tres cuadros. 

El patio, comedia en dos actos. (2.a edición.) 

El motete, entremés con música. 

El estreno, zarzuela cómica en tres cuadros. 

Los Galeotes, comedia en cuatro actos. (2." edición.) 

La pena, drama en dos cuadros. 

La azotea, comedia en un acto. 

El género ínfimo, pasillo con música. 

El nido, comedia en dos actos. 

Las flores, comedia en tres actos. 

Los piropos, entremés. 

El flechazo, entremés. 

El amor en el teatro, capricho literario en cinco cuadros, pró- 
logo y epílogo. 

Abanicos y panderetas ó ¡A Sevilla en el botijol humorada sa- 
tírica en tres cuadros, con música. 

La dicha ajena, comedia en tres actos y un prólogo. 

Pepita Beyes, comedia en dos actos. 

Los meritorios, pasillo. 

la zahori, éntreme?. 



r^A. :R^ir^i^ ivxob^a. 



Esta obra es propiedad de sus autores, y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla 
en España ni en los países con los cuales so hayan 
celebrado ó se celebren en adelante tratados interna- 
cionales de propiedad literaria. 

Los autores se reservan el derecho de ti^aducoión. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad 
de Autores Españoles soa los encargados exclusivamen- 
te de conceder ó negar el permiso de representación 
y del cobro de los derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



LA REINA MORA 



saínete en tres cuadros 



SiíRAFiN I JOApiN ÁLVAREZ pNTERO 



con ¡mítica del maestro 



JO»:!^ (SKRJRiVIVO 



Estrenado en el TEATRO DE APOLO el 11 de Diciembre 
de 1903 




MADRID 

a tilábco, imp., uarqcís dk santa asa, U ivir," 

Teléfono número óól 

ieo3 



c9 Slneslo S)eÍ0aóc 

a úLuteu lOá cLuíó^teS eáfiañóieJ de- 
atHtcióá, 



RKPARTO 



PERSONAJES ACTORES 

CORAL Sbta. Finó. 

MERCEDES Gakcí A Sknea 

DOÑA JUANA LA LOCA Sea. Vidal. 

LAURA Seta. Amokós. 

ISABELITA GÁLVEZ (B.) 

COTUFA Se. Pinedo. 

DON NUEZ Oeejón. 

ESTEBAN Rkfoezo. 

MIGUEL ÁNGEL Mesejo. 

EL NIÑO DE LOS PÁJAROS Seta. Mesa. 

UN EMPLEADO DE LA CÁRCEL. Se. Alvaeez. 

UN SERENO SuÁEEZ. 

UN GUITARRISTA Sánchez. 

Oficialas de Mercedes, carceleros, presos y amigos de Don Nuez 



Esta obra ha sido puesta en escena bajo la acertadísima 
inteligente dirección de Don Miguel Soler. 






hA re;ina mora 



CUADRO PRIMERO 

Sosegado Fincón en un barrio antiguo de Sevilla. A la derecha del 
actor, cerrando la escena, una tapia almenada, por detrás de la 
cual asoman los árboles de un jardín. En ángulo recto cou ella, 
de frente al público, ventana enrejada de la casa de Coral, con 
celosía. Al pie de eUa un poyete. A la izquierda, en el mismo 
término, también de frente al público, otra ventana mucho mayor, 
que corresponde al taller de costura de Mercedes. Kntre ambas 
ventanas un pasadizo techado, tortuoso y sombrío, con salida á 
otras callea por el fondo del escenario. La primera puerta á la 
derecha de este pasadizo es de la casa de Coral, y a la izquierda 
de la de Mercedes. Junto á ella está la de Miguel Ángel. Cerca de 
la casa de Coral un retablo, ante el cual pende una lamparilla. 

Es una mañana de Invierno, templada y alegre. El sol da en 
la calle de plano. 



ESCENA PRIMERA 

MERCEDES, ISABELITA, LAURA, MIGUEL ÁNGEL y Tarias COS- 
TURERAS; CORAL, dentro; después DOÑA JUANA LA LOCA 

(La ventana del taller de Mercedes aparece abierta. En él se ve á 
varias oficialas cosiendo. Mercedes, sentada en el alféizar, cose tam- 
bién. 

Miguel Ángel, sentado asimismo, en una silla sin respaldo, junto 
al poyete de la derecha, enjalbega, pinta y recompone imágenes. Vis- 



te l)luíía de dril, manchada de escayola y pintura, y sobre ella ame- 
ricana vieja de invierno. Usa también babuchas de orillo, gorro de 
estambre, pipa y gafas. Bajo el asiento tiene un frasco de vivificante 
♦Cazalla>, tapado con una copita.) 

Música 

Coral f cantando, dentro.) 

Compañero del arma y la vía, 

sin tí no vivo; 
por er día y la noche, gitano, 

sueño contigo. 



M Ano. ¡Qué caprichos tengo yo! 

¡Preferí las medias blancas 
y las ligas de coló! 



Coral Quiero verte á mi vera pa siempre, 

los dos juntitos... 
Le hase farta á mi cuerpo tu sombra, 
serrano mío. 



¡Qué poquito er tiempo corre; 
que no da la hora que espero 
la campana de la torre! 

Dala, campanita, 

campanita, dala; 

dala, que con eya 

me darás el arma. 



Merc. (cantando mientras cose.) 

Seviyanito de mala sangre, 
tienes muñecos en la cabesa, 
y vale mucho mi personita 
pa que se siegue con tu fachenda. 



M. Ang. Amariyo sí, 

amariyo no.. 



- 9 - 



(Lo mismo que Mercedes.) 

Gitano, 
de mi casa me he perdió, 
yévame tú de la mano. 



Mi hermana 
se va á escapa con su novio 
mañana por la mañana. 

Se levanta Miguel Ángel y entra en su cnsa.) 

Si tus ojos queriendo mirarme 

miran pa er sielo, 
se hayarán á mis ojos buscando 

sus compañeros. 

Er que yo quiera queré 
ha de tené la cabesa 
muy distante de los pies. 



Por er día y la noche, gitano, 

contigo sueño... 
Le hase farta á mi cuerpo una sombra: 

la de tu cuerpo... 



(Snle Miguel Ángel de su casa con un frasquito de bar- 
niz, y se sienta á continuar su labor.) 

¡Qué poquito er tiempo corre; 
que no da la hora que espero 
la campana de la tnrre! 
Dala, campanita, 
campanita, dala; 
dala, que con eya 
me darás el arma, (cesaia música.) 
(üoúa Juana la Loca sale por el fondo antes de termi- 
nar la música, y al oir cantar á Coral se detiene á escu- 
ch;irla pegando la oreja á su puerta. 
• Ks una viejade ahora, pero que parece del siglo XVII. 



— 10 - 

Viste de velo y mantón negros. En las sienes lleva dos 
parches, negros también. Viene como de misa, con ca- 
trecillo al brazo, rosario y lijjro de oraciones.) 



ESCENA II 

DICHOS y DOÑA JUANA 



D.a JuA. Mora, ó cristiana, ó bruja, ó lo que sea, can- 
ta que da gusto de oiría, — Dios guarde á 
usté, señó Miguel Ange. 

M.Ang. Venga usté con Dios, señora doña Juana. 
¿De misa? 

D.a JuA. De misa. Y de confesa, como todos los días. 

M. Ang . Pero ¿tanto peca usté, señora? 

D.aJuA. No es que peque; sino que me gusta des- 
carga la consiensia á diario. 

M . Ang . Pos si yo fuera er cura, le daba á. usté un 
vale pa to er mes. 

D.aJuA. (Refunfuñando ) No me gaste usté siertas bro- 
mas. ¿Le párese á usté regula que un hom- 
bre que se gana la vida restaurando imáge- 
nes, eche á juego las cosas santas? 

M.Ang. Con ningún santo me he metió yo, doña 
Juana. Entre tos me yenan la oyg, 3^ son pa 
mí como de la familia. ¡No fartaba máf<l 
Miste qué San Antonio estoy retocando: 
tiene cara de húsa. 

D.a JuA. ¿Digo, eh? 

M. Ang . Arrepare usté en la malisia que le he puesto 
en los ojos Como es un santo ar que no le 
píen más que novios las devotas, el artista 
tiene que darle su intensión. 

D.aJu^. Ya, ya... Bueno está usté. 

M.Ang. Pos fíjese usté en este San Roque. Me lo 
trajeron ayé sin cabesa, y místelo ya. 

D.a JuA. ¿Qué ha hecho usté con él? 

M. Ang. Sacarle farsiones á la calabasa, y ponérsela 
en er pescueso. P]l artista no se apura 
nunca. 

D.a JuA. Más valía que le diera usté grasias á Dios, 



— 11 — 

que hasta en invierno le calienta á usté este 
rinconsito pa que se venga á trabaja. 
M. Ang. Es que Alá es grande, señora mía, y se 
acuerda de los pobres más que de los ricos. 

D.* JuA. (Refunfuñando nuevamente, como siempre que le des- 
agrada mucho algTina cosa.) [Alá!. . ¡Alá!... ¡Here- 
dóte!... Va usté á parar en el Infierno. 

M. Ang. ¡Toma! Ya lo sé. Y que según rae estoy 
preparando er cuerpo, voy á arde en dos rr i- 

nUtOS. (sacando de debajo de la silla el frasco del 
aguardiente.) ¿Quié USté Un trago? 
D.8 JUA. (Después de mirar con recelo ala ventana de Mercedes ) 

Luego murmuran... 
M. Ang. Ahora no nos ve nadie. Siénti-se usté aquí 
en er rincón. 

D.a JuA. Es usté el demonio... (Se sienta en el poyete, y se 
bebe uua copita de anís que le da Miguel Ángel.) 

M. As(. Verá usté gloria. 

D.a JuA. MU3' rico, muy rico... (Un poco arrepentida.) No 

siento más sino que tendré que confesarlo 

mañana. 
M. Ang . Más lo siento yo entonses. 
D.aJuA. ¿Porqué? 
M. Ang. (Apurando una copa y relamiéndose.) ¡I 'orque pasao 

mañana está aquí er cura! 

ü.a JuA. Vamos, cayese usté ó reñimos, (con misterio.) 
Y diga usté, diga usté, seño Miguel Ange: 
¿qué hay de la reina mora, como usté la 
y ama? 

M. Ang. Lo mismo e siempre: no se descubre tanto 
así. A esta casa le desían antes en Seviya la 
casa er duende; pero hasta ahora sí que no 
ha estao ese nombre bien puesto. Ni puerta 
ni ventana se abren pa na. Y como er ba- 
rrio es tan cayao y tan solo, to paese aquí 
cosa e leyenda. Dos meses hase que vive 
en la casa esa mujé, y nadie la ha visto más 
que de refilón, ó argún que otro momento 
que se asoma pa echa una limosna. Ocurta 
está como un tesoro; quien la guarda, la 
guarda bien. Por eso, y por los ojos que 
tiene, que son dos carbones, le puse yo la 
reina mora. Y er mote ha hecho fortuna. 
Añ la yaman ya en to er barrio. 



— 12 — 

D.a JuA. (J,Y es tan hermoBa como cuentan? 

M. Ang . Es pa deja de sé cristiano, si eya fuese mora 

de verdá. 
D.aJuA. ¡Jesús, María! 

M . Ang . Por un beso de su boca 

diera á Granada Boadí. . 

Eso, Boadí; que yo con tá que me mirara, 
me queaba sin un santo de éstos. 

D a JuA. ¡Mira el viejo tambiénl ¿Y es verdá que hay 
un iiombre que mnnda en eya? 

M. Ang. Sí, señora. Es la única arma viviente que 
ha entrao por esa puerta. ¿Su maríoV No pé. 
¿Su novio? No sé. ¿Su amante? No sé. Mis- 
terio y más misterio, doña Juana. 

D.aJuA. ¿Será un real moso? 

M. Ang. ¿El? ¡Si eso es lo que más indirna, señora! 
Tiene coló e maseta, ca ojo de un tamaño. . 
y por la nari le ve usté hasta er forro e la 
coroniya. ¡Un fenómeno! Yo, como soy es- 
curtó, sufro una atrosidá cuando lo miro. 

D.a JuA. ¡Jesús, Jesús, Jesús! ¡Qué cosas suseden! (se 

levanta.) 

M . Ang . ¿Se va usté ya? 

D.a JuA. Sí, señó. Hasta mañana. A vé si mañana sa- 
bemos algo más... porque a!?í no es posible... 

M. Ang. ¿Quié usté otra copita? 

D.aJuA. No, señó; que luego me da tos, y no gano 
pa paga al burrero. 

M. Ang. Pos que Mahoma la proteja. 

D.a JuA. ¡Y dale con Mahoma! (ai pasar por la ventana 
de las costureras la detiene Mercedes.) 

Merc. Vaya usté con Dios, doña Juana. 

D.aJuA. Hola, mosita. 

Merc. ¿Viene usté de confesa? 

D.aJüA. De confesa. 

Merc. ¿Le ha dicho usté ar cura lo de Seboya? 

DaJuA. ¿Y qué es lo de Seboya? 

Merc. Ese majito que la ronda á usté. 

D.* JUA. (Yéndose de estampía por la izquierda.) ¡Vaya, vaya! 

¡Se conose que hay buex: humor! (Las mucha- 
chas se ríen. Miguel Ángel se levanta y se acerca á la 
ventana de Mercedes.) 



— 13 — 



ESCENA III 



DICHOS, menos DOÑA JÜAXA; al final DON NUEZ 



M. Ang. 

Merc. 
M. Ang. 

Merc. 

M. Ang. 
Merc. 
M. Ang. 
Merc. 
M. Ang. 
Merc. 
M. Ang. 
Merc. 

M. Ang, 

M ERC . 

M. Ani 

Merc. 



M. Ang 
Merc . 

M. Ang. 



Merc. 

M. Ang. 
Merc. 
M. Ang. 
Merc. 
M. Ang, 

Merc. 



Esa pobre doña Juana la Loca está ya de re- 
mate. 

|Claro! Se junta con usté... 
¡Como que éste es er barrio e los chiflaos! Tú 
misma no e.=tás güeiia de la cabesa... 
¿No, verdá? Pos me farta mucho pa tira pie- 
dras por la cay 3. 
Ya las tirarás con er tiempo. 
¿A dónde? ¿A la cabesa de arguno? 
O de arguna; vaya Ubté á sabe. Oye. 
Oigo. 

¿Te arreglas con don Nuez ó no te arreglas? 
¿Yo con don Nuez? No me gusta ese postre. 
Pos mira, es uii mosito mu jacarandoso. 
Si, señó; y hasta guapo, si no fuera por la 
nuez que tiene. 
Es verdá que la nuez lo afea. 
Como que cuando bebe agua paese que va 
á pone un güevo por la boca. 
¡Je! 

Sobre que ahora no piensa en mirarme. Ni 
é, ni ninguno der barrio. Aquí ya no hay 
más n.ujé que la reina mora. 
¿Paei-e que te pica? 

¿A mí? Está por nasé la que me quite er 
sueño. 

¡Ole! Así me gustan á mí las personas: que 
les sarga el orguyo hasta por los bujériyoB 
de las orejas. 

Pos así me parió mi madre. Si se quitara 
usté noventa años, mi marío. 
Grasiosa... ¿Quiés vé á don Nuez? 
Ni en fitografía ilumina. 
Pos sierra los ojos. 
¿Viene ahí? • 

Comiéndose la caye. (vuelve á su rincón y con- 
tinúa trabajando.) 

¿Sí, verdá? Prevenirse, niñas. 

(Sale por la izquierda don Nuez. Las mnchachas lo re- 
ciben y lo saludan con toses burlonas.) 



— 14 ~ 
D. Nuez (Amoscado y deteniéndose en medio de la calle.) 

[Chavó qué tozes! ¿No pazan por aquilas 

burras? (Se ríen todas. A Miguel Ángel.) ¿Ve USté? 

Ya está. Tenían laz uñas fuera... zorté un 

gorpe... y tcaz en er borziyo. 
M. Ang . ¿Pero por qué tosian? 

D. Nuez Por na... Zon jóvenes... y como están ar zó. . 
M. Ang. ¿Has visto á Mersedes? 
D. Nuez La he visto zin mirarla. Que zufra. Tiene 

mucho humo en er pizo arto, y zi me arrimo 

me va á culotá. 
M. Ang Destemplaiya está esta mañana, 
D. Nuez Más lo estoy yo, que me han zartao jasta los 

Dordones. Zolo que. lo mismo ze me da de 

Mercedes que de una papeleta cumplía. 
M. Ang. ¿Entonses qué te ocurre? 
D. Nuez Lo que usté zabe de memoria... ¡Mardito zea 

er quezol ¿Ha zallo eza mujé á la ventana? 

(señalando á la de Coral.) 

M. Ang . Ni pa sacudí los sapatos. 

1). Nuez Me tiene zin zentío, zeñó Miguel Ange. De 
tanto penzá en eya me están zaliendo cayos 
en la frente. 

M. Ang . Siéntate aquí un poco, y esahoga. 

D Nuez (obedeciéndoio.'i Desde que la vi, ya pa mí no 
hay mujeres bonitas. Me ha cegao. Y mi 
berrinche está en que no le pueo decí dos 
palabras, ni cantarle dos coplas, ni ziquiea 
mirarla con idea, porque nunca ze deja vé. 
¡Mardito zea er quezol Zi anduviera por er 
mundo como toas las mujeres, ¿usté ze cree 
que á estaz horas no había yo Jecho con lapi 
un palito más en la paré e mi cuarto? 
¿Es que apuntas las vírtinias con palitos? 
Ezo. Y'' está la paré que paece una vaya.. 
Y me vi á tené que muda á otro cuarto más 
grande. 
¡Echal 

¿Y er novio, no ha venío? 
Que yo sepaj no. 

Azi ze me regüerven á mí las tripas, de 
penzá que eze hombre, que á rea la entra ze 
imanaba la vía, manda en eza marnolia y la 
tiene ahí encerrá como zi fuea una esclava. 



¡M 


. Ang 


D. 


Nuez 


M, 


. Ang, 


D. 


Nuez 


M. 


, Ang, 


D. 


Nuez 



— 15 - 

M. Ang. Pos pa estos casos son las agayas de los 

hombres. 
D Nuez (Levantándose.) Déjeze usté di... y dele usté 
tregua ar tiempo: que por pazárzela á aque- 
ya por los moños y porque me trae como 
no me ha traío ninguna, no va á tarda mu- 
cho la noche en que zuene un bezo mío en 
esta ventana. 
M. Ang. ¿En un visivo? 

D. Nuez (Quemado.) ¡Ó en una boca de clavé! ¡Ze ya me 
Zulaminda, como usté le ha puesto, ó ze 
yame María Azunción!... Zi ze yama María 
Azunción, azín estoy propio; pero zi ze yama 
Zulaminda, me compro un turbante y unas 
babuchas... 
M. Ang. Y te pones á vendé dátiles, ¿no? 
D. Nuez ¿Dátiles? Ar tiempo; que vi á gasta un lapi 

entero en jacé er palito. 
M Ang. Te encuentro mu quemao. 
D. Nuez Es que las mujeres zon candela. (Mirando ha- 
cia el foro y golpeando el suelo con el pie.) ¡ .Mardito 
zea er quezo! 
¿Qué hay? 

¡Que viene ahí eze arangutánl Me güervo es- 
pardas pa no tené pendencia. 



ESCENA IV 

DICHOS y COTUFA 

(Aparece en el fondo del pasadizo, y avanza lentamen 
te por él. E.S feo como un tiro, pero simpático, gracio- 
so. Viene de capa, embozado con presunción y conto- 
neándose mucho. A la salida del pasadizo se detiene 
y mira con descaro al grupo que forman Don Nuez y 
Miguel Ángel. Vuelve luego la espalda y se encamina 
hacia la izquierda, por donde al fln se va, no sin parar 
se otra vez á contemplar á las costureras. Durante su 
paso, ninguno de los presentes le quita ojo. Las mu- 
chachas primero contienen la risa y luego se agolpan á 
la ventana para verlo marchar.) 



— 16 — 

ESCENA V 

DICHOS menos COTUFA 

D. Nuez (con desdén olímpico.) Don Aivaro, ó er zinc de 

las criaturas. 
IsAB. ¡Jesús, qué hombre! ¡Paese un corcho que- 

mao! 
Laura ¡Ay, qué meneo yeva! 

Merc. Como no tenga arguna habilidá secreta, no 

rae explico er partió. 

ISAB. (Llamando, en son de burla.) ¡SgSSs! ¡SPSs!... ¡Er 

de la capa! (Huye hacia dentro y todas con ella, 
como si hubiera vuelto la cara Cotufa. Risas gene- 
rales.) 

Merc. Mujé, por Dios; ¡qué cosas tienes! (vuelven á 

su labor.) 

D. Nuez Jasta en carzonciyos ze da tono eze tío. 

M . Ang . Pos venía á habla con eya, y no le ha hecho 

grasia verte aquí. 
D. Nuez Ya ze acostumbrará, zi quiere. 

(óyese cantar dentro, hacia el foro, al Niño de los pá- 
jaros.) 

M. Ang. ¡Er Niño e los pájaros! ¡Yámalo en seguía, 
Don Nuez! 

D. Nuez ¿Y qué farta nos jace? 

M. Ang. ¡Yámalo y no seas tonto! Verás tú cómo 
sale la paloma. 

D. Nuez ¿Zí? No es menesté más: por laz orejas vie- 
ne. (Corrieudó hacia el foro y llamando.) ¡NÍño! 

¡Niño e los pájaros! ¡Ven acá! (volviendo junto 

á Miguel Ángel, mientras el Niño llega.) ¿Y qué 

hace er niño pa que zarga? 

M. Ang. Na más sino que el otro día cantó aquí su 
pregón, le sacó dos coplas á eya, y eya se 
asomó á la ventana pa darle una limosna. 
Es la única vez que yo la he visto. 

D Nuez ¡Pos aquí va á está cantando er niño jasta 
que zarga! Y en cuanto zarga, le zuerto yo 
un manojo e flores como quien fuma, la 
atonto... y me va á zupiicá que no me vaya. 

(Llamando.) ¡Niño! 



— 17 — 

ESCENA VI 

DICHOS. EL NIÑO DE LOS PÁJAROS; luego CORAL 

Niño Aquí estoy. ¿Quién quié pájaros? (i rae una 

janla de caña, medio tapada con un trapo viejo. Es 
uu golfiUo viTaracho y simpático.) 

D. Nuez Naide. Tea ahí. (lc da una moneda.) 

Niño ¡Olel Usté es mi padre. 

D. Nuez Güeuo, pos ya estás zortando un pregón. 

NiÑD Ahora mismo. (Pone la jaula en el suelo, se echa 

el sombrerillo a la cara, se lleva la mano derecha á la 
mejilla y rompe á cantar.) 

Música 

¡Pajaritos vendo yo!... 
fín la rama los cogí, 
y uno se murió, 
y otro lo vendí, 
y otro se escapó, 
y otro me comí, 
y otro lo siguió .. 
Los demás pa quien los quiera están aquí... 
¡Pajaritos vendo yol 

M. AnG. (Levantándose.) ¡Olcl 

D. Nufcz Te has portao. 

M. AnG . (Reparando en la jaula, que viene vacía.) PerO, Oye, 

¿v loa pájaros, dónde están? 
Niño Va no yevo ninguno. Eso era ar prinsipio. 

Aliora vivo der pregón. 

(Las muchachas todas lo han oído y observado con 
gran curiosidad. Isabelíta, Laura y alguna más, salen á 
la calle. Mercedes muestra preocupación é interés por 
la salida de Coral á su ventana.) 

M. Ano. Péchale una copla á la reina mora, á vé si la 

vemos. 
Niño <j Y eso no vale na? 

D. Nuez (Dándole otra moneda.) Toma y canta. 
Niño Así se me vienen más cosas ar sentío. 

Asómate á la ventana, 

que tienes ojos de mora 

y corasón de cristiana. 

2 



— 18 - 
M. Ang. ¡Mu güeno! 

(Momento de silencio. Todos miran hacia la ventana, 
esperando.) 

D. Nuez No quié zhIí. 
Niño Ahora, 

Reina de la morería, 

asómate á la ventana 

pa que yo tenga alegría. 
D. Nuez ¿Pero ezas cozas las zacas tú de la cabeza, 

niño? 
Niño ¿No lo ef«tá usté viendo? 

M. Ang. ¡Gayarse! 
D. Nuez ¿Qué? 

(Asómase Coral á su reja y hace señas al Niño para que 
se acerque. Su aparición es objeto de todas las miradas. 
Mercedes desde su ventana intenta verla. El Niño recoge 
en el sombrero las monedas que le echa Coral y se des- 
hace en flores y frases de agradecimiento, que ella oye 
complacida.) 
Niño (ai verla.) ¡Ole! (Después de tomar la limosna.) DÍ08 

se lo pague á quien tiene er corasón mejó 
que la cara. Bendita sea la hora en que un,'i 
persona tan rica e bentimientos se vino á 
este barrio de gente pobre. Quiera la Vigen 
que ca vez que saque usté la mano por esos 
yerros pa darme un ochavito, manque sea 
moruno, se le entre por er pecho una ale- 
gría. Y que er Señó le dé á usté más salú 
que simpatías le ha dao, señora. 

D. Nuez (Lanzándose.) ¡Y que ze azome usté de cuando 
en cuando, hija! 

(Oir esta frase Coral y cerrar violentamente la ventana 
y retirarse de ella, todo es uno. Carcajadas generales 
acogen el desaire hecho á don Nuez.) 

M. Ang. Don Nuez ¡qué labia tienes! 

iNfERC. jSe las yeva de cayel 

If-AB. ¡Con abrí la boca na más! (vuélvese dentro con 

las otras.) 
D. Nuez : Mosqueado.) ¿Ah, ZÍ? 

Niño (con malicia.) ¿Quié usté que le cante otra 

copla? 

D . NuFZ Cántazela á tu padre, niño. (Quédase pensativo 

é inquieto.) 
Niño Pos uno que se va. (coge su jaula y echa á correr 



— lí) — 



Merc. 

Niño 



Merc. 
Niño 



Voz 

Niño 

M. Ang. 
D. NüFz 



M. Ang. 

I). NlEZ 

M. Ang, 
D. Nuez 



M. Ang 
Merc. 



hacia la izquierda. Mercedes lo detiene y le da. una nw- 
neda para que cante.) 

Tú. 

¿Qué se ofrese? Tengo un pajarito amaee- 
trao que hase to lo que se le manda. ¿Lo 
quiere arguna? 

Toma, y echa otro pregón antes de irte. 
Grasias. Vaya por las caras bonitas, (can- 
tando.) 

¡Pajaritos vendo yo!... 

En la rama los cogí, 

y uno se murió, 

y otro lo vendí, 

y otro se escapó, 

y otro me comí, 

y otro lo siguió .. 
Los demás pa quien los quiera están aquí... 

¡Pajaritos vendo yo! 

(Dentro.) ¡Niñol 

I Voyl (Vase corriendo por la izquierda. Ce.oa la mú- 
sica.) 
(viendo preocupado á don Nuez.) ¿Qué 68 CSO, don 

Nuez? No te achiques. 
¿Achicarme yo? ¡Paece que nos conocemos 
de ayé por la mañana! ¡Zi yo na más escupo 
y jago un abujero en las lozas! Zi á mí una 
vez en una juerga me zentó malamente ua 
cangrejo y dije: «A vé: otro cangrejo.» Y me 
zentó malamente también. ¡Y otro cangrejo! 
Y lo mismo. . ¡Jasta que vino un arrastrao 
cangrejo que me zentó bien! ¡Cazuarmente 
me parió mi madre de afarto, que no ze 
ablanda más que argunas veces... y ezo con 
la mucha caló! 

Pos déjate de quimeras y no seas loco. 
Aqueya que cose, es la tuya. 
Pué zé que tenga usté razón; pero er dezai- 
re de esta otra me ha cegao Me vcy ar rí'>. 
¿A. tirarte? 

A vé zi con el í y veni del agua ze me. ocur- 
re argo güeno. Con Dios. (Encamiuáudose como 

un cohete hacia la izquierda.) 

Adiós. 

(Al paso de dou Nuez.) ¡Ejem! ¡ejem! 



— 20 — 

D. Nuez (parándose en seco.) Zi no fuea usté quien es, 
y yo quien zoy.., y zi no hubiera niñas de- 
lante... ya le diría yo á usté cómo ze le qui- 
taba eza tos. 

Merc. y yo á usté, si en luga de tos fuera hipo. 

D. Nuez (Tragándose dos ó tres groserías.) No quieo dis- 
cutí. (Se va, entre las carcajadas de todo el taller.) 



ESCENA VII 

MERCEDES, las OFICIALAS y MIGUEL ÁNGEL 

M . Ang . ¡Es er fantasmón de más grasia que ha nasío 
de madre! (a Mercedes.) Tú, chiquiya; no de- 
jes de mira pa er rincón, que le vi á dá 
una güerta á mi armuereo. 

Merc. Miste que nosotras también nos vamos. 

M . Ang . No; ei sargo al istante. (Entrase en su casa.) 

Mérc. Con que, niñas: á casa, que tocan á armor- 

Sá. Deja la costura. (Todas la obedecen como por 
resorte, y se van una tras otra hacia el interior, en bus- 
ca de sus mantones y á arreglarse para salir.) A tí te 

acompañaré yo, Lauriya; pa que luego no 
diga tu madre que te dejo habla con er 
novio. 

luAl!?.A ¿Y eso es pecao? (Se va como las otras. Mercedes 

ordena un poco las cosas del taller.) 



ESCENA VIII 

MERCEDES y COTUFA 

(Pasa éste de izquierda á derecha, con el mismo conto- 
neo de antes y mirando descaradamente á Mercedes, la 
cual rompe á reir.) 
COT. (Acercándose á la reja.) ¿PcrO SOy tan feO que 

hago grasia? ¿Me yaman Cotufa con rasón? 

(Mercedes no responde.) ¿No oye USté, niña? ¿Us- 
té no considera que si lo feo diera que reí, 
verla á usté y echarse á yorá tenía que sé to 
uno? 



— 21 — 

Merc . (sin mirarlo.) ¿Y quién le ha contao á usté qne 
yo me río de su persona? 

CoT. Yo que lo he visto. Y pué usté reírse mien- 

tras no pase otro más feo; que ya hay pa un 
rato. 

Merc. fSi, eh? No se eche usté por tierra. 

CoT, Como yo me reiría de to er mundo si usté 

quisiea pegarme un botón que se me ha 
caío. 

Merc. ¿De la americana? 

CoT. No: der chaleco. 

Merc . Ahora es moda yevá un botón desabrochao. 

CoT. ¿Y no mirarlo á la cara á uno, es moda tam- 

bién? 

Merc. Cuando se tiene la novia enfrente, sí, señó. 

CoT. Está bien, niña. 

Mebc. ¿Se le ofrese á usté arguna cosa más? 

CoT. Pedirle á usté permiso pa seguí hablando. 

Merc . ¿A pesa de la novia? 

CoT. A pesa de la novia. 

Merc. Miste no se arrepienta... 

CoT. Eso es cuenta mía. 

Merc. Pos hable usté ya, hasta que se le caiga la 

campaniya y pase un gato y se la coma. 

CoT. ¿Y si er que viene es Don Higo, y no es un 

gato? 

Merc , ¿Quién es Don Higo? 

CoT. ¡Don Higo ó Don Castaña, como le yamen! 

Merc. ¡Ah, vamosl ¿Usté lo dise por Don Nuez? 

Cor. ¡Por ese! 

Merc. ¿Le tiene usté mieo? 

CoT. ¡Natura!... Me han dicho que gasta un se- 

menterio pa er solo. . 

Merc. Sí, señó: aquí vivimos tos con su lisensia. 

CoT. ¿Usté sabe si presume de botas? 

Merc. ¿Pa qué? 

CoT. Pa pisarlo en cuanto me lo encuentre. 

Merc. Se va usté á busca su perdieión. 

Cor. Es que me da mucho coraje que un tipo así 

mande en un tesoro de este presio. 

Merc. Lo uno, que no manda; y lo otro, que eso á 

usté le debía tr&é sin cuidao. 

CoT. O no. 

Merc . ¿No tiene usté ahí á su reina mora, hijo mío? 



_ 22 — 

CoT. Ahí la tengo, sí: pero la pué destrona una 

reina cristiana. 

MeRC, (Riéndose, aunque con íntima satisfacción.) ¡Ja, ja. 

Coi . ¡ái hase farta, lo jnro. 

Merc. y yo me lo creo to to to to to to to to to. . 

OüT. ¿To to to? 

Merc . To to to. 

(JoT. ¿To to to? 

Merc. Oiga usté, que paresemos pájaros. 

CoT. (Riéndose también.) ¡Cámara! Hase usté reí ar 

maniquí de una sastrería. Asérquese usté 
más, morena. 

Merc. Si viera usté lo bien que oigo. . 

CoT. Es que le quiero yo desí una cosa mu ba- 

jito... 

Merc. ¿Mu bajito? 

COT. Mu bajito, sí. (obedece ella y siguen su palique ea 

voz baja, entre francas risas.) 



ESCENA IX 



DICHOS y MIGUEL ÁNGEL 



•M. Ano. (Sale de su casa «poniendo en música» el almuerzo que 
tiene, y dispuesto á llevarse sus chirimbolos del rincón.) 

Huevos con tomate, huevos con tomate.. ^^ 

yA\ ver á Cotufa en la ventana de Mercedes, se santigua 
lleno de admiración, recoge algunas de sus cosas y 
vuelve i su casa con ellas haciéndose cruces sin cesar.) 

¡Ave María Purísima!...; ¡Er de la suriana con 
Mersedes!... ¡Ave María Purísima!.. Huevos, 
con tomate, huevos con tomate... (Entra en su 

casa.) 

CoT. i. O dicho, dicho. Y no hablemos más, reina 

mía. 

Merc. Si, porque ¿pa qué? Yo creo que usté se ali- 
menta de embustes fritos... 

CoT. ¡Ajajál Usté me ha conosío en un istanife. 

¡Si es usté más viva que er só! Lo que paese, 
mentira es que yo, que engañé hasta á mi' 
madre— porque me esperaba en Agosto y 



— 23 - 

vine en Setiembre— no le haya dicho á usté 
masque verdades como puños. 

Merc. Hay pa toca la música. 

CoT. Ar tiempo. 

Merc. Ar tiempo. 

CoT. Quee usté con Dios. 

Merc. Vaya usté con é. 

CoT. Y siga usté tan guapa. 

Merc . Y usté tan feo. 

CoT. Y uiíté con tanto ange. 

Merc. Y usté con tanta simpatía. 

COT. SalÚ, morena. (Se aparta de la reja.) 

Merc. Salú. (para sí.) (De eerca no párese tan raro. 

Y' argo vardré yo, cuando pueo deebancii á 

la reina mora.) (Vase ai interior.) 



ESCENA X 



COTUFA, CORAL y MIGUEL ÁNGEL. Al final DON NUEZ 



CoT. Cotufa, eres el amo der cotarro. Y la mosita 

está como pa tirarla á la basura. [Asco de 

verla da! (Mirando á nn lado y otro.) Ahora nO 
pasa nadie... (Acércase á la ventana de Coral, y 
llama en ella con los nudillos.) Corá... Cora.. ¿Es- 
tlS ahí? (Aplica el oído á la ventana.) ¿EstáS ahí, 

Coraliyo?... «¿Ole?» «¿Ole?» ¿Quién dise 
«ole?» ¡Coraliyo!... ¡Corá! ¿Pero quién canas- 
to dise «ole»? ¡Anda! ¡I'aezco tonto! ¡Si es la 

cotorra!... (Llamando de nuevo.) ¡Corá! ¿¡¿aleS Ó 

no sales? Ahí me paese que viene. 
Cora I. (Asomándose.) ¡Antonio! 
CoT. Seco estoy de yamarte. 

Coral ¿í^o has visto? 

COT. Sí. 

Coral ¿Le diste aqueyo? 
CoT. Sí. 

Coral ¿Cómo está? 
CoT. Carcula tú: contando lo? minutos. 

Coral ¡Tres días le fartan! ¡Mientras más serca se 

tiene la liberta, más largas son las horasl 



— 24 — 



COT. 

Coral 

CoT. 

Coral 

CoT. 

Coral 

COT. 



Cora I- 

COT. 

M. Ang. 



COT. 

Cor > L 
CoT. 



M. Ang. 

COT. 



Y en aqueja carse, que paese hecha pa fie- 
ras y no pa hombres. ¿Tú vas á di mañana? 
¡Ya lo creo! 
Oye una cosa. 
¿Qué? 

Que yo saco raja de este fregao. 
¿Sí? 

Sí. Como paso aquí por tu novio, y lo yeva- 
mos to con tanto misterio, y tú paeses una 
mujé del otro mundo, tengo un carté en er 
barrio que la que más y la que menos sueña 
con deshancarte. 
Arguna diablura harás tú. 
Recursos de los feos pa igualarnos con los 

bonitos. (Hablan bajo.) 

(saliendo de su casa otra vez con la misma canción á 
recoger otros pocos de chismes.) HuevOS COn to- 
mate, huevos con tomate... (Mira hacia la reja 
de Mercedes y se sorprende de verla sola. Luego, al vol- 
ver hacia su rincón, ve á Cotufa en la de í'oral y se 
queda perplejo. Recoge sus trastos y torna & su casa 
santiguándose. Mientras tanto, finge Cotufa una grave 
riña con Coral. Don Nuez aparece por la izquierda y 
observa la escena sobrecogido y receloso.) 

¡Y que no güerva á susedé! ¿Lo oyes? 
Pero Antonio... por Dios... 
¡Ni respira siquiera! ¡Adentro! ¡Y por lo que 
toca á ese valiente... la faca me está bailan- 
do ya en lasintural ¡Adentro he dichol (Re- 
tírase Coral.) 

(Metiéndose asustado en su casa.) | Ave María Pu- 
rísima!... Huevos con tomate, huevos con 
tomate... 

(¡Na; que soy el amo! ¡Que mando aquí que 
la gente ande á gatas, y á gatas hasta er 
juez!) 

(Don Nuez, que va pasito á paso hacia el rincón de Mi- 
guel Ángel, se cruza con Cotufa, el cual lo desafia con 
la mirada.) 



— 25 — 



ESCENA XI 



COTUFA, DON NUEZ, MERCEDES, LAURA, ISABELITA, las otras 
COSTURERAS y MIGUfeL ÁNGEL 



(Por la puerta de casa de Mercedes principian á salir todas las mu- 
chachas, y unas se van hacia el foro y otras hacia la izquierda. Entre 
estas últimas está Mercedes, que sale con Laura. Cotufa las piropea 
entusiasmado, en medio de las risas de ellas. Don Xuez, al ver el 
cuadro, se muerde los puños de coraje y de envidia. Miguel Ángel 
que sale nuevamente de su casa, se le une en el rincón y quiere 
apaciguarlo, temeroso de una pendencia. Algunas de las muchachas 
se detienen comentando la escena y riéndose.) 

CoT. ¡Ole los pies chiquirritines! ¡Piñones con sa- 

pa tos! 

D. NuFz (¡Mardito zea er quezo!) 

CoT. jAsí: á pasito corto: como las palomas! — ¡Vi- 

va lo rubio ar só, que párese oro! — ¡Morenita 
y chica: güeña pimienta pa mi oya! — ¡Niña, 
que van a prendé los ojos negros: tenga usté 

CUidao! (ai ver á Mercedes.) — ¡Vaya, saliÓ la 

luna! ¡Que se quiten de enmedio las estreyas! 
D. Nuez (¡Mardito zea er quezo!) 

COT. (Arrojando la capa á sus pies y descubriéndose.) Ar- 

ma mía, pise usté esta capa, pa recorta los 
peasitos... 

Mero. Ya está. Cuidao con refriarse. 

CoT. ¿Y después de esto, qué me importa mo- 

rirme? 

Merc. ¿Usté no dise na, don Nuez? 

Laura Se le ha hinchao la nuez y no puede. 

Merc. Paese que yeva er postre á medio traga. 

(Se va con las otras riéndose.) 

D. Nutz (¡Zosténgame usté mejón, zeñó Miguel 

Ange!) 
M. Ano. (Carma, don Nuez: esas son las mujeres.) 

(Cotufa se emboza y le da en las narices á don Naez, 
que se le ha acercado por detrás.) 

D. Nuez ¡Hombre! ¡hombre! ¿Ze ha creío usté que 
toa la caye es zuya? 



— 26 — 



CoT. (Despreciándolo.) Apí Doe espanto yo las mos- 

cas. (Se encamina contoneándose pasadizo arriba.) 

D. Nuez ¿Qué? 

M. Ang. ; Conteniéndolo.) ¡Quieto aquí! 
D. Nuez (Rabioso.) j Va á zubí la zangre. . ziete metros 
bajo er nivé der mal 



CUADRO SEGUNDO 

Sala de visitas en la cárcel, con gran puerta al foro, que da á un pasi- 
llo. Frente á ella una cancela cuadrangular de gruesos barrotes de 
hierro pintados de oscuro, la cual conduce al interior de la cár- 
cel. Pendiente del techo entre la puerta y la cancela, un farol. A 
la izquierda del actor una puerta pequeña. A la derecha de la del 
foro un banco. 



ESCENA XII 

ESTEBAN y DOS PRESOS más 

(cantan dentro á diversas distancias. La única voz que se oye cerca 

es la de Esteban. Una de las otras como si viniese de un calabozo 

muy lejano.— Detrás Je la cancela asoma de cuando en cuando un 

guarda de la cárcel.) 

Música 

Esr. A las rejas de la carse, 

ven, estreya, ven, lusero, 
h darles gusto á mis ojos, 
descanso á mi pensamiento. 



Chiquiya, 
de la vengansa de un hombre 
defendí á tu personiya. 

Te quiero; 
por causa de tu cariño 
no me importa verme preso. 



27 — 



Uno 



Me piyaroq los gnardiaf 
porque soy tonto 
y me gusta lo ajeno 
más que lo propio. 



0;ro 



En er calaboso oecuro 
donde por mi mar me veo, 
la tristesa de mi arma 
va esbaratando mi cuerpo. 



Uno 



Mi papá fué cuatrero, 
mi mamá sajórí, 

y mi hermana una cosa 
que DO quiero desi. 



ESCENA XIII 



CORAL y un EMPLEADO; depués ESTEBAN y otro EMPLEADO 



Emp. 

Coral 

Emp. 

Coral 

Emp. 

u'oral 

Voz 



Emp. 

Coral 

Emp. 



Cckal 
Emp. 



(saliendo por la izquierda con Coral.) PaSC USté. 

Aquí vendrá er preso. 

Ah, sí. £n er mismo sitio que la otra vez. ' 

¿Usté estuvo también er mes pasao, no es 

verdá? 

Cabalito. Me hiee de otro volante pa er di- 

rertó... 

Siéntese usté mientras lo yaman. 

Cuando ér yegue. 

(Dentro, hacia la izquierda, á modo de pregón.) 

¡Ese... Esteban Romero y Martínez!... ¡Que 
lo buscan! 

Ya le farta muy poco pa cumplí. 
Muy poco le farta ar pobresito. 
Er dirertó lo considera bastante. Como sabe 
qiie está preiBo por una cosa de hombres, y 
no por malhecho... 
Verdá que sí. Yo tuve la curpa. 
Ya me lo ha contao muchas veses. Nos he- 
mos hecho amigos. Pero dise que usté le 
paga en güeña monea, y que tan presa está 
como é. 



— 28 - 

Coral Tan presa estoy; bien dise. Y así debe gé. 
¿No lo prendieron por herí á un hombre 
que me ofendía? Pos iguá pena pa los dos. 
¿Separaos? Separaos. ¿Solo é? Sola yo. ¿Er 
no tiene con quien habla? Yo tampoco 
quiero habla con nadie. Y me fui de mi ba- 
rrio y me metí en la «casa der duende» pa 
que ni me vieran ni me hablaran; pa pensá 
en é de noche y de día; pa viví pa ér solo... 

(Esteban, acompañado de olro Empleado, aparece 
oportunamente tras la cancela. El guarda le franquea 
la salida y llega á la sala en el momento de decir Coral 
la última palabra. El Empleado que lo acompaña se re- 
tira al ver allí á su compañero. Este se aparta discreta- 
mente hacia la puerta y desaparece por el pasillo, de- 
jándolos solos. Los amantes se abrazan con alegría.) 

EsT. jCoraliyol 

Coral ¡Esteban! 



ESCENA XIV 



CORAL y ESTEBAN 



EsT. 



¡Ay, gitanal 
Pasó la pena tirana, 
pasó la suerte mardita: 

¡ven aquí! 
Dios bendiga esta mañana, 
Dios te trajo á mi verita: 

¡ya te vil 



Coral 



¡Ay, gitano! 
Pasó er castigo tirano, 
pasó la suerte mardita: 

¡ven aquí! 
Dios me trajo de su mano, 
Dios me puso á tu verita: 

¡ya te vi! 



¡Pobresito mío! 
¡Preso por mi causal ¡qué pena me da! 



— 29 — 

EsT. ¡Pobresita mía! 

Tiene los ojitos malos de yorá. 



Copita de plata 
quisiera tené 
pa coge las lagrimitas 
de tus ojos ar cae; 
pa coge las lagrimitas de tus ojos 
y habérmelas después. 



Coral Cajita de oro 

quisiera tené, 

pa guarda los pensamientos 
que á tí solo consagré; 
pa guarda los secretitos de mi arma 
y entregártelos después. 



íJsT. Tu persona y tu cariño me acompañan 

aunque no te tenga elante... 

Coral Por er día y por la noche siento besos 
que tú debes de mandarme. 



EST. 



Ya mu prontito serán tus brasos 

la carse mía, 
y tus ojitos los carse leros 
que me vigilen de noche y día. 



Coral Ansias tengo ya 

de que pierdas, chiquiyo, á mi vera 
toa tu liberta. 



Emp. 

EsT. 

Coral 



ESCENA XV 

DICHOS y el EMPLEADO; después el OTRO 

(saiieudo de nuevo.) Vamos, güeno está ya. 

¡Qué va á está güeno! 

¡Si no yevamos ni dos minutos!... 



~ 30 - 
Voz (Dentro, como antes.) jEse... José CastiyO y 

Garsía!... ¡Con la ropal 

Coral ¿Qué es eso, Esteban? 

EsT. Uno que se va antes que yo, arma mía. 

Coral Vaya con Dios. 

EsT. Poco nos quea á nosotros, no te apures. 

Emp. Ka, echa la yave. (Llamando.) ¡Manué! 

EsT. Adiós, Coraiiyo. 

Coral Adió?, Esteban, 

EsT. Hasta pasao mañana, que cambiaré eeta 

compañía por la tuya. 

CoRAi- Hasta pasao mañana, que dejarás estas pa- 

redes marditas. 

EsT. Adiós. 

Coral Adiós. 

Emp. (ai compañero, que aparece en la puerta) Arriba 

este hombre, (romenzando á registrar á Esteban.) 

¿No tendrás naV... 
EsT. Mucha alegría en to er cuerpo: regístreme 

usté de arriba abajo, que no tengo otra cosa. 
Emp. Pos andando. 

EsT. Vamos, aunque sea á un calaboso. Poco 

quea. (a eiia.) Adiós. 
Coral Adiós, (lo sigue.) 

(e1 guarda abre la cancela y deja pasar á Esteban y al 
Empleado que lo acompaña. Coral queda de la parte de 
fuera viéndolo irse.) 
Emp. (Yéndose por la izquierda, mientras tanto.) Ese 68 

de los que salen y no güerven. De siento, 
uno. 

EsT. (Estrechando las manos de Coral por entre los hierros 

y despidiéndose una vez más.) AdiÓS, CoraliyO. 

Coral Adiós, Esteban, 

EsT. Adiós. 

Coral Adiós. 

EsT. (Dentro ya.) AdÍÓ3. 

Coral Adiós. 

(Oyese á Esteban cantar dentro, alejándose. Coral, pe- 
gada á la cancela, á medida que él canta, repite con 
emoción, como un eco apagado, los primeros versos de 
la copla.) 

Copita de plata... 
quisiera tené... 
Ya no lo oigo. 



- 31 - 

(se aleja de la cancela lloiando. De pronto se detiene 
al escuchar una voz que cauta lejos:) 

Qué fartita más grande 

tienen tas ojo:-, 
que en luga de mirarme 
miran k otro. 
(vacila unos instantes, como no queriendo apartarse 
de allí, y por último se va reprimiendo las lágrimas.) 



CUADRO TERCERO 

La misma decoración del cuadro primero. Es de noche y hay luna, 
La lamparilla del retablo está encendida 

ESCENA XVI 

nON NUEZ y MIGUEL ÁNGEL; al final ESTKBAN 

(Miguel Ángel sale por la izquierda en dirección á su casa, de capa 
«prehistórica» y sombrero 'de artista» puesto sobre el gorro. Don 
Nuez, también de capa, baja por el pasadizo adelante como pasaría 
Manara bajo el arco que lleva su nombre. Frente al retablo se en- 
cuentran y se saludan.) 

1). NuE^: ¡Zeñó Miguel Auge! 

M. Ang. ¡Don Nuez! ¿Qué es de tu vía, que base dos 
días que no vienes po aquí? ¿Has levantao 
er campo? 

D. Nuez ¿Er campo? (con presunción.) Hay momentos 
en que zi no ze ríe uno... no zabe qué jacer- 
ze. ¿Me deja usté rierme de usté? 

M. Ano. ¿Por qué no? Con rierme yo de tí luego, es- 
tamos pagaos. 

D. Nuez A ca puerco le yega zu Zan Martín, zeñó 
Miguel Ange. 

M . Ang . ¿Y quién es aquí er San Martín? 

D. NuKz Er Zan Martín, no zé; pero er puerco zoy yo. 

M. Ano. ¿Tú? 

D Nuez Fuera parte lo ofenzivo der refrán. 

M. Ang. Don Nuez, que me armidonen si te en- 
tiendo. 



~ 32 — 

D. Nuez ¿Usté quié zabé antes de acostarze cuatro 
cozas güeñas? 

M . Ang . Sí, hombre, sí; no te pongas pesao. 

D. Nutz Pos embóceze usté primero; porque ze va 
usté á queá con la boca abierta, y le pué en- 
tra aire. 

M . Ang . (obedeciéndolo.) ¿Has pintao argún palito más 
en la paré e tu arcoba? 

D. Nuez ¡Que ze quema usté, zeñó Miguel Ange! 
¿Con quién creerá usté que he estao j-o ar- 
morzando esta mañana? 

M . Ang . ¿Con la cabesa der Rey don Pedro? 

D. Nuez No; chungueo no. (solemnemente.) Con Co- 
tufa. 

M . Ang . ¿Con Cotufa? ¿Te has hecho amigo de Co- 
tufa? 

D. Nuez Cotufa ze ha jecho amigo mío; que varía la 
custión. Ze ha venío á las güeñas, ¿usté me 
comprende? Paece que la otra noche, ya de 
recogía, pazo por mi caye... y me vio ar bar- 
cón afilando un pá de navajas. 

M.Ang. ¿De afeita? 

D. Nuez ¡Der Zantolio! 

M . Ang . ¿Y qué? 

D. Nuez Pa mí que el hombre ze ha arrugao de mieo, 
ha echao zus cuentas... y me ha buscao y 
me ha dicho poco nás ó menos lo que va 
usté á oí: «Don Nuez, usté y yo tenemos 
que zé amigo?. » Contestación mía: (Escupe.) 
Ziga usté. «Usté ze jace porvo por la reina 
mora...» Contestación mía: (Escupiendo de nue- 
vo.) Ziga usté. « Y yo estoy chiflao por Mer- 
cedes, que á usté lo mira con güenoz ojos. 
Pos ¿á qué vamos á reñí, conociéndolo? 
Déjeme usté á mí libre la reja der tayé, que 
yo le juro que hoy mismito peleo con mi 
novia, y tiene usté á zu dispozición la ven- 
tana y la caye pa día darle múzica.» ¿Qué 
tá? 

M . Ang . Me dejas frío. ¿Tú que le contestaste? 

D. Nuez ¿Yo? Yo le dije: « Miste, amigo Cotufa: 
apuntao tengo con lapi en un papé que iba 
á matarlo á usté er domingo... Porque to lo 
que pienzojacé con las de Caín, lo apunto en 



— 33 — 

un papé pa darle carárte de escritura.» Y ze 
echó á reí de nerviozo que estaba. «Pero ya 
que usté ze viene ar güen terreno, como ja- 
cen loz hombres, ahí va eza mano amiga... 
y gracias por to.» Y delante zuya zaque der 
borziyo er papé, y lo jice peazos. ¿Qué tá? 

M. Ang. Contestasión mía: (Escupe.) Me paese á mí 
que ese Cotufa es un chuflón mu grande. 

D. Nuez ¿Chuflón, eh? Tan chuflón, que va ha reñío 
con eya, y que zabe que esta misma noche 
vengo yo aquí con cuatro guitarras y cuatro 
amigos á cantarle á esta mujé jasta er día. 

M. Ang. Güeno, pos embósate tú ahora. 

D. Nuez ¿Pa qué? 

M. Ang. Pa que no cojas frío tampoco, oyéndomí; á 
mí. 

D. Nuez Yo lo oigo to á cara descubierta. 

M, Ano. Pos ten presente que á Cotufa lo han des- 
bancao, y que hoy han visto entra á un 
hombre en esta casa. 

D. Nuez (vaciiaudoO Zería er mismo Cotufa. 

M. Ang. No. Ar revés. Me han dicho que era un 
mosito mu bien plantao. 

D. Nuez (Más muerto que vivo.) ¿Zí, verdá? No... no me 
cabe ezo en er pizo arto... ¿Quién le ha ve- 
nío á usté con el infundio? 

M . Ang. Doña Juana la Loca. 

D. Nuez (Riéndose, pero con la espina clavada) ¡VamOZ, 

hombre! ¿Y va usté á jacerle cazo á una ze- 
ñora que está más loca que un cencerro? ¿A 
una vieja que ze paza la noches por las ca- 
yes der barrio, buscando el arma en pena 
de zu marío? ¿A una mujé.. ? 

(En este momento, Esteban, que ha salido por la iz- 
quierda, se encamina á casa de Coral, decapa también y 
sombrero ancho, pasa por entre los dos, que se separan 
sorprendidos, llega á la puerta de la reina mora y da 
dos fuertes aldabonazos, repetidos medrosamente por el 
eco. Poco después se abre la puerta, y Esteban, cerrán- 
dola tras si, penetra en la casa. Don Nuez y Miguel Án- 
gel observan la escena estupefactos.) 



34 



ESCENA XVII 

DON NUEZ y MIGUEL ANGEf,, luego COTUFA. Al final ESTEBAN, 
dentro 

M Ano . (Después de mirar largo rato á Don Nuez que está ama 

riiio como la cera.) ¿Eh? ¿Qué dises ahora? 
¿Qné te paese la vieja loca? 

D. Nuez Lo que digo es que nunca me ha zucedío 
una coza tan grande. Miste: ze me ha que.io 
er tragaero, como zi en vé de nuez tnviea 
una esponja: zeco, zeco. 

M Ang . (con zumba.) ¿Y qué piensas hasé: borra er 
palito de tu cuarto? 

D Nuez Chungueo no, ¿eh? que la coza es pa acor- 
darze de unos pccos e zantos de los que usté 
charola. 

M. Ano. Don Nuez, á mi no me gusta calentá á los 
hombres ni comprometerlos; peroaquí loque 
hay es que Cotufa ha echao el hombro fue- 
ra pa que tú le caques las castañas. 

D. Nuez (Balbuciente.) ¡Mar... mardito zea er quezo! 
¿Las... las castañas?... ¿Tiene usté ahí un 
papé? 

M. Ang . ¿Pa qué lo quieres? 

D. Nuez Pa... pa apunta otra vé que mato á Cotufa 
er domingo. 

M. Ang. No te acalores. 

D. Nuez ¡Es que tos loz hombres tienen en zu vía un 
momento ácido, y er mío ez este! ¡Aya vere- 
mos lo que vale don Nuezl 

M . Ang . Ahí viene Cotufa. 

D. Nuez ; cando un salto.) ¿En dónde? 

M. Ang. Míralo. 

(En efecto, aparece Cotufa por el pasadizo, con su aire 
habitual de perdonavidas. Don Nuez lo ve venir muerto 
de zozobra, que en vano trata de disimular.) 

D. Nuez Me alegraré que ze hava confezao. 
CoT. Gr.enas noches, don Nuez y la compaña. 

M. Ang. Güeñas noches. 

Cor. ¿Qué es eso, don Nuez; está usté malo? 

¿Paese que tiene \isté mar semblante? 



- 35 — 

D. Nuez ¿Zí, eh? 

CoT. ¿No será una mijiya e C/ilentura? 

D. íílez Cuando ze traga la quina que estoy yo tra- 
gando, ze cortan toas las calenturas, com- 
padre. 

CoT. Hombre, esa ealía... ¿Pasa argo? 

D. Nuez Paza que del hijo e mi madre, ¡mardito zea 
er quezo! no ze chunguea ningún guazón. 

CoT. ¿Cómo? 

D. Nuez ¡En eza caza acaba de entra un hombre! 

COT. (Haciéndose de nuevas.) ¿En qué CaSa? 

D. NuKz ¡Kn eza! 

CoT. ¿En la de Cora? Don Nuez, ¿no será usté er 

que esté de chunga? 

D. Nuez No, zeñó. 

M. Ang. Yo lo he visto también, si base farta. 

CoT. ¿También usté lo ha visto? 

M. Ang. Sí, ?eiió. 

Cor. ¿Y ha entran solo? 

M. Ang. ¡Si, señó. 

CoT. Pos va á salí entre cuatro, (silencio solemne. 

Se atusa los tufos con calma, se muerde un puño, se 
aflrma la capa sobre los hombros, mete mano á ver si 
trae navaja, lo cual estremece á don Nuez, y añade 

luego) Don Nuez, yo le dije á usté que er 
campo era suyo, y en eso estaba; pero desde 
er punto }• hora en que se ha descubierto 
esta traisión, que me han hecho á mi, yo le 
pío á Uí^té que no se mezcle en el asunto 
hasta que yo lo arregle con mi faca. 
D. Nuez Hombre... 

CoT. Está dicho. (Se encamina resuelto á la puerta de Co- 

ral, y da dos aldabonazos muy fuertes, que hacen tem- 
blar á don Nuez y al viejo Pausa: todos esperan. En 
vista de que nadie responde, repite los aldabonazos.) 

KsT. (Dentro ) ¿Quién yamaV 

CoT. jQuien argo quiere de quien contesta! 

EsT. ¡Aya va! 

D. Nuez (Bajo á Miguel Ángel, sin saber ya donde meterse.) 

¿Qué le paece á usté que jagamos nozotrof? 
M. Ang. Vé los toros desde la barrera. 



- 36 - 

ESCENA XVIII 

DICHOS y ESTEBAN 
JisT. (saliendo de la casa, con la capa terciada y el sombrero 

echado hacia atrás.) (A sabé lo que habrá in- 

ventao este Cotufa.) ¿Qué se ofrese? 
Cor. (Guiñándole.) Habla unas palabritas con usté^ 

moso crúo, 
EsT. Pos avive usté, que base relente. Sobre que 

estoy ahí con una mujé mu bonita, y usté 

es er primer premio e feos. 
CoT. Perdone usté, Consersión de Muriyo .. 

EsT. Vaya, despache usté ó me voy. 

CoT. (Escupiendo por el colmillo á cada pregunta.) ¿Se pué 

sabe qué hasía usté en esa casa? 
EsT. No se pué sabe. 

CoT. ¿Se pué sabe con qué permiso entra usté en 

eya? 
EsT. No se pué sabe. 

CoT. ¿Se pué sabe...? 

EsT. ¿Se pué sabe quién es usté pa pregunta 

tanto? 
CoT. El amo de esa niña. 

EsT. Esa niña no tiene más amo que yo. 

OOT. ¿Usté?... (Va á avanzársele y Miguel Ángel lo sujeta.) 

EsT. ¡Carma, hombre, carma!... 

Cor. ¡Quieto to er mundo! ¡A vé si nadie se rce 

aserca' — ¿De manera que usté la quiere? 

EsT. Y la pienso queré toa mi vía. 

CoT. Tota: diez minutos. 

EsT. ¿Va usté á matarme? 

CoT. Si usté no dispone otra cosa. 

EsT. ¿Y va á sé aeí, mirándome, como los basi- 

liscos? 

CoT. {Va á sé!... (vuelve á avanzarle y Miguel Ángel a 

contenerlo.) 

EsT. Va á sé entre tres, por las señas. 

D. NuFz (a Miguel ^ngei.) (No le respondo por no com- 
plica la custión.) 

CoT. Voy á sé yo na más, ¿usté lo oye? Si tiene 

usté reaños, véngase usté conmigo á dá una 
güerta. 



EsT. Apriia, que la niña me aguarda. Usté güín. 

COT. (Deteniéndose al arrancar.) Antes de irnoS: noble- 

sa obliga: yo yevo este arfileriyo e corbata. 

(Saca una navaja y la abre.) 

EsT. (Haciendo lo mismo.) Y yo yevo esta horqulyu 

invisible. 
CoT. Pos andando. 

EsT. Andando. 

CoT. (l)espidiéudose de Miguel Ángel.) AgÜelo... 

M. Ang (Afligido.) ¿No lo podíamos arregla de otra 
manera? 

CoT. No, señó, (a don Nuez.) Amigo, si lo mato yo, 

hasta mañana si Dios quiere; pero si me 
toca á mí la china negra, dos cositas le pío 
á usté: que le diga á mi Mersedes de mi 
arma que siquiera un mes yeve en seña de 
luto un pañoliyo negro, y que usté se encar- 
gue de ese hombre. Ya que Cora no sea pa 
mí, que sea pa usté; pero pa ese, nunca. 

KsT. Tanta carma, ¿no será otra cosa? 

CoT. ¿Qué? ¡Eche usté pa alantel 

EsT. ¿Pa dónde tiro? 

Coi . ¡Pa las murayas, que por ayí no pasa ni er 

viento! (se van por el foro, hacia la izquierda, como 
almas que lleva el diablo.) 



ESCENA XIX 

DO.N- NUEZ y MIGUEL ÁNGEL. El SERENO, dentro 

D. Nuez (Lívido y tembloroso.) ¡Com... compadre! ¡Va... 

vaya un encarguito que me ha dej;io! 
M. Ang. (por ei cstno.) Oye... oye... á mí no me hasea 

grasia estas cosas... 
D. Nuez Ni á mí... ni á mí tampoco... 
M. Ang. Veamos á quitarnos de en medio... A la cama, 

á la cama... 
D. Nuez Yo, antes de acostarme, les tengo que avizá 

á los de las guitarras... pa que no vengan. 
M. Ang. Pos yo voy por mi sena á la esquina... y al 

istante me ensierro. No quiero líos con la 

justisia... 



- 88 - 

J). Nuez Zí... porque... porque ezos dos ze echan las 

tripas fuera... 
M. Ang. Las navajiyas no son de juguete... 

Hf,R. (Dentro, cerca, y con voz esteutórea.) ¡AaoaRVe Ma- 

ría Purísima!... ¡Las onse han dado... y se- 
renol 

(Don Nuez y Mifeuel Ángel saltan de susto.) 

I). Nuez ¿Qué ez ezo, hombre? 

M Ang. Que está uno nerviosiyo... 

I). Nuez Tonto... zi ez er zereno... 

M. Ang. No; 8Í ya lo sé... 

D. Nuez Usté tiene zu mijiya e mieo... Lo acompa- 
ñaré por la cena... 

.M. Ang. Vamos... 

1). Nuez Vamop... 

(sin darse cuenta de lo que hacen se encaminan del 
brazo hacia la izquierda. Miguel Ángel advierte luego 
la equivocación.) 

M. Ang . Si no es por aquí... 
D. Nuez Ay, es verdá .. 

(vuelven hacia el íoro. Don Nuez, por el cnniino, in 
tenta silbar y se le va el viento.) 

M. Ang. ¿Qué te pasn, hombre? 
i). Nuez Que quieo zirbá un tanguiyo... y no me 
zale... 

k5.-;r. (Volviendo á cantar un poco más lejos, antes de que 

Miguel Ángel y don Ni;ez desaparezcan por la derecha 

del foro.) ¡ Aaaave María Purísima!... ¡Las onse 
han dado... y sereno! 

(Miguel Ángel y don Nuez se asustan nuevamente.) 



ESCENA XX 

COTUFA y ESTEBAN 

(Sale el primero por la izquierda, en acecho de los otros dos. Cuan- 
do los ve desaparecer llama con una seña á Esteban.) 

EsT. ¿Se fueron ya? 

CoT. Ayí van los dos, que no pegan un ojo en 

toa la noche. 
lOsT. ¡Pero miá que te gustan estas tramoya?! 

CoT. ¡Más que er come! ¿A tí no fe hísen grasia? 



— 30 — 

Y ya verás la que le preparo á don Nuez pa 
cuando se vayan ustedes. 

EsT. Pos anda ahora, pa dentro, que Coraliyo se 

quedó riéndose imaginando lo que tra- 
marías. 

CoT. ¡Y que no conviene que nos vean vivos á lo.s 

dos! 

EsT (Llegando con Cotufa á la casa, y llamando.) Coró... 

' "ora... (Ábrese la puerta.) 

Cor. Entra, que viene gente, (los dos se meten en la 

casa.) 



ESCENA XXI 

■ DOÑA JLANA y MIGUEL AXGEL. El SERENO, dentro 

(Por la iz<iuierda sale doña Juana la Loca. Llega frente al retablo, se 
santigua y principia á rezar.) 

Ser. (Mucho más lejos que antes.) ¡Aaaaave María Pu- 

rísima!... ¡Las onse han dado... y sereno! 

(Por el loro baja Miguel Ángel con su ceuita envuelta 
en un papel. Abre con llave la puerta de su casa, y 
antes de entrar se detiene á hablar con la vieja.) 

M. Ang. ¡DoñaJuaua! 

D.* JüA. ¡Señó Miguel Ange! 

M, Ano. (con misterio.) Me alegro de encontrarla á 
usté. Déjese usté esta noche de pudí por el 
arma de su marío, y vayase á su casa. 

D.» JsjA. Pues ¿qué susede? 

M Ano. Quepué que tengamos jaleo. A estas horas 
deben de habé raatao ahí detrás... 

D.a JuA. ¿A quién? 

M. Ang. A Cotufa, er de la reina mora. 

Da JuA. ¡En el nombre del Padre! ¡Pobresito mío! 

M. Ang. A casa, á casa... Yo no quieo líos con la jus- 

tisia. üÜenaS noches. (Entrase cu lu suya.) 

D." JüA. Quede usté con Dios, señó Miguel .Ange. 



- 40 - 

ESCENA XXII 

DOÑA JUANA y DON NUEZ 

D.a JuA, (Volviendo ante el retablo ) |Ay, válgame el Pa- 
triarca San José!. . Voy á resarle un Padre 
nuestro. 

(oyese á poco maullar á uu galo como si lo hubieran 
pisado.) 

D. Nuez (por ei foro.) ¡Chavó, qué zusto me ha dao un 
gato!... (viendo á doña Juana.) ¿Quién anda ahi? 

D.a Ju.' . ¿Quién eeV 

D. JNuEZ ¡Pos zi es la vieja! Zeñora, recójaze usté yn, 
que es tarde. 

D.a JuA. Hijo mío, estaba resando por un difunto. 

D. Nuez Zí; por zu espozo. 

D.a .JuA. No; por Cotufa. 

** D, Nuez (Aterrado.) ¿Por Cotufa? 

D.a JuA. Si, hijo mío, sí. Lo han matao ahí detrás de 

la esquina. 
D. Nuez ¿Que lo han matao? 
D.a JuA. Yo me voy á casa á ensenderle una vela. . 

¡Jesús, Jesús, Jesús!... (Vase porla izquierda.) 

ESCENA XXIII 

DON NUEZ y COTl FA 
1). Nuez (Temblando como la hoja en el árbol.) ¡ChaVÓ... UO 

zemos naide!... Paece que tiran á dá, don 
Nuez... ¡Probeciyo Cotufa!... Y me dejó un 
encargo que lo vi á traspazá... Carma... car- 
ma... Don Nuez... no te atorruyes... (se apaga 
la lamparilla del retablo.) Hombre, qué gracia... 
También le podían echa más aceite á eze fa- 
rolito... ¡Probeciyo Cotufa!... ¡No ze me cae 
de la imaginación!... Pero, güeno... á busca 
á los múzicos, que la noche no estápa zere- 
natas... Zoloque artes te lienes que carmá 
un poquiyo, no te vean arterao y te tomen 
por er mataó. . Zoziégate, Don Nuez... Encá- 



— 41 — 
játe una mijiya las farciones... (procurando 

serenarse está, cuando Cotufa sale de casa de Coral y 
al reconocerlo se acerca á él y le echa un brazo por 
encima. La impresión que recibe es superior á una des- 
carga eléctrica.) 

CoT. Hola, amigo. 

D, NviA ¡Eeeeeeeh!... 

Cor. ¿Q"é es eso? ¿Nos hemos asustao? 

D. NuFz ¡Eeeeeeeh!... ¡eeeeeeh!... 

UoT. ¿Es qu9 viene argún coche? 

D. Nuez Pe... pero diga usté: ¿er muerto ha zío el 
otro? 

Cor. No, señó, que no ha habió ningún muerto.. 

Digo, como no se muera usté der mieo que 
tiene. 

D. Nütz No... no es mieo... es zorpreza... ¿Qué es lo 
que ha pazao entonces? 

Cor. Lo de siempre, en cuanto dan con uno que 

se juega er peyeio. Se achicó mi hombre. 
Corriendo debe está toavía. Ese ya no es es- 
torbo. No güerve á aporta po er barrio... se- 
guro. 

D. Nuez ¡Gracias á Dios que me dan esta noche un:i 
güeña noticia! Pero, diga usté: ¿cómo estaba 
dentro e la caza? 

CoT. Porque es priuio de eya. Es un patoso que 

se ha empeñao en que la muchacha lo ha de 
queré. Y eya no lo traga ni con abuca. 

D. Nuez ¡Caray, qué me alegro! 

CoT. A mí no hasía más que desirme que se lo 

espantara por favo. 

D. Nuez ¡Caray, que me alegro! ¿De manera que ze- 
gún ezo la caye es nuestra? 

CoT. De ventana á ventana. Ayi manda usté y 

•iqní yo. 

D. Nuez Y los dos juntos en to er barrio. Choca ahí. 
¿Vamos á tutearnos? 

Cor. Ya está. Óyeme una cosa. 

D. Nuez ¿Qué coza? 

CoT. Que no vas malamente con Coraliyo: lo he 

podio yo entrevé. 

D Nuez ¿Zí, verdá? ¿Le gusto? ¡Pos no va á zé palo! 

CoT. ¿Como? 

D NuFz Con lapi, en la paré e mi arcoba. Y vamos 



- 42 ^ 

á vé: ¿te paece á tí que es güeña ocazión 
esta noche pa vení yo con ezos amigos á 
cantarle cuatro finuraí-? 

CoT. ¿Qué mejó noche que esta, después de to lo 

que ha ocurrió? ¡¿obre que mañana pué 
pstá yoviendo. 

D. Nuez No me digas más: por eyos voy. ¿Tú no me 
haz oído á mí canta? 

CoT. Nunca. 

O. Nuez ¡Pos me vas á compra una jaula! ¿Te espe- 
ras aquí? 

CoT. Pelando la pava con Mersedes. Yo no pier- 

do un minuto. 

D. NuE'. Hombre, zí. Te arvierto que es caetiza. En 
cuanto ze le fsvanezca Uii imagen, te que- 
drá, te quedrá. 

CoT. Veremoy. 

ü. Nuez Er tiempo ha e decirlo. Güeivo en zeguía. 

(Vase por la izquierda.) 

CoT. Hasta ahora. — ¡Qué tío más grasioso! ¡Hay 

pa ponerle un marco y corgarlo en la sala! 



ESCENA XXIV 

COTUFA y MERCEDES 
(Se acerca á la ventana de Mercedes y toca las palmas.) 

CoT. A vé si sale la paloma. Cotufiya, mucha 

labia... y te yevas este tesoro. Te ha empe- 
sao á queré por er gusto de deebancá á la 
rtra; hase tarta que te siga queriendo por 
tuno, cuando sepa que no desbanca á nadie. 

(Toca las palmas otra vez, y sale Mercedes á la reja, 
envuelta en un mantón.) 

Merc. ¿Tiene usté mucha prisa? 

CoT. Por verla á usté, ¿quien no la tiene, reina? 

Mb-rc. La reina no soy yo: es la otra. 

CoT. Aquí ya no hay más reina que usté. 

Merc. Vamos poquito á poco... ¿Ha reñío usté con 

esa mu jé pa siempre? 

Cor. Vamos á habla en plata: ni he reñío ni reñi- 

ré en la vía, que es lo más güeno.- 



-- 43 — 

Merc. Ay, ¿sí? ¿Entonsescon qué cara viene usté 
á mi reja? 

CoT. On esta, porque no tengo otra. Palabra de 

honó. Miste, Mereedes: yo no he gío, ni 
soy, ni seré amante de Cora, por mar nom- 
bre la reina mora. 

Merc. ¿Qué está usté disiendo? 

CoT. El amante de eya, er novio, si le párese f\ 

usté mejó, estaba preso y ha cumplió: y 
ahora mismo le está disiendo á la oreja to 
lo que la quiere. 

Merc. Entonses, ¿qué es usté de la reina mora? 

CoT. Agárrese usté bien á los yerros, pa no caerse. 

Merc. Ya está. ¿Qué es usté? 

CoT. Hermano. 

Merc. ¿Hermano? ¡Ande usté y que lo sursan! 

CoT. Hermano, hermano. Hijos los do?, aunque 

paezca mentira, de la misma madre y der 
mismo padre. ¡Ganas de fastidiarlo á uno! 

Meri . ¿Y á cuá sale usté de e3'0P, con esa cara tan 

barata? 

CoT. A ninguno, porque los dos eran mu guapos. 

Merc. ¿Dio usté er parto atrás? 

CoT, No, señora; di er sarto á un lao, y salí á un 

tío cama, que se ganaba la vía de clorofor- 
mo: lo enseñaban pa quita er sentio. 

Merc. (Riéndose.) Es usté un tipo e grasia, hombre. 

CoT. ¿Tengo grasia pa usté? 

Merc. Arguna 

CoT ¿Y en qué he de conoserlo yo? 

-Merc. En una seña que le vi á basé á usté con el 
ojo izquierdo. 

CoT. ¿Querrá desí que usté rae quiere? 

Merc. ¡Pobresito de usté, si no sabe entenderlal 

CoT. ¡Bendita sea esa boca y ese salero! ¡Me gusta 

usté más que un merenguel 

Merc. Baje usté la voz... 

CoT. ¡Déjeme usté que chiye, criatura! ¡Pos si na 

más de vislumbra que usté me hase caso 
me ha entrao una cosa por to er cuerpo! .. 

(Enseñándole una muñeca.) MlStC. 

Merc. ¿Qué? 

COT. Er veyo de punta. (Mercedes suelta la carcajada.) 

¡Y que no sabe usté reírse, corasón! ¡Me sue- 



— 44 — 

na su risa como si me echaran pesetas por 
dentro! ¡Ay, qué suerte la míal ¡Ya no envi- 
dio á nadie! ¡Ni á aqueyos dos que salen aho- 
ra! (señalando á Coral y á Esteban que, efectivamen- 
te, salen de su casa.) |Eh! ¡Pareja fslíl (Llamándo- 
los.) ¡Vení pa acá, que aquí hay otra pareja 
que uo se cambia por ustedes! 

(Música en la orquesta ) 



ESCENA XXV 



DICHOS, CORAL y ESTEBAN 



EST. (Acercándose con Coral á la ventana de Mercedes.) No 

seas escandaloso en tu vía, Antoñiyo. 

Cor." l Güeñas nochee. 

Merc. Güeñas noches, 

CoT. Aquí tiene usté á la reina mora. 

Merc Mucho gusto de conoserla. 

Coral Ni reina, ni mora, ni na de esas leyendsis 
que han fraguao. Reino na más que en er 
corasen de este hombre, y con eso me basta 

EsT, Y á mí. 

CoRAT. Si me ocurté á los ojos de to er mundo, fué 
porque los suyos no podían verme, ni los 
míos verlo siempre á mi lac. Con é me con- 
dené, con é estuve presa... y con é me veo 
libre ahora. 

Merc. Siga usté con é toa la vía, que eso e.s cariño. 

Coral Pos si le gusta á usté la muestra cómprese 
usté un vestío, que á tiempo está. 

CoT. (a Mercedes.) Ya lo oycs. ¡Como ves, los her- 

manitos no perdemos er tiempo! 

Merc. ¡Tú lo pues desí con más rasón que nadie, 

granujal 

CoT. ¡Ole! 

EsT. Vaya, á esta pareja hay que dejarla. 

Merc. Y á ustedes también. 

CoT. ¿Vais pa casa e tu padre? 

EsT. A.yá me la yevo. Se acabó la reina mora en 

er barrio. 

CouAL Mañana, más embustes, más misterios toa- 

vía... Que si me ven... que si no me ven. . 



— 45 — 



Merc. 

C 3RAL 

EST. 

COT. 



ICST. 

Coral 

EST. 

Coral 
Merc. 

COT. 

Merc 



CüT. 



que si me yevaron las brujas... IVo cuando 
á usté le pregunten si f=abe argo de mi per- 
sona, pué usté contesta: La reina mora está 
en BU reino... No ha sío más que una sevi- 
yana que ha sabio queré á un hombre. 
Pos á quererse tocan. 
Pos por mí, que repiquen. 
Salú. 
Salú. 

^ Coral y Estebau, arrullándose, se encaminan muy des- 
pacio por el pasadizo adelante, y asi se alejan por el 
foro. Mercedes y Cotufa se arrullan en la reja para no 
ser menos.) 

Por aquí. 

Por donde tú quieras voy yo. Ahora sí que 

estás preFo. 

Más que nunca. Paese que soñamos, Cora- 

liyo. 

Verdá que sí. 

¿Me querrás siempre como ahora? 

Permita Dios que si te miento me güerva 

más leo de lo que soy. 

Mía que copla se me viene ar sentío: 

Por capricho me quisiste 

y yo por capricho á ti: 

¡bendiga Dios los caprichos 

que nos juntaron aquí! 
¡Ole! 



ESCENA ULTIMA 

MERCEDES, COTUFA, DON NUEZ y cuatro guitarristas 

(Sale Don Nuez por la izquierda, envuelto á lo estudiante en su cnpa, 

y con una guitarra en la mano, l e siguen cuatro amigos tan feos 

como él y de la misma guisa, uno detrás de otro.) 



D Nuez (ai pasar ante la reja de Mercedes ) ¡Que aprove- 
che, amigo! (Llegando á la de Coral.) Aqul e?, ZC- 

ñores. Jacé cerco. Y ya zabeis quien va á 
escucharnos; conque afila laz uñas. (Apoya un 
pie en el poyete que está bajo la reja, y toca con todos.) 



— 46 — 

CoT. (Bajo á Mercedes, riéndose.) ¡Qué bien va á queá 

er trovado! 
Merc. (a Cotufa, lo mismo.) Le VR á costá mudarse der 

barrio. 

D Nuez (cantando desentonadamente, de pura emoción.) 

Mora de la morería, 

zi me yegae á qiieré, 

me compro un jaique moruno 

y una espindarga después. 

Cayarze. (Callan todos, silencio absoluto. Pega la 
oreja a la ventana y se alboroza.) ¡Bendita zea la 

inare que la parió! 
Cnü ¿Qué es eso? 

D. Nuez ¡Na más zino que me ha dicho: «jole! ¡ole'» 

COT. (a Mercedes.) ¡La COtorra! (sueltan los dos la risa y 

tienen para un rato.) 

D Nuez (loco de satisfacción.) ¡Rierze, rierze! (a ios su- 
yos.) Aquí vamos á está tocando y cantando 
"jasta que zarga er zó. ¡A una! (Rompen todos d 

tocar otra vez, y él vuelve á cantar con mayor desento- 
no todavía, mientras cae el telón.) 

Azómate á tus cristales, 
zurtana der mundo entero, 
que quiero vé cómo Juyen 
laz estreyitas der cielo. 



FIN 



Madrid, Setiembre, 19Ü3 



OBRAS DE !iOS IVUSMOS RÜTOl?ES 



Esgrima y amor, juguete cómico. 

Belén, 12, principnl, juguete cómico. 

Crilito. juguete cómico-lírico. (2.a edición.) 

La media naranja, juguete cómico. (2.* edición.) 

El tío de lafl'iuia, juguete cómico. (2.* edición.) 

ER ojito derecho, entremés. (2.a edición.) 

La reja, comedia en un acto. (3.a edición.) 

La buena sombra, sainete en tres cuadros. (6.a edición.) 

El peregrino, zarzuela cómica en un acto. 

J.a vida íntima, comedia en dos actos. (2.a edición.) 

Los borrachos, sainete en cuatro cuadros. (2.a edición.) 

El chiquillo, entremés. (3.a edición.) 

Las casas de cartón, juguete cómico. 

El traje de luceít, sainete en tres cuadros. 

El patio, comedia en dos actos. (2." edición.) 

El motete, entremés con música 

El estreno, zarzuela cómica en tres cuadros. 

Los Galeotes, comedia en cuatro aclos. (2.a edición.) 

La peni, drama en dos cuadros. 

T^a azotea, comedia en un acto. 

El género ínfimo, pasillo con música. 

El nido, comedia en dos actos. 

Las flores, comedia en tres actos. 

Los piropos, entremés. 

El flechazo, entremés. 

El amor en el teatro, capricho literario en cinco cuadros, pró- 
logo y epílogo. 

Abanicos y panderetas ó ¡A Sevilla en el botijol humorada sa- 
tírica en tres cuadros, con música. 

La dicha ajena, comedia en tres actos y un prólogo. 

Pepita Reyes, cDmedia en dos actos. 

Los meritorios, pasillo. 

/ a zahori, entremés. 

La reina mora, sainete en tres cuadros, con música. 



:í5 AI? A OiVT A S» 



Esta obra es propiedad de sus autores, y nadie pi - 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla 
en España ni en los paises con los cuales so hayan 
celebrado ó se celebren en adelante tratados interna- 
cionales de propiedad literaria. 

Los autores se reservan el derecho de traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad 
dé Autores Españoles son los encargados exclusivamen- 
te de conceder ó negar el permiso de representación 
y del cobro de los derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



ZARAGATAS 



saínete en dos cuadros 



serafín í JOAQUÍN ÁLVAREZ ()UIN[ERO 



Estrenado en el TEATRO LARA el 31 de Diciembre de 1903 



■*■ 




MADRID 



« rtLASCU, lUP., mRQDtS DB SANTA AHA, II r,tP 

Teléfono número ^1 

1604: 



Q, los artistas del T<2atro Cara 



aufeuej eou ei taieutó u la a'iaeia 
eu eiioJ fiiov-eiéiaieé, ñau euaiie- 
cidó uua í/e-b utad el éueu uout'^'ie 
de acíuei l&at>iO u han coui>iwutdo 
éttliaHieHteule ai r^^^X éy^tió de 
eJie Jaiueie. 



REPARTO 



PERSONAJES 



ACTORES 



LA TRAPITOS Seta. Domus. 

SEÑA CASILDA Sba. Valvebde. 

SARA LA. ANDALUZA Rodríguez. 

JEROMA Seta. Alba. 

CONSUELO RoDEÍGUEZ. 

ESTRELLA , Sea. Bklteán. 

CHINITA Ruiz. 

MELENDEZ Se. Rubio 

CONTRERAS Santiago. 

SEÑOR LIBORIO Sjmó-Raso. 

EL JUEZ Calle. 

PIZARRO, guardia Sepúlveda. 

IBÁÑEZ, ídem Pac;heco. 

EPIFANIO ZOEKILLA. 

EL MORENO Santiago. 

UN ALGUACIL Babea ycoa. 

AFRODISIO Calvo. 

EL FISCAL Canta LAPiEDEA 

EL SECRETARIO Manl 

ACUÑA, guardia Seguea. 

GASCÓN, ídem Alemín. 

UN ESCRIBIENTE Gallae. 

Vecinos, curiosos y chiquillos 






ZARAGATAS 



CUADRO PRIMERO 

Calíe, eu un barrio viejo de Madrid.— Ks de noche, y en el mes de Ju- 
nio. Un farol encendido hacia la derecha del actor. 



ESCENA PRIMERA 

PIZARKO é IBÁÑEZ, luego CHIN1T.\ 

(itaáñez y Pizarro, vestidos con traje de rayadillo, aparecen á la 
izquierda del actor, de pie, tambaleándose de sueño. Ibáñez es sordo 
cuando sopla viento del sur; Pizarro es muy bruto, sople el viento 
que sople. Tiene un bigote descomunal. 

Al levantarse el telón óyense voces de altercado hacia la izquier- 
da, en donde se supone que hay una taberna poco pacifica ) 

PlZ. (Gritándole á Ibáñez, después de dos miradas de dis- 

gusto hacia la taberna.) ¿Oye?, tÚ?.. Me paece 

a luí que... ¿Qué te paece á ti de la taberni- 
ta?... ¿A que tenemos zaragata esta noche?... 
¿No te enteras? 

Ibáñez ¿Eh? 

Piz. (Gritándole al oído.) ¿No oyes, en la taberna? .. 

¡Estás como un CHcharro! 

Ibáñez En cuanto sopla el sur. . ¡Miá que es fenóme- 
no! (callan y casi duermen. Por un milagro de e<iuili- 
brio se tienen de pie.) 



— 8 — 



Chin . (Dentro, lejos, pregonando.) ¡HeroldoOOO! ... (Poeo 

después, más cerca.) ¡Heraldooool... (Saliendo por la 
izquierda del actor, con una mano de ejemplares del 
«Heraldo», y gritándole á Ibáñez en el mismo, oído.) 

¡Heráldoooo! 

(Pizarro, contrariado, se estremece. Ibáñez, como si no 
fuera con él. Chinita da media vuelta y canturreando 
coplas populares se pone á doblar las hojas en el suelo, 
á la luz del farol.) 
PlZ. Verás tú éste... (Se despereza con toda libertad, lo 

mismo que si no estuviera en la calle.) i aCCe (JUe 

acabo de dormir la siesta... (ai compañero, & gri- 
tos como de costumbre.) ¡Túl ¡ Voy á vei 8Í me da 
la Remedios un vaso de agua! ¿Vienes? 
Ibáñez ¿Eh? 

PlZ. (Expresándole por señas que va á beber.) ¡ Que 

voy á...l 
Ibáñez Ya estoy, hombre, ya estoy... 

P/Z. (Yéudo.se por la derecha despacio ) ¡Esta DOChe nO 

oye tres en un burro! 

(Cbinita, apenas se ve solo con Ibáñez, y ya con los pe- 
riódicos bajo el brazo, se acerca á él y le da un ciga- 
rrillo, que el guardia acepta.) 

Chin. ¿Quié usté que fumemos? 

Ibáñez (sin enterarse, pero cogiendo el cigarrillo.) ¿No SCrá 

de puntas?... (chlnita niega con la mano.) Enton- 

ces, gracias. 

Chin . (Eu su voz natural, y acompañando sus palabras de la 

acción de beber.) ¿A qué ha ido ese ladrón? ¿A 
tomar una copa de gorra? 

Ibáñez (Con aplomo.) Sí. 

Chin. (Haciendo ademán de encenderse una cerilla en el 

muslo.) ¿Tié usté vergüenza? 
Ibáñez (palpándose.) No: no me queda ninguna. 

Chin . En eso estaba yo. (saca una caja de fósforos y en- 

cienden ambos los pitillos.) 

Ibáñez Gracias, Chinita. ¿Este es de á real? ((hiuita 

asiente con la cabeza.) ¿Dónde haS CfeCarbaO?... 
(chinita silba.) 
Chin. (Haciendo que saca el reloj.) Oye: ¿CUáutaS VeceS 

te la ha dao tu señoraV 

(Salc por la derecha Pizarro y se detiene oyendo á Chi- 
nita, que está de espaldas.) 

Ibáñez ¿Qué? 



— í) - 

Chin. (Repitiendo la acción.) ¿Que cuántas veces te la 

ha pegao tu mujer? 

IbÁÑEZ (viendo la hora en su reloj y contestándole tranquila 

mente.) Nueve y media. 

Chin. ¿Nueve y media, eh? (Riéndose.) ] Rediez! ¿en 

qué consistirá la media? 

Piz. (Pegándole un puntapié ) ¡En esto, granuja! 

Chin. lAy! 

Piz. Te voy á escarmentar, Chinita... Me estás 

buscando y vas á encontrarme, (ai compañe- 
ro, ciiiiiándoie mucho.) ¿TÚ sabes lü que te ha 
preguntao? 

IbÁÑEZ Sí, hombre, sí; y le he dicho que nueve y 
media. 

Piz. (Reflexivo.) La verdaz es que si no fuera por 

el traje que llevo... debía de reírme. (Empu- 
jando al otro hacia la izquierda.) ¡Echa pa alante, 

hombre, echa pa alante! 

Chin . (Pregonando á la derecha, hacia dentro.) ¡Seráldooo! 

Piz. (a Chinita) ¡Y tú ándate con ojo; miá que el 

día menos pensao te decapito! (se va detrás de 

Ibáñez á darle una vuelta á la manzana.) 

Chin. ¡Jesús qué miedo! ¿Sabe usté que voy á so- 

ñar esta noche con la campana e Huesca? 



ESCENA íl 

chinita y LA TRAPITOS 

(e1 es un golfillo desarrapado y roto, y ella una golfllla pinturerita 
y cuidadosa, en lo que cabe, dada su miseria natural.) 

TrAP. (Dentro, hacia la derecha, gritando ) ¡VaniOS, hom- 

bre! ¿Quié usté tocarse las orejas? ¡A ver si 
lo señalo! 

(yHiN . ¿Es la Trapitos? 

TraP. (saliendo también con unos cuantos periódicos bajo el 

brazo ) Hola, tú. 

Chin . ¿Qué es epo, chica? 

Trap Que va una á tener que salir á la calle como 

las joyerías: con enrejao en el escaparate. 
Chin. ¿Te ha tocao alguno? 



— 10 — 

Trap. Melecio, el del kiosco; que tié unas manos 

que paecen palomas mensajeras... Ya, 3^a 
saben dónde van. 

Chin. ¡A ese le masco yo la nuez! como dicen los 

chulos. 

Trap. ¡Menos! 

Chin. (Eu ademán de ir á mascársela.) ¿McnOP? 

Trap. Quieto aquí; no te tires; que pues caer de 

boca y lastimarte. 
Chin. ¿Vienes contenta? 

Trap. jTú verás! ¡Llevo un día con más euerte que 

la lista grande! 
Chin. ¿Has vendió muchas hojas? 

Trap. Eso no; toavía no me he estrenao. 

Chin . Pos júntate conmigo, chica. (?e sientan en ei 

suelo, despreciando completamente la venta de perió- 
dicos.) 

Trap. ¿Ves tú? Si tiés que convencerte: el papel no 

da pa comer. Ton que cuando hay crimen 
vendas cuarenta hojas. ¿Y qué? Una miseria. 
«Se te ocurre una noche tomar una zaizH, y 
no la pues tomar. 

Chin. Yo, como to lo que gano me lo gasto en 

ropa... 

Trap. ¡Adiós, figurín! ¡Y se te ven las carnes deba- 

jo el pantalón! 

Chin ¡Chica, tú no sabes; si esto es la mar de in- 

glés! 

Trap. Pos no me caso contigo mientras no tengas 

ropa blanca. 

Chin. Signes inorando, Trapitos; la que se esije es 

ropa negra. — Y hoy, ¿no me tiais tabaco? 

Trap. Creía que no ibas á acordarte. 

Chin. No; ¡pa qué! A cualquier hora hago yo la 

■digestión sin un puro. 

Trap. Pos, señor, que te veo en La Peña. 

Chin. Bueno, ¿qué me trais? 

TkAP. Entérate bien. (Mostrándole un cigarro puro de 

ínfima clase, de esos que parece que tienen viruelas.) 
Miá qué majo. Te fumas na más que hastt 
aquí; hasta este lunar rubio Y lo otro pa tu 
padre; que luego dice que no nos acordamos 
de él. 

Chin . ¡Vamos, calla! ¿De manera que con las angi- 



— 11 — 

nias que padece mi padre le vo}' x'O á dar 
pa que se empeore? Tú me has tomao por 
otro, chica 

Trap. ¡Pero qué golfo te ha hecho Dios! ¿Vas á 

fumarlo ahora? 

Chin . ¡Preguntas unas coías, Trapitos!... Fumárme- 

lo aliora es como tirarlo a la calle. Me lo 
guardo pa la primera probalidá de diges- 
tión 

Trap. ¿Y tú, no me trais na? 

Ch!N. ¿Yo? Lo de toas ks nnches. Tómalo, (ed 

ademán de darle un beso.) 
Trap. (Rechazándole y poniéndose luego en pie.) ¡ \ amOS, 

quita! Tiés que hacer méritos primero. Pa 
mí que ayunas hoy. 
Ch.N. (Levantándose tamWé:>.) ¡Rediez! ¡qué orgullol 

Tkap. Como que voy pa arriba. Y si tú no te apli- 

cas, te dejo. 

Chin. ¡Dejaban! 

Trap. Veras qué día de suerte, Chinita; que con 

tanto hablar no te lo he contao. (Enseñándole 
dos pesetas.) Mira: pa que te embobes. 

Chin. ¿Eso qué es? 

Trap. Propinas de la lotería. Y en una media llevo 

un duro. 

Chin. ¡A verlo! 

'I RAP. ¡Como no compres rayos X!... 

Chin. ¿Quién te lo ha dao? 

Trap. Un señorito quo va ai Retiro toas las tardes, 

montao á caballo, con botines y un diente 
de oro, y que está preudao de una señora 
pinta de rubio que yo sé que es casa. 

Chin. Bueno, ¿y qué? 

Trap . Pos que yo me planto á la entra de los coches 

pa filar el de ella; y llega después el seño- 
rito y le hago señas de to lo que hay. ¿Tú 
está.*-? Que la señora va sola en feu ccche: 
me pongo en jarras; que la señora va con el 
marido: me cruzo e brazos. 

Chis. ¡Anda! ¿Y qué ha pasao esta tarde? 

Trap. .Ahí tiés: lo inesperao: que ni iba sola, ni 

con el marido; sino con otro caballero nue- 
vo pa mi. 

(-HIN. ¿Y tú qué hiciste al verlo? 



— 12 — ' 

Trap. Al verlo, na; pero al llegar el otro... ¡pos me 

puse las manos en la cabeza! Y miá si lo co- 
gió, que sin concencia de lo que hacía, me 
tiró un duro, y escapó á correr á galope pa 
la Castellana; de una forma, chico, que em- 
pezó á relinchar el caballo del Espartero. 
No te digo más. 

Chin Es mucho Madriz éste. Aquí hay líos hasta 

en los solares. ¡Y que me alegro de que me 
lo hayas contao! 

Traí-. ¿Por qué? ¿Pa que te convide? 

Chin. ¡Ele! 

Trap. ¿Te agradan los pasteles de crema? 

('hin. i)e casa e Lhardy, sí. 

Trap. Pos anda, ven pa acá, que ahí más abajo los 

remedan. (Lo coge del brazo.) 

Chin ¡Cuidao si eres amable! Tenemos que casar- 

nos pronto, tú: yo así no vivo mucho tiempo. 

Trap. ¿Y tú con qué cuentas pa la casa? 

Chin. Contigo; y ya tengo lo principal. 

Trap. Si digo pa ponerla. 

Chin. Pa ponerla la pones tú, que de lo demás yo 

me encargo... 

Trap. ¡Pero qué chulo eres y qué sinvergüenza! Ni 

sé cómo te quiero, Chinita .. 

Chin. ¿No, verdá?... ¡Pos por eso mismol 

Trap. Note arrimes así, que van á cogernos los 

guardias... (Se van por la derecha, mny juntitos y 
amartelados. Meléndez, que viene en dirección contra- 
ria, se cruza con ellos y se indigna. El tal Meléndez es 
un cacharrero que tiene la desgracia inmensa de ser 
tuerto y cojo, á pesar de lo cual todo lo ve y no se está 
quieto un momento.) 



ESCENA III 

MELÉNDEZ, PIZAREO é IBÁÑEZ 

Mel. ¡Estas ecenas!... ¡estas ecenas no se ven en 

ningún país europizao!... (corriendo hacia la iz- 
quierda, poseído de extraño vértigo.) ¡Guardias! 
¡GrUardias! (volviendo la cara hacia la derecha) 



- 13 ~ 

|DigoI ^Le paece á usié qué beso se han dao 
los niños? ¡Guardias! 

FlZ. (saliendo por la izquierda con Ibáñez.) ¿Qué OCUrre? 

Mel. ¿Quié usté decirme si está aquello ni medio 

bien? ¡Eso no pasa en ningún paJs euro- 
pizao! 

PlZ. ¡Mecachis en \o^ golfo?! (ai compañero, siempre 

en voz muy alta.) ¿Tú nO VeS? 

Mel. ¡Un escándalo! Que los irracionales no res- 

peten la vía pública, porque no razocinian, 
anda con Dios; pero que dos personas se be- 
sen... y en un Madriz... ¡Vamos, hombre; si 
le digo á usté que España empieza en los 
Pirineos! 

PlZ. (Gritándole por equivocación á Meléndez.) ¡Tíé UBté 

razón! 
Mel. ^;Y á raí por qué me grita ustez? 

PlZ. La costumbre de hablar con el compañero, 

que es un poco tardo. Usté desimule. Y ya 

se me ha acabao el aguante con esa pareja... 

y esta noche las pagan juntas. 

Mel. (Animado por la sed de justicia.) ¡Sí, hombre, SÍI 

¡A la Delega, primero, y después al Juzgao, 
|.or atos inmorales en la vía pública! 
Piz. (Volviendo á gritarle.) ¡Peroquc ni más ni me- 

nos! (a Ibáñez.) ¡Anda, tú; anda! 

IbAÑEZ (Yéndose por la derecha tras Pizarro.) No nOS dejan 

ni reposar una cerveza tranquilos. 
Mel. ¡No faltaba más, hombre! ¡Paece que esta- 

mos en Costatinopla! (Se va gozoso y satisfecho 
en pos de los guardias ) 



ESCKNA IV 

SEÑA CASILDA y CONSUELO 

(Salen por la derecha, de mantón. Son dos hermanas de 
diferente edad y presencia. Seña Casilda es fea de naci- 
miento.) 

CoNS. Aquella, aquella es la taberna 

Cas. ¡Qué ajeno estará él de que le voy á aguar el 

vino esta noche! ¿Te paece que entremos ó 
que los esperemos en la esquina? 



~ 14 — 

CoNb. ¡Entra ya y arráncale el moño á esa tía la- 

garta! 

Cas. ¿El moño na más? [El moño es pocol ¿No 

ves tú que es postizo? Pero de vacío no me 
vengo: descuida. ¡Lo que es de mí no se bur- 
la ninguna tea! 

CoNS. ¡También los hombres! ¿Por dónde le habrá 

entrao á Epifanio? 

Cas. Calla, mujer; á ese sí que no lo perdono 

Pero lo dejo pa en llegando á casa. ¡El tí» 
pendón!... ¿Qué más quiere de mí, que me 
estoy mirando en sus ojos á toas horas y 
adivinándole los caprichos como en la luna 
e miel? ¿Qué más quiere, si to se me figu- 
ra poco pa dárselo; si no tiene nn antojo 
que no logre? Que cuchillos pa el pantalón 
de pana; cuchillos pa el pantalón de pana; 
que jamón rancio pa el puchero: jamón pa 
el f)Uchero; que reló de arena pa los huevos 
pasaos por agua: reló de arena. Y así en to, 
y así desale que nos casemos... pa que luego 
me dé este pago. 

CoNS. ¿Vas á llorar ahora? 

Cas. No pueo remediarlo: se me va el pensamien- 

to á las cosas dulces del matrimonio. . y el 
alma se me anega, hermana. 

CüNS. Eres tonta, mujer. Casa podía estar yo y 

encontrar á mi marido con otra; que lo me- 
nos que hacía era arrancarle la piel y ponerla 
á los pies de mi caoia con dos perritos en las 
puntas. 

Cas. Mira, me has dao una idea. 

CoNS. ¡Pues anda ya pa dentro! 

Cas. V^en tú conmigo pa los quites. 

CoNs ; Y poquito que me gusta á mí tomar la ju?- 

♦^.icia por mi mano! 

Cas. ; Va á ver esa tía perra quién es seña Casilda 

la Magnolial (Se marchan por la izquierda.) 



15 — 



ESCENA V 

MELÉNDEZ y AFRODISIO 



MeL. ÍPor la derecha, recreándose en su obra ) SerVlHdS 

van... Lo menos que les sale son unos días 
de arresto 3' el pago del juicio. ¡Sí, hombre, 
sí! A ver si aprenden, que están naciendo 
todavía. Hay oue europizarse. (se encamina 

hacia la izquierda y se detiene á hablar con Afrodisio, 
que sale y se topa con él. Este Afrodisio es un joroba 
do que vende décimos de la lotería Viste de america- 
na y gorra ) 

Afrod ¡Adióí, tú! 

Mel. ; Hola, jorobeta! 

Afrod. ¿Qué es de tu vida? 

Mel. i. o (le siempre: de romaneo. Ahora acabo de 

denunciar á dos golfillos que estaban ahu- 
pando de las tinieblas. 

Afrod ¡Kediez cómo anda el tiempo! 

Mkl. ¿Por qué lo dices? ' 

Afrod Porque este anocheció, en un aguaducho do 

la Plazuela, ha habido también ecenas la- 
mentables 

Mel. ¿Pa la moral? 

Afrod. Pa la moral y pa un ojo de Sara la andalu- 
za, que se lo ha puesto así el Moreno. 

Mel. ¡Anda con Dios! ¡Si estaba yo presente! 

Afr( d. Pos no te vide. Estos calores revuelven la 
sangre. 

Mel. y que no hay cultura, ni decencia, ni vivi- 

mos en Europ.i: convéncete. Adiós, Afro- 
di?iio. 

Afrod. Adiós, Atenedoro. (Aquél se va por la izquierda y 

éste por la derocha, pregonando sus décimos cou una 
voz que parece prestada.) ¡El Catorce iril... sete- 
cientos diez y siete!... ¡De dó duros!... 

MhL. (Dando media vuelta al oirlo y yéndose después.) 

iBuena iniroralidaz está la lotería! Estn, y 
la húngara. 



- 16 - 



ESCENA VI 

PIZARRO é IBÁÑEZ; SEÑA CASILDA y CONSUELO; JERuMA y 
EPIFANIO 

Vecinos, curiosos y chiquillos. 

fPoco después de irse Meléndez se supone que en la taberna se 
ha armado la gorda. Oyense ruidos confusos de botellas y vasos ro- 
tos, chillidos de mujeres, voces de hombres, bofetadas, palos, etc., 
etc. Un zipizape en toda regla. 

De derecha á izquierda pasan corriendo Pizarro é Ibáñez, segui 
dos de un par de curiosos.) 

Piz. ¡Nos ha tocao una noche buena antes de 

Pascual 
Ibáñez iMaldita sea la!... 

(e1 zipizape sube de punto al llegar los guardias, y 
asi se mantiene unos instantes. Luego, sin dejar los 
gritos ni las protestas, todos los personajes pasan de 
izquierda á derecha más ó menos lisiados.) 

JeR. (sujeta por Ibáñez desgreñada y rota, y con la nariz 

ensangrentada, increpando furiosamente á la seña Ca- 
silda, que viene detrás.) |Ya nos veremos las ca- 
ras usté y yo solas, so tía cobarde! ¡so tía 
mansa! ¡so tía fea! 

Ibáñí^z ¡Menos hablar y más andar! 

Cas. (sujeta por Pizarro, con una trenza de la otra en la 

mano, y también descompuesta.) ¡A la cárcel Va 

usté á ir, por indecente, por ladrona, por 
malal ¡A la cárcel! 
Piz, I A la Delegación ahora! i Y á ver si callamos! 

TiPIF. (Disputando con Consuelo, que lo sostiene, borracho, 

y con el hongo hecho trizas.) ¡TÚ tienes la Culpa! 

¡tú sólita! ¡tú, porque la calientas la cabeza! 
¡tú tienes la culpa! 
CoNB. ¡La tienes tú que eres un mal hombre! ¡An- 

da pa alante, golfo! ¡Si fueras mi marido te 
ataba con una cadena como á un perro... y 
pa na del mundo te soltaba! ¡Anda pa alan- 
te!... 



— 17 — 

(Hablan y chillan todos á un tiempo, mientras cruzan 
rápidamente la escena. Los vecinos, curiosos y chiqui- 
llos que los siguen, no dejan tampoco de alborotar con 
discusiones y silbidos. Cae el telón.) 



CUADRO SEGUNDO 

Sala de juicios en un juzgado de Madrid. Al foro la puerta de entrada. 
A la izquierda del actor un balcón. A la derecha, de frente á él, una 
plataforma donde está la mesa del tribunal. Ante ella una barra de 
hierro sostenida por dos columuillas, que sirve para separarla del 
público. Sobre la mesa tinteros, plumas, libros diversos y papeles 
de oñcio. Tras ella tres sillones y un dosel de terciopelo rojo nada 
flamante, en cuyo centro aparece colgado un retrato del rey en 
oleografía. 

Es por la mañana y en el mes de Junio. 



ESCENA VII 

El JUEZ, el FISCAL, el SECRETARIO, un ALGUACIL, SARA la 

ANDAT I 7A, el MORENO, ACUÑA y GASCÓN, y un ESCRIBIENTE; 

luego ESTRELLA, después MELÉNDEZ 

(Los tres primeros sentados en sus respectivos sillones. 
El Juez en el de enmedio y el Fiscal á su derecha. El 
Alguacil de pie junto á la puerta del foro, de frente al 
público, con varios pliegos escritos en la mano. Los 
guardias también de frente al público, al otro lado de la 
puerta. Sara y el Moreno á la izquierda, de frente al 
tribunal. Sara es una aguadora guapa y compuesta. Va 
de mantón de espuma negro, segura de que sólo con su 
presencia tuerce la vara de la justicia El Moreno es un 
maletilla de fnflma clase y mala catadura. Ella lleva un 
ojo sembrado de cardenales y él la cara toda llena de 
arañazos.) 

Juez (a Acuña.) ¿De manera que usted no v¡ó nadn? 

Acuña No, señor Juez; á mí me rifirió un cochero 
del punto que está allí á orilla, que aquí 
el joven y aquí la joven se habían agarrao 

como gatos... fsara y el Moreno manifle^tan indigna 



— 18 — 
ción y miran al guardia con odio.) Pei'O yo liadií 

presencié, porque dio el casual de que llegué 
un poco tarde. Es cuanto puedo manifestar 
á u.«ía. 

(viene el Escribiente con varios pliegos para que el 
Juez los firme. Este lo hace maquinalmente, sin inte- 
rrumpir el juicio. Cuando termina, el Escribiente se 
marcha llevándoselos.) 

Juez (a Gascón.) ¿Y usted? 

Gap, Pues... mismamente... vamo^... lo que ha di- 

cho mi compañero: que un cochero del pun- 
to que está allí á orilla nos rifirió que aquí 
el joven y aquí la joven se habían aíjarrao 
como gatos... (Nueva mirada de los dos.) Fero V() 
tampoco lo presencié, porque dio también 
el casual de que llegué tarde. 

Juez (a sara ) Usted, señora: adelántese un p^co. 

(Sara obedece y se coloca ante la barra. Lo mismo hacen 
en lo sucesivo todos los personajes que prestan declara- 
ción ) ¿Qué pasó? (oe cuando en cuando en éste y 
en los otros juicios, cambia impresiones con el Fiscal.) 

k?ARA (Con voz un tanto lacrimosa y entrecortada por la emo- 

ción que elacto le produce.) Señó Jué... ha de sa- 
ber usía... que aunque una viste de pañolón 
y de perca... una es desente. . y una nunca 
se ha visto en un juzgao... 

Juez No se apure usted ni se corte, señora. Cuen- 

te sin miedo la verdad. 

S.A.KA No... si no me corto... sino que la impre- 

sión... Aunque pobre. . una tiene costumbre 
de trata con personas desentes... Y ahí está 
don Pedro Luna er diputao, que lo pué 
desí... Si ahora se ve una en un puesto de 
agua... ha sío por su mala cabesa... Y ahí 
está don .losé Corrales er conseja, que me 
sacó de pila en Seviya. 

Juez Bien, bien, eso no nos importa. Al caso. 

Sara Pos verá usté, señó Jué: con permiso de 

usía, empieso por desirle á usté que no es 
verdá na de lo que le han manifestado á 
usía. .La declaraeión de los dos guindiyas 
es farsa. 

Juez Señora, trate usted con respeto á los agen- 

tes de la autoridad. 



— 19 — 



Sara En mi tierra les di?eu guindiyas. 

Juez l'ues aquí ?on guardia^:. Adelante. 

Sara A 112Í se rae ha puesto una cosa, y cuando á 

mí se me pune una co^a me sargo con eya — 
y ahí está mi madre que por yevarme la 
contraria me ve como me ve; — á mí se me 
ha puesto que to este lio me lo ha buscao 
Isabé la de loi Relojes, que quiso que yo la 
tomara de encargada de n.i aguaducho, y 
yo no la tomé porque es mu chulona y toas 
las noches íbamos á tené ayí ar Mediasuela, 
y ya sabe usía cómo las gasta er Mediasuela, 
y yo soy mu desente, y no me da la gana 
de aguanta siertas cosas, y ahí está don Ma- 
nué Martínez... 

Che, che, che... Ni yo sé cómo las gasta el 
Mediasuela, ni aquí vienen á cuento sus mu- 
chas relaciones de usted. De manera que 
abrevie la declaración. 
Usía me dispense. Ha de saber usté, señó 
.Jué, que este joven es amigo mío. 
¿Amigo íntimo? 

¡Según el arcanse que usía le dé á la pala- 
bra. 

Todo el que tiene. 

Pos sí: es amigo íntimo. Y susedió que la 
otra tarde lo convidé á sidra achampanada, 
que le gusta con deliri "> al hombre, cosa que 
no es ningún pecao; y ar tiempo de descor- 
cha la boteya Estreya mi criada, se conose 
que por la fuerea de los gases, ssrtó er ta- 
pón, me dio en un ojo y me lo puso de la 
forma que usté lo vé; que párese er cón- 
clave. 

¿De manera que esos cardenales los causó el 
taponazo? 
Ca balito. 

¡Pues se puede tirar la puerta de Alcalá con 
la sidra de usted! 

(Se rieii todos cou cierto disimulo, menos el Alguacil, el 
cual, después de soltar una carcajada escandalosa, se 
tapa la cara con los pliegos que tiene en la mano y con- 
tinúa riéndose.) 

Sara Todo mi género es de primera, señó Jué. Si 



Juez 



C>ARA 

Juez 
Sara 

Juez 
Sara 



Fiscal 

S.\RA 

Juez 



— 20 - 

usía gusta de ir á probarlo, tome usté una 
tarjeta... 
Juez No, no, no, no... Muchas gracias, (ai Moreno ) 

A ver, usted. ¿Qué pasó?— Retírele un poccj, 
señora. 

Mor (Adelantándose y poniéndose las manos en las caderas 

en cuanto empieza á hablar.) l'OS paSÓ, HCñÓ Jué... 

Juez Bíije usted las manos, que no va usted a 

retratarse. 

(Kuevas risas del Alguacil, á quien caen muy en gracia 
los chistes del Juez.) 

Mor. Dispense usté. 

Sara Usía, hombre. 

Mor. Dispense usía. Pos pasó, señó Jné, lo que 

ha COntaO aquí.. (Vuelve naturalmente á ponerse 

enjarras.) Sartó cr tapón de la boteya... 

Juez Abajo las manos, he dicho. 

Mor. Ay, es verdá. Usía disimule. 

Sara Va á sé menesté que lo atemos. 

Juez Usted se calla ahora, (ai Moreno.) ¿Coníjue el 

tapón, eh?... 

Mor. Sí, señó. 

Juez Y los arañazos que tiene usted en la cara 

¿son de los alambres ó de la fuerza de la 
sidra? 

Mor. No, señó: me los he hecho afeitándome, se- 

ñó Jué. 

Juez ¡Qué barbaridad! ¡Por lo visto se afeita usted 

arrimando la cara á un ventilador! 

Sara ¡Ay, qué gorpe! 

(e1 Alguacil está á punto de morir de risa. Se le escapa 
un gallo y el Moreno vuelve la cara ) 

Fiscal Debe usted cambiar de sistema. Retírese. 

Juez ¿Hay testigos para este juicio? 

Alg. Sí, señor; hay dos. 

Juez Que entre uno. 

Alg. (Desde la puerta.) ¡Usted, Señora! Pase. (Sale Es- 

trella, que es criada de Sara. Tiene la voz muy ronca.) 

EsT. Güenos días. 

Juez Póngase aquí delante. ¿Cómo se llama us- 

ted? 
EsT. Estreya Molina; servidora. 

Juez ¿Qué es usted? 

EsT. . (señalando á Sara.) Criada de aqui. 



— 21 — 

Juez cVÍura usted decir la verdad? 

EsT. Yo no miento nunca. 

FiscA'. Mal anda esa garganta. ^Es del aguardiente? 

EsT. ¡Ojalá! Es de nasimiento. 

Juez ¿Qiié pasó en el aguaducho la otra tarde? 

EsT. Pos verá vuesensia: me mandó la señora des- 

corcha una boteya de sidra... y á la cuenta 
er tapón traía mucho ímpetu... 

Juez Y le dio en el ojo: ya estamos. Y en vista de 

ello el señor fué á afeitarse á una carpinte- 
ría. Puede usted retirarse. El otro testigo. 

(Estrella se coloca al lado de Sara y del Moreno.) 

Alg. (como antes.) ¡A Ver! ¡El otro testigo! Pase 

usted. 

(Sale Melénd3z en actitud hostil.) 

Mel. Buenos días. 

S.-VRA (Bajo á los suyos.) Este tío tuerto se podía ha- 

bé quedan en su casa. 

Juez Buenos días. ¿Cómo se llama usted? 

Mel. Atenedoro Meléndez. 

Juez ¿Qué es usted? 

Mel. Cacharrero. Proveedor de la real casa. 

Fiscal Sí, hombre; si ha estado antes en otro juicio, 

Mel. Servidor. 

Juez ¿Jura usted decir la verdad? 

Mel. Lo juro ante Dios y por la Costitución vi- 

gente. 

Jjez Me parece muy bien. ¿Qué vio usted en el 

puesto? 

Mel. ¡Poca cosa! En el momento de pasar yo, 

que por un casual pasaba por allí, el señor, 
verdaderamente ocecao, le metía un puño 
por semejante sitio á la señora. 

Sara ¡Eso no es verdá! 

Juez Señora, calle usted. 

Mel. La señora, en jui^ta defen&a, pa no sérme- 

nos que él, fué y se afiló las uñas en la cara 
del ciudadano repetidas veces. Y á to esto, 
venga uno y otro soltar i)alabras que no es- 
tán en el dicionario. Un espetáculo, señor 
Juez, pa pensar que paec« mentira (^ue sea- 
mos los decendientes del Ciz. Es la pura. 

Sara ¿Pero to e.'o lo habrá usté visto en un sine- 

matógrafo? 



— 22 — 

Mf,l. ¡En su puesto de ustez! 

Sara ;,Con quéojoB? 

Mel. ¡Con éf'tos! (Rectificando.) ¡Coil éste! 

Juez ¡A callar! ¿Estaban embriagados? 

Mel. No, señor; pero puedo asegurar á usía que 

el individuo no es manco bebiendo, y que 

la señora tampoco lo escupe. 
Juez Está bien. Retírese. (Moiéndez se va junto á ios 

otros. j 
Fiscal (Leyendo la sentencia muy deprisa y borrosamente, de 

modo que lo que se oye con claridad uo es más que la. 
multa que impone) «El Físcal Considera que 
Sara Gutiérrez y Antonio López han incurri- 
do en la falta coniprendiiia en el artículo 
número 604 del Código penal, y solicita que 
Be le impongan veinticinco pesetas de multa 
á cada uno y el pago de las costas por mi- 
tad.» 

(Los interosados se quedan fríos.) 

Juez JPueden ustedes retirarse. 

Sara Señó Jué, yo le juro á usía... 

Ji;ez No jure usted, señora. Y más cuidado con 

la sidra otra vez. 

(van desfiland j uno por uno y echándole al tuerto su 
correspondiente maldición.) 

EsT. (¡Veintisinco pesetas por barba!... ¡Pos hay 

que vendé el aguaducho! ¡Mardito sea su 

pare!) 
Mor. (Si como es un hombre fuera un toro, se 

había caio.) 
Sara, (Encarándosele.) ¡Permita Dios que se vea usté 

junto á un miyón... por el ojo tuerto! 

MkL. ¡a mí con esas!... (volviendo atrás mientras se van 

los guardias con los otros.) Si yo le contara á 

usía, señor Juez... 
Juez No, no me cuente usted nada. 

Mel. Perdone usía, (vane ) 



ESCENA VIH 

El JUEZ, el FISCAL, el SECRETARIO y el ALGUACIL; luego la 
TRAPITOS y CHIXITA, PIZARRO é IBÁÑEZ 

Juez ¡Es delicioso eete cacharrero! 

l^'iscAL Karo es el día que no se presenta de testigo. 

Sec. í^e tiene, le tiene afición a la cosa. 

Juez Y la maldi.ión de la aguadora me ha hecho 

mucha gracia. 
Fiscal Como que es saladísima esa mujer. Yo la 

conozco mucho. Es la que estuvo dos ó tres 

años con aquel perdis de Barrera. 
Juez ¿Quedan muchos juicios? 

Seo. Dos nada más. 

Juez Pues á ellos, que estoy deseando irme. ¡Vaya 

un día! Y de pago no hay más que tres ó 

cuatro. 
Sec. y gracias. 

jbiscAL A la aguadora hay que rebajarle la multji, 

,;ehV 
JuFZ (Al Alguacil.) Aiida; llama á otro. 

AlG. (Desde la puerta, gritando.^ [DoS mil SetecieotOS 

cuarenta y cinco!... ¡Tres mil novecientos 
dos! 

(Salen Ibáüez y Pizarro poniéndose los guantes. De 
tras vienen la Trapitos y Chinita, cohibida ella y re- 
suelto y arrogante él. Los guardias saludan respetuo- 
samente. Se colocan lo mismo que los anteriores.) 

Sec. (Leyendo muy aprisa en un pliego, como quien cum 

pie un requisito que considera inútil.) «A laS veinti- 
dós y cuarto del diez y í^iete del actual, los 
guardias númeíos dos mil setecientos cua- 
renta y cinco y tres mil novecientos dos, pre- 
sentan en esta Delegación á los que dicen 
llamarse Carmen Zaragoza y Antonio Ramí- 
rez, conocidos entre los de t-u oficio por «La 
Trapitos» y «Chinita», y detenidos por co- 
meter actos inmorales en la vía pública. Lo 
que pongo en conocimiento, etc » 

Juez (a Pizarro.) Vamos á ver: ¿qué pasó/ 

Chin. Pos pa«ó... 



— 24 — 

Juez ¡Chssss! 

Chin. ¡Es que pa sentenciar hay que oír á las dos 

partes! 
Juez ¿Qué es eso? ¡A ver si callas ó escapas mal! 

(a1 Guardia.) ¿Qué paSÓ? 

Piz. (Gritando mucho.) Ha de Saber usía, señor Juez, 

que es un escándalo... 

Juez No grite usted de esa manera. 

Piz. La costumbre de hablar con éste. Usía de- 

simule. Es un escándalo lo que ocurre con 
esta golferancia. Si uno fuera á llevarlos á la 
Delegación siempre que dan motivon, esta- 
ría en el trayezto á todas horas. 

Juez ^,Pues qué hacen? 

PlZ. (volviendo á los gritos, sin sentir.) ¡QuC Se burlan 

de la autoridaz! 

Juez Schssss... 

Piz. Usía desimule. La otra noche, el tal arrapie- 

zo, porque lo arrojé de un portal donde esta- 
ba dormido, principió á pitorrearse ds mí... 
con perdón de ut^ia... 

Chin. Yo no le dije á usté más sino que me pres- 

tara el bigote pa echar la cabeza. 

(e1 tribunal disimula la risa que le causa lo que Chi- 
nita dice. El Alguacil da rienda suelta á su hilaridad.) 

Piz. ¿Ve usía? Pos la mosquita muerta no para 

de sacarnos coplas ofensivas, llamándole á 
éste tío melón, y á xrA tío feo... 

Juez ¿Y cuando ustedes los cogieron qué hacían? 

PlZ. (comenzando á chillidos y corrigiéndose inmediata- 

mente.) ^Hablando en plata, señor Juez!... Ha- 
blando en plata, señor Juez, se estaban dan- 
do besos en la calle á toa satisfación. 

Chin . ¡Como que somos hermanos! 

Fiscal ¡Hombre! ¡Dos hermanos con distinto ape- 

llido! 

Chin. ¡Toma! ¡Eso no esculpa nuestra! 

Juez (a ibáñez.) Usted. 

PlZ. (Dándole con el codo.) TÚ. 

Ibáñez Pos... lo que ha manifestado el compañero. 

Juez Está bien. Adelántate, niña. (Eiia obedece tem- 

blorosa.) Si confiesas la verdad puedes esca- 
par con pellejo; si no la confiesas allá vere- 
mos lo que te sucede. ¿Qué pasó? 



— L'O — 



TraP. (conmovida y lloriqueando,) Po8 paSÓ.., señor 

Juez... pasó... pa?ó que... 
Chin . ¡No llores! ¡Los golfos no lloianl 

Juez A ver si callas, ó vas á la cárcel tú solo. (.\ la 

Trapitos.; Sigue. 

Trap. Ha de saber usté... usía... vuecencia... por 

que yo voy á decirle la verdá... que Chinita 
y yo no somos hermanos... (chinita golpea ci 
suelo con un pie ) ¡No, no somos hermanos!... 
Somos novios... pa lo que .su excelencia gus- 
te mandar... 

Chin. ¡Pos me has dejaoal descubiertol 

Juez ¡Schssss! 

Trap . Y la noche que nos cogieron los guindas... 

Juez Los guardias. 

'i'raf . Nosotros les llamamos guindas. 

Juez Pues se llaman guardias. 

Trap Bueno, po9, l,i noche que nos pillaron jun- 

to?. .. como somos novios con buen fin... y 
éste no .se propasa porque es mu caballero... 
lo que hubo fué que me estaba diciendo un 
secreto pa el día e mañana... 

Piz. ^;Por la boca, eh? ¿Tú oyes los secretos por la 

boca? 

Trap. ¡Su compañero de usté no los oye pornin- 

gÚn lao! (La inmovilidad de Ibañez demuestra que 

tiene razón.) Y tocónte á que yo le haya can- 
tao coplas al señor, llamándole tío feo... no 
me recuerdo bien... pero me paece á mí 
que en último caso tampoco se trata de la 
Maja e Goya. 

(E1 Alguacil suelta la carcajada.) 

Juez ¿Qué e.^ eso? ¡Pues, hombre, me gusta! 

(e1 Alguacil se pone serio de repente.) 

Trap. Esa es la verdá, señor Juez... Yo, aunque 

golfa, soy mu decentita... y mantengo á mi 
madre... y á mi padre... y casi al padre de 

éste... y á éfcte... (volviendo á los pucheros.) y tO 

podrán decir de la Trapitos menos que ha 

manchao el nombre que lleva. 
Chin. ¡Y dale con el llanto! 

Trap. ¡Si se rae sale sin querer! 

Chin. ¡Pos no me agrada! 

Trap ¡Pos pídele relaciones á Isabel la Católica 

que es de broncel 



— 26 - 

Juez (Dejando de hablarle al Fiscal, con quien cambiaba im- 

presiones en son de broma.) Pero, ¿qué OS habéis 
figiiradí,'? Orden, orden. Apártate, niña, (a 
Chinita.) Dí tú lo que pa?ó. 

Chin. (Muy resuelto.) Yo, señor Juez, declaro lo mis- 

mo que aquí mi prometida; folo que agrego 
que así que nos tacharon mano los guardias 
los convidé á una copa de aguardiente y 
ellos acetaron. 

Piz ¡No es yerdazi 

Chin. Sí es verdá, y de eso es la manchita que lle- 

va usté ahí. 

PlZ. (^Mirándose á la izquierda del pecho involuntaria- 

mente.) ¿En dónde? 
Chin. Al otro lao. (Pizarro se vuelve 11 mirar.) ¿Ve USÍa, 

señor Juez? Cuando mira es por algo, (se 

retira junto ala Trapitos.) 

Fiz. Señor Juez.. 

Juez No me diga usted nada, hombre, (ai Alguacil, 

que se va en seguida y vuelve á poco.) Si hay 

testigos para este juicio que se marchen. 

Fiscal Bien está con la parejita. ¿Qué se os ocurri- 
ría á vosotros si ahora os iuipusiera á cada 
uno veinticinco pesetas de multa? 

Trap a mí, dejar á este en prenda... 

Chin. Y á mí que fueran á casa á embargar. 

Fiscal Bueno, .pues por esta vez me contento con 
la reprensión; pero si volvéis por aquí, sobre 
la multa tendréis cárcel para unos días. 

Juez Ya lo habéis oido. Id con Dios. 

Chin. Muchas gracias, señor Juez. 

Trap Muchísmas gracias. 

Chin. (Encaminándose con la Trapitos hacia la puerta ) (¡Se 

chincharon los guindas y el tuerto de la pata 
fólical) 

Trap (volviéndose y .señalando al Fiscal ) ¡Bendita Sea la 

madre que parió al señorito ese! 

Juez (Tocando la campanilla.) Fuera, fuera. 

Chin. (Antes de irse, á la Trapitos.) (VeráS ahora tÚ.) (se 

adelanta al tribunal con un puro que saca del bolsillo ) 

Señor Juez, fúmese usté este puro á la salú 

de mi futura esposa. 
J(JEZ ¡Vamos, vete ya! 

Chin. Que no es soborno, señor Juez, que es un 

osequio. 



— 27 — 

Trap ¿Pero quién eres tú pa alternar con estos 

señores? 

Juez (volviendo á tocar la campanilla.) ¡Fuera! ¡fueral 

Chin. Mujer, si es volunta... 

Tkap. ji'ero no seas torpe: eso se da por debajo e 

la mesa!... (Se van ios dos. El tribunal suelta la risa. 
Los guardias los siguen y se detienen en la puerta. El 
Alguacil se acerca á la mesa riéndose ) 

Juez Hombre, Jttanito; reprímete un poco otra 

V3Z... ¡Sueltas el trapo á cada momento! 

Alg. ( Kiéndose.) ¡Si es que me hizo la gracia de 

Dios que la chica le llamara al guardia Maja 
de Goya; porque como da en el guardia más 

leo del dÍí«trÍto!... (eIJucz le hace señas, y él vuel- 
ve la cara y se le corta la respiración al ver á Pizarro, 
que espera con el otro.) 

Piz. Hombre, pcs usté tampoco tiene na de parti- 

cular... 

Alg. Ah, pero... ¿les queda á ustedes algún jui- 

cio más?... 

Piz. (Amostazado.) ¡Sí, señor! (¡]Víiá el saltamontes 

estel...) 

Juez Pónganse donde estaban, y llama tú á la 

gente que sea (Los guardias ocupan el mismo 
sitio que en el juicio anterior.) 



ESCENA IX 

L)I(;H0S, menos la TRAPIT'^Sy CHINITA. SESÁ CASILDA, CON 

SUELO, JEROMA y EPIFANIO; despué.s el ESCRIBIENTE y 

SEÑOR LIBORIO 

Al G. (Desde la puerto.) Pueden pasar ustedes. 

(Salea seña Casilda, Consuelo, Jeroma y Epifanio, y se 
ponen en fila de frente al tribunal. Epifanio trae un 
bastón que parece una pierua.) 

Juez -^ai Alguacil.) El garrote. 

Alg. Ah. (Lo toma de manos de Epifanio y lo coloca en el 

rincón de la izquierda.) El garrote. 

Epif. ¡Una fusta! 

Alg. (.Pesa más que yo!) 

Sec. (Lefccndo, como antes.) «A las veintidós y media 

del diecisiete del actual, los guardias núme- 



— 28 — 

ros dos mil setecientos cuarenta y cinco y 
tres mil novecientos dos, presentan en esta 
Delegación á los que dicen Uamar.-e Jeromu 
Balaguer, Casilda Romero y Epifanio de 
Gaula, detenidos por haber promovido un 
fuerte escándalo, etc., etc. Lo que pongo en 
conocimiento, etc.» 

Epif ¿Quié usté leerlo otra viz, que no me he 

enterao? 

Sec. Ni hace falta. Es el parte de la Delegación. 

Juez Sobra una de ustedes. 

CONS (Adelantándose.) Yo, SCñor JuCZ. 

Juez ¿Viene usted de testigo? 

CoNS No, señor Juez. Sino que soy hermana de 

esta señora, y quisiera presenciar el juicio. 
Porque ha de saber el señor Juez que pade- 
ce de ataques piléticos, y aunque no le dan 
más que en viendo que ella vea acidenta- 
da á otra persona, por un si es caso. 

Juez Perfectamente. Puede usted quedarse; pero 

póngase más atrás, (a ios Guardias.) ¿Qué pasó? 

IbÁÑEZ (Creyendo que ha declarado el otro.) PdS lo que ha 

manifestado el compañero. 
Juez ¡Hombre, si el compañero no ha dicho nada 

lodavía! 

(e1 Alguacil suelta el trapo sin poder contenerse.) 

Piz. (a gritos ) P]n cuanto sopla viento sur es un 

un poco tardo, señor Juez. 
Juez Sí; pe'"o yo no lo soy. 

Piz Usía desimule. Lo que pasó no io vimos 

nosotros. Lleguemos á la taberna cuando 

había concluido la coalición. 
Juez Está bien, (a la seña Casilda.) Vamos á ver, f=e - 

ñora. ¿Qué pasó? 

Cas. (santiguándose primero.) PaSÓ... (Rompe á llorar con 

amargurii.) 

Epif. ¡Eal ¡Se dirritió la mantequilla! 

Juez Usted se calla hasta que yo le pregunte. — 

Tranquilícese usted, señora, y hable sin cui- 
dado 

Cas. (Entre sollozos.) Sabrá usía... señor Juez... que 

yo. . pjr mi desgracia... soy la esposa de este 
|)endón de viejo... 

Epii< . Se prohibe insultar. 



— 29 - 

Juez No se prohibe. Siga usted. 

Cas. ¿Inpultnndo? 

Juez Contando lo ocurrido. 

(Epifanio mira su garrote y se escupe en la diestra 
con las de Calu.) 

Cas. Pos decía, señor Juez, que este estafermo 

tuvo relaciones antes de casarse conmigo, 
que va pa dos años, con aquí esta caret^í. 

(señala á Jeroraa.) 

Epif. No fué más quefir. 

Juez ¡Que se calle \ijted, hombre! 

Cas. y ahora resufta que con el venir de los nai- 

dos... paece ser que ha floreció la pasión, >• 
la otra noche me dieron el soplo y fui á l;i 
taberna donde estaban, y cuando los vi jun- 
tos bebiendo limón helao por la misnba pa- 
jitH, me fui pa ellos y me cegué. . (Rompiendo 

á llorar de uue^ enternecida.) ¡Porque y O, señor 
Juez, soy una buena esposa!... ¡y si no soy 
una buena madre, bastante que lo siento! 

Juez ¿No tiene usted hijos? 

Cas. Hasta ahora, no, señor. Pero este Agosto me 

pienso de ir á los bafios de mar, á ver si me 
valen. 

Juez Bueno. Retírese. (Señá CasiUla se santigua otra vez 

y se va á la fila.— A la otra.) Usted, Señora. ¿Qué 

pasó? 

Jef. Pos pasó, señor Juez, que estaba yo prepa- 

rándole la cena á mi señor padre, lo cual que 
no tenía ajos y salí por ellos á la esquina. 
Pero como nadie me corría y llevaba sez, 
hice estación en la taberna, pa refrescar Me 
senté en un rincón, porque no me gusta de 
eshibirme, cuando llegó el señor, que es ami- 
go antiguo... y á la cuenta me vio el hombre 
según estaba sola... y sin que yo lo reparara 
se me acercó por detrás y me hizo en la ore- 
ja: «Tarará, tarará.» Una guasila.- 

Epif. Que se pué dar inclusive hasta en la aristo- 

cracia. 

Juez ¡A ver si calla usted! 

Jer. Principiemos á hablar, me convidó á limón 

helao, lo cual que aceté, porque creo que eso 
no hace daño á nadie... y estando en ello, la 



30 - 



Fiscal 

Jer. 

Fiscal 

Epif. 



Cas. 
Jer. 

Juez 
Epif. 

Juez 
Epif. 

Juez 

Epif. 

Juez 

Fiscal 
Juez 
Fiscal 
Juez 



Alg. 



señora. Una furia no es na pa como iba. A 
este le llamó toas las veces que quiso.. — 
no pueo decirle á usía lo que le llamó; — 
éste, naturalmente, la contestó que á él... — 
— no pueo decirle á usía lo que la contestó; 
— y á mi, señor Juez, me mandó á un sitio... 
que debe de estar muy concurrido... pero 
que yo tampoco le pueo decir á usía. Total: 
que nos agarremos del moño, y pata, 

( Llega el Escribiente con una carta rosada, que le en- 
trega al Juez. Mientra4jpté la abre y la lee todo ner- 
vioso y regocijado, el Fiscal atiende al juicio. DespuÓK, 
el Juez, con sus continuas consultas al reloj manifiesta 
de manera evidente que lo urge acabar y marcharse,) 

¿Las dos se agarraron ustedes al mismo 
tiempo'? 
Las dos. 

Puede usted retii'iafSe. (a Epifanio.) ¿Usted 
qué tiene que decir? 

(Aludiendo á Jcroma.) Que estoy con aquí; que 
paece talmente que la señora es un cilindro 
mío. 

¡Como que vienen ya de acuerdo, señor Juez! 
¡Hija, no pase usté cuidao, que no se queda 
usté sin esposo! 
¡Silencio! 

Lo que yo siento es que no llegaran á tiem- 
po de verlo to los chíneles. 
¿Cómo los chindes? 

En Valladoliz, que es mi patria, á los guin- 
das les dicen chíneles. 
¡Pues aquí son guardiasl 
No he querido faltar á la señora pareja. 

Retírele. fBajo ai Fiscal, mostrándole lleno de gozo 

la carta rosada.) Mira. 

¿Es de esa? 

Sí. Me está esperando abajo en un coche. 

Enhorabuena, chico. 

Vamos á darle á esto un volapié, (ai Alguacil.) 

A ver, un testigo. Prontito ¿eh? que tengo 

prisa. 

(Liamaudo.) Pase usted. 

(Pasa el señor Liborio, que viene de tiros largos, vamos 
al decir, reposado y sereno, dispuesto á que se haga jus- 



— 31 ^ 

ti^'ia. Lo más á propósito para el Juez, fjue está desean- 
do irse. Trae un bastóu de naipes.) 

LiB. Buenos días. 

AlG. (Lo mismo que á Epifanio.} El bastóll. 

LiB. Cuidao, que es de cartas, y se araña na más 

de mirarlo. 

Juez ¿Cóihí) se llama usted? 

LiB. l^iborio del Campo y Sánchez. 

JuFz ¿Qué es usted? 

LiB. ttepublicano. 

Juez ¡Profesión, hombre! 

LlB. (Después de vacilar ) Espormau. 

Juez clQué quiere decir eso? 

LiB. Que vivo de mis rentas, ¿sabe usin? Porque 

yo, auaque tuve en tiempos almacén de 

curtidos... 
Juez No nos interesa. ¿Jura usted decir la verdad? 

LiB. Lo juro in excehis Deo. 

Fiscal Muy bien. 
Juez ¿Qué p^só? 

LlB . Pos pasó... (Deteniéndose, para, declarar ordenada- 

mente.) B teño, vamos por partes. Prólogo. 

Juez No, no, déjese usted de prólogos. ¿Qné paííó? 

LiB. Es que tengo que advertirle á usía, señor 

Juez, que yo no presencié el espetáculo de 
la taberna. 

Juez Ah, ¿no? 

Iab. No, fceñor. Pero vengo á algo de más enti- 

daz, como es, si usía me lo permite, el de- 
fender á la señora Casildn, esposi legítima 
del señor Epifanio, y el declarar que el señor 
Epifanio y la señora Jeroma sostienen rela- 
ciones ilegales. 

Epif. ¡Le advierto al señor Juez que el señor Li- 

horio ii:e tiene hinchal 

Cas. ¡No es cierto, señor Juez! 

Juez Usted se calla. 

Jer. ¡Diga usía que sí le tiene hincha, desde una 

custión por dos gallos ingleses! 

Epn . ¡Ele! ¡Porque yo le maté una jaca! 

LiB. ¡Embustero! 

Juez (Xoeando la campanilla furioso.) ¡Ordco! (Al señor 

Lihorio.) Siga usted, y procure ser menos di- 
fuso; que tengo que marcharme. 



— 32 - 

LiB. Es temperamento, señor Juez. Permítame 

usía un poco de historia. A principios de 
este verano, el señor fué y se compró un 
jipi... 

Juez ¡ Me importa un rábano todo eso! 

LiB. Está la anédota ligada al asunto, señor Juez 

Se compró un Jipi desproporcionado, y yo 
que lo vi, y que soy un hombre de ciertí'S 
caídas y que se trai lo suyo, fui y le dije: 
«Gachó, te has comprao un jipi que vaya 
usté con Dios; se te ponen mesas debajo, y se 
puen servir gaseosas» Un equívoco. 

Juez ¡Qué peeadrz! ¡Eso no viene á nadal 

LiB. Sí, señor. Y usía me perdone. Viene á fun- 

damentar lo de la hincha, que como puede 
ver usía es viceiersa. 

Juez Perfectamente. Quedamos enterados. Retí- 

rese usted. 

Ltb. Advierto á usía que aún no he salido del 

prólogo. 

Juez Í)e todas maneras: nos basta. 

LlB. A la disposición de usía. (Se aparta hacia atrás.) 

Juez Otro testigo á escape. 

AlG. (Llamando.) Pase USted. 

(Sale Contreras, viejeclllo inquieto y tembloroso, sordo 
como un melón y de voz chillona. Se dirige como dispa- 
rado hacia la otra gente.) 



ESCENA X 

DICHOS, menos el ESCRIBIENTP:. CONTRERAS 



Juez 


(ai verlo.) Acerqúese. 


CONT . 


¿Eh? ¿eh? 


Juez 


¡Que se acerque! 


CONT 


¿Eh? ¿eh? 




(e1 Alguacil lo lleva ante la barra.) 


Juez 


^Cómo se llama usted? 


CüNT 


¿Eh? 


Juez 


^Que cómo se llama usted? ¿Es usted sordo? 


CoNT 


¿Eh? ¿eh? 


Alg. 


Lo mismo que una tapia. 



33 — 



CONT. 

Ibáñez 

CONT. 

Ibáñez 

Juez 

Alg. 

CONT. 

Juez 
Alg. 

CONT. 

Alg. 

CONT. 

Alg. 

OONT. 

Alg. 

CONT. 

Fiscal 
Alg. 

CONT. 

Juez 
Alg. 

CoNT. 

Fiscal 
Alg. 

CoNT. 



Alg. 

CONT. 

Juez 

Fiscal 

Sec. 

CoNT. 

Alg. 

CONT. 



(Encarándose de pronto con Ibáñez, creyendo que le 
habla, y llevándose la mano á la oreja.) (-'Kh? 
(Encarándose con él en la misma forma.) ¿Eh? 

¿Eh? 
¿Eh? 

(ai Alguacil.) Hazle tú las preguntas al oído. 
(Chinándole.) ¿Como <?e llama usted? 
Aniceto Contreras. 
Profesión. 
¿Qué es usted? 

Taquígrafo. (ei tribunal suelta la carcajada.) [Pro- 
fesor de taquigrafía; sí, señor! 
^,Jura usted decir la verdad? 
¡A ver! 
¿Qué pasó? 
¿En dónde? 
¡En la taberna! 
¿En qué taberna? 
¡Estamos aviados! 

¿Qué es lo que vio usted de la cuestión? 
Nada: no vi nada. Yo llegué cuando se había 
caído el albañil. 

Pero ¿qué dice este hombre? ¿Para qué jui- 
cio se le ha citado? 
¿Para qué juicio se le ha citado? 
Para uno de ayer; pero no he podido venir 
hasta ho)'. 

¡Acabáramos! ¡Que se vaya, hombre! 
¡Vaya usted con Dios! 
¿Es que me han condenado? (Todos le hacen 

que no con la mano y con la cabeza, deseando que se 

largue) ¡Scñor Juez, justicia para este pobre 

viejo! 

jSi no lo han condenado á usted! 

¿Vuelvo mañana? 

(Las mismas señas, acompañadas de voces.) 

¡No! 
¡No! 
¡No! 

Ea, pues... buenos días... (Va á meterse por el 

balcón.) 

(Deteniéndolo ) ¿A dóudc Va UStcd? ¡EsC CS el 

balcón! 

¿Eh?¿eh? 

3 



- á4 - 

AlcJ. ¡Que ese es el balcón! ¡Que aquí está la 

puerta! 
CoNT. jAh! ¡ah!... ¡Buenos días! (vase.) 
Fiscal ¡Valiente taquígrafo! 
Epif. ¡üe esa manera anda el Congreso! 

Juez ¿Hay más testigos? 

Alg. Uno queda. 

Juez ¡Pues que entre ya, y acabaremos de una 

vez! 
Alg. (Llamando.) Pase. 



ESCENA ULTIIVIA 



BICHOS, mencs CONTRERAS. MELÉNDEZ 
Mel. (Presentándose.) Servidor. 

Fiscal ¡Ahí Este es de confianza. 

Juez ¿Usted vio el escándalo de la taberna? 

Mel. Sí, señor. 

Juez ¿Cómo fué? 

Mel. Indizno de un país europizao. 

Juez Ni una palabra más. 

Fiscal (Leyendo, como siempre.) «El Fiscal cousidera 
que Jeroma Balaguer, Casilda Romero y 
Epifanio de Gaula han incurrido en la falta 
comprendida en el artículo 598, número 
tercero del Código penal, y solicita que se 
le impongan veinticinco pesetas de multa á 
cada uno, reprensión y el pago de costas.» 

Epif. ¿Quié usté hacer el favor de repetir, que no 

lo he cogió? 

Fiscal Ahora se lo dirán ahí fuera. 

Jer. (Dando repentinamente un grito y cayendo desplomada 

sobre Hpifanio.) ¡Ah! (Pataleta en regla.) 

Juez ¡Adiós mi dinero! 

Fiscal ¡ Era lo único que nos faltaba! 

Cas. (Principiando á hacer visajes nerviosos.) ¡Ay! ¡ay! 

¡ay!... 

(confusión. Unos acuden á sujetar á Jeroma y otros van 
de aquí para allá sin saber qué hacerse. El Juez se dis- 
pone á abandonar el campo.) 

Epif. ¡Jeroma! ¡mujer! 

LiB. ¡Un vaso de agua! 



- 35 — 



Alg. 
Piz. 

CONS. 

Cas. 

Mel. 

CoNS. 

Cas. 

Fiscal 

Epif. 

Juez 

LlB. 

Jer. 

Epif. 

Jer. 



LlB. 

CoNS. 
LlB. 

Epif. 
Piz. 

M EL . 



(üesde la puerta.) ¡A ver! ¡Un vaso de agua! 

Iré yo por ella. 

Vamonos, Casilda; no la mires. 

(incesantemente y sin poder apartar la vista de Jero- 

ma.) ¡Ay!...iayl... ¡ay!.. ¡ay!... 

Esto no sucede en ninguna parte... 

Vámono?, antes que te dé... 

(Lanzando otro grito y cayendo sobre el Alguacil.) 
An! (Su hermana la sujeta.) 

Atizal 
La otra! 

Hasta mañana! (vaso pasando por emre los dos 

grupos formados.) 

Pero, hombre, ¿han ido por el agua á Ne- 

tuno? 

(a Epifanio.) ¿Le ha dao ya el ataque? 

Sí. 

¿Qué te dije? (a ios demás.) Vaya, buenos días. 

¡Que se alivie esa flor de estufa! (se va rién 

dose.) 

¿Le paece á usté? ¡Ha fingió el ataque pa que 
le dé á esta otra! 

¡La tía indecente!... Hermana, hermana... 
Seña Casilda... 
¡Y yo ritao! 
¡Aquí está el agual 

¡Esto no pasa más que en una nación deca- 
dente! (ai publico, mientras dura la algarabía.) 

Y aquí terminan los juicios, 
y aquí termina el saínete: 
si te agrada ó no te agrada 
dínoslo correztamente. 



FIN 



Madrid, Setiembre, 1903. 



OBHIIS DE !iOS IWISIVIOS flÜTOHES 



Esgrima y amor, juguete cómico. 

Belén, 12, principal, juguete cómico. 

Gilito. juguete cómico-lírico. (2.a edición.) 

La media naranja, juguete cómico. (2.* edición.) 

El tío de la flauta, juguete cómico. (2.* edición.) 

El ojito derecho, entremés. (2.a edición.) 

La reja, comedia en un acto. (3.a edición.) 

La buetia sombra, sainete en tres cuadros, con música. (5.a edi- 
ción.) 

El peregrino, zarzuela cómica en un acto. 

La vida íntima, comedia en dos actos. (2.a edición.) 

Los borrachos, sainete en cuatro cuadros, con música. (2.» edi- 
ción.) 

El chiquillo, entremés. (4.a edición.) 

Las casas de cartón, juguete cómico. 

El traje de luces, sainete en tres cuadros, con música. 

El patio, comedia en dos actos. (2.a edición.) 

El motete, entremés con música. 

El estreno, zarzuela cómica en tres cuadros. 

Los Galeotes, comedia en cuatro aclos. (2.a edición.) 

La pena, drama en dos cuadros. 

La azotea, comedia en un acto. 

El género ínfimo, pasillo con música. 

El nido, comedia en dos actos. 

Las flores, comedia en tres actos. 

Los piropos, entremés. 

El flechazo, entremés. 

El amor en el teatro, capricho literario en cinco cuadros, pró- 
logo y epílogo. 

Abanicos y panderetas ó ¡A Sevilla en el botijo! humorada sa- 
tírica en tres cuadros, con música. 

La dicha ajena, comedia en tres actos y un prólogo. 

Pepita Reyes, comedia en dos actos. 

Los meritorios, pasillo. 

La zahori, entremés. 

La reina mora, sainete en tres cuadros, con música. 

Zaragatas, sainete en dos cuadros. 



T^JS. ^A^OA^Xvi^ 



Esta obra es propiedad de bus autores, y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla en 
España ni en los países con los cnales se hayan cele- 
brado, ó se celebren en adelante, tratados internacio- 
nales de propiedad literaria. 

Los autores se reservan el derecho de tradacción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad de 
Autore» Españoles son los encargados exolnsivaznente 
de conceder ó negar el permiso de representación y 
del cobro de los derechos de propiedad. 

Droits de représentation, de tradnction et de repro- 
daotion reserves ponr tous les paya, y oompria la Snk- 
de, la Norvege et la Hollando. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



LA ZAGALA 



COMEDIA EN CUATRO ACTOS 



serafín i JOAQUiS ÁLVAREZ (¡UINTERO 



Estrenada en el TEATRO ESPAÑOL el 17 de Enero de 1904 



SEGUNDA EDICIÓN 



MADRID 

B. Vilásco, lur.. Marqués di Sihta Axa, 11 orr.* 

TtíéfuHo número 661 

101 O 



Al insigne autor de Dulce y sabrosa, 

Don Jacinto Octavio picón, 

3US fervientes admiradores y devotísi- 
mos amigos, 



(Jeiajíu u loaautu. 



RBPARTO 



PERSONAJES ACTORES 

ENCARN.^ María Guerrero. 

ROMANA María Cancio. 

CARMITA Josefina Blanco. 

AMPARO Margarita Colorado. 

PEPA RUIZ Concepción Aranaz. 

LEONOR Amalia Sánchez 

DOÑA JUSTA Matilde Bueno. 

DOÑA RUFINA Encarnación Bofill. 

CÜRRITA Amparo Álvarez. 

DON BALTASAR DE QUI- 
ÑONES Fernando Díaz de Mendoza. 

POLANCO Francisco Palanca. 

VENTURA ... Manuel Díaz. 

ANDRESILLO Mariano Díaz de Mendoza. 

EL PADRE MIGUELITO...- Felipe Careí. 

RAFAEL Felipe A gudín. 

DON JULIO Manuel Soriano. 



Todos á excepción de Carmita, Don Baltasar, Polanco y Ra- 
fael, hablan con acento andaluz. 



j gTI^I^Í'^Br^W^ 



ACTO PRIMt^RO 



Pala baja, rectaogalar, en casa de don Baltasar de Quiñones, rico 
propietario de Olivares, ciudad andaluza Muros muy gruesos; pare- 
des blancas. Estera de junco. Una eran puerta á la derecha del actor, 
que conduce al patio. Una de eristflles al foro, que da al jardín, con 
sendas ventanas á los lados. Pocos muebles, pero añejos y ricos. 
Algi'iii cuadro al óleo, de asunto religioso. Es de noche y en el mes 
de Mayo. I.a sala está en una media luz agradable. Por la puerta 
del patio penetra claridad más vira. Un trozo del jardín lo alumbra 
la luna. 



DON BALTASAR viene del jardín. Este don Baltasar es un caba- 
llero de cierto empaque altivo y ceremonioso, mitad natural, mitad 
debido á ana idea de superior cultura. Espíritu sencillo y blando, 
can visos de carácter de acero. Compone madrigales y se perece por 
la poesía bucólica. Habla con natural afectación, exagerando y recor- 
tando un poco la dicción castellana Su frente es noble; su cabello 
gris, peinado con ray8 y abundante; el bigote muy largo y fino; las 
cejas negras y pobladas. Usa traje de lanilla amplio y rico, camisa 
floja y chalina al aire. 

Don Baltasar. Asomándose á la puerta del patio. ¡Qué char- 
la! ¡Qué bullicio!... Déjase caer con cierto abatimiento en una 
butaca y suelta un suspiro profundo. ¡Av!... 

Sale PEPA RÜIZ por la pnerU del patio. Ks una señorita bien 



— 8 — 

acomodada, llena de salud y exuberaute de colores, que se defiende 
de los cuarenta con heroísmo. Andaluza redicha y neta, ni por equi- 
vocación deja de rematar perfectamente los finales en ado y en ido, 
y sus análogos. 

Pepa Ruiz. ¡Jesús, que demonio de muchachas! No 
me dejan un momento, don Bartasá. 

Don Baltasar. ¿Ellas á usted ó usted á ellas? 

Pepa Ruiz. De todo hay. Ya sabe usté mi genio, ve- 
sino. 

Don Baltasar. ¿Y qué se hace ahora? 

Pepa Ruiz. Sentensiando prendas estamos. Me ha 
tocado «tres veses sí y tres veses no». 

Don Baltasar. Decir tres veces que sí debe de ser 
muy agradable. 

Pepa Ruiz. ¡Ya lo creo! 

Don Baltasar. Pero usted' preferiría decirlo una 
sola. 

Pepa Ruiz. Fuera der juego, sí, señó, suspirando. ¡Ay!... 

Don Baltasar. ¿Adonde va ese, Pepa? 

Currita. Dentro, en voz alta. ¿Sí Ó nO? 

Pepa Ruiz. Cayese usté ahora. Alto también. ¡Sí! 

Risas dentro, un poco lejos, que se repiten con escándalo á cada 
contestación de Pepa 

Currita. ¿Sí ó no? 

Pepa Ruiz. ¡No! 

Currita. ¿Sí ó no? 

Pepa Ruiz. Ay, ¿qué habrán preguntado? Mirando á 

don Baltasar y envolviendo la respuesta en uu suspiro. ¡Si! ¡ComO 

se ríen las picaras! 
Currita. ¿Sí ó no? 

Pepa Ruiz. Repitiendo la mirada. ¡Que SÍ! ¡que SÍ! 

Currita. ¿Sí ó no? ¡Ya no tienes más remedio que 
desir que no! 
Pepa Ruiz. Eso es ponerle á una la soga ar cueyo. 

Con cierta resistencia. ¡No! 

Currita. ¿Sí ó no? 



_ 9 — 

Pepa Ruiz. ¡No! ¡Qué tormento! ¡Sabe Dios á lo que 
habré yo dicho que no! Porque esas son atroses. 

Don Baltasar se rie, hacieudo coro á los del patio. 

Por la puerta de este llega POLANCO, y se encara con Pepa Ruiz. 

Polanco. Que si le gustan á usted los militares, que 
sí; que si le gustan á usted los abogados, que sí; que si 
le gustan á usted los toreros, que si; que si le gustan á 
usted los curas, que sí; que si le gustan á usted los mo- 
naguillos .. 

Pepa Ruiz. ¡Ande usté y que lo prendan! ¡Jesús, qué 

hombre más chocante! Vase de estampía. 

Don Baltasar y Polauco sueltan la risa. 

Polanco es un amigóte reciente de don Baltasar, con Ínfulas de 
camarada de la niñez. Es de los que toman á pecho el papel de 
amigo. Viste con desaliño y va de zapati.las y gorra á todas partes, 
con temible familiaridad. No usa corbata y le acompaña un perro 
casi siempre. Es montañés, fabricante de harinas y un poco aficio- 
nado á las buenas letras. Poco. 

Don Baltasar. ¿Sabes, Perico, que te encuentro en 
vena esta noche? 

Polanco ¿Y cómo no, con las mujeres que hay en 
el patio y las miradas amorosas que veo por todas par- 
tes? Esa endiablada Pepa Ruiz es de las que tuestan 
castañas con los ojos. 

Don Baltasar. Kiéndose sin querer. ¡Ja, ja! ¡Peregrina hi- 
pérbole! 

Polanco. Te aseguro que si como tiene blasones y 
talegas, y se baña á diario y se perfuma y se empere- 
jila, fuese una fregoncilla de poco fuste, á estas horas 
estaba ya apuntada en mi libro verde. 

Don Baltasar. ¡Pero qué bellaco y harto de ajos eres 
en tus gustos! Ni sé siquiera cómo somos amigos. 

Polanco. Pues es bien claro, Baltasar; porque allá 
en lo hondo, en lo hondo, somos completamente 
iguales. 

Don Baltasar. Muy eu lo hondo tiene que ser, Perico. 



— 10 — 

Polanco. ¿Cómo es eso? ¿Es que por ventura te 
ofende parecerte á raí? 

Don Baltasar. Ni con cien leguas, hombre. 

Polanco. Eres un ingrato conmigo. Te obstinas en 
negarme delicadeza de sentimientos... 

Don Baltasar. ¿Quieres callar? 

Polanco. Porque he venido de la tierruca montañesa 
á tu suelo andaluz por la carretera adelante, con el ha- 
tillo al hombro... y soy un poco Adán, y fabrico hari- 
nas... y me agradan las cocineras. 

Don Baltasar. Te suplico que no desbarres. Consi- 
deía que mi situación esta noche no es la más propia 
para discusiones pueriles. 

Polanco. Hombre, cualquiera que te oiga... ¡Tu si- 
tuación! ¡Casar á una hija y casarla á gusto no ha sido 
jamás una desgracia! ¿Qué te duele? ¿Que el chico es 
de Madrid y se la lleva de tu lado? ¡Pues mejor para 
ella, que no te aguantará más chifladuras! Déjate de ge- 
mir y vente al patio. 

Don Baltasar. Ahora voy. 

Polanco. Mira que se te echa de menos; que acaso 

caes en falta... ai ir hacia la puerta, deteniéndose. ¿Ves? Ya 

tienes aquí á dos señoras, seguramente á despedirse. 

Don Baltasar. ¿Sí? ¿Quiénes son ellas? viéndolas. Ah, 
vamos. 

Vase al patio Polanco, dejando pasar antes á DOÑA JÜSTa y 
DOÑA RUFINA, qne llegan con AMPARO. 

Doña Justa y doña Rufina son dos viejecitas que chochean. Por 
su traza y pelaje se adivina qne hace años acabaron de enterrar á 
su generación. Amparo es una mujerclta agraciada y gentil, resuelta 
y viva, en la que se advierte esa entereza de carácter propia de toda 
persona acostumbrada á mandar y á hacer sus gustos. 

Amparo. Papá, que se marchan estas sefioras. 

Don Baltasar. ¡Ah! Doña Justa.., Doña Rufina... Us- 
tedes perdonen que las haya desatendido. . Me dolía 
tanto la cabeza... 



— 11 — 

Doña Justa. Pero, simple, ¿qué nos vas á decir á nos- 
otras? 

Doña Rufina. Los cumplidos guárdalos para las de 
Márquez, que se sienten de todo. 

Doña Justa. ¿Conque te abandona esta picara? 

Amparo. Acanciacdo á don Baltasar. Es que no tenga 

más remedio que irme. Me trataba tan mal, tan mal, 

que si sigo á su lado me mata. 

Doña Rufina. ¿Te parece la tunantona? Córtale la 

lengua. 

Don Baltasar. No puedo: se me cae la baba de oiría. 
Doña Justa. Siempre has sido un padrazo. 

Llega RAFaKL de repente 

Rafael. Pero, hombre, ¿y mi novia? 

Amparo. Aquí estoy: no chilles. 

Rafael. ¡Mujer, es que no nos dejan hablar dos pa- 
labras seguidas! 

Doña Rufina. Haberse quitado de en medio de cuan- 
do en cuando. Su palique robadillo... y al patio otra vez, 

Don Baltasar. Esta noche no puede ser eso... Es la 
última .. Se debe á sus amigas: que aguarde el amor. 

Doña Justa. Y que es una noche inolvidable: ya lo- 
verás, Amparo, ya lo verás... ¡Ahí ¡la víspera de la 
boda!... Se ve amanecer; bien me acuerdo. 

Don Baltasar. Usted puede decirlo, doña Justa, a. 
Rafael. Esta señora se ha casado tres veces. 

Rafael. ¿Según eso ha pasado usted por tres vís- 
peras? 

Doña Justa. Sí; pero la que no se olvida es esta de 
lioy. 

Rafael. Celebro hallarme en la mejor. 

Doña Justa. El segundo matrimonio es cosa tan dis- 
tinta.. A Amparo. Ya verás, yi verás... 

Rafael. ¡Señora! 

Todos se ríen. 

Don Baltasar. ¿En el segundo no se ve amanecer? 



— 12 — 

Doña Justa. No, hijo mío. 

Doña Rufina. Y en el tercero hace falta un desper- 
tador con toda la cuerda. 

Rafael. ¿Usted también se ha casado tres veces? 
Doña Rufina. No, señor: cuatro. 

Nuevas risas. 

Doña Justa. En fin, Baltasar, muchas felicidades... 
dormir á gusto... y hasta mañana si Dios quiere. 
Don Baltasar. Gracias; mil gracias. 
Rafael. Adiós, señoras. 
Doña Rufina. Hasta mañana. 
Don Baltasar. Hasta mañana. 

.'^e van las viejas por el jardín con Amparo, que vuelve á poco. 
Rafael. Mientras se retiran, bajo á don Baltasar. Oiga UStcd. 

¿y estas viejas, cuándo se mueren? 

Don Baltasar. Calla, que van á oirte. Te advierto 
que yo siempre las he conocido con la misma edad. Y 
roi padre creía á pies juntillas que eran las Santas Jus- 
ta y Rufina de Triana: las dos alfareras. 

Rafael se ríe. 

Sale por la puerta del patio el PADRE MIGUK.LITO limpiándose 
la mano derecha con el pañuelo. 

P. Miguellto. Pero-, hombre, ¿por qué se pintarán los 
labios algunas devotas?— ¿Qué es eso, Baltasar? ¿En 
dónde te metes? 

Don Baltasar. Vago por aquí y por allá... Habéis de 
•dispensarme todos. 

Llega AMPARO. 

Rafael. Lo que es yo me voy á molestar en serio. 
¿Qué cara es esa, porque mañana me llevo á su hija? 
¿Es que usted cree que no va á ser dichosa á mi lado? 
jQue lo diga ella! 

Don Baltasar. Ni ella lo puede creer, ni yo tampoco. 
Pero... 

Rafael. Viva usted en calma, don Baltasar. Será fe- 
liz. Si usted quiere, hasta le leeré á Virgilio en los ratos 



— 13 — 

perdidos. La traducción de usted, por supuesto; del la- 
tín Dios me libre. ¿Qué más puede hacer un hombre 
por su suegro? 
Bir-as de todos. 

Oon Baltasar. Burlaos, burlaos de mí... Ya tendréis 
hijos... 

Amparo. Mira, vente al patio, porque mi padre tam- 
bién dice unas cosas... 

Rafael. No, pues eso último que ha dicho no puede 
ser más razonable, 

Amparo. ¡Otro que tal baila! Vente, vente. 

Don Baltasar. No te vayas tú, Miguelito; quédate y 
echaremos un párrafo. 

P. Mlguelito. ¡Si no deseo otra cosa! 

Se van riéudose y arrallándose Amparo y Rafael. Don Baltasar y 
el Cura pasean y luego se sientan. 

Es el Padre Miguelito un vejete alegre, calmoso y pacienzudo. 
Tiene ochenta años y se propone vivir otros ochenta. Viste de pai- 
sano. 

Don Baltasar. Me rejuvenece verte aquí; me rejuve- 
nece... y me apena. 

P. Miguelito. Es natural; eso es muy natural. 

Don Baltasar. Cuando se unen en la memoria dos 
fechas muy distantes, el espacio que las separa está lle- 
no de tantas cosas... ¡de tantas lágrimas casi siemprel 

P. Miguelito. Bueno; pues te prevengo que yo no he 
venidcj ;i Olivares á verte hacer pucheros. 

Don Baltasar. Me esforzaré por darte gusto, ya que 
tú por dármelo dejas tu rincón malagueño y vienes á 
casar á mi hija. 

P. Miguelito. Alto, alto. Las cosas en su punto, Bal- 
tasar. Yo no he venido aquí por complacerte, ni mucho 
menos; sino por darte en la cabeza, que es todo lo con- 
trario, (üuando te casé con la pobre Aurora, te dije: «Así 
omo te caso á ti, casaré á tus hijos.» Y tú te reiste á 
cuenta de mis ilusione.><... Bueno, pues ahora me toca á 



- 14 — 

mí reir de tu incredulidad. Si te pica, ráscate. Wás te 
■digo: ¡casaré á tus nietos también! ¡Nada, que lá he to- 
mado con la familia! 

Don Baltasar. Padre Miguelito, tú no sabes lo que 
ocurre en el que fué apacible hogar de don Baltasar de 
Quiñones. 

P. MiguelítD. ¿Qué ocurre? Desgracia no conozco 
más que la muerte de tu pobre Aurora. 

Don Baltasar. ¿Te acuerdas de Carraita, mi hija me- 
nor? 

P. Miguel'to. ¿No he de acordarme? Y la he visto 
una sola vez; pero aquella cara no se olvida... En Suiza 
la tienes con tu primo Joaquín, ¿no es esto? 

Don Baltasar. Cabal. Ya va para tres años. 

P. Miguelito. ¿Y no mejora de salud? 

Don Baltasar. Sí; ya está buena, á Dios gracias. Su 
mal era más bien del espíritu que del cuerpo. Es tan 
■delicadita, tan sensible... Así como Amparo es fuerte, 
serena, equilibrada, mi Carmita — no sé como te diga - ' 
es tierna, mimosilla, doliente, soñadora... Sutil como 
el aire, viva como el fuego... Aire y fuego juntos; incen- 
dio fácil y perenne, como le dije yo en mis versos me- 
jores. La quité de aquí, no sé si lo sabes, porque se 
prendó como una heroína de novela, á pesar de sus 
quince años, de un mocito rico del pueblo, de figura 
pérfidamente simpática, pero menguado de corazón y 
torpe de costumbres. No tiene el diablo por dónde des- 
echarlo. Uno de estos retoños podridos de la nueva edad 
— no extrañes la pasión con que le acuso; me ha hecho 
brecha en el alma, — uno de estos señoritos viciosos que 
no saben salir de las bodegas ni de los lupanares. 

P. Miguelito. Todo eso es nuevo para mí. Ciertamen 
te que no hemos tenido ocasión de hablar... Sigue, 
sigue. 

Don Baltasar. Mes y pico estuvo en relaciones con 
mi hija, bien contra todo mi torrente. Y la hazaña que 



— 15 — 

determinó la ruptura, fué digna del mancebo: una no- 
che, cuando la niña lo esperaba en la ventana, pasó ante 
ella borracho perdido y con dos mujerzuelas del brazo. 

P. Miguelíto. ¡En el nombre del Padre!... 

Don Baltasar. ¿Cabe agravio más grosero al pudor 
de una niña'? 

P. Miguelito. Calla, calla por Dios. 

Don Baltasar. Imagínate lo que pasó en esta casa. 
Para Carmita no había consuelo: sólo llorar fué su ocu- 
pación durante muchos días Su salud, siempre delica- 
da, f-e quebrantó de suerte que llegó á poner en peligro 
su vida. Hubo que alejarla de aquí. El cambio de lugar 
y de costumbres haría menos difícil el olvido y le sería 
muy provechoso. 

P. Miguelíto. ¿Y en Suiza está? 

Don Baltasar. Sí: con sus tíos. 

P. Miguelito. ¿Curada por completo? 

Don Baltasar. Curada, sí; pero cada vez más sensi- 
ble; estimulando constantemente nuestra inquietud. 
Por eso no ha venido á la boda. 

P. Mlgnelito. Entonces, ¿no la piensas traer? 

Don Baltasar. ¡Traerla... traerla! 

P. Miguelito. ¿Qué? 

Don Baltasar. Eso es lo que me quita el sueño. A 
los dos meses de salir Carmita de aquí, salió para siem- 
pre, para no volver más, la compañera de mi vida. 
¿Cómo se le decía entonces á la niña: ctu madre ha 
muerto»? Imposible; imposible. 

P. Miguelito. Es natural: en su estado... Se compren- 
de; sí. 

Don Baltasar. Se le ocultó la terrible verdad... Se 
esperó el moraenttí menos peligroso de revelársela... La 
salud de Carmita sufría alternativas dolorosas, crueles... 
¿Quién era el insensato...? Ni Amparo ni yo nos atre 
víamos nunca. Y pasó el tiempo, y cuando malita, por- 
que lo estaba, y cuando no, por temor do que volviera 



- 16 — 

á estarlo, hemos vivido en constante ficción. Y es el he- 
cho espantoso que á la hora presente cree Carmita que 
su madre vive. 

P. Miguelito. ¡Válgame el Señor! ¡Qué desgracial 
Justificadas están tus melancolías. 

Don Baltasar. Ya ves. Se casa la una... y se me va; 
y si quiero traerme á la otra, he de hacerla pasar por 
un dolor tan grande. 

P. Miguelito. Bien, bien; pero de todas suertes, es 

caso de conciencia que lo sepa ya. Pasa ANDRESILLO rápida- 
mente, del jardín al patio. Ni sé como habeis podido enga- 
ñarla... Y cuenta que en mi familia ha habido un caso 
semejante. Mis padres no supieron nunca que mi her- 
mano José murió en la primera guerra del Norte. 

Don Baltasar. Aquí lo hemos ido amañando con los 
medios que nuestia misma zozobra nos inspiraba... 
Además, por coincidencia claramente explicable, las 
letras de Aurora y Amparo— como la de la propia Car- 
mita— son idénticas. 

P. Miguelito. Ya, vamos, ya. Pues, hijo, si que te 
compadezco con toda mi alma. 

Salen AMPARO y ANDRESILLO por la puerta del patio. 

Amparo. Queentre aquí. La despacharé en un mo- 
mento. 

Andresillo. Es mu bien /ac^á, señorita. 

Amparo. ¿Viene sola? 

Andresillo. Viene con uno, que si no es su padre le 
farta poco, porque tiene toa la pinta de eya. 

Amparo. Pues diles que pasen. 

Andresillo. Ahora mismo, se va por el jardín. 

Don Baltasar. ¿Quién es? 

Amparo. Esa muchacha que nos ha recomendado 
Engracia Molina. 

Don Baltasar. ¿A qué viene? 

Amparo. A ver si la ajusto. Como yo me llevo á 
María Pepa... 



— 17 ~ 

Don Baltasar. Es verdad; si me lo habías dicho... 
¿Se ha ido ya la gente? 

Amparo. Casi toda. No quedan más que Polanco y 
Pepa Ruiz. 

Don Baltasar. ¿Y Rafael? 

Amparo. También se ha ido. 

Don Baltasar. ¡Sin decirme adiós! 

Amparo. Te vio tan mustio, que no ha querido afec- 
tarte con la despedida. 

P. Miguelto. Pues aquí hay otro que se va; pero es 
á su cuarto, en busca de la cama. 

Amparo ¿Tan pronto. Padre Miguelito? 

P. Miguelito. Tan pronto, hija mía. Quiero dormir 
bien, no haga mañana un disparate contigo y con tu 
novio. 

Amparo. Si es por eso, á acostarse ahora mismo. 

P. {Miguelito. Aunque mayor disparate que el que 
van ustedes á hacer... 

Amparo. ¡Muy bonito, en un padre de almas! ¿Así 
habla usted del matrimonio? 

P. Miguelito. Bueno, pero es en confianza y de pai- 
sano. Tú calcula; llevo cincuenta años con la oreja pe- 
gada á la rejilla... ¡conque si sabré yo á qué atenerme! 
Adiós, nena. 

Amparo. Que usted descanse, Padre. 

P. Miguelito. a don Baltasar. Adiós, poeta melancólico. 
Duerme y olvida. ¡Buena temporadita de campo te 
hace falta! Un cencerro al cuello... y á triscar por los 
montes. 

Don Baltasar. Poco menos necesito, no creas ¡Oh! 
¡El campo! ¡el campo!... ¡Mi gran consejero! ¡mi de- 
licia! 

P. Miguelito. Deteniendo á don BalUsar. Quíeto aqUÍ: no 

me hagas el cumplido. Sé perfectamente á mi cuarto. 
Buenas noches. 
Don Baltasar. Buenas noches. 



— 18 - 

Amparo. ¿Vas á irte al patio? 

Don Baltasar. Ahora menos que antes. Esa Pepa 
Ruiz me divierte á ratos nada más. 

Amparo. ¡Cuidado si eres extremoso! 

Don Baltasar. Y por lo que toca á Polanco, te juro 
que me va siendo imposible aguantarlo en paciencia. 
Y mira que es leal y noblote y buen amigo si los hay; 
pero lo conozco de ayer, y me trata como si hubiéramos 
nacido juntos. Sin contar con la molestia del perro, que 
ha de colar en todas partes. 

Amparo. Un pique tuve ayer con él, porque lo eché 
de mala manera de la sala. 

Don Baltasar. ¿A Polanco? 

Amparo. Al perro. 

Don Baltasar. ¡Qué abominación! El día menos pen- 
sado le pego un tiro. 

Amparo. ¿Al perro? 

Don Baltasar. A Polanco. Y otro al perro después. 

Vuelve ANDKESILLO por el jardín, seguido de ENCARNA y de 
VENTURA. 

Andresillo. Pasen ustedes. 

Ventura ¿Dan ustedes zu permizo? 

Don Baltasar. Adelante. 

Encarna. Güeñas noches. 

Amparo. Buenas noches. 

Ventura. Me alegro de verlos á ustedes güenos. 

Don Baltasar. Gracias, amigo. 

Llega PEPA RUIZ por la puerta del patio. Ventura y Encarna se 
arrinconan. Andresillo c?ntempla á esta ñjamente con codiciosa ad- 
miración. 

Pepa. Hija, ya están por mí. 
Amparo. Mujer, perdóname. 

Pepa. Vamos, caya. Hasta mañana, que vendré á 
vestirte. 
Amparo. ¡Quita allá! 
Pepa. Ah, ni que sueñes otra cosa. Te viste yo. A 



— 19 — 

las ocho me tienes aquí. Y como te encuentre vestida, 
te desnudo y vuervo á vestirte. 

Don Baltasar. ¿Es empeño? 

Pepa. Empeño y costumbre; las dos cosas. Todas 
las amigas mías que se han casado, han yevado la ca- 
misa de novia puesta por mí. Y disen que tengo buena 
sombra. 

Don Baltasar. Y yo, ¿puedo vestirme á la hora que 
me venga en gana? 

Pepa. Sí, señó; no sea usté tunante. Adiós, don 
Bartasá. 

Don Baltasar Adiós, Pepa. 

Pepa. Adiós, Ampariyo: estás monísima. ¡Qué suer- 
te tienen argunos hombres! Hasta mañana. 

Amparo. Hasta mañana. 

Pe ja. Quietesita. 

Vase por la puerta del patio, .amparo la despide con la mano 
desde la misma puerta. 

Amparo. a Andresillo, que continúa mirando á Encarna. ¿Y 

á ti qué se te ha perdido aquí? 

Andresillo. A mí na, señorita. 

Amparo. Entonces, ¿por qué no te has ido á la co- 
chera? 

Andresillo. Porque en la cochera no se me ha per- 
dio na tampoco. 

Don Baltasar. Bueno, pues vete ahora y no repli- 
ques. 

Andresillo. ai irse, á Kncamn. sin poder contenerse. ¡Dios 

la conserve á usté tan güeña, hija mía! 

Don Baltasar. ¡Qué descarado es! 

Amparo. Tú tienes la culpa. Le pasas carros y ca- 
rretas... 

Encarna es una muchachota hermosa y saludable. Da impresión de 

(uorza y de frescura, y trae consigo cierto aioma campestre. Viste 

*1in trajecillo de percal, do tonos vivos, muchas veces lavado. La falda 

es muy corta. Le cubre los hombros un mantoncillo negro que con 



— 20 — 

frecuencia se le desliza por la espalda. Su emoción ante los señores 
es -grande, pero no le impide observarlo todo. Llena de vergüenza, 
apenas mira á la persona que le habla. Se expresa con ese cadenciosa 
y suave ceceo que caracteriza á los lugareños andaluces. Ventura, su 
padre, es un tipo de campesino manullero, interesado y socarrón. 
Habla con el propio ceceo que su hija. Sus ropas son viejas y pobres. 
Viene de chaquetón, faja negra y sombrero de ala ancha, negro tam- 
bién y deformado. 

Don Baltasar. Acerqúense ustedes. 

Amparo, sentándose. ¿Vienen ahora de casa de la se- 
ñorita Engracia? 

Ventura. De aya venimos. Nos mandaron yamá pa 
decirnos que no dejáramos de vení esta noche... 

Amparo. Sí; porque mañana iba á ser peor. Conque 
vamos á ver si nos entendemos. La señorita me ha 
dado los mejores informes de usted. 

Don Baltasar pasea, atento al diálogo. 

Encarna. La zeñorita es mu güeña conmigo. Una 
zervidora hará lo que zepa... y aprenderá lo que le en- 
zeñen. 

Ventura. A ezo está; porque pa ezo es probé y em- 
pieza á viví ahora. 

Amparo. ¿Es usted su padre? 

Ventura. Por muchoz años, zeñorita. Zi no fuea mi- 
rando que lo zoy, yo le diría á usté más e cuatro cozas 
e la muchacha. Pero de boca e un padre paece que no 
puean zalí más que alabanzas de zu hija. 

Amparo. ¿Ella ha servido alguna vez? 

Encarna. Zerví, zerví... he zervío; pero zerví, zerví^ 
zerví en una caza... que una diga zerví... no he zervío. 

Ventura. Pa que usté lo comprenda mejón, zeñorita, 
porque esta no ze zabe explica: lo que toca zerví, ha 
zervío; pero zerví, zerví, zerví, de veras zerví... que di- 
gamos zerví... no ha zervío. 

, Amparo. Desde luego aquí, en Olivares, no ha estap 
do en ninguna casa, ¿verdad? 



— 21 - 

Ventura. En Olivares, no; no ha estao en ninguna 
caza. 

Encarna. Nozotros hemos pazao diez años cabales, 
— mi pupa, mi mumá, una zervidora y mi hermaniyo 
Esteban,— ahí guardando la Güerta e las Palomas, más 
aya de Fuente Znlohre. 

Ventura. Er zeñorito conocerá eza finca. 

Don Baltasar. En efecto; sí la conozo. ¿Es todavía 
de don Juan de Zuleta? 

Ventura. No, zeñó: lo ha zío hasta jace poco, y eza 
es nuestra esgracia. 

Encarna. Don Juan no iba nunca por ayí, ni ze le 
importaba na de aqueyo. Como es tan raro... Azín es 
que nozotros, mejón que los guardas, éramos loz amos 
de to. Vivíamos en la gloria, zeñorito. Bien comíos, 
bien lavaos, bien dormios, zin ninguna farta, y en me- 
dio de aqueyos campos tan alegres, ya podía er rey de 
Francia habernos dicho que zi cambiábamos con é. 

Ventura. Ayí ze ha criao esta: azín está, que da er- 
guyo mirarla. 

Encarna. Ruborosa ¡Pupá!... Pero don Juan le ha 
vendió la finca á unos inglezes de .Jeré... 

Ventura. Porque aquí va rezurtando ya que zon in- 
glezes jasta los cigarrones... 

Encarna. Y jace coza e dos zemanas ze perzonaron 
ayí dos tíos que no cabían á entra por eza puerta... 

Ventura. Con unas botas que parecían cajones e 
jigos- 
Amparo. ¿También ingleses? 

Ventura. También. Pero nos dijeron en españó que 
estábamos ayí de zobra. A la cuenta eran dos de los 
compraores. 

Encarna. Yorando me pazé yo to er día, zeñorita... 
Como ayí me he criao... Zi me zacan de entre mi gen- 
te, no lo ziento más. 

Ventura. Conque azín es que hubo que lia er petate. 



- 22 — 

y rabo entre piernas, venirnos tos cuatro pa er pueblo 
á ganarnos la vía. 

Encarna. Y adiós la Güerla e las Palomas. 

Ventura. Y va usté á vé qué cuadro más esconzolao: 
mi mujé, barda; lo único que pué mové es la lengua, y 
naturarmente, ze espacha á zu gusto... y to ze le güerva 
mandarme á mí que jaga argo. 

Encarna. Mi herraaniyo Esteban, que zi gana un 
jorná de dos reales, zerá to lo e Dios. 

Ventura. Porque er campo está ca día más malo,, 
zeñorita... 

Encarna. Mi pupa, que ya es viejo pa mové los 
brazos... 

Ventura. Harto jaré con gana otro peazo e telera 
que yevá á la boca... 

Encarna. De mo y manera, zeñorita, quo yo que na 
zoy malina y que me veo de pronto con toas estas ne- 
cezidaes aireó, he cogió y me he dicho pa mí: Encar- 
niya, á procura un zalario... y una boca menos en tu 
caza. 

Amparo. ¿Cómo ha dicho usted que se llama? 

Encarna. Encarniya. 

Ventura. En er pueblo le dicen Encarna; pero ze 
yama Encarnación. 

Amparo. ¿Y qué edad tiene usted? 

Encarna, vacilando. ¿Qué edá tengo, pupa? 

Ventura, lo mismo. Tu madre lo zabe. 

Amparo. Pues aquí, si usted cumple, estará más 
contenta que en la Huerta de las Palomas. El salario ya 
lo sabe usted por la señorita. Viene usted para el cuer- 
po de la casa, pero de seguro que el trabajo no la ma- 
tará. Mucha limpieza es lo que quiero. 

Ventura. A güeña parte va usté á di. Es más lim- 
pia que er chorro e una fuente. Ze lava más que un 
gato. Le zaca briyo á un rayo ' er zó. 

Oyese á POLANCO silbar dentro. A poco, después de la pregunta 



- 23 — 

de don Baltasur, sale por la puertit del jardín silba qac silba, con an 
collar con cadenilla en la mano. 

Don Baltasar. ¿Quién anda por ahí? 
Po I an co / Veneno! ¡ Veneno! 
Amparo. ¡Si es Polanco! 
Polanco. ¿No habéis visto á Venenof 
Don Baltasar. No henoios tenido esa ventura. 
Polanco. Loco me trae. Le he dado la vuelta á la 
casa buscándolo, y no parece. ¡Veneno' ¡Veneno! 

Amparo. No; por aquí no ha pasado; no se canse 

usted. Habla bajo con Eucarnación y Ventura. 

Polanco. ¿A que se ha ido á la panadería? ¡Seguro! 

¡Sí; porque tiene allí la novia! Reparando de pronto en En- 
carna y mirándola con sorpresa y descaro ¿Hola? BueiiaS no- 

ches. 

Encarna. Güeñas noches. 

Ventura. Güeñas noches tenga usté. 

Polanco. Bajo á don Baltasar. Chico, ¡qué morena! ¿Es 
esta la que viene á sustituir á Mariquilla? 

Don Baltasar, contestándole á regañadientes. No sé... Quí- 
.".ás... 

Polanco. ¿Qué te detiene? Tómala, tómala; que sa- 
limos ganando en el cambio. — ¡Veneno! ¡Veneno! ¿En 
dónde se habrá metido ese bribón? / Veneno! vase por la 

puerta del patio sin dejar de silbar. 

Don Baltasar. Y en fin, ¿se ha convenido usted con 
mi hija? 

Encarna. ¿Cómo dice usté? 

Don Baltasar. Que si al cabo se resuelve usté a a ser- 
virnos. 

Encarna. Yo zí. ¿Verdá, pupa? 

Ventura. Zi eres gustoza de eyo... 

Encarna. ¿Dónde vi á está mejón? 

Don Baltasar. Mucho me place esa confianza, y 
desde luego le aseguro que si cumple usted con su obli- 
gación, no tendrá por qué arrepentirse de ella. 



- 2+ — 

Amparo. Entonces... 

Don Baltasar. Aguarda un poco, hijita. Ahora quie- 
ro yo hacerle algunas advertencias, de que no te has 
curado tú, por entender sin duda que son de mi exclu- 
sivo fuero. Encarna y Ventura lo oyen con la boca abierta. En 

casa de don Baltasar de Quiñones nunca ha habido 
criados, en la baja acepción que da á esta palabra la 
mala crianza social. Mis criados son mis amigos. Por lo 
mismo que de mis mayores heredé blasones que no 
ostento, por estimar que la nobleza de las personas no 
está en s escudo, sino en sus acciones, trato á los que 
en mi servicio se emplean con aquella delicadeza y 
aquella bondad que únicamente pueden endulzar á los 
humildes el haber pobremente nacido. El bienestar de 
que yo disfruto, es por igual de todos cuantos me ro- 
dean; y mis escasas luces, mis discretas lecturas, son 
también para todos, puesto que procuro alumbrar su 
espíritu con mis enseñanzas. Todos mis criados apren- 
den, bajo mi inmediata dirección, por lo menos á leer 
y á escribir. Es costumbre que heredé de mis padres. 
Algunas burlas de los maliciosos é ignorantes me cuesta 
el practicarla, y en el Casino de este inculto pueblo, 
donde no se sabe hablar más que del ganado lanar y 
de cerda, se hace chacota de mi y se parodian mis lec- 
ciones: lo sé, y me importa un ardite. ¿No se ha de 
sembrar porque haya gorriones en el mundo? He dicho 

cuanto tenía que decir. Se echa las manos á la espalda y vuelve 
á sus paseos, 

Vontura. I»espuós de nn momento de vacüacián. Güeno, 

pos... ¿A ti qué te paece, Encarniya? 

Encarna. Que me queo aquí... ¿qué va á parecerme? 

Ventura. ¿Tú te has jecho cargo bien de to lo que 
ha jablao er zeñorito? 

Encarna. Zí, zeñó. 

Ventura. Ziempre has zío tú la más lista e la caza. 

Encarna. Conque zi usté, zeñorita, no tiene na que 



— ?ñ - 

mandarle á una zerviora, mi pupa y yo nos vamos con 
zu licencia, y usté dirá desde cuando tengo que venL 

Amparo. Desde mañana. Venga usted mañana, a sa 
padre. ¿No te parece? 

Don Baltasar. Tú lo dispones á tu conveniencia. 

Encarna. Mañana, ¿verdá? 

Amparo. Sí; mañana. 

Encarna. Ea, pupa, pos vamonos. 

Ventura. Antes quieo yo decirle también dos pala- 
bras ar zeñorito. 

Don Baltasar. ¿A mi'? 

Ventura. Zi usté me lo conziente. 

Don Baltasar. ¡Ya lo creo! 

Ventura. Mi niña, jasta ahora, en güeña hora lo 
diga, ¿zabe usté? nunca ha cerdeao, que yo zepa... 

Don Baltasar. ¿A qué llama usted cerdear? 

Ventura. Tocante á novios, zeñorito... 

Don Baltasar. Ah, vamos. 

Ventura. Y aunque eya es fié, y forma, y de ley, 
ziempre es güeno que haiga quien la vegile... ¿usté me 
entiende? De mo, zeñó don Bartazá, que zi usté güele 
tanto azín de-noviajo, tiene usté mi permizo pa eslo- 
marla. 

Don Baltasar. Ha debido usted comprender después 
de haberme oído, que no entra en mis principios deslo- 
mar á nadie. Ni siquiera á las bestias. Mucho menos á 
quien en lugar de lomos tiene espaldas. 

Ventura. Pero zi le zale argún novio... 

Don Baltasar. Si le sale algún novio, cosa demasia- 
damente natural, puesto que es bella y joven, y el amor 
no sabe andar ocioso entre la belleza y la juventud, así 
como me propongo cuidar de su inteligencia, cuidaré 
también de su moralidad. 

Encarna. Zeñorito, zi yo no pienzo en novios; zi es 
que á mi pupa le gusta abochornarme... 

Don Baltasar. Ni una palabra más sobre este asunto. 



— 26 — 

Ventura. Pos entonces, jasta mañana, zeñorito. 
Don Baltasar. Id con Dios. 
Encarna. Jasta mañana, zeñorita. 
Amparo. Adiós. Hasta mañana. 

Encarna. a sn padre, en tono de riña, mientras se encami- 
nan al foro. ¿Por qué dice usté ezas cosas, pupa? ¡Ni que 

fuera yo una cabra loca!... Se van por el jardín disputando. 

Amparo. ¿Sabes que me gusta mucho esta mujer? 
Don Baltasar. Sí que tiene muy buena gracia. 

Sale POLANCO por la puerta del patio, con •Veneno», sujeto ya 
con la cadenilla, «Veneno» es un perro insigniflcante, peto algo có- 
mico. Momentos antes de salir lo anuncia el ruido de un cascabclito 
que lleva en el collar. 

Polanco. ¿Se queda? ¿Se queda? 

Don Baltasar. ¿Cómo? 

Amparo. ¿Qué? 

Polanco. ¿Se queda? 

Don Baltasar. Pero, ¿quién se queda? 

Polanco. ¡La criada! ¿Estás tonto? 

Amparo. Sí se queda, sí. 

Polanco. Me alegro. 

Don Baltasar. ¿Dónde estaba ese? 

Polanco. En tu cama. Dormido como un ángel. 

Don Baltasar. ¿Sí, eh? 

Polanco. No te enfades, hombre. Como la tienes 

junto al balcón y allí corre fresco... Acariciando ai animal. 

¡Granuja!... Bueno, yo me voy. Adiós, nenita. ¡Ah! Ya 
sabía yo que tenía que deciros algo. Mañana en la ce- 
remonia, me presento así. Yo no me visto. 

Amparo. ¿Así, Polanco? 

Don Baltasar. Mira, Perico; en serio te hablo ahora. 
No por consideración á ti ni á mí, sino por respeto á 
mi hija, á su novio, á la solemnidad del acto y á las 
personas que han de asistir á él, te ruego que mañana 
por excepción te laves, te cepilles un poco, te limpies el 
calzado y te pongas una corbata. 



- 27 

Amparo. No es mucho pedir. 

PoUnco. ¿Con que una corbata? ooiido. ¿Es decir 
que juzgáis una amistad como la raía, por un cintajo? 

Dan Baltasar. No es eso, hombre... 

Polanco. ¡Sí es eso, hombre! 

Amparo. Vayase usted á la cama, Polanco. No la en- 
redemos. 

Polanco. Me voy, me voy: y con muy mal sabor de 
boca, por cierto. 

Amparo. Ya se le pasará. Si Romana está en la 
puerta, dígale usted que cierre y que apague la luz. 

Polanco. Hasta mañana, niña. Que pases buena no- 
che. Anda, Veneno. Vase por la puerta del patio. 

Don Baltasar. ¿Y no se despide de mi? ¡Es eminen- 
temente ridículo! 

Polanco. Asomándose á la paerta picadísimo y retirándose en 

el acto. Cuando se marcha una persona de una habita - 
cien, se espera un poco más para hablar mal de ella» 
Buenas noches. 

Don Baltasar. ¡El diablo que te Uevel 

Amparo. ¡Virgen María, qué buen señor! Este nos 
da la boda mañana. 

Llega AN0BK8ILL0 por el Jardín. 

Andresiilo. ¿Se ofrese arguna cosa, señorito? 

Don Baltasar. Nada ya: puedes acostarte. 

Amparo. Escucha: ¿llevaron á Pinatares el vino? 

Andresiilo. Sí, señorita: desde antes de anochesia 
está ayí. Esta noche en er cortijo no duerme naide. 
Hasta funsiones van á echa. Y mañana, me ha dicho 
el aperaó que ar paso der tren van á salí tos los hom- 
bres ar camino pa saludarla á usté con los sombreros, 

Amparo. Bueno está eso: no es mala despedida. 

Andresiilo. ¿Manda usté argo más? 

Amparo. Nada. Hasta mañana. 

Andresiilo. Hasta mañana. 

Don Baltasar. Adiós. 



— 28 — 

Andresillo. ¿Suerto er chorro e la fuente? 

Don Baltasar. No: que luego no me deja dormir. 

Vase Andresillo. Extínguese la luz que entraba del patio. 
Sale por la puerta de este ROMANA, criada vieja de la casa, dul- 
zona y solicita, de corazón tierno y lágrimas fáciles; más respetada 
por la tradición que por sus servicios presentes. Tiene los cabellos 
blancos y viste de oscuro. Los brazos siempre al aire. 

íRomana. Güeñas noches, don Bartasá. Güeñas no- 
ches, niña. 

Oon Baltasar. Que descanses, Romana. 

Amparo. ¿Y Leonor? 

Romana. En la ventana con er novio. 

Amparo. Pues dile que se meta dentro; que son las 
once ya. 

Romana. ¿Te yamo mañana temprano? 

Amparo. No hará falta: yo me despertaré. 

Romana. Ea, pos güeñas noches, vase. 

Amparo. Buenas noches. ¿Y tú, vas á acostarte? 

Don Baltasar. No tan pronto. Quiero estar un rato 
contigo. Deseaba que todos se fueran... 

Amparo. Yo también. 

Don Baltasar. Es la última noche que pasamos jun- 
tos... la última que estás en tu casa. Ven acá. La sienta á 
su lado. Al despertar de la de mañana, otra gente, otro 
mundo, otra vida... En torno tuyo, otros muros que los 
de esta casa, que te han visto crecer entre ellos; frente á 
ti otros ojos, que te miren como quieran, nunca te mi- 
rarán como 5'0. 

Amparo. Papá, si te vas á poner triste, lo deja- 
mos. 

Don Baltasar. ¿Pues cómo quieres que me ponga? 
Malo sería que yo estuviera alegre esta noche. Me dejas 
muy solo, nenita: muy solo. 

Amparo. No te apures: ya vendré á verte: ya irás tú 
á Madrid. Además, Carmita... 

Don Baltasar. Sí: Carmita es preciso que vuelva. No 



— 29 — 

es posible dilatar más tiempo... No es posible, no. Ni 
siquiera es humano. 

Amparo. Si vieras... Su última carta me ha hecha 
llorar yo no sé las veces... Siempre que la leo. No te la 
he dado porque no padecieras tú. ¡La ilusión en que 
vive le hace decir unas cosas tan tristes al hablar de mi 
boda! 

Don Baltasar. Cállate, por Dios... Menester es que 
esto concluya, cueste lo que cueste... ¡Pobre estrellita 
mía!... ¡Se asomó á la vida creyendo que estaba en el 
cielo, y se encontró con que estaba en la tierra!... silen- 
cio. Yo he pensado — á ver qué te parece á ti — que así 
que pase esta tu primera temporada de mieles y de 
flores, si Rafael no tiene en ello reparo alguno, venga* 
conmigo, y juntos los dos vayamos por ella. 

Amparo. Sí; es lo mejor. Rafael no tendrá inconve- 
niente. 

Don Baltasar. ¡Qué triste la vuelta de mi niña á esta 
casa! 

Amparo. ¿Ves, papá, por lo que yo no quería que 
hablá.-emos solos? 

Don Baltasar. Falta de ella quien la supo llenar cou 
su alma en vida, y ahora la llena con su recuerdo. 

Amparo. No llores... 

Don Baltasar. ¿Para llorarlo todo tú? 

Amparo. Dices bien. Siempre que hablamos de est4> 
acabamos así. 

Don Baltasar. A Dios gracias, hija. 

Amparo. Bueno, pero ya esta noche no hay más la- 
grimitas. 

Don Baltasar. ¿Lo quieres tú? 

Amparo. Lo mando. 

Don Baltasar. Entonces... silencio, se levanta. ¿Vas á. 
acostarte ya? 

Amparo. Sí. Y tú también. 

Don Baltasar. Yo, no. Ahora me sería imposible con- 



— 30 — 

ciliar el sueño. Daré unos paseos por el jardín, á ver 
qué me dicen los árboles. 

Amparo. ¿Qué te han de decir? ¡Que te acuestes! 

Don Baltasar. Se guardarán muy bien, porque no 
les haré caso ninguno. Me hablarán de mis melan- 
colías... 

¡Salid sin duelo, lágrimas, coh'iendo! 

Los árboles no dicen más que lo que uno quiere que le 
digan. Por eso los prefiero siempre á las personas. 

Amparo. ¿Insistes en quedarte? 

Don Baltasar. Como no te enoje mucho, me quedo. 

Amparo. Haz tu gusto. Besándolo Hasta mañana, 
papaíto. 

Don Baltasar. Hasta mañana, señora de Peñalver. 

/>mparo. Aún no lo soy. ¿Por qué cambias las cosas? 
Yo te he dicho lo que todas las noches: hasta mañana, 
papaíto 

Don Baltasar. Pues entonces hasta mañana, cora- 
zón. Amparo se relira por la puerta del patio, en la cual se detiene 
uu momento para sonreirle cariñosamente á don Baltasar. Este se 
Interna por el jardin diciendo los siguientes versos de Garcilaso: 

¡Salid sin duelo, lágrimas, corriendo? 
Con mi llorar las piedras enternecen 
su natural dureza y la quebrantan... 

•Cae el telón. 



FIN DEL ACTO PRIMERO 






^"^^"9' 



ACTO SEGUNDO 



Comedor en casa de don Baltasar. Al foro una puerta qne da ai 
patio, el cnal 68 de grau amplitud, y una ventaua grande sin reja. A 
la izquierda del actor una puerta más pequeña de cristales, que con- 
duce á un patinillo limpio y alegre. A la derecha un torno qae co- 
manica con la cocina y por el cnal se sirve la comida. Mesa en el 
centro. Un aparador en el foro. Mecedoras y sillas de vaqueta y nn 
Billón frailuno de lo mismo. Inmediato al torno un aguamanil. Junto 
á la puerta del patinillo, en primer término, nna pequeña anaquelería. 
Sobre su tabla superior papel y varias carpetas para escribir algunas 
plumas de ave y dos ó tres tinteros. Las tablas inferiores llenas de 
libroR. Ante ellos algunos retratos en fotografía. Snelo de lositas de 
colores. Zócalo alto de azulejos. Es de noche. Luces en el patio y en 
el comedor. 



ENCARNA, ROMANA y ANDRFSTLLO esperan al señor. Estos dos 
últimos están sentados: Andresillo en una mecedora. Encarna muy 
emperejilada y limpia, con flores en el pelo, delantal blanco y nn 
pañoiillo de espuma sobre los hombros. Andresillo de 'guayabera» 
de dril. Romana como en el primer acto. 

Encarna. Ze tarda er zeñorito. 
Romana. Es que ar pobre se le viene la casa ensi- 
ma, y cuando sale de eya no quisiea gorvé. 

Encarna. ;,Ande ha dio esta tarde: á Pinataresf 



— 32 — 

Andreslllo. A mí me mandó ensiyá er Morito, y tiró 
como pa la Verea. 

Romana. Yeva un mes, desde la boda e la señorita 
Amparo, que no es conosío. ¡Más triste, más triste!... 
¡con un semblante e desconsuelo!... 

Encarna. Pos á mí no me paece tanto. 

Romana. Pos está, está mu caío. 

Andresilio. ¡Vaya si lo está! Como que tiene toa la 
cara der Señó amarrao á la colurna que hay en San José. 

Encarna, soltando la risa. ¡Qué reburlón eres! 

Romana. Bonita condisión: divertirse de quien le da 
er pan que come. 

Andresilio. ¡Señora, si me jase grasia!... ¿Eso qué 
tiene que vé con que yo esté mu contento á su vera? 

Encarna. ¿Cuánto tiempo yevas tú en la caza, An- 
dreziyo? 

Andreslllo. Cuatro años se han cumplió por San 
Juan. 

Encarna. ¿Y usté, Romana, yeva mucho? 

Romana. Mucho: cuasi la edá que tengo. Mi madre 
fué siempre lavandera de acá, y mi padre hasía tos los 
años la matansa... Conque aplica er cuento... suspirando. 
¡Ay, esta casa ha dao más güertas que una jaspa e mo- 
lino! To está onde estaba; pero to ha cambiao. Ni siquie- 
ra las golondrinas vienen ya por Agosto á los alambres 
e la vela. 

Encarna, con curiosidad infantil, que va creciendo por mo- 
mentos. ¿La zeñora era nm reguapa, verdá usté? 

Romana. Mu reguapa, y mu recariñosa, y mu re- 
güena, y to lo que se quiera desí; porque to es poco pa 
ponderarla. Yenaba la casa eya sola. 

Andresilio. Como aqueya mujé no se amasan ya 
más mujeres. Tenía un aqué, una manera de manda, 
que la servía uno deseando gustarle. ¿Ves lo tieso que 
es er señorito, que paese que toa la vía lo están ta- 
yando? 



— 83 - 

Romana. ¿Quiés deja ar señorito, hombre? 

Andresilio Pos ar revés. Y aluego, era un aire de 
santa er suyo, y un agrao en to, que alargaba la mano 
asín pa darte dos pesetas, y te creías tú que te daba dos 
mil reales. ¿ Verdá, Romana? 

Romana. Como esta es noche. 

Encarna. Don Bartazá me han dicho á mi que era 
mu zelüí^o. 

Romana. Más que un turco. Si yo contara las erse- 
nas que he visto en este mismo comeó .. Un día pensé 
que se liaba á tiros con toas nosotras. 

Encarna. ¡Ay, .Tezú,qué miedo! Y diga usté, Roma- 
na: la zeñorita que ze ha cazao, ¿ze paece á zu mamá? 

Romana. No pué negá que es hija suya, ¿sabes tú? 
pero es más mandona, más tiesa; tiene más der genio 
e su padre. En cambio Carmita es toa una estampa á 
doña Aurora. 

Encarna. ¿Cuá Carmita? 

Romana. La más chica de las dos hermanas. 

Encarna. Ah; la más chica. 

Romana. Sí; la que está fuera. 

Encarna. Ah; la que está fuera. 

Andresilio. Esa me gusta á mí tanto como la madre. 
¡Valiente niña más presiosa!... Aqueyo es un regalo. 

Encarna, cogiendo uno de los retratos. ¿Es eSta, nO? 

Romana. Sí; pero ese retrato es mu antiguo. ¿Ves 
este de su madre? cogiendo otro. Pos más se le párese 
aquí. 

Encarna. ¿Zí, verdá?... ¡Ya lo creo que era guapa la 
zeñora! ¡Y qué coza más partícula tenía en la vista! 

Romana. Dos años antes de morí se lo hiso la po- 
bre. 

Encarna. ¿Y ze peinaba azín? Deja ios retratos en bu sitio. 

Romana. ¡Claro, raujé! 

Encarna. Pos yo ziempre que me vi á retrata me 
p ongo otro peinao. 



— 34 — 

Romana. ¿Y vas tú á compararte con el ama, peaso 
« borrica? 

Encarna. En mi baú tengo yo un retrato— mañana^ 
ze lo vi á enzeñá á usté— que ez estarme viendo. Describe 

á lo vivo con candorosa vanidad la actitud que tomó para retratarse 

y cómo se vistió. Me puze azín, con una mano azín, y la 
otra aquí azín; la cara azín; dos zarciyos de mi madre 
que me caían azín; un mantón de mi prima con er fleco 
jasta aquí azín, y este deo zeparao azín, enzeñando una 
zortija e briyantes que me prestó mi zeñorito. Aquí 
azín: estoy aquí azín. 

Andresillo. ¿Y la cara es la tuya ó te la prestaron 
también? 

Encarna. Amenazándolo. ¡Verás tú zi te doy un guan- 
tazo! 

Andresillo. Estáte quieta, que les temo á tus manos 
más que á engancha las muías. 

Encarna. ¿Zí, eh? ¡Pos toma! Echa violentamente hacia 
atrás la mecedora en que está Andresillo, el cual se tira de ella para 
no caerse. Después corren persiguiéndose el uno al otro por todo el 
comedor. Ella no cesa de leir. ¡Pa que me lo digas de VCrasI 

Andresillo. ¡No seas })ruta, Encarniya! Ahora ve- 
rás tú. 

Encarna. ¡Como que me vas á coge! 

Romana. A vé si se lastiman ustedes. 

Andresillo. ¡Es que esta cabra se cree que está toa- 
vía á campo abierto! 

Encarna. ¡Como que me vas á coge! 

Romana. Juegos de manos, juegos de viyanos. 

Andresillo. Ahora no te escapas, ladrona. 

Encarna. ¡Ya Jumates! ¡Como que me vas á coge! 

Romana. ¡Er señorito! 

Andresillo. Verás tú luego. 

Encarna. Por lo bajo. 

Rabia, rabiña, 
tengo una pina, 



- 36 ~ 

tiene pifiones 
y tú no los comes. 

Quietud completa. Llega DON BALTASAR por la puerta del pa- 
tinillo. Viene de dar un paseo á caballo. Trae amplio sombrero de 
fieltro, al que sólo le falta ana pluma, fusta en la mano y espuelas 
de plata. Su continente es gravo y melancólico. 

Don Baltasar. Dios os guarde. 
Romana. Sea usté bien venío, señó. 
Encarna. Tenga usté güeñas noches. 
Andresillo. Güeñas noches. 

Don Baltasar, reposadamente, deja en una silla el sombrero y la 
fusta, pe enjuaga los dedos 7 se sienta en su sil'.ón frailuno. Estira 
las piernas y Andresillo le quita las. espuelas sin decir palabra. 

Romana. ¿Estaba Diego en la cochera? 

Don Baltasar. ¿Pues quién, si no, me iba á abrir el 
postigo? ¿Había yo de saltar por las bardas? Silencio lar- 
go. Be acomoda para comer; los criados lo miran esperando órdenes. 

Mis fieles servidores, dadme de yantar. 

Encarna, a Andresiuo, bajo ¿De qué ha pedio? 

Andresillo. lo mismo á Encarna. De comé: sólo que ja- 
bla en griego. 

Don Baltasar. ¿Qué murmuráis ahí? ¿No i)abei8 oído 
lo que he dicho? Obedecedme. 

Andresillo y Romana se van por la puerta del foro hacia la dere- 
cha. Encarna se sitúa junto al torno y da dos golpes en él con los 
nudillos. 

Don Baltasar. Gritando de pronto, sin conciencia de lo que 
hace. ¡Amparo! 

Encarna. ¡Zeñorito! 

Don Baltasar. i-Jesús! 

Encarna. ¿Yamaba usté á la zeñorita? 

Don Baltasar. Ya lo ves. Hace mucho tiempo que 
llamo... que llamo... dando al aire distintos nombres, y 
€Ólo el eco me contesta. 

Encarna ¿Qué ze le va á jacé? 

Don Baltasar. Bien dices. Caiian. 



— 86 — 
Encarna, volviendo á dar golpes en el torno. ]Leonó! ¡Las 

zopas! 

Ábrese el torno que comunica con la cocina, y por él va recibien- 
do y devolviendo los platos Encarna, que sirve la comida á don Bal' 
tasar en el transcurso de esta escena. 

Don Baltasar. contrariado, pero con dulzura. ¡Mujerl 

¿Cuántas veces he de corregírtelo para que no lo ol- 
vides? 

Encarna. ¿Er qué, zeñorito? 

Don Baltasar. Bien que se trata de un defecto gene- 
ral de tu pronunciación, sencillamente gracioso por otra 
parte; pero es el caso que en esa palabra me crispa los 
nervios. ¿Por qué no dices sopas y no zopas? 

Encarna. Ay, es verdá; que me lo riñe usté tos los 
días. 

Don Baltasar. No te lo riño; te lo afeo. 

Encarna. ¿Cómo es? ¿cómo es? 

Don Baltasar. Simplemente con ese: sopas. 

Encarna. ¿Con eze, verdá? 

Don Baltasar. ¡Con esef 

Encarna. De manera que ze debe decí: zo... 

Don Baltasar. ¡So! 

Encarna. Haciendo un esfuerzo supremo. So... 

Don Baltasar. ¡Justo! 

Encarna. So... pas. 

Don Baltasar. Así, así. Dilo ahora seguido. 

Encarna, con mucha decisión. ZopaS. 

Don Baltasar. ¡Vaya por Dios! Tráemelas ya, con 
ese ó con zeta, que aguardan en el torno. 

Encarna. Zeñorito, es que me atorruyo; pero ya 
aprenderé. 

Don Baltasar. ¡Aturrullo! 

Encarna. Atorruyo; güeno. 

Don Baltasar. Poco he de comer hoy. Me llevó el ja- 
melgo hasta el Molino de las Brujas, más por su volun- 
tad que por la mía, y quieras que no quieras, aquella 



- 37 - 

pobre gente me regaló con un trozo de queso fresco dé 
sus cabras, y un trago de vino de sus vides. Bien me 
supo el obsequio, esta es la verdad; pero me ha quitado 
«1 apetito. 

Encarna. ¿Y cómo están los campos, zeñó? 

Don Baltasar. Como tú, de lozanos y alegres. 

Encarna. ¿Como yo? 

Don Baltasar. Como tú, ¿qué te admira? Cien veces 
te he dicho que míís pareces fruto de la tierra y del sol, 
que hija de los hombres. 

Encarna. ¿Y ezo es malo? 

Don Baltasar. Riendo á pe.sar suyo. No... Nada te diré 
yo que lo sea, zagala gentil. Escúchame: ¿echas mucho 
de menos tu vida libre de la Huerta de las Palomas? 

Encarna. Xo, zeñó. 

Don Baltasar. Con franqueza. 

Encarna No, zeñó, no, zeñó: que estoy mu á gusto 
en zu caza de usté. 

Don Baltasar. Que me place, se atusa ei bigote. 

Encarna. Claro que acordarme... me acuerdo. Y azín 
tiene que zé: aunque no zea más que por las veces que 
he dormío la ziesta entre aqueyos pinares, y que me he 
bañao er cuerpo en aquel arroyo. Y zi usté zupiera una 
coza... 

Don Baltasar. ¿Qué cosa? 

Encarna. Avergonzada Na... 

Don Baltasar. ¿Qué cosa, mujer? 

Encarna. Na, zeñorito... Toas las tardes ze lo quieo 
decí á us'é... y toas las tardes me entra er mismo bo- 
chorno... 

Don Baltasar. Sabes cuánto me enoja que me tra- 
téis como á señor de horca y cuchillo. De suerte, En- 
carna, que habla lo que quieras. 

Encarna. Decidiéndose al fln. La noche que yo me ajus- 
té acá, azín que zalimos á la caye, ze lo conté á mi pa- 
dre: me estaba dando güertas en la cabeza... ¿Usté no 



— 38 — 

ze acuerda de haberze perdió en er campo ninguna 
vez? 

Don Baltasar. Una no: muchas. 

Encarna. ¿Ze acuerda usté de una mañana que iba 
usté buscando la Hacienda e las Flores? 

Do I Baltasar. ¿La Hacienda de las Flores? 

Encarna. Zí: más aya del Arminarejo... Ahora hace 
cuatro años. Iba usté en una jaca negra. 

Don Baltasar. Cabalmente. Y recuerdo que me per- 
dí aquella mañana. 

Encarna. Por ezo lo digo. ¿No ze acuerda usté de 
na más? 

Don Baltasar. Aguarda... aguarda... 

Encarna. ¿No iba usté abrazaíto e zé... y le pidi6 
usté agua á una chiquiya? 

Don Baltasar. Sí; justo... 

Encarna. ¿Y no acierta usté quién era la chiquiya? 

Don B Itasar. ¿Acaso tú? 

Encarna. Yo mismita. ¿No ze acuerda usté de que- 
tenía un zagalejo colorao, y de que usté me dijo luego 
que le parecía una grana? 

Don Baltasar. Del requiebro no hago memoria, aun- 
que está en mi naturaleza decirlos. Lo que sí recuerda 
es que fuimos juntos en busca de la fuente... 

Encarna. Que está mu escondía... 

Don Baltasar. Y no había vasija para beber... 

Encarna. Y yo corté una pita der camino y le jice 
á usté una copa en un istante... 

Don Baltasar. Y bebimos los dos... 

Encarna. Pero usté quizo que yo bebiera primero... 
Y azín que descanzó usté un poco, yo misma lo guié 
jasta er cazerío de la Hacienda pa que no gorviera á per- 
derze. 

Don Baltasar. Es verdad. Y por el camino te habla- 
ba yo de algunas cosas que tú no entendías... 

Encarna. Ezo iguá que ahora: lo misnio que ahora... 



— 3d ~ 

Zi por ezo he caío yo en que era usté... Porque usté está 
cambiao. Entonces yevaba usté er pelo de otra ma- 
nera. 

Don Baltasar. Para cambio el tuyo: ¡lo que has es- 
pigado, muchacha! ¡De tierno brote, á fruto sazonado y 
maduro!— ¿Está esto soso, ó es mi boca? 

Encarna. No zé: como no lo he probao... 

Don Baltasar. Prueba á ver. 

Encarna. ¿Que pruebe? 

Oon Baltasar. Sí, mujer; toma. 

Encerna Zeñorito... 

Don Baltasar. Toma, simple. ¿Qué mal hay en ello? 

Encarna. OLedecicndolo con cierta vergüenza. ^ O lo en- 
cuentro en zu punto; pero zi quiere usté la zá... 

Don Baltasar No, déjalo. Ya no la toma bien... — 
¡Vaya, vaya! ¿Con que somos amigos antiguos? 

Encarna. Azín parece, zi, zeñó... 

Don Baltasar. Todo lo bueno que viene á mí, del 
campo viene... Sus aires me orean, sus olores avivan 

mis sentidos... Mostrándole una yerbecilla qae trae en el ojal de 

]a solapa. A ver, tú, ¿qué es esto? 
Encarna. ¿Ezo? Mejorana. 
Don Baltasar. Mejorana es. 
Encarna. ¡Qué oló más der campo! 
Don Baltasar. Huele, si te gusta. 
Encarna. No es menesté: desde aquí la güelo. 
Don Baltasar. Acércate, mujer. 

Encarna. volviendo a obedecerlo, siempre ruborosa y corta- 
da. Lo que usté quiera, zeñorito... 

Don Baltasar. Pero no te pongas colorada. Dime: ¿y 
á ti, á qué te huelen los cabellos? 

Encarna. A pretolio. Me junto pretolio pa zacarles 
lustre. 

Don Baltasar. Pues haces mal en dos cosas: en darte 
eso, y en llamarlo como lo llamas. No se dice pretolio, 
sino petróleo. 



-_ 40 — 

Encarna. ¿Cómo? 

Don Baltasar. Petróleo. Dilo á mi vez. Pe... 

Encarna. Pe... 

Don Baltasar. Tro... 

Encarna. Tro... 

Don Baltasar. Leo... 

Encarna. Leo... 

Don Baltasar. Pe tró-le-o. 

Encarna. Pe-tró-le-o. 

Don Baltasar. A ver tú sola. 

Encarna. Pretolio. 

Don Baltasar. ¡Bueno val Hoy no estás para leccio- 
nes de prosodia. 

Encarna. ¿Y por qué me dice usté que no rae junte 
ezo? 

Don Baltasar. Porque el brillo que tus cabellos ad- . 
quieran, será postizo y contrahecho; y nunca son más 
bellas las cosas que en su ser natural. 

Encarna. Yo lo que zé es que ze me ponen más bo- 
nitos. 

Don Baltasar. Lo dudo, zagala; pero puesto que así 
sea, observo que te desvela el emperejilarte y pulirte. 
¿A quién le quieres gustar tanto? 

Encarna. A mí na más. 

Don Baltasar. ¿Nada más que á ti? 

Encarna. Na más, na más... 

Don Baltasar, con ocuua emoción. ¿No quedó por aque- 
llos contornos de la Huerta ningún pastor enzamarrado 
que para pastora te soñase? 

Encarna. Turbada. No, zeñó, zeñorito... 

Don Baltasar. Pues ¿por qué te turbas? 
Encarna. ¿Qué? 

Don Baltasar. ¿Que por qué te turbas y te amohi- 
nas? 

Encarna. Porque me da mucha vergüenza de usté... 

Don Baltasar. ¿Vergüenza de mí?... Ya... ya lo veo... 



— 41 - 

Harto dice tu rubor que es verdad que la sientes... Y 
ahí tienes tú cómo lo natural es lo bello: mira tu rostro^ 
transformado sin afeite alguno de rosa pálida en clavel 

encendido... Advirtieado qne el rubor de Encarna sube de punto. 

jY de clavel en amapola! 

Encarna. Y zi no ze caya usté vi á yorá... 

Don Baltasar. ¡Muchacha! 

Encarna. Me da mucho bochorno, zeñorito... no lo 
pueo remedia... Me da mucho bochorno... 

Don Baltasar. ¡Pero no te vayas! 

Encarna. Zi es que están yamando á la cancela... 

Don Baltasar. Ah; bien... 

Encarna. Me da mucho bochorno... me da mucho 

bochorno... Volviendo la cara desde la misma puerta. ¿Qué? 

Don Baltasar. Nada, hija mía; nada. No he dicho 
nada... 
Encarna. Me da mucho bochorno... se va. 

Don B&ltasar quédase silencioso, snspira después, y últinuuneute 
recita saboreándolos, los sistuieutes versos de Virgilio: 

Don Baltasar. 

Malo me Galatea petit, lasciva puella, 
etjugitad salices, et se cupit ante videri... 
Me arroja una manzana Galatea, 
y entre los sauces á esconderse huye 
procurando primero que la vea... 

Llegan PEPA RUIZ y DON JULIO. Vienen á pasar la velada. Don 
Jnlio es tío de Pepa. Un señor sin personalidad; de esos que se 
mueren un día y no lo nota nadie. Habla con cierto sonsonete monó- 
tono qne no se puede resistir. Pepa viene con mantón de espuma en 
forma de chai. ENCARNA, durante esta escena, recoge los restos de 
la comida, quita el mantel y cubre con un tapete la mesa, ayudada 
por ANDREálLLO. 

Pepa Ruiz. Pero ¿qué es esto? ¿Aún no ha termina 
do usté de come? Vesino, usté va a perder el estó- 
mago... 

Don Julio. Sí, es tardecillo, sí... 



— 42 — 

Don Baltasar. Es la hora de fumar un cigarro... 
Conque si usted quiere acompañarme, mi señor don 
Julio... 

Don Julio. Sí; echaremos un cigarro, sí... 

Pepa Ruiz. Vengo esta noche porque no me diga 
usté descastada; pero tengo que marcharme muy pron- 
to. Lo que sí me traigo es er mundiyo, como siempre. 
Por supuesto, voy á dejarlo acá, porque en casa no 
pongo mano en las labores. 

Don Baltasar. Haga usted lo que quiera y deje el 
mundillo donde le plazca: yo, de mis servidores y de 
mí, respondo; del perro de Polanco, no. 

Pepa Ruiz. Riéndose. ¡Pero qué manía le tiene usté ar 

pobre Veneno! Se sienta á la mesa á hacer encaje de bolillos. 

Don Baltasar se sienta á su lado en una mecedora. Don Julio, que 
.también se sienta á la mesa, saca del bolsillo rarias cartas cerradas, 
y se dispone á abrirlas. 

Don Julio. Consultando su reloj. Sí, ya hace hora y me- 
dia, sí... 

Don Baltasar. ¿Eh? 

Don Julio. No; que ya hace hora y media que he co- 
mido... No me sentará mal. Con permiso de usted voy 
á leer estas cartas. 

Don Baltasar. Usted está en su casa, amigo don 
Julio... 

Don Julio. Ahí tiene usted: en mi casa no me gusta 
leer la correspondencia. 

Don Baltasar. Ya, ya lo veo. 

Don Julio. ¡Manías! Entrégase á su tarea con gran ahinco. 
l*or cierto que es miope y lee incrustando las narices en el papel. 

Encarna. ¿Quiere usté argo, zeñó? 
Don Baltasar. Nada: vete á comer, que es tarde. 
Encarna. Güeñas noches, doña Pepa. 
Pepa Ruiz. Adiós, Encarniya. 

AndresillO. Güeñas noches. Se va con Encarna por la 
puerta del foro. 



— 48 — 

Pepa Rulz. Le tengo que desí á esa muchacha que^ 
no me yame doña Pepa. 

Don Baltasar. Pues ¿cómo ha de llamarla? 

Pepa Ruiz. De cuarquier modo menos así. Ese nom- 
bre es de pupilera Y yo estaré ya foudonsiya, don Bar- 
tasá, pero no pa echarme á ios perros. 

Don Baltasar. Ciertamente que no, vecina. 

Pepa Ruiz. ¿Le sirve á usté bien? 

Don Baltasar. A pedir de boca, señora. 

Pepa Ruiz. Si no se malea... 

Don Baltasar. Creo que no. 

Pepa Ruiz. No le dé usté muchas alas, por si acaso^ 

Don Baltisar. Es fundamentalmente- buena: cando- 
rosa, sin tocar en la tontería; con un candor primitivo, 
Belvático, infantil... Luego, tiene una condición para mí 
inestimable: la de ser limpia como la arena de la playa, 
y tan cuidadosa de la persona que no parece sino que 
estíi enamorada de su cuerpo. Además... 

Pepa Ruiz. cortando la conversactóu. ¿Y de Amparo, ha 

sabido usté? 

Don Baltasar. De tarde en tarde... y por tarjetas. Y 
cuenta que si me escribiese cada vez que mi corazón y 
mi pensamiento la reclaman... ¡Me he quedado muy 
solo, Pepa; muy solo! 

Pepa Ruiz. Suspirando. ¡Ayl... SÍ, señó. Mañana le pon- 
dré yo dos letras á esa picara... Le diré que ha orvjdado 
á su padre... 

Don Baltasar. No... si yo la disculpo... Usted calcule: 
luna de miel... y cuarto creciente. 

Pepa Rulz. Sea er cuarto que sea: en la luna de mié 
todos los cuartos son buenos. 

Don Baltasar. ¿Usted qué sabe? 

Pepa Ruiz. Se me figura á mí. Y diga usté: ¿quién- 
le corta á usté ahora las uñas de la mano derecha? 

Don Baltasar. ¡He tenido que aprender yo solol ¿Qué 
remedio? 



~ 44 — 

Pepa Rulz. ¡Cuántas tartas estará usté notando, vesi- 
no!... ¡Cuántas fartas!... Yo digo que una casa sin mujé 
es como una iglesia sin santos. 

Don Baltasar. ¿Y una casa sin hombre? 

Pepa Ruiz. ¡Oh! Eso es una cosa que no se puede re- 
sistí. Miritndo el sombrero de don Baltasar Un SOmbrerO CU la 

percha acompaña mucho. 

Don Baltasar. Vamos á ver, Pepa: en coníianza: 
¿cuándo hace usted feliz á don Federico? 

Pepa Ruiz. ¿Yo á don Federico? ¡Ave María! No me 
considere usté tan prosaica. Don Federico es un sepiyo 
de betún. Con los pelos que le salen por las orejas se 
puede hasé un pinsé. 

Don Baltasar. ¡Ja, ja, ja! 

Pepa Ruiz. Ríase usté, pero es la verdá pura. 

Don Julio. Comentando abstraído una de las cartas. ¡Ani- 
mal! 

Don Baltasar. ¿Eh? 

Don Julio. Este se ha empeñado en no sulfatar, y 
vamos á tener epidemia. ¡Lástima de viñas! 

Don Baltasar. ¡Ah, vamos! 

Pepa Ruiz. Además, vesino: Don Federico es un 
hombre sin corasón. Y á mí déme usté un hombre que, 
si á mano viene, se emborrache, y que juegue er di- 
nero, y... ¡vaya! hasta que ande tras otras; pero que 
yegue un momento y tenga corasón. Yo estoy muy gor- 
da, don Bartasá; pero soy muy tierna. Lo primero en 
este mundo es sentí. 

Don Baltasar. ¡Bah, bah, bah! Hablemos claros, 
Pepa: usted le teme á don Federico porque es viudo... y 
la cencerrada sería inevitable. 

Pepa Ruiz. Pierda usté cuidado. Con ese viudo no 
me dan senserrada á mí. suspirando. Con otro... no sé. 

Don Baltasar. Por si llega el caso, cuente usted des- 
de luego con mi cencerro. Riéndose. ¡Asistiré á la cere- 
monia! 



— 46 — 

Pepa Ruiz. Párese mentira que gose usté con una 
cosa tan grosera, tan insiví, tan basta... tan de pobla- 
cho... ¡ Jesúsi 

Don Baltasar. Mi espíritu, Pepa, es por demás flexi» 
ble... Lo mismo admiro una costumbre como esa de las 
cencerradas, con su dejo popular y bravio, que me he- 
chizo contemplando cómo esas manitas de nácar tejen 
encaje tan sutil. 

Pepa ''uiz. ¿De verdá? 

Don Baltasar. Me parecen dos mariposas que andan 
por la nieve, y van dejando tras de sí las delicadas hue- 
llas de sus patitas. 

Pepa Ruiz. ¡Ay, pero qué cosas tan presiosas se ló^ 
ocurren á usté! 

Don Baltasar. Viendo cosas bonitas, no se pueden 
ocurrir cosas feas. 

Pepa Ruiz. Haciendo que se turba. ¡JesÚS, qué galante! -. 

Don Julio. Tus cochinos con la viruela, niña. 
Pepa Ruiz. ¡Ay, tito, déjame de cochinos ahora! 
Don Julio. Por mí, ya ves; poco me da que se mue- 
ran todos. 

Se oye en el patio el cascabel del perro de POLANCO. Don Baltasar 
lanza hacia la puerta una mirada que equivale á un apart?. 

Don Baltasar. ¿Oye usted, Pepa? 

Pepa Ruiz. ¿Er cascabelito de Venenof 

Don Baltasar. Ya tenemos ahí á Polanco. Miran ios 

dos hacia la puerta, esperando verlo llegar. Hablan á media voz. 

Ese sí que es un partido que le conviene á usted. La 
fábrica de harinas sube como la espuma. 

Pepa Ruiz. Y ér va siempre como si se hubiera re- 
vorcado por la fábrica. Párese que lo van á freí. 

Don Baltasar. Pero, ¿qué hace ya que no entra? 

Pepa Ruiz. ¿Habrá venido er perro solo? 

Don Baltasar. ¡Ojala! 

Oyese en la cocina gran algazara. Pepa y don Baltasar miran ha- 
cia el torno. 



— 4(5 - 

Pepa Ruiz. ¡Jesús! ¿Qué pasa en la cosinay 

Don Baltasar. Leranlándosc Incomodado. ¡Por VÍda de!... 
PolanCO. Abriendo el torno desde dentro y asomando la cabeza 

por él. Hola: ¿qué hay? 

Pepa Ruiz. ¡Digo! 

Don B Itasar. ¡Pero, hombre! ¿Qué haces ahí? Vente 
aquí con nosotros. 

Polanco. ¡En seguida! 

Don Baltasar. Deja á los criados comer tranquilos. 

Polanco. Si han acabado ya. ¡Ahora les estoy con- 
tando cuentos verdes! ¡Je, je! 

Pepa Ruiz. con mucho susto. ¿Les está usté contando 
cuentos verdes? 

Polanco. Sí, señora: todos los que usted me ha con- 
tado á mí. 

Pepa Ruiz. ¡Ay, por Dios! ¡No sea usté anima! ¡Er 
demonio del hombre! 

Polanco líe á carcajadas. 

Don Baltasar. Pero, ¿desde cuándo estás ahí? 

Polanco. ¡Anda! Desde el principio de la comida, 
■casi. 

Pepa Ruiz. Nos ha engañado er perro entonses. 

Don Baltasar. Bueno, pues vente, vente; que ya sa- 
lces cuánto me enoja ese linaje de confianzas. 

Po'anCO. Haciendo burla de su amigo. ¡Oh! ¡oh! ¡qué 

atrocidad! ¡Cuánto te enoja! ¡oh! ¡oh! ¡Cuidado, Balta- 
sar, que eres tonto! 

Don Baltasar. Y cuidado, Perico, que eres indiscreto 
é impertinente. 

Polanco. Mira, no quiero incomodarme. Adiós. 

Don Baltasar. Pero escucha... 

Polanco. No quiero incomodarme, hombre; no quie- 
ro incomodarme. Se retira del torno y lo cierra. 

Pepa Ruiz, mientras tanto, ha dejado su labor, ha colocado el 
mundillo sobre un mueble y ha hecho levantar á don Julio dispuesta 
á marcharse. 



— 47 - 

Don Baltasar. ¡Pues, señor, está bien) Le aseguro á 
usted, Pepa... Pero, ¿qué es eso? ¿Ya se van ustedes? 

Don Julio. Sí; ya nos vamos, sL 

Pepa Ruiz. Quiero yegarme á casa de mi prima, 
Hase días que anda un poco malucha... 

Don Baltasar. Entonces nada arguyo... oyense en la co- 
cina nueva algazara y grandes risas. Don Baltasar se vaela y aprieta 
los dientes y los puños mirando hacia allá. DígO, ¿eh? 

Pepa Ruiz. Con Dios, vesino. 

Don Baltasar. Adiós, amiga Pepa. 

Don Julio. Quede usted con Dios, don Baltasar. 

Don Baltasar. Adiós, mi buen don Julio. 

Pepa Ruiz. Hasta mañanita. Deteniéndolo. No sarga 
usté... Con las de Caín. ¿Teme usté que me yeve argo de 
esta casa? 

Don Baltasar. Llévese lo que quiera. 

Pepa Ruiz. ¿Lo que quiera?... No me va usté á deja. 
Pero le tomo la palabra. 

Don Ba'tasar. Adiós; adiós... Pepa se va. por la puerta del 
foro con sn tio. Don Baltasar permanece en ella viéndolos irse, hasta 
que se bnpone qne pasan la cancela. Hace entonces una extremada 
cortesía, é inmediatamente corre hacia el torno y pega en él la oreja 
rabioso de curiosidad y mortificado por el incipiente hormigueo de 

los celos. Este hombre... no sé con qué derecho... Nervioso 
y desasosegado. Yo no debo toleraren mi casa... ¿De cuán- 
do acá se ha visto?... ¿Qué dice?... ¿Qué dice?... ¿Qué 

dice?... No oigo bien... suenan otra vei en la cocina risotadas 

y gritos. ¿Le parece á usted el escándalo? Llamando con ios 

nadillos en el torno y dando voces. ¡Peñco! ¡Pericol Se redobla 
el barullo. ¡Perico! Sale al patio griUndo. ¡Perico! ¿No oyes 

que te llamo? vuelve ai comedor. ¡Pucs, hombre!... ¡Pues 
estaría precioso!... ¡Le digo á usted que estaría pre- 
cioso! 

Llega POLANCO por la pnerta del foro, con mocha calma. 

Po'anco ¿Qué tripa se te ha roto, Baltasar? 
Don Baltasar. Tripa, ninguna. 



_ 48 — 

Polanco. Entonces, ¿para qué me llamas con esas 
voces? 

Don Baltasar. ¡Para preguntarte si has creído que 
estás en una casa decente ó en un burdel! 

Polanco. ¡Baltasar! 

Don Baltasar. ¡Calla! ¡Para preguntarte si allá en tu 
tierra es uso y costumbre prescindir de los señores de la 
casa y de sus amigos, y colarse en la cocina de rondón 
á animar la tertulia de los criados! 

Polanco. ¡Baltasar! 

Don Baltasar. ¡Calla! ¡Para decirte si crees tú que 
está bien que en mis propias barbas cortejes de amor 
á una doncella que vive bajo mi techo y vigilancia, con 
la confianza absoluta de sus padres! 

Polanco. ¡Veneno! 

Don Baltasar. ¿A qué llamas al perro ahora? 

Polanco. Porque me voy. 

Don Baltasar. ¡Qué has de irte! 

Polanco. ¡Vaya si me voy! ¡Veneno! Pero no será sin 
que me oigas, como yo á ti. 

Don Baltasar. Habla, que no me arredro. 

Polanco. Baltasar, eres el más ingrato de los ami- 
gos. ¿De manera que un afecto como el que yo te guar- 
do, firme, leal, noblote, sin repliegues, lo pagas tú con 
una escandalosa semejante? ¡Está bien, hombre, está 
bien! ¿Es decir que un amigo del alma tuyo, cuya vida 
está á tu disposición cuando te haga falta, no puede 
pellizcar á tu fregona? 

Don Baltasar. ¡Claro que no! ¡Y mucho menos en 
mi casa! 

Polanco. ¡Bonito modo de entender la amistad! /Fe- 
neno! 

Don Baltasar. ¡Y dale con Veneno! 

Polanco. Te confieso que me he llevado chasco. Yo 
pensé que tú tendrías en más estima la delicadeza de 
mis sentimientos; el eco que en mi alma encuentra la 



— 49 — 

tuya; la consideración de que yo soy la única persona 
de la ciudad que escucha tus madrigales sin dormirse. 

Don Baltasar. ¿Es que vas á añadir la burla al 
abusoV 

Polanco. ¡Es que las verdades escuecen! ¡Veneno! 
¿En dónde está Venenof 

Don Baltasar. ¡Estará en mi cama, por variarl 

Polanco. Ah, ¿también te molesta que el animalito 
se acueste en tu cama? 

Don Baltasar. ¡Naturalmente! 

Polanco. ¡Tú me dirás, entonces, para qué soy tu 
amigo! 

Don Baltasar. ¡Para achicharrarme la sangre! ¡Nada 



mas! 

Polanco. Está bien, está bien... La ingratitud es la 
esposa natural del hombre... Me voy; no lo digo más. 
Me voy, me voy; es lo mejor. Y con muy mal sabor de 
boca. 

Don Baltasar. Peor me lo dejas á mí. 

Polanco. Adiós, Baltasar. No sé si volveré. 

Don Baltasar. Adiós, Perico. Sé que vuelves. 

Polanco. / Veneno! Vase por m puerta del foro hacia la dere- 
cha, silbando A poco se oye el cascabel del animalito. 

Don Baltasar. Paseándose agitadisimo. Lo pongO á raya... 

lo pongo á raya... Soy tolerante, pero no quiero que se 

burlen de mí. Tocando con los nudillos en el torno. ¡Vamos! 

¡A dar la lección! ¿Habéis oído? ¡Basta ya de retozo! 
Ahora tengo que estar doblemente enérgico, para borrar 
el mal efecto de la¿ liviandades de ese majagranzas. 

Sale ROMANA con LEONOR, por la puerta del foro. 

Romana. Señorito. 
Don Baltasar. Hola. 
Romana. Esta... 
Don Baltasar. ¿Qué? 

Leonor. Na, señorito; que yo quisiera que usté me 
dispensase de dá la lesión. 

4 



— 60 — 

Don Baltasar. ¿A qué santo? 

Leonor. Sabe usté que desde esta tarde no estoy 
güeña: pa mí que me va á dá calentura, señorito. 

Don Baltasar. Como la otra noche, ¿verdad? 

Leonor. Sí, señó. 

Don Baltasar. Pues bien; pase por esta, pero procura 
en lo sucesivo que no coincida el recargo con la hora de 
pelar la pava. 

Leonor. Señorito, si es que usté se ñgura. 

Don Baltasar. Ni una palabra más. 

Leonor. Ea, pos güeñas noches. 

Romana. Adiós. 

Don Baltasar. Buenas noches... y que te alivies. 

Leonor. Yéndose. Muchas grasias. 

Romana. Toa la calentura de esa es er novio, ¿sabe 
usté? 

Don Baltasar. Lo sé: ¿me supones tan lerdo como 

para no dar en el hito? sálese ai patinillo, en busca de más 
dilatado espacio para sus excitados nervios. 

Romana. ¡Ay, Dios mío, cómo está esta noche!... Y 
lo ha puesto así ese sinvergonsón de Polanco. «5e sienta á 

la mesa y se cruza de brazos, segura de que nada tiene que hacer. 
Llegan ANDRESILLO y ENCARNA por la puerta del foro, soño- 
lientos, bostezando mucho y con poquísimas ganas de leer y escribir. 

Andresíllo. ¡Miste que un hombre que se ha yevao 
to er día bregando en la cuadra y en la cochera, tené 
que vení á estas horas á escribí de los moros y de los 
cristianos! 

Encarna. Dímelo á mí, que me vi á queá cuaja ^n 
los palotes. No veo de zueño. 

Andresíllo. ¡Qué afán de que se istruya uno! como 

dirigiéndose á don Baltasar. ¡Er día quC SCpa yO más que 

Salomón y se me esboquen los cabayos por la cuestesi- 
ya e Torreblanca, vas á echa güen pelo! 

Romana. Gayarse ya y ponerse á escribí. Cuanto 
antes, mejó. 



— «1 — 

Encarna. No, zi á mí me gusta que me enzeñen; 
zino que esta noche me piya mu canzá. Dame mi car- 
peta, Andreziyo. 

Andresillo. Cógela tú si quieres, que te vas gorvien- 
do mu señorita. 

Encarna. Y tú mu fino. 

Ponen sobre la mesa sus carpetas, tinteros, varius plumas y las 
cartillas y los libros de la lección diaria. £a seguida se sientai^ y se 
disponen á escribir. 

Andresillo. ¿Por qué no empesaría er mundo er 
miércoles pasao? 

Encarna. ¿Pa qué, hombre? 

Andresillo. Pa que no hubiera Historia ' España. 

Encarna. Esta noche va á habé que pedirle que nos 
lea zus verzos. Azín ér ze emboba y nos deja dormí. 

Romana. ¡Schssss! Gayarse, que viene. 

Al sentir al señor, Andre^illo empieza á escribir copiando de un 
libro y Encarna á hacer palotes con ayuda de todos los músculos de 
la cara. 

Don Baltasar. ¿Se trabaja, eh? Eso me gusta. 

Encarna. Mostrándole su plana á don Baltasar. Miste, ZeñÓ. 

Don Baltasar. ¿Cuáles son los de hoy? 

Encarna. Ezos tres de la esquina y este medio. 

Don Baltasar. Torcidillos salen todavía.. Tienes que 
domar ese pulso. 

Encarna. A purzo no me gana usté. 

Don Baltasar. Ni á pulso ni á nada; pero aquí no se 
trata de fuerza, sino de educación. Sigue Encarna obedece. 

Don Baltasar la obseiva encantado. Luego bromea. EncamiUa, 

.¿has comido mal? 

Encarna. Tan bien como tos los días, zeñorito. 

Don Baltasar. ¿Entonces por qué te comes los pa- 
lotes? 

Encarna, soltando la nsa. (No ze divierta usté conmigo! 
Zi no me ayúo con la cara me zalen peo... 

Don Baltasar. Peor es imposible. Dame acá, mujer, 
que te guíe yo la mano. 



— 62 — 

Encarna. Ande usté. Guiada en efecto por su maestro y 
señor, hace casi perfectamente varios palotes. ¡Huy, qué bien 

zalen!... 

Don Baltasar. ¿Ves? Así... así... así... 

Encarna. No me apriete usté mucho, que este ha 
zaho más gordo. 

Don Baltasar, suspendiendo la tarea un si es no es acalora- 
do Continúa tú. i.a observa otra vez. ¿Vuelta á los mo- 
hines? 

Encarna. ¡Zi no pueo remediario, zeñorito! 

Don Baltasar. ¡Pues haz un esfuerzo! Cierra bien la 
boca y escribe. 

Encarna. Vamos á vé zi zé... Hace cuatro Ó cinco palotes 
sacando los morritos y se pone preciosa. Don Baltasar la contempla 
embobado. Ella lo mira de repente y él, con cierta vergüenza, cam- 
bia como por resorte de expresión y disimula hablando con Andre- 
sillo. 

Don Baltasar. ¿Y tú, cómo llevas tu plana? 

Andresjllo. Místela. 

Don Baltasar. ¡Amigo! ¡amigo! Adelantas por mane- 
ra' notable. ¡Pero fíjate más en la ortografía! 

Andreslllo. Es que tengo sueño esta noche. 

Don Baltasar. No es disculpa esa. Boabdil no se es- 
cribe Voavdil, sino Boabdil. 

Andresillo. En no apretando ar pronunsiá, ya está 
bien escrito. 

Don Baltasar. Salidas donosas no le faltarán á tu 
ingenio. 

Encarna. Entusiasmada. ¡Viva er lujo y quien lo trujol 
jVaya un palote! 

Don Baltasar. Reparando en Romana, qne duerme como un 

ángel. La pobre Romana se ha dormido... 

Encarna, Como nos hemos puesto más tarde... 

Don Baltasar. Sí; que yo he comido á las tantas.. •- 
¿Os parece bien que leamos un ratillo y lo dejemos 
para que descanséis? 



— 63 — 

Andresíllo. A mí me paese superió. 

Encarna. No dirá usté otra coza tan güeña. 

Don Baltasar. Pues anda, Andrés: en tu mismo libro 
"de Historia: lee dos párrafos al azar. 

Encarna. No, zeñorito; léanos usté zus verzos esta 
noche. 

Andresíllo. Sí, sí; los versos de usté nos gustan mu- 
<;ho más que la Historia. 

Don Baltasar, con intima satisfacción. ¿Más que la His- 
toria"? 

Encarna. Mucho más, zeñorito. 

Don Baltasar. ¿No me lo decís por halagarme? 

Encarna. ¡Por la zalú e mi madre que no! 

Don Baltasar. Basta. Sea como queréis. Ningún poe- 
ta sabe negarse á decir sus versos, coge de la anaquelería un 
tomo chiquitín encuadernado en pergamino, y de pie, cerca de la 
mesa, se pone á leer como si estuviera esculpiendo Me heríS por 

■el flaco: tengo acendrado amor á mis madrigales. Cid 
primero este, á la manera de Cetina. 
Encarna. Perpleja. ¿De Cetina, verdá? 

Mientras lee don Baltasar como qneda dicho, Andresíllo deja 
llegar el sueño á sus ojos j Encarna, con una de las plumas, se en 
tretiene en hacerle á Romana cosquillas en la punta de la nariz. Ro- 
mana, entre sueños, cree que se trata de una mosca y se la sacude á 
manotazos. Esto le produce á Encarna gran risa, que sofoca á duras 
penas para que no la advierta su señor. 

Don Baltasar. 

Palpitando de amor el niveo seno, 

se miraba mi ninfa á su albedrío 

en el cristal sereno 

que alegre cruza el pradecillo ameno. 

Y al ver las florecillas 

que pintó Primavera en las orillas 

la imagen bella que copiaba el río, 

de tan raros encantos codiciosas 



— 64 — 

lloraban envidiosas, 

vertiendo limpias perlas de rocío. 

El Céfiro pasó cantando amores; 

y al contemplar atento 

el lastimero llanto de las flores, 

rizando el agua con su leve aliento, 

de la beldad divina 

presto borró la imagen peregrina. 

Encarna. Mu graciozo. 

Don Baltasar. Pues oye este otro, que me ensalzó en 
extremo un gran poeta sevillano: 

Yo te quiero expresar, Filis hermosa, 
la pasión que me abrasa silenciosa... 

Encarna, viendo dormido á Andresillo, le mete por la boca, hasta la 
campanilla, la pluma de marras, haciéndolo despertar medio ahoga" 
do. La lectura, naturalmente, se interrumpe. 

Andresillo. ¡Ah! 
Don Baltasar. ¿Qué es eso? 
Encarna. Riéndose. Na, zeñorito; que este... 
Andresillo. ¡Diga usté que ha sío esta!... 
Don Baltasar. Ni digo, ni dejo de decir. Si lo echáis 
á chacota, cierro el libro. 
Encarna. No, no... 
Andresillo. No... 
Encarna. Ziga usté, que atendemos, se sienta en una 

mecedora. 

Uno y otra se esfuerzan en vano por atender. A los poces versos. 
Andresillo vuelve á dormir y Encarna se contagia. 

Don Baltasar. 

Yo te quiero expresar. Filis hermosa, 
la pasión que me abrasa silenciosa, 
y no encuentra mi pobre pensamiento 



— 56 • 

palabras que te digan lo que siento: 

y en lucha el corazón y la cabeza, 

crece al par que mi anhelo mi torpeza. 

Mas ya, Filis divina, 

que eres de ello la causa peregrina, 

si curiosa siquiera 

quieres saber mi cuita verdadera, 

ó si á lástima al menos te provoca 

este callado amor, este embeleso, 

deja que bese tu purpúrea boca... 

y aprende bien cuanto te diga el beso. 

Mira al concurso, para ver el efecto cansado, y al encontrar el 
Rueño en lugar de la admiración, se queda de una pieza. No obs- 
tante, la herida de su amor propio se cicatriza pronto. La visión de 
Encarna dormida, con la ticrmosa cabeza hacia attás, entreabierta la 
boca, palpitante el seno y los brazos caldos, lo transporta á otro 
mundo. 

¿Eh?... ¡Pobre gente!... Rendidos por la labor del día. 
Fijándose eu Encarna. Mas ¿qué hermosura es esta que á 
mi vista se ofrece?... Salgo de un madrigal para entrar 
en otro... A fe que no valdrían lo que tú, zagala impon- 
derable, aquella Amarilis de Títiro... aquella Aminta de 
Menalcas... ¡.Jesús!... ¿Qué pasa por mí?... ¿Qué ver- 
güenza es esta?... silencio. Me enciendes... y me hielas á 
la vez... Mientras más lejos quisiera mirarme de ti... 

más cerca me veo... Aproximándose á Encarna, atraído por la 

admiración y el amor. jQué dulce movimiento el de SU seno 
virginal!... ¡Qué frescura la de su boca!... con voz trémula. 
¿Romana?... Duerme ha rato... ¿Andrés?... ¿Andresi- 
11o?... También duerme Andresillo... Y yo tiemblo... 
tiemblo ante esta idea... que llena mi ser... ¿Soy un ma- 
landrín ó un enamorado?... ¿Encarna?... ¿Encarna?... 
Nada... ni un eco... 

La picó, sacó miel, fuese volando... 



— 66 — 

Acerca su rostro al de Encarna para darle un beso. En el estan- 
tillo resbala un retrato y cae al suelo con ruido. Don Baltasar se 
estremece te do, se aparta de Encarna y trata de inquirir con los 
ojos la causa de aquel. Mudo de espanto ve al fin en el suelo el re- 
trato de la que fué su esposa, y exclama lleno de angustia y de ver- 
güenza. ¡Ah!... ¡El retrato de Aurora!... ¡Jesús María! Pá- 
lido y tembloroso lo recoge del suelo y va á colocarlo donde estaba. 
Cae el telón. 



FIN DEL ACTO SEGUNDO 



ACTO TERCEIRO 



La misma decoración del acto segundo. Es por la mañana. Han 
pasado dos meses. 



DON BALTASAR está sentado ?n su sillón. ENCARNA, en una 
silla á su lado. Viste un traje entre su merced y señoría, corbata de 
gasa y delantal blanco de peto. A la cintura lleva una cadenilla ó una 
Cinta de la cual pende un llavero con llaves diversas. En la mano 
tieue unas tijeras de uñas 

Don Bsltasar. Después de mirarse delenidameute las uñas de 
ambas manos y presentándole á Encarna la derecha. Redondéame 

un poquito esta del meñique, que encuentro menos 
roma que su compañera de la otra mano. 

Encarna, obedeciéndolo. 1 Jezús qué vista tiene usté! Es 
usté capá (le verle las pestañas á un mosquito. — ¿Azi?... 

Don Baltasar. Remedándola. Azí... como tú dices. Tres 
meses poco más hace que te trato, y ya se me va pe- 
gando tu gracioso ceceo. 

Encarna. A mí también ze me han pegao argunaa 
cozas... 

Don Baltasar. ¿Mías? 

Encarna. De usté, zeñorito. 

Don Baltasar, suplicante. ¡Señorito, nol ¡Prefiero un 
don Baltasar como una casal 



— 68 — 

Encarna. No ponga usté loz ojos azin, que me da 
tentación de riza. 

Don Baltasar. ¡Picaruela!... 

Encarna. Vamos á vé zi quea más que recorta. Ze 
cuida usté las manos como una monja. 

Don Baltasar. Ahora, Filis, tu labor es perfecta. 

Encarna. Encarna me yamo. A mi no me ponga 
usté ningún mar nombre. 

Don Baltasar. No lo es ciertamente el de Filis. Y 
aún te reservo otro más dulce. 

Encarna. ¿Cuá? 

Don Baltasar. Otro: ya te lo diré. 

Encarna. ¿Cuándo? 

Don Baltasar. Cuando me autorice tu confianza; 
cuando dejes de ver en mí completamente al amo y 
señor, para ver tan sólo al amigo... al amigo galante, 
que no me atrevo á decir al galán. 

Encarna. Pos atrévaze usté... Las cozas, por zu nom- 
bre. La vereíta no pué zé más derecha... Y me paece^ 
que ningún perro le ha ladrao á usté toavía. 

Don Baltasar. ¿Y qué hay al final de la vereíta? 

Encarna. Ezo... usté lo zabe mejón que yo. Ningún 
camino güeno yeva á ninguna parte mala. 

Don Ba'tasar. cogiéndole con pasión una mano. DiceS- 
bien, zagalilla mía. 

Encarna. Retirándola. ¡Zuertc usté! 

Don Baltasar. ¡Si no nos ve nadie! 

Encarna. Por ezo. 

Don Baltasar. Si este es el principio de la veredita... 

Encarna. No, zeñó... que eze es er fina. Después de 
ezo ya to es cuesta abajo. 

Don Baltasar. Pero, ¿quién te ha enseñado á ti ta- 
les cosas, muchacha? 

Encarna. Eza cencía nace con una; no es como la 
lertura y la escritura que enzeña usté. Pa lo que está 
bien y lo que está má no jace farta maestro. 



— 69 — 

Don Baltasar. Admiro tu ingenio, tanto como deplo- 
ro tu esquivez. ¿Por qué eres tan arisquilla conmigo? 

Encarna. (.; Arisca yo? 

Don Baltasar. Arisca, no; arisquilla. Y hasta ingrata,, 
si me apuras mucho. 

Encarna. Ezo lo dice usté porque quiere: zin razón. 
{)a decirlo. Usté ha estao malo días atrás, y creo yo que 
no me he portao como ninguna fiera dañina... No es 
que yo me alabe... 

Don Baltasar. Dulce fué tu trato, en verdad. Tan 
dulce... que hubiera querido seguir enfermo eterna- 
mente. 

Encarna. ¡Jezús, y qué ponderativo! 

Don Baltasar. Trátame ahora como entonces, enfer- 
mera mía. 

Encarna. ¿Pa qué? ¿Pa que la gente que es mu 
mala ze figure lo que no hay? ¿Pa que vengan cartas 
zin firma poniéndome como los trapos? 

Don Baltasar. No hables de eso ahora, ni te preocu- 
pes de tales insultos. Mi caballerosidad y tu honradez^ 
nos escudan de todo. Responde á mi ruego. 

Encarna. Zi ya está usté curao... 

Don Baltasar De la fiebre, sí; pero me hallo má^ 
malito que nunca. 

Encarna. r;De qué? 

Don Baltasar. Apasionado. De sed. 

Encarna. Pos beba usté agua fresca. 

Don Baltasar. ¿Ves si eres ingrata? No es agua lo 
que anhelan mis labios: es miel. 

Encarna. La miel es mu ardiente. 

Don Baltasar. La de tu boca, no. 

Encarna. ¡Zeñorito! 

Don Baltasar. ¿Así me llamas todavía? 

Encarna. Pero zi dice usté unas cozas de pronto... 

Don Baltasar. ¡Ustedl ¡usted!... ¿Cuándo no te escu- 
charán mis oídos esa palabra? 



— 30 — 

Encarna. En cuanto usté lo mande... 

Don Baltasar ¿Cómo mandar? ¿Ves tú?... Aquí no 
liay más voluntad que tu capricho: aquí el siervo soy 
yo. ¡Ah! ¡bien claro me dicen tus razones que sólo te ins- 
piro un respeto enojoso... un afecto frío... muy lejos de 
.ser como este que mi sangre caldea!... 

Encarna. ¿Usté qué zabe? 

Don Baltasar con viva emoción. ¿Has dicho «usted 
■qué sabe?» ¡Ven acá!... 

Encarna. ¡Quieto! 

ROMANA asoma á la puerta del foro y hace gestos de indignación 
7 disgusto al ver lo que ve. Después avanza un poco y se dirige 
Á Encarna. 

Romana. Joven... 

Encarna. Encarnación me yamo. 

Romana. ¿Y qué más da?... Er vinagre se ha con- 
•cluío. 

Encarna. ¿Er vinagre? 

Romana. Er vinagre. En la cosina, por supuesto: en 
la despensa hay mucho- 

Encarna. ¡Jezús, y qué fuertes van á zalí las co- 
-zas! 

Romana, l^os, hija, yo no me lo bebo: no tengo ga- 
nas de ponerme amariya. Colora ya me pongo argunas 
veses sin ganas. 

Don Baltasar. ¿Qué? 

Romana. Que colora ya me pongo argunas veses, 
.señorito. 

Don Baltasar, picado. Lo celebro: eso prueba salud. 

Encarna. Güeno; vamos por er vinagre. 

Romana. Vamos aya. 

8e levanta Encarna y se van las dos por la puerta del foro: En- 
Kjarua buscando una llave entre todas; Romana silenciosa y triste. 
Se oye hacia el patinillo el cascabel del perro de Folanco. 

Don Baltasar. Esa mujer... amparada en sus canas... 
j Bueno va! Polanco por añadidura. 



— 61 — 
Llega POLANCO por la puerta del patinillo. 

Polanco Quieto ahí, Veneno. Baltasar, Dios te guarde, 

Don Baltasar. Buenos días, Perico. 

Polanco. ¿Estás solo? 

Don Baitdsar. Toda la mañana. 

PolanCO- Sentándose cu la silla que ocupaba Encarna y levan- 
tándose en seguida. Pues aquí Ro había un muerto Esta 
silla echa bombas. 

Don Baltasar. Desconcertado. ¡Ah... sí!... Como que ha 
estado ahí un l)uen rato... el hijo del aperador de Fina- 
tares... 

Polanco. Con retintín. ¿El hijo... del aperador... de Pi- 
na tares f 

Don Baltasar. Sí, hombre, sí. ¿Lo dudas? 

Polanco. Lo niego. 

Don Baltasar. ¡Pericol 

Polanco. No te alteres. Aguarda. Se encamina ai foro y- 
cierra la puerta. 

Don Baltasar. ¿Qué haces? 

Polanco. Ya lo ves. Encarándose cDn su amigo, revestido de 
gran seriedad. Baltasar... 

Don Baltasar ¿Qué quieres? 

Polanco. ¿Te encuentras enteramente bien de tus 
pasados males? 

Don Baltasar. ¡Pero si aquello no fué nadal... ¿A qué- 
viene ahora?... 

Polanco. ¿No ha vuelto á dolerte la cabeza... ni el 
hígado...? 

Don Baltasar. ¡No! 

Polanco. ¿De manera que estás fuerte del todo? 

Don Baltasar. Del todo. 

Polanco. ¿Es decir, que se te puede dar un disgusto?" 

Don Baltasar. ¡Hombre! ¡Eso no! 

Polanco. Pues yo vengo á dártelo. 

Don Baltasar. Será si yo te dejo. 

Polanco. Aunque no me dejes: es igual. Si la amis- 



— 62 — 

tad no sirve para dar los disgustos á tiempo, ¿para qué 
fiirve entonces? 

Don Baltasar. ¡Bah! Siempre han de ser tus cosas... 

PolanCO. Poco á poco, cierra la pueita del patinillo, echán- 
dole antes al perro un terrón de azúcar que saca del bolsillo, y vuel- 
ve. Baltasar: vox populi, vox De¡: la voz del pueblo dice 
que estás en amoríos con una fregona de tu casa. 

Don B&ltasar. Blanco de cólera. ¿Qué? 

Polanco. Lo dice el pueblo, y lo afirmo yo. 

Don Baltasar. ¡Pues ni hay fregonas en mi casa, ni 
yo tengo amoríos con nadie, ni tu amistad, con todos 
sus fueros, te autoriza para ofenderme asil 

Polanco. ¡Hola! El que se pica, ajos come. 

Don Baltasar. ¡Los comerás tií, que debes de tener- 
los por alimento natural desde que naciste! 

Polanco. Mira, Baltasar, menos desplantes y vamos 
claros: esa mujer — y ya sabes tú qué mujer digo— te ha 
trastornado el seso, te ha puesto una venda en los ojos, 
te ha vuelto idiota... El pueblo entero censura tu con- 
ducta; tus amigos se burlan de ti; no hay señora que 
quiera pisar esta casa... La misma Pepa Ruiz, amiga de 
siempre, está retraída; y si vengo yo á todas horas es 
porque no lo puedo remediar... porque te me has meti- 
do en el alma, ¡jinojo! 

Don Baltasar. ¿Y qué caso tengo de hacer yo de las 
calumnias de un pueblo hipócrita y ruin, que no se 
ocupa más que de la vida ajena, porque le asusta pen- 
sar en la propia? 

Polanco. ¿Ves? ¿Ves cómo estás loco? 

Don Baltasar. ¡Soy yo más caballero que todos esos 
que me ponen en la picota! ¡El que no quiera venir á 
mi casa, que no venga; y eso irá ganando mi casa! 

Polanco. ¿Ves como has perdido el juicio? 

Don Baltasar. ¿Pero eres tú, tú, el que se escandali- 
za so capa de morahdad? 

Polanco. Yo: yo mismo. 



— 63 — 

Don Baltasar. ¿Tú, el Tenorio de cocinas y corrales, 
el salteador de fogones? 

Polanco. Yo: yo mismo. ¿Crees que con ei^a acusa- 
ción estoy aplastado? ¡Pues te equivocas! A mi me gus- 
tan las criadas hasta perecer... 

Don Baltasar. ¡Y tanto! 

Polanco. Pero yo... 

Don Baltasar. Pero tú... 

Polanco. ¿Me dejas que hable? 

Don Baltasar. ¿Para qué, si no has de confesar el 
móvil que te hace hablar así? ¡Bajo esa máscara hipó- 
crita de tu amistad, lo que hay en este caso es una in- 
tención bastarda y egoísta! 

Polanco. Enterneciéudose. No, Baltasar; eso de ninguna 
manera. Por ese aro se resiste á pasar tu fiel Perico. 
¡La pasión te trastorna! ¡Los celos te ciegan! ¡Jinojo! Yo 
aeré chinche, yo seré molesto, yo te Llevaré la contraria 
muchas veces, yo vendré siempre hecho un Adán, yo 
no podré soportar á Horacio, tú odiarás al pobre Vene- 
no... que está ahí fuera escuchándolo todo... pero otra 
cosa no... ¡otra cosa no, Baltasar! Tan leal es el perro 
como el amo, el amo como el perro... y nunca pensé 
que en tu obcecación llegaras al punto de dudar de una 

verdad como esta. Termina sollozando. 

Don Baltasar. ¿Lacrimoso te pones después de haber 
querido meter el infierno en mi alma? 

Polanco. Yo no he querido más que cumplir con un 
deber de amigo; hacerte ver que estás en el ridículo 
más lamentable... y á dos dedos de la mayor vergüenza. 

Don Baltasar. ¿Vergüenza has dicho? ¡Cállate, ó no 
respondo de mi cólera! 

Polanco. Debiera callarme, después del agravio que 
he recibido de ti; pero Polanco no se calla así como 
quiera. He dicho vergüenza y lo sostengo. Pues qué, 
^no lo es grande que una fregona vaya á suplantar...? 

Don Baltasar. Asiéndolo violentamente. ¡Calla Ó te ahogo! 



— 64 — 
PolanCO. Logrando desasirse ¿Qué? 

Don Baltasar. ¡Vete de mi casa ahora mismo! 
Polanco. ¿Me echas? 
Don Baltasar. ¡Te echo! 

Polanco. Enterneciéndose otra vez. ¿Que me echas diceS?" 

Don Baltasar. ¡Dicho está! ¡Vete! 

Polanco. No lo repitas; ya me voy... Me voy herido 
en lo más hondo de mi corazón, pero tranquilo en mi 
conciencia... Llorando. Tú te arrepentirás de haberme 
arrojado de tu casa... 

Don Baltasar. ¡De eso, nunca! 

Polanco. Bien está... bien está... no eches leña al 
fuego... Embárcate con esa prójima en buen hora... que 
quizás algún día .. algún día... Vaya, no puedo hablar. 

Abre la puerta del patinillo, y como dirigiéndose al perro dice: Ve- 
neno, vamonos... que nos arrojan de esta casa... se va, en 
efecto, acompañado de la música del cascabelito, que se pierde en la 
distancia para siempre. 

Don Baltasar. paseándose como fiera enjaulada, en todas 

direcciones. ¡Mentecato atrevido!... ¿Quién es él para...? 
¡Ni el ni nadie!... ¿Me han de gobernar á su antojo?... 
¡Gentecilla rutinaria y necia!... saie andresillo por la 

puerta del foro, corriendo hacia la del patinillo, con un cencerro 
grande en la mano. Va riéndose y pasa sin ver al señor. Este lo 

detiene. ¿Adonde vas tú? 

Andresillo. Usté dispense, señorito: no había re- 
parao... 

Don Baltasar. ¿Qué llevas ahí? 

Andreslllc. Riéndose. Místelo: un senserro. 

Don Baltasar. ¿Un cencerro? 

Andresillo. Vengo de enseñársela á Leonó, que tiene 
dispuesto pa lo mismo un latón de petróleo. ¡Güeña se 
la preparamos á la viuda! 

Don Baltasar. ¿Cómo? 

Andresillo. A la viuda de la tienda, que se casa luego^ 
y le vamos á amenisá la noche e novios, suena ei cencerro. 



- 66 — 

Don Baltasar. Estallando. ¿Sí, eh? ¡Pues yo prohibo 
terminantemente á toda la servidumbre de mi casa, so 
pena de quedar despedida ipso fado, que tome parte al- 
guna en broma tan grosera y vituperable! 

Andresillo. Desalentado y triste. Señorito... si va á dito 
er pueblo. 

Don Baltasar. Hazón de más para que no vayáis 
vosotros. El pueblo es inculto y soez. 

Andresillo. Pos á la senserrrá der tío Lucas nos dejó 
usté di... y á usté le jiso mucha grasia. 

Don Baltasar. Furioso. ¡Pues he cambiado radical- 
mente de criterio! ¡Y basta: que no tengo para qué dis- 
cutir con mis lacayos! 

Andresillo. Güeno está; pero ¿qué me jago yo con er 
senserro después de comprao'? 

Don Baltasar. ¡Te lo pones! 

Andresi lo. Rntre dientes. ¡Mardito sea er demonio!... 

Don Baltasar. ¡Y menos murmurar! Sigue tu camino. 

Andresillo. Está bien, señó. Lo guardaré por si con 

er tiempo se tersia otra... Vase por la puerta del patinillo, re- 
signado al parecer y sonando el ceiieerro intencionadamente. 

Don Baltasar. ¿Qué ha dicho? 

Sale ROMANA por la puerta del foro, cabizbaja y emücionada. 

Romana ¿Da usté su lisensia, señorito? 

Don Baltasar. Adelante, Romana. ¿Qué quieres?' 

Romana. Yo quería habla con usté de una cosa... 

Don Baltasar. Si no es ninguna impertinencia, pue- 
des hablar; que no parece sino que todos se han pro- 
puesto hoy encenderme la cólera. 

Romana. Pos verá usté, don Bartasá... Er caso es 
que usté va á desirrne... 

Don Baltasar. Sepamos primero lo que vas á decir- 
me tú. 

Romana. No se incomode usté conmigo, señó; que 
poco tiempo le quea de aguanta mis chocheses. 

Don Baltasar. ¿Qué significa ese lenguaje? 



— 66 ~ 

Romana. Na... sino que como ya soy vieja... ¿sabe 
usté?... er trabajo me cansa... y no estoy pa er trajín de 
una casa tan grande como esta... 

Don Baltasar. Atendiendo precisamente á eso mis- 
mo, te he relevado en ella de algunas funciones. 

Romana. Ya lo sé... y le estoy muy agradesía... Pero 
€S que también hago farta en mi casa... Más que acá... 
Mi hija Consuelo ha empesao á echa chiquiyos ar mun • 
do... y se ve sola en su solo cabo pa brega con tos... De 
mo y manera, señorito, que si usté me lo permite... yo 
he pensao de dirme con eya. 

Don Baltasar. ¿Pero no pueden ser compatibles el 
auxilio que á tu hija le prestes y la permanencia en mi 
servicio? 

Romana. No, señó, no, señó... Y que ya sp me ha 
puesto en la cabesa dirme con mi Consuelo, y los vie- 
jos somos como los chiquiyos de caprichosos... 

Don Baltasar. Por capricho, más bien que por razón, 
me inclino á pasarlo... 

Romana Mírelo usté por er lao que quiera, señori- 
to... Y dispénseme usté que sea tan clara... pero me 
voy... me voy... 

Don Baltasar. Basta, pues. Es una determinación 
que lamento con toda mi alma; no sólo porque tus ser- 
vicios me son necesarios... 

Romana Mis servisios no valen pa na... 

Don Baltasar. No me interrumpas. No sólo— decía — 
porque tus servicios me son necesarios, sino además 
porque tengo presente que casi casi has nacido aquí. 

Romana. con amargura, Bin poder reprimir su protesta. Por 

€so mismo no pueo vé siertas cosas... 

Don Baltasar, colérico. ¿Qué? 

Romana. Que usté comprende mejó que yo puea 
desírsela la rasón de mi despedía... y que vale más que 
«che un punto á mi boca. Conque vamos á cayarnos, 
señó, que sin habla nos entendemos. 



- 67 — 

Don Balta'?ar. ¡Voto va! ¿Hase visto reticencia más 
procaz ni más intolerable osadía? 

Romana. Llorando. Señoñto, á usté lo han hechisao... 
á usté le han hecho mar de ojo... 

Don Baltasar. ¡A mí me han hecho!... ¡á mí me han 
hecho!... ¡No te consiento que me juzgues! ¡Y ten en 
cuenta que sólo tus cabellos blancos y tu representa- 
ción en mi casa, son capaces de contener mi enojo! 

Sale LtUNOR lambion por la puerta del foro. 

Leonor. Señorito. 

Don Baltasar. ¿Otra? 

Leonor. Mirándolo asustada. La señoñta Pepa Ruiz lo 
«spera á usté en la sala. 

Don Baltasar. ¿A mí? 

Leonor. Eso me ha dicho. 

Don Baltasar. ¡Pues á fe que no tengo los nervios 
para otra cosa! ¡Será menester toda mi prudencia y mi 
cortesía para no cometer con ella un desafuero, si viene 
á hablarme también de lo que ya presumo! se encamina 

hacia el foro, y en la misma puerta se vuelve y se encara con Ro- 
mana de nuevo. jAh, tú, Romana! Puesto que en tu volun- 
tad, ó en tu capricho, ó en tu chochez está el marchar- 
te de mi casa, mucho me guardaré de retenerte en ella. 
^Abiertas están sus puertas para ii, como para cualquie- 
ra de mis servidores ó amigos que no respire entre sus 
muros á todo su talante y satisfacción! vase de esumpta. 

Leonor. ¿Se va usté, Romana? 

Romana. Ya lo ves, hija, i loriqueando. Me he despe- 
dí»), porque yo comprendo que estorbo; y me deja di... 
porque ér se hase cargo también. 

Leonor. Pos sí que lo siento. No vi yo á sabe mane- 
jarme sin usté á mi lao. 

Romana. Ya te irás acostumbrando á la otra. 

Leonor. Pero no yore usté, Romana... 

Romana. ¿Y qué vi á hasé sino yorá? ¡Se me agor- 
pan tantas cosas en la cabesa!... 



— 68 - 

Aparece ANDRF8ILL0 por la puerta del patinillo, con cierta có- 
mica Drecaución. 

Andresillo. ¿Anda por ahí er loco? 

Leonor. Escucha, Andresiyo: ¿sabes que Romana 
se va? 

Andresillo. ¿Que se va usté, Romana? 

Leonor. ¿No la ves yorando? 

Andresillo. ¿A que va á habé que amarra á ese hom.- 
bre? 

Romana. ¿Tú t& crees que pueo resistí las cosas que 
estoy viendo en esta casa? 

Andresillo. Esa arrastra mujé tiene la curpa. Lo ha 
levantao de cascos... y está er tío que hase títeres en la 
plasa como eya se lo mande. 

Leonor. ¡Quién se lo había e desí!... Porque Encarna 
no valií pa eso. 

Romana. Y aunque varga, señó: ¿dejará de sé una 
de nosotras y no una iguá suya? ¿No es una mala ver- 
güensa que un cabayero como este ande por ahí en len- 
guas de to er mundo? ¡Si levantara la cabesa la seño- 
ral .. ¡Jesús, l)ios mío!... Pos ¿y las niñas?... ¡Cuando las 
pobres niñas se enteren!... A Carmita le cuesta la vía. 

Andresillo. ¿Ha reparao usté que ya no habla de 
eyas pa na? 

Romana. Y que cuando se le habla muda de coló. 

Andresillo. Como que ca vez que se acuerde de sus 
hijas le sale una cana. 

Leonor. En mala hora entró esa mujé por las 
puertas. 

Andresillo. ¿Ves tú lo que te he dicho muchas ve- 
ses? Sacando á tres ó cuatro pa mí, á toas las mujeres 
debían quemarlas en parriyas. 

Romana. Y á muchos hombres. Yo no la curpo á 
eya tanto como á é. 

Andresillo. ¿Pero no habrá un amigo que le tire ua 
poco de las riendas y lo sujete? 



— 69 — 

Romana. Suspirando. ¡Ay, esto no tiene compostura, 
Andresiyo! El amo es otro ya. 

And''esíilo Cuéntemelo usté á mí, que le enseñé 
base un rato er senserro pa la viuda, y por jioco me 
pega un tiro 

Romana. Es otro, es otro... 

Andresillo Lo que no sabe é, que vi á guardarlo pa 
cuando se case con Doña Perejila. 

Leonor. ¿Pero se va á casa? 

Andresillo ¡Toma! Por abí acaban tos estos viejos 
encaprichaos. 

Romana ¡Jesús! ¡Jesúsl La Virgen Nuestra Señora 
lo ilumine. 

Andresillo. Yo, en cuanto me cargue mucho de es- 
tera, me voy también. Así no aprendo más Historia 

'España. Mirando hacia la puerta del foro. ¡Atisa! 

Leonor. ¿Viene ahí? 

Andresillo. Er señorito, no; su suegro: ¡Don Pedro er 
Crué! 

Leonor. Ay, pos yo me voy, que está er tío mu 
tonto. 

Romana. Y yo también: que le dé couversasión su 
hija. 

Andresillo. O su padre. 

Preséntase VENTUR» de tiros largos, como si dijéramos. 

Ventura. Güenos días. 

Andresillo Güenos días. Desde la puerta del patinillo, 

yéndose al momento. ¿Quiere er scñorito quc enganche?. 

Ventura. volviéndose hacia él. ¿Qué? 

Leonor. Lesde la del foro, lo mismo. Aunque la moua se 
vista de sea... 

Ventura, volviéndose hacia ella. ¿Qué? Zi ze Vendiera la 
envidia, eza ze jacía miyonaria. 

Romana. Pos si se vendiera la vergüensa, no ganaba 

usté ni dos cuartos. Escupiéndole y yéndose por el patinillo. 

iPsál 



— 70 - 
Ventura. ¿Ah, ZÍ? Escupiéndole también. PoS... ¡psál Má» 

vergüenza tiene mi niña y tengo yo, que tos ustedea 
juntos... Una coza es una coza y otra coza es otra coza... 
¡Acá vamos por er camino rea!... ¿Qué ze habrán fi- 
gurao? 

Sale ENCARNA por la puerta del patio. 

Encarna. Dios guarde á usté, padre. 

Ventura. Er te bendiga, hija e mi arma. C'a día estás 
más jermozota y más güeña. 

Encarna. Er trato de acá... 

Ventura. Ya ze conoce que no te matas trabajando. 

Encarna. No me ocupo más que der jardín... y der 
cargo e la caza. Estoy mejón que quiero. 

Ventura. Paeces una princeza. Jasta vergüenza me 
da de zé tu padre, confldenciaimemo. Escúchame, Encar- 
niya: ¿y el amo? 

Encarna. Erretío está: entregaíto á mi capricho... 
Jago lo que me da la gana... Mi gusto es ley. 

Ventura. ¡Ole! Por ahí, por ahí va la coza... 

Encarna. ¡Miste que paece un cuento!... ¡Quién ha- 
bía e deííirle á Encarniya, aya en la Güerta e las Palo 
mas, que iba á manda y á zé la reina en un palacio como 
este!... Cuando lo pienzo azín de pronto me pongo colo- 
ra. ¿Y madre, qué dice? 

Ventura. A madre ze le cae la baba. ¡Como eya ha 
tenío ziempre tantos muñecos con la aristocracia!... En 
fin, ¡está penzando en jazerce trajetas; conque ya ves- 
tú!... 

Encarna. ¡La pobre!... ¿YEstebiya, qué dice? 

Ventura. Que le tienes que merca una capa este in- 
vierno. 

Encarna. Un gabán es más zeñorito. 
Ventura. Zí, pero pones á Estebiya con gabán y na 
yega vivo á la plaza. 

Encarna. Ezo le paece á usté. To es que la vista ze 
acostumbre. ¿Zoy yo la mesma? 



- 71 — 

Ventura. ¿Qué vas á zé, zi ca vez que vengo te jayo 
con un trapo distinto? Eza corbata es mü precioza. Y 
este vestío mu principa. 

Encarna. ¡Pos zi viera usté cómo voy por dentro de 
tiras bordas y de encajel... 

Ventura. ¿También por dentro te compones? 

Encarna. Mejón que por fuera. Miz ojos valen más 
que los de la gente. 

Ventura. Dices bien. 

Encarna. ¡Y me echo una de ezencias que me güer- 

VO loca! Haciéndole oler, sucesivamente, lo qne va nombrando. 
Ventura aspira los olores con embeleso. Miste la bluza... Miste 

er pañuelo... Miste er delantá... Miste er moño... 

Ventura. ¡Jezú! ¡Jezú! ¡zi ze esmaya uno!... Amigo, 
ezo tiene er meterze en er zeñorío... 

Encarna. Mostrándole á Ventura una sortija que tiene puesta. 

Ayé me regaló este aniyo. 
Ventura. Admirado. ¡Arzá! 
Encarna. Y antié, esta medaya e la Virgen, sacándola 

del seno y enseñándosela. 

Ventura. ¡Arzá! 

Encarna. Y tras de antié una caja e jabones, que no 
jace más que toca el agua la pastiya y levanta una es- 
})uma que yega ar techo. 

Ventura. sacudiendo y sonando los dedos, para expresar mas 
á lo vivo su admiración. ¡Arza! 

Encarna. ¡Padre, no zuene usté los déos azín, que 
ezo está mu basto! 

Ventura. Zerá ahora; porque yo lo he jecho toa la 
vía. 

Encarna. Pos á mí me ha dicho é que no los zonara. 

Ventura. No hay más que jablá entonces. 

Encarna. Es mu güeno conmigo... Zobre que lo ten- 
go farcinao... prendaíto de mi perzona... ¡Ze me quea 
mirándome azín con la boca abierta!... To le gusta en 
mí, to le gusta: loz ojos, los dientes, el arranque 'er pelo, 



- 72 — 

mi coló, mi manera de anda, mi manera de zentarme... 
esta coza que yo jago azín cuando me pongo azín... 

Llevándose una mauo á la mejilla y apoyando el codo dül raismo 

brazo en la otra, er jociquito zi me enfao... la riza zi me 
río... er mismo zapateo conque jablo... ¡To, to, to le gus- 
ta en mí; to me lo tiene ponderao! ¡Y hasta me zaca 
verzos, padre! 

Ventu a. Eze jinca er pico. 

Encarna. Padre, no lo trate usté azín. 

Ventura. Pero es niesté que te mantengas ziempre 
der lao acá der río. 

Encarna. Como que otra coza no estaría ecente. 

Ventura. Déjalo que ze abraze; no le des ni un bu- 
chito de agua; ni ziquiea que ze yeve la taya á los la- 
bios... y tú lo verás cae reondo lo inesmo que un zegaó 
en medio e la era. 

Encarna. Es mu cabayero, no vaya usté á creerze 
otra coza .. No ze propaza en tanto azín. ¡Yzi viera usté 
qué palabras más finas tiene conmigo!... 

Ventura. Pos que vaya buscando un cura, que están 
baratos. 

Encarna. ¡Miste que yo cazarme con un zeñó!... 
¡Miste que Encarniya por Olivares der brazo de eze 
hombre!... ¡Los refregones que vi yo á dá á más e cua- 
tro zeñoritas der pan pringao!... Porque ha e zabé usté, 
padre, que me mermuran, que me zacan tiras e peyejo, 
que me ofenden... que cuazi me escupen... 

Ventura. ¡Envidiozas! 

Encarna. Cuando entro en miza los domingos me 
jacen cerco, como zi yo estuviera apesta... ¡Y voy más 
limpia que toaz eyas; y güelo más bien que toaz eyas; y 
zoy más ecente que toaz eyas... y como mejón que toaz 
eyas!... 

Ventura. ¡Ezo que tú has dicho! 

Encarna. Ar zalí de la iglezia el otro día ¡ze me pa- 
zaron unas ganas!... Trompezó conmigo la de don Je- 



— 73 -^ 

naro, la mayó, la bizca, y me jizo un mojín de despre- 
cio que fué pa mí como una puñalá por la esparda. Me 
fartó er canto ' una pezeta pa decirle: «Oiga usté, cara 
' arcuza, menos mojines y más vergüenza; que á mí nin- 
gún hombre rae ha puesto un deo encima... y usté es 
zortera.. y ze ha tenío que di de viaje. > 

Ventura, sacudiendo los dedos otra vez. ¡Arzá! 

Encarna, contrariada. ¡Que no zacúa usté los déos, 
padre! 

Ventura. [Mu jé, tampoco ze pué uno afina en un re- 
pente! 

Encarna. Pos es precizo jacé un podé. 

Ventura. Te prevengo que en ezo ando. Er mesmo 
Diario que viene acá le he dicho ar niño ' er ciego que 
me lo yeve toas las noches. Pa dirme dezasnando poco 
á poco... Y desde primeros e mes me lo yeva. 

Encarna. Ezo está mu bien. Yo ya leo cuazi de corrió. 

Ventura. ¡A mí me cuesta zuores e muerte! 

Encarna. Ya ze irá usté jaciendo. ¿Ha visto usté los 
verzos que vienen en er de hoy? 

Ventura. ¿Qué vi á vé yo, chiquiya? ¡Zi toa\ia voy 
en er primero que me yevaron! ¡Tiene aqueyo más le 
tras de lo que paece! 

Oyese á DON BALTASAR gritar dentro. 

Encarna. Gaye usté. 

Ventura. ¿Qué paza? 

Encarna. Que está gritando y viene pa acá. Hoy 
ze han propuesto darle er día No ze pué zé tan güeno. 

Ventura. Pos yo quería hablarle de lo de Estebiya... 
Porque ponte tú que cae zordao... 

Encarna. No, padre; no le diga usté na. No ze figu- 
re que acá penzamos zaquearlo. 

Ventura. ¿Pero vamos á deja que Estebiya cargue 
con er chopo? 

Encarna. Aya veremos lo que ze jace. Váyaze usté 
primero que yegue. Por ahí... por ahí... 



— 74 — 

Ventura. Por ande tú quieras. Jasta mañana, Encar- 
niya. 

Encarna. Jasta mañana, padre. 

Vase Ventura por la puerta del patinillo. Por la del patio llega 
DON BALTASAR dado á los demonios. 

Don Baltasar. ¡Almas de cántaro!... ¡Canalla ruin!... 
¿Cómo habéis de comprender en vuestra bajeza moral 
los altos sentimientos de Don Baltasar de Quiñones? 

Encarna. ¿Qué es ezo? 

Don Baltasar. Reparando en ella. ¡Ah, tú! ¡Encamat 
¡Bendito sea Dios que pone por fin ante mis ojos perso- 
na cviya vista les es agradable! 

Encarna. Pero ¿qué ocurre? 

Don Baltasar. ¡Ocurre lo natural, supuesto que Oli- 
vares es una madriguera de bellacos! ¡Como viven de 
la murmuración, se creen con derecho á husmear en 
mis acciones y á fallar sobre mi conducta!... ¡Y voto va 
que si imaginan que han de torcerla se engañan del 
todo! ¡Soy quien soy, y hago cuanto haao por mi libre 
albedrío! ¡Ante nadie me tengo que justificar, si no es 
ante mi propia conciencia!... Esa Pepa Ruiz ha venida 
á colmar mi indignación y á desbordar mi cólera... ¡No 
más! ¡no más! ¡Digo que no más! 

Encarna. ¡Pepa Ruiz! ¡Envidiozal... Lástima es lo 
que da, no coraje... Quien espera y no arcanza, lástima 
na más es lo que merece. 

Don Baltasar. Encantado de oiría. ¿Lástima has dicho, 
Encarna? Si no te quisiera ya, desde hora te querría 
por esa revelación de tu alma seneilla y generosa. 

Encarna. ¿Pos qué \oy á tenerle más que ezo? Eya 
venía aquí buscando argo que no ze yeva... 

Don Baltasar, con arrebato. ¿Qué? Dilo. 

Encarna. Lo que voy á yevarme yo... 

Don Baltasar. ¡Sí! 

Encarna. Pero me lo yevo por gracia natura, zin 
pedirlo, zin rogarlo, zin buscarlo de mala manera, zin 



- 76 — 

queré quitárzelo á nadie... Aquí me trajeron der cam- 
po... aquí cayó bien mi perzona... aquí mis cozas y mi 
habla farcinaron á quien mandaba en esto... y aquí me^ 
jayo bien y de aquí no me voy porque bien me quie- ■ 
ren... ¿En qué libro está escrito que zea pecao enamo- 
rarze de una pobre? 

Don Balt&S&r. con apasionado abandono y delicadeza. Por 

tus labios brota, zagala gentil, la inocente filosofía de 
las almas buenas... Tu boca es manantial de agua pura> 
panal de miel dulce y sabrosa... 

Encarna. ¡Qué cozas tan zuaves me dice!... 

Don Baltasar. ¡Me dice!... ¡me dice!... ¿Quién te las 
dice? 

Encarna. Ruborosa. Me las dice... usté... 

Don Baltasar. ¿Aún no se atreve tu confianza? 

Encarna. ¡Zi es que me da mucho bochorno!... 

Sale ROMANA por la puerta del patinillo, dispuesta para Irse á 
la calle, con un envoltorio de ropa. Sn presencia corta de Improviso- 
el diálogo de los amante?. Apenas puede hablar de emoción. 

Romana. Señorito. 

Don Baltasar. ¿Qué? Romana. 

Romana. Me voy. 

Don Baltasar. Adiós. 

Encarna, sorprendida. ¿Que ze va usté, Romana? ¿Por 
qué? 

Don Baltasar. Por su gusto; por su voluntad capri- 
chosa. 

Romana. Ya lo oyes. A la noche mandaré á Juaniyo 
por mi baú y por la ropa que me quea. 

Don Baltasar. Bien está. Por última vez te invito á 
permanecer en mi casa. 

Romana. No pueo, señorito; no pueo. De aqueya, de 
la grande, de la antigua, no queaba aquí más que esta 
vieja... y esta vieja se va. La casa es otra... Con Dios, 

señorito... Se encamina con lentitud y reprimiendo el llanto hacia 
la puerta del patio. Al llegar á ella rompe involnotariamente á lie 



— 76 — 

rar. Se detiene un momento, vuelve á despedirse con un ademán, 
porque no puede articular palabra, y vase entonces. 

Silencio. Don Baltasar permanece inmóvil. Encarna la mira alejarse 
■con angustia y al fin exclama, dirigiéndose á don Baltasar. 

Encarna. ¡Yámala! 

Don Baltasar, sorprendido de lo que le dice y encantado de 
■cómo se lo dice. ¿Qué? 

Encarna. [Yámala! 

Va don Baltasar hacia Romana entre perplejo y gozoso. Cae rápida- 
mente el telón. 



FIN DEL ACTO TERCERO 



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ACTO CUARTO 



La misma decoración del acto primero. Es por la mañana y en el 
mes de Setiembre. 



RAFAEÍ,, sentado, fuma. A poco llega DON BALTASAR por el 
jardín. 

Don Baltasar. ¿Rafael? 

Rafael. Don Baltasar, muy buenos días. 

Don Baltasar. ¿Hay dormido bien? ¿Has descansado 
del ajetreo del viaje? 

Rafael. A medias nada más. Los mosquitos de Oli- 
vares son muy cumplidos: ni uno solo ha dejado de sa- 
ludarme durante la noche. 

Don Baltasar. ¿Y Amparo? 

Rafael. Esperándola estoy. Quiere que lá acompañe 
á dar una vuelta por ahí. 

Don Baltasar. Ya. 

Rafael. ¿Carm i ta duerme? 

Don Baltasar. Presumo que sí. Hace poco dormía. 
Entré á verla cuando me levanté, y salí de puntillas 
de su habitación para no turbarle el reposo. 

Rafael. La verdad es, respetable suegro, que, sin 
ningún género de salvedades, el engaño en que han 
tenido ustedes á Carmita respecto de su madre ha sido 



— 78 - 

tan peligroso como inútil. Mil veces se lo he repetido á 
mi mujer. 

Don Baltasar. No hemos de renovar en este punto 
una discusión sobre lo pasado. Lo hecho, hecho está. 
Hablemos, sí, de lo reciente; ya que anoche, vuestra 
imprevista llegada y el tropel de emociones que nos 
asaltó, fueron causa de que no dijéramos cosa con cosa, 

Rafael. Mire usted; cabalmente quería yo que echá- 
ramos un párrafo sobre el particular. Más que para 
nada, para justificación de Amparo y mía. 

Don Baltasar. Esa no la habéis menester ante vues- 
tro padre. 

Rafael. De todos modos... Yo sé que Amparo le es- 
cribió á usted dos cartas, con intervalo de ocho días ó 
diez, hablándole del proyectado viaje á Suiza de usted 
y ella, para recoger á Carmita. ¿Es verdad? 

Don Baltasar. Grave. Sí. 

Rafael. Usted no contestó á esas cartas. 

Don Baltasar. No contesté. Mis nervios... preocupa- 
ciones diversas... ¡qué sé yo! El hecho es que no con- 
testé. 

Rafael. Pues en vista de que usted se hacía el sordo... 

Don Baltasar. Yo no acostumbro hacerme el sordo 
nunca. 

Rafael. Ni en mi ánimo está molestarle. Perdone 
usted las crudezas de estilo. — En vista de que daba 
usted la callada por respuesta, Amparo, por consejo 
mío y para ir preparando á Carmita, le puso dos letras 
diciéndole que su madre se hallaba en Madrid con nos 
otros, un poco quebrantada de salud. 

Don Baltasar. ¿Es posible? 

Rafael. ¡Algo habíamos de hacer! A esa primera 
carta siguieron dos ó tres más, llenas de peores noticias, 
y cuando menos lo esperábamos, se nos entró la niña 
por las puertas con el tío Joaquín. 

Don Baltasar. ¡Tremenda sacudida para vosotros! 



— 79 — 

Rafael. Puede usted calcular. Ya Carmita, cuando 
llegó, sabía la desgracia terrible, y estaba al cabo de 
toda la triste ficción. El tío Joaquín, durante el viaje, 
consideró oportuno desengañarla. 

Don Baltasar. ¡Pobrecita mía! 

Rafael. Yo no quiero recordar el encuentro de las 
dos hermanas: sería muy doloroso para usted. Carmita 
se obstinó desesperadamente en salir para acá en segui- 
da, y no hubo orma de reducirla á la idea contraria. 
Por la mañana llegaron á Madrid ella y el tío, y por la 
tarde salimos todos para Olivares. Yo puse á usted un 
telegrama previniéndoselo, pero, naturalmente, vino 
dos ó tres horas después que nosotros. Ahí tiene usted 
toda la verdad. 

Don Baltasar. Reflexivo. No hay novela como esta de 
la vida... ¡Qué comphcada es, y cuan amarga de conti- 
nuo!... Porque se mezclan lágrimas y risas en sus pasa- 
jes, pero el final es siempre el dolor. 

Rafael. Pues hay que sacar fuerzas de flaqueza, que- 
rido suegro. Es preciso comunicarle á Carmita la ener- 
gía que le falta. La misma Amparo necesita también 
desimpresionarse. 

Don Baltasar. ¿Amparo? 

Rafael. Sí Mucho antes de la llegada de su herma- 
na á Madrid, dio en andar preocupada y nerviosa... 
Ella .se me disculpaba alegando como causa de ello el 
teje maneje de la correspondencia con la niña; pero á 
mí se me ha metido en la cabeza que la causa es otra. 

Don Baltasar. ¿Y por qué había de tener reservas 
contifjo? 

Rafael. Mi mujer no me cuenta nada que en su con- 
cepto pueda disgustarme. Yo, en cambio, creo adivinar 
lo que á ella le disgusta. Y le aseguro á usted que Am- 
paro ha tenido un soplo de algo desagradable, y que ese 
soplo ha partido de aquí. 

Don Baltasar. ¿De esta casa? 



— 80 — 

Rafael. No: de este pueblo. Cuidado que no tengo 
realidad alguna en qué apoyarme; dato seguro que me 
lleve á pensar estas cosas... Todas son suposiciones mías. 
Aquí viene. 

Don Baltasar. ¿Quién? 

Rafael. Amparo. 

Sale AMPARO por la puerta fiel pptio. Viste de oscuro y viene coii 
velito á la cabeza. 

Amparo. Buenos días, papá. 

Don Baltasar. Dios te bendiga, hija de mi alma» 
¿Has dormido bien? 

Amparo. No, señor; que estoy más rendida que an- 
tes de acostarme. 

Don Baltasar. A veces, el excesivo cansancio... im- 
pide... 

Amparo. El cansancio... y la loca de la casa. ¡Jesús^ 
qué noche! 

Rafael. Lo menos has pensado en mi fuga con una 
odalisca. 

Amparo. Cállate, Rafael. ¿Te parece que estamos 
para chirigotas? 

Rafael. ¿Es decir que ni una broma me consientes 
después que llevo dos horas esperándote? Le advierto á 
usted que de casada está más presumida que de soltera. 

Amparo. Bueno, mejor. 

Don Baltasar. Escucha, niña. ¿Y el tío Joaquín, no 
se ha levantado? 

Amparo. ¡Quiá! 

Rafael. ¡Si eso es un gusano de seda! 

Amparo. ¿Tú qué sabes? 

Rafael. Lo que me has dicho tú. Creo que se des- 
pierta á la una en punto: porque, eso sí, va como un 
reló. Se echa de la cama y se afeita; luego se da una 
ducha fría; después se pone á tirar al florete, y cuando 
á cosa de las tres se sienta á almorzar, no deja ni loa 
huesos de las aceitunas. 



— 81 — 

Amparo. ¡Pero qué ganas de mortificarme tienes 
siempre! 

Rafael. ¡Como que para eso me casé contigo! 

Amparo. Ea, pues levántate y anda. ¡Pesado! 

Don Baltasar. ¿Adonde vas, si no es indiscreción 
el que te lo pregunte? 

Rafael. Yo no lo sé, pero me dejo llevar por ella. 

Amparo. No es indiscreción... ¿qué ha de serlo? Mi- 
rando iiitenciouadainente á su padre. Voy á VCr á Rouiana. 

Don Baltasar, con mai disimulada zozobra. ¿A Romana? 

Amparo. Sí: quiero ver si la convenzo de que vuelva 
acá. Carmita y yo lo deseamos. 

Don Baltasar. Hice los imposibles por que no dejara 
esta casa... pero pretextando su mucha edad... y no sé 
qué deberes para con su hija... 

Amparo. Ninguna de las dos razones me convence. 
Algo más habrá que ella no te ha dicho, y eso es lo que 
á mí me dirá de seguro. ¿Vamos, Rafael? 

Rafael. Vamos. 

Amparo. Hasta luego. 

Don Baltasar. Hasta luego. 

Amparo. Por aquí es más cerca. 

8e encamina con Rafael hacia el jardín, y por él se van ambos. 
En la misma puerta se cruzan con ENCARNA que llega y se detiene 
para que pasen. Viste como en el acto anterior, pero sin joyas ni 
corbata. Amparo la mira con curiosidad y ella baja los ojos. Desi)iiés 
Encarna por una ventana y don Baltasar por la otra acechan el mo- 
mento en que se supone que Amparo y Rafael salen de la casa. En- 
tonces 80 vuelven para hablar, á tiempo que viene CARMITA por la 
puerta del patio. Don Baltasar se adelanta á abrazarla y Encarna se 
retira tnrbadisima por la misma puerta. 

Encarna. í^scucha. 
Don Baltasar. Calla. 

Carmita es ana fignrllla delicada y poética, blanca como el nardo, 
de cabellos negros, ojos btlllantes y frente soñadora. Su expresión es 
de dolor resignado- su hablar sereno y persuasivo. Viste de luto. 



— 8i — 

Don Baltasar. ¡Nena! ¡Nena mía! carmita se le abraza 
uoraudo. ¿Qué es 680?... Vamos, no llores... Tranquiliza, 
te, corazón... 

Carmita. ¡Amanecer en esta casa... y no verla á mi 
lado!... 

Don Baltasar. Son leyes de la vida, que dicta la 
muerte, ante cuyo misterio deben callar nuestras pro- 
testas. 

Carmita. ¡Buscarla y no encontrarla!... ¡llamarla y 
que no me conteste!... con gritos de dolor. ¡Mamá!... ¡ma- 
má!... ¡Qué pena tan grande!... El día que me habéis 
dicho que murió, soñé yo que había muerto. ¿Ves qué 
cosas? 

Don Baltasar. No ahondes en tu herida... Ven acá .. 
siéntate aquí conmigo... ¡Tenemos que hablar tanto! 

Carmita se deja llevar por su padre y se sienta á su lado. Cálma- 
te... serena tu espíritu, abriéndolo al soplo suave del 
dolor resignado. No llores. 

Carmita. Dejaría de ser Carmita si no llorara. 

Don Baltasar. Es cierto, alma mía. Parece que las 
primeras lágrimas que llenaron tus ojos se enamoraron 
de ellos, y en ellos se albergan desde entonces. 

Carmita. Por todas partes se me figura que va á salir 
á darme la bienvenida; tan contenta, tan alegre de ver- 
me á su lado otra vez... No sabía dar un paso sin mí; 
¿te acuerdas, papá? 

Don Baltasar. Me acuerdo. 

Carmita. Te encelabas tú de lo que me quería... Ce- 
los que acababan siempre en risas y en besos para mí. 

Don Baltasar. Por Dios, no evoques... 

Carmita. Ella no estará á mi lado, pero yo estoy al 
suyo; ella se fué de esta casa, pero ha de vivir aquí 
mientras vivamos todos; ¿verdad, papaíto? 

Don Baltasar, con angustia. Sí, hija mía, sí. 

Carmita. Nuestro cariño mantendrá su recuerdo 
siempre á nuestro lado. Donde quiera que estemos nos- 



— es- 
otros, allí estará ella; nada nuevo entrará en nuestro 
-corazón que borre su figura. 

Don Baltasar Dolorosamcnte. ¡Ay!... 

CarmJta. Lo que ella hacía, seguirá haciéndose como 
•si viviera: la limosna á los pobres, la misa en el orato- 
rio los domingos, la visita á Montemayor los días de 
santo... Lo que ella soñaba, lo realizaremos nosotros, 
para que lo vea y siga queriéndonos: la fuente del pa- 
tio, la tapia de los jazmines en el jardín, el premio á los 
<?hiquillos en Nochebuena... ¿Qué tienes tú? 

Don Baltasar. Tu dolor y el mío disputándose mi 
corazón. 

Callan los dos unos momentos: don Baltasar porque acaso no pue- 
de decir todo lo que siente; Carmita por dar tregua á su dolor, no 
■expresándolo con palabras. 

Carmita. ¿Quién cuida del jardín ahora? 

Don Baltasar. Turbado. ¿Ahora? 

Carmita. Sí. 

Don Baltasar. Esa muchacha... tú no la conocías... 

Carmita. ¡Ah, ya sé!... La más compuesta... una que 
es muy huraña... Por lo menos á mí me huye. 

Don Baltasar. ¿Que te huye, dices? 

Carmita. Eso me ha parecido. El jardín lo tiene pre- 
cioso. Lo he visto desde la ventana de mi cuarto. Está 
tjuajadito de flores 

Don Baltasar. Sí .. 

Carmita. Todas han de ir á un mismo sitio... Todas. . 
todas... Cuando vuelva Amparo iremos á llevárselas. 

Don Baltasar. Lo que quieras... lo que tú quieras... 

Carmita. El alma de ella está en toda la casa, guar- 
dándola y amparándola siempre... Le llevaremos á su 
cuerpo lo que de la casa le podemos llevar: flores... mu- 
chas flores. 

Viene ENCARNA por la puerta del patio, algo dcscoucertadn. 

Encarna. Zeñó... 

Don Baltasar, con sobresano. ¿Qué hay? 



— 84 — 

Encarna. Er zeñorito Polanco... que lo busca á usté^ 
porque dice que tiene que hablarle... y que viene pa 
acá. 

Don Baltasar. Sorprendido. ¿Polanco? ¿Es posible? 

Encarna. Zí, zeñó... zí, zeñó... 

Don Baltasar. ¡Pobrecillo! Sea bien venido, ¡qué de- 
monio! 

Carmlta. Deteniendo á Encarna, que liace ademán de irse. No- 

se vaya usted, a su padre. ¿Quién es Polanco, tú? 

Don Baltasar. Apenas lo recordarás... Aquel monta- 
ñés que puso la fábrica de harinas. 

Carmlta. ¿Y ese es ahora amigo tuyo? 

Don Baltasar. Es un alma de Dios... No puedo dudar 
que me estima... 

Carmlta. a Encama. Quiero que me acompañe usted 
al jardín. Acabo de decirle á mi padre que está primo- 
roso. ¿Vamos á cortar las flores que haya? 

Encarna. Lo que usté diga... 

Carmíta. No le dé á usted pena cortarlas... Son para 
llevárselas á mi madre. Venga usted, venga usted... ?e 

va por el jardín. Kncarna la sigue silenciosa. 

Don Baltasar, viéndcias alejarse. ¡Ay, Carmita, Carml- 
ta!... ¿Por qué tus palabras se me clavan en el cora- 
zón?... ¿Cuál es mi delito? ¿v.'uál es?... 

Aparece POLANCO en la puerta del patio y habla en tono un poco 
más grave que de costumbre. 

Polanco. ¿Baltasar? 

Don Baltasar. ¡Perico! 

Polanco. Pruebas te tengo dadas de que mi amistad 
es oro de mil y un quilates; pero ninguna como esta. 
Me echaste de tu casa violentamente, y vuelvo, sin em- 
bargo; ¿sabes por qué? Porque sé que sufres. Mi amistad 
es mucho mayor que tu injusticia. 

Don Baltasar. Pasa, pasa... Si pude dudar de tu amis- 
tad, fué por alucinación pasajera; si te ofendí, yo te 
ruego que me perdones. Que sufro, es cierto. 



- 86 -- 

Polanco. ¡Pues ven aquí, y descansa sobre un pecho 
leal! 

Don Baltasar. Abrazándolo. ¡De muy buena gana! 

Polanco f;Ves? Ya me enternezco como un tonto. ¡Y 
me llamaste traidor y bellaco! 

Don Baltasar. OMda... 

Polanco. ¡Ay, Baltasar, Baltasar! ¡cómo me he sali- 
do con ella! 

Don Baltasar. Pero, escucha: ¿vienes á que yo des- 
ahogue mi sufrimiento, ó á darme tortura con tu testa- 
rudez"? 

Polanco. Vengo, como siempre, á ser tu amigo an- 
tes que á nada. 

Don Baltasar. Pues no te olvides de ello. 

Polanco. Supongo, Baltasar, que tu primera resolu- 
<'ión al llegar tus hijas, será plantar en la calle á esa se- 
ñora. 

Dan Baltasar. Respeto para esa señora es lo primero 
<iue te exijo. 

Polanco. ¿Cómo? ¿Pero estamos ahí? 

Don Baltasar. En respetar y hacer respetar estoy yo 
«iempre. 

Polanco. ¡Parece mentira! ¿Serás capaz de consentir 
■que se codeen tus hijas con ella? 

Don Baltasar. ¡No grites! De lo que seré capaz no lo 
«é, ni sé adonde voy, ni qué infierno es este que arde 
•en mi alma. 

Polanco ¿Pero es posible que en un corazón hidalgo 
como el tuyo haya echado raices una pasión de bajo 
vuelo? 

Don Baltasar. ¡Alto allá! ¡Rechazo el torpe calificati- 
vo! Y ten en cuenta que ni el corazón elige pasiones, ni 
la jia-^ión elige corazones tampoco. 

Polanco. ¡Por amor de Dios, un poco de sentido co- 
mún! ¡Un ])oco de razón, Baltasar! 

Don Baltasar. ¿Y si ya la hubiera perdido? No es 



— 86 — 

cosa fácil imaginar, Polanco amigo, la batalla que en 
mi interior se riñe, destrozando mi ser... Pienso que en. 
mi pasión por una mujer humilde no hay vergüenza 
alguna, y respiro á mis anchas tranquilo; pero pienso 
que mi Carmita ha venido á esta casa para hallar á su 
madre, soñando que vivía, y que no sólo no la encuen- 
tra, sino que puede ver en su sitio á otra mujer extra- 
ña para ella, sin remedio odiosa á sus ojos, y entonces 
mi razón se nubla, mi corazón se abre herido, desfallece- 
mi cuerpo... y tiemblo, y lloro, y me asusto de mi. 

Polanco. No entiendo, no entiendo... Creo que le 
das al caso proporciones que está muy lejos de alcan- 
zar. Digo, ¡á menos que sea verdad la especiota que co- 
rre por Olivares! 

Don Baltasar. ¿Corre una especie por Olivares refe- 
rente al caso? 

Polanco. Corre, corre. Hasta que da con uno coma 
yo que la para en firme. 

Don Baltasar. Pues ¿qué se miente? 

Polanco. ¡Figúrate! Echundo bendiciones. Nada menos 

sino que en secreto ya os habéis... Don Baltasar baja ios ojos 
en silencio. Polanco se alarma. A ver, á VCr... ¿Tc has entera- 
do, tú? 

Don Baltasar. Sí. 

Polanco. ¿Y qué dices? 

Don Baltasar. Nada. Dejo á los demás que lo digan 
todo. 

Polanco. Pero, oye, oye, oye; mírame á la cara. 

Don Baltasar. Ya te miro. 

Polanco. ¿Te ha pasado por la imaginación alguna 
vez tamaño disparate? 

Don Baltasar. ¿Y por qué lo tachas de disparate^ 
hombre ligero? 

Polanco. ¡Ave María Purísima!... ¡Tú te has casado! 

Don Baltasar. ¡Calla! ¡imprudente! 

Polanco. ¡Ave María Purísima!... ¿De manera que es: 
c'erto? 



— 87 — 

Don Baltasar. Es cierto. ¿Podías esperar otra cosa de 
mi caballerosidad? 

Polanco. De tu locura si que no podía menos de es- 
perarla. 

Don Baltasar. ¡Ah, ya lo veo! Me juzgas por ti. Tu 
conducta hubiera sido muy distinta. 

Polanco. jPero muy distinta! ¡Adonde va á parar! 

Don Baltasar. ¿Pues qué? ¿Crees que hay desdoro en 
ello? Jamás te supuse tan vulgar. 

Polanco. Irónicamente. ¡Está bieii!... ¡está bien!... 
¡Bien!... ¡bien!... ¡Está bien! 

Don Baltasar. Ya sé yo que está bien: huelga que tú 
me lo repitas. Podrán condenarme las circunstancias- 
me condenan sin duda, y ya me duele, — pero el hecho 
en abstracto, está bien. De ahí no me apea nadie. 

Polanco. ¡Pues sigue en tu burra, hijo mío! Puesto 
en ella, aguantar los palos. Pero como amigo leal, como 
amigo de veras, lo lloraré con lágrimas de sangre; por- 
que el hecho en concreto, y no sirve que le dé vueltas 
vuesa merced, es que don Baltasar de Quiñones y Diez 
de Miranda, con toda la gala y pompa que desde luego 
exigen su rango y su linaje, ha entrado en el gremio de 
los señores que se casan con la cocinera. 

Don Baltasar, palideciendo de rabia. ¡Perico! ¡O te retrac- 
tas inmediatamente de cuanto acaba de salir por tu 
boca, ó estoy dispuesto á abofetearte! 

Polanco. Hombre, hombre, no lo tomes asi... 

Don Baltasar. ¿Pues cómo lo he de tomar, mente- 
cato? ¡Y quede esto aquí, y sabe de hoy más á quién 
debes en esta casa igual respeto que á mi persona! Vase 

por el patio. 

Polanco. viéndolo maicharse. Está loco. No me cabe 
duda: está loco Pareándose. Pero, hombre, ¿es posible?... 
Y todo por una mujer... No, si ya lo dijo el otro: «¿Quién 
es ella?» 

Vuelven del jardín EMCAUNA y CARMITA. Encarna trae machas 



- 88 — 

rosas recogidas en el delantal y Carmita algunas en la mano, las 
dejan sobre una mesa al llegar, y luego se ocupan en agruparlas 
cuidadosamente en ramos distintos. 

Carmita. ¿Gritaba papá? Reparando en Polanco. ¡Ah! 

Buenos días. 

Polanco. Buenos días. ^;Usted no se acordará de mí? 

Carmita. ¿Es usted el señor Polanco? 

Polanco. ¡El mismo! ¡Caramba! ¡qué feliz memoria! 

Carmita. ¿Espera usted á mi padre? 

Polanco. Al contrario; me espera él á mí. Voy allá; 
á seguir peleando. 

Carmita. ¿Peleando? 

Polanco. Sí. Nuestra amistad tiene por acicate las 
peloteras. ¡Je! Si no reñimos no somos amigos. 

Carmita. Es particular. 

Polanco. Usted suspiraría ya por volver á su casa. 

Carmita. con pena. Sí, señor, sí; pero de otro modo... 

Polanco. De eso ya me hago cargo... Hay que con- 
formarse... El claro oscuro de la vida es cruel... verda- 
deramente cruel... Despidiéndose. No quiero atormentar- 
la... Si usted no tiene nada que mandarme... 

Carmita. Nada, no, señor; agradezco tanto... 

Polanco. Soy un amigo leal, señorita. Su papá de 
usted sabe cómo las gasto en ese terreno. A los pies de 
usted. 

Carmita. Beso á usted la mano, señor. 

Polanco. Buenos días. Vase por la puerta del patio. 

Carmita. ¿Viene mucho por aquí este señor Po- 
lanco? 

Encarna. con voz temblorosa, sacudida por la emoción que 

ante Carmita siente. Cuazi no zale de la caza... Pero ahora 
yevaba más e dos zemanas zin vení. 

Carmita. ¿Por qué? 

Encarna. Porque riñó con er zeñorito. 

Carmita. Sí; ya ha dicho que se pelean... 

Encarna. Eza vez fué más zerio. 



— 89 — 



Carmita. 
sabe? 
Encarna. 
Carmita. 
Encarna. 



^;Que hubo, sabe usted? £ncarn& calla. ¿No lo 

No me acuerdo ya... 
¿Vamos á hacer los ramos? 
Loz haré yo zola... pa que no ze espine 
usté laíí manos... 

Carmita. Los haremos entre las dos. 
Encarna, (^omo usté diga... 

Callan unos momentos. 

Carmita. suspirando. ¡Ayl ¡qué tarea más triste!... ¿Le 
vive á Uí^ted su madre? 

Encarna. Gracias á Dios. 

Carmita. ¡Ojalá le viva á usted siempre! ¿Usted no 
vio á mi madre nunca? 

Encarna. 

Carmita. 

Encarna. 

Carmita. 
criados? 

Encarna. 

Carmita. 

Encarna 

Carmita. 



No... 

¿Pues usted no es del pueblo? 

Zí... pero ziempre he vivió en er campo... 

;Ni le han hablado á usted de ella los otros 



Mucho... mucho... 
¿Qué le pasa á usted? 
Que la pena de usté me yega, zeñorita... 
Dios se lo pague. Con Romana hablaría 
usted mucho de mi madre, ¿verdad? 
Encarna. ¿Con quién? 

Carmita. Con Romana. ¿O es que no la ha conocido 
u.-ted? 
Encarna. 
Carmita. 
Encarna. 
Carmita. 
Encarna. 
Carmita. 
Encarna. 
Carmita. 
Encarna. 
Carmita. 



A Romana, zí 

¿Qué tiempo lleva usted acá? 
Más e cuatro mezes... 
¿Y Romana se fué hace mucho? 
Coza de quince días... 
¿Por qué motivo? 
Yo no zé... no zé... 
¿Tampwco sabe usted eso? 
Tampoco. 
Mi hermana ha ido á v^rla, porque quere- 



— 90 — 

mos que vuelva á la casa. Usted considere: antes de que> 
naciéramos nosotras, ya era vieja aquí. Aunque no sirva 
materialmente, acompaña mucho. ¿Verdad? 

Encarna. Zí... zi... 

Car mita. ¿Y usted está contenta? 

Encarna. Mu contenta... 

Carmita. Mi padre es bueno... Sabe tratar á los hu- 
mildes... Silencio. Déme usted ese ramo. 

Encarna. ¿Cuá? 

Carmita. Ese. Y ese otro también... Me los voy á 

llevar á mi alcoba, ai tomar ios ramos do manos de Encarna. 

¿Pero está usted temblando, criatura? 

Encarna. No... 

Carmita. jVaya si tiembla! ¿Por qué es eso? 

Encarna. No zé... 

Carmita. Extrañada. Déme, déme acá... 

Encarna. ¿Le yevo á usté argunos? 

Carmita. No; no hace falta. Puedo yo sola. 

Se va por la puerta del patio con los ramos de flores cogidos coa 
suma delicadeza, y sin dejar de mirar á Encarna. Esta, baja la vista, 
juega maquinalmente con las hojas que quedan sobre la mesa. Así 
permanece algún tiempo. Por su frente pasan ideas contrarias, nacidas 
de la confusión que reina en su espíritu. '¿Se irá de la casa?» «¿Se 
quedará en ella?» «¿Podrá resistir su corazón la presencia de aquella 
niña que constantemente la acusa?» Su abstracción es completa y 
profunda. DON BALTASAR viene al fin por el patio, receloso y som- 
brío. Llega junto á Encarna, sin que ella lo note. La llama entonces 
coa voz sorda y turbada, y la moza vr.elve de su abstracción, estreme- 
ciéndose de espanto. 

Don Baltasar. ¿Encarna? 

Encarna. ¡Ah! 

Don Baltasar. Soy yo: no temas. 

Encarna. Me azusté... 

Don Baltasar. Sosiégate. 

Encarna. Desde anoche me azusta jasta er zilencio... 

Don Baltasar. ¿A ti? 

Encarna. No ze me zale der penzamiento eza Car- 



— 91 ~ 

mita, que no para de menta á zu madre... Como zi yo- 
hubiera cometió argún delito en contra de eya... 

Dan Baltasar. Ni tú ni yo lo hemos cometido. 

Encarna Pos argo malo habremos jecho cuando es- 
tamos de esta manera... 

Don Baltasar. En quorer&e rectamente no hay mal 
ninguno. 

Encarna. Pa mí lo hay... Castigo de Dios es lo que 
me paza... Yo he nació pobre, pa trabaja como miz 
iguales, no pa lucí como las zeñoras... Me tentó er de- 
monio, me cegó el orguyo, me gorví avaricioza y mala... 
y ahora voy á penarlo to. 

Don Baltasar. Rechaza esas ideas supersticiosas... 
No niegues nuestra pasión, que es nuestra disculpa. 

Encarna. Yo no niego na... pero con tus palabras 
durces debí jacé lo que con la parva en la era: al aire... 
al aire... 

Don Baltasar. No, Encarna, no: tu zozobra y la mía 
nada tienen que ver con nuestro cariño. 

Encarna. Er cazo es que nos azusta que ze zepa... 

Don Baltasar. ¿Qué dices? 

Encarna. ¿A que no yamas á Carmita pa decirle 
quién zoy? 

Don Baltasar, con súbito miedo. ¡Ah! ¡Muy pronto ha 
de saberse!... Amparo ha ido á ver á Romana. 

Encarna. ¿Ves como estás amedrentao? 

Don Baltasar. ¡Si esto es lo que me tiene fuera de 
mi! Con Amparo vendrá la verdad — terrible y doloro- 
sa... ¿á qué negarlo?- y yo que saldría por esas calles- 
diciéndole á la hipócrita gente: «esto hice», tiemblo de 
pensar en la tremenda conmoción de mi Carmita, que 
ya no quería vivir en el mundo más que para el santo 
recuerdo de su madre. 

Encarna. ¡Jezús, qué espanto! ¡Yo me voy! 

Don Baltasar. ¡Encarna! 

Encarna. ¡Yo no tengo való pa vé ezol... ¡Yo me voy 
de aquí! 



— 92 — 

Don Baltasar. ¿Adonde? 

Encarna. ¡Qué zé yo! ¡Lo más lejos que puea! ¡A los 
campos tranquilos, jasta que me caiga de anda! 

Don Baltasar. Cállate. No pienses locuras. 

Encarna. No zon locuras... Es ermieo de jacé daño 
á nadie, que paece que me empuja pa fuera... 

Don Baltasar. Yéndote, me matarías á mí... ¿Pero 
qué hablo yo también, insensato?... No te irás, no te 
irás... Estamos unidos ante Dios por la atracción de 
nuestras almas... No te irás, Encarna, no te irás... Yo 
te hice mi esposa para no mancharte... No te irás, no 
te irás... 

Dominado por la pasión ha ido estrechando á Encarna más y 
más. Ella lo mira subyugada, cou supersticioso terror. AMPARO, que 
momentos antes ha aparecido en el jardín, avanza hacia la sflla 
íitraída por lo que ve y se detiene en la misma puerta con dolorosa 
perplejidad, cubriéndose el ro&tro con las manos y dando un grito. 

Amparo. ¡Jesús! 

Sobrecogidos los amantes de terror y sorpresa, se separan violen- 
tamente. Don Baltasar mira á su hija con expresión en que se con- 
funden la vergüenza, el dolor y el miedo. Encarna, avergonzada 
también y convulsa, vacila, tiembla, mira con espantados ojos, no 
sabe qué dirección tomar. De improviso, y más bien arrastrada por 
impulso secreto que por claro estímulo de su razón, escapa por la 
puerta del patio, no como quien se va, siuo como quien huye. 

Don Baltasar. Amparo... Hija mía... 

Amparo. con acento de recriminación. ¡Qué haS hccho! 

Don Baltasar. No me mires así... no me huyas... 
¡Perdóname! 

Amparo. ¡Qué has hecho! 
on Baltasar. Ven acá... Necesito hablarte... 

Amparo. No... ¿Para qué? 

Don Baltasar. Para que me perdones. 

Amparo. Déjame... No me digas nada... no quiero 
■oirte... No quiero saber más de lo que ya sé, 

Don Baltasar. Yo quiero que lo sepas. Lo que te 
diga yo, por doloroso que te sea, será honrado, será 



^ 9} — 

sincero; lo que la gente te haya dicho ó te diga, seni 
villano. Por eso quiero que me oigas á mí. No, no estoy 
loco; no estoy prostituido; conservo sano mi juicio, en- 
tero y puro mi ser moral. Eso quisiera el pueblo cuyo- 
aliento plebeyo acaba de turbar tu alma: eso quisiera, 
sí: que don Baltasar de Quiñones hubiese dado funda- 
mento vergonzoso á sus torpes hablillas. 

Amparo. Vergonzoso ó no, fundamento has dado. 

Don Baltasar. Amparo, nena mía; que te desconozco- 
si me acusas así. Oye primero la verdad, y luego júzga- 
me: pero oye primero la verdad. Encarna es mi esposa. 

Amparo. Llena de turbación y angustia. ¿Tu espOSa?... 

¿Has dicho que es tu esposa?... 

Don Baltasar. ¿Pues no has visto que la abrazaba? 

Amparo. ¡Jesús! ¡Jesús, Dios mío! 

Don Baltasar. Si antes no pude darme cuenta de tu 
injusticia, ahora comprendo perfectamente tu estupor» 
Me dejaste llorando mi soledad y evocando en todo- 
momento la sombra de la que fué tu madre, y al vol- 
ver inopinadamente me hallas así... ¿Cómo salvar este- 
abismo en tu alma?... Yo lo sa'varé... Necesito llenarlo», 
para que descanse la mía; para que la tuya también 
descanse. 

Amparo. Anhelante, desconcertada. Dime, dimc, SÍ; ha- 
bíame, por Dios, explícame cómo ha podido suceder 
esto, que no acierto á juzgar, pero que me aterra, que 
me aflige... Ahora nada me importa de lo que la 
gente murmure... Lo primero es que tú me cuentes... 
que tú .. 

Don Baltasar. Sosiégate, corazón... Sosiégate... y es- 
cúchame en calma. 

Amparo. ¿No nos oirá Carmita? 

Don Baltasar. No. Hace rato subió á su alcoba con 
unas flores... Estará rezando. 

Amparo. ¿Ella nada sospecha? 

Don Baltasar. Aún no. 

Amparo. Ni después tampoco. 



— 94 — 

Don Baltasar. ¿Qué? 

Amparo. Es una idea. Sigue tú... 

silencio. 

Don Baltasar. ¿Te acuerdas, nena, de nuestra última 
conversación la noche de vísperas de tu boda?... ¡Qué 
soledad la míal ¡qué abandono más triste aquel en que 
yo me quedaba!... ¿Te acuerdas? Tu hermanita, lejos de 
mí, por dolorosa necesidad; tú, alejándote también, por 
ley de la vida; tu madre más lejos aún... por ley de la 
muerte, ¡Qué t-olo me dejaron todos!... ¿Bastará mi so- 
ledad de tantas berras interminables á disculpar siquie- 
ra lo que he hecho? 

Amparo. Sigue. 

Don Baltasar. ¿Por que no basta, ó por que lo quieres 
oir todo? 

Amparo. Sigue. 

Don Baltasar. Con Encarna entró en este caserón 
para mí un soplo de alegría... Pronto advertí que mi 
soledad no era ya absoluta, irremediable... La condición 
humilde de esa mujer, su traza campesina, que para 
otro señor hubieran sido un valladar, fueron para mí 
un incentivo, trajeron á mi alma como un reverdecer 
de mis aficiones más puras; y la atractiva belleza de su 
persona, juntamente con la ingenua sencillez de su co- 
razón, acabaron de cautivarme. ¿Qué dices? 

Amparo. Nada te sé decir: estoy aturdida por el 
^olpe. Se confunden en mi cabeza con tus razones las 
cosas que la gente habla, y me vuelvo loca. 

Don Baltasar. Desprecíalas. 

Amparo. No puedo. No puedo tampoco vencer la 
impresión que esto me produce... No sé, no sé... Lo que 
has hecho... sin duda lo has hecho bien: no te lo niego... 
no te lo discuto... ¡Pero déjame á mí sentirlo con toda 
mi alma! 

Don Baltasar. ¡Oh, sí! ¡Muy insensato sería yo, y 
muy egoísta, y tal vez muy malo, si pretendiese rega- 
tearte esa pena! 



— 96 — 

Amparo. Pues óyeme ahora tú. Y confórmate, por 
<.'armita, con lo que ya he resuelto. 

Don Baltasar. ¿Qué? 

Amparo. Sí: es mi idea: la idea que te dije... Es una 
-determinación necesaria. Oye. 

Don Baltasar. Di. 

Amparo. En la verja espera el coche que ha de lle- 
varnos á Montemayor. Allí dejaremos las flores que ella 
habrá cortado del jardín... Luego, yo la convenceré de 
que estos primeros días no los debe pasar en la casa, 
donde cada rincón tiene un recuerdo y cada objeto es 
un estímulo á su pena... Nos iremos al campo... á cual- 
quier parte... Después, á Madrid. 

Don Baltasar, comprendiendo. ¡Qué buena eres!... Mi 
dolor es el tuyo... ¡Carmita!... ¡Carmita!... Ella ha sido 
mi mayor tortura desde que llegasteis; ella mi espanto 
y mi zozobra... ¡Oh, sí... sí!... Hágase lo que tú has pen- 
sado, aunque á mí se me vaya tras de vosotras lo mejor 
de mi corazón. 

Amparo ¿Te conformas? 

Don Baltasar. Me resigno... con doloroso esfuerzo Pero, 
dime: ¿volvereis algún día? 

Amparo. Calla, que viene. 

Don Baltasar. ¿Quién? 

Amparo. Carmita. Calla. 

Don Baltasar. Descuida: callaré. 

Llega CARMITA, con gabaacillo y velo negros. 

Amparo, saliendo á su encuentro. ¿Te ha dicho Andre- 
sillo que te esperaba? 

Carmita. Sí. Ya están las flores en el coche. ¿Viste á 



omana? 




Amparo. 


Sí. Ya te contaré. 


Carmita. 


¿Vamos? 


Amparo. 


Vamos. 


Carmita. 


A don Baltasar. ¿TÚ no vieneS? 


Amparo. 


No. 


Carmita. 


¿Por qué? 



— 96 — 
Amparo. Está afectadísimo... Sufriría mucho... 

Don Baltasar. Reprimiendo en vano los sollozos. |Mucho, 

sí!... ¡Mucho! 

Carmíta. ¿Lloras? 

Don Baltasar. Lloro; ya lo ves. 

Carmíta. ¿Y te vaw á quedar aquí solo? 

Don Baltasar. Sí. Vosotras, á llevar las flores á Mon- 
temayor; yo, á llorar entre tanto. 

Carmita. Adiós, papaíto. 

Don Baltasar. Besándola con dolor contenido. AdiÓS, CO* 

razón. 
Amparo. Adiós, papá. 

Don Baltasar. Adiós, hija. Don Baltasar calla. Las dea 
hermanas se marchan lentamente por el jardín. Antes de desapare- 
cer por completo, vuelven la vista hacia' su padre. Este las mira 
alejarse con estupor. Alguna vez sacude sus músculos el impulso de 

correr tras ellas. Se van... se Van... Se fueron... Y me dejan 
solo... solo... ¿Por qué es esto?... ¿Porqué es así la vida?.. 

Silencio. Me dejan solo... solo... Llamando dolorosamente á En 
carca. ¡Encarna! Volviendo á gritar. ¡Encarna! Silencio. Espera 
¡Encarna! Con siíblto temor de que Encarna haya huido. ¡Ah!.. 
¡Encarna! Vase por la puerta del patio, desconcertado y loco 
Óyesele cada vez mas lejos llamando á Encarna. ¡Encarna!. 
¡Encarna!... ¡Encarna!... Pilencio largo, vuélvesele á oír poi 

el Jardín cada vez más cerca. ¡Encarna!... ¡Encarna!... ¡En 

Carna!... ¡Encarna!... Liega á la sala de nuevo lleno de dolorosa 
angustia, buscando á Encarna sin cesar, inquieto y agitado, y como 
queriendo hallarla en todas partes. ¡Encama!... ¡Encama!... 
¡Encarna!... Cae el telón. 



FIN DE LA COMEDIA 



Ifadrid, Agosto, 1908, 



OBRAS DE íiOS WISIWOS AUTORES 



Ctifrrliua y amor, jaguete cómico. (2.* edición.) 

Belén, 12, principal, jag'uete cómico. (2.* edición.) 

CílLiio, juguete cómico lírico. Música del maestro Osuna. (2.* edición.) 

La luetlla naranja, juguete cómico. (3.* edición/' 

El tío <le la flauta, juguet« cómico. (3.* edición. 

El ojito derecho, entremés. (3.* «dición.) 

La reja, comedia en un acto. ('•4.* edición.) 

La buena sombra, sainete en tres cuadros, con música del maes- 
tro Brull. (.ti.* edición ) 

El peresrrlno, zarzuela cómica en un acto. Música del maestro 
Gómez Zarzuela. (2." edición.) 

La vida íntima; comedia en dos actos. (3.* edición.) 
. LoN borraeho.s. sainete en cuatro cuadros, con música del maes- 
tro Giménez. '^3." edición.) 

El cbiqnlllo, entremés. (6.* edición.) 

La>* ea.Has de cartón, juguete cómico. (2.* edición.) 

El traje de luces, sainete en tres cuadros, con música de los 
maestros Caballero y Hermoso. (2.* edición.) 

El patio, comedia en dos actos. (4.* edición.) 

El motete, pasillo con música del maestro José Serrano. (2.* edi- 
ción.) 

El estreno, zarzuela cómica en tres cuadros. Música del m.aestro 
Chapi. 

Los Ualeotes, comedia en cuatro actos. (3." edición.) Traducida al 
italiano con el titulo de / Galeoti por Giuseppe Paolo Pacchierotti. 

La pena, drama en dos cuadros. (2.» edición.) Traducido al italiano 
con el mismo titulo por Giuseppe Paolo Pacchierotti. 

La axotea, comedia en un acto. (2.* edición.) 

El género ínfimo, pasillo con música de los maestros Yalverde 
(hijo) y Barrera. 

El nido, comedia en dos actos. (3.* edición.') Traducida al catalán con 
el título de Un niu por Joaquín María de Nadal. 

Las flores, comedia en tresact08.v2.* edición.) Traducida al italiano 
.con «1 titulo do / fiori por Giuseppe Paolo Pacchierotti. 

Los piropos, entremés. 

El Hectiaco, entremé.s. (2.* edición.) 

El amor en el teatro, capricho literario en cinco cuadros, pro-'. 
logo y epilof^o. (2.* edición.) 

Abanicos .v panderetas ó ; i Sevilla en el botlfo! humorada 
satírica en tre.s cuadros, con mñsicji del maestro Chapi. 

La dicha ajena, comedia en tres actos«y un prólogo. (2.' edición.; 
Traducida a; alemán con el titulo de Da» tremde Glück por J. Gusta- 
vo Kolidí». 

Pepita Keyes, comedia en dos actos. (2.* edición.) 

Los meritorlo.s, pasillo. 

La sahorí, entremés. 

La reina mora, sainete en tres cuadros, con música del maestro 

José ^rrano. (2.* edición ) 
Zarabatas, sainete en dos cuadros. 
La zaicala. qoniedia en caatro acto» (2.* edición.) 



La casa de Oarcfa, comedia on tres actos. 
La contrata, apropósito. 

El amor que pasa, comedia en dos actos. C2.* edición.) Traducida 
al italiano con el titulo de L'amore che paasa por Giuseppe Paolo 
Pacchiorotti. 

El mal de amores, saínete con música del maestro José Serrano. 

El nuevo servidor, humorada. 

Mañana de sol, paso de comedia. Traducido al alemán con el titu- 
lo de Et» sonniger Morgen por Mary v. Haken. 

Fea y con g'racla, pasillo con música del maestro Tu riña. 

La aventura de los ^'aleotes, adaptación escénica de un capi> 
tulo del Quijote. 

La musa loca, comedia en tres actos. 

La pitanza, entremés. 

El amor en solfa, capricho literario en cuatro cuadros y un pró- 
logo, con música de los maestros Chapi y Serrano. 

Los chorros del oro, entremés. 

Morritos, entremés. 

Amor A oscuras, paso de comedia. 

La mala sombra, saínete con música del maestro José Serrano. 

(2.* edición.) 
El sircnio alegre,. comedia en tres actos. (2/ edición.) Traducida al 

italiano con ol titulo de Anima allegra por Juan Fabré y Oliver 

y Luio-i Motta. 
El niino prodig'io, comedia en dos actos. 

Nanita, nana... entremés con música del maestro José Serrano. 
La zancadilla, entremés. 

La bella Lucerito, entremés con música del maestro Saco del 

Valle. 
La patria chica, zarzuela en un acto. Música del maestro Chapi. 

(2.' edición.) 
La vida que vuelve, comedia en dos actos. 
A la luz <le la luna, paso Je comedia. 
La esc«>ndida senda, comedia en dos actos. 
El aierua milai^rosa, paso de comedia. 
Las buñoleras, entremés. 
Las de C'afn, comedia en tres actos. 
Las mil maravillas, zarzuela cómica en cuatro actos y un pro 

logo. Música del maestro Chapi. 
Slang're g'orda, entremés. 

Amores y amorfos, comedia en cuatro actos. 
El patinillo, saínete con música del maestro Gerónimo G-iméneE. 
Doña Clarines, comedia en dos actos. Traducida al italiano con el 

titulo de Siora Chiareta por Giúlio de Prenzi. 
El centenario, comedia en tres actos. 
La muela del Rey Farfán, zarzuela infantil, cómico-fantástica. 

Música del maestro Amadeo Vives. 
Herida de muerte, paso de comedia. 
El dltimo capitulo, paso de comedia. 



Pompas y honores, capricho literario an verso por El diúhlo eo' 

juelo. 
La madrecita, novela publicada en KI cuento semanal. 



SERAFÍN I JOAÍUiN ÁLVAREZ piNTERO 



La casa de Ma 



COMEDIA EN TRES ACTOS 



-fro^l^^*- 



SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES 
NúAez de Balboa, 12 



LA CASA DE GARCÍA 



Esta obra es propiedad de sus autores, y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla 
en España ni en los países con los cuales se hayan 
celebrado ó se celebren en adelante tratados íntema- 
oiunales de propiedad literaria. 

Los autores se reservan el derecho de traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad 
de Autores Españoles son los encargados exclusivamente 
de conceder ó negar el permiso de representación y 
del cobro de los derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



LA CASA DE GARCÍA 



COMEDIA EN TRES ACTOS 



SERAFLV i JOAQUÍN ÁLVARKZ (jUINTOO 



Estrenada en el TEATRO ELDORADO de Barcelona, el 8 de 
Junio de 1004 



-^ 



MADRID 

ft. VBLÍ8CO, lUr., MABQDIta DK SANTA ANA, 11 DCP.* 

Tel6Íono número 551 
190« 



REPARTO 



(1) 



PERSONAJES ACTORES 

MARÍA Sea. Guebrebo. 

DANIEL A Sbta. Suákez. 

FILITO A SQUERINO. 

DOÑA GOYA Cancio. 

GENARA Sea. Salvador. 

CLARITA Seta. García. 

LUISA ViLLABONA. 

GARCÍA Se. Díaz de Mendoza (F.) 

CÉSAR CoDiNA. 

MOMO ... DÍAZ DE Mendoza (M.) 

ALFREDO Vargas. 

PICHARDO Santiago. 

DON MARCOS Díaz. 

UN MOZO DE CAFÉ Cayuela. 



(1) Este es el reparto de la primera representación en 
Madrid. El estreno, verificado en Barcelona, estuvo enco- 
mendado á los excelentes arti&tas señoras y señoritas Pino, 
Cátala, Bremón, Alverá, Asquerino, Toscano y Egido, y se- 
ñores Balaguer, García Ortega, Tallaví, Manrique, Mora, 
Lliri y Marchante, pertenecientes entonces á la compañía 
del Teatro de la Comedia. 






ACTO PRIMERO 



Gabinete de couñanza, eu casa de García, en Madrid. Una puerta al 
foro, y otra á la izquierda del actor. Chimenea encendida a la 
derecha, en primer, término. Balcón en secundo. Muebles quo 
fueron lujosos y elegantes. Es de noche. Luces. 



ESCENA PRIMERA 

PICHARDO y GENARA 

(Pichardo, amigo mas que íntimo de la casa, correveidile, secretario 
oficioso de García y de mucha gente, de curiosidad siempre despierta 
y viveza ratonil, está tumbado ante la chimenea en una butaca. La 
pereza lo invade. Sueña con la Gloria. La Gloria es una corista 
de Apolo.) 

PíCH. (canturreando.) 

Me gustan todas, me gustan todas, 
me gustan todas en general... 

Soy feliz. ¡Cuidado que está hermosa con 
el traje de girasol! .. Pero hombre, ¿por qué 
tendré yo tantísima suerte con las muje- 
res? 

Me gustan todas, me gustan todas, 
me gustan todas en general... 



Gen. (Viene del comedor, por Ja puerta del foro. Es una 

hija de Madrid, de buen ver, y que, á juzgar por la 
autoridad con que reina en la casa, más que criada 
parece señora.") 8eñorÍtO Pichardo. 

PíCH, ¿Qué hay? Ven acá. Tú también me gustas. 

Gen. ¿Sí, eh? Pues usté á mí ni pa quitarme el 

hipo. 
PiCH. Igual empiezan todas y luego .. ¿Qué hay? 

Gen . Dice don Pedro que por qué no se va u&té 

al comedor. 
I'iCH. Dile que porque no me da la gana. 

Gen. Clarito, ¿verdá? 

PiCH. Y de paso dile también que tú me gustas 

más que la Kemedios. Verás cómo se ríe. 
Gen. ]Que lo maten á Ufcté, si pueden I (se va por 

donde vino.) 

PiCH . . (Gritándole.) ¡Con pólvora de tus ojos, retre- 

cheral (volviendo al canturreo.) 

Cétaient deux amants 
lassés des amours banales... 

¿Quién viene? ¡Carambo, la suegra! ¡Si lo sé 
me voy al comedor! 



ESCENA II 

PICHARDO y DOÑA COYA 

(Es doña Goya una vieja loca, de extraña catadura y poquísimo 
pelo. Su flaco es la extremada susceptibilidad. Su fuerte son las 
pullas. Usa en casa manteleta y mitones. Viene del comedor, sollo- 
zando y suspirando con honda pena, á tomar el caíé allí tranquila.) 

D.aGoYA ¡Ay!... ¡ay!... 

PiCH . ¿Qué es eso, doña Goya? 

D.a Goya Se lo han propuesto... y acabarán conmigo... 
¡Ay!... ¡Es mucha familia!.... ¡mucha fami- 
lia!... No me quieren, no me han querido 
nunca... 

PlCH. (Procurando apaciguarla y consolarla.) VamoS, Se- 

ñora, vamos... 



D.a GoYA ¡Que me den un puntapié!... ¡que me echen 
al arroyo!... ¡que me recoja la trapera!... ¡In- 
feliz de mí!... ¡Ay!... ¿Usted quiere café, Pi- 
chardo? 

PiCH. Muchas gracias. Tómelo usted, que le hará 

buen provecho. 

D.a GOYA ¡Sí; buen provecho!... (Bebe un sorbo y se quema.) 

¿Ve usted? ¿ve usted si me odian? Me lo 
dan echando fuego para que me abrase. 

PiCH, No... 

D.» GoYA ¡Si! Y con poca azúcar, sabiendo que me 
gusta como lamedor... 

P.CH. Señora mía... (saca dcl bolsillo un terrón y se lo 

ofrece con cariño y solicitud. j Todo tiene reme- 
dio en este mundo. 

D.a GovA No, Pichardo, no; eso de ningán modo. Us- 
ted lo lleva para su perra. 

PiCH. Mi perra y yo lo cedemos con muchísimo 

gusto. 

D.a GoYA Gracias, entonces. Se lo reservaré al Empe- 
cinado. 

PiCH ¿El loro? 

D.a GoYA Sí. ¡Pobrecito! Nadie se acuerda de él... 
Como es co.sa mía... ¡Me tiran al degüello, 
Pichardo! 

PiCH. ¿Y las ratas blancas, qué tal están? 

D.a GüYA Monísimas; pero muertas de hambre .. ¡Si 
aquí parece que nos tienen á todos de li- 
mosna!... 

PiCH. ¿Y los conejitos de Indias? 

D.aG jya ¡Ah! ¡Da gloria verlos!... Tan vivo?, tan gra- 
ciosos... ¡Angeles del Señor! Veinticuatro 
más tengo ya. ¡Pero no comen! ¡no comen!... 

PiCH. ¡Carambo! ¡pues parece que sí! 

D.a G Y^ Le digo á usted que á quien se le cuente que 
esto me ocurre á mí viviendo con una hija 

mía, no lo cree. (Sébese el café de dos tragos ) 

PiCH. Como ella para poco en la casa . 

D.a GoYA ¡Porque no puede resistir á ninguno!... ¡Esto 
no es casa: esto es un rancho de gitanos! 
¿Usted quién cree que tiene menos vergüen- 
za, el padre ó les hijos? ¡Pues anda, que 
las sobrinitas baturras que nos han caído á 
última hora!... ¡Vaya dos alhajas! Ni á misa 



_ 8 — 



voy con ellas. ¡Mire usted la Daniela, con 
un novio albañil!... 

PiCH. ¡Arquitecto, señora! 

D.a GoYA ¡Albañil! ¡Se lo digo en su cara á ella! ¡Al- 
bañil! ¡Tiene un novio albañil! 

PiCH. No ee sofoque usted... 

D.aGoYA ¡Si levantara la cabeza mi hermana, la mar- 
quesa del Astro Rey'... Por supuesto, ¿qué se 
podía esperar?... Ese García y toda su gen- 
te siempre fueron unos sablistas, unos aven- 
tureros... ¡Ay, qué paso más torpe dio mi 
pobre hija al casarse con él!... ¡Bien le pre- 
dicó mi marido! Dios lo tenga en su gloria. 
jSi el pobrecito levantara la cabeza!... 
¡Qué tiro se pegaba! 
¿Eh? 

Usted calcule: ver á su alrededor estas cosas... 
Es que si lo ha dicho usted con segunda in- 
tención, es usted un indecente. 
¡Señora I 

Adulador, cochino, que viene aquí nada 
más que á ver lo que saca... ¡Mal caballero! 
¿Se creía usted que yo estaba loca, verdad? 
Por Dios, doña Goya; no lo tome usted de 
esa manera... 

No; si á mí me tiene usted sin cuidado... A 
mí lo que me importa es mi gente... ¡Qué 
gente, amigo mío! La Daniela con el alba- 
ñil; y la María, la mosquita muerta, esa que 
parece que nunca ha roto un plato... acuér- 
dese usted, acuérdese usted... esa nos da un 
disgusto el mejor día... ¡Yo veo crecer In 
yerba! .. ¡La primera papilla no se digiere!... 
Y la madre de esas niñas se comió la olla an- 
tes de las doce. ¿Pero y mi café? ¿Quién se 
ha bebido mi café? 

PicH. ¡Usted, señora! 

D.a GoY.A ¿Yo? ¡Habrá sido ustedl 

PiCH. Señora, no tengo esacostumbre... 

D.a Goya Sí, sí; dime con quién andas... ¡En el nom- 
bre del padre!... ¡Dónde he venido yo á 
caer!... ¡Santo Dios, santo fuerte, santo in 
mortal!... ¡Qué amigos tienes, Benito!... ¡Ya 
sé yo quién se ha llevado la rata pinta! 



Pirn, 
D.a GoYA 
PlCH. 
D.a GoYA 

PlCH. 
D.a GoYA 



PlCH. 
D.aGoYA 



ESCENA III 

DICHOS y DANIBLA; luego MARÍA 
Dan . (viene también del comedor.) ¿Se Va USted á 8U 

cuarto, tía Goya? 
J).a GoYA No; me voy al Real. ¿No me ves descolada? 
D\N. ¿Quiere usted que la acompañe? 

D.a GoYA Gracias, pimpollo. Más vale estar sola... (se 

va por el foro, hacia la derecha, cantando.) 

Tan tarantáu que los higos son verdes, 
tan tarantán que ya madurarán... 

Dan. ¡.Jesús! 

PiCH , Me parece de un peligro indudable tener á 

esta señora tuelta. 

Dan. ¡Pobre! Está maniática. 

PiCH. ¡Está como un cencerro! 

Dan. Debe tenérmele por lo menos piedad, y aquí 

la tratan de cualquier modo. 

PiCH , ¡Si es inaguantable, Danieia! Y cuidado que 

á mí me hace reir. 

Dan. a mino. Nada de lo que veo en esta casa 

me hace reir. 

PiCH. Es según se mire... 

Dan. Mi tío lo espera á usted en el comedor. 

PiCH . ¡Qué empeño! 

Dan. Se ha puesto malo. 

PiCH. ¿Malo? 

Dan. El estómago: lo de siempre. Le han dado la 

comida los hijos. 

PiCH. ¡Carambo! Allá voy... Verá usted, verá us- 

ted... (ai ir á marcharse por el foro, saluda á María, 
que sale, y se detiene para dejarla pasar.) PasC US- 
ted, María. Buenas noches. 

María Buenas noches, Pichardo. 



- 10 — 



ESCENA IV 

DANIELA y MARÍA 

(üaniela se ha sentado. María, pensativa y triste, se sienta lejos de 
ella después que cambian las primeras palabras, Daniela es fuerte, 
impetuosa, rebelde; María suave, reconcentrada, serena. Las dos vis- 
ten de alivio de luto.) 



Dan. ¿Vienes llorando, hermana? 

María -Sí No puedo ver aquello tranquila. 

Dan. Yo es^toy echando fuego. ¿Sigue el espec- 

táculo? 

María Sigue. Tío Pedro ha llorado también. 

Dan. y acabarán con él entre todos, (silencio.) 

¿María? 

María Qué. 

Dan. ¿Vamonos de esta casa? 

.María Mujer, por Dios: ¿vuelves á lo de siempre? 

¡Qué locura! 

Dan. Locura es aceptar más tiempo por familia 

á esta gente. 

^Iaría Fué voluntad de nuestro padre; recuérdalo. 

Oan. Nuestro padre conocía sólo al tío Pedro, 

q'ie es más bueno que el pan. 

María Por eso, cuando se vio venir la muerte, pen- 

só en él y en su casa para nosotras. 

Dan. ¿Cree.^ que lo habría hecho si hubiera cono- 

cido esta casa? 

María No lo sé. 

Dan. Yo sí. Y aseguro que no. 

María Mala ó buena, siquiera tenemos aquí una 

familia. 

Dan. No le llames familia á esta gente, ni á esta 

casa hogar. Llámala posada, mesón, sitio 
para comer y dormir; porque no es otra 
cosa. 

María Dices bien, no es más qne eso... Ni puede 

ser más que eso tampoco. Ya ves tía Lcyen- 
za: menos a(|uí... está en todas partes. 

Dan. ¡Así han salido los retoños! 



— 11 — 

María Afí han salido, sí. Son fieras... Unos á otros 
se aborrecen, se ocultan las alegrías, se ven- 
den las cosas... 

Dan. No tienen más que un sentimiento común: 

el desprecio á su padre. 

María Y el odio á César. 

Dan. También. ¡Qué raro es César! 

MakÍA (intencionadamente.) En el fondo... tal VeZ SSa 

igual que sus hermanos. ¿No? 

Dan. No. 

María ¿Verdad que no? 

Dan. César podrá ser caprichoso, huraño, quizás 

calavera... pero tiene otro fondo moral. 

María Parece de otra raza. Yo disculpo que cuan- 

do está aqní, quiera estar siempre encerrado 
en su cuarto, sin hablar con nadie, sin ver 
á nadie. César no es feliz. 

Dan. En casa. Por ahí fuera bien que se divierte 

y que luce. 

María Quién sabe si buscará el ruido para aturdir- 

se y olvidar. 

Dan. Puede. Sea como quiera, hay gran distan- 

cia de él á los otros. Todavía Alfredo... anda 
con Dios; aunque de puro frivolo es malo. 
Pero Momo es un cínico repugnante. Y con 
Filito la empreñe ería á bofetadas. 

María ¡Y quieres tú que nos vayamos de aquí' ¿No 

te da pena del tío Pedro? 

Dan. Mucha. Eso me ha detenido siempre que 

he intentando escaparme, contigo ó sola. 

.María ¿Ves tú? Pobrecillo. Ha llegado á querernos 

de veras. Alguna vez pienso yo que nosoiras 
hemos venido á esta casa para hacerle lle- 
vadera la vida. 

Dan. Yo quisiera ser tan bnena como tú. 

María Y lo eres. ¿Verdad que es un crimen muy 

grande dejar á-ese hombre solo con su mu- 
jer y con sus hijos? 

Dan. y con su suegra; que se te ha quedado en el 

tintero. 

(Pasa César de derecha á izquierda por el pasillo del 
fondo. María lo re y lo llama.) 
María ¡Césarl (Advirtiendo que no la ha oído.) ¡César! 



— 12 — 

ESCENA V 

DICHAS y CÉSAR 

CÉS. (Asomándose á la puerta del foro. Vieue de gabán, con 

el cuello en pie, y sombrero de copa. Es hombre de 
buen porte, un poco adusto de fisonomía, huraño, 
triste, receloso, descoutento de sí, y al mismo tiempo 

altivo, soberbio, susceptible.) Hola, primitas. Bue- 
nas noches. No os halña visto 

María Lo raro es que te veamos á tí. 

Dan. ¿De dónde vendrás tú á estas horas? 

Cés. Oye: ¿habéis acabado de cenar? 

María Si. 

Cés. ¿Están allá todos? 

María Todos. 

Cés. Me alegro de saberlo; para no ir. 

María Anoche no viniste, César. 

CÉS. ¿Quién le lo ha dicho? 

María Al menos has^a las cinco de la mañana, que 

me quedé dormida, no sentí el llavfn de )a 
puerta. 

Dan. Entró por el balcón, mujer. 

Cés . Tuve que hacer toda la noche en el escrito- 

rio. Se acerca fin de año y hay una de cosas 
por delante... 

Dan. Por eso te fuiste de frac. 

Oés. ¡Vaya! La que no cojas tú, primita... 

María ¿Vas á cenar ahora? 

Cés. Sí, pero no de casa: del café. 

Dak. Para todo hay <2;n8tos. 

Cés. Para todo. Hasta luego. 

Marív Hasta luego. 

Dan. Adiós. 

(César se retira hacia«la izquierda, por el pasillo. Las 
dos hermanas callan.) 

María A su concha, á su celda... Es extraño esH 
hombre. 

Dan. ¿Qi''é tienes tú? 

Marív Nada; tristeza, aburrimiento... ganas de llo- 
rar... Lo que tiene toda persona que sueña 
una vida, y vive otra. 



- l:l — 



Dan. ¿y aún te aferras en seguir aquí? 

María ¿Es incompreneible, verdad? Pues ya ves... 



ESCENA VI 

DICHAS y FILITO 

(Sale por la puerta del foro. Viene del comedor. Su figura es ange- 
lical y su carácter endemoniado.) 

FiL. ¡Jesús, qué fatiga! Empieza y no sabe aca- 

bar. 

María ¿Quién? 

FiL. Mi padre. La ha emprendido con el ¡a} ! ¡ay! 

iay! del dolor de estómago, y lleva diez mi- 
nutos imposibles. ¡Se pone más pesado! 

Dan. ¡Mujer, si le duele! 

FiL. ¡No le duele! Es gana de amargarnos la 

cena. Si le doliera según hace visajes se mo- 
ría esta noche. 

Dan. Me llegaré yo á ver, poríjue lo que es tú 

tienes un alma... (Vase hacia el comedor.) 



ESCENA VII 

MARÍA y FILITO; luego ALFREDO, después MOMO, CENARA y un 
MOZO de café 

FiL. ¿Subirás conmigo al segundo, María? 

Makía No. Siento pereza. 

FiL. Yo subo por no estar en casa. ¡Digo! ¡y esta 

noche que le toca á papá el cilindro del do- 
lor de estómago! Además, voy á reñir con 
Arturete. 

María ¿Con tu novio? 

FiL. Sí. Se ha pelado al rape y no me gusta. 

María Ya le crecerá el pelo, mujer. 

Vil. Mientras le crece tengo yo tiempo de casar- 

me con otro, ¿l'ú sabes cómo está? Luego» 
ha dado en el chiste de encenderse en la co 



— 14 — 



María 

FlL. 

María 

FlL. 



Alf. 

María 
Alf. 

FlL. 

Alf. 



FlL. 

Alf. 

María 
Alf. 



Momo 



Alf. 
Momo 



ronilla los fósforos de trueno, y me pone 
nerviosa. 

Lo creo. Escucha: ¿este jueves daréis re- 
unión? 
Como todos. 

¿Pues no dice tu madre que va á Toledo? 
¡Que vaya! ¡Bastante falta hace mamá! ¡Y 
bonita es la gente para quitarle un día! Le 
echarían la culpa á la alfombra, que ya se 
clarea con tanto baile... 

(Sale Alfredo, que viene también del comedor. Es un 
pollo engomado y vacio. Siempre que no habla está 
silbando.) 

Chica, ¡qué tabarra! El ¡ayl ¡ay! ¡ay! del es- 
tómago de papá me ataca los nervios. Pre- 
fiero á Wagner. No sigo allí, porque me va 
á sentar mal la cena. 

A él se conoce que le ha hecho daño antes 
que á tí. 

¡Como que se pone á comer 3' no acaba! Pa- 
rece un chico. 

Y cuidado que yo se lo previne: «Papá, no 
tomes macarrones.» ¡Macarrones! «Papá, no 
tomes mayonesa.» ¡Mayonesa! Pero se goza 
en quejarse después. 

Yo me alegro, ¿sabes? A ver si se corrige. Y 
en cuanto venga mamá, se lo espeto. Por 
oirlos. jEsta mañana tuvieron una pelotera 
más graciosal... 
¿Vas al teatro? 

No: estoy sin una perra. Iré un rato á la 
Cervecería. A aburrirme. 
Vete con Filito al segundo. 
¡Lagarto! ¡lagarto! Es una reunión que da 
sueño. 

(Sale Momo, que viene también del comedor. Es un per- 
fecto sinvergüenza, de aspecto simpático y trato zumbón 
é ingenioso.) 

¡Pues señor, cuando la toma papá con el 
¡ay! ¡!iy! ¡ay! del estómago, y suelta toda la 
petenera, se echa de menos el escotillón! 
¡No me hables! Hoy está desatado. 
¡Calla, hombre! ¡Se ha fundido una bombi- 
lla por no oirlol 



— 16 — 

FiL. El que se pone también nervioso es el gato. 

Alf. Ah, PÍ; Petrarca. 

FiL. Le ha querido arañar. Animalito. 

(Sale Qeuara por la puerta de la izquierda y se va i>or 
la del foro después de detenerse un momento.) 

Alf. ¿Q"é tal la murga, tú? 

Gen . Se ha callao un poco. Se conoce que está 

escogiendo pieza pa seguir. 

(Los tres hermanos sueltan la carcajada.) 

Alf. iQué golpes tiene ésta! • 

Momo (a María.) Oye, priajita, ¿por qué te saliste 

del comedor? ¿Por lo que dije de Daniela? 

María Por lo que voy á salirme de aquí. Por no 

oiros. 

Momo ¿Hola? ¿Está la mar picada? 

FiL. ¿Verdad, prima, que en Ja disputa de la lo- 

tería tengo yo razón? 

Alf. Como yo en la de los botines. ¿Verdad? 

Ma ía No pude hacerme cargo. Chillabais todos á 

la vez. 

FiL. Verás tú. . 

Momo ¿A qué vais á renovar la cuestión? 

FiL. Yo quiero que se entere. Me pidió Momo el 

otro día dos duros y medio para comprar un 
décimo de cinco. Yo no tenía suelto y le 
dije: Cómpralo, que mañana te los daré. Y 
va y lo compra, y no me vuelve á pedir 
nada, y le tocan cincuenta duros. ¿No me 
corresponden á mí veinticinco? 

María En ley de Dios, sí. 

Momo ¿Quién lo niega? Es indudable que te corres- 

ponden; pero es indudable también que yo 
no te los doy. 

FiL. ¿Ves tú? Y si no te hubiera tocado un cén- 

timo... 

Momo Te habría reclamado los cincuenta reales. 

Ese era mi plan. 

Alf. ¿Pues y lo mío de los botines? Se los cam- 

bio por tres cuellos del í'.9, que le vienen 
chicos; se los entrego de buena le... y ahora 
no hay modo de sacarle ni los botines ni los 
cuellos. 

Momo Pero que no hay modo. Y tú no me vas á 

matar. Sería un crimen. Y un crimep por 



16 



FlL. 

Momo 

María 
Momo 

Alf. 
Momo 



FlL. 

Momo 

FlL. 

Momo 
María 
Momo 



Mozo 

María 

Gen. 

Mozo 
Gen. 
Mozo 
Momo 



Alf. 



unos botines, ni tiene misterio, ni tiene nota 
pasional, ni hablarían de él los periódi- 
cos... No te conviene. 

¿Tú oyes? Pues siempre hace lo mismo. No 
le paga á nadie. 

¡A nadie! — en buena hora lo diga. Y esto me 
abre mucho horizonte en mis negocios. 

Y la cabeza también te la pueden abrir, 
¡Nunca! Al que debe y piensa pagar, tal vez. 
Pero ese es un ser despreciable. Al que debo 
y no piensa pagar, jamás le ocurre nada. 
¿Sí, eh? No opinabas ayer así, cuando me 
propusiste el cambio. 

¡Toma! Ni opinaré mañana como esta no 
che. La únioa manera de tener razón siem- 
pre, es pensar cada cinco minutos una cosa 
distinta. 

Y siempre lo que te convenga á tí. 
Choca. 

Vete á paseo. No tienes vergüenza ninguna. 
Ninguna. 
¡Pero, hombre! 

Ninguna, primita. ¿Para qué? Mira: de 
veinte personas que trato, diez y nueve no 
tienen vergüenza. ¿Y voy yo á dar una nota 
discordante? No en mis días. Pi-efiero po- 
nerme al nivel general. 

(Sale por el foro el Mozo de café con un servicio, y 
se va hacia la izquierda. Genara, que aparece tras 
él, lo detiene y le hace marcharse por el mismo pasi- 
llo hacia dentro. A poco vuelve á pasar el Mozo en 
sentido contrario, sin el servicio ya.) 

Buenas noches. 

Buenas noches. 

Pero ¿á dónde va usté? ¿No le he dicho que 

todo seguido? 

Ah, ya... Ustedes perdonen, señoritos. 

Por áhi, por áhi. . 

Sí, sí; ya sé... 

¿Hola, hola? Parece que nuestro misterioso 

hermano don César, Blas el ermitaño como 

quien dice, va á ponerse como el chiquillo 

del esquilador. 

Se trata bien el hombre. ¿De dónde saldrán 

esas misas? 



— 17 — 

Momo ¡Y qvie tú no lo sabes! ¡Ni 3'o! 

FiL. Ni )'0, aunque eoy una niña inocente. 

María ¿De dónde? De su saeldo en la casa de ban- 
ca, ¿n( ? 

Momo Primita, tú eres una azucena, y yo no debo 

manchar tu virginal blancura... ¿Qué sabes 
tú de ciertas damas elegantes y capricho- 
sas... con palacios y trenes lujosos... esplén- 
didos... magníficos?... 

María No te entiendo. Momo. 

Momo Ni falta. 

Alf. Esta tarde se ha hablado de todo eso en la 

Cervecería. 

GaR. (Dentro, quejándose angrustiosamente.) ¡Ay!... ¡ayl... 

¡ay!... • 

Momo ¡Adiós! ¡Sigue la serenata! 

Alf. ¡Sálvese el que pueda! (Vase corriendo por la 

puerta de la izquierda.) 

FiL. ¡Huyamos! (a María.) ¿Tú no subes por fin? 

María No. 

FlL. Pues yo voy por mi abrigo, (vase tras Alfredo.) 

Gar lAy!... jay!... ¡ay!... 

Momo Ya viene. ¡En seguida me pesca á mí! Dios 

te dé paciencia, muchacha. Oye, y no estés 
seria conmigo. 

María No estoy seria, no. 

Momo Ni te enfades porque me guste más Dáme- 

la. Mi afecto hacia tí es puramente frater- 
nal... El que le profeso á Daniela, sin dejar 
de serlo, lleva en sí una veta que no le va 
bien á la fraternidad. Adiós, feúcha. (Vase 
también por la puerta de la izquierda.) 

María Adiós. 



ESCENA Vm 

MARÍA, GARCÍA y PICHARDO 
Gar . (saliendo por la puerta del foro, apoyado en Pichardo.) 

jAy!... ¡ay!... ¡ay!... Indudablemente yo voy 

á dar un estallido. 
María ¿Pero no está usted mejor, tío Pedro? 

Gar. Hola, sobrina. Sí, hija mía, si. No me hagas 

caso. 



- 18 — 

María Como se queja usted... 

Gar. (con amargura.) Es uii recurso. Empecé á que- 

jarme en el comedor para que se fuerao 
mis hijos. 

María El recurso no puede ser más triste. 

Gar. Pues ninguno me da mejor resultado. Creí 

que estaban aquí; por eso empecé á gimo- 
tear cuando venía. 

María Apenas lo sintieron á usted salieron hu- 

yendo. 

Gar. ¿Ves tú? Si no falla. ¡Ay, Señor, Señor; como 

no haya más vida que esta... me he lucido! 
Pero sí, sí habrá otra; para mi desquite. 

María Dios nos manda creerlo. 

Gar. Pues te aseguro que si hay otra vida, lo que 

es yo en la otra vida no me caso. 

María ¡Jesús, tío Pedro! ¡Qué salida! 

PiCH. Ganas de hablar, le advierto á usted... 

Gak. ¿Cómo ganas de hablar? ¡Claro! Tú me juz- 

gas por tí. Como tienes una mujer que es 
un encanto, y un chico que se mira en lus 
ojos, volverías á casarte cien veces. 

PlCH. (ai oído de su amigo, con inflexión cómica.) ¡No lo 

creas!... 

Gar. ¡Granuja! 

María ¿No ha tenido usted más que un hijo, Pi- 
chardo? 

PiCH. Uno nada más. Mi señora ha tenido tres, 

pero no son míos: son de su primer matri- 
monio. 

María ¡Ah! ¿De manera que es viuda? 

Gar. Era, era viuda. Este, aún, aún... 

PiCH. ¿Qué quiere decir aún, aún?... ¡Esa benevo- 

lencia es ofeuí-iva! 

Gar. jJa, ja, ja! .VIe encantas, tocayo. ¡Dichoso tú, 

que puedes hablar del matrimonio sin rene- 
gar de él! 

María Pero tío, ¿todo el mundo ha de maldecirlo 

porque le haya salido á usted la criada res- 
pondona? 

Gar. ¿La criada? ¡Si no fuera más que la criada, 

estaría yo en el cielo! Pero mi mujer, mi 
suegra, mis hijos... ¡todos me han salido res- 
pondones! ¿Qué falta habré yo cometido 



— 19 — 

para purerarla así'? A raí no rae acusa la con- 
ciencia. Yo soy buen padre, buen cristia- 
no... Dice Dios: «Crece.» Y he crecido. «Mul- 
tiplícate.» Y me he multiplicado. Lo que no 
dice Dios es qué hace uno cuando le sale 
mal la multiplicación. 

M*RÍA Le ayuda á usted á vivir el humor que 

tiene. 

<ÍAR. También me va faltando ya. 

MarÍv ¡CalGenioy figura... 

Oar. ¡Ah! La figura, precisamente, es lo queme 

ha perdido: porque fué la que cautivó á mi 
mujer. ¡Maldita sea mi estampa! ¿Para cuán- 
do son las jorobas, señor? 

María Tía Lorenza dicen que era preciosa. 

PicH. ¡Preciosa! Certifico. 

Gar . Lo fué; no cabe duda Yo estoy en que me 

la han cambiado una noche mientras dor- 
mía. 

María Vaya, vaya; veo (jue se fué el dolor de estó- 

mago. 

Gar. En cuanto se fué la familia. 

María Pues hasta mañana, tío Pedro. 

Ítar. Adió?, hasta mañana. 

María ¿Y Daniela? 

Gar . En el comedor se quedó cociéndome un bre- 

baje. 

María Buenas noches, Pichardo. 

PlCH. A los pies de usted. (Vase María por la puerta de 

la izquierda ) 

ESCENA IX 

GARCIa y PICHAHDO. FILITO, ALFREDO, MOMO y LUISA, que 

pasan 

(Este señot Garda, como se ve, es un desdichado. Hombre de exce- 
siva bondad y escaso carácter. Está todo 'tiacla abajo»: ol bigote, 
los pocos pelos que le quedan, la mirada, los brazos... Todo. Tiene 
cincuenta años y representa muchos más. Viste muy decentemente. 
En casa usa batln.) 

Gar . ¡Pobrecillasl Son dos santas conmigo. 

P(CH . Dos santas; es verdad. Ahí viene tu hija. 



— 20 — 
GaR . (Rompiendo á quejarse con amargura.) ¡Ay!... ¡ay!,., 

jay!... 

FlL. (saliendo por donde se fué, con un abrigo al brazo.) 

¿Qué es eso? ¿No te alivias? 
Gar. ¡Ay!... ¡ay!... lay!... 

FiL. Yo me voy un rato al segundo. A las doce 

que suban por mí. (Se va por el "foro, hacia la 
derecha.) 

Gar. ¡Ay!... ¡ay!... ¡ay!... Tenga usted hijos para 

esto. 

PiCH. Calla, chico. Indigna el espectáculo. Se llega 

á dudar viniendo con frecuencia á tu casa, 
de lo más sagrado, de aquello que debe ha- 
ber de más puro en nuestro ccrazón... de... 
de... ¿Te parece que nos vayamos á ver á 
esas? 

Gar. (Mirándolo como á un iluminado.) ¿Dónde laS tie- 

nep? 

i^ICH. (Bajando instintivamente la voz.) En Apolo: en Un 

anteproFcenio. 

Gar. (vacilante.) Tocayo: eres un peligroso Mefistó- 

feles... 

PiCH. (Riéndose.) No; yo no... 

Gar. Oye, ¿y quién te ha regalado ese palco? Por- 

que no te concibo en la taquilla comprán- 
dolo tú. 

PiCH. Haces bien. Me lo ha regalado Picavea. Se 

le ha muerto la suegra de repente, y no pue- 
de ir. 

Gar. ¿La suegra? ¿Aquella señora que no se cor- 

taba las uñas para que no cayeran rayos en 
la casa? 

PiCH. Justo: que apostabais tú y él cuál de las dos 

estaba más loca; si tu suegra ó la suya. 

Gar. iY ganaba siempre la mía! 

PiCH. Naturalmente. 

(Oyese silbar á Alfredo, que se acerca.) 

PicH. Alfredo. 

Gar. (volviendo á los quejidos lastimeros.) ¡Ay!... ¡ay!... 

¡ay!... 

(Sale Alfredo por la izquierda, de gabán y hongo, y se 
va por donde Filito, silba que silba y sin detenerse 
un momento.) 

PiCH. Adiós; buenas noches. 



— 21 — 

Gar. ¡Ay!... lay!... ¡ay!... 

l'rcH. Cülla, que ya se ha ido. 

Gar. jAy!... ¡ay!... ¡ay!... 

PiCH, ¡Que ya se ha ido! 

Gar. Pero viene ahí el otro. ¡Ay!... ¡ay!... ¡ay!... 

;^En efecto, sale Momo detrás de Alfredo y se larga tam» 
bión. Va de capa y chistera.) 

Momo ¡Aliviarse, don Pedro! 

PiCH . Gracias. 

G.AR. ¡Ay!... ¡ay!... ¡ay!... Me adoran; ya lo ves. 

PiCH. Chico, la indignación me ofusca, me ciega, 

me... 

Gar . Doblemos la hoja. 

PiCH. ¿Sabes que la Lolilla va con la falda de ba- 

rros que tú le regalaste? 

Gar . ¿Sí, eh? 

PiCH. ¡Brindada! No dirás que no. Esa mujer te 

quiere. 

Gar. (Esquivando la tentación.) Mira, Mefistófeles de 

tres al cuarto, vete ya á tu palco de Apolo 
y déjame en paz. 

PicH. Pero, tocayo... 

Gak. Márchate, márchate; no estoy para fiestas. 

No es sólo que me duele el estómago — por- 
que me duele, aunque me queje más de lo 
justo; — es que tengo sobre mi una tristeza 
que no me deja respirar... Además, ese pal- 
co es donativo de un hombre que ahora 
mismo esta velando á su suegra... La juer- 
guecita nos iba á resultar macabra... Vete 
tú, vete tú... 

PiCH. Haré lo que quieras... 

G\n. Si, vete, vete. Y mira que estas aventurillas 

baratas, son lo único apetitoso que me que- 
da en la vida... lo único que me divierte y 
me aleja de mí .. ¡Ay!... ¡Salidillas al ideal 
que todos tenemos!... ¡Quién le había de de- 
cir á la Lola que alguna vez iba á encamar 
el ideal de este pobre hombre! 

PiCH . Vaya, chico; estás hecho ua sauce llorón. 

Te dejo, (cambiando de tono y de actitud.) ¿En 

dónde nos veremos mañana? 
Gar . (lo mismo.) En Bolsa. Espéreme usted á las 

tres. 



~ 22 — 

PiCH. Corriente. 

Gar. ¿Le escribió usted á González Fresneda? 

FiCH. ¿Pues no recuerda usted que le leí la carta? 

Gar. Es verdad. Mañana quiero que vaya usted 

á Fomento. Apúntelo por si á mí se me ol- 
vida. 

PicH. ¿Se le ofrece á usted algo más? 

Gar. Nada. Hasta mañana. 

PiCH. Hasta mañana, (volviéndose, ya en la misma. 

puerta del foro.) Oye, chico, ¿SÍ supieras que 
cada vez u^e joroba más esta maña tuya de 
que nos hablemos de usted al tratar los 
negocios? 

Gar. Ah, pues es muy sana, y no pienso abolir- 

la. Y menos con un secretario tan sinver- 
güenza como tú. ¡A la calle! 

PiCH. Está bien, hombre, está bien. (Refiriéndose á 

Luisa, que sale por el foro y se va por la izquierda.) 

¡Qué bonito tipo tiene esta chica! 
Gar. Anda, hoinbre, anda. No sabes irte nunca. 

PlCH. ¡Je! Adiós. (Vase riendo.) 

Gar. ¡Diablo de secretario!... La verdad es que 

burla burlando me alegra la vida. Más bien, 
que mi secretario es mi escudero. 

Llevan, porque se presuma 
cuál de los dos vale más, 
castor con cinta el de atrás 
y el de adelante con pluma. 

PlCH. (volviendo á escape, con un periódico en la mano, 

que le da á García.) Toma: ahí tienes distrac- 
ción. Lo echaban cuando yo salía. Adiós. 

Gar. Adiós y gracias, hombre. 

í'lCH. (Desde la puerta, como antes.) Oye: ¿quiereS ver 

si debuta mañana la Bella Lunares? ¡Por 
más que tiempo tengo de mirarlo! Adiós. 
Gar. Adiós. 



— '2i - 

ESCENA X 

GARCÍA y DANIELA 

(García ojea el periódico. A poco lleea Daniela del comedor con una 
^ taza de manzanilla, qne le ofrece.) 

Dan. a ver fí con esto se alivia usted. 

Gar. Dios te lo pague, Daniela de mi alma. ¿Qué 

es, manzanilla? 

Dan. iVlanzanilla. 

Gar. Aunque fuera rejalgar me sabría á jarabe. 

¡Siéntate. ¿Tienes algo que hacer? 

Dan. Darle á usted compañía. 

Gak . Que me place — respondió el del Verde Ga- 

bán. 

Dan. ¿y mi hermana? 

Gak. a su cuarto se retiró hace un ratillo. fis tan 

metida en sí, tan amiga de estar siempre 
Bola... Por cierto que si tu pobre padre te 
viera cuidándome y acompañándome como 
lo hacts, diría que le usurpabas á ella su 
puesto y condición. 

Dan . ^,Por qué? 

Gar . Como tu yenio es más resuelto, más arreba- 

tado y fogoso que el de María, tu padre 
pensaba de vosotras — re-;uerdo que me lo 
dijo la última vez que habló conmigo en 
Zaragoza, pajeando por Zocodover — ¡ay, 
que esto es de Toledol — paseaijdo por el 
Coso;- tu padre pensaba, que si hubiírais 
vivido cuando la guerra de los franceses, 
María se hubiera dedicado á cuidar herido^ 
y á rezar por los muertos, y tú te habría.«< 
puesto á tirar trabucazos en la muralla. ¿Eh? 
Que no está mal; que pinta al vivo vuest^o^ 
dos caracteres. 

Dan. Es cosa que decía papá con mucha fre- 

cuencia. En todo y para todo sacaba ejem- 
plo de los sitios. 

Gar. Es verdad. Aquella tarde llevaba un perro 



— 24 — 

y le llamaba Palafox. ¡Qué aragonés era 
más simpático! Pero bah, bah, bah... No hay 
por qué entristecerte. 

Dan. Recordando á mi padre, ¿por qué no? 

Gar . Con todo. ¿(Quieres un sorbito de manza- 

nilla? 

Dan. No; gracias. Bébasela usted. 

Gar. (Tose que tose, atragantado.) ¡Diantre! 

Dan. ¿Qué es cpo? 

Gar. Nada, hija: se fué por mal camino. (Tose un 

poco más.) Ya pasó. 

Dan. Vaya. 

Gar. Celebro que la casualidad nos haya dejado 

solos naturalmente, porque hace días que 
quiero que hablemos, y no se ha presenta- 
do ocasión. 

Dan . ¿Que hablemos? ¿De qué? 

Gar. De un asuntillo bastante espinoso... que á 

mí me preocupa. 

Dan. Ya. 

Gar. No; y no vale arrugar el ceño, ni apretar los 

dientes, ni dar pataditas en el suelo. 

Dan. De buena tierra soy yo para que me lleven 

la contraria. 

Gar. Mira, mira, no es eso: si lo vas á tomar en 

baturro, no sigo. < ¡Chufla! ¡chufla! ¡Como 
no te apartes tú!...» Por ahí no vamos á 
ninguna parte. Óyeme en calma, Danielita: 
¿estás decidida á seguir en tus amores con 
ese mo/,0? 

Dan. ¿Por qué no, tío? ¿Hay alguna razón que lo 

estorbe? 

Gar. En la vida, h:ja mía, es imposible tirar y 

rajar por donde se le pone á uno entre ceja 
y ceja... Las diferencias de clase en los ma- 
trimonios son siempre funestísimas. 

Dan . Bueno, ¿y qué? (Bromeando.) Eso vendría que 

ni de molde, si yo fuese una princesa en- 
cantada; si yo tuviese la sangre azul... 

Gar . El color de la sangre no importa. Azul ó co 

loráda, á los seis años de matrimonio am- 
bos cónyuges la tienen frita, y el color es el 
mismo. Pero bromas á un lado, vamos á lo 
que importa. ¿Me negarás, nenita, que tu 



— 25 - 

novio es hijo de una lavandera del Manza- 
nares? 

Dan. ¿Qué he de negarlo yo, si él lo tiene á or- 

gullo? 

Gar . (Desconcertado.) ¿Lo tiene á orguUo? 

Dan. Es natura!. 

Gar. No, sí; en eso sí le asiste la razón al mucha- 

cho... No ser nadie, querer hacerse un hom- 
bre, moverse en otro medio, trabajar... estu- 
diar... Sí; en todo eso hay trotivo de orgu- 
llo... ¿Cómo he de negar yo una cosa tan 
clara? 

Dan. ¿Entonces?... 

Gar. ¿Entonces qué? 

Dan. ¡Ay, tío! Me da el corazón que no es usted 

quien habla conmigo; sino mi tía Lorenza. 

Gar. ¿Cómo? ¿Supones?... No, hija, no; mi debili- 

dad r,() llega á tanto... Cierto que tu tía 
pierde los estribos hablando del particular. 
«Que si la blusa y la levita; que si el adve- 
nedizo; que si el obrero...» Como ella tiene 
su puntillo de aristocracia... 

Dan. (indignada.) ¡Lo que pretende mi tía es que 

yo me case con Momo! Pero dígale usted, 
ya que es usted su embajador, que se fije 
pnmero en la diferencia que va del uno al 
otro. A mi novio lo quiero, y Momo me re- 
pugna: mi novio me quiere, y Momo me co- 
dicia. Y por lo que toca al linaje, dígale us- 
ted que mi novio no es un obrero, aunque 
lo haya sido; y que suponiendo que aún lo 
fuese, mejor le doy mi mano á un obrero que 
sepa levantar una casa, que á un señorito 
vicioso que ayude á destruir la que tiene. 

Gar . ¡Cáspita, si te explicas! ¡A cualquier hora le 

digo yo á doña Lorenza todo eso!... Pero de- 
jémonos de desplantes: discutamos con se- 
renidad. ¿Tú estás segura de que ese mucha 
cho te quiere? 

Dan. Me quiere: con toda su alma. 

Gar. Bien, eso pudiera ser... El, naturalmente... 

Pero en fin, yo no digo... Claro está que el 
cariño solo no basta... ¿Es bueno ese hom- 
bre?... ¿es honrado?... 



— 20 - 

Dan. Creo en él oorao en mí. 

Gar. ¡Anda con Dios! 

Dan. Es honrado; es bueno. 

Gar. ¿Quién te lo ha dicho? 

Dan. Lh Virgen del Pilar. 

Gar. ¡Pues cualquiera le enmienda la plana! ¿Y 

tú lo quieres de verdad? ¿No será un capri- 
cho?. . 

Dan. Eso pregúnteselo usted á él. 

Gar. Entonces, niña, entonces... 

Dan. ¿Volvemos al entonces? ¿Entonces qué? 

Gar. (Rindiéndose.) Nada; que tienes más razón que 

una santa; que es verdad lo que presumías; 
que estas son cosas de mi mujer; que yo 
pienso lo mismo que tú y que la Virgen del 
Pilar; que te casas cuando te dé la gana; 
que te escapas con tu novio si se te antoja; 
que yo te abro la puerta; que seréis muy 
felices; que el mucliacho será un gran ar- 
quitecto... y que puede que yo le encargue 
una casa con un juego de habitaciones es- 
pecial para no ver más á ninguno de mi fa- 
milia. 

Dan. ¡Ja, ja, ja! ¿Ni á César tampoco, tío Pedro?... 

Gar. ¡Ah! ¡César!... Si no fuera por él le pegaba 

fuego á la casa con mi gente dentro. Me 
arrollan, me arrollan entre todos... El día 
menos pensado cometo un crimen, porque 
me convencen, me empujan, me arrastran 
áé!... 

Dan. Calle usted, que se acerca tía Goya. 

Gap. ¡Vaya por Dios! 'lan á gusto como estába- 

mos los dos solitos. 



ESCENA XI 

DICHOS y DOÑA GOYA 

i).^ GOYA (Por la puerta del foro, con una palmatoria encendida.) 

Oye, Pedro. 
Gar. ¿Qué quiere usted, señora mía? 

D.» Goya Tu mujer acaba de mandar recado. No vie- 



— 27 ~ 

ne esta noche. Se queda velando á la de 
González, que está si las lia. 

Gar. ¡Bien, hombre, bien! Cuando pitos flautas, 

cuanda flautas pitot«... 

D.a GoYA No; si debes criticarla; si es una maldad ve- 
lar á un enfermo... (Encamínase hacia la puerta de 
la izquierda.^ 

Gar. Pero ¿cuándo va á morirse alguien que no 

sea amigo de mi mujer? (a doña Goya, gritáa- 
doie.) ¿Adonde va usted con esa vela? 

D.a Goya ¿A tí qué te importa? ¡El demonio del viejo, 
que en todo ha de meter su cucharada! 

(Vase ) 

Dan. Irá á ver á sus pájaros. 

Gar. Acompáñala tú, mujer, no queme algo por 

ahí. ¡Esta manía de que la luz eléctrica es 
cosa del demonio !... ¡Ay, qué castigo! 

Dan. Voy con ella. Buenas noches, tío Pedro. 

Gar. Adiós, hija mía. Hasta mañana. 

(Vase Daniela detrás de doña Goya ) 



ESCENA XII 

GARCÍA y GENARA 

(tAR. Está bien, señor. (Se acerca a la chimenea y de 

pie junto á ella se dispone á leer el periódico.) Va- 
mos á ver qué pasa por el mundo. O qué di 
cen que pnsa. ¿Dónde he echado los ojos? 
(Saca del bolsillo unos lentes y se los pone para leer. 
Genara sale á poco por el foro.) 

Gen. Señor. 

^TAK ¿Eh? ¿Quién? Ah. ¿Qué hay? 

Gen. Por teléfono pr.guntan bí ha salido usté de 

casa esta noche. 

Gar. Por teléfono, ¿verdad? Probablemente ha- 

bré s«lido. ¿Quién lo pregunta, sabe usted? 

Gen. El señor Guinea; desde el Círculo. 

Gar. ¿Ah, sí? Contéstele usted, no que he salido, 

sino que estoy fuera. 

Gen . ¿Que está usté fuera? 

Gar. Sí. Y que no vuelvo hasta que él se haya 

muerto. 



— 28 — 

<ÍEN. Ya, vamos. Descuide usté, que llevará lo 

suyo. 
Gar. Allá usted. 

Gen . (ai ir á marcharse, deteniéndose.) Pero esta eS mU- 

cha luz para leer. Con la de la chimenea 

tiene usté de sobra. (Apaga la lámpara central y 
se va por doude salió.) 

Gar. Gracias. Es verdad. Me conmueve el rasgo 

económico. (Mientras pasa la vista por el diario.) 

¡Caray con Guinea!... Para un asuntillo que 
sale que valga dos cuartos, á cuánto maja- 
dero iaay que aguantar, (Lee.) 



ESCENA XIII 

GARCÍA y CÉSAR. Al final DOÑA GOYA 

CéS. (Aparece en la puerta del foro en traje de casa, y se 

detiene contemplando á su padre. Su expresión es som. 

bria.) Allí está... tíolo; sie'.npre solo... ¿Tendré 
valor para confesarle lo que he hecho?... Si 
él no me salva, no me salva nadie. (Da unes 

pasos por el gabinete.) 

Gar. ¿Quién anda ahí? ¿César? 

Cés . Sí: yo soy. 

Gar. ¡Chico! ¡dichosos los ojos! ¡No hay quien te 

eche la vista encima! 

Cés. Psche... 

Gar ¿Qué novedad es esta'? ¡Tú en casa una no- 

che! (Milagro! ¡milagro! 

Cés. No, no es milagro. Ya sabes tuque tengo 

rachas... 

Gar. Es cierto, sí; pero llevabas una— la más lar- 

ga de todas — en que para verte eran preci- 
sos memoriales... Por eso me sorprendo 
ahora. 

CÉS. Todo se acaba; todo llega á aburrir... 

Gak . ¿Qué me cuentas? 

Cés. Sí, papá. Me cansa ya la vida estúpida que 

vengo haciendo. 

Gak . ¿Qué me cuentasV 

Cés. Lo que oyes. 

Gar Fui el primero en pronosticarte ese hastío. 



— 29 — 

Cés. Ya lo sé. 

Gar . Hay muchas cosas en la vida que parecen 

de oro, y es porque les da el sol. Se va el 
sol... y se acabó el encanto. 

CÉS. Por eso son tan peligrosas. 

Gar. Bien te dije que te metías en un mundo de 

ficción, de tramoya, en el que no podrías 
vivir tú mucho tiempo, tal como eres. Y te 
lo dije, porque no quería perderte á tí tam- 
bién. Al fin y al cabo— tú lo sabes — tengo 
en tí mis cinco sentidos. Eres el único en 
esta casa que me respeta, que me quiere... 

Cés. Eso sí. 

Gar. Todos me debéis igual consideración, y sin 

embargo, sólo tú pareces mi hijo. Tú eres, 
además, el único en quien puedo mirarme 
con orgullo; el único á quien no le falta la 
naturaleza moral que yo quise que tuvierais 
todos. ¿No he de disculpar tus locuras, tus 
devaneos, hijos no más que de la sangre 
moza?... Pero ¿qné tienes? ¿Qué te ocurre? 

(^ÉS. No me hables así. 

Gar. ¿Por qué? 

Cés. Porque me haces daño. 

Gar. ¿Te duele que reconozca en tí buenas cua- 

lidades? 

Cés. Si las tuviera, no. 

(tar. ¿y dudas que las tienes? 

Cés. Lo niego. Las tenía. 

Gar. ¿Eh? 

Cés. Ahora soy el peor de todos. 

Gar. ¿Qué estás diciendo, César? 

Cés. El propio Momo, que es un vividor desver- 

gonzado, puede arrojarme de esta casa. 

Gar. Vamos, tú deliras: tú no estás bueno de la 

cabeza. 

Cés. Porque estoy bueno de ella digo lo que 

digo. 

Gar. Mira, César, no sé qué advierto de siniestro 

en tus medias palabras. Sácame de esta in- 
certidumbre. ¿Qué te pasa? ¿Has hecho al- 
guna tontería?... ¿Esa mujer?... 

Cés. No. 

Gar. ¿Algún mal negocio?... ¿Alguna falta?... Di. 



— 30 — 

CÉs. Me avergüenzo... Mi ánimo se resiste... 

Gar. ¿En el escritorio no será? Tu jefe, ayer, se 

hÍ7>o conmigo lenguas de tí. 

Cés. Muy pronto cambiará de opinión. 

Gar. ¿Qué? 

Cés. Sí. Muy pronto. 

Gar. Céear, mírame: mírame, que no quiero 

creerte, que me asustas... Eptás desencajado, 
febril... Las manos te arden... 

Cés. ¡Me arden!... ¡me arden!... ¿Por qué no me 

ardieron la primera vez que las puse en lo 
que no era mío? 

Gar. ¡César!... ¡César!... 

Cés. Ya ves lo que es tu César... Escúpeme. 

Gar. ¡Jesús!... (Atribulado; lloroso.) Pero si no puedo 

creerlo... César, hijo mío, por la salvación 
de tu alma, cuéntamelo todo... quiero caber- 
lo todo... Eso no puede ser. Tú me engañas 

CÉS. No... no te engaño, no. ¡Ojalá! 

Gar. Pues dime. 

Cés. Aguarda. 

D.íi GoYA (pasando lentamente con su vela de la izquierda al 
foro, por cuya puerta se va, sin quitar ojo al padre 5' 

al hijo.) Junta de rabadanes... oveja muer' a. 

Gar. (Apenas desaparece la vieja.) Habla, 

Cés. Escucha. 

(García espera con avidez las palabras de César, fijo 
en su cara, como si quisiese leerle en ella lo que )ia 
de decir. César, con angustiosa mímica, expresa que 
no sabe cómo empezar.— Cae el telón.) 



HN DEL ACTO PRIMERO 



(^—■"^ -""^fei^PS-w^^ 



ÍSív^ 



vtelíSlT'* II í^ II * II ^ II <ti II ■^í^ II «II * II -9- II -í- II o li ^^ II » II o- .1 -u- ii a- 



ACTO se;gundo 



Comedor en casa de García. Una pueita al foro y otra a la Izquierda 
del actor. Chimenea encendida, á la derecha. Mesa en el centro de 
la escena, con tapete. Aparador á la derecha de la puerta del foro. 
En primer término, á la derecha, sofá. Ante la chimenea, butacas. 
En torno de la mesa, sillas. Cuadros. Colgada sobre la mesa, una 
lámpara. Pendiente de ella, timbre eléctrico. Es de noche. 



ESCENA PRIMERA 

MOMO, DANIELA y CENARA 

(Sfomo, tumbado en el sofá en traje de casa, fuma y lee un libro. Den- 
tro, hacia la derecha, en la sala, algo lejos, óyese á una muchacha 
cantar una guajira al piano. Cuando termina, estalla un aplauso, que 
no se sabe si es de admiración ó de cortesía.) 

Momo (Burlándose.) ¡Ohl ¡encant'idora! ¡admirable!... 

Y parece un grillo la niña. Bien me ha co- 
gido el carro este jueves, (eale Daniela por la 
puerta del foro, y se detiene un instante mirando ha- 
cia la sala. Luego, segura de que nadie la sigue ni la 
ve, corre hacia la puerta de la Izquierda y se va sin 
fijarse en Momo. Este, que al sentir pasos ha hecho un 
movimiento para Incorporarse y huir, al ver que es su 

prima, se está quieto.) ¿Hola? ¿Una esca^adlta 
al balcón?... ¡Inocente paloma! Pues que se 
ande con cuidado el noble hijo del pueblo, 



- 32 — 



Gen. 

Momo 
Gen. 

Momo 

Gen. 

Momo 

Gen. 

Momo 



Gen. 



porque, como yo pueda, le doy una broma de 
salón. De esas que se agradecen toda la vida. 

(Lee. Sale Genara por la puerta de la izquierda, miran- 
do para dentro. Momo, al reparar en ella, le dice son- 
riéndose:) Se fie'ura que no la ve nadie. 
(Sorprendida.) ¿Eh? Hola, Momo. ¿Qué te pa- 
rece la mocita? 
De la buena cepa. 

Pa mi que esta se te escapa de entre las 
manos. 

Menos lo sentirás tú que yo, ¿no es verdadV 
Calla, granuja. 
(I Viene alguien? 
Sí. 

Pues, señor, no quiero enfermar del corazón. 
Me largo á mi alcoba, aunque me hiele. 

(Vase huyendo por la puerta de la izquierda.) 
[Y que voy yo á dejar que tú la toques al 
pelo de la ropa! ¡Serla un pueblo! (se pone á 
hacer que hace algo para ver quién llega.) 



ESCENA II 



PICHARDO y DON MARCOS 



(Salen por la puerta del foro. Don Marcos trae cogido del brazo á 
Pichardo, y no lo suelta ni á tres tirones. Viene contándole el argu- 
mento de un drama suyo.) 

D. Mar. ...Ha}'' una escena fuerte entre el padre y los 
hijos, y asi acaba el acto primero. ¿Qué tal? 

PiCH. ¿Me permite usted que beba un poco de 

agua? 

P. Mar. (sin soltarlo.) Acto scgundo. La misma deco- 
ración del acto primero. 

PiCH. ¿Me permite usted que beba un poco de 

agua? 

D. Mar. Sí, señor: yo también beberé. ¿Sabe usted 
que se me secan las fauces? 

PiCH. ¡Lo creo! 

(Beben los dos. Pichardo amenaza con el puño al otro, 
mientras bebe. Genara se va por la puerta del foro 
hacia la izquierda.) 



— 33 — 

D. Mar. Acto segundo. 

PicH . Vamos á la sala, 

D. Mar. Aquí estamos bien. 

PiCH. Sí, pero sería una desatención. Sobre que 

aquello está animadísimo. 
D. Mar. Cuéntemelo usted á mi. Yo no vengo á esta 

casa, ni voy á ninguna, más que á observar 

tipos y costumbres... 
PiCH. ¿Ah, sí? 

D. Mar. Es la misión del autor dramático, (cogiéndolo 

por el bra¿o otra vez, y tirando de él para la sala.) 

Volvamos á lo nuestro. Acto segundo, (pí- 

chardo sopla sofocado.) ¿CÓmO dirá USted qUB 

empiezo yo el acto segundo? Verá usted, 
verá usted si hay malicia, si hay ojo... Verá 

usted, verá usted... (Se van por la puerta del foro, 
hacia la derecha Queda la escena sola unos momentos. 
Después, sale García por la misoia puerta, pero viene 
del otro lado de la casa. Viste de levita. Pasea abs- 
traído.) 



ESCENA III 

GARCÍA, luego PICMARDO 

Gar. Sí, sí... Hablaré con sus hermano»... Es lo 

mejor... No tengo fe ninguna, pero .. Por mí, 
que no quede. ¿Y quién sabe, quién sabe?. . 

¿Han de ser tan malos? (silencio. ConUnúa pa- 
seándose. Pichardo asoma por la puerta del foro. Vien- 
do que su amigo gesticula y monologuea, quédase en 
la puerta observándolo. Allá en la sala suena un vals 
tocado al piano: la reunión baila que se las pela.) Sí, 

SÍ... Después, cuando se vaya toda esa gen- 
te... ¿Qué pierdo yo con proponérselo? 

PiCH. ¡Tate! ¡tate! 

Gar. (sobrecogido ) ¿Qué? Ah, ¿eres tú? 

PiCH. Niégamelo ahora. 

Gar. ¿Qué? 

PiCH. Niégame que te pasa algo: niégame que es- 

tás hablando solo. 

Gar. (contemplándolo con burla.) ¡Pero mira que eres 

curioso, Perico! 

t 



— 34 — 

PrcH. ¿Curioso yo? 

Gar. Hasta la locura. Ayer les decía yo á mis 

sobrinas, refiriéndome á tí, que el peor día 
de tu vida será el de tu entierro. 

PiCH. ¡Naturalmente! 

Gar. No; pero no porque te hayas muerto. 

PiCH. Entonces, ¿por qué? 

Gar. Porque no podrás ver quién va en los co- 

ches. 

PiCH. ¡Hombre! ¡hombrel ¡Elchistecito!... 

Gar. (Procurando disimular.) Lo que tCUgO, tOCayO — 

y te lo digo para que no te inquietes,— es 
que no puedo soportar en calma estas reu- 
niones semanalee: este nuevo martirio que 
ha ideado mi mujer. Me he refugiado aquí 
huyendo de ese charlatán de don Marcos, 
que escribe un drama por semana y me 
cuenta á mí el jueves el argumento. 

PiCH. ¿A. tí nada más? ¡A todo el que pasa por su 

lado! Oye, ¿y en dónde está Lorenza, que no 
la he visto? 

Gar. Se marchó el martes en peregrinación á 

Toledo. 

PiCK. Pues ¿cómo no me he enterado yo? 

Gar. Porque se te van las mejores. Habrá ido á 

pedir por la paz de la familia, y si mientras 
vuela la casa, al menos no le coge dentro. 



ESCENA IV 

DICHOS, FILTTO y CLARITA 
(Salen por la puerta del foro y vienen en busca de Pichardo.) 

FiL. ¿Ves? Aquí está. ¿Note dije? 

Clar. Pero Pichardo, por Dios: ¿qué hace usted 

aquí como un tonto? 
FiL. ¡Lo que se ha perdido usted! 

PlCH. (Desconsolado.) ¿Qué? ¿qué? 

Clar. ¡Lo que se ha perdido! 

PiCH . ¿Qué? 

FiL. Ese chico, Fernando Clona, es un artista. 



- 36 ^ 

Clar. a mí me atrae. 

FiL. Y á mí. ¡Ha imitado el vapor del estanque 

de una maneral... ¡Oh! 

Clar. Hasta echaba humo. ¿Usted no lo ha visto 

nunca, don Pedro? 

Gar. No; pero he visto el vapor del estanque; y 

si tanto se le parece... 

■Clar. No tiene usted idea. Una maravilla. Yo me 

llevaba á casa á ese hombre, para verle ha- 
cer cosas. 

PiCH. ¿Y á mí no, Clarita? Yo también echo humo 

cuando se tercia. 

(Risas ) 

FiL. tíÍHte Pichardo á todo le pone mostaza. ¿Va- 

monos para allá? 

PiCH. Sí, sí, vamonos. 

FiL. Ahcra va á adivinar el pensamiento ¡Figúre- 

se usted! 

Clar. Kso á mí me da miedo. Porque como el pen- 

samiento no tiene valla... 

PiCH. Vamos, vamos allá. El brazo, Filito, Clarita, 

el brazo (a García.) ¿Tú? ¿qué tal? ¿Voy solOV 

FiL. ¡Qué suerte tiene!... 

Clar La suerte es la nuestra, llevando á esíe ga- 

lán prendido... 

PiCH. ¡Atiza! ¡Como ese pollo me adivine á mí el 

pensamiento... me echan de la tertulia! 

(Risas generales. Se van por la puerta del foro, hacia 
la derecha, animadamente. Filito vuelve en seguida, y 
se encara con su padre sofocadisima.) 

FiL. ¡Papá! 

<xAR. Hija. 

FiL. ¿Tú crees que esto está bien? Me habéi-; 

dejado sola con Alfredo. María, se escabu- 
lle; Daniela, se escabulle; tú, no te aí^oma-s 
por allí... Es una grosería. Para esto, sería 
muchísimo mejor no recibir á nadie. 

Gar. ¡Ay, sí, sería muchísimo mejor! 

FiL. Anda, anda, anda y anda. ¡Esto.^ jueve.»? 

van á acabar conmigo! (Se va tras de ios otros.) 



— 86 — 

ESCENA V 

GARCÍA y DON MARCOS. Al final FICHAR DO 

Gar. ¡Señor, señor!... Para mí son jueves los siete 

días de la semana. ¡Ay!... Trabajo me está 
costando sostener la careta. 

(sigue paseando abstraído.— Sale don Marcos por la 
puerta del foro, con el argumento de la semana entre 
ceja y ceja, se va derecho al aparador, y se empina un 
vaso de agua. Al ir á marcharse, repara en García y 
cae sobre él como un aerolito.) 

D. Mar. ¡Pero, hombre! ¿pero qué hace usted aquí? 

<tar. ¡Hola! 

D. Mar. ¿Qué hace usted aquí? 

Gar. Nada... Me dio un mareíllo... La bulla, la 

gente... 

D. Mar. ¿Estorbo? ¿Molesto? 

Gar. Calle usted... Usted está en su casa, y en su 

casa usted no molesta nunca. 

D. Mar. Gracias, querido, (pegando la hebra ) Pues... 
antes... cuando nos separó aquella señori- 
ta... ¿Quiere usted un cigarro? 

Gar. Venga. 

(pasean y fuman. García aguanta resignado la nube ) 

D. Mar. Quedamos — ¿lo recuerda usted?... 

Gar. Si; ¿habla usted de su obra, no? 

D. Mar. ¡Claro! 

Gar. Quedamos en la escena... Cuando el hijo va 

y le dice al padre que... y el padre va y le 
dice al hijo... 

D. Mar. Aguarde usted un poco. No la enredemos. 
Ahí quedé con otro señor, q"e parece inte- 
resarse mucho. El señor Pichardo. A usted 
lo dejé en otra cosa. Ya recuerdo. 

Gar . ¿Vamonos á la sala? 

D. Mar. (sin hacerle caso.) Verá usted qué problema 
más hondo. 

Gar . ¿Nos iremos á la sala? 

D. Mar. Pasa aquella escenita de los dos rivales, 
¿comprende usted?... «Que tú, que yo, que 



— 37 — 

infame, que tal»... Frase cortada, efecto; el 
teatro es efecto... y el efecto es taquilla. Y 
en seguida encajo un pasaje cómico para no 
cansar. 

Gar. ¡Mucho! 

D. Mar ¿Kh? ¿Hay autor? ¿Hay vista? 

Gar. ¡Hay! (Mitad suspiro, mitad nflrmacióu.) 

D. Mak. Pues verá usted qué recurso más ingenioso 
y más infalible. Como el duque anda tan 
abatido, tan triste, pensando nada más que 
en lo suyo, ¡zas! llega un señor de estos pe- 
sados, de estos que no se hacen cargo de las 
circunstancias, y la emprende á contarle al 
buen hombre una cosa larguísima, que no 
le importa nada absolutamente. ¿Qué le pa- 
rece á usted? 

Gar. ¡Muy humano! 

D. Mar. ¿Verdad? ¡Eso pasa todos los días! 

Gar. ¡y todas las nochesl 

D. Mar. Pues hay majadero que me lo discute; que 
me dice que el duque no aguanta... 

Gar. ¡Si, hombre, sí lo aguanta! ¿Qué va á hacer 

el pobre señor? 

D. Mar. Usted ve largo: usted va lejos. Final del 
acto: ¡zas! llega el padre; ¡zas! llega la ma 
dre; ¡zat»! llega el hijo: se reúnen los tres. 
¿Se hace usted cargo de la escena? 

Gar . Sí, señor: ¡zas! llega el padre; ¡zas! llega la 

madre... Completamente. 

D. Mar. Bueno, pues agárrese usted. Bomba. El chi- 
co declara, confiesa. Lo que ha hecho para 
sostener aquel boato, aquel lujo, la vida 
aquella, es robar. 

Gar. (Turbado momentáneamente.) ¿Qué? 

D. Mak. r^acar dinero, descubriendo el resorte, de 
la caja de hierro de la herencia, (observando 

la turbación de García.; ¡Qué etectO le ha hecho 

á usted, amigo! ¡Hasta ha perdido usted co- 
lor! ¿Es bonito, verdad? ¿Impresiona, ver- 
dad? 

Gar. si, si, señor; ni cabe duda. Impresiona... 

D. Mar. (Metido en harina.) Telón rápido: entreacto cor- 
tísimo: acto tercero. 

Gar . ¿Por qué no nos vamos á la sala? 



- á8 - 

t>. Mar. Vamos donde usted quiera. Allí tambié» 

podemos hablar. 
Cí^ARi Vamos, sí; no adviertan mi falta.. 

(Encamlnanse hacia la puerta del foro.) 

D. Mar. Acto tercero. La misma decoración del se- 
gundo. El despacho del duque, ¿eh? 

Gar . «í. 

D. Mar Con las dos puertas laterales, ¿eh? 

Gar. Sí, sí. 

D. Mar. La mesa, Jas panoplias... el escudo en el 
fondo... 

Gar. Sí, hombre, si. La misma: ya ePtoy. 

PiCH. (Saliendo.) Ferico, Pcrico, que te esperan allá. 

Gar. Para allá vamos. 

D. Mar. ¿Y quién cree usted que aparece en escena? 
¿El padre? ¿La madre? 

Gar. Es difícil.. No sé... 

Ü. Mar. ¡El señor pesado! Elemento cómico. Para 
ganarme al público, ¿entiende uf-ted? ¿Hay 
chispa? ¿Hay ojo? ¿Hay picardía? ¿Hay ma- 
dera? ¿Hay hombre de teatro? ¿Se mover !o& 
muñfcos?... — Con permiso de usted voy á 
beber otro poquillo. 

Gar. ¡Sí! 

(Mientras bebe, se le escapa cautelosamente García.. 
Pichardo celebra el lance.) 
D. Mar. (Acaba de beber, y le echa mano á Pichardo sin verlo, 

como si fuera el otro.) ¡Bah! Acto tercero. Esce- 
na primera. 

PiCH. ¿Eh? 

D. Mar. Atardece, y á la conclusión del acto es ya 
de noche. 

PiCH. ¿Cómo que atardece? 

D. Mar. (sorprendidisimo.) ¡Ah, que es usted! ¿Y el se- 
ñor García? 

PiCH. En el pasillo lo aguarda á usted, lleno de 

impaciencia. 

D. Mar. Voy, voy; no se pique. Está interesadísimo. 
Esta noche no duerme. Ya seguiré luego 

con usted. (Vase hacia la sala hablando solo, y dis- 
puesto á no soltar á García hasta el fin de la obra. 
De la suya, naturalmente.) Atardece, ya digO... 

PiCH. ¡Carambo con el dramaturgo! ¡Qué nube! 

Por salvar yo á Perico, por poco se me cuel^ 
ga á mí. 



— 39 - 

ESCENA VI 

PICHARDO, DANIKLA y GENA,RA 

(Sale Daniela por la puerta de la izquierda, enjugándose el llanto. 
Piohardo la detiene.) 

Dan . Esto es hecho. 

TiCH . ¿Danielita? 

Dan. ¡Ah! 

PiCH . No se asuste usted, que soy yo. 

Dan. No, si no me asusto. ¿Queda ahí gente? 

PiCH. Aiguna; pero pronto se irá. ¿Qué le sucede 

á usted, Danielita? 

Dan. Nada. 

PiCH Me parece que está usted inquieta. 

Dan. ¿Por qué? 

PiCH. Qué sé yo. Ese S'^ml)Iante... esos ojos... ¿Fue 

do hacer algo por usted? 

Dan. Sí. 

PiCH. Usted dirá. 

Dan. Deiarme sula. 

PiCH. Ah, vamos. ¡Je! Ya se ve que ea usted de 

Aragón, (a Genara, que sale por la puerta del foro 
á tiempo que él se va, le indica por señas que Daniela 
quiere estar sola. Genara no lo entiende.) 

Gen. ¿Cómo? 

PiCH . (En tono miaterioso.) Que quiere estar sola. 

Gen. Lo que no quiere es estar mal acompañada. 

PiCH. ¡Carambol ¡carambo! Ya se ve que es usted 

de Madrid. (Vase rabiando de curiosidad.) 
Gen. (conteniendo á Daniela, que va á iiablar.) Espere 

usté un poco. (A.sómase á la puerta del foro, te- 
merosa de que Pichardo ande por allí.) Se fué. 
(Hablan en voz baja, precipitadamente y con recelo 
de ser sorprendidas.) 

Dan. ¿Viene usied de la calle? 

Gen. Sí. 

Dan . ¿Lo ha visto usted? 

Gen. Sí. 

Dan. ¿Está bien enterado? 

Gen. [Anda! 



~ 40 — 



Dan. 

Gen. 

Dan. 
Gen. 

Dan. 

Gen. 



Dan. 

Gen, 
Dan, 



¿A las tres, verdad? 

A las tres en punto. Me ha dicho que aun- 
que caigan rayos. 
No lo permita Dios. 

La llave de la puerta de abajo, está en el 
cajoncillo del perchero. 
Ya, ya lo sé. Separémonos. 
Señorita, muchísima suerte. Y de gracias, 
un carro. Aunque bien sabe Dios que no 
me ha guiao ningún interés. 
Gracias yo a usted, Genara. 
Hasta que Dios quiera. 
Hasta pronto. 

(Vase Cenara por la puerta del foro. A poco sale Momo 
por la de la izquierda.) 



ESCENA Vil 



DANIELA y MOMO 



Momo ¿Danielilla? 

Dan. (Volviéndose sorprendida.) ¿Quién? ¡Momol (Con 

sorna.) ^,Pero no has salido de casa, ó saliste 

y has vuelto ya? 
Momo No: no lie salido. Llevo malucho un par de 

días. Y hace mucho frío por ahí... ¿Verdad? 
Dan. No sé. 

Momo ¿No sabes? 

Dan. En casa se está bien. 

Momo Basta que tú lo digas. Pero mi cuarto no es 

ninguna estufa. 

(Encaminase Daniela á la puerta del foro.) 
Momo (Estorbándole el paso.) ¿A dónde vaS? 

Dan. a la sala: déjame. 

Momo ¿Qué vas á hacer allí? 

Dan. Me echarán de menos. 

Momo Yo también, si te vas. 

Dan. Contigo tengo confianza. Déjame. 

Momo No. 

Dan. Bueno. Paciencia. 

Momo ¿Necesitas mucha para permanecer á mi 

lado? 



— 4L - 

Dan. Alguna; y ya me queda poca. 

Momo ¿Te trato mal? 

Dan. Me dices cosas que no me agradan. 

Momo ¡Extraña mujer! La enoja que la llame bo- 
nita, que es todo mi pecado. 

Dan. Como no lo soy... 

Momo Eres mus que bonita: eres preciosa. 

Dan. Mejor pura mi novio. 

Momo Y peor para mi: ya lo sé. (contemplándola con 

codiciosa admiración.) ¡Qué OJaZOBl... ¡(jué boca!... 

¡qué busto!... ¡qué cintura!... De mejor gana 

que lo digo... 
Dan. No te acerques, Momo. 

Momo ¿Estoy apestado, primita? 

Dan. Lo están tus intenciones. 

Momo Te engañas. 

Dan . (Tratando de irse otra vez. Momo se lo impide.) Dé- 

jame SHÜr. 

Momo No quiero. 

Dan. ¡Es mucho suplicio! Me marcharé á mi 

cuarto. 

Momo Y yo detrás. 

Dan. Hasta la puerta, no lo dudo. 

Momo Me gustas por lo entera, por lo bravia. 

Dan. y tú á mí por lo... 

Momo Dilo. Por lo... ¿qué? Dilo. 

Dan. Por lo... 

Momo ¿Por lo golfo? 

Dan. Cabal. 

Momo No eres tú la primera mujer á quien le gus- 

to por lo golfo. 

Dan. a mí ni por eso, ni por nada. Fué gana de 

hablar. 

Momo También por la franqueza me gustas. Si tú 

y yo acabaremos por querernos mucho. ¿A 
qué te empeñas en alejar lo que ha de ve- 
nir? 

Dan. Yaya. 

Momo No me desprecies; no me hieras. Ello está 

escrito, y como te resistas, conseguirás que 
un día se me encienda el humor, y baje á la 
calle, y le bu.^que la cara á tu novio. 

Dan. Se me olvidó: sólo me gustas por valiente. 

Lástima que algunas veces, como ahora, te 



— 42 — 

encierres en casa, porque en la calle te ace- 
cha un hombre que te quiere pegar. 

Momo ¿A mí? 

Dan. a tí. El... P'ulano... el que sea: el querido de 

una de esas mujeres con quien tratas, y á 
las que pretendes igualarme. 

Momo ¿Pero quién ha inventado?... ¿Ves si eres in- 

justa conmigo? Pues cuanto más injusta 
eres, más te quiero, n ás te deseo, más me 
seduces, uiás me arrastras... 

Dan, No te acerques, Momo. 

Momo No me atraigas tú. 

Dan. Mira que huyo; que doy voces. 

Momo Comprendo el ser esclavo... el placer de los 

latigazos en la espalda... Ven acá. (intentando 

cogerla.) 

Dan. lístate quieto! 

Momo ¡Pero qué tonta eres!... ¡Ven acá! 

Dan. ¡Que grito. Momo! 

Momo (Asiéndola al fin por una mano.) Grita. Acudirá la 

gente. Perderás tú; yo no. 
Dan. ¡Suéltame! 

Momo ¡Si al fin ha de ser! (La abraza.) 

Dan. ¡Canalla! ¡Suéltame! (lo despide violentamente.) 

Momo ¿Sabes que tienes buenos puños? 



ESCENA VIII 

DICHOS y MARÍA 



María (por la puerta del foro.) ¿Eh? ¿Qué es esto? ¿Qué 

es esto, Momo? 

Momo Nada. Tu hermanita, que por las señas sien- 

te lo trágico. 

Dan. y que no sabe tratar con rufianes. 

María Momo... 

Momo Primita... 

María Por ser ella quien es, y por estar en la casa 

de tus padres, debieras respetarla. 

Momo Pero oye, ¿de cuando acá son los abrazos 

faltas de respeto, y menos entre dos primos 
que se quieren bien? 



- 48 — 



Marív 

Momo 
María 



Momo 



(Va á contestarle con indignación y violencia, y se re- 
prime.) Vete. Déjano?. 
¿Qué ibas á decirme? 

No sé. Te quería insultar; pero en mi len- 
guaje no hay palabras para insultaite á tí. 
Vete, vete. 

Ah, ¿tú también te pones por las nubes? 
Vaya, hay lances sin fortuna. Deí^de hoy os 
trataré con exquisita cortesía. Empezaré 

esta noche. (Haciéndoles una reverencia.) Seño- 
ritas... á los pies de U^tedep". (Vase por la puerta 
del foro, hacia la izquierda, cantando.) 



ESCENA IX 

DANIELS y MARÍA 



Dan. 

María 
Dan. 

María 
Dan. 



Marí\ 

Dan. 

María 

Dan. 

María 

Dan. 

María 

Dan. 

María 

Dan. 

María 

Dan. 

VIaría 

Dan. 



Tú harás lo que quieras, pero mi resolución 
está formada. 
¿Y cuál es? 

La de irme de aquí; la de escaparme, para 
que nadie me detenga. 
Ño lo hará?. 

Lo haré. Todo me arroja de esta casa; pero 
el a-edio de Momo bastaría. ¿Me segui- 
rás tú? 

¿Y adonde vas? 

A donde sea; á no estar aquí. ¿Me seguirás? 
No. 

¿I'or qué? 
No sé explicártelo. 
Pues contigo ó sin tí, yo me voy. 
Yo me quedo. 
Pronto irás á buscarme. 
Tal vez. 
Estoy segura. 
Calla, que alguien viene. 
Pues adiós. 
Si es tío Pedro. 
Quien sea. No quiero ver á nadie, (se va por 

la puerta de la izquierda.) 



44 



ESCENA X 



MARÍA, GARCÍA y FILITO; luego MOMO 

María (viendo irse á Danieía,) Al fin y al cabo tú tie- 

nes un cariño, una esperanza; pero yo... 
César... Cé?ar... 

Gar. (por la puerta del foro.) ¡Loado Sea Dios! ¡Ya se 

fueron! ¡Qué noche más larga! 

F:L. (Por la puerta del foro también.; Papá, Alfredo 

dice que está muerto de sueño, y que se 
acuesta, y que se acuesta, y que se acuesta. 
Gar. Pero, señor, estos hijos mío?.. ¿No sabe que 

08 tengo que hablar?... Cosa que yo les 
pida... ¡Es mucha desgracia! (vase.) 

MOM.i (Por la puerta de la izquierda.) Cllica, ¿qué tripa 

se le ha roto ádon Pedro? 

FiL. Qué se yo: le tiemblo cuando se pune mis- 

terioso. 

Momo A mí me encargó antes con el mayor sigilo 

que viniese aquí cuando todos se fueran... 
¿Y el gran don César no asistirá al conciliá- 
bulo? 

FiL. Como sea para sacar tajada... 

Gar. (volviendo.) ¿Momo? Ah, que estás aquí. Aho- 

ra vendrá Alfredo, (a María.) Hijita, tú has 
de dispensarme; pero ya que por casualidad 
los pillo en casa á todos, quiero charlar á 
mis solas con esta gente. 

María Si, tío, sí. Mañana hablaremos usted y yo. 

Gar . ¿Nosotros? 

María Sí. 

Gar. ¿De qué? 

María De una cosa. 

Gar. Bien está. Hasta mañana. 

María Hasta mañana. Adió?, Filito. 

FiL. Adiós. 

María Buenas noche.«. Momo, (se va por la puerta do 

la izquierda. Momo le hace una extremada cortesía, 
sin palabras.) 



— 46 — 

ESCENA XI 

GARCÍA, FILITO, MOMO y ALFREDO 

Momo ¿Por lo visto tenemos sesión secreta? 
Gar. Secreta y grave. 

FiL. ¡Nos hemos caldo! 

Alf (Por 1» puerta del foro, bostezando.) Papá, COmO te 

descuelgues con una tontería vas á oirme. 

FiL. Oye, tú; no bosteces asi, que contagias. 

Gar. Sentaos si queréis, (cierra las dos puertas. Lo» 

hijos se colocan con la mayor comodidad posible.) 

Alf. ¿Pero va á per ento muy largo? 

Gar. Hay para un rato, Alfredo de mi vida. 

Momo ¿Telegrafiamos á mamá? 

Gar. Déjate de burlas ahora, (contrariado y triste ) 

Yo os aseguro que, si bubie8e podido resol- 
ver por mí mismo el asunto de que quiero 
hablaron, nacía os diría, ya que tanto os mo- 
lesta. Cuando os llamo aq>ij, es porque no 
tengo más remedio. Perdonadme. 

Alf. ¿a que vas á salir con una simpleza? 

Gar . Siendo tu padre, no serla extraño que sa- 

liese. 

Momo Eso está bien. Chóquela usted, don Pedro. 

Gar . Seriedad. Os pido seriedad y atención. 

Alf (Luchando en vano con el sueño.) Pero a (^ésar, 

¿por qué razón se le deja dormir? 

Gar. Césnr á estas horas no duerme. César está 

bajo el peso de una enorme desgracia, de la 
cuhI vamos nosotros á tratar aquí. 

Momo ¿H"la? ¿Anda don César en el ajo? 

FiL ¡Espantara me yo! Pues de.'^de ahora te ad- 

vierto que si hay que pagarle alguna tram- 
pa, yo de lo mío no doy ni una perra. 

Gar. Silencio, Filito. 

Momo Empiezo á escamarme asaz. 

Gar. (Triste y solemnemente.) Vuestro hermano Cé- 

sar ha cometido una gran locura. 

Momo Rumorts. 

Gar. Locura que no puede hallar disculpa ni ea 



— 46 — 

SUS pocos años, ni en sus arrebatos de joven, 
ni en nada. Yo soy su padre, y no lo ab- 
suelvo. Pero hay que salvarlo. 

FiL, Pues ¿qué gansada ha hecho? 

Gar. Es algo muy grave, con cuyo descubrimien- 

to padecería la honra de vuestro hermano, 
que es al mismo tiempo la vuestra y la mía. 
Oidme, que ya veis que el caso no puede 
ser más serio, ni de más doloroso interés. 

(Aliredo ronca.) 

FiL. Y pí no, que se lo pregunten á ese. 

Gar. (sublevándose.) ¡Alfredo! 

Alf. Papá. 

Gar. ííTan grande es tu cansancio que no puedes 

atenderme cinco minutos? ¡Levántate y sa- 
cude el sueño! 

Alf. a ver si acabas. 

Gar. (con amargura.) SÍ casi no he debido empezar. 

Cenar, por necesidades de la vida en que sa- 
béis que anda, por no sufrir humillaciones 
ante la mujer de quien en mal hora se ena 
moró, por deudas del juego, por cien causas 
distintas, ha venido durante varios meses 
disponiendo de algunas cantidades de la 
Cfja confiada á él. 

Momo ¡Bueno! 

Al F. ¡Arrea manco! 

FiL. ¡Qué bruto! 

Gar. <_'allad. Esas cantidades no ha podido resti- 

tuirlas á la caja; ascienden á una suma con 
siderable, y ahora, con motivo del recuento 
y balance de fin de año, se ha de notar la 
falta si no se remedia, y César estará perdi- 
do. Fijaos bien: perdido. Este es el caso. Me- 
ditad sobre él. Entre todos, con voluntad y 
con cariño, no dudo que podremos acudir á 
su reparación, calvando así á César de la 
deshonra, que, si bien lo miráis, es salvar 
nuestro crédito, nuestra casa: porque á mí, 
¿qué me quedará para sostenerla si pierdo 
mi buen nombre? 

Momo Pues, señor, vivir para ver. Declaro que mi 

escama ha podido sugerírmelo todo, menos 
eso. Conozco hombres imbéciles en el mun- 



- 47 — 



Alf. 

FlL. 

Momo 



Alf. 

FlL. 

Gar. 

Momo 

Alf. 
Momo 



Alf. 
Gar. 



Momo 
Gar. 

Momo 

Alf. 

Gar. 



do, pero como mi señor hermano don César 
ro he visto otro. 
¿Verdad que no? 

¡Qné barbaridad, qué barbaridad, y qué bar- 
baridad! 

De modo que haciendo del corrido y del ca- 
lavera, entra en relaciones con una señora 
casada — rehiciones autorizadas por el mari- 
do; hasta aquí vamos bien; — con una seño- 
ra que vive á lo grande porque puede, que 
da reuniones y escándalos todos los martes, 
y que tiene más caprichos que joyas; y mi 
caballeroso hermano, no sólo no se aprove- 
cha de la viña— como hubiera hecho yo — 
sino que se pierde y se busca la ruina por 
causa de ella. ¡Qué listo es! ¡Qué listo! 
¡Mira que hace falta di.-<currir con las botas! 
Merecía que le dejáramos ir á presidio. 
Pero, por Dio;^, por Dios... ¿Vosotros supo- 
néis que César hubiera podido aceptar?... 
¿Cómo si lo suponemos? ¡Es lo que cree todo 
Madrid! 

Anoche se habló de eso en la Cervecería. 
Señor, las señas son mortales: i.na dama 
muy rica y un galán sin dos cuartos, y que 
viste, y que luce, y que juega, y que se abo- 
na á los teatros, y que va al tiro de pichón, 
y que veranea.. ¡A ver qué va á pensir la 
gente! 

Tiene este razón. 

La gente puede pensar lo que se le antoje, 
pero vosotros estáis obligados á pensar de 
otro modo. Conocéis bien á César... 

(Burlándose.) ¡Oooooh! 

Conocéis su orgullo, su intransigencia altiva 
en ciertas cuestiones... 
¡Oooooh! 
¡Oooooh! 

Pero ¿qué fignifica esto? ¿Es que tomáis á 
broma el conflicto? Si no por él, considerad- 
lo en serio por mí. ¿No veis mi tortura?. . 
Yo he sido el primero en acusar á César; en 
condenarlo; pero esto no quita para que 
piense que lo tenemos que Falvar. 



— 48 — 



FlL. 

Momo 
Gar. 
Momo 
Gar. 

Los TRES 
FlL. 

Gar. 



Alf 
Gar. 

Alf. 

Momo 

Gar. 



FlL. 

Momo 

Alf. 

Momo 



G^R. 

Momo 

FlL. 

Alf 
Momo 



Gar. 



No sé cómo. ¡Ni que estuviéramos nosotros 

nadando en la abundancia! 

(a Alfredo.) [Adiós, Urquljo! 

Disponéis de lo suficiente... 

A ver: explícate. 

¿Hay más que vender vuestra casa? 

(Como si los pinchasen.) ¿QuécCC? 

¿Vender nuestra casa? 
Sí, hija mía: la honra de todos, ¿no vale qui- 
zás ese sacrificio? Comprendedlo. Os lo pro- 
pongo yo: yo, que fui quien á costa de mil 
trabajos consiguió verla edificada para vos- 
otros cinco. 
¿Cómo cinco? 

Cinco: los cuatro que vivís... y la pobrecita 
que murió. 
Ah, es verdad. 
¡Qué animal es este! 

Aunque yo os la di, nada mando en ella: 
sólo por acuerdo de vosotros puede vender- 
se. Yo os pido que lo hagáis, y espero que 
lo haréis sin pensarlo, por natural impulso 
de vuestro corazón. 

(silencio largo. Unos á otros se miran consultándose. 
Alfredo se rasca la cabeza.) 

¿Tú qué dices, Momo? 
Lo que piensas tú: ¡que es una triste gracia! 
Pero así como suena. 

El juego de don César está más claro que 
la luz: se da vida de príncipe.'gasta y triun- 
fa, seguro de que tiene las espaldas cubier- 
tas con nuestra casita. Son habas contadas. 
¡Momo, por Dios! 
¡Papá, por la Virgen! 

Tú podrás dorarla, pero lo que lleva la pil- 
dora dentro es lo que ha dicho Momo. 
¿Si creerá ese que aquí nos chupamos el 
dedo? 

Convengamos en que es de un desahogo en- 
cantador. Y luego hay que verlo: entra en 
la casa perdonándonos á todos la vida: huye 
de nosotros, miserables gusanos, gentecilla 
desprovista de sentido moral... 
(suplicante.) No es eso... olvidemos ahora... 



- 49 - 

Alf. Si, 8Í, olvidemos: todavía me acuerdo yo de 

lo que discutió mis seis mil reales, cuando 
caí soldado. ¡A la fuerza quería verme con 
el chopol 

Momo Porque tú eres un ser inferior. 

FiL. ¿Y yo, también lo soy? Pues ahora bien 

que ha tenido barro á mano, y no ha sido 
para comprarle á su hermana ni un par de 
guantes. 

Gar. Estoy horrorizado de oiros: sois crueles, sois 

malos... 

Momo ¡El ángel de Dios es el otro! 

FiL. ¡Aquí, ya se sabe: en diciendo César...! 

Alf. ¡Siendo cosa de César...! 

Momo ¡Don César tiene bula!... 

GrAR. ¡Basta ya! 

Momo ¿Eh? 

Gar. ¡Basta ya! Esto se acabó. Momo, vete á tu 

alcoba. 

Momo Ya lo creo que me voy. Después de todo... 

la cosa no vale la pena de trasnochar. Salud. 

(Vase por la puerta de la izquierda.) 

Gar . Adiós. Filito, Alfredo, retiraos vosotros tam- 

bién. 

FiL. (a Alfredo.) ¡Mira que la pretensión de papá!... 

Alf. Chica, yo tengo un sueño que no veo. Me 

han partido con variarme las horas de ofi- 
cina. 

FiL. Compadéceme á mí, que todavía antes de 

acostarme tengo que hacer examen de con- 
ciencia. 

Alf. Hasta mañana, papá. 

Gar. Ha^ta mañana, Alfredo. 

FiL. Papá, buenas noches. 

Gar. Buenas noches, hija. A dormir tranquilos... 

si podéis. (Alfredo y Filito se van por la puerta del 
foro, cada nno hacia un lado.) 



— 60 — 

ESCENA XII 

GARCÍA y MARÍA 



Gar. 



María 

Gar. 

María 

Gar. 

María 



Gar. 

María 

Gar. 



María 



G^r. 

María 

Gar. 

María 



Gar. 

María 



(Despuí^s de una pausa, con amargura.) ¡Y dicGll 

que esta capa es cristiana, porque mi mujer 
ha pegado una estampita de Jesús detrás 
de la puerta! 

(saliendo por la puerta de la izquierda.) ¿TÍO í^edro? 

María. ¿Kstabns ahí? 

(Tímidameute.) Confieso mi delito: ahí estaba. 
Pero he llegado ahora. 
Ya. 

Oí gran tremolina desde mi cuarto, y aun- 
que eso aquí no puede chocar, como las 
mujeres somos tan curiosas, me acerqué... 
Pero ¿te has enterado?... 
De nada; no... Al llegar lo he visto á usted 
ya solo. ¿Qué ha sido? 

Lo de siempre, hija de mi alma; que quiero 
sembrar en mi casa un poco de cariño, y 
cada vez encuentro la tierra más seca y más 
dura. Vente aquí. 

(obedeciéndolo y sentándose cariñosamente al lado 

suyo ) De muy buena gana. Haré yo lo que 
no hacen nunca los otros: acompañarlo, 
quererlo, vivir con usted... ¿Qué importa 
que esos coman y duerman bajo el mismo 
techo, si viven á miles de leguas de distan- 
cia? 

A railes de leguas, dices bien. 
¡Qué lri«te es estar tan lejos de quien se 
está tan cereal 
No te cases nunca, María. 
No se alarme usted. Es difícil. Soy tan pa- 
va, tan sosa... Además, no soy rica. Lue- 
go, hay muchachas que hablan mirando, 
que con los ojos dicen lo que les interesa... 
Yo no sé; no puedo... No sé más que callar. 
¿Callar? Pero ¿es que estás enamorada? 
No... 



— 51 — 

Gar. ¡Si! 

María Lo afirma usted de una manera... 

Gar. Hija mia, lo niegas tú de un modo... 

Makía Diciendo que no... 

Gar. Ay, ay, ay... Te voy á encerrar en una ha- 

bitación y te voy á poner á pan y agua. 

María Dejemos eso, tío. 

Gar. ¿Quién es él? ¿quién es él? Ahora soy yo el 

curioso. 

María Quien usted quiera. Puesto á ello, elíjamelo 

usted á su gusto. 

Gar. Bien está. Debo respetar tu reserva. Y dime, 

dime: ¿de qué me querías hablar? (Mana 
calla.) ¿No me advertiste que tenías que ha- 
blarme de una cosa? 

María Sí. 

Gar. Vamos á ver: ¿qué es ello? 

María ¿Uf^ted sabe qué le ocurre á César? 

Gar. ¿a César? ¿A mi hijo? 

María Sí. 

Gar. Pero ¿le ocurre algo? No sé... ¿Por qué me 

lo preguntas? 

Marí.\ Verá usted. Ayer tarde pasaba yo por su 

cuarto á tiempo que de él salía un mozo de 
café. La curiosidad me hizo mirar instinti- 
vamente hacia dentro, y pude ver á César. 
Estaba en una actitud que me dio miedo. 

Gar. ¿Sí? 

María Miedo y lástima. Sentado ante su mesa, 

¿sahe usted? con la cabeza entre las manos, 
pálido... y los ojos muy fijos... Al pasar yo, 
me parece que me vio y que dijo: María. 
Pero no estoy segura de ello. Escuché unos 
momentos á ver si me llamaba otra vez y 
no me llamó. ¿Qué le ocurre, tío Pedro? Us- 
ted lo sabe. 

Gar. No, no... De verdad te digo que nada sé. No 

te alarmes... no agrandes las cosas con tu 
imaginación. Cada hombre es un mundo... 
Vaya usted á saber si algún devaneo... al- 
guna aventura de muchacho... 

María Ya. 

Gar . César se ha metido en una vida que no es 

para él. 



— 52 



María 

Gar. 

María 

Gar. 

María 

Gar. 

María 

Gar. 



María 

Gar. 

María 

Gar. 

María 

Gar. 



María 

Gar. 
María 



Gar. 



Marí\ 

Gar. 

MarIa 

Gar. 

María 

Gar. 

María 

Gar. 

María 



¿Y por qué no sacarlo de ella? (García hace un 

gesto.) ¿Tan atado está? 

Puede que no esté atado más que por un 

cabello; pero si es de mujer... 

(súbitamente.) ¿De mujerV 

Sí. 

¿Quiere á alguna? 

La quiso. Y aún creo yo que la quiere. 

¿Por qué? 

Porque cuando se llega á la pasión, querer 

es una cuesta abajo, y olvidar es una cuesta 

arriba. 

Según eso, ¿él trata de olvidarla? 

Sí. 

Sin duda por que ella no merece... 

No merece, no... 

¿Y quién es ella? 

Una de tantas. Me repugna hablar contigo 

de esfo. Es una historia que vale más que 

ignores. Pertenece á lo que llaman crónica 

escandalosa. La víctima ha sido mi hijo 

César. 

(Emocionada) Bucno, SÍ... tiene usted razón. 

Calle Ufted. (Se levanta.) 

¿Te vas ya? 

Si; es tarde. Debe usted recogerse, descan- 
sar... Yo también. Es muy tarde, muy tar- 
de... Hasta mañana, tío Pedro. 

(oyéndola y mirándola sorprendido.) AdiÓS, mUJer. 
(María va hacia la puerta de la izquierda. Al llegar á 
ella, García, que no ha dejado de contemplarla, la 
llama. Ella contesta sin volver la cabeza.) María. 

¿Qué? 

Mírame. (María permanece quieta.) Mírame. 
¿Para qué? 

(Acercándosele.) ¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? 
No lloro. 

(comprendiendo de pronto.) ¿AcaSO tÚ...? 

Sí. 
¿Es él? 

El. (Se va, llorando silenciosamente.) 



— 53 - 

ESCENA XIII 

GARCÍA y LUISA 

Gar. (Atónito, confuso.) ¡Jesúe! ¡Jesús! I Y en qué 

momentos!,., ¡en qué momentos!... 

Luisa (Por la puerta del foro.) Señor. 

Gar. Pero ¿cómo no he advertido hasta ahora...? 

Luisa Señor. 

Gar. ¿Qué quieres? 

Luisa Que son ya las tantas de la noche. Usté dirá 

si puedo acostarme. 

Gar. Ah, sí: ¡ya lo creo! ¡Es verdad; que te dije 

que te esperaras! Acuéstate, sí. No; si vamos 
á perder todos la cabeza. ¡Jesús, Jesú^, Je- 
sús!... (Vase por la puerta del foro, haciéndose cruces.) 

Luisa A este pobre señor me lo vuelven loco. Si no 

llego á asomarme, estoy de plantón hasta 

la madrugada. (Apaga la luz del comedor y vase 
por el foro, dejando la puerta cerrada. El escaso fuego 
de la chimenea brilla en la oscuridad. Queda la escena 
sola unos momentos.) 



ESCENA XIV 

DOÑA GOYA 

(Sale sigilosamente por la puerta del foro, con su palmatoria encen- 
dida. Habla en voz baja y llena de misterio.) 

D.aGvVA Creí que no se iban nunca... ¿Qué habrán 
traído?... ¿Qué tramarán entre todos contra 
esta pobre vieja?... Ladrones... criminales... 
A ver qué ha quedado esta noche... (Deja la 

luz, abre el aparador y hurta de él codiciosamente y 
86 echa en la falda recogida lo que va nombrando.) 

¡Ah!... ¡gran festín! ¡Queso! ¡queso! ¡tenemos 
queso!... Pobrecitas ratas... Estas galletas... y 
estas uvas... JNada mas, nada más... no lo 

noten... (cierra el aparador, coge su luz, y se va tan 



— 64 — 



sigilosamenle como vino.) ¿Qué OS Creíais, pülos? 

¿que nos ibais á matar de hambre?... (Queda 

otra vez la escena sola durante unos momentos.) 



ESCENA XV 

TANIELA y CÉSAR 

(Por la puerta de la izquierda sale Dauiela, que huye, caminando 

cautelosamente hacia la del foro. Viste gabán negro y toquilla negra 

también á la cabeza.) 

Dan. Es mejor que no me despida de ella... Me 

retendría, como siempre... ¡No! ¡no! Ya ven- 
drá conmigo... ¡Maldita casa!... 

(Aparece César en la puerta del foro. Daniela, temero- 
sa de ser sorprendida, ahoga un grito y se echa hacia 
atrás. César viene sombrío, silencioso, abstraído. Se 
detiene en la misma puerta un instante. Después, orien- 
tado por el resplandor de la chimenea, avanza hasta 
ella despacio. Déjase al fln caer con gran abatimiento 
en el sofá. Llora. Daniela lo observa inmóvil.) 

Cés. Huir, huir... No hay otro remeíiio que huir. 

(Daniela, con los ojos llenos de espanto y fijos en César, 
gana al fln la puerta y escapa. Cae el telón.) 



UN DEL ACTO SEGUNDO 



^s*f^MaR) .í9>^i>^ 



U II II II II II II II II 11 .1 U II il M II I II II II II II II o II II ll II II II II II II II II 



ACTO TERCERO 



Despacho en casa de García. Una puerta á la derecha del actor y otra 
á la ¡z<iuierda. Chimenea á la derecha. Al foro, dos balcones. Entre 
ellos, h\ mesa. Sillería de cuero. Una butaca. Teléfono. Es á la 
calda de la tarde. 



ESCENA PRIMERA 

GARClA y DOÑA GOYA, después PICHARDO 

(García, sentado á la mesa, revuelve papeles y trabaja. A poco sale 

doña Goya por la puerta de la derecha, buscando un almirez que 

hay sobre la chimenea.) 

D.a GoYA ^;En dónde me lo habrán escondido?... En- 
vidiosos... tunantes... 

Gar. ¿Eh? ¡Ah! 

D.a Goya ¿Le parece á usted si es picardía el sitio en 
que han ido á ponerlo? Siempre habrá pido 
la señorita del pan pringado, (a García.) O 
puede que hayas sido tú; tá, que me estás 
oyendo, y haces como que no me oyes. 

Gar. Señora, ¿quiere ui-te<l dejarme en paz? 

D.a Goya Lo que tú pensarías: quilo de en medio el 
almirez, viene la primavera, no puede to- 
carlo... y un día de tormenta se le mueren 
todos los gusanos de seda. 

Gar. (Dejando sus papeles.) ¡Bueno! Usted dirá cuán- 

do puedo seguir. 



— 66 — 

D.a GoYA Más valia que te dedicaras á meter en la 
cárcel á tu sobrinita, la que se escapó con 
el albañil. Y eso que era una santa... Andp, 
búscame las cosquillas otra vez. (cantando.) 

Espartero á Bilbao 
tres veces atacó... 

Gar. i Yo voy á parar en el Año Cristiano] 

PiCH . (viene de la calle, por la puerta de la derecha, ajeno 

al roción que le aguarda.) Salud. 

D.a GoYA (ai verlo.) El otro... ¿Trae usted algún reca- 
dito misterioso de las chulillas, no es ver- 
dad? Tan pirandón y tan marrano es usted 
como ese viejo verde. 

PiCH. ¡Doña Goyal 

D.a GoYA ¡Doña Cuerno! Así, así; no tengo pelos en la 
lengua. Y como vuelvas á esconderme el al- 
rcirez... 

PiCH. ¿Yo el almirez? 

D.a GoYA Tú, sí, no te vale disimularlo. Y tú has sido 
también quien me ha quitado un capullo 
color de oro. Y quien se come el maiz de 
Fernando VIL ¡ Ka, ya la solté! ¿Te hace fal- 
ta otra banderilla? Pues escucha: en la anti- 
güedad, á los de tu oficio, los echaban á ga- 
leras ó jes daban azotes. ¡Jopo! (se va por la 

puerta de la derecha con su almirez, dejando atónito 
á Pichardo.) 

PiCH. Me ha dicho con todas sus letras que soy 

un al... al... Al tiempo. Esia vieja nos da un 
disgusto el día menos pensado. Le planta 
las verdades al lucero del alba. 

Gar. ¿Las verdades? 

PiCH. Bueno, á su manera... Lo que ella cree... 

Gar. Te aseguro que ya no sé si mandarla á una 

casa de locos, ó si irme yo. (pausa.) ¿Entregó 
usted esos documentos? 

PiCH. Esta mañana, 

Gar. ¿y qué le ha dicho á usted esa señora? 

PiCH. Que haga usted por verla e.^ta noche. 

Gar. Esta noche va á serme imposible. Escríbale 

usted cuatro letras diciéndole que la veré 
mañana. 



— 67 

PiCH. Perfectamente. ¿Manda usted algo más? 

Gar. Nada más. 

PiCH. Pues oye una noticia que va á alegrarte. A 

la portuguesita le ha salido un argentino 

con la mar de pesos. 
Gar. Mira, ote callas, ó te tiro por el balcón. 

¡Pues á fe que et-tá el horno para rosquillas! 

(Oyense dentro, hacia la izquierda, voces de altercado 
entre Alfreáo y Cenara.) ¿Eli?... ¿Qué CS eSO?... 
¿Quién grita? ¿Qué pasa ahí? (Levantándose.) 

¿A que me voy á trabajar á la Puerta del 
íSol para estar más tranquilo? (hi altercado 

arrecia. Las voces se aproximan.) 

PiCH. Es Ganara, que tiene unos repentes... 

Gar. ¡Qué alboroto! (Llamando.) ¡Genara! ¡Genara! 

Gen. (Dentro.) ¡Y ahora mismo lo echo todo á 

rodar! 
Gar. ¡Genara! 

Gen. ¡Lo que es de esta prójima no se ríe ningún 

sietemesino! (Sale por la puerU de la izquierda.) 



ESCENA II 

GARCÍA, PICHARDO y GENARA 

Gar. ¿Me quiere usted decir qué escándalo es 

ese? 

Gen. Don Pedro, esto me pa^^a á mí por buena, 

por considera; por salir á mi madre, que no 
podía ver láí^timas; por tener un corazón 
que no coge por la Puerta e Toledo. Pero 
comprenda usté que to se acaba, y antes 
que perder yo lo que he ganao con tanto 
trabajo, me oyen á mí hasta las piedras de 
la calle. 

(Pichardo, apenas ve el rumbo que toma la couTersa- 
clon, quiere hacerse invisible.) 

Gar. Bueno, bueno; tranquilícese usted y díga- 

me: ¿qué es ello? 

Gen. Ello es que á estas horas no está señalao su 

hijo de usté el menor, porque hoy es lunes, 
y yo me corto las uñas los lunes pa que no 
me duelan las muelas. 



- 68 — 

Gar. Che, che, che... poquito á poco. 

Gen. ¿Cómo poquito á poco? Dé usté gracias á 

Dios, que toavía paece que res[)eto, y por 
estar hablando con usté escojo las palabras. 
¿Usté f-abe la partida serrana que lue ha ju- 
gao el niño? ¡Vamos, hombre! De na me ha 
servio tratarlo como si fuera mismamente 
un hijo natural. «Genara, que no tengo pa 
tabaco.» Tome usté, señorito. «Genara, que 
me hacen falta cuellos rusos.» Tome usté, 
señorito. «Genara...» 

Gar. Pero ¿mi hijo le ha pedido á usted...? 

Gen. ¡Sí, señor! 

Gar. ¡En el nombre del padre! (Llamando.) ¡Alfredo! 

Gen. Aguarde usté, que aún no he hecho más 

que principiar. Lo bueno es lo que falta. Dos 
mil reales me debe, y ahora me sale con 
que él no hace memoria. ¡Y me niega la 
firma de los recibos! 

Gar. (Paseándose agitado) ¡JeSÚP, JeSÚs! 

Gen. Así es que yo, viendo que he visto que se 

porta de esa manera, he cogió el mamón de 
ocho puntas y me he plantao en el minis- 
terio. 

Gar. ¿En el ministerio? 

Gen. !áí, señor: con los elétricos no hay distan- 

cias. 

Gar. ¿y para qué? 

Gen. ¡Toma! ¡Pa retenerle la paga, ni más ni 

menos! 

Gar. ¡Bien! ¡bien! ¡Admirable espectáculo! ¿De 

quién habrá aprendido ese mozo á pedirle 
dinero á la criada? 

Gen. ¡a ver! ¡De toa la familia! 

Gar. ¿De toda la familia? 

Gen. y de algunos amigos, que se quieren hacer 

los espelros. 

Ga'?. ¿Cómij? 

PíCH. ^ (Afrontando la situación ) Si lo diCB USted pOr mí, 

yo no le he pedido más que cuatro duros, 
á pagar un mes no y otro no, digo y otro sí, 
y me parece que hasta ahora voy cum- 
pliendo. 
Gen. Pero ¿quién se ha metido con usté, señor? 



— 5Ü — 

PiCH . |Por 8i acaso! 

Gar. ¿De manera que no es sólo Alfredito...? 

Gen. ¿Qué ha de ser? La señora también me 

debe lo suyo. Y el señorito Momo. Y yo me 
hubiera callao toa la vida, pero el compor- 
tamiento del señorito Alfredo me ha ocecao. 
Porque usté comprenderá que j'o no soy el 
Banco Hipotecario ni la Equitativa. 

Gar. No, si ha hecho usted muy bien en decír- 

melo. Ahora me toca á mi. ¿Está ahí mi 
mu]Vr? 

Gen. No, señor; ha salido. 

Gar. ¡Milagro! 

Gen. Creo que ha ido á buscar casa. 

Gar. ¿a buscar casa ella? ¡Si la busciira yo! 

PiCH. Pero ¿os vais á mudar otra vez? 

Gar. ¡Por lo visto! ¡A y, ay, ay! ¡En ocho meses 

tres mu lanzas! Pichardo, amigo leal, coge 
un revólver y pégame un tiro en la cabeza. 
¿Y el señorito Alfredo, está? 

Íten. Ese sí. 

Gar. Pues venga usted conmigo. Venga usted, 

venga usted... (Vase resueltamente por la puerta de 
la izquierda.) 

Gen. Pocas veces he visto al señor tan sofocao. 

PiCH. ¡Kazón tiene! 

Gen. ¿y yo no, verdá? ¡Nos ha fastidiao el don 

Pichardo este! (Vase tras García.) 



ESCENA III 

pichardo y MARÍA 
PlCH. (Descargando su cólera contra Genera.) Embustera, 

chulona, sacacuartos; que con lo que sisas 
aquí vas á hacer un hotel en la Castellana... 
Si yo dijese más de cuatro cositas que he 

visto... (Mirando hacia la puerta de la derecha.) ¡Ah! 

María. (Llamándola ) ¡María! ¡María! Haga us- 
ted el favor. Lo que va á alegrarse... 

María (saliendo.) ¿Qué hay, Pichardo? 

PiCH. ¿A dónde iba usted tan abatida, tan silen- 

ciosa?... 



— GO- 
MARÍA Huyendo de todos. 
PiCH. ¿Huyendo? 

María Sí. Únicamente con el tío Pedro puedo ha- 

blar. Desde que ee escapó Daniela estoy con- 
denada á sufrir los comentarios más soe- 
ces... Eea tía Goya... esa Filito... 
PiCH. ¡Mire usted Filito!... Las mujeres no perdo 

nan nunca lo que otras hacen y ellas harían 
si se atrevieran. Yo entiendo un poco de 
esto. (Bajando la voz.) Ahora vengo de allá. 
María ¿De dónde? 

PlCH. Espere usted. (Mira receloso á ambas puertas.) Le 

temo á la vieja más que á un automóvil. 
De allá: de ver á Daniela. 

María ¿La ha visio usted? 

PiCH. La he visto. No se me cocía á mí el pan 

hasta saber, por investigaciones propias, 
dónde estaba depositada, qué camino había 
llevado el asunto, etc , etc. Crea usted que 
nada tienen que reprocharle sus dichoPOS 
primitos. Lo que ha hecho Daniela, está 
bien hecho. 

María Con todo, no lo ha debido hacer. 

PíCH. ¡Justol No lo ha dtbido hacer, pero está 

bien hecho. Le advierto á usted que los pa- 
rientes del novio en cuya casa está, son gen- 
te honrada, humilde, deliciosa. Los tiene 
encantados la chica. 

María ¿Y cómo está mi hermana? 

PiCH. Palidilla y con ojeras, que dice la copla. Se 

la ve que sufre. Su eterna cantinela es lle- 
vársela á usted en cuanto se case. A mí ya 
me han invitado á la boda. 

María ¿Irá usted? 

PiCH. ¡Antes falta el cura! Mi mujer dice que an- 

do siempre metido en lo que no me impor- 
ta — y tiene razón, generalmente; porque mi 
mujer es una mujer que generalmente tie- 
ne razón; — pero, jsi viera u-^ted qué de satis- 
facciones trae consigo el meterde en vidas 
ajenas! 

María Según sean las vidas. Las hay tales, que 

dará miedo conocerlas por dentro, 

PiCH. Y por fuera. No, si yo estoy conforme; pero 



— 61 — 

no puedo remediarlo. Me entra un hormi- 
guillo... un desasosiego... ¡Si viera usted!... 
Y á propósito: usted que es tan observadora 
y tan litta, María: ¿qué ocurre en esta casa? 

María (Disimulando.) ¿En esta casa? No sé que ocu- 

rra nada nuevo. ¿Por qué? 

PiCH. Mi tocayo hace unos días que es otro: ni 

café, ni tertulia, ni bromas, ni... Es otro, es 
otro. Habla solo por los rincones... se le van 
palabras incoherentes... Es otro. 

María Mire u^ted no lo haga todo su hormiguillo... 

PiCH. ¡Ca! Aquí pasa algo; y algo de e.'o que oo 

pasa todos los días. Tengo un olfato de po- 
denco. Debe de ser cosa de Momo, que que- 
ría establecer una casa de juego combinada 
con una freiduría á la andaluza. ¿No? 

María Es posible... 

PiCH. Y si no es de Momo es de Alfredo, que 

anda á ver si logra casarse con una señorita 
con mancha... pero que tiene un dineral. 
¿No? 

María También eso es posible... 

PiCH. Y si no es de Alfredo es de César, y si no 

es de Filito, y si no es de la vieja... ¡y si no 
es del diablo que me llevel ¡Vaya! Estoy 
desesperado, María. ¡O me entero yo délo 
que pasa aquí, ó dejo de hamarme Pichardo! 

María Pero, hombre, ¡qué afán! ¿Y si no es nada? 

PiCH. Si no es nada... si no es nada, me llevo el 

chasco mayor de este mundo. 



ESCENA IV 

DICHOS y CÉSAR 

(Llega César por la puerta de la derecha. Trae al brazo el gabán y el 
sombrero en la mano.) 



CÉSAR Hola. 

PiCH. A la orden, don César. 

César ¿Y mi padre? 

PicH. Aquí estaba conmigo. Pero no sé qué asun- 



— 62 — 

to doméstico... ¿Cuándo no es Pascua? 
¿Quiere usted que le avise? 

Cés. No. Ya vendrá. 

PiCH. ¿A que va á ser cosa de usted? 

Oes. ¿Cómo? 

PiCH . ISada... nada... no sé lo que me digo... Estaba 

en otra parte. Voy á llamar á pu papá. 

Cés. Pero si no me corre prisa, señor Pichardo. 

PiCH. De todos modos; tengo yo muchísimo gus- 

to... (Stí va corriendo por la puerta de la izquierda.) 



ESCENA V 

MARÍA y CÉSAR 

María ¿Vienes de la calle? 

Cés . No: voy á ella. ¿Pur qué? ¿Quieres algo? 

María No; nada: saberlo. 

(Pausa.) 

Cés. ¿Qué hacías aquí charlando con ese botara- 

t^-? En tu genio, es raro. 
María Huía de los demás. Al menos Pichardo, el 

infeliz, me trata con afecto, me considera... 
CÉS. ¿Y los otros no? 

María Los otros no. 

Cés . Más vale: eso ganas tú. 

(Nueva pausa.) 

María César. 

CÉS. ¿Qué? 

María Yo necesito hablar contigo. 

Cés. ¿Deque? 

María De lo que te sucede. 

CÉS. ¿De lo que me sucede?... Si á mí no me su- 

cede nada, criatura... 

María Sí. 

Cés. ¿Tú qué í-abes? 

María Todo. No sufras por ello contrariedad. Más 
corazón pongo yo en tus tristezas, que esos 
que se llaman tus hermanos. 

Cés. Pero ¿quién te ha dicho?... 

María Tu padre. 

Cé8, ¿Mi padre? 

María Sí. Hace días que lo observo á él, que te ob- 



— 63 — 

servo á tí, y que comprendo la tribulaeióa 
de los dos. Cuando esta mañana salió de 
tu cuarto, de hablar contigo, yo estaba ace- 
chando su salida... Lo vi aflifjido, trémulo, 
sin voluntad, sin fuerzas... nos vinimos aqui 
los dos, y aquí mismo, llorando como un 
niño, me confesó toda la verdad. 

CÉs. ¡Qué vergüenza, María! ¿l'or qué me has di- 

cho que lo sabes? ¿l'or qué no has callado? 

María Porque me dolía tu soledad entre tu gente; 

porque quería llevar á tu alma palabras de 
consuelo... 

Cé8. Eres muy buena y muy generosa, pero yo 

te aseguro que no he sentido en el rostro 
toda la vergüenza de mi culpa, hasta ahora 
que tú me dices que la conoces. Déjame 
polo: te lo suplico. No me mires siquiera. 

María Ahora me iré, sí: cuando venga tu padre. 

¿Va-s á aceptar la solución que él te ha pro- 
puesto? 

Cés. ¿Tú sabes lo que me ha propuesto? 

María No. 

Cés. Si lo supieras no me habrías hecho esa pn-- 

gunta. Mi padre es tan bueno que no acier- 
ta á llegar al mal sino por el camino del 
bien, (pausa.) María. 

María ¿Qué quieres? 

Cés. a peear de mi gran vergüenza, á pesar de 

que no puedo resistir tus ojos, voy sintiendo 
que entra en mi alma el consuelo de tu 
compasión... Ven acá: yo quiero preguntar- 
te una co=a. 

María Habla, César, habla: mi corazón está sedien- 
to de oirte. 

CiiS. ¿Verdad que no abandonarás nunca á mi 

padre; que vivirás siempre con fl y alivia- 
rás sus penas con tu cariño? ¿Verdad que 
sí? 

María Siempre, César. Pero, dime, ¿es que tú?.. 
/•iQué piensas hacer tú?... 

Cés. María, á tí ya puedo confiártelo: mi único 

recurso es huir. 

María (conmovida.) ¿Qué dices? 

Cés. Huir: no hay otro. Huir es salvarme. Mi li- 



- 64 — 



María 
Cés. 



María 
Cés. 

María 
Cés. 



María 

CÉS. 



María 
Cés. 



María 

CÉS. 



María 

Cés. 

María 



bertad vale todavía más que mi culpa. Huir 
es escapar á la venganza, al ultraje^ al es- 
carnio de la misma gente que me ha hecho 
caer. Tendré otro nombre, conoceré otro 
mundo... donde puede que alguien me 
quierr. 

¿Y aquí nadie te quiere, ingrato? 
Es verdad. Me quiere mi padre, me consue- 
las tú... No estoy tan solo como me hace 
pensar mi amargura. 
No estás tan solo, no. 

¡Qué desesperación cuando no me encuen- 
tre! ¡Qué dolor el suyo! 
¿El suyo nada más? 

Nada más: los (tros... los otros de mi casa, 
de mi familia, lejos de sentirlo celebrarán 
no volverme á ver. 

(conteniendo el llanto.) No volverte á ver... 

Por eso te pido que no abandones á mi pa- 
dre, (se miran.) ¡Pcro qué egoísta soy! Por no 
llevar este remordimiento, pretendo esclavi- 
za rte á tí. 

No es esclavitud, César. 
¿No ha de serlo? Ahora, bien está; puedo 
adnr.itir que no lo sea: pero rodará el tiempo, 
vendrá un hombre digno de tí, te dirá que 
te quiere por buena, por hermosa, tratará de 
llevarte consigo... y entonces... entonces... 

(María rompe á llorar, cubriéndose el rostro con las 
manos. César, sorprendido y turbado, se aparta mirán- 
dola.) ¿Qué? ¿Lloras?... María... 
Déjame. 

¿Qué? (comprendiendo.) ¡Ah!... ¡Necio de mí 
que hasta ahora no he sabido verlo! María; 
IMaría... 

Déjame, César. Ahora soy yo quien te pide 
á tí que me dejes. 

¿Por qué ha querido Dios que yo sepa esto 
en tan tremenda crisis de mi vida? 
Perdóname, César; perdóname si lo que yo 
pensaba ahogar en mi silencio, ha salido á 
mis ojos y sube ahora á mis labios. Mi sen- 
t'miento ha sido más fuerte que yo. Perdó- 
name. 



— 65 — 



Cés. 



María 

Cés. 

María 

Cés. 

María 

Cé^. 

María 

Cés. 



Marí» 



María, te juro que esta revelación me des- 
concierta, rae aturde, me llena de dolor... Yo 
no he sentido nunca impresión más honda, 
mayor tristeza, pena más grande de mí mis- 
mo. Podía creer en tu piedad, en tu lástima... 
pero jamas en otra cosa. ¿Cómo no me des- 
precias? ¿Cómo no me rechazas? 
¿Porqué? 

Por lo que hice... por lo que soy. 
Si no hubiera perdón en el mundo, yo lo 
inventaría para tí. 
Por Dios, María... 
Silencio. 
¿Quién? 

Debe de ser tu padre. 
Mi padre, sí... Silencio, silencio... 

(procuran serenarse los dos. Despuéa de una brevo 
pausa, dice Maria:) 

No es tu padre: es Pichardo. 



ESCENA VI 



DICHOS y PICHARDO 



PiCH . (Saliendo por donde se fué.) Ahora vlene el papá. 

Cés. ¿Cómo? 

PiCH . Que ahora viene el papá. 

Cés. Ah, vamos. 

PiCH. ¡Dios mío, la que hay armada en el come- 

dor! ¿Usted ha llorado, Mariquita? 
María ¿Yo? 

PlCH. Serán mis ojos. (Se queda mirando á César y hace 

un gesto.) 

María Bueno, César, puesto que tienes que hablar 

con tu padre... hasta luego. 
Cés. Hasta luego, María. 

María ¿Te veremos esta noche ó te meterás en tu 

celda, como de costumbre? 
Cés. No, no; pasaré la noche con vosotros. 

María ¿De veras? 
Cés. De veras. 

(Vase Maiía por la puerta de la derecba. Pichardo re> 
pite el mismo gesto que hizo antes.) 

5 



— 66 — 

ESCENA Vir 

CÉSAR y PICHARDO; luego GARCÍA 

PiCH. Qué interesante, ¿eh?... y qué cariñosa, 

¿eh?... y qué... ¿eh? 
Cés. ¿Eh? 

(Pausa. Pasean en opuesta dirección.) 

PiCH. Parece que ha templado el tiempo... 

Cés. Sí... 

PiCH. Como le he visto á usted con el gabán... 

CÉS. Sí... 

(Nueva pausa.) 
PlCH. (Tarareando una polca.) ¿De dónde eS estO?... 

¿De dónde es esto, hombre? 
Cés. Será la única cosa que usted no sepa en 

este mundo. 
PiCH. No, señor, no. Desgraciadamente no es la 

única. 

GrAR. (Sale por la puerta de la izquierda sin ver á Pichardo, 

y la cierra tras sí.l ¡Ay, César, gracias á Dios 
que estoy contigo!... ¡Qué casa! ¡qué fami- 
lia!... Esto rinde. Pero, en fin, vamos á lo 
nuestro. Cerraré esa puerta también, no se 
cnele Pichardo. 
PlCH . (Atónito.) ¿Eh? 

Gar. (sorprendido.) ¡A.h! ¿estabas ahí? 

PiCH. ¡Claro! Perico, á un lado bromas, tienes que 

convencerte de que cuatro ojos ven más que 
dos. Y un deber de amistad me ordena á mí 
tomar cartas en este asunto, (va á la puerta y 
la cierra.) Dices muy bien en lo que dices: tu 
casa es un infierno. ¿Echo, la llave? 

Gar. La voy á echar yo. 

PiCH. No te molestes, bobo. 

Gah. No; si digo que la voy á echar yo cuando 

tú te vayas. Que va á ser ahora mismo. 

PiCH. ¿De manera que huelgo? 

Gak. En absoluto. Mi hijo y yo tenemos que ha- 

blar, y no veo la necesidad de que tú te en- 
teres. Cien veces te lo he dicho: tú eres el 
alma y la vida de todo aquello superficial, 



- 67 - 

agradable, ligero... En cuanto asoma algo 
de interés, te esfumaB, te borras... No existes. 

PiCH. ¿^'on que no existo, eh? Ya me llamarás. 

Hasta luego. ¿Eh? 

Oar. Nada. 

PlCH . ¡Ah! (Vase muy digno por la puerta de la derecha ) 



ESCENA VIII 

GARCÍA y CÉSAR. FILITO 

Cés. Es de lo más entrometido y fastidioso... 

GrAR. (Cerrando con llave la puerta por donde Piehardo se 

ha ido.) Sólo yo lo piiedo aguantar. — Con que, 
vamos á cuentas, hijo. 

Cés. Vamos á cuentas. Dime. 

Gar. ¿Terminaste con esa mujer? 

Cés. Del todo. 

Gar. ¿No me engañas? 

Cés. Con nndie más que contigo hablo la verdad. 

Gar. ¿Duele la amputación? 

CÉS. Duele: pero ya pasará. Duele por ella... y 

por lo neciamente que he empleado algu- 
nos años de mi vida. ¡Quién había de decir- 
me que el final de esta aventura iba á ser 
mi def^honra! 

Gar. Cualquiera que conociese el principio. Sír- 

vate de lección, y adelante. Sólo el dolor 
enseña. 

lí'lL. (Llamando á la puerta de la derecha con les nudillos.) 

¿Hay alguien aquí? 
Gar. Si; yo. ¿Qué se te ofrece? 

FiL. Abre. 

Gar. No puedo ahora. Déjame. 

FiL. Si es que tengo que hablar con Polín, que 

está en la calle esperando que salga. 
Gar. Pues que aguarde Polín. 

FiL. ¡Claro! ¡Como tú no sufres el plantón á pie 

firme! 
(tar. Así crecerá. 

FiL. ¡ Ay! ¡Esto de que no pueda una hacer en eu 

casa lo que le dé la gana!... (Retirase ) 
Gar. Es verdaderamente lamentable, hija mia. 



— 68 — 

Gés. ¿Qué Polín es ese, papá? 

Gar* ¡Qué sé yo! Será el novio de hoy. 

Cés ¿Pero no lo conoces tú? 

Gar. ¿Crees tú que es fácil conocer á todos los 

novios de tu hermana? (suspira.) Volvamos á 
lo nuestro. 

Cés. Oye una pregunta qne quiero hacerte, y que 

siempre se me va de la cabeza: ¿sabe mamá 
esto mío? 

Gar. Sí. Como á tus hermanos, la llamé á capí- 

tulo un momento, y se lo dije. Era mi deber. 

Cés. ¿y qué se le ocurrió? 

Gar. Ño sé; no recuerde. Ello fué cosa de encen- 

der velas... No me pareció muy seguro, ¿sa- 
bes? Por eso resolví no hacer caso de nadie, 
y salvarte yo solo. 

Cés. ¡Qué tristeza! 

(Pausa breve.) 

Gar. ¿Has pensado en lo que te propuse esta ma- 

ñana? 

Cés. Sí. Y cuanto más lo pienso más firme estoy 

en no aceptarlo. 

Gar. ¿Porqué? 

Cés. Lo que tú quieres es salvar mi nombre man- 

chando tu conciencia. 

Gar. Pero ¿no te he dicho que no hay peligro al- 

guno? Se trata del capital de una señora 
que lo ha puesto en mis manos para que se 
lo administre y especule con él. Ya sabes 
mi buen nombre y mi crédito... Ni en sue- 
ños puede sospechar. Y si me ayuda la for- 
tuna, á la vuelta de dos ó tres años habré 
repuesto yo con creces la cantidad que aho- 
ra nos hace falta. 

CÉS. Es que no quiero que hagas por mí lo que 

sin mi culpa jamás te habría pasado por el 
pensamiento. 

Gar. Considera que para mí es una alegría muy 

grande este sacrificio... Ya que carezco de 
todas las del mundo, ¿por qué no me das 
esta? 

Gés, Porque las alegrías, si no tienen el fondo 

muy claro, son tristezas pronto. Comprén- 
delo tú. ¿Para qué insistes? 



- 69 — 

Gar. César, hijo mío; no eches por tierra nci so- 

lución... Es la única. Acéptala con los ojos 
cerrados y déjame á mí. Tú empiezHP, y yo 
estoy acabando. Casi deseo acabar del todo. 
Tu vida puede enderezarse aúu: la mía ca- 
mina torcida á su tri«te final. 

Cés. Nunca, nunca. Tu abnegación pretende lle- 

varme á una indignidad mucho mayor que 
la que he cometido. 

Gar . Eso no. 

Cés. Eso sí. Caiga sobre mí solo el peso de mi 

culpa: yo lo sacudiré. Su expiación me hará 
hombre, si merezco serlo; y si no lo merez- 
co, ¿para qué te voy á arrastrar conmigo? 

Gar . Por Dios, César: reflexiona que yo lo miro 

desde arriba; desde lo alto de mis años y de 
mi vida amarga y estéril. Déjame acabarla 
con un capítulo romántico, que harto pro- 
saica y triste ha f-ido toda ella. Aunque no 
me llamen más el pobre García, el bueno 
de García, no te importe: el bueno de Gar- 
cía, el pobre García quiere sacrificarse esta 
vez por el único de sus hijos que, fundando 
el tiempo, puede ser capaz de decirle: «Des- 
can-a, que harto trabajaste.» 

Cés. Calla, calla. 

Gar . ¿No ves claro que hay un fondo de egoís- 

mo en lo que deseo? 

Cés. ¡Egoísmo en tí'... Te suplico que no me ha* 

bles más; que me dejes... 

Gar. Te dejo, sí... Para que vuelvas á pen?ar en 

ello. Mira que la solución de tu conflicto es 
tti vida. Adiós. Piénsalo, piénsalo... por tí, 
por mí... por... Si yo te dijera... 

Ces . ¿Qué? 

Gar. Nada, nada: no quiero confundirte más.. 

Hasta luego, César. 

Cés. Hasta luego. (Se abrazan en silencio, y César se va 

por la puerta de la derecha.) 



70 - 



ESCENA IX 

GARCÍA; luego, sucesivamente, FILITO, PICHARDO, MOMO y AL- 
FREDO 

Gar. (sombrío, reflexivo.) ¡Lo pierdo también!... 

¡Esto acaba mi vida!... ¿Qué importa? Para 
lo que vale... para lo que sirve... (Déjase caer 

con gran abatimiento en la butaca.) 
(sale Filito por la puerta de la derecha con un abrigo 
puesto y corre á asomarse á un balcón, cerrando tras si 
las vidrieras. García, durante esta escena, los mira á 
todos con honda amargura.) 

FiL ¡Gracias á Dios que abrieron! No se cansan 

ustedes de hablar tontería?. ¡Pobre Polín! 
Estará tiritando. 

(Llega Pichardo por la puerta de la derecha y al ob- 
servar la actitud de García se le acerca y le habla en 
tono confidencial.) 

PiCH. ¿Qué es eso, Perico? ¿Qué ha sucedido en- 

tre vosotros? (García lo mira.) Acabo de ver a 
á tu hijo, descompuet-to, lloroso. Yo nece- 
sito una explicación. Yo soy aquí algo más 
que el amigo superficial y entretenido que 
toma café y puro de sobremesa. 

Gar. Pero ¿tú qué es lo que pretendes? 

PiCH. ¡Enterarme! 

Gar . ¿De qué? 

PicH. ¡Hombre, de algo! ¡Si estoy á ciegas! ¡sino 

sé por donde van los tiros! .. ¿Y he de ver 
con indiferencia que llega esta crisis, y se 
me desdeña, y &e me excluye, y se me da con 
la puerta de la ingratitud en las narices de 
la amistad? 

Gár. (Harto ya del sermón.) Mira, tocayo, acaso ten- 

gas razón sobrada; pero yo te ruego que te 
calles. 

PiCH. ¿Cómo? 

Gar. Que te calles. 

PiCH. ¿Te molesto, quizás? 

Gar. Sin dudp. 

PicH. ¿Por el timbre duro de mi voz ó por las 

ideas? 



— 71 - 

Gar. Por todo ello junto. 

PiCH. Dispénsame. No está en noi natural impor- 

tunar á nadie. Con tu permiso voy á escribir 
aqni esa carta, (ai ir á sentarse á la mesa repara 
en Filito, y corre á observarla desde el otro balcón.) 

¡Oi^a! ¿Qué hace Kiiito? Parece que está ca- 
zando moscas. ¡Anda! ¡si es que habla con 
el novio! Pues este es nuevo. ¡Qué chico es! 
¡Y qué metido en su gabán está el hombre! 

(Se sienta á escribir.) 

(Sale Momo por la puerta de la izquierda, canturrean- 
do. Se encamina al aparato del teléfono y toca el tim- 
bre para pedir comunicación.) 

Momo Hola, Pichardo insigne. Hola, don Pedro. 

¿Escribimos alguna carlita de amores? 
PiCH. ¡Qué más quisiera el gato!... Eso se queda 

para ustedes los pollos... 

(Suena el timbre del teléfono.) 

Momo ¿Central? ¿Central? Catorce ochenta y nueve. 

PiCH. ¡Ah! ¡Catorce ochenta y nueve! ¡Buen peine 

está usted! 

IVIoMo ¿Y eso? 

PiCH. ¿No es una cochera de lujo? 

Momo No, señor. 

PiCH. ¡('arambo! ¡pues me he trascordado! Enton- 

ces es la fábrica del gas. 

Momo Hombre, ¿á usted qué le importa? 

(vuelve á sonar el timbre.) 

l'iCH. No... nada... pero yo apostaría... 

Momo Calle usted ahora; haga el favor. 

PlCH. (Apuntándolo j)ara verlo luego ) Catorce OChenta 

y nueve. 

Momo ;,Hablando por el aparato.) ¿CoU qulén hablo? 

¿Quién está ahi? 

PiCH . Esa pregunta la han debido hacer en la <»tra 

parte. 

Momo ¿Se quiere usted callar? — Sí; soy yo; Momo. 

— ¿Una copa de Blázquez? Venga, venga. — 
Sí; de eso quería tratar contigo, — Bueno. — 
Sí. — Sí. — Corriente. [Ja, ja, ja! 

PlCH. (contagiado de pura curiosidad.) ¡Ja, ja, ja! 

(Momo lo mira y él disimula escribiendo.) 

Momo Pero ¿estáis ahí todos? — ¿De manera que ha 

habido empalme? — ¿Y esas, también están 



- 72 — 

ahí? — Que se ponga Matilde al aparato. — 

Sí,— Sí. — Descuida. 
PiCH. Me carga oir hablar por teléfono, porque... 

porque como no se oye más que á uno... 
Momo ¡Hola! ¡buena piezal — Regular. — Ya sé que 

anoche hubo de todo. — Sí. — ¡Ya lo creo! Ea- 

pérate y verás... 
PíCH. ¡Je! Ahora comprendo algo. 

Momo Como quieras. — En Fornos á lag dos. — ¡Ja, 

ja, ja! 

PlCH. (como antes.) ¡Ja, ja, ja! 

Momo Adiós, fiera. Escúchame un secreto. — ¿Que 

no? Tú te lo pierdes. 
PiCH. Se la ha oído reir. 

Momo Hasta luego. (Oeja el aparato,) 

PlCH . Toque usted el timbre, para indicar que ha 

concluido. 

Momo Es verdad, (lo hace.) Está usted en todo. 

PiCH. En todo. 

Momo Ijo sabe usted todo. 

PiCH. Todo. 

Momo El día que sepa usted cuándo debe mar- 

charse de un sitio para no estorbar, tendre- 
mos un hombre completo. 

PiCH. ¡Jal 

Momo Déme usted un cigarro. 

PiCH. Acabo de fumarme el último. 

Momo Sí. Como siempre. Hasta después, don Pe- 

dro. Amigo Pichardo: voy á cenar esta no- 
che con una chata, que si la viera usted, se 
le ponían de á cuarta los dientes postizos. 

PlCH. ¡Je! l^OS postizo?... (Vase Momo por la puerta de 

la derecha, canturreando, como llegó. Pichardo se le- 
vanta y se dirige al aparato del teléfono. A mitad de 
camino lo estremece un golpe que da Garcia con el 
puño cerrado en un bra?o de la butaca.) ¿Eh? 

Gar . ¡He sentido ganas de ahogarlo! 

PiCH . ¿Cómo? 

Gar. No hablaba contigo. 

PiCH . Creí... (Buscando en el libro de teléfonos el número 

de marras.) Catorco oclicnta y nueve... jAh!... 
Es que me lo estaba figurando. ¡Qué punto! 
¿Pero cómo no sabia yo que han puesto te- 
léfono? 



— 73 ~ 

(Sale Alfredo por la puerta de la izquierda y se encf - 
ra con él.) 

Alf. Diga usted, Pichardo. 

PiCH . ¿Qué hay, Alf rédito? 

Alf. ¿Qué fué lo que le dijo á usted el sastre? 

PiCH. ¿El sastre? Pues me dijo que por ser cosa 

mía, tendría usted el frac á las siete y media. 

Alf. (cousuitando el leioj.) ¿A las siete y media, ver- 

dad? 

PiCH . ¿Y á dónde se va tan de tiros largos? 

Alf. Al Español. 

PiCH . ¿Qué obra dan esta noche? 

Alf. No sé: me es Jo mismo. Yo en la sala no 

estoy más que los entreactos. En cuanto 
empieza la representación me salgo al ves- 
tíbulo, (a García.) ¿Qué miras? 

Gar. Nada. 

Alf Ah, vamos, (se marcha por donde salió, silbando.) 

(Retirase Filito del balcón y lo cierra de golpe demos- 
trando gran indignación.) 

Fil. ¡Se acabó lo que se daba, hijo mío! (Levanta 

un visillo, y con extraordinaria vehemencia hace seña 
les negativas ) 

PiCH. ¿Qué es eso? ¿Estamos de monos? 

Fil. (Apartándose del balcón y soltando la carcajada.) jPo- 

brecillo Polín! ¡IvO hago sudar tinta! 

PiCH Pero ¿qué ha sido? 

FiL. Nada; ganas de divertirme yo. Asómese us- 

ted. Mire usted cómo se pasea; mire usted 
cómo se tira del sitio del bigote. 

PlCH. ¡Ja, ja, ja! 

FiL. Dentro de cinco minutos tengo aquí una 

carta chorreando almíbar, (se va riéndose por la 

puerta de la derecha.) 

PlCH. Cosas de muchachas... Vaya, no molesto 

más... Ya me voy. Ah, la carta, ('oge de la 
mesa la que ha escrito.) ¿De quién es esta caja 
de fósforos? ¿Es la mía? No. (se la guarda.) 

¡Bueno! (Acercándose á García.) PueS... FerícO, 

yo me vuy á cenar. Volveré á la noche. 
Gar. Muchas gracias. 

PiCH. Sin gracias. Ya sabes que en las penas 

como en las alegrías, soy siempre tuyo. 
Gar. Ya lo sé. Te repito las gracias. 



— 74 ~ 



PiCH. Sin gracias, hombre. Es un deber... un gus- 

to... Tú estás preocupado... Pero, en ün... 
Buenas tardes... ¿Eh? Ah, no... nada... Bue- 
nas tardes, (se va por la puerta de la derecha.) 



ESCENA X 

GARClA; después MARÍA 

Gar. ¡JesúsI... ¡.Jesús!. . No acabo nunca de des- 

cubrir horrores en mi casa... Me ven cruci- 
ficado, rendido, muerto de dolor, y parece 
que se complacen en arrojarme al rostro su 
indiferencia criminal, su bárbaro egoísmo... 
¿Y esta es mi casa? ¿Y mis hijos son esos?... 

¡Jesús, Dios míol... (Pausa.) 
M'VRÍA (Dentro, con angustia.) ¡TÍO Pedro! 

Gar. ¿Quién? 

María (saliendo por la puerta de la izquierda, desencajada, 

llena de estupor y de pena. En la mano trae una 

carta ) ¡TÍO Pedro! 

Gar. ¿Qué tienes? 

María César... 

Gar. ¿Qué? 

María ¡César ha huídol 

Gar. ¿Qué dices? ¡No es verdad! 

María Sí es verdad, sí... Llamé á su cuarto... no 

me respondía... temí... entré... En su mesa 
estaba esta carta... 

Gar. ¿Esa carta?... Pero no, no es posible... ¡Cé- 

sar! ¡hijo mío! ¡César! (Vase atribulado por la 
puerta de la izquierda.) 

Marí-v Que no es posible dice... Sí, sí es posible, tío 

Pedro... ¡Lo que no es posible es vivir sin 
verlo siquiera!... Aquí se despide de mí... la 
carta es para mí... para mí... ¿Por qué se va 
si yo lo quiero? ¿Por qué lo dejan ir los su- 
yos? ¿Por qué manda el odio en la tierra, 
pudiendo mandar el amor? 

(Sale García por la puerta de la derecha.) 

Gar. No está, no está... Sus hermanos no saben. . 

se encogen de hombros... A ver esa carta, 
esa carta... ¿Qué dice esa carta? 



-^ 76 - 

María (Leyendo entre lágrimas.) «María, perdóname,.. 

No tengo valor para decirle adiós á mi pa- 
dre, ni para decírtelo á tí... He estado cie- 
go, ciego... he sido un loco... ¡Cuántas cosas 
comprendo ahora!... Olvídame... Merezco tu 
lástima, tu indiferencia ó tu desprecio: tu 
cariño no. Olvídame... Me asusta que tu vi- 
da me pertenezca .. Déjame solo rodar por 
el mundo como ruedan las hojas... Acaso al- 
gún día volveré... Te juro que pensaba per- 
derme en la vida huyendo de mí mismo, y 
que ahora va entrando en mi a!ma el anhe- 
lo de volver aquí... Tal vez las sacudidas de 
este gran dolor que de aquí me arroja, re- 
vuelvan mi ser y me purifiquen... Entonces 
volveré... Cuando puedas mirarme tú sin 
que yo me avergüence... cuando pueda de- 
cirle á mi padre: «Pobre viejo, que quisiste 
hacer una casa y se te volvió un nido de 
víboras, descansa, que bien lo mereces»... 
Adiós, María. No dejes á mi padre. Adiós, 
otra vez... No veo lo qne escribo... Olvída- 
me... olvídame... Adiós. .» 

Gab. (Llorando con desesperación.) ¡Un nido de VÍbo- 

ras, es cierto: un nido de víboras! 



ESCENA ULTIMA 

DICHOS, FILITO, MOMO y ALFREDO 
FlL. fPor la puerta de la derecha.) Ahí está mamá. 

Gar. ¿Eh? 

FiL. Viene contentísima. 

Gab. ¿Qué dice?? 

FiL. Ha encontrado casa: tenemos casa. 

Gar. (Rugiendo de dolor.) ¡No: no tcuemos casa: dile 

que no tenemos casa! ¡Tenemos un sitio 
donde vivir juntos, para vivir separados, 
para odiarnos más, para despreciamos más, 
para ver día por día y hora por hora toda 
la lepra moral que llevamos dentro! 

FlL, (Asombrada.) Papá... 

María Tío Pedro, por Dios... 



— 76 — 

Gak. ¡No tenemos casa! ¡La casa de García, de 

este desventurado García, se hundió, cayó 
en ruinas para siempre! 

(Sale Momo á los gritos por la puerta de la izquierda. 
A poco sale Alfredo.) 

Momo ¿Qué es eso? 

Gab. ¡Huyó el que quedaba, le dejasteis ir, le 

empujasteis vosotros mismos á la deshonra, 
á la desesperación, quizás á la muerte!... 
¿Os sorprende verme como no me habéis 
visto nunca, verdad? ¡Es que estoy ciego 
de dolor y de rabia! ¡Quitaos de delante de 
mí! ¡Marchaos á donde yo no os vea más, 
lejos, muy lejos... y dejadme á mi solo! 
¡solo!... 

María Solo no, tío Pedro. 

Gaf. Es verdad, hija mía; que me quedas tú. El 

que se fué lleva en su tristeza infinita la 
ilusión de que alguna vez yo descanse; la 
ilusión de tu cariño puro... Esperémosle 
juntos, María: pero solos, ¡solos! ¡Sin esos! 

(Abraza á María, alejándola del grupo que forman los 
tres hermanos, los cuales comentan entre sí la que se 
figuran locura de su padre.) 



FIN 



Madrid, Marzo 1904. 



OBHRS OE IiOS MISMOS RÜTORES 



Esfrclnia y amor, juguete cómico. (2.* edición.) 
Belén, 12, principal, juguete cómico. 

©mto, jusruete cómico-lírico. Música del maestro Osuna. (2.' edición 
l<a media naranja, juguete cómico. (2.* edición.) 
£1 tfo fie la flauta, juguete cómico. (2.* edición.) 
El ojito derecho, entremés. (3." edición.) 
lia reja, comedia en un acto. (4.* edición.) 

lia buena sombra, saínete en tres cuadros, con música del maes- 
tro Brull. (6.* edición.) 
KI perejErrlno, zarzuela cómica en un acto. Música del maestro 

Gómez Zarzuela. 
Ija Tlda íntima, comedia en dos actos. (3.* edición.) 
Iios borrachos, sainete en ciuitro cuadros, con música del maes- 
tro Giménez. '2." edición.) 
El chiquillo, entremés. (5." edición.) 
lias casa.H de carttfn, juguete cómico. 
£1 traje de luces, sainete en tres cuadros, con música de los 

maestros Caballero y Hermoso. 
El patio, comedia en dos actos. (3.* edición.) 

El motete, pasillo con música del maestro José Serrano. (2.* edi- 
ción.) 
El estreno, zarzuela cómica en tres cuadros, con música del maes- 
tro Chajii. 
I<os Galeotes, comedia en cuatro actos. (8.* edición.) 
Ea pena, drama en dos cuadros. (2.' edición.) 
Ea azotea, comedia en un acto. 
El grénero ínfimo, pasillo con música de los maestros Yalverde 

(hijo) y Barrera. 
El nido, comedia en dos actos. (2.* edición .t 
Eas flores, comedia en tres actos. 
Eos piropos, entremés. 
El flechazo, entremés. 
£1 amor en el teatro, capricho literario en cinco cuadros, pró- 

loíío y opllogo. 
Abanicos y panderetas ó ¡4 SeTilla en el bot^o! humorada 

satírica en tros cuadros, con música del naaestro Chapi. 
Ea dicha ajena, comedia en tres actos y un prólogo. 
Pepita Reyes, comedia en dos actos. 
Eos meritorios, pasillo. 



% 

Xia zahori, entremés. 

lia reina mora, saínete en tres cuadros, con música del maestro 
José Serrano. (2." edición.) 

Zarabatas, sainete en dos cuadros. 

!La zag^ala, comedia en cuatro actos. 

lia casa de Ciarcfa, comedia on tres actos. 

lia contrata, apropósíto. 

£1 amor que pasa, comedia en dos actos. 

£1 mal fie amores, sainete con música del maestro José Serrano. 

El nuevo servidor, humorada. 

Slañana de sol, paso de comedia. 

Fea y con g'i'ada? pasillo con música del maestro Turina. 

lia aventura de los graleotes, adaptación escénica de un capi- 
tulo del Quijote. 

lia musa loca, comedia en tres actos. 

lia pitanza, entremés. 

El amor en solfa, capricho literario en cuatro cuadros y un pro 
logo, con música de los maestros Chapi y Serrano. 

liOS chorros del oro, entrem.es. 

Morrltos, entremés. 



'SbliAilN 1 JOAlJblN AL\A11L-^ {¡hi^im 



LA CONTRATA 



A. P R o r ' o S I X o 



-s^^^^^ 



SÜCIKDAD DK AUTORES ESPASOTE.^ 
Núñez de Balboa, 12 



IvA Oaj^TPjEíATA. 



Esta obra es propiedad de sus autores, y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla 
en España nien los paises con los cuales so hayan 
celebrado ó se celebren en adelante tratados interna- 
cionales de propiedad literaria. 

Los autores se reservan el derecho de traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad 
de Autores kspañoles son los encargados exclusivamente 
de conceder ó negar el permiso de representación y 
del cobro de los derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



LA CONTRATA 



APROPÓSITO 



SERAFiS t JOAQUÍN ÁLVAREZ QUINTERO 



Estrenado en el TEiTRO DE APOLO el 19 de Julio de 1904 



-* 



MADRID 

«. rCLABOO, tMPRKSOS, MAEQDÍS DE SÁHTl áNA, 11 

Teléfono número 551 
1904 



<Jl JSola ^emOrivQS 



Usted quería bailar su ((cake lualk» en un 
escena río de Madríd, ¿no es verdad? 

Nosotros tuvimos la suerte de verla á usted 
bailar ese vcahc walk» — cosa digna de verse, por 
cierto — y de adivinar sus deseos de ustea. De ahí 
La Contrata. 

No vale un comino, pero ha cumplido su mi- 
sión en este bajo mundo. 

Por ello nos congratulamos nosotros, que siem- 
pre tenemos una satisfacción en poner nuestro es- 
caso ingenio al servicio de quien, como usted, es 
á la par que una mujer bonita, una artista de 
méríto. 

De usted admiradores y amigos, 

QJ . u 7. K.yrwa>LeX CpuiuÍe>LO. 



Madrid, Julio 1904 



REPARTO 



PERSONAJES ACTORES 

MICHIGANEZ Se. Caebebas. 

DON MANUEL Eamieo. 

LA BELLA MALAGUEÑA Seta. Membeives. 

EL FEO SEVILLANO Se. Caebión. 






LA COiNTRATA 



Escenario de un teatro. Decoración de jardín, a todo fondo. En pri- 
mer término, á la izquierda del actor, la mesa de servicio del es- 
cenario y un par de sillas.— Es de día. 



(Aparece DON MANUEL sentado ante la mesa, haciendo cuentas en 
unas cuartillas y tomando café.) 



D. Man. Nad:), no hay forma. El galán doce, la dama 
quince, el barba diez... Y añada usted el se- 
gundo galán, y la dama de carácter, y la 
característica, y la dama joven... ¡Imposi- 
ble! ¿A dónde iríamos á parar? Renuncio á 
dramas y comedias... (Pausa.) Lo malo es que 
en el género de zarzuelitas hay cada ren- 
glón... Las tiplee son una ruina. Digo, la de 
ayer: veinticinco duros diarios, un benefi- 
cio libre, un cuarto para ella, otro para su 
mamá, galletas para el perro... ¡El delirio! 
Vaya, vaya... ¿(iuién me habrá metido á mi 
á empresario? Ni er^tiendo esto.s asuntos, ni 
sé qué género traer, ni qué le agrada más 
al público... ni dónde está la salida de este 
picaro callejón. ¿A que todavía traspaso el 
negocio? Porque, cuidado que además de 
dinero hay que gastar paciencia. ¡Santo 
Diop! ¡qné nube de autores, de cómicos, de 
padres, de madres, de tías, de pintores, de 



empleados, de revendedores, de acomoda- 
dores, de diablos encendidos!... ¡Hoy me 
traen loco!... ¡He tenido que dar orden al 
portero del escenario para que no pase ni 

una mosca! (pausa, vuelve á hacer cuentas.) 
(Sale Michigánez por la derecha, con un traje de va- 
rias temporadas, y después de hacer un ademán con ol 
que indica á alguien que espere, se llega junto á don 
Manuel andando como un gato, de puro cauteloso y 
sin ruido.) 
MiCH. (Ya eres mío.) (sentándose frente á don Manuel.) 

Se puede. 

D. Man. (con sorpresa.) ¿Eh? ¿Quién? Pero, hombre, 
¿cómo no lo he sentido á usted llegar? 

MiCH. Porque traigo llantas de goma. 

D. ÍMan. ¿Ah, sí? Pues debía usted ponerse un casca- 
bel. Ni sé para qué pregunta usted si se 
puede, y se cuela así de rondón. 

MiCH. Pardon, mon cher ami, que decimos nosotros 

los franceses. Yo no he preguntado si se 
puede, porque hubiera sido una vulgaridad; 
he dicho se puede, y en prueba de ello, aquí 
me tiene usted. 

D. Man. También es frescura. 

MicH. No, señor, no es frescura; es numen. 

D. Ma':. Bien, usted me explicará lo que desea, por- 
que yo no tengo ganas de perder el tiempo. 

MiuH . Paso, paso. Chi va piano, va lontano, signare, 

que decimos nosotros los italianos. (Dándole 

una tarjeta.) Mi tarjeta. 

D. Man. (Leyéndola.) ArturoJ. J. Michigáiiez, agente 
de The great attraction. ¿Y qué es esto? 

MiCH. (Rectificándole la pronunciación.) The great attraC- 

tion. (1) Es el título de una agencia teatral. 
Quiere decir La gran atracción. ¿Usted no 
sabe ingléí:? 

D. Man. No, señor. ¿Y usted? 

MiCH Tampoco. Ni falta que me hace, ¿sabe usted? 

Porqtie todos los ingleses me hablan en un 
castellano más claro que el agua. Lo que sí 
soy un poco cosmopolita, mió caro. He corri- 



(l) Michigánez lo pronuncia asi, poco más ó menos: Bi gret 
atrakchon. De alguna manera ha de justificar que no sabe inglés. 



— 9 — 

do mucho. Es cosa aneja á mi profesión el 
andar de aquí para allá, de la Ceca á la 
Meca, de zocos en colodros, que decimcs nos- 
otros los castizos. 

J). Man. Perfectamente. ¿Y quién recontra le ha 
mandado á usted venir? — que decimos nos- 
otros los de Zaragoza. 

Mi:;h. La Providencia, que vela por los desgracia- 

dos. 

D. Man. ¡Oiga usted! ¡eso ya es pasarse un poquito! 

MicH. No se enoje, señor. Me refiero á mangue. Aquí 

el desgraciado so}' yo. Pero lo voy á ser muy 
poco tiempo, puesto que vengo á salvarle á 
usted la te:r.porada de su teatro, y este será 
el mejor reclamo para mi agencia. Muy 
bien. 

D. Man. Se lo dice usted todo. 

MlCU Pues esto se lo digo á usted, (coge una cuartilla 

del velador.) Lo que estoy leyendo aquí es una 
locura. 

D. Man. ¿Eh? 

MicH. ¿Qué galán es este, á quien contrata usted 

con diez duros? 

D. Man. Xo sé, no sé todavía... No hay nada hecho. 
Pero le prevengo á usted que es Carranqne. 

Mich. ¡Hombre! ¡por el amor de Dios! ¿Y va usted 

á emplear diez duros en Carranqne? No vale 
la pena. ¡Si es de la calle de Sevilla de Pin- 
to! Por cinco duros... ¡por cuatro! — les aff aires 
sont les affaires ef les amis sont les amis — por 
cuatro duros le proporciono yo á usted un 
galán que se afeita á diario y que grita mhs 
que Carranque. 

D. Man. ¿Quién? 

Mich. Ruibarbo. Un chico nuevo: puede que le co 

Dozca usied... Es uno alto, que pa-a mucho 
por la Puerta del Sol... Pero, ¡adonde va á 
parar lo que grita! 

D. Man. Por las señas, usted se figura que la misión 
de los galanes es sólo gritar. 

Micn ¿Ah, no? Entonces, ya capisco lo que usted 

quiere. Escuela moderna, naturalidad, sen- 
cillez... Lo tengo, lo tengo. 

D. Man. No es eso, hombre. 



— 10 — 

MiCH Sí es eso, Voila. Mi galán se apellida Cornejo, 

y viene por los garbanzos de mucha gente. 
Dice con una naturalidad asombrosa. Si no 
se oyera al apuntador, se dudaría que esta- 
ba repreFentando. Días pasados, en un tea- 
tro de Murcia — yo me hallaba presente — 
interpretando el galán de Las cuatro dichas, 
hizo con una verdad tan grande la escena 
del café, que le dieron un aplauso cerrado. 
¿Recuerda usted la escena? 

D. Man. No. 

MicH. Pues es esto, ni más ni menos. El galán les 

refiere á varios can: aradas una aventura 
amorosa, mientras toma un vaso de café. Y 
este Cornejo lo hace de la manera siguiente: 

Bebe un sorbo de café .. (Bebiendo del de don 

Manuel.) y dice do8 palabras: « Porque uste- 
des comprenderán, mis queridos amigos..,» 
Y bebe otro sorbo de café,., «...que si esa 
señorita delentresuelo...» Y bebeotro sorbo... 
«...en lugar de quererme á mí quisiera á Fer- 
nando...» Y otro sorbo. Le juro á usted 
que una cosa admirable. Yo no he visto en 
mi vida beberse un vaso de café con mayor 
naturalidad, 

D. Man. ¡Yo acabo de verlo! ¡Y se me antoja un abu- 
so de confianza, señor míol 

MiCH. ¡Diinoni, Dimoni! que decimos nosotros los 

catalanes. Usted dispense. Me distraje... El 
fuego de la agencia. Pero hay café, (siviéndoie 
otro raso.) En mi oficina con un servicio to- 
mamos ocho, 

D. Man, Bueno, bueno, bueno... Se acabó la conver- 
sación. Nada de lo que me ofrece usted me 
sirve, 

MiCH . ¿ Et pourquoi? 

D. Man. Sencillamente, porque no he de traer á mi 
teatro artistas de dramas y comedias. 

MiCH. ¡Que me place, señor! Y por ello le felicito 

de antemano, Y me felicito con usted al 
alimón. Como que mi agencia en el género 
de zarzuela grande tiene su verdadero clou. 
Usted tuerce el gesto; usted no quiere zar- 
zuela grande. La tengo chica. 



- 11 — 

D. Man. ¡Pues señor! ¡Paciencia! No hay modo de 
librarse de usted. 

MicH. No hay modo. Y usted rae dará lasgracias 

al postre. Va usted á contratarme á la Re- 
vuelta. 

D. Man. ^iQuién se lo ha dicho á usted? 

MiCH. Mi olfato. Entérese. La Revuelta es una ver- 

dadera alhaja. Carita malicio-a, ¿eh? cuer- 
pecillo juguetón, ¿eh? ojillos traviesos... 
jCharmante! Doscientas noches consecutivas 
ha llenado el teatro Alhisu, déla Habana» 
cantando nada más que este juguetillo: 

(canta como para pegarle un tiro.) 

Mañana... mañana... 
me va7i á prendé mañana .. 
Me van á prendé mañana, 
me van á prendé mañana, 
por culpa de fu cariño 
me van á prendé mañana... 

Me van á prender esta noche, porque yo no 
sé cantar como la Revueltu, pero canto para 
que usted se haga cargo de la cosa, del gé- 
nero. 

I). Man. Si, señor, sí. Y ya estoy al cabo de la calle. 
No es eso lo que necesito ni con cien leguas. 

Micn. Es que me lo estaba figurando. Lo que ne- 

cesita usted es una mujer guapa. 

D. M \N. ¡No! 

MicH, ¿No necesita usted una mujer guapa? ¡Ca- 

ramba, qué suerte! ¿La prefie»-e usted fea? 
Porque también tengo una mujer fea, bas- 
tante fea. Y propia, por desgracia; pero con 
un cuore de artista... ¡nh' 

D. Mak. ^'aya, Fcñrr, hemos concluido. 

MiCH. ¡Mon Dieu! 

D. Man. ¡Ni fea, ni guapa! ¡No quiero nada! ¡No ne- 
cesito nada! ¡Lo que quiero es que me deje 
iiFteU en pazi 

MiCH. ¡La mare e Dios! como decimos nosotros los 

.'uidaluces. ¿Usted supone que el agente de 
The greot attroclion — ya le he dicho á usted 
que DO sé inglés — se va sin labrar la felici- 



— 12 — 

dad de un empresario nuevo? Nunca, nun- 
ca. ¡Jamáis! Y ya he acabado de adivinar 
cuáles son sus sueños. Usted suspira por 
una tiple de estas vistosas, elegantes, que 
salen nada más que para los de los palcos 
proscenios, que tienen el cuarto lleno de chi- 
cos de la créme... Ya, ya veo claro... Ramos 
de flores, coches de los casinos, pecheras 
blancas... «Cómo va, Teresita?» «¡Encanta- 
dora!» «¡Admirable!» Tengo, tengo una. 

D. Man. ¡Espantárame j'o! 

MiCH. Una señora de una vez. Se viste como los 

propios ángeles, y cada noche se va á cenar 
con un abonado. ¿Qué más le puede u-ted 
pedir á una tiple'? 

D Man. Yo, nada. 

MicH. Y si la prefiere usted menos revoltosilla, 

puedo ofrecerle otra que pe va á cenar una 
noche sí y otra no. 

D. Man. ¡Qué pesadez de hombre! ¿Cómo le voy á 
decir á usted que me deje tranquilo? ¡Si 
' quizás acabe por no hacer zarzuelas gran- 
des ni chicas en mi teatro! 

MiCH. ¿Pues qué va usted á hacer entonces, géne- 

ro ínfimo? 

D. Man. ¡Qué sé yo, hombre, qué se yol ¡Juegos de 
manos, si hace falta! 

MiCH. ¿.Juegos de manos? ¿Ha dicho usted juegos 

de manos? ¡Siamo felici! ¡The g^-eat attraction 
dispone del mejor prestidigitador conocido! 
Mr. Chambón. Mire usted. (Deja su sombrero 

sobre el velador, copa arriba, y en él va echando uno 
tras otro hasta cinco duros que se saca sucesivamente 
de varias partes, como los prestidigitadores.) Un 

duro. Otro duro. Otro duro. Otro duro. Otro 

duro. 
D. Man. Pero, señor mío, ¿y poseyendo esa habilidad 

y tanto dinero, i)ara qué marea usted .il 

prójimo? 
MiCH. Perdone usted: este dinero no es mío. Estos 

cinco duros los tenía usted en el bolsillo del 

chaleco. 
D. Man. (Echándose mano.) ¡Corcho! ¡Es verdad! 
MíCH. (Devolviéndoselos.) Tomc, tome. Y le advierto á 



— 13 — 

usted que esto es de afición nada más. Con- 
secuencia (le un par de lecciones que nae ha 
dado Mr. Chambón. ¿Afinará el mocito? 

D. Ma>. ¡En mi vida me he visto en otra! ¡Es usted 
notahle! 

]\[iCH. Thankyou.{\) 

D. Man. ¡Y acabemos ya de una vez, qup estoy su- 
dando sangre! ¿Qué es lo que no tiene usted 
en su agencia? 

MiCH Tengo de todo. 

D. Man. ¡No puede se:! ¡Algo faltará, por muy com- 
pleta que se halle! 

MicH. Sí, señor; el reconocer las deficiencias de 

lo propio es una garantía de imparcialidad. 
No tengo ahora, ni en alsún tiempo he de 
tener, números de baile. Y es lástima, por- 
que el baile es una alegre manifestación de 
la belleza. 

D. Man. ¿Ve usted, hombre, ve usted? ¡Pues eso ca- 
balmente es lo que yo necesito! ¡Números 
de baile! (Despidiéndolo ) Y puf sto qu9 usted 
no puede ofrecérmelos... 

MicH. Caballero, fs usted un rompecabezas del 

ABC, de puro inocente. 

D. Max. ¿Cómo? 

MiCH. (Llamando, hacia la derecha.) Ps, pS, ps:.. vavan 

ustedes acercándose. 

D. Ma.v. ¿Qué es epo? 

MiCH. Un recurso de verdadero agente. Calma. 

Aquí entra mi personalidad yanqui. Serie- 
dad y pocas palabras. Va usted á ver bailar 
ahora mismo el cake u-alk á una parejita 
que ha venido conmigo, dispuesta para ello. 
Que no le gusta á usted: paciencia. Que le 
gusta á usted: la contrata. VoVa iout. 

D. Man. Muy bien. Empieza u.sted á ser razonable. 
Pero yo, que creo que el empresario no debe 
tener más gusto que el del público, someto 
á su fallo la resolución de la contrata. Si al 
público le satisface esa pareja, trato hecho; 
y si no le satisface, usted no habla ni una 
palabra más. 



(l) Pronuncíese: Zanquiú. 



— 14 — 

MiCH. Neanche una parola. 

1). &Un. y pe va usted á la calle inmediatamente. 

MiCH. Tres bien. 

D, Man. Y no le vuelvo á ver el pelo en mi vida. 

MiCH. All right. (1) (a la pareja.) Adelante, señores, 

(salen, vestidos para bailar el «cake-walk», la Bella 
malagueña y el Feo sevillano. Michigár.ez los presenta 
con solemnidad.) El señor empresario. Los ar- 
tistas. (Se saludan ceremoniosamente.) 1£1 respeta- 
ble público, (señalando a él. íre inclinan los cuatro.) 

De todos ustedes depende esta contrata, que 
es mi ventura, y el crédito de The great 
aitradion. Usted, señor empresario, ponga 
en mi ol)8equio toda su buena voluntad; us- 
tedes, jóvenes, toda la gracia, toda la soltu- 
ra, toda la gallardía, todo el fuego de que 
sean capaces; y tú, amigo y dueño, pon la 
benevolencia de que á cada paso das prue- 
bas indudables. No sea cosa que tenga yo 
que exclamar cuando el baile concluya: 
¡Anda Dios! ¡Nos la han dao suave/ — como de- 
cimos nosotros los que hemoá nacido en la 
travesía de la Ballesta. — Señor empresario: 
allí, usted y yo. (ai director de orquesta.) Maes- 
tro: música. Jóvene«: á bailar, (se vapor la iz- 
quierda con don Manuel. Terminado el bailo, vuelve á 
salir y dice, dirigiéndose al público:) 

Señoras y señores: io me ne vado. . 

¿Han sido los artistas de vuestro agrado? 



FIN 



Madrid, Julio 1904. 



(l) Pronúnciese: 01 rait. 



ADVERTENCIA IMPORTANTE 



Este apropósito devenga los mismos derechos de 
propiedad que un entremés, es decir, la mitad de Ids 
correspondientes á una pieza en un acto. 

El número de baile que le sirve de complemento, ó 
cualesquiera otros que pudieran servirle, son cosa apar- 
te, y pertenecen á lo que se llama pequeño derecho. 



OBRAS DE IiOS |VI[S|VIOS RÜTOlíES 



Esgrima y amor, juguete cómico. ("2.^1 edición.) 
Belén, 12, principal, juguete cómico. 
Gilito. juguete cómico-lírico. (2.a edición.) 

La media naranja, juguete cómico. (2.* edición.) 

El tío de la flauta, juguete cómico. (2.* edición.) 

El ojito derecho, entremés. (2.a edición.) 

La reja, comedia en un acto. (3.a edición.) 

La buena sombra, saínete en tres cuadros, con música. (5.a edi- 
ción.) 

El peregrino, zarzuela cómica en un acto. 

La vida intima, comedia en dos actos. (2.a edición.) 

Los borrachos, sainete en cuatro cuadros, con música. (2.a edi- 
ción.) 

El chiquillo, entremés. (4.a edición.) 

Las casas de cartón, juguete cómico. 

El traje de luces, sainete en tres cuadros, con másica. 

El patio, comedia en dos actos. (3.a edición.) 

El motete, entremés con música (2.a edición.) 

El estreno, zarzuela cómica en tres cuadros. 

Los Galeotes, comedia en cuatro actos. (2.a edición.) 

Im pena, drama en dos cuadros. 

La azotea, comedia en un acto. 

El género Ínfimo, pasillo con música. 

El nido, comedia en dos actos. 

Las flores, comedia en tres actos. 

Los piropos, entremés. 

El flechazo, entremés. 

El amor en el teatro, capricho literario en cinco cuadros, pró- 
logo y epílogo. 

Abanicos y panderetas ó ¡A Sevilla en el botijo! liumorada sa- 
tírica en tres cuadros, con música. 

La dicha ajena, comedia en tres actos y un prólogo. 

Pepita Reyes, comedia en dos actos. 

Los meritorios, pasillo. 

y a zahori, entremés. 

La reina mora, «lainete en tría cuadros, con música. 

Zaragatas, sainete en dos cuadros. 

La zagala, comedia en cuatro actos. 



serafín t JOAQUÍN ÁLVAREZ (¡UINTERO 



l\ mal de amores 



saínete 



CUX MÚSICA DEL MAESTRO 



jos:É ®Ki«RiVJVo 




SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES 
Núñez de Balboa, 12 



EL MAL DE AMORES 



> c^ 




i , ..x'yw^^'''"^*''^ — 



-íl 




Esta obra es propiedad de sus autores, y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla 
en España ni en los países con los cuales se hayan 
celebrado ó se celebren en adelante tratados interna- 
cionales de propiedad literaria. 

Los autores se reservan el derecho de traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad 
de Autores Españoles son los encargados exclusivamen- 
te de conceder ó negar el permiso de representación 
y del cobro de los derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



EL MAL DE AMORES 



saínete 



serafín 1 JOAIJUiN ÁLVAREZ (JOINTERO 



con música del maestro 



J081: $$F.RBAHO 



Estrenado en el TEATRO DE APOLO el 28 de Enero 
de 1906 



* 



MADRID 

B. Velasco, impreso , Marqués de Santa Ana, 11 
Teléfono número oól 

1*05 



ji los yirtístas del teatro de ¡flpolo 

que con tanto interés, acierto y cariño 
han representado este saínete, y que han 
pasado con nosotros, en el breve término 
de veinticuatro horas, y como por arte 
de magia, del disgusto de un fracaso 
completo á la alegría de un éxito ver- 
daderamente satisfactorio. 



RKPARTO 



PERSONAJES 



ACTORES 



CAROLA , Srta. Pino. 

M ARIQUILLA Membeives 

LA AMAPOLA Mesa. 

RAFAEL. Sr. Reforzó. 

DON LOPE Carreras. 

EL SEÑOR CKISTÓBAL Meskjo. 

ANTOÑILLO Fernández. 

DON RANÓN Carbión. 

FELIPE : . . . Manzano. 

UN CAMPESINO Picó. 

OTRO Valverde. 

UN GUARDIA CIVIL Sánchez. 

OTRO MÁiQüEZ. 

EL MAYORAL Sobi.ano 

UN SOLDADO Alvarez 

UN ESTUDI ANTE Rodríguez. 

UN PASAJERO I 

UN FRAILE I ^^^''^"■ 

UN CHIQUILLO Srta. Espinosa 

ROVIRA Sr. Ruesga. 



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« II ft II * 11 « II 3» II (S) II :éj II « II 55 II ■* II * II ■« II « II * II ■« II « ;i •« II 411 



EL MAL DE AMORES 



Interior del ventorrillo del señor Cristóbal eu el campo andaluz. Al 
foro, en el centro, la puerta de entrada, y á la izquierda, una ven- 
tana sin reja, A la derecha del actor una puerta que conduce á 
los aposentos del ventorrillo. A la izquierda otra más pequeña que 
da al corral. Ante la venCana del foro y paralelo á la pared de la 
izquierda, un mostradorcillo hecho de tablas viejas y desiguales. 
Hacia la derecha una mesa pobre. Dos ó tres sillas bastas. En el 
rincón de la izquierda, varias tablas á modo de anaqueles, y sobre 
ellas y sobre el mostrador jarros de vino, botellas, vasos, copas, 
un barrilillo, un par de embudos, etc., etc. Apoyados en la pared 
en el mismo rincón varios instrumentos de labranza. En el de la 
derecha una tinaja, un cantarillo y una escoba. Colgado cerca del 
techo, en la pared del foro, un cuadro de batalla pequeñito, sin 
marco, que representa un suceso trágico acaecido en el ventorrillo. 
Sobre la puerta y la ventana un letrero manuscrito que dice: 'Oi 
no se fia aqi mañana si > En el exterior del ventorrillo un empa- 
rrado que le presta sombra. Por la ventana penetra una rama de la 
parra, que adorna la pared. A la derecha de la puerta, en el exte- 
rior, un poyete, y á la izquierda una encañizada dentro de la cual 
hay flores. Las paredes blancas, con zócalo azul. El poyete del ex- 
terior, y aun la tinaja, del color del zócalo. Suelo de ladrillos. Por 
la puerta y por la ventana se ve la campiña llena de sol. 



— 8 — 
ESCENA PRIMERA 

MARIQUILLA y dos CAMPESINOS 

(Mariquilla de pie, sobre un cajón pequeño, lava ropa menuda en 
un lebrillo que ha puesto adrede encima de la mesa. Es hija del se- 
ñor Cristóbal. Viste ropilla pobre de colores muy vivos. En los ojos 
se le puede encender un cigarro.) 

Mar. (cantando.) 

• Mi novio dice dice 

que vaá Zeviya, 
y yo le digo digo: 

quiero unas ligas. 

Porque mi novio 
otra coza no tiene, 

pero es rumbozo. 

(Llegan dos Campesinos, que van de paso. Uno de ellos 
trae al hombro una azada.) 

Cam. 1.° a la paz e Dios. 
Mar. Güenos días. 

Cam. 2." Güenos dÍMS. 

Cam. 1." ¿Quié usté darnos un vazito e vino, pre- 
cioza? 

Mar. Zf, zeñÓ. (secándose las manos en el delantal, va al 

mostrador y de un jarro llena dos vasos.) Vaya. 

Cam. 1." (Bebiendo.) Jasta verte. Cristo mío. 

Cam. 2." (Después de beber.) Kstá freSCO. 

Cam. 1." (pagando.) Tome usté. 

Cam. 2.0 Diga usté, niña: ¿vamos bien po aquí pa 

Arenales? 
Mar. Zí. zeñó. 

Cam. 1.° ¿y nos quea mucho camino que anda? 
Mar . Vendo apriza, azi como dos leguas. Yendo 

espacito, cerca e tres. 
Cam. 2." Muchas gracias. 
Mar. Con Dios. 

Cam. 1." Que haiga zalú, morena. 

(Se van hacia la izquierda los dos.) 



— 9 — 



ESCENA II 

MARIQÜILLA y el SEÑOR CRISTÓBAL; luego DON LOPE 

(e1 señor Cristóbal sale en mangas de camisa, por la puerta 4e la de- 
recha, desperezándose. Mariquilla sigue su faena.) 

Señor C ¿Quién era, tú? 
Mar. Gente (1er campo. 

Señor C. ¿ñan bebió? 

Mar . Zí. (e1 señor Cristóbal se pone á hacer un cigarro con 

todo lujo de detalles. Pausa. Mariquilla toma á cantar.) 
Porque mi novio 
otra coza no tiene, 
pero es rumbozo. 
Señor C Tarda la diligensia. 
Mar. Zí que tarda. ¿Le habrá zueedío árgana 

coza? 
Señor V. Pué que se le haiga salió una ruea. 
Mar . La de a vé. 

S^ÑOR C. O la de antes de a3'é. 

Mar. Antes de ayé lo que ze le zalió fué la lanza. 

Señor f. Eso fué tras de antié. 

Mar. No, padre; tras de antié ze le cayó la porte- 

zuela, (cantando de nuevo.) 
' V^en esta noche, 

que mi madre ze duerme 
dando las doce. 

(Aparece don Lope en la puerta del ventorrillo. Viene 
de la derecha, y viste de cazador, con todos los arreos 
propios del noble ejercicio. Es un señor chapado á la 
antigua, que está en su Octubre, si no en su Noviem- 
bre, y se flgnra que está en su Abril. Lleva bigote las- 
timosamente pintado y con las guías punzantes como 
leznas. El poco cabello que le queda se lo peina con 
raya hasta el cogote.) 

D. Lop Salud á la buena gente. 
Señor (\ Felises, cabayero. 

Mar. G'.enOS dias. (Fijándose en don Lope.) (¡JozÚl) 

D. Lope Dígame, amigo: ¿la diligencia da Alcazarejo, 
ha pasado ya? 



— 10 - 

Señor C: No señó: aguardándola estamos. 

i). LoPü Pues, con permiso, voy á aguardarla yo tam- 
bién. (Deja en un rincón todos sus arreos.) 

Mar. ^,l£storbo aquí'? 

ü. LoPK (Galante.) ¿Usted estorbar? Ni ahí, ni en sitio 
alguno en que yo me halle. 

Mar, (¡A-v, er viejo!) 

Señor C. ¿Y qué va usté á toma? 

D. Lope ¿Es obligativo tomar algo? 

Señor C. Obligativo, no; pero es lo desente. 

D. LoPh (Enojado.) ¡De ningún ventero admite leccio- 
nes don I.ope de Zúñiga! Tráigame un vaso 

de buen vino, (se sienta.) 
Señor C. Sí, señó. (Va por él y se lo sirve á don Lope. Este, 
mientras tanto, contempla con curiosidad á la mucha- 
cha.) 

D. Lope (Es de un parecido que me hiela la sangre. 

Los ojos, la boca... Igua!, igual.) (ai señor Cris- 
tóbal, después de beber.) GraciaS, VdUterO. 

Señor C. Pa servirle, señó. 

D. Lope ¿Es usted el amo del ventorrillo? 

Señor C. Pa servirle. 

D. Lope ¿Y esta clavellina colorada es hija de usted? 

Señor C. Sí, señó. 

Mar. Pa zervirle. (coge tres Ó cuatro prendas lavadas y 

se va cantando por la puerta del corralillo como para 
tenderlas al sol.) 

Ven esta noche, 
que mi madre ze duerme 
dando las docf^. 
D. LoPK (El aire... el andar... Todo, todo.) (se levanta y 

se acerca á hablar con el ventero, que está tras el mos- 

tradorciiio ) Linda es la mi za. 

Señor C. Se la pué mira sin perdé er tiempo. Tiene á 
quien salí. 

D. Lope ¿A su madre? 

Señor C. A su madre sale en la caía y en er cuerpo. 
En las pestañas sale á mí. 

D. Lope ¿Y amores, tiene? 

Señor C. Usté carcule... Con diesisiete años, comien- 
do de los diesiocho... Ahí anda tonteando 
con un cabreriyo der cortijo vesino... 

D. Lope ¡Buena suerte la del cabrerillo! ¡Tirano 
amor! Lo mismo enreda en el campo que 



— li- 
en la ciudad, (contoneándose.) Yo sé Ull poCO 

de eso. 

Señor C. ¿Ah, sL? 

D. Lope Usted, al verme con estos arreop, creerá que 
voy ó vengo de caza. 

Í^EÑüR (". Claro. 

D. LoPK Pues no hay tal. 

Señor C. ¿\'a usté á retratarse? 

D. i>op : Siempre que sea en unos ojos, no diré que 
no. 

Skñor C. ¿Hola? 

D. Lope Sí. I. a caza ee el } retexto, ¿sabe usted? Jus- 
ta m«Mite vengo de pasar unos días en el 
Caserío de las Palmas, á un cuarto de legua 
de aquí. 

Señor ('. A la vera der molino, ¿no? 

D. Lope A la vera del molino: cabal. 

Señok C. ¿Conost- usté á la molinera? 

D. ÍjOpe ¡\1e la sé de memoria! 

Señor C. ¡Vaya una mujé guapa! 

D. LoPK De lo más herujoso de estos lugares, cuando 
no de toda la Andalucía. 

Señor C. ¡Y mi.- te que se conserva fresca después de 
habe tenío siete chiquiyos! 

D. Lope Ahcra ha vuelto á casar.-e. 

Señor C. Sí; pero los chavales son tos siete der pri- 
mer níarío. 

D. Lope (sonriendo maliciosamente.) Seis nada máS. 

StÑOR C No, señó; tos siete. Si no hay más que ver- 
los: son iguales ar padre. 

D. Lope Seis nada más. Uno de ellos... no se le pa- 
rece. 

Seño^ C. Ah, vamos, vamos... (se den ios dos.) 

D. Lope ¿Ha C"niprendido usted? 

Señor C. Sí. Sf ñó. ¿Quié usté otro vaso e vino? 

I). LoPK ¡Venia! ¡Qué diantre! 

(Sale Mnriquilla y vuelve á su faena. El ventero sirve li 
don Lope nuevamente.) 

Mar . Padre, ¿ha oído usté? 

Señor C. ¿Qué, hija? 

Mar. Me ha querío parece que zuenan ya los cas- 

cabeles de la diligencia. 

Señor C Yo no he sentío na. (Asómase a la puerta del ven- 
torrillo y desaparece mirando hacia la izquierda.) 



— 12 -^ 

D. LoPK (viéndose solo con la muchacha.) (Que me place. 
No perdamos momento.) (Acercándose misterio- 
samente á ella) Niña. 

Mar. Zeñó. 

D. Lope ¿Ut^ted tiene idea de haber visto mi cara en 
alguna parte? 

Mar. Zi, zeñó. 

D. Lope (con vivo interés.) ¿Dónde? 

Mar. En un cuadro que hay en la iglezia der pue- 

blo y que figura er purgatorio. Una de laz 
ánimas ez igualita á u^té. 

D. LoPK (Mosqueado.)' No es ocapión de burlas, donce- 
lla. Contésteme con í^eriedad. ¿Su madre de 
usted estuvo alguna vez en Calasparra? 

Mar . ¿Y qué ez ezo? 

D. Lope Un pueblo de Murcia. 

Mar. No, zeñó. Mi madre no ze movió nunca del 

Arahá. 

D. Lope Ah, bueno, bueno. Gracias, joven. (Respiro. 
La puedo cortejar impunemente. No es 
hija mía.) 

íSeÑOR C. (volviendo á salir por el foro.) Se te figuró á tí 

qne sonaba; porque er coche no viene. 
D. Lope Hnélgome de ello, amigo. La espera me está 

siendo muy agradable. 
Señor C. Sin embargo, ya no pué tarda. Güeno será 

que quites eso de en medio, Mariquiya. Por 

si yega gente. 
Mar. Zí, padre; ahora mismo. (<oge el lebrillo y la 

ropa y se va por la puerta del corral.) 
D. Lmpe (curioseando por el ventorrillo.) «Hoy nO 86 fía 

aquí, mañana si.» ¡Ja, jh! Hombre, ¿y ese 
cuadro? ¿Qué representa? 
Señor C. Ese cuadro tiene su por qué. Retrata una er- 
sena que f)asú en este mismo sitio en que 
estamos. Yo la vide; y á un pintó que cayó 
por ahí serca, y que hasía retratos á dos 
;'.uarto8, le mandé que me la pintara. Ese 
de la faca es er Tuerto e Molares^ que mal- 
iiirió á tíeis Déos, que es aqué, porjue no le 

quiso dá parte en un negOSio. (Acción de robar.) 

D. Lope No está mal, no está mal... Algo exageradi- 

llo el chorro de sangre. 
Señor C. Señó, si es la faja, que era rolor;^. 



- 13 — 
D. LtPí Ah, vamos. 

(Vuelve Mariquilla.) 

Señor C. Kn e^te ventorriyo han sallo á relueí muchas 
navajas de muchos guapos. 

D. LoPK ¿Y es cierto que le llaman Ventorrillo del 
Pozo, porque hay aquí uno cuya agua cura 
el mal de amores? 

Mar. Zí, zeñó. En er mismo corraliyo nuestro. 

D. Lope ;Ja, jm! ¿Y cómo obra el agua ese milagro? 

Maf . De toas maneras, zegún la claze e má. Er 

que quiere orvío, bebe orvío; er que quiere 
costancia, bebe costancia; er que pena por 
zelos, bebe zeguriá... ¿No zabe usté la histo- 
ria der pozo? 

D. Ltii'K No la sé. 

Mar . Pos dicen que á una princeza mu bonita que 

había en estos contornos, dicen que ze le 
fué el amante á la guerra; y dicen que eya, 
que no podía viví zin é, dicen que venía 
toas las noches á yorá en este pozo, que es- 
taba zec»; y dicen que de tanto como yoró, 
dicen que er pozo tuvo agua; y dicen que 
una noche pazo un ermitaño mu viejo, y 
dicen que le dijo azi: «Ya has yorao bastan- 
te, princeza: to er que beba el agua de 
este pozo, forma con lágrimas de mujé, ze 
curará der mar de amores. Vete á tu pala- 
cio, que ayí en tu cámara te espera tranqui- 
lo tu galán.» Y dicen que dezapareció zin 
que eya lo viera, y dicen que to pazo como 
lo dijo. Ezo dicen. 

D.Lope ¡Bahl Cont^ejas populares. El mal de amo- 
res, niña, si no se cura con amor, no se cura. 
Se lo dice á usted quien lo sabe. Pero, á pt- 
sar de ello, ¿quiere usted guiarme á ere 
pozo? 

Señok C. Ahí en er corraliyo está: no tiene pérdida. 

D. Lope (Asomándose á la puerta.) ¿Eá aquel? 
Mah. Aquer mismito. 

D. Lope La 6Uper>tición es contagiosa. Voy á medi- 
tar, miriindome en el agua, y quién sabe si 

á toatar un sorbo de ella. (MadquUla suéltala 
risa al verlo ir. Don Lope se. vuelve.) ¿De qué hG 

ríe la mocita? 



- 14 - 
Sen IR C. De mí, que le hago mucha grasia. 

D. LoPR Ya. (Vase al corralillo. Hija y padre rompen á reir.) 

SiíÑoií C. ¿Tú has visto qué tipo"? 

Mar. ¿Z^ ha fijao usté cómo ze peina por detrás? 

Píiece la espina de un lenguao. 
Seiíor C. ¡y se saca la raya desde la rabaíya! 



ESCENA III 

JIARIQUILT,A, el SEÑOR CRISTÓBAL, LA AMAPOLA y dos GUAR- 
DIAS CIVILES 

(l legan por el foro estos últimos. La Amapola es una gitanilla de po- 
cos años á quien traen los Guardias civiles maniatada) 

Música 



GuAR. 1 " (a la Amapola.) Ponte ahí á ese lao. 

Señou C. Hola, güeña gente. 

GuAR. 2 " Dios guarde á usté, señó Cristóba. 

Señor C ¿Qué ha hecho esa palomiya? 

GuAR. 1.° Ht!rí malamente á su novio. 

Señor r. Temprano empiesa. Toma un vaso e vino. 

GuAR. 1." Se estima; que ya prinsipia er só á tem- 
plarse. 

(e1 señor Cristóbal escancia y los Guardias beben.) 
GuAR. 2." (a la Amapola.) ¿Quiés agUa? 

Amap. No. 

GuAR. 2" Tú te lo pierdes. 

(Mariquilla contempla llena de curiosidad é interés á 
la Amapola, que á su vez la mira con recelo y ver- 
güenza.) 
Señor C. (Entregándoles á los Guardias un papel doblado.) 

listo dejó er cabo ayer noche. 
GuAR. 1." N') será ninsún biyete e Banco. (Mientras lee,; 

¿No lo dije? Güeno está, hombre, güeno está. 

¿S? ve desde aquí er Serriyo e las liebres? 
Señor C. Desde aquí Fe ve. Vení conmigo, (vase hacia 

la derecha con los Guardias civiles.) 
Amap. (Apenas se queda sola con Mariquilla.— Cantando.) 



— 15 - 

Dame un buche d'agua: 
vengo abrazaítd, 
y de las manos de ezos maloz hombres 
yo no la quería. 

Mar . (cogiendo el cantarillo que hay junto á la tinaja.) 

rómahí der pozo 
(jue cura los ranle^' de amó, 

y pué que te alivie 
las penitas de tu corazón. 

(Dándole de beber.) 

Bebe, bebe, 
que e.«tá en er oantariyo 
como la nieve. 



Amap. I>a Vigen te lo pague, 

niña precioza, 
que tienes una cara 
como una roza. 
Mar. Dime: ^.qué es lo que haz hecho? 

¿Por qué te yevan 
tan chiquita en er mundo, 
zolita y preza? 
Amap. Prtza y zolita 

ze ve por zu mar zino 
la gitanita. 



Migueliyo er de la Jara, 
gitanito como yo, 
prendalto de mi cara 
de amores me requirió. 
Yo ef-cuché zus palabritas 
durcezitas como mié, 
y como eran durcezitas 
lo que quizo le entregué. 



Er tiempo pazo: 
Migueliyo con Pastora 
!a Cachfa, me engañó. 
Lo zupe y cegué: 
á Estel)ita mi hermaniyo 
la faquita le quité. 



— 16 - 

De noche zalí: 
caminito de la caza 
de Pastora lo cogí. 

Me acerqué, 

lo paré, 

le escupí, 

lo inzurté, 

lo jerí... 

¡ze me fué! 
¡Malhaya mi zino arraslrao 
que no lo maté! 



Mar ¡Pobrecita la gitanita 

enfermita der mar de amores: 
bebe tú del agua fresquita, 
raelecina de ezos dolores! 

(Dándole de beber como antes.) 

Bebe, bebe, 
que está en er cantariyo 
como la nieve. 

(Llegan los Guardias civiles con el señor Cristóbal.) 
GüAR. 1.0 (a la Amapola) VámonOS. 

GuAR. 2.0 tíalú y muchas grasias. 

GuAR. l.o Con Dios, niña. 

Mar. Con Dios. Y no trata malamente á eza po- 

bre. 

Amap. La Vigen te bendiga, hermoza. Cuidaito á 

quien miras con ezos ojos, (vase por ei foro 

hacia la izquierda, delante de los Guardias. Mariquilla 
se asoma á la puerta á verlos ir.) 

Señor C. Que haiga salú. 

Amap. (cantando, dentro.) 

¡Dios te pague el agua fresquita, 
melecina de mis dolores!... 
Mar. ¡Pobrecila la gitanita, 

enfermita der mar de amores! 

(Cesa la música.) 



17 — 



ESCENA IV 

MARIQUILLA y el SEÑOll CRISTÓBAL; luego DON LOPE; después, 

sucesivamente, EL MAYORAL, UN ESTUDIANTE y UN SOLDADO, 

CAROLA y UN PASAJERO 



(principia á sonar hacia la izquierda el cascabeleo de la diligencia 
que se acerca al ventorro, y que se supone que luego para junto 

á él.) 



Mar. 



Señor C. 
Mar. 
Señor r.. 
Mar. 
Señor C. 
Mar. 

Señor C. 
D. Lope 

Señor C. 
D. Lope 



Señor C. 
D. Lope 
Señor C. 



Mar. 



May. 

Señor C. 
Mav. 
Señor C. 



Tanta gente m;ila como habrá zuerta por er 
mundo, y miste á quién van á echarle ma- 
no... Zi hubiea justicia... 
Gaya . 
Qué. 

Ahor¿i sí que suena la diligensia. 
Es verdá. 
Avísale á don Lapi. 

(Desde la puerta del corral, gritando.) ¡Don LapÜ 

¡Don Lapi! 

¡Muchacha! 

(?aiiendo.) Don Lope; me Hamo don Lope. 

¿Ocurre aljío? 

Que er coche ya está ahí. 

¡Válgame Dios, y cuan pronto pasa la dicha! 

(Mariquilla se va á la puerta.) ¿Qué le debo, Ven- 
tero? 

Lo que sea volunta. 

(Pagándole liberalmente.) TomC USted. 

Se estima, señorito. 

(La diligencia para. Don Lope recoge sus chirimbolos 
y se dispone para marchar, todo ello muy reposada- 
mente. El señor Cristóbal sirve á los que llegan.) 

iSo viene cuazi nadie. Como los que vengan 

no hayan comió mojama, poca bebía vamos 

á vendé. 

(saliendo de prisa.) Dame un vaso de agua pa 

una monja. 

¿Eso es to lo que se te ofrese? 

A la güerta será argo más. 

Pero ¿yendo tan de vasío, cómo habéis tar- 

dao tanto tiempo? 



- 18 — 
May. Porque se nos cayó er pescante, (vase con ei 

agua.) 
SOLD. (saliendo con el Estudiante.) A vé Un vaSO 6 vino. 

EsT. A mí una copita de anís. 

SoLD. Pero ¿ha reparao usté, paisano, qué rear 

mosa yevo á la vera mía? 
ifisT ¿Q^ie si he reparao? Si no le quito ojo. ¿Y 

en la ventera, se ha fijao usté? 
SoLD. También pué salí en las cajas e mistos. 

Mar. ¡Ay, zeñó; vaya una mujé guapa que ze baja 

der coche! 
SoLD. (Asomándose á la ventana.) ¿Viene pa acá? ¡Pai- 

sano, pa acá viene! 
Mar. Azómeze usté, padre: miste qué encanto. 

Señor C. Lo que es mesté que haga gasto por siete 

feas. 
I). Lope (Ya dispuesto á partir.) Salud... y hasta que el 

azar vuelva á traerme por el Ventorrillo del 

Pozo. 
Señor C Vaya usté con Dioí. 

(Don Lope va á marcharse á tiempo que llega Carola. 
Sorprendido por su hermosura se detiene y la deja 
pasar, quitándose el sombrero. Carola viste traje claro 
de percal y mantón negro de espuma. Todos la contem- 
plan con admiración é interés, singularmente Mari- 
quilla.) 

Car. (Desde la puerta.) Güenos días. 

Mar. Güenos días. 

Car. ¿Es este er Verdorriyo der Fcsof 

Señok C. Este es. 

Car. (^Después de mirar á todos lados como buscando á 

alguien ) Con pcrmiso. (Entra en el ventorrillo y 
se sienta junto á la mesa pensativa y triste. Pausa.) 

D. LoPK (¡En mi vida he visto mas acabada belleza 

de mujer!) (Adelántase hacia la derecha y desde 
allí la mira intencionadamente largo rato, como quien 
echa la semilla de una nueva aventura amorosa.) 
SoLD. (Hablando de Carola con el Estudiante.) Eya 86 

subió entre Pajarete y Los Molinos, toa 
temblando, blanca como er papé. Luego — 
usté la ha visto — no ha parao de suspira ni 
de yevarse er pañuelo á los ojos. 
EsT Algo daría yo por sé el que tiene la culpa 

de to eso. 



— 10 ~ 



PaS. (saliendo, con unas alforjillas al hombro.) SalÚ, 

Cristóba. 

Señor C. Hola, Juan. 

Pas. Dame media caña. 

Señor C. ¿Vas pa er pueblo? 

Pas. Pa aya voy. 

Señor C. ^iCómo está tu gente? 

Pas. Tan güeña. 

D. Lope (Aunque su traza es popular, bajo ese man- 
tón adivino ala gran señora. Aventura te- 
nemos.) 

Señor C. ¿Y la perra, parió por fin? 

Pas. 1£so iba á desirte. Parió. 

Señor C. Pos un cachorriyo es pa mí. 

Pas. Descuida: en eso estoy. 

Señor C. ¿Cuántoa ha tenío? 

Pas. Siete. 

Señor C. ;,S¡ete? 

Pas. Sí. 

Señor C. ¿Cómo son? 

Pas. Como er padre. Igualitos ar padre tos piete. 

D. Lope (Rondando á Carola hállase á tiempo de oir esta frase 
cerca del Pasajero y toma el rábano por las hojas ) 

Seis nada más. 

Pas. ¡Tos siete, señó! ¿Usté los ha visto? 

D. Lope Seis nada más. 

Fas. ¡Me deja usté parao! 

D. Lope ¿Tendré que decir que uno es mío?... 

Pas. ¿Eh? 

Señor C. ¡Pero señó, si estamos hablando de una pe- 
rra de aquí mi compndre! 

(sueltan la risa todos á excepción de Carola, que per- 
manece quieta y abstraída. y 

D. Lope (Amoscadisimo.) |No es lan donoso el chiste 
que merezca esas carcajadas! (Llevándose ai se- 
ñor Cristóbal aparte.) Oiga usted, ventero. Cuan- 
to gasto hiciere aquella mujer, de mi bolsi- 
llo corre. 

Señor C. Está bien. Mariquiya. 

Mar. Padre. 

Señor C. Pregúntale á esa señora si va á toma argo. 

Mar. (a Carola.) ¿Usté va á toma argo? 

Car. Ahora, no. 

Mar. (ai señor Cristóbal.) DicB quB ahora, no. 



— 20 - 

Señor C. (a don Lope.) Dise que ahora, no. 

D. Lope Dice que ahora, no. (Entendido.) (Da un paseo 

por delante de ella, mirándola con descaro galante.) 
May . (volviendo á salir muy aprisa y devolviéndole al señor 

Cristóbal el vaso que antes se llevó, con tma moneda 
dentro.) Ahí tíeneS. (Crujiendo ellátigo.) [Ea, vá- 
monos; que es tarde! (Se marcha él. sucesiva- 
mente se marchan también el Pasajero, el Hstudianto 
y el Soldado que habrán pagado ya.) 

Fas. Adiós, Cristóba. 

Señor C. Adiós, Juan. 

Pas, Adiós, Mariquiya. 

Mar. Yaya usté con Dios. Y memorias á Roza. 

liST. (Pasando al irse por junto á Carola.) Si mi Cate- 

drático tuviera la cara de usté... entonsea sí 
que sentiría yo las calabasas que me ha dao. 

D. Lopt: (Picado.) ¡Bah! ¡Tosco ingenio el del estu- 
diante! 

SoLD, (lo mismo.) ¿Me vende usté un retrato suyo 

pa un escapulario, por si voy á la guerra? 

D, Lope ¡Bah! ¡Piropo de cuartel! 

SoLD. (volviéndose.) ¿Cómo ha dicho usté, amigo? 

D.Lope ¡Piropo de cuartel! 

SoLD. ¿Sí, verdá? Pos el úrtimo mono der cuarté 

se da en las botas mejó betún que usté en 

er bigote. (Risas generales.) 
D. Lope (Queriendo comérselo.) ¿Qué? 

Señor C. (Mediando.) Na. Quietos: carma. No compro- 
meterme. Usté, milita; ya se está largando. 

SoLD. ¡Pos hombre! ¡pos estaría grasioso!... 

Señdr C. Usté, señó; repare que son cosas de gente 
joven... 

D. Lope Por los buenos oficios de usted llega á su 
pueblo con cabeza. 

May. (Gritando dentro.) ¡QuC me VOy! 

Mar. (a Carola) Zeñora, ¿está usté oyendo? Er co- 

che ze va. 
Car. Güeno; que se vaya. 

Mar. Pero usté... 

Car. Yo me queo. 

(sorpresa en el Ventero y en su hija; jactancia en don 
Lope. Pausa.) 

Mar . Miste que esto es un descampao. 

Car. Ya, ya lo sé. No importa. 



— 21 — 



Sekor C. 
D. LoPK 
Señor C. 
D. Lope 
Señor C. 

D. Lope 
Señor C 



Mar. 



(Se miran padre é hija, sin comprender. Carola da un 
suspiro y se enjuga los ojos.) 

¿Y listé también se quea, don Lapi? 

Don Lope. 

¿Usté también se quea? 

¡Claro, hombre, claro! 

(Bajo, aparte.) Perc, escuche usté: ¿hay ya in- 

leiigensia?... 

(lo mismo.) ¡La habrá! Esto... ya está en casa. 

(a Mariquiíia ) Me da cr corasón que vamos á 

teñe un güen dia. Dile ar mayorá que arree 

cuando quiera. 

(Yéndose por la puerta del foro, hacia la izquierda.) 

¡Paco! ¡Paco! ¡No aguarde usté más! 

(vuelve á oirse el cascabeleo de la diligencia, que arran- 
ca y se aleja. Con el sonido de los cascabeles mezclase 
el de una copla que va cantando el Mayoral. Don i,ope, 
solemnemente, hace señas al señor Cristóbal para que 
se retire. Este se va por la puerta del corralillo ) 



ESCENA V 

CAROLA y DON LOPE; luego el SEÑOR CRISTÓBAL 

(Don Lope suelta de nuevo todos sus chirimbolos, y se dirige a Carola 
sombrero en mano, no sin tropezar de pura emoción.) 



D. Lope Señora, (carola está como una estatua y sigue lo mis- 
mo.) Señora, (silencio.) Aunque la embellece á 
usted la trií^teza, yo me holgara de ver su 
sonrisa ¿Eh? (carola continúa inmóvil.) ¿No quie- 
re usted alzar hasta mí sus ojos ctlestialea? 
¿Eh? ¿Le molesta á usted el humo? No estoy 
fumando, pero, en fin, para no fumar. 
¿Cómo? ¿Mereceré á lo menos saber sus cui- 
ta*^? ¿La persigue algún malhechor? ¿algún 
amante despechado? Si es así, aquí estoy yo 
para defenderla. Antes (jue enamorado, soy 
caballero ¿Eh? (pausa.)¿Eh? (La he conocido 
perfectamente: es de las que no contcftan. 

Aventura tenemos.) (Apártase de Carola y llama 



~ 22 — 

al sefior Cristóbal por señas también. Este sale en se 
guida.) 

Señcr C. ¿Qué hay? 

D. LoFE Hay lo suficiente. Sírvame usted un bocadi- 
llo allá fuera; en aquella meea que está cabe 
los álamos. Cualquier cosa; un huevo frito 

con jamón... Cualquier cosa. (Misteriosamente, 

y refiriéndose á Carola.) Quiero que me eche de 
menos. 
Señor C. ¡Ah! 

D. Lope ^Vase hacia el foro sin dejar de mirarla, y en la misma 
puerta lanza un suspiro.) ¡Ay!... (Carola maquinal- 
mente vuelve el rostro, y al ver á don Lope hace un 
gesto de desagrado, que él interpreta favorablemente.) 
(Esto... ya está en casa.) (Aléjase hacia la de 
recha.) 



ESCENA VI 

CAROLA, el SEÑOR CRISTÓBAL y M.ARIQUILLA 



Mar. 

Señor C. 
Cap. 



Señor C. 
Car. 

Señor C. 
Mar. 
Car. 



(por el foro.) ¿Ande va don Lapi tan zoplac? 
Déjalo que vaya ande quiera. Cáyate tú. 

(Levantándose inquieta.) Diga USté, Ventcro; y 

usté, joven: ¿ha venío arguien preguntando 

por mi? 

¿Por usté? 

Güeno; por una mujé como yo. 

No; nadie ha venío, ¿Verdfi, tú? 

Nadie. 

(¡Se me hasen siglos los momentos! ¿Por qué 

no yega ya? ¿Por qué no yega? ¡No hago más 

que pensá locuras!...) 

(e1 señor Cristóbal y Mariquilla se interrogan con los 
ojos. El hace señas á su hija de que se calle y se aparte 
de Carola, y se va por la puerta de la derecha mirando á 
esta última.) 



— 23 - 

ESCENA Vn 

MARIQJILLA, CAROLA y ANTOÑILLO 

(Mariq tulla se pone á hacer algo tras el mostrador. Antoñillo canta 

dentro, lejos, y va acercándose. Mariquilla le responde. Carola vuelve 

á su abstracción.) 

Música 

Ant. a la zombra de mi amó... 

Mar. (Con júbilo infantil.) ¡Mi noviol 

Ant. a la zombra de mi amó... 

Mar. 3 cavia no le contesto: á la tercera. 

Ant. a la zombra de mi amó... 

Mar. Es como viví me agrada... 

Ant. Por ezo busco zu zombra.. 

Mar. Hasta en la ucche cerrad t... 

Los DOS A la zombra de mi amó... 

(con la última nota, aparece Antoñillo tras la ventana, 
y ambos se contemplan sonriéndose. Viene de sombre- 
ro ancho, chaqueta al hombro, laja y zahones, todo ello 
muy traído y llevado. Al hombro, una porra de su es- 
tatura.— Algunas esquilillas del ganado que conduce se 
oyen hacia la izquierda.) 

Mar. (a modo de saludo.) Antoñiyo... 

Ant. (Lo mismo.) Mari íuiya... 

Mar . ¿Vas á darle de bebé ar ganao? 

Ant. Vi á darle de bebé ar ganao. 

Mar. Ea, pos adiós. 

Ant. Ea, pos adiós. 

Mar. ^.Azí qu3 yegue tu liermaniyo, vendrás? 

Ant. Vendré, azi que yegue mi hern)aniyo. (Reti- 
rase gritándole al ganado.) ¡.JiiÜÜra!... jjüiiüra!... 

Car. (Desahogando sus sentimientos.) 

¡Que venga ya, 
que sin tenerlo á mi vera 
no pueo ni respira! 



M^ 



■- 24 — 

¡Que venga ya, 
que mi cariño lo espera 
y es mu penoso espera! 



Maripositas del aire, 
floresiyas de los campos, 
si lo veis por er camino 
desirle que avive er paso; 

que lo quiero, 

que Jo aguardo, 

que castigue 

su cabayo... 
que sin verlo me párese que es mentira 
que he de verlo aquí á mi lao. 



Er mar de amores 
la tiene azi: 
me da tristeza 
de zu zentí. 



^^^- ¡Que venga ya, 

que er corasón no sosiega 

hasta sentirlo yegá! 
■^^^' iQue venga ya, 

que zu penitfi me yega 

y voy á echarme á y ora! 

(Óyense las esquilillas del ganado que conduce Anto- 
M^r, v^*"' ^^ "'"^'^ ^ ^'^'^'^ ^^ ^"^"^'^ ^ ''^ ventana otra vez ) 

Mar. ¿Ha bebió ya er ganao? 

Ant. Ya ha bebió er ganao. 

Mar. Ea, pos adiós. 

Ant. Ra, pos adiós. 

W ■ 4^^'^'^"'' ^^-"^ ^" bermaniyo, vendrás? 

^Ni. Vendré azi que yegue mi bermaniyo. (rc- 

*V?.'.^..<^^, ^ue-ro, gritándole al ganado también.) 

¡Jmmra!.,. ¡jihiiira'... ^ 



— 26 — 

Mar . Ahora yo, ahora yo... (canta ) 

Del arroyo en er crista... 
Otra vez. 

Del arroyo en er crista .. 
\hora. 
Del arroyo en er crista... 

AnT. (Mientras se aleja.) 

Ayí ze mira mi amante... 
Mar . Yo voy á pedirle ar viento .. 

Ant. Que nunca borre zu imageu. 

Los DOS Del arroyo en er crista... 

(Cesa la música ) 



ESCENA Vm 

MARIQUILLA, CAROLA y el SEÑOR CRISTÓBAL 



Señor C. 



Mar. 
Señor C. 



Mar. 
Señor C. 



Mar. 
SeStor C. 
Mar . 

Señor C. 

Car. 
Mar . 
Señor C. 
Car. 

Mar. 
Car. 



(pale por la derecha En la mano trae un cubierto po- 
bre y un panecillo Al brazo un mantelillo viejo.) No 

hay que darle güertas: se cambia de genio 
con los años. 

¿Por qué lo dice usté, padre? 
Porque á tu edá, eso que hases tú con An- 
toñiyo lo hasía conmigo una chiclaoera, y 
nos reíamos lo'* dos como criaturas; y ahora, 
¡me dan unas ganas de coge una vara y liar- 
me á palos cont'go y con tu novio! 
Padre, to lo malo que hagamos zea ezo. 
Es que si hisieras otra cosa, entouses si que 

cogía la vara. (Va á irse por el foro, y se detíeue pn 

la puerta miraudo hacia la izquierda ) 

¡.Ja, ja, ja! 

¡Cámara, qué prisa traen aqueyos! 

^;Quiénes? 

Dos hombres que vienen á cabayo á campo 

traviesa. 

(Levantándose alarmada.) ¿DoS hombreS? 
(Mirando por la ventana.) Zí. 

Místelos. 

(Asomándose también á la ventana cautelosamente y 
llena de temor.) jJeSÚfcl 

¿Qué? 

¡Ay, Virgen mía! 



— 26 



Señor C. 
Car. 



Mar, 
Car. 



Mar. 
Car. 
Señor C. 

Cap. 

Señor C. 
Car. 
Señor C. 



¿Qué susede? 

Ventero; niña: por lo que más quieran uste- 
des en er mundo, esconderme en arguna 
parte. Esos hombres vienen por mí; me 
persiguen. 
^.La perziguen? 

Desirles que no saben de mi persona; que 
no he pasao en la diligensia; que no me han 
visto. 

¿Pero no estaba usté esperando ..r 
¡A eFOS, no! ¡Pronto! ¡Por Dios, pronto! 
No se apure Ubté. Métase usté ahí, y esté 

usté tranquila, (señala á la puerta de la derecha.) 

¿Aquí, verdá? 

Ahí, ahí. 

(Yéndose.) ¡Diüs se lo pague! 

(a su hija.) Y tú y yo á hasé como que hase 

mos argO. (neja sobre el mostrador lo que llevaba 
para don Lope.) 



ESCENA IX 



MARIQUILLA, el SEÑOR CRISTÓBAL, DON RAMÓN y FELIPE 



(e1 Ventero echa Tino de unos